Aunque Hiccup se encontraba bastante mejor, Elsa seguía indignada por lo que había pasado. Estaban a media semana, a pocos días de finalmente tener la quedada con sus amigos para que lo conocieran, la recuperación de Hiccup había sido tan rápida que la noche anterior pudo ponerse encima suyo para "celebrar" de la forma que mejor sabía el hecho de que estaba mucho mejor físicamente. Y Elsa había llegado más calmada al trabajo que días anteriores que salía de su apartamento preguntándose si realmente el descanso intensivo bastaría para que Hiccup se recuperase —porque el idiota de su novio, por motivos que ella seguía sin entender en lo absoluto, se negaba de manera rotunda a ir al hospital—, aquel miércoles se marchó algo más calmada, sin tener que forzar tanto su sonrisa a la hora de despedirse.

Pero incluso cuando estaba en medio de su descanso, tomando sorbo tras sorbo de su taza de café, seguía bufando con molestia y picando insistentemente con sus largas uñas la mesa principal de la zona de descanso, pensando en qué podría hacer para poder impartir algo de justicia.

¿Justicia? ¿En verdad era eso? No, no era eso en lo absoluto, lo cierto es que entendía la idea de no llamar a la policía como Hiccup tanto insistía. Si no había sido capaz ni de contraatacar para defenderse de su primo, mucho menos sería capaz de levantar cargos en su contra. La justicia común y corriente —la que se solía dejar llevar de buena gana por las peticiones y caprichos de la fortuna de su familia— no era precisamente lo que le interesaba en ese momento. No, más bien quería venganza, quería eso mismo que su abuelo y sus padres se habían permitido disfrutar en esas pocas veces que alguien se atrevía a cometer alguna tontería en contra de su familia. Quería aprovecharse, aunque sea un poco, de las ventajas que traía su apellido, de todo el poder que venía con la gloria y la fortuna de su familia, quería vengarse, esa era la forma correcta de expresarlo.

Quería, de alguna forma, hacerle entender a ese idiota que no podía simplemente lastimar de esa forma a su Hiccup y salirse de rositas.

—¡Queens! —la llama con exagerada alegría una voz masculina. Elsa fuerza su sonrisa y se aguanta las ganas que tiene de soltar un quejido frustrado ante la presencia de aquel imbécil—. ¿Qué tal estás, preciosa?

Gastón LeGume era un gigantesco idiota, en todas las formas posibles de entender esos adjetivos. Era el mayor imbécil que jamás había tenido la desgracia de conocer, y era un hombre enorme de hombros anchos y brazos que eran más grandes que su cabeza, Elsa incluso se sentía segura de afirmar que los músculos de Gastón eran probablemente el triple de grandes que su cerebro. Tenía la disparatada convicción de que todas las mujeres de la empresa lo deseaban de una forma u otra y que todos los hombres se morían de envidia con tan solo verlo pasar y soñaban con ser capaces de deshacerse de él —irónicamente era las trabajadoras del negocio quienes querían eliminarlo a cualquier costo y era un hombrecillo de nombre Lefou quién besaba el piso por dónde andaba—, por lo que, por mucho que lo rechazaran de la forma más directa posible, Gastón seguía pensando que los tenía a todos comiendo de sus manos.

Ni tan siquiera se molesta en contestarle, solo lo mira de soslayo con el ceño fruncido mientras le da otro sorbo a su taza.

—Te veo estresada, lindura —insiste en entablar una conversación, acercándose más, inclinándose hacia su cuerpo. Intimidándola un poco porque Gastón era un jodido gigante y perfectamente podía hacerle todo el daño que quisiera si en verdad se lo proponía.

Finalmente, con toda la calma que puede, deja el recipiente ya vacío en la mesa y lo mira con asco e indiferencia.

—Mi estado de ánimo no es de tu incumbencia o interés, LeGume, ahora, si me disculpas, me gustaría disfrutar de mi descanso a solas.

