Capítulo 16

Los espíritus oscuros del viento

Queridas Azula, Ty Lee y Mai:

¿Cómo han estado? Sé que no pueden responder a las cartas que les he enviado estos últimos meses, ya que no nos quedamos en un lugar fijo por mucho tiempo antes de continuar con nuestro viaje, pero siempre me imagino lo que estarían haciendo.

Ty Lee, Mai, sé que seguramente estén junto a Azula la mayor parte del tiempo. Incluso faltando a las clases de la academia para seguirla en sus caprichos.

Y Azula, sé con certeza que te pasas la mayor parte del tiempo entrenando tu fuego control. Si estuviera allí, te diría que te relajaras un poco.

Hace un par de semanas, Zuko y yo pasamos por una aldea que celebraba un festival y no pude evitar pensar en los festivales a los que íbamos todos juntos. Espero que eso se repita algún día.

Por otro lado, nuestro viaje ha sido interesante. Por mi parte, he descubierto un par de cosas sobre ciertas cosas que siempre he querido saber. He mejorado mucho en el manejo de la espada y he comenzado a entrenar en el combate cuerpo a cuerpo bajo la tutela de los soldados a bordo.

He aprendido mucho y lo estoy pasando bien. Iroh es una gran compañía, me recuerda mucho a mi papá.

Nuestro viaje hasta el Templo del Aire del Oeste no nos ha servido de nada. Solo han conseguido que Zuko se sienta más frustrado.

Estoy preocupado por él.

Se ha vuelto más imprudente, impaciente, temperamental y... sé que estás poniendo los ojos en blanco al leer esto, Azula. Y sí, tu hermano ha estado actuando incluso peor que yo.

Especialmente cuando llegamos a los Templos Aire del Norte y del Este.


Habían pasado un par de días desde que abandonaron la aldea donde estaba asentado el cuartel militar del comandante Kanku. La mayor parte de la tripulación se había quedado en el barco, realizando las reparaciones necesarias y abasteciéndolo para cuando el grupo que había ido al Templo del Aire del Norte regresara.

Zuko lideraba un pequeño grupo de seis soldados para explorar el templo, junto con Iroh y Percy, quienes habían decidido ir a acompañarlo.

— ¿Quién en su sano juicio decidiría vivir allá arriba? —preguntó Percy, mirando el gran templo que se alzaba en la cima de la montaña—. Los Nómadas Aire sí que elegían los lugares más extraños para vivir. Primero debajo de un precipicio, luego en la cima de una montaña. ¿Qué sigue? ¿Vivir en una roca flotante?

—Los Nómadas Aire eligieron el lugar donde vivirían buscando estar lo más cerca posible del aire y lo más lejos posible de las ataduras terrenales—respondió Iroh solemnemente—. Sus cuatro templos son un reflejo de su profunda conexión con su elemento.

—Entonces, ¿la capital de la Nación del Fuego se construyó en un volcán para estar más cerca de su elemento?

Iroh rio con diversión.

—Más o menos.

—Dejemos de perder el tiempo y avancemos—dijo Zuko, impaciente.

Por suerte, habían traído todas las herramientas necesarias para poder escalar la montaña, ya que esta no tenía un camino directo hasta la cima. Claramente, había sido construida solo para que los maestros aire pudieran llegar a ella.

—Jamás pensé que aquellas clases de escalada servirían de algo—comentó un soldado mientras clavaba un pico en la montaña y lo usaba para ascender—. Y yo que pensé que perdía mi tiempo.

—Toda lección que nos enseñan en la academia es importante, Tao—replicó otro soldado, quien tenía la voz de una mujer, aunque se escuchaba algo distorsionada por el casco con placa facial que llevaba.

—No todos somos unos fanáticos patrióticos como tú, Hui Ying.

—Si fueras un poco más patriótico, sabrías valorar más esta importante misión…

— ¡Basta, ustedes dos! —reprendió el teniente Jee con dureza—. ¡Nos están avergonzando en presencia del príncipe Zuko y el general Iroh!

—Lo siento, teniente—se disculparon ambos soldados.

El grupo siguió escalando por la empinada montaña. Por suerte para ellos, el camino a la cima no era completamente vertical. Hubo momentos en los que pudieron subir caminando, aunque la mayor parte del tiempo tuvieron que escalar. En más de una ocasión, algunos soldados se resbalaron al subir. De no haber sido por las cuerdas de seguridad, varios habrían caído.

Después de lo que parecieron horas, finalmente llegaron a una zona llana. Al subir a ella, se dieron cuenta de que era una terraza al aire libre que daba a una entrada de una de las grandes torres del templo.

Pero lo que captó la atención de todos fue que había un par de niños en la terraza jugando con una pelota. Cuando los vieron subir a la terraza, uno de los niños que iba en silla de ruedas abrió los ojos con sorpresa y pánico. El niño dejó la pelota caer y rodó hasta los pies de Percy, quien la recogió.

—Están aquí —musitó el niño, antes de comenzar a empujar las ruedas de su silla y deslizarse hacia la entrada al templo—. ¡La Nación del Fuego está aquí!

Los otros niños lo siguieron y corrieron dentro del templo, gritando que la Nación del Fuego había llegado para quemarlo todo y conquistarlos.

Con un gruñido molesto, Zuko comenzó a caminar hacia la entrada. Percy, Iroh y los soldados lo siguieron por la entrada, que los llevó a un gran salón lo suficientemente amplio como para que cupiera un crucero de guerra de la Nación del Fuego. En las paredes había pinturas desgastadas en las que se podían ver hombres que parecían estar de pie sobre las nubes, vestidos con túnicas naranjas y con flechas en la frente. En la pintura también se podían apreciar unas criaturas que parecían estar volando por los cielos. La criatura parecía tener pelaje blanco, seis patas, cuernos, una gran cola plana y una flecha en la cabeza. Había estatuas de nómadas aire por las paredes y una gran fuente donde estaba el mismo animal que estaba pintado en las paredes.

Pero lo que llamó la atención de Percy fueron las numerosas tiendas de campaña que había por todo el salón. Había alrededor de cien personas de todas las edades viviendo en las tiendas de campaña.

─Uhm… ¿Acaso este no era un templo abandonado? —preguntó él en voz alta.

—Debería serlo—dijo Zuko, entrecerrando los ojos con recelo al ver a tantas personas reunidas.

—Por lo que puedo ver, parecen ser refugiados—comentó Iroh, analizando la situación.

Una de las personas que había en el salón se acercó a ellos vacilantemente. Era un hombre alto y delgado que vestía ropa verde debajo de un delantal blanco. La parte superior de su cabeza estaba calva, aunque los lados de su cabello apuntaban hacia arriba y sus cejas estaban parcialmente quemadas, como si un petardo le hubiera explotado directamente en la cara. Tenía una tupida y desaliñada barba y un extraño círculo rojo alrededor del ojo izquierdo.

Detrás de él, el mismo niño en silla de ruedas se acercó con una mirada cautelosa y desconfiada.

—Hay… ¿Hay algo en lo que pueda ayudarles, caballeros? —preguntó el hombre con voz temerosa y vacilante.

Zuko fue el primero en dar un paso al frente y dirigirse al hombre.

—He venido a inspeccionar este templo —declaró con autoridad—. ¿Qué hacen ustedes en este lugar?

— ¿Nosotros? Somos simples refugiados, señor. Nuestro pueblo quedó desamparado después de que una terrible inundación arrasara nuestros hogares. Pero encontramos este lugar abandonado y decidimos instalarnos aquí. Le ofrezco mis más sinceras disculpas si hemos hecho algo para ofender a la Nación del Fuego, pero no teníamos otro lugar a donde ir.

Percy miró a la gran cantidad de personas que había en el lugar y sintió pena por ellos. Se veían desamparados y perdidos.

—Sus disculpas no son necesarias—dijo Iroh, diplomáticamente—. No estamos aquí para hacerle ningún daño. Solo queremos revisar este templo.

— ¿Y qué es lo que buscan? —preguntó mordazmente el niño que iba en silla de ruedas.

—Teo, no seas grosero—reprendió el hombre antes de inclinarse ante Zuko y Iroh—. Por favor, disculpen a mi hijo. Ha perdido mucho desde la inundación que lo dejó en silla de ruedas y le arrebató a su madre.

El hombre ahogó un sollozo y miró a las personas que se habían refugiado en el templo por encima de su hombro.

—Hemos perdido mucho, pero en este templo abandonado hemos encontrado una segunda oportunidad. La oportunidad de comenzar de nuevo—el hombre se arrodilló frente a ellos y se inclinó hasta que su cabeza tocó el suelo—. Solo somos unos simples refugiados. Les imploro que no nos lastimen.

La mirada de Zuko se ablandó ligeramente al ver la súplica del hombre. Alguien que había perdido su hogar. En el fondo, él podía llegar a comprender y simpatizar con aquel hombre.

—Mientras no se interpongan en mi camino, no lastimaré a tu gente—prometió él.

El hombre suspiró con evidente alivio.

—Gracias, señor.

—Dime, ¿desde hace cuánto tiempo están viviendo en este templo?

—No mucho—respondió el hombre—. Solo unos pocos meses.

—Entonces debes de conocer bien este templo.

—Sí, lo he explorado a fondo. O al menos, tan a fondo como he podido. Hay lugares a los que solo pueden acceder los Maestros Aire.

—Muéstrame—exigió Zuko, interesado. Se volvió para mirar a los soldados que había traído consigo y habló con autoridad—. Soldados, inspeccionen este lugar en busca de aquello a lo que hemos venido. Y recuerden, di mi palabra de que no serían lastimados a menos que se interpusieran en mi camino. El honor de ustedes depende de que eso se cumpla. ¿Quedó claro?

— ¡Sí, señor! —respondieron los soldados al unísono.

Zuko asintió, complacido.

—Tío, Percy, síganme. Y tú… —él se volvió para mirar al hombre delgado—. Guía el camino.


A pesar de haber estado abandonado durante casi 100 años, el Templo Aire del Norte se conservaba bastante bien. Los techos no se habían caído a pedazos y las paredes no presentaban signos de agrietarse con el paso de los años. Todo el lugar se veía intacto.

Mientras caminaba por los ancestrales pasillos del templo, Iroh se maravilló con lo que vio. En las paredes de los pasillos podía leerse la historia del pueblo de los Nómadas Aire, que relataba los orígenes de una civilización ya extinta. Desde que aprendió de ellos, Iroh llegó a admirar la filosofía de vida de los Nómadas Aire, quienes se desligaban de las preocupaciones mundanas para encontrar paz y libertad.

Una paz y una libertad que él, incluso hasta hoy en día, luchaba por encontrar.

—Este lugar es impresionante—comentó Percy, mirando la arquitectura del lugar.

—Verdaderamente, lo es—asintió el hombre que era su guía—. El templo tiene un diseño sumamente complejo y fascinante. Integra armoniosamente el entorno natural en la estructura. Los grandes pasillos aprovechan el viento y permiten que el aire fluya naturalmente a través del edificio. ¡Los arquitectos que construyeron este templo fueron unos verdaderos genios! Sin embargo, no está hecha para que la habiten personas que no sean Maestro Aire. Si deseo que mi hijo y nuestro pueblo vivan plenamente en este lugar, tendré que adaptarlo un poco. Tal vez construir algunos ascensores, ¡o planeadores! Había cientos de ellos repartidos por todo el templo.

Percy miró de reojo a Teo, quien había decidido acompañarlos.

—Tu padre es algo… raro—comentó él.

Teo lo miró con recelo, era evidente que no confiaba en ellos.

—Es algo excéntrico, sí, pero es muy ingenioso—Teo bajó la mirada con tristeza—. Él fue quien construyó mi silla de ruedas. Y la presa que contuvo al río de nuestro pueblo hasta que una tormenta la arrasó... y lo devastó todo.

Percy miró con pena al niño. No solo había perdido su hogar, sino también a su madre y la capacidad de volver a caminar.

El padre de Teo los guio por un largo pasillo hasta llegar a un par de grandes puertas cerradas que tenían tubos que formaban el símbolo de los Nómadas Aire.

Zuko se acercó a la puerta y la empujó con la intención de abrirla, pero no cedió ni un solo centímetro.

— ¿Qué pasa con esta puerta? —gruñó él—. ¡No se mueve ni un poco!

—Esa puerta posee una cerradura especial para abrirla —explicó el padre de Teo—. Hay algunas de ellas en el templo. Por lo que he deducido, solo se puede abrir controlando el flujo de aire y enviándolo a través de los tubos para desbloquear las cerraduras ocultas. Solo un Maestro del Aire puede abrirla.

Zuko frunció el ceño al mirar la puerta y apretó fuertemente los puños.

—Ya veremos eso.

Sin dudarlo, Zuko envió una enorme bola de fuego directamente hacia la puerta, lo que provocó una explosión que sacudió todo el lugar y envió a Teo y a su padre al suelo. Cuando el humo se asentó, todos vieron que las puertas se habían chamuscado ligeramente, pero se mantuvieron intactas, lo que provocó que Zuko gruñera con frustración.

—Como dije, solo un Maestro Aire puede abrir esa puerta—repitió el padre de Teo, levantándose y sacudiéndose el polvo del delantal.

Percy ayudó a Teo a levantarse, ya que la explosión lo había tirado a él y a su silla al suelo.

—Gracias… —dijo Teo a regañadientes, sacudiéndose el polvo de la ropa antes de mirar ceñudo a Zuko—. Una advertencia estaría bien para la próxima.

Percy bufó, divertido.

—No esperes tal cosa de Zuko.

—Sobrino, creo que deberíamos intentar algo más… sutil —sugirió Iroh.

— ¡Si tienes alguna idea para abrir esta puerta sin tener que destruirla, entonces dila! —espetó Zuko, impaciente.

—Creo que yo tengo una—dijo el padre de Teo, levantando la mano de manera vacilante—. He estado construyendo algo que podría abrir las puertas que tienen este tipo de cerraduras. Me llevó algo de tiempo perfeccionarlo y sufrí varios accidentes a la hora de fabricarlo. Pero creo que ya lo tengo listo.

Intrigado, Zuko miró al hombre.

— ¿Qué has estado construyendo? —preguntó él.

—Iré a traerlo.

El padre de Teo salió corriendo por el pasillo, visiblemente emocionado. Cuando volvió unos minutos después, lo hizo arrastrando un carro de madera que llevaba un gran contenedor de hierro con dos grandes tubos.

—Ah, papá, ¿qué es eso? —preguntó Teo.

— ¡Oh, me alegro de que lo preguntes, hijo! —dijo su padre—. Este es mi último invento. Lo llamo... ¡Contenedor de aire altamente comprimido!

—Guau. Me pregunto para qué servirá—comentó Percy, poniendo los ojos en blanco.

Ignorando el sarcasmo de Percy, el padre de Teo agarró los tubos y los llevó hasta el mecanismo que había en las grandes puertas.

—Verán, hay una gran cantidad de aire caliente que se filtra por todo el templo—explicó él, conectando los tubos del contenedor al mecanismo de la puerta—. Así que forjé este contenedor de hierro extra grueso para almacenar ese aire y luego liberarlo usando estos dos tubos.

Cuando el padre de Teo terminó de conectar los tubos, se acercó al contenedor de aire y señaló un pequeño objeto que parecía un reloj ubicado en el centro del contenedor.

—Este pequeño aparato mide la presión dentro del contenedor. Ahora se encuentra en su capacidad máxima. Y cuando gire esta pequeña manivela, liberará el aire en su interior...

El padre de Teo giró una pequeña manivela y se escuchó el sonido de aire a gran presión siendo liberado. Todos vieron con asombro cómo los tubos de la máquina se sacudían por la gran cantidad de aire caliente en su interior, el cual fluyó hacia el mecanismo de las puertas. Tras unos segundos, las cerraduras se movieron sucesivamente hasta que la puerta finalmente emitió un crujido antes de abrirse lentamente.

— ¡Tarán! —exclamó el padre de Teo—. ¡Aire Control!

Una vez que las puertas se abrieron por completo, todos se acercaron y entraron.

Zuko entró con gran ilusión, esperando encontrar algo, lo que sea, lo que guiara hacia su objetivo de encontrar al Avatar. Pero cuando entró en la habitación, enorme fue su decepción cuando encontró… nada. Solo era una habitación vacía, apenas iluminada por la luz del sol que se filtraba por un pequeño orificio en el techo.

— ¿Nada? ¡¿Nada?! —inquirió el padre de Teo, sonando decepcionado.

— ¿Esperabas algo? —preguntó Percy.

— ¡Sí! Artefactos únicos de los Nómadas Aire, tal vez unos pergaminos sobre cómo construyeron este templo. No... no una habitación vacía.

—Supongo que era de esperarse—reflexionó Iroh, acariciándose la barba—. Los Nómadas Aire se desligaron de las preocupaciones mundanas para encontrar la paz y la iluminación. Y eso incluye a las posesiones. Supongo que esta habitación estaba dedicada exclusivamente a la meditación.

Zuko gruñó con frustración antes de darle la espalda a la habitación vacía.

—Eso fue una pérdida de tiempo. ¡Tú, mecanicista! ¡Enséñanos las otras habitaciones que tengan la misma cerradura!

— ¿Mecanicista? —el padre de Tao se apuntó a sí mismo antes de llevarse la mano al mentón, reflexionando—. Mmm… me gusta cómo suena eso. Muy bien, señor. Sígame. Solo hay otra puerta que tenga este mecanismo para abrirla, pero incluso esa es algo… diferente.

El padre de Teo los llevó a otra parte del templo donde se encontraba la otra puerta que había mencionado. Todos quedaron algo desconcertados al verla.

La puerta era igual que la otra, y para abrirla se necesitaba el Aire Control, pero lo inquietante era el escrito tallado en la puerta.

El lado oscuro del viento yace detrás de estas puertas—leyó Iroh, pasando los dedos por las escrituras—. Mmm… parece ser una advertencia.

— ¿Qué podría ser? —preguntó Teo, y su voz sonó algo asustada.

—Solo hay una manera de averiguarlo—sentenció Zuko—. Mecanicista, abre las puertas.

—Por supuesto, señor—dijo el padre de Teo, comenzando a conectar los tubos del contenedor de hierro al mecanismo de la puerta—. Oh, he querido descubrir qué hay detrás de estas puertas desde que las vi por primera vez. Todo el templo está lleno de cosas fascinantes. El primer día que llegamos aquí encontré una habitación llena de gas natural y, desafortunadamente, aquella vez llevaba una antorcha. Casi volé en mil pedazos aquella vez.

—Mm… Eso explica las cejas—comentó Percy—. Ellas si volaron en pedazos.

—Sobrino, creo que sería prudente mantener esas puertas cerradas—intervino Iroh—. Los monjes, a pesar de que solían ser personas sumamente espirituales, no eran supersticiosos. Su advertencia no debe tomarse a la ligera.

—Y esa puerta no se ve muy bien—agregó Percy, mirando con desconfianza la puerta cerrada.

Era una sensación sumamente extraña para él. Su corazón latía con fuerza y podía sentir algo revolverse en sus entrañas, como si sus instintos le estuvieran diciendo que estuviera alerta. No sabía lo que había detrás de esa puerta, pero tenía la certeza de que no era una habitación vacía para meditar como la anterior.

—No llegaré a ningún lado siendo prudente—declaró Zuko con veracidad, acercándose y colocando una mano sobre la puerta sellada—. Si detrás de estas puertas se halla algo que los Nómadas Aire mantuvieron sellado por temor, debo saber qué es. Tal vez me ayude cuando encuentre lo que estoy buscando.

— ¿Lo que estás buscando? —preguntó el padre de Teo.

—No es de tu incumbencia, mecanicista—Zuko encendió su mano en fuego y miró amenazadoramente al padre de Teo—. No olvides nuestro acuerdo. Si te interpones en mi camino, no tendré piedad. ¡Ahora, abre la puerta!

El padre de Teo bajó la cabeza con resignación y aceptación. Volvió a conectar los tubos mediante el mecanismo de la puerta y, después de unos segundos de duda, abrió la válvula que liberó el aire altamente comprimido dentro del contenedor de hierro.

Cuando las cerraduras de la puerta terminaron de liberarse, las enormes puertas se abrieron con lentitud, haciendo un crujiente ruido. Todos observaron de manera expectante más allá de las puertas, donde solo se veía una oscuridad absoluta. Se escuchó el aullido del frío viento soplando a través de las puertas abiertas y, luego, un chirrido ensordecedor que heló los huesos de los presentes.

De la oscuridad emergió una figura con alas que se abalanzó sobre la persona más cercana a la puerta: Zuko.

El joven príncipe se quedó estático en su sitio cuando vio un par de zarpas dirigirse directamente hacia él, pero antes de que pudieran tocarlo, la figura con alas fue cortada por la mitad. Zuko parpadeó y vio a Percy sosteniendo su espada capaz de matar espíritus.

— ¿Percy…? —musitó Zuko, perplejo.

Incluso hasta el día de hoy, a Zuko aún le sorprendían los reflejos de Percy. En tan solo un parpadeo, su amigo se había colocado frente a él y había rebanado por la mitad aquella cosa que había salido de la oscuridad.

— ¿Qué…? ¿Qué es eso? —inquirió Teo, con voz temblorosa.

Todos volvieron la vista a la figura que había salido de la habitación. Tenía el cuerpo de una adolescente que vestía con nada más que harapos que cubrían su escuálido y marchito cuerpo. Su rostro, antes joven y hermoso, estaba desfigurado a causa de la desnutrición. Pero lo que llamó la atención de todos eran los brazos y las piernas de la mujer... eran las de un pájaro. Sus brazos tenían las alas de un águila, cuyas plumas se habían caído, y sus piernas eran las de un pájaro con afiladas zarpas.

Todos vieron, anonadados, cómo la criatura se deshacía lentamente, como si estuviera hecha de arena, hasta que no quedó nada más que un montículo de polvo que el viento barrió.

—Esto es… —comenzó Iroh con una expresión sombría en su rostro.

—Un espíritu—terminó Percy.

Zuko lo miró con curiosidad.

— ¿Cómo sabías que era un espíritu? —preguntó él antes de señalar la espada de Percy—. Usaste tu espada mata espíritus.

—Yo… simplemente lo intuí.

Percy no sabía que aquella bestia era un espíritu, pero cuando las puertas se abrieron, un extraño sentimiento se arremolinó en su estómago. Era como si algo en su interior le advirtiera de que lo que estaba más allá de aquellas puertas no era de este mundo.

Miró las puertas abiertas por donde había salido la criatura, mitad mujer, mitad pájaro, y el mismo sentimiento en su estómago se volvió más intenso.

Percy apretó con más fuerza la empuñadura de Contracorriente.

—Y al parecer, no es el único espíritu.

Desde el interior de la oscura habitación, todos escucharon el mismo chirrido, pero no fue uno solo, sino decenas. Los chirridos llenaron el lugar, junto con el batir de las alas, y, súbitamente, decenas de esas mismas criaturas de cuerpo de mujer y extremidades de pájaro emergieron de la habitación, exclamando:

— ¡Libres!

— ¡Al fin, libres!

— ¡Siglos aprisionadas, pero las arpías al fin somos libres!

Las mujeres pájaro batieron sus alas y se elevaron en el cielo. A Percy le pareció increíble que pudieran volar, considerando no solo la apariencia deforme que tenían, sino el estado marchito de sus cuerpos.

— ¡Hambre! ¡Las arpías estamos hambrientas!

—Las arpías lo huelen… ¡Hay comida cerca!

— ¡Comida!

Las mujeres pájaro batieron sus alas y volaron por el pasillo más rápido que cualquier pájaro que Percy hubiera visto. Sin embargo, una de ellas se detuvo mientras olfateaba el aire.

—Este olor… La arpía huele algo más… —ella miró a su alrededor mientras seguía olfateando hasta que su vista se posó en Percy—. Semidiós… ¡Semidiós!

Ella agitó sus alas, cambió de dirección y se dirigió directamente hacia Percy extendiendo las garras y chillando una sola palabra.

— ¡Semidiós! ¡Semidiós!

Percy desenvainó su espada Contracorriente y, de un solo movimiento, cortó las piernas de la mujer pájaro, quien chilló de dolor y se desplomó, deslizándose por el suelo.

— ¡Duele! ¡Duele! —bramó ella, mientras se arrastraba por el suelo—. Bronce celestial… ¡Duele!

—Oh, ¿en serio? Déjame ayudarte —dijo Percy, pisando a la mujer pájaro con fuerza en el pecho, lo que hizo que ella gimiera de dolor—. ¿Estás más cómoda ahora? Porque tú y yo vamos a tener una agradable charla. Aunque no será tan agradable para ti —dijo él, apuntándola con su espada—. Ahora, dime, quiénes… ¿Qué son ustedes?

—Arpías… Somos arpías… —gimió la mujer pájaro, retorciéndose bajo la bota de Percy, mirando con miedo la hoja de su espada—. Espíritus del viento y ráfagas cortantes…

— ¿Por qué estaban encerradas en esa habitación? —preguntó esta vez Zuko.

—Humanos vestidos de naranja encerraron a las arpías. ¡Las aprisionaron durante siglos!

—Los Nómadas Aire debieron de tener una buena razón para hacerlo —señaló Iroh—. ¿Por qué encerraron a las arpías?

—Porque…

La arpía apartó la mirada con una mueca, reacia a responder.

— ¡Responde! —exigió Percy, presionando la punta de su espada contra su cuello.

— ¡Argh! —chilló la arpía con dolor, como si el mero contacto con la espada quemara su piel—. ¡Las arpías comen humanos! ¡Por eso los hombres naranjas las encerraron!

Todos se horrorizaron al escucharla, sobre todo Teo y su padre, quienes jadearon asustados.

— ¡Papá! Esas cosas irán por los demás. —dedujo Teo, con creciente pánico—. ¡Tenemos que advertirles!

Sin esperar una respuesta de su padre, Teo empezó a empujar la silla de ruedas para dirigirse al lugar donde los refugiados se habían instalado.

— ¡Teo, no vayas! —gritó su padre—. ¡Es demasiado peligroso!

Pero su hijo no se detuvo, dobló una esquina y desapareció por los pasillos.

El hombre volvió la cabeza para mirar a Iroh, Zuko y Percy con súplica en el rostro.

—Se los imploro. Por favor, ayúdennos.

— ¿Por qué deberíamos hacerlo? —preguntó Zuko, frunciendo el ceño.

— ¿Acaso olvidas que fuiste tú quien insistió en abrir la puerta en primer lugar? —replicó Percy.

Zuko apartó la mirada, con un destello de culpa en sus ojos.

—Tiene razón, sobrino —apoyó Iroh, en un intento por apelar a la misericordia de Zuko—. Estas personas son inocentes. No han hecho nada para merecer tal destino.

Zuko frunció el ceño y cerró los ojos, expresando el conflicto en su rostro.

— ¡Argh! ¡Bien! —estalló él—. Los ayudaremos.

Percy sonrió, feliz de que Zuko decidiera hacer lo correcto. Él miró a la arpía que estaba bajo sus pies y todo rastro de alegría desapareció de su rostro, reemplazado por una sombría seriedad.

—Ahora, dime… —dijo él lentamente, empujando su espada amenazadoramente—. ¿Qué es un semidiós? ¿Por qué me llamaste así?

La arpía respiraba pesadamente, se veía cada vez más pálida y sus ojos se veían desenfocados.

—Enemigo de nuestras razas —jadeó la arpía—. Enemigo… de los monstruos. Mestizos asquerosos… ¡Deben morir!

La arpía se sacudió con fuerza e intentó usar las garras de sus brazos para atacar a Percy, pero él las esquivó y blandió su espada, cortando el brazo de la arpía antes de apuñalarla en el pecho. El espíritu del viento se desvaneció en un estallido de nube de polvo que el fuerte viento barrió.

— ¿Mestizo? —inquirió Percy, confundido—. ¿Qué demonios quiso decir con eso?

—Percy, sé que tienes preguntas —reconoció Iroh—. Pero si estas… arpías… son espíritus, entonces necesitaremos tu ayuda.

Percy miró el lugar donde la arpía se había desvanecido, frunciendo el ceño con frustración. Una vez más, la información que quería se le escapaba de las manos.

Él negó con la cabeza. Iroh tenía razón, no era momento de pensar en ello. No cuando había personas inocentes en riesgo.


Para cuando llegaron al lugar donde se habían instalado los refugiados, ninguno estaba preparado para lo que vieron.

—Oh, por Agni… —musitó Iroh, horrorizado.

Muchas tiendas de campaña estaban en llamas y la gente huía despavorida mientras era atacada por las arpías. Percy vio cómo una arpía agarraba a un hombre por los hombros y lo elevaba hasta el techo para comenzar a devorarlo. La sangre salpicaba el suelo mientras la víctima gritaba de dolor y agonía mientras era devorada. Había otras arpías que se apiñaban sobre el cadáver del hombre y lo descuartizaban para poder comerlo.

—Esto… Esto es mi culpa—gimió el padre de Teo, cayendo de rodillas—. Mis ansias por descubrir los secretos de este templo han ocasionado esto.

Zuko apartó la mirada, pues también sentía lo mismo. En su ferviente deseo de encontrar finalmente respuestas que lo llevarían hasta su objetivo, había desatado un mal sobre personas inocentes.

— ¡Su alteza! ¡General Iroh! —gritó el teniente Jee, acercándose a ellos—. Me alegra ver que están a salvo.

—Teniente, ¿cuál es la situación? —preguntó Iroh.

—Señor, estas criaturas aparecieron de la nada y comenzaron a atacarnos. Intentamos hacerles frente, pero… ¡El fuego no les afecta! ¡Son inmunes a él!

Zuko abrió los ojos con sorpresa, incrédulo.

— ¡¿Inmunes al fuego?!

Todos volvieron la mirada hacia un soldado que se enfrentaba a un trío de arpías usando fuego controlado. El soldado envió ráfagas de fuego con la intención de calcinarlas, pero las llamas no parecían tener efecto en los espíritus del viento, quienes agitaron sus alas y extinguieron las llamas. Su cuerpo ni siquiera mostró signos de quemaduras.

—Su Alteza, ¿qué hacemos? —preguntó el teniente Jee, alarmado.

Zuko miró a los soldados que intentaban batallar contra las arpías y a las personas que huían despavoridas. No sabía qué hacer. Podía dirigir una batalla contra otro ejército usando tácticas de combate que había estudiado, pero... ¿Cómo podría enfrentarse a un grupo de espíritