Krampus
Habían pasado casi tres meses desde que los infantes habían arribado a casa. Tres meses en los que los cambios de horario y costumbres, unido a la convivencia de más 20 caracteres tan disimiles, habían costado tal dosis de flexibilidad y paciencia que a más de uno se asombraba que no se hubieran matado o que Austria y España no hubieran huido pretextando una reunión de harta importancia más allá de los Pirineos.
No, después de varios acuerdos, los niños y adultos se habían adaptado bien. Tan maravillosamente bien que las figuras paternas habían perdido su autoridad frente a las colonias: ¿Cuándo Nueva España empezó a torcer el gesto ante las ordenes? ¿O Perú a contradecir los dictámenes? ¿En qué momento Cuba se había vuelto un pícaro? ¿Puerto Rico exigente? ¿La Española cínica? ¿Y Venezuela embustero? Por no hablar de que las alzadas de voz y las amenazas ya no surtían el mismo efecto.
Y no sabían qué más podían hacer, llevaban días discutiéndolo sin éxito y ello les minaba el ánimo a tal punto que esa mañana no eran capaces de imponerse ante la ruptura constante de normas en la mesa. Eldestein puso una mano en su frente abatido y con el filo de cuchillo apuntando a su sien, mientras Fernández buscaba como ahogarse en la sopa del mediodía; ambos implorando al otro con la mirada una salvación o decidiendo partir juntos de este bochinche. Y casi se deciden por lo segundo si no hubiera sido por la interrupción de los hermanos italianos para entregarles sendas cartas.
Roderich, acostumbrado a leer el pomposo lenguaje real captó con mayor rapidez el mensaje, elevó sus ojos al reloj y regaló una enigmática sonrisa a su hastiado esposo—. Niños, parece que mañana será 5 de diciembre. —Hizo una breve pausa para captar la atención de los infantes y de su marido— ¿Sabéis qué significa? —Al ver que todas las colonias negaron con el rostro, complacido, continúo—. Que viene Krampus.
El venezolano conocía ese tono cargado de expectación y autoridad. Conocía esa mirada divertida y exigente que solo dirigía a quienes su dulzura mostraba, de quienes más esperaba. El caribeño sabía que el austriaco quería una respuesta. El austriaco sabía que Venezuela lo sabía, y también estaba seguro de que por mucho que su alumno no deseara contestarle, su curiosidad sería más fuerte; por lo que cuando el niño abrió la boca para preguntar quién era ese Krampus, Eldestein reprimió con tal fuerza la risa que quedó en un suspiro. —Es un ser mitad demonio, mitad cabra. Krampus es un demonio que aparece en la noche del 5 al 6 de diciembre con el fin de azotar a los niños y llevárselos al infierno.
—¿A todos los niños? —preguntó Nicaragua cubriendo los labios con sus manos.
—Solo a los niños malos. Y los que se comportan mal también —agregó al ver que los niños se distendían con el primer mensaje.
—¿Y qué hace con los que se lleva al infierno? —cuestionó titubeante Salvador.
—¡Se los come!
Los dos niños más peleones del imperio dieron un respingo y se abrazaron entre ellos aterrorizados por la mueca torcida y la manera tétrica en la que Austria se acercó a ellos. En ese momento, el reloj dio las ocho de la mañana y con eso todos los menores ordenaron sus cubiertos y servilletas, se levantaron, metieron las sillas y se encaminaron a sus respectivos salones dejando que los sirvientes limpiaran la mesa mientras un confundido español le pedía explicaciones a un austríaco.
Después de la comida, Fernández y Eldestein salieron para acudir a la audiencia, dejando atrás a la enérgica tropa que los italianos habían aprendido a amaestrar a punta de chocolate caliente.
La tarde caía ineludiblemente temprano y el lugar lucía más lúgubre que de costumbre. El viento, que se estrellaba contra la ventana no logró disipar la neblina que había aparecido a media tarde.
Nueva España, que se había amurallado del frio con las sábanas y un libro de aventuras, se enderezó violentamente al oír el estruendoso llanto de Filipinas. Asustado por tal espontaneidad, tiró la cobija a un lado, aterrizó los pies en el suelo, abrió la puerta, miró brevemente a ambos lados del pasillo, se puso delante de la habitación de su padre y se quedó inmóvil ¿Y si su padre volvía ahora y lo veía husmeando en su recamara? No se lo perdonaría. Empero, los gemidos de la bebé se volvieron tan estridentes que borraron toda duda de su cerebro. Asió el pomo, lo giró y entró.
Aun en penumbra, el niño podía percibir los lujos con los que su padre y Don Austria vivían, no obstante la figura de la bebé no se divisaba por ningún lado. Nervioso, siguió su oído hasta que halló una puerta a la derecha, entró y todo estaba oscuras «¿Y la nodriza?» Fue directo a la cuna y… Allí no había nadie. De hecho, el llanto se había detenido. Pasmado comenzó a levantar las colchas, la almohada y el colchón, mas su hermana no apareció. De repente, una sombra lo cubrió. Confundido y temeroso giró lentamente su rostro. Entonces, sus ojos se ampliaron, tragó saliva, su respiración se entrecortó, sus músculos se contrajeron y los latidos de su corazón martillaron en su oídos antes de pegar un alarido.
…
Perú estaba satisfecho consigo mismo: había acabado toda la tarea que les habían encargado para las navidades y ahora podía dedicar las tardes a lo que más le placiera. Con paso prepotente y orgulloso caminó hasta donde se encontraba el libro de recetas, lo tomó por lomo dispuesto a abrirlo por la sección de platillos invernales cuando los gritos y puñetazos desesperados del otro virreinato a la puerta lo hicieron que saltar.
—¡Por amor a Dios! ¡¿Nueva España que os ocurre?! —profirió alarmado, mas cuando su hermano lo empujó para pegar su espalda de la pared al otro lado de la habitación, el peruano realmente se espantó.
El nuevo español estiró los brazos y colocó las manos en la fría piedra. Su pecho ascendía y descendía con rapidez, sus ojos estaban fijos en la puerta, apenas pestañeaba. A la pregunta de Perú, elevó tembloroso un brazo y tragó grueso—E-e-está a-a-quí.
—¿Quién? —dijo más confundido.
—E-e-el de-demonio.
—¿Qué de…? —Abrió los ojos como platos y por su rostro surcó una brevísima expresión de terror para luego pintar una mueca torcida—. No… No podéis hablar en serio.
El colono escondió sus labios entre sus manos mientras asentía, después tomó las manos del peruano entre las suyas y le imploró que cerrará la puerta con llave por lo que más queráis.
Mientras, por el pasillo unas largas cadenas golpeaban el piso.
…
—Aquí es donde las guardan —dijo el cubano sacando el tarro de galletas.
—Como se nota que habéis husmeado harto estas vitrinas —susurró con lengua afilada La Española
—¡No es así! —replicó el cubano visiblemente avergonzado.
—Claro que no. —El mulato respiró visiblemente aliviado. Puerto Rico era tan bondadosa—. Esa fue Beatriz que lo hizo por él.
Cuba se sonrojó y gruñó ante las risas de sus hermanas—. Sí, porque vos no obtenéis doble ración ni trato especial de Romano.
La hija mayor de la familia abrió los ojos como plato y miró a su hermana buscando una explicación. Esta al sentirse juzgada se encaró al caribeño—. Eso no es así. Estaba indispuesta y necesitaba ayuda.
—¿Durante tres semanas? Creía que esos periodos duraban como mucho una semana. —Se cruzó de brazo y miró a la otra chica.
La colona inspiró y expiró el aire—. Los de Puerto Rico duran 5 días.
—¡Española! —chilló apretando sus puños.
—Perdonadme, mas esta servidora también desea conocer la verdad.
—¿Qué verdad?
Los adolescentes brincaron, gritaron y se abrazaron pegados a la esquina del fregadero, empero al ver que se trataba de Nueva Granada se abalanzaron a él furibundos—. So-solamente quería una galleta. Llevo rato pidiéndoos pasar, mas no me dais ni un resquicio.
—Como digáis una palabra de esto a los demás…—lo amenazó Puerto Rico.
—No le diré nada a nadie, os lo prometo… ¿Qué os pasa? ¿Queréis que lo jure? Lo juro, no diré nada… ¿A qué vienen esas caras? Ya lo juré. —Nueva Granada miró a sus aterrorizados hermanos sin comprender muy bien qué pasaba y siguió el dedo de Cuba.
Y entonces él sintió el terror, pues detrás suyo estaba una criatura gigantesca cuerpo humanoide y patas de cabra, cubierto de pelo y adornado con cadenas y cencerros oxidados. Su cara diabólica y deforme culminaba en unos enorme cuernos curvos afilados. Su mano sostenía un gran saco rojo que se movía mientras que en la izquierda había un látigo.
—¡Krampus! —aulló el nuevo granadino y en un movimiento sorpresivo, pasó por debajo de sus piernas.
El demonio, sorprendido por hazaña del niño, miró entre sus piernas y cuando quiso darse cuenta había perdido a los otros de vista.
Hasta que un golpe en la mesa del comedor lo alertó.
Los niños encogidos debajo de está escucharon como los pasos lentos y pesados se aproximan, vieron cómo las pezuñas golpearon la madera del suelo a escasos centímetros ellos.
De repente, y sin poder contenerlo más, Puerto Rico emitió un suave gemido de pavor e inmediatamente después vieron la cara de Krampus frente ellos. Salieron huyendo por el otro lado, tumbando las sillas y la mesa en la carrera, más pronto fueron acorralados nuevamente en la esquina del fregadero con el demonio a menos de un brazo de distancia entre la puerta que daba al patio y al arco que conectaba la cocina con el resto de la casa.
—¡¿Y ahora qué hacemos?! —gritó Cuba implorando que su padre apareciera por algún lado.
—¿Por qué no confesamos nuestros pecados? Austria dijo que Krampus se lleva a los niños malos, si confesamos estaremos haciendo algo bueno —susurró Nueva Granada.
—Esa es la idea más estúpida que he oído ¿Desde cuándo se le gana a un demonio con buenas acciones? —vociferó el cubano.
—¡Callaos Cuba, ¿acaso proponéis algo mejor?! —Saltaron las dos adolescentes.
—¡Vosotras no me mandareis a callar, soy un hombre y…! —Empero, cuando el demonio azotó el aire con su látigo y se acercó más, se quedó callado.
Nueva Granada miró fijamente al ser y respiró profundamente para calmarse—. Yo… Yo he estado sacando y leyendo a escondidas libros que padre me prohibió, ya que no podía esperar por su beneplácito.
El demonio que ya alargaba el brazo y abría la mano para llevárselo, se detuvo de golpe.
—¡Funciona! —celebró el niño.
—Y-yo —comenzó Cuba—. He tenido pensamientos impuros.
—Yo también —dijo Puerto Rico sorprendiendo a los presentes.
—Esta servidora no tiene nada que confesar. Por mi como si me lleváis al infierno, ser mujer es un asco —dijo Española cruzándose de brazos para horror de todos.
—¡Pero, ¿qué es todo este alboroto?! —De un manotazo la puerta que daba al patio se abrió de par en par y por ella entraron dos irritados italianos — ¿Por qué pegáis esos bramidos?, ¿es que no sabéis hablar como alguien normal? ¡Contestad! —Veneciano elevó las manos consternado secundado silenciosamente por su hermano, más cuando los hermanos siguieron con la mirada a donde apuntaba los índices de los niños, dieron un respingo y bajaron dos escalones sin quitarle la vista al demonio que ahora daba pequeños pasos hacia ellos—. ¡Ja! Es muy lento. —No acabó de pronunciarlo cuando este comenzó a correr hacia ellos por lo que lo italianos emprendieron.
la huida.
—¡Cretino! ¿Por qué le dais ideas? ¡Cuando repartieron el sentido común no estabais en la fila! —le espetó furioso Romano.
Su gemelo le iba a contestar cuando el látigo de la bestia golpeó sus traseros obligándolos a saltar y acelerar el paso perdiéndose las tres figuras en el bosque.
…
La niebla del sueño se disipaba frente a sus ojos, sus oídos captaron el extraño silencio de la casa, únicamente roto por el crepitar de la vela en su mesa de noche. Miró a la ventana: oscuridad plena. Se había excedido y debía seguir trabajando un poco más antes de que lo llamaran para la cena.
Se levantó y se dirigió hacia la puerta al oír unos pasos frente a ella. Seguro era su padre o algunos de los sirvientes. Cuando la abrió encontró un ser con patas de cabra, cuerpo fuerte cubierto por pelo, cadenas y cencerros. Las manos cargaban un saco verde mientras que su ojos enfocaban al niño.
El infante pestañeó varias veces—. Ah, ya has arribado. Que bueno, necesitamos más manos. —Le sonrió—. Pasad, mis hermanos vendrán en un rato. —Abrió la puerta y dejó pasar al monstruo, para luego cerrarla y guiarlo hasta el escritorio que estaba repleto de pedazos de cartón que simulaban escenarios bíblicos aún sin pintar. Agarró un banco para el invitado, lo colocó al lado del suyo y lo invitó a sentarse, mientras que le indicaba que dejara la bolsa encima de la cama
El demonio cumplió con la orden y volvió a sentarse su lado
—Allí tenéis la pintura —dijo y así la bestia y el niño estuvieron trabajando en un silencio solamente roto por el movimiento de los pinceles sobre el material y las quejas del infante cuando el otro le enseñó su progreso—. No, eso es un desierto, no un mar.
El demonio levantó las manos apenado y corrió a corregir el error.
—Gracias por ayudarme. —Dejó el pincel a un lado y su rostro se ensombreció. Permaneció un rato en silencio, tiempo en el cual bajó su mirada a su estómago donde sus manos se apoyaban— ¿Sabéis? Hay algo que no entiendo: ¿por qué padre quiere a unos más que a otros? —dijo compungido—. Padre nos explicó que Dios creó al hombre a su se-semejanza, y si
Dios nos ama por igual, ¿por qué padre no puede? —Miró a su zapato—. Cuando me dijeron que visitaría España estaba muy feliz «¿Tengo hermanos? ¡Deseo conocerlos!» Mas ellos se odian entre sí. Discuten mucho. Me siento muy triste cuando lo hacen. Me duelen los oídos. Luego padre grita a Nueva Extremadura, a Venezuela y a De la Plata y ellos no han hecho nada, pero él cree que sí, porque Nueva España y Perú dicen que sí.
Krampus giró el cuello escuchándolo con atención
«Padre está preocupado por De la Plata porque quiere jugar con Venezuela y padre no quiere que lo haga, dice que es una mala influencia. No sé qué significa, pero yo siempre me rio con Venezuela. Yo también quiero jugar con De la Plata, mas él no porque dice que soy aburrido y que si se lo vuelvo a decir a padre me dejará de hablar. Al menos con las chicas me llevo bien y nunca pelean, salvo cuando Guatemala se queja y no sé dónde meterme…—y arrugó los labios en silencio.
De repente, el niño sintió una suave caricia en su cabello y al elevar los ojos descubrió que era el demonio quien se la daba. Paralizado ante esta muestra de afecto, observó como el ser metía las manos entre sus hebras y lo relajaba. Después de un tiempo, cuando el ambiente se había calmado, el ser se levantó del taburete, cogió sus cosas, miró por última vez al niño y salió.
Segundos más tarde alguien tocó la puerta. El niño la abrió confundido encontrando a Guayna, Costa Rica, Nicaragua, Quito y Panamá—. Vinimos a ayudar ¿Qué os ocurre? —dijo el artista de la familia al observar a su hermano girar la cabeza en ambas direcciones de extenso pasillo.
Banda Oriental sonrió tranquilo—. Nada, creía haber visto algo, mas fueron las velas. Pasad, pasad —dijo haciéndose a un lado y cuando todos los niños entraron en la estancia cerró la puerta.
…
Guatemala bajó las escaleras del segundo piso por tercera vez y suspiró: había ido a la cocina, a la sala, al patio, las caballerizas, al jardín, al comedor, a la biblioteca y de nuevo al inicio del segundo piso. Y en las tres ocasiones no se había cruzado con nadie, no había oído a nadie.
No había un atisbo de vida entre esas paredes. Lo que había empezado como un aburrimiento se había teñido de preocupación y suspicacia ¿A qué se debía esa tranquilidad de ultratumba? ¿Será que sus hermanos se estaban ocultando de ella? ¿Le estaban haciendo la ley del hielo? Pero, ¿cómo lograban mantenerse en silencio tanto tiempo? ¿Será que la vigilaban por las ventanas y cuando se alejaba, salían? ¿Y Filipinas? ¿Cómo la habían logrado callar? ¿Los hermanos italianos estaban en esto? ¿Su padre estaría en esto? ¿Austria estaría en esto?
«Aquí hay algo que no encaja»
Entonces lo oyó: cadenas pesadas que arañaban el suelo de la planta baja. Bajó las escaleras sigilosamente y pudo ver en la cocina a Krampus caminando lentamente hacía la mesa para luego agacharse y ver a través de ella.
Los gritos de sus hermanos arribaron a sus oídos, acallando los suyos. De forma automática volvió a subir los escalones y caminar hacia atrás cuando una mano desconocida la agarró del brazo y se la llevó.
Eso era demasiado. Empezó a gritar del pánico. Sintió como le cubrieron la boca. Se zarandeó con violencia y como represalia recibió una pequeña cachetada. Guatemala abrió los ojos para descubrir que Nueva España, Perú, Salvador y Honduras lucían sus mismas expresiones.
…
Los corazones taladraban en sus oídos y golpeaban con fuerza sus pechos. Los músculos sobrecargados y los jadeos les estaban indicando que aminoraran la marcha, empero, al ver la puerta del establo tan cerca, aceleraron su marcha y la cruzaron en estampida.
Un grito los alarmó, hizo que perdieran el equilibrio y se cayeran en medio de la paja. Cuba, quien inesperadamente se había vuelto el escudo del grupo al quedar delante, levantó la mano pidiendo clemencia a la figura que no paraba de acercarse.
—Ah, sois vosotros —dijo poniendo los brazos en jarra.
—¡¿Nueva Extremadura?! —exclamó cada vez más calmado y avergonzado por su actuar—¿Qué hacéis aquí?
— Estoy alimentando a los caballos. Me placen, son tranquilos —dijo colocando una mano en el hocico caballo llamado Antonio para calmarlo—. No como vosotros ¿Es que no sabéis entrar a un lugar? ¿Tenéis que avisar a todo el poblado de vuestras empresas? —dijo claramente enojado
—Hermano, no entendéis. Estamos escapando de Krampus —explicó Nueva Granada apareciendo detrás del adolescente.
—Así que es cierto que hay un monstruo en la casa. —Nueva Extremadura abrió los ojos y se llevó las manos a la cara.
—¿Ya los sabíais? —inquirió Puerto Rico.
—No sois los primeros en arribar. —Apuntó con su pulgar derecho a la esquina contraria en la que, sentado en posición fetal y con los ojos fijos en la puerta trasera, se hallaba De la Plata.
…
Dio un largo y fatigado suspiro. Luego sus ojos enfocaron la madera del suelo. Estaba muy cansado y frustrado: desde que se había levantado en la mañana sus hermanos lo habían detenido en el pasillo para que los ayudara con los arreglos de la obra. Después lo habían solicitado para los ensayos, donde tuvo que aguantar las discusiones vehementes de Honduras y Salvador.
Maldito el día que De la Plata lo había elegido para ser el tercer rey mago
Después comió en silencio, y cuando ya estaba celebrando internamente la siesta que se iba echar para aplacar ese dolor de cabeza, otra vez lo requirieron para construir el escenario. Estaba a punto de protestar cuando vio los ojos lastimeros de los dos rubios.
Entonces, cuando por fin pudo ir a su cuarto, los dos demonios que tenía por compañeros de obra entraron como una horda de vikingos reclamándole ser el árbitro de una estúpida pelea sobre quién debía lleva la mirra y quién el incienso. Tomó lo poco que le quedaba de paciencia y, usando su conocimiento bíblico, zanjó la discusión y cerró la puerta. Luego suspiró, se acostó en su cama esperando que sus latidos disminuyeran. Una vez pasado ese tiempo, abrió su cómoda y sacó su estuche de rocas especiales. Tenía que ordenarlas, se lo había prometido muchas veces, mas se había desdicho otras tantas por la tarea que eso significaba. Empero, ahora era un buen momento.
Dejó la caja encima de la mesa de su cuarto, fue al baño y regresó solo para encontrar a un Krampus con una bolsa verde sentado en su cama inspeccionando sus rocas descuidadamente.
Eso fue demasiado.
—¡Vos! —Caminó a grandes zancadas hasta quedar al lado del demonio que se había levantado. Lo apuntó con lo índice—¡¿Qué estáis haciendo con mis pertenencias?! —Y al no obtener una respuesta, apretó los puños y los dientes mientras sus ojos se abrían con furia— ¡Largaos!
La colección voló de las manos del demonio a las del colono, quien la depositó de nuevo en la mesa ante la confusa mirada del otro y, sin darle tiempo a recapacitar, lo echó de sus aposentos a empujones y berridos, para luego lanzar la bolsa verde y cerrar la puerta con tal violencia que los goznes temblaron.
«Ahora hasta un demonio de pacotilla me viene a molestar. ¡Es que no puedo tener un minuto de paz!»
…
Los cabellos centellaron ante la luz de la luna que provenía de las ventanas. Alto para su edad, De la Plata se acodó en el clavecín justo al lado donde Venezuela tocaba. Le encanta oírlo porque disparaba su imaginación y a soñaba con un mundo lleno de posibilidades—. Suena hermoso —susurró.
Venezuela rio por lo bajo satisfecho y ligeramente avergonzado—. Gracias. —Últimamente sus hermanos se desvivían en cumplidos acerca de su habilidad, y aunque ya empezaba a acostumbrarse, todavía había un resquicio de duda—. Espero que la obra salga bien.
—¿Qué decís? ¡Será maravillosa! Con los todos los ensayos, los vestuarios, el atrezzo y vuestro indiscutible talento será la mejor obra celebrada en esta casa.
Y la única
Venezuela volvió a reír complacido y miró a su familiar con ternura quien la devolvió la mirada con la misma emoción—. Estoy seguro que a Don Austria le gustará —agregó el rubio con confidencia
—Ehh… No estaría tan seguro.
—¡Claro que sí!… Por cierto, ¿está bien que estéis tocando el…?
—Clavecín.
—El clavecín —repitió para memorizarlo—. Es el nuevo instrumento de Don Austria. Lo ama, ¿no?
—Y pregona a los cuatro vientos que cambiará la historia de la música para siempre —agregó burlón elevando su mandíbula.
—Por eso, ¿os deja tocarlo?
—No, más no tiene por qué enterarse —murmuró mirando fijamente a su hermano con una sonrisa astuta.
—N-no, p-por supuesto que no —acordó impresionado por la seguridad que emanaba del otro—. Voy a beber agua, ¿queréis?
—No, os lo agradezco.
—Vuelvo en un rato. —Y cruzó el marco de la puerta.
Venezuela se sumergió en la música y la corriente de notas que sus dedos producían, con el placer culposo del que sabe que está incumpliendo las reglas y no se arrepiente. Era plenamente consciente de que esta sería la única oportunidad que tendría de tocar el clavecín sin vigilancia de su maestro, pues cuando empezara a enseñarle, ya el instrumento sería mancillado por Austria y le pertenecería, mas si él era el primero en obligarlo a cantar, no importa cuantas manos pasaran por él, su marca quedaría indeleble.
Por una vez algo sería enteramente suyo.
Rio ante este pensamiento a la vez que oía como los pasos se aproximaban y se volvía a recostar del clavecín—¿Falta mucho para la cena? Me muero de hambre. —Volvió su rostro hacia la derecha y perdió la respiración, pues allí agachado a un palmo de su cara se hallaba Krampus.
…
—Tenemos que salir de aquí.
—No, no tenemos por qué.
—Este es nuestro lugar seguro, ¿Queréis abandonarlo sin razón para encontrarnos con el monstruo?
De repente el golpeo de una puerta contra la pared en el segundo piso los obligó a mirar al techo por unos segundos.
—No estamos seguros, ¿es que no veis que Krampus está abriendo todas las habitaciones? —susurró Guatemala intentando convencer a sus hermanos.
—Todavía está arriba. Tiene…—empezó Salvador, pero choque de otra puerta lo hizo callar.
—Este es el tercer aposento al que entra. Arriba hay 8 habitaciones, quedan 5 antes de que baje y comienza por estas.
—Y cómo sabéis que comenzará por estas y no se irá a la plata baja—respondió altanero Honduras, mas cuando vio como su hermana levantaba una ceja y se cruzaba de brazos, se calló. Era la viva imagen de su padre.
Otra puerta. 10 segundos. Otra puerta. 6 segundos. Otra puerta…
—Está encima —dijo Perú entre dientes.
Pisadas fuerte y pesadas se oyeron tras las vigas del techo. Tan lentas que secaron los labios, tan espaciadas que tensaron los músculos, tan aleatorias que aceleraron los corazones—. Debemos salir de aquí—gimió la niña.
—¡Callaos, os oirá! —murmuró Nueva España
—Es nuestra única oportunidad —dijo mientras escuchaban como los pasos se alejaban—. Si mis cálculos no fallan ahora irá a la biblioteca. Recorrerla le llevará tiempo y luego solo quedará un aula más. Es ahora o nunca.
—¿Y si os equivocáis? —inquirió Honduras
—Prefiero eso que encontrarme frente a él aquí, en ese momento no tendremos escapatoria.
Los niños se miraron entre ellos—¿Por qué queréis ayudarnos? ¿Ahora vais a decir que profesáis algún cariño hacia nos?
La guatemalteca abrió los ojos para luego desviarlos tímida y molesta—. No exageréis—dijo ante la expresión asombrada del favorito de imperio—. Sois mi familia —culminó con ferviente convicción que hizo suspirar a los presentes.
—¿Qué proponéis? —preguntó Nueva España
—Ahora está arribando a la biblioteca. Salgamos ahora y vámonos.
—¿A dónde?
— Afuera de esta morada, a las caballerizas. Ganaremos tiempo hasta que padre vuelva.
Con la decisión tomada caminaron de puntillas hasta la puerta, una vez cruzada corrieron dejando los pulmones hasta la meta, entraron y chocaron con cuerpos desconocidos que los hicieron gritar, para luego descubrir que se hallaban entre los suyos.
…
Vellos erizados, músculos tensos, miembros en movimiento, jadeos entrecortados y sentidos agudizados. Así huía el caribeño conocido Venezuela del monstruo que lo perseguía con su látigo para llevarlo al inframundo. Varias veces estuvo a punto de atraparlo y en todas ellas había salido victorioso por puras agallas, ingenio y suerte: en su último encuentro la pata derecha de Krampus se había quedado atorada en un recipiente y aquello le había regalado tiempo suficiente para salir de casa y arribar a la cuadras. Mas las encontró cerradas.
—¡Abridme por favor! —berreó angustiado golpeando la puerta con sus puños.
—Es Venezuela —susurró De la Plata.
—Dejémoslo fuera —atinó a decir Guatemala.
—¿Pero cómo podéis decir eso? ¡Es nuestro hermano! —sentenció La Española y Cuba.
—¿No escuchas que Krampus se acerca? —rebatieron Nueva España, Honduras y Salvador.
Nueva Extremadura corrió hacia la puerta desoyendo las recriminaciones, quitó el cierre y la abrió recibiendo a Venezuela con un cálido abrazo—¿Estáis bien? —Lo miró a los ojos.
—Sí. —Pintó una ligera sonrisa para tranquilizarlo y sintió cómo la mano de su hermano se depositaba en su hombro para guiarlo con el resto de su familia. Las pupilas turquesas recorrieron el grupo—¿Dónde están Banda Oriental, Guayna y Costa Rica?
Los niños escondieron sus rostros, los mayores contestaron—. No sabemos.
—¡Venezuela! —De la Plata, que venía corriendo a su encuentro, lo abrazó con tal ímpetu que casi los envía al suelo— ¡Gracias a Dios que estáis bien! ¿Cómo escapasteis de Krampus?
Se rascó la cabeza apenado—. La verdad que este servidor también está sorprendido. Cuando me percaté de su presencia, ya estaba enfrente de mí, así que cogí las partituras y se las estampé en la cara.
—¡¿Lo hicisteis enfadar?! ¡Tenemos que sacarlo de aquí! Él nos llevará a la perdición —farfulló Perú colérico logrando que algunos niños lo siguieran y, envalentonado, encaró al recién llegado.
Inmediatamente, Nueva Extremadura avanzó hasta colocarse por delante de Venezuela, mas fue De la Plata quien redujo la distancia entre el peruano y él hasta sentir su aliento en las mejillas—. Apartad De la Plata—siseó serio.
—O todos o ninguno.
—Yo no quiero morir por un mequetrefe como este.
—¡¿Qué dijisteis?! —gritó el caribeño revolviéndose en los brazos del nuevo extremeño.
—¡Callaos! —rugió Cuba arribando hasta ellos—. Hay otra manera, ¿verdad Nueva Granada? —dijo mirando su hermanos que se hallaba detrás de él para darle paso.
—Cre-creo que si le decimos al Krampus nuestros pecados nos dejará tranquilos. A nosotros nos ha funcionado.
—¡Ja! ¿Y entonces porque no se ha ido? —habló Guatemala descreída.
—Porque no todos lo hemos hecho.
—Entonces deberíamos entregar a Venezuela a Krampus… —empezó Honduras.
—… Sí, vos sois quien peor os portáis—terminó Salvador.
—Vosotros sois los que menos deberíais hablar —dijo Puerto Rico levantando una ceja.
—¿A qué os referís? —inquirió e inmediatamente estalló un bochinche de acusaciones por su comportamiento diario.
—Pues yo no tengo nada que confesar —dijo De la Plata.
—¡Claro que sí! —arguyó molesta Guatemala—. Tratáis con inexplicable desprecio a Guayna. Cada vez que os ayuda le gritáis.
—¡Pues que no sea tan pesada!
—¡Esa no es la manera de hacerlo!
—¡Sí, porque vos no tratáis mal a los demás!
La niña se sonrojó al verse señalada por más de una decena de ojos— ¡No estamos hablando de mí! Lo único que esta servidora sabe es que es culpa de ese cuatro ojos, bueno para nada, arrogante de Aus…
La puerta se abrió cual trueno cruzando el cielo y por ella apareció Krampus en un destello. Los niños corrieron a la entrada trasera para descubrir que estaba trancada. Se giraron nuevamente ante el demonio que no dejaba de avanzar con el látigo en una mano.
—Es culpa suya. —Nueva España empujó a Venezuela y lo colocó delante del grupo.
El caribeño vio esas estiradas pupilas y cómo su reflejo lloraba—. Os pegue porque estaba asustado. ¡Perdonadme!
Sin embargo, eso no detuvo el avance del demonio, ni tampoco su deseo de azotarlos y llevárselos al infierno, por lo que cuando todo se volvió oscuro, ya nada pudieron hacer.
…
—Que gran espectáculo—Unas manos salieron detrás de los arbustos del jardín. Tras ellas seguía un vigoroso cuerpo que culminaba en una sonrisa. A manotazos, se quitó las hojas que aun descansaban en sus hombros y brazos. Después las depositó en su cadera y giró su rostro al Krampus que salía del establo—. Roderich. —Pasó un brazo por su hombro—. Me habéis sorprendido, no sabía que erais tan buen actor. Es cierto que tuvimos cierto tropiezo al principio porque nos olvidamos completamente de Filipinas… Pobre mi hija, que susto se llevó al veros. Afortunadamente, la cogimos a tiempo y ese percance se convirtió en el mejor inicio que pudimos planear… ¿Por qué no habláis? ¡Ah, claro! Me dijisteis que con la máscara no podíais. No os preocupéis. Como iba diciendo, de verdad que vuestra actuación es memorable, no sé si para aplacará a los niños, mas nos hemos divertido —terminó riendo con fuerza.
—Antonio, ¿con quién habláis?
El nombrado giró el cuello hacia la voz que lo llamaba, descubriendo al austriaco bajando las escaleras del porche con el traje aún puesto, la cara del disfraz en un brazo y la bolsa roja llena de ranas en otra.
España perdió el aliento, sus pupilas se dilataron de un momento a otro y saltó exageradamente hacia atrás se ocultándose detrás su marido—¿Qu-qui-quién es ese?
—Pues… Al parecer es Krampus —dijo también nervioso al ver como el demonio le respiraba en la cara al intentar acercarse al español.
—¡Dejaos de gilipolleces!
—No estoy mintiendo, ese es Krampus —dijo esquivando los manotazos que el ser pegaba para agarrar a Fernández quien seguía utilizándolo como escudo.
—¡Dijisteis que solo iba por los niños! —dijo cada vez más alarmado y desesperado.
—Y así es normalmente…
—¡¿Normalmente?! ¡¿Qué hice para recibir este trato?!
—Quizás es que habéis pecado en demasía…
—Si os referís a la corrupción de la carne, ya me he disculpado con vos.
—Y yo las he aceptado.
—¡¿Entonces?!
—Parece que para Krampus no es suficiente. Venid conmigo. —Austria tomó la mano del español depositada en su hombro y corrió a la salida.
—¡¿Qué hacéis?!
Eldesitein sacó la llave del gran portón de un bolsillo del disfraz, metió la llave, la giró, abrió la puerta y corrió por el terraplén en dirección al pueblo—. Os llevo a un lugar seguro. Sabéis que le es imposible a Krampus atacarme.
—Por ello, si me quedó cerca de vos no correré riesgo.
—¡No! —espetó contundente—. Si os quedáis a mi lado igualmente os llevará cuando me despiste.
—¡¿Entonces?!
—Aquí —Austria puso la mano en una hoja de metal.
España miró a donde indicaba, descubriendo con asombro que habían arribado a una iglesia—¿Por qué me habéis traído aquí?
—Krampus es un demonio, por tanto, no podrá entrar. Mientras paséis la noche en este lugar estaréis a salvo.
—Mas…—Antonio viró el rostro hacia el rumor de pasos. En la penumbra de la noche una enorme sombra se acercaba a gran velocidad.
—Ahí viene. —Austria abrió la puerta del templo y empujó a España dentro—. Salid únicamente con el alba.
—¿Y vos qué haréis? —dijo inquieto exponiendo su cabeza al exterior.
—Lo distraeré lo suficiente para que os pongáis a resguardo dentro de la iglesia. No os aflijáis, Krampus no puede tocarme.
—¡¿Y los niños?!
—Me quedaré con ellos. Puedo aseguraros que no está interesado en ellos, pues no nos hubiera perseguido. Os quiere a vos.
—Mis más sinceras disculpas Roderich. Os prometo que no lo volveré a repetir —reafirmó con la voz aguda del miedo.
Los pasos estaban cada vez más cerca y el chasquido del látigo se oía cada vez más fuerte.
—Allí viene. —Lo vio por el rabillo de ojo. Sus latidos retumbaron en sus oídos. Empujó la cabeza del español dentro del edificio ignorando sus suplicas y protestas. Después, en un gesto solemne se quitó el collar gemelo que ambos compartían y lo depositó en las manos más oscuras—. Tened. Os protegerá. —Las falanges níveas arroparon a las doradas en un gesto de cierre en el que el amor iba impreso—. Alguien tiene que cuidar de los niños. No podemos perder el imperio que tanto nos ha costado construir.
La decisión tomó el rostro del español y se reflejó igual que en el austriaco—. Haced lo que tengáis que hacer. —Y con esa resolución el rostro de España desapareció tras la hoja de metal.
Austria se enfrentó al monstruo— ¡Venid a por mí!
En la carrera dejó la iglesia atrás, la plaza, las casas… Sabía que Krampus se estaba acercando, así cambio de dirección para irse acampo traviesa y despistarlo, mas cuan craso fue su error al arribar a una calle ciega teniéndolo a solo dos pasos de distancia. «Maldita orientación la mía». Nos volvemos a encontrar. —Lo recibió con una sonrisa torva y el cuerpo tenso. Era cierto que no se lo podía llevar, pero no que no le pudiera hacer daño y eso lo sabía muy bien.
Krampus elevó el brazo que sostenía el látigo y echó para atrás una pierna para darle más impulso al golpe. Austria siseó, protegió su rostro con sus brazos y gimió de miedo. Las colas del látigo salieron disparadas, cruzando el cielo como unas centellas y aterrizaron en la piel blanca acariciándola con ternura.
Los brazos de Eldestein comenzaron a temblar, después le siguieron los hombros, la cabeza, el torso y las piernas. Las mejillas se fueron hinchando y los labios, comprimidos hacia dentro, no fueron capaces de sostener lo que el europeo estaba sintiendo y poco a poco aparecieron para luego despegarse violentamente en una carcajada. Las manos, que estaban sosteniendo su adolorida barriga, se trasladaron a una rodilla que golpeó varias veces. Al final tosió e inspiró de forma profunda para no desmayarse allí mismo. Cuando se animó a levantar la sonrosada cara, algunos mechones bailaban sobre la misma y una sonrisa prepotente hacía su aparición—. Ya os lo podéis sacar.
—Que alivio —suspiró Veneciano al sacarse la máscara. Su pelo estaba completamente pegajoso por el sudor.
—¡¿Y yo qué?! —Una sonora queja salió de los pies del monstruo.
—Dame un momento. —El italiano del norte hizo fuerza con los brazos, sacó las piernas y dio un salto levantando una nube de polvo al caer.
De interior del traje apareció su hermano tomando grandes bocanadas de aire e igual de sucio. Intentó bajarse del mamotreto, mas al perder el peso que lo sostenía se le vino encima y lo acabó aplastando ante las risas de los otros.
—Vamos a casa. —Ordenó el adulto guiando el camino a la vez que los adolescentes recogían las piezas y cargaban el disfraz.
—¿Y España? —preguntó Romano.
—Lo dejamos donde está. Ya lo he perdonado, mas no viene mal un recordatorio —dijo saboreando todas las sílabas.
Arribaron a la casa. Con murmullos, el austriaco mandó a que liberarán las ranas que había en el saco, escondieran el traje, dispusieran la mesa, calentarán el cocido y lo repartieran entre los platos. Después de eso, y solo después de eso, podrían a asperjarse.
Agotados, los hermanos se metieron en la casa a cumplir con las obligaciones. Luego Roderich se posicionó en frente de las caballerizas, respiró hondo, dibujó una falsa sonrisa inocente y abrió la puerta—¿Niños? —El grito de pánico lo aturdió—¿Qué hacéis aquí?
Los hijos de su marido lo observaron con cautela por unos instantes para después correr a su encuentro. El europeo, atolondrado por los miles de gritos agudos, llantos, quejas y replicas; tironeado de la ropa, terminó cayendo al suelo.
Al ver esto, los niños no se atrevieron a acercarse y tampoco le pidieron disculpas. Solo La Española la tendió la mano—. Gracias ¿Entonces habéis visto a Krampus? —preguntó sentándose de rodillas.
—¡Sí!
—¿Y estáis todos bien?
—N-no se ha llevado a Banda Oriental, Guayna, Quito, Nicaragua y Costa Rica —dijo Salvador claramente compungido
—¿Cómo? Si vuestros hermanos están adentro.
—¿De verdad? —cuestionó Venezuela con un nudo en la garganta. El calor de la esperanza se expandía por su cuerpo con cautela, sus músculos querían relajarse y su respiración normalizarse más no podía permitírselo. Era una lucha que todos los hermanos compartían.
—Sí. —Sonrío franco liberándolos desesperación—¿Porque no regresamos a casa? Seguro que estáis muertos de hambre —dijo levantándose y abriendo la puerta por la que entraron los aromas de la cocina. Una profunda inspiración y todos los estómagos coloniales rugieron al unísono.
Roderich dejó escapar una risita—¿Nos vamos?
—¿Y-y qué pasa si Krampus vuelve? —dijo De la plata.
Austria se agachó hasta quedar a la altura del niño, inclinó su cabeza a la izquierda y elevó las comisuras en una sonrisa dulce—. Eso no va a volver a pasar —dijo en un susurró audible para todos—. Si ya lo habéis visto y habéis sobrevivido, eso significa que os ha perdonado. Mientras no cometáis más travesuras todo estará bien.
Los infantes se alegraron y uno a uno fueron saliendo del establo.
—D-don Austria —dijo arribando a su lado.
—Dime Venezuela.
—Heentradoenlasalasinpermiso.
—Espera, ¿qué…?
—Mehesentadoensunclavecin.
—¡¿Cómo?!
—Ylohetocadoporhoras. —Agachó la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
—Ve-ne-zue-la…
Y mientras los niños que quedaban en el jardín huían de la tormenta de regaños que Austria descargaba sobre el caribeño; allí, al fondo, muy a lo lejos pero claramente distinguible, se escuchaban las pisadas, las cadenas y los cencerros de un gran ser.