Se siente muy tentada de reventarle la taza en la cabeza cuando siente una de sus manos sujetando firmemente su hombro y lo ve inclinándose mucho más hacia su rostro. Tira su peso en contra de la mano que la sostiene para ir preparándose por si se le ocurre a ese idiota obligarla a pegarse a su cuerpo. O tal vez debería dejar que se acerca más, tal vez debería dejar que le haga algo, así tendría una verdadera razón para que su abuelo despida a ese subnormal aparte de que es tremendamente insoportable.

—Oh, me encantaría que pasáramos tiempo a solas, preciosa.

Y el premio para las peores frases de ligoteo va para... ¡Gastón LeGume!

—Queens —Gastón se aparta de golpe en cuanto una voz femenina se escucha desde la entrada de la zona de descanso. Asha Orcal no se molesta en disimular el desprecio que siente por el gigantón, sobre todo porque él está más interesado en fingir total inocencia, como si realmente hubiera pasado algo entre los dos—. El jefe quiere verte, acompáñame.

No tienen que decírselo dos veces, le quedan como diez minutos de descanso, pero cualquier cosa para librarse de Gastón y sus idioteces. Se apresura a caminar al lado de Asha, quien se mantiene tan seria como puede hasta que llegan a uno de los múltiples ascensores del edificio.

En cuanto le da al botón del último piso del rascacielos, suelta un bufido molesto. —Es tan desagradable.

—Lo sé —concuerda de inmediato Elsa, con una sonrisa enorme por lo divertido que es burlarse de LeGume con una compañera de trabajo—. ¿Por qué no solo le da una oportunidad al pobre de Lefou y nos deja a nosotras en paz?

Ninguna de las dos tan siquiera considera necesario contener las risas, se permiten burlarse cuanto quieran de Gastón y la obsesión que el pobre Lefou tenía con él. Era una buena manera de quitarse de encima el estrés que ese sujeto solía crear en ellas y cualquier otra trabajadora de la empresa. Ya de por sí era bastante común que mujeres en un mismo lugar de trabajo crearán un fuerte vínculo por un tema de sororidad, pero cuando había un hombre en particular del que todas tenían quejas y burlas, los lazos se creaban con mucha más facilidad.

—Imagino que le habrá llegado el rumor de que estás soltera desde hace un tiempo, por eso está haciendo todo para probar algo de suerte —comenta con una sonrisa juguetona, dejándole muy en claro que comentaba esa posibilidad para ver si podía descubrir algo ella.

Elsa, con una sonrisa ladina, rueda los ojos. —Llevo casi un año entero sin pareja, y él se entera de eso justo cuando estoy empezando una relación seria con alguien nuevo.

La sorpresa en el rostro de Asha es algo divertida, ha decir verdad.

—Anda, si a mí me habían dicho que solo te gustaban las chicas.

Ella vuelve a rodar los ojos, ahora con un poco menos de gracia porque en cierto punto estaba cansada de que todo el mundo asumiera eso de ella. Era cierto que tenía preferencia por las mujeres y que se le era mucho más fácil coquetear con una desconocida que lidiar por más de cinco minutos con cualquier desconocido, pero eso más bien era porque tendía a encontrarse a muchos idiotas que le hacían la vida mucho más complicada de lo que en verdad tendría que ser.

Se hunde en hombros mientras le responde a Asha que no todos los rumores con respecto a ella son ciertos, su compañera de trabajo parece querer disculparse, pero a tan solo tres pisos para llegar a la oficina de su abuelo, el elevador se detiene para abrirle las puertas a Anna y a otra de las secretarías de su abuelo, una muchacha muy seria de largo cabello castaño llamada Bella.

—¿Qué has hecho esta vez? —bromea Elsa cruzándose de brazos, sacándole unas risillas a su hermana menor.

Bella le saluda rápidamente mientras se adentra junto con la menor de las hermanas Queens en el ascensor, Anna se recuesta contra el brazo de Elsa para molestar un poco y comenzar su falso drama.

—¿Cómo es que siempre dudas de esta manera de mí? Sabes que soy un angelito.

Elsa le alza un ceja. —¿Tú? ¿Un angelito? Eso sí que es una gran mentira.

—Eres tan cruel conmigo.

—¿Qué tal tu día, Bella? Hace mucho que no nos topamos por el edificio.

Anna abre por completo la boca y se aparta un poco. —¡Y ahora me ignoras!

Bella le dedica una pequeña sonrisa a Elsa, ignorando por completo las quejas de Anna. —Todo bien, no hay nada realmente interesante que contar.

Asha ladea un poco la cabeza para verla mejor. —¿No te habías comprometido hace poco con tu novio? —pregunta con algo de gracia, señalando el evidente anillo de compromiso en una de sus manos.

—Ah, cierto —asiente sin darle mucha importancia—. Adam y yo nos casaremos la próxima primavera.

—¡Felicidades! —exclama alegremente Anna para después abrazarse del brazo, apartándose con mucha más brusquedad de la necesaria de Elsa, solo para seguir molestando un poco a su hermana mayor, que se limita a negar con la cabeza levemente por el comportamiento infantil de la menor—. Pero, ya en serio, ¿alguna de las dos sabe a qué viene esta repentina reunión familiar?

Tanto Bella como Asha niegan con la cabeza, aseguran que solo fueron mandadas a buscarlas y nada más, aunque la más joven de las cuatro, Asha, se atreve un poco a asegurar que seguramente no era nada malo, después de todo el jefe ni tan siquiera se veía molesto o serio, estaba tremendamente calmado cuando les pidió aquel favor a sus secretarías.

Elsa y Anna se miran de vez en cuando la una a la otra, preguntándose mudamente si en verdad creían que se habían metido en problemas de una forma u otra. Porque tenía que ser algo malo, ¿no es así? ¿por qué si no las habrían mandado a llamar en el trabajo sin explicación alguna?

En cuanto llegan a las pequeñas oficinas de Asha y Bella, las cuatro se despiden sin añadir mucho más, solo Elsa aprovecha la ocasión para felicitar a Bella por su compromiso, únicamente porque se dió cuenta que era la única que no lo había hecho. Anna abre la puerta de la gigantesca oficina sin mucha ceremonia, ni siquiera toca la puerta.

Ambas se remueven con algo de incomodidad en cuanto ven a su abuelo sentado en su silla giratoria de cuero negro, casi dándoles la espalda por estar mirando el gran paisaje de la ciudad a través de sus impecables ventanales. El atardecer provocaba que, a pesar de las luces del lugar, la oficina estuviera cubierta por alargadas sombras y tonos naranjas imponentes. Ven unos cuantos papeles esparcidos en un falso desorden sobre el elegante escritorio vintage —su abuelo era un nostálgico orgulloso, no hacía falta fingir que no— y una de esas preciosas botellas de cristal llenas de whiskey que su abuelo solo guardaba en su oficina. Está abierta, pero no ven ningún vaso vacío o por lo menos con algo de contenido.

Caminan algo incómodas en silencio hasta sentarse en los blancos sillones que evidentemente su propio abuelo había movido para ellas.

—Hoy te ves particularmente encantador, abuelito —dice Anna nerviosa, por probar algo de suerte con las palabras tiernas que ella siempre usaba para aliviar su humor cuando ellas cometían alguna travesura.

Elsa se reiría de sus intentos si no fuera porque Runeard Queens no reacciona de ninguna manera y eso hace que se empiece a preguntar de verdad por el motivo que tenía su abuelo para hacer que vinieran a su oficina de un momento a otro.

Ambas pegan un leve respingo cuando escuchan el seco movimiento de los viejos cajones del escritorio. De uno de los espacios inferiores, Runeard se toma su tiempo para coger un encendedor y uno de esos largos puros que ellas sabían que su abuelo usaba para obtener una apariencia más imponente e intimidante que pusiera de los nervios a quienes terminaban del otro lado del escritorio.

Conocer el truco no significaba que fueran inmunes a él.

Anna se tapa la nariz y Elsa arruga el ceño cuando el viento les lleva algo del humo directamente a la cara. Su abuelo ni tan siquiera hace amago de querer disculparse, solo se voltea completamente hacia ellas, da una larga calada y bota el humo con calma.

Con el puro entre los dedos, señala con un hosco gesto los papeles, derramando sobre ellos algo de la ceniza del tabaco.

—Decidme, niñas, quiénes son las personas de las fotos.

Anna se aprieta los labios para impedirse a sí misma hacer cualquier chiste malo para intentar aliviar su tensión, le da una rápida mirada de soslayo a su hermana mayor, quien observa fijamente a su abuelo como si estuviera loco, luego toma los papeles. Elsa se demora un poco, pero termina haciendo lo mismo.

Sus mejillas se vuelven rojas cuando se dan cuenta que esos papeles eran más bien fotos impresas, varias fotografías tomadas en la calle y a escondidas de sus respectivas parejas. En algunas de las del monto de Anna aparecían varias de las tres últimas citas que había tenido con Rapunzel, mientras que Elsa solo podía ver una foto suya tomando la mano de Hiccup para salir de su carro.

—Oh dios mío, lo del detective no era broma —susurra Anna en cuanto termina de procesar lo que tenía entre las manos. Se voltea a mirar a su hermana mayor y ella le da un manotazo en el hombro como respuesta.

—¡No me mires como si esto fuera cosa mía! ¡Evidentemente no le dije que te espiara a ti y a tu novia, idiota!

Anna le devuelve el manotazo, pero con mucha más fuerza. —¡No hace falta que me golpees, bruta!

—Niñas —la voz calmada de Runeard logra detener lo que estaba a punto de convertirse en una pelea. Aun aferrándose a las fotografías, las nietas de la familia Queens se ponen rectas para mirar fijamente a su abuelo—. ¿Qué os he dicho siempre?

—¿Que nos quieres mucho? —Es Elsa esta vez la que prueba suerte.

—¿Que somos la mayor alegría de tu vida? —le sigue el juego Anna.

—Niñas —insiste, esta vez enojado. Ante el absoluto silencio de sus nietas, Runeard suspira pesadamente—. Tened mucho cuidado —remarca cada palabra dándole bruscos toques con los dedos a las carpetas que hace unos minutos guardaban las fotos que ahora tenían sus nietas en las manos—. ¿Por qué me habéis ocultado a estos dos?

Ambas se muestran tremendamente indignadas por esa acusación.

—¡No te estaba ocultando a Rapunzel! —suelta de inmediato Anna, dejando las fotografías finalmente en el escritorio—. Papá siempre te lo cuenta todo, así que cuando se lo conté a él di por hecho que te terminarías enterando. ¡No era un secreto!

Ante la defensa de Anna, Runeard entonces dirige su mirada a Elsa, quien se recuesta de brazos cruzados sobre el respaldo del asiento y pone una mueca de desagrado algo infantil.

—A penas llevo un mes con él, ¿por qué te contaría de alguien con quien solo llevo un mes? —pregunta con un tono altivo que provoca cierta molestia en su abuelo.

Runeard le da otra larga calada a su puro antes de decir lo que realmente le molesta. —Y a ambos los habéis conocido por una vulgar aplicación de citas.

—Te dije que era mala idea —le recuerda de inmediato Elsa a su hermana menor, que se gira bruscamente para verla ofendida.

—¡Pues yo te veo muy contenta con Don Gato, eh!

—¡Niñas! —un nuevo respingo sacude una vez más a las dos hermanas—. No tengo motivo alguno para confiar en ninguno de estos dos desconocidos, no tengo motivo alguno para creer que estaréis a salvo. Así que voy a seguir vigilándolos hasta que me sienta tranquilo.

Elsa se inclina sobre el escritorio. —Pero abuelo...

—Pero nada —ruge de inmediato, haciendo que la mayor de las hermanas cierre con fuerza la boca—. No me importa que tan enamoradas estéis, no me importa que tan seguras o cómodas os sintáis con ellos. Sin importar que hora o día sea, si os llamo a deciros que tenéis que venir a la casa familiar, cogéis lo indispensable y os vais de inmediato a la casa familiar, ¿me habéis entendido?

—Abuelo, esto es demasiado —se queja Anna, con los puños apretados sobre su regazo—. Ya no somos niñas, no puedes hacer esto. Estás violando nuestra privacidad y la privacidad de ellos.

Runeard alza una ceja. —Pues claro que estoy violando vuestra privacidad, ¿cómo si no voy a procurar vuestra seguridad?

—¿Qué dicen mamá y papá de esto? —pregunta con un tono levemente amenazador Elsa. En respuesta a esa pregunta, su abuelo se limita a rodar los ojos.

—Lo que vuestros padres tengan para decir me viene sin cuidado, hice esto mismo con vuestro padre cuando tenía vuestra edad, y miradlo ahora. Está más que contento con una mujer admirable y respetable que yo mismo me aseguré que fuera de fiar, si habéis elegido bien, no tenéis de qué preocuparos.

Anna chasquea la lengua con molestia. —Esto es una locura, sabes que es una locura, ¿verdad? Es muy importante para mí que sepas eso.

—¿Deberíamos llevarte a terapia? —pregunta con cruda sorna Elsa— Porque este nivel de paranoia —continúa, señalando con su mano las fotografías encima del escritorio y a su abuelo— es sencillamente enfermizo y preocupante, necesitas ayuda profesional.

Cuando Runeard baja violentamente su mano contra la vieja madera, es precisamente la cara de Hiccup la que queda chamuscada por su puro, eso hace que ambas hermanas peguen un pequeño brinco hacia atrás y pierdan todos los ánimos y valentía para seguir presionando y cuestionando a su abuelo.

—Sois las herederas de esta empresa, de mi apellido... sois las únicas nietas que tengo y si os habéis atrevido a creer por un solo segundo que voy a quedarme de brazos cruzados mientras os juntáis con quién sabe quién, estáis muy, pero que muy equivocadas, niñas.

Elsa se apoya en el escritorio para reposar la cara sobre una de sus manos. —Dios mío, hablas como si estuviéramos saliendo con asesinos seriales.

—¿Tienes pruebas de que tu querido Hiccup Haddock no sea un asesino serial, copito? —pregunta con falsa dulzura, alzando una ceja.

—¿Tienes tú pruebas de que sí lo sea? —contraataca, ignorando la incomodidad de que su abuelo supiera ya el nombre de su novio.

Runeard alza una ceja con una terrible mueca llena de desagrado extendiéndose por todo su rostro. —Tengo pruebas de que tiene un pasado algo... peculiar —señala, tomando de una esquina unos cuantos papeles que hasta ahora ninguna de las dos hermanas había notado. Son al menos una docena y más de la mitad se los pasa a Elsa—. Los dos tienen un pasado peculiar —deja en claro en cuanto nota un mínimo de calma en Anna—. Tu chico tiene un largo historial de violencia en toda su adolescencia. Peleas, amenazas, acoso, extorsión... sus padres tienen el dinero suficiente como para que la gente se olvide que hasta los diecisiete años era un condenado hijo de puta que se paseaba la vida como si el mundo entero le debiera algo. Tu chica —señala entonces a Anna, antes de que Elsa pudiera procesar todo lo que había explicado bruscamente—, es mucho más misteriosa, no hay nada de información sobre ella hasta que, de momento a otro, la ingresan en una secundaria con quince años. Por un momento pensé que era un caso parecido al vuestro, que hasta ese entonces había estado recibiendo educación en casa, pero investigando un poco más... no hay documentación de ella, como si hubiera sencillamente aparecido de la nada con quince años. También tiene un buen historial, no tan largo como tu príncipe azul evidentemente —añade con sorna y algo de crueldad aquello último—, más que nada vandalismo, consumo de alcohol, una orden policial hacia sus padres para ser ingresada en terapia y, mira tú por donde, hace tan solo tres años estaba en un programa de protección de testigos.

El silencio se hace dueño de toda la oficina, se escuchan de vez en cuando las caladas de Runeard y la ceniza cayendo, se escucha el soplo del viento y las dos hermanas pueden escuchar perfectamente sus propios palpitares alarmados.

—¿Alguna de vosotras sabía algo de esto?

Elsa y Anna se mantienen en completo silencio, Runeard bufa con rabia.

—Por supuesto que no, porque os pensáis que soy un loco, que estoy paranoico, que me preocupo por gusto —no necesitan verlo para saber que Runeard no solo está enojado, sino que también está herido. Gran parte de su tiempo y fuerzas lo dedicaba a proteger a su familia, si nada horrible había ocurrido es porque él hacía todo lo posible para mantenerlos a salvo, cuando alguno de ellos le echaban en cara que pasaba los límites, le hería que ni tan siquiera tomaran en cuenta los grandes resultados que obtenía de sus formas "extremas" de hacer las cosas—. No sabéis nada de esta gente, no sabéis nada de su pasado y no os habéis molestado en investigar nada.

—Porque ponerte en modo detective en cuanto conoces a alguien es de psicópata —masculla indignada Anna, hablando por lo bajo—. Además, no es justo juzgar a alguien por su pasado, no sabes qué es lo que lleva a alguien a hacer tonterías precisamente en su etapa más inmadura.

—Tengo derecho de juzgar a quien me plazca por crímenes pasados si no han pagado ningún tipo de consecuencia por ellos. No voy a confiar a mis nietas a ninguna persona violenta —remarca mirando con rabia a Elsa— ni a ninguna persona en una situación tan peligrosa —continúa, ahora mirando a Anna—. Eso es todo, podéis regresar a vuestro trabajo. Es decisión vuestra si os lleváis los documentos y les contáis todo esto a ellos, a ver si se espantan o no.

—¿Quieres que nos llevemos esto? —pregunta con sorna Elsa, dándole unos toques a su carpeta—. Esto es literal una prueba rotunda de que has estado acosándolos, podrían denunciarte sin problema alguno.

Runeard suelta una carcajada con tantas ganas que, aunque no sabía que le causaba tanta gracia, Elsa no puede evitar sentirse avergonzada.

—Claro, cielo, ve con la policía a denunciar que tenga a mi completa disposición toda la información que yo mismo les he pedido a ellos, estoy seguro de que eso me enseñará a no volver a molestar a vuestras queridas parejas.

—Es por cosas por estas por lo que te llaman corrupto, abuelo —responde inmediato Anna, chasqueando la lengua con molestia

—Por eso y por tu gran amistad para nada basada en los beneficios a largo plazo con el alcalde de la ciudad —añade Elsa, sin mirarlo, fijándose solo en los documentos que estaba arreglando nuevamente dentro de la carpeta. Una vez terminó con los suyos, ni tan siquiera pidió permiso para hacer lo mismo con los de Anna.

Runeard vuelve a sonreírles con sorna, vuelve a abrir uno de su pesados cajones y de allí saca unas largas y delgadas cajas recubiertas con terciopelo negro, les hace una seña a sus nietas para que se acerquen y, girando los ojos e imaginándose qué iba a pasar, ambas obedecen.

—No os molesta tanto mis métodos cuando os consiento como se debe —sonríe encantado consigo mismo, dejando su puro aún humeante sobre el cenicero y levantándose cuando termina por considerar que el escritorio es demasiado ancho como para llegar a sus nietas sin problema. Toma ambas cajas, camina lentamente hasta quedar en medio de sus nietas y le tiende al mismo tiempo los regalos.

Suspira pesadamente al ver que solo las recibían pero se negaban a abrirlas. Comienza con Anna, ignorando la primera respuesta negativa de sus nietas. Abre delicadamente la caja, mostrando el largo collar fino de diamante amarillo que en medio presentaba un precioso colgante de un sol de estilo minimalista. Como siempre, era una joya que destacaba más por su costoso material que por la complicación de su diseño. Runeard mueve delicadamente, como si fuera una caricia, el cabello rojizo de Anna para amarrar el collar alrededor de su delgado cuello.

—Para mi resplandeciente solecito.

Sin tan siquiera fijarse en la reacción de la menor de sus nietas, procede a realizar los mismo movimientos con Elsa, sacando el collar casi idéntico de tonalidades azules con un colgante de un copo de nieve en el centro.

—Y para mi precioso copito de nieve.

Ambas hermanas ruedan los ojos con exagerada molestia porque les irrita no tener la firmeza suficiente para rechazar los mimos y regalos de su abuelo. No es una cuestión de que les fascinara especialmente el lujo y los detalles caros, era más bien que cada vez que intentaban rechazar algún regalo de su abuelo parecía que le estaban rompiendo el corazón y ninguna podía lidiar con ello. Runeard queda incluso más contento consigo mismo cuando sus nietas le devuelven un beso en la mejilla.

—Esto es soborno, que te lo sepas —señala con obviedad Elsa, finalmente levantándose de su asiento y permitiéndose unos segundos para rozar con las yemas de los dedos el frío de su nuevo collar. Anna no se demora mucho en seguirle, tomando su carpeta y pasándole a Elsa la suya.

Elsa se queda un segundo quieta, mirando fijamente a su abuelo, en completo silencio hasta finalmente suspirar pesadamente y pasarle una mano por el hombro derecho con cariño.

—Vamos a estar bien, no te estés preocupándote tanto —le dice en un tono calmado que deseaba que fuera suficiente para tranquilizar a su abuelo. Runeard dibuja una consternada mueca en su rostro para luego soltar un pesado suspiro a través de sus labios resquebrajados.

—No puedo evitar preocuparme, niñas, hablo en serio cuando os pido que tengáis mucho, pero que mucho cuidado...

Anna rueda los ojos antes de ponerse de puntillas para darle un beso en la mejilla a su abuelo. —No nos va a pasar nada, estamos y estaremos bien, paranoico —añade eso último con una deslumbrante sonrisa juguetona para luego darle unas palmaditas en el hombro y empezar a marcharse. Elsa se queda unos segundos más, toma la mano de su abuelo para darle un cariñoso apretón y se va dedicándole un asentimiento de despedida.

No hablan mucho con Bella o Asha cuando salen, tampoco se dedican ni una sola palabra entre ellas hasta que llegan al ascensor.

—¿Y tú qué vas a hacer con esto? —pregunta finalmente Anna, levantando y sacudiendo levemente su carpeta de cartón.

Elsa resopla con algo de molestia mientras se apoya contra el espejo de la pared. —Digo yo que lo justo es que lo sepan, ¿no crees?

—Sí, me imaginaba que dirías eso, pero más que nada me refiero a si se lo dirás nada más llegar a casa.

—Creo que sí, si algo por estilo me ocurriera me gustaría saberlo cuanto antes, sino parecería que intento guardarlo como secreto, ¿no te parece?

Ante esa respuesta, estresada, Anna se pasa una mano por el rostro y el cabello, despeinándose un poco. —¿Cómo tan siquiera se explica algo como esto? "Oye, cielo, que mi abuelo te ha estado investigando en secreto por unos cuantos meses ya, y seguirá haciéndolo sin consecuencia alguna".

—Como odio que ese hombre se haya puesto de meta amistarse con tantos policías.

—Yo tengo la confianza de que algún día nos vendrá bien —intenta forzar una risa porque realmente no se le ocurre qué más hacer. Ante la complicada expresión de su hermana, Elsa se limita en intentar imitar su intención.

—Ojalá tengas razón.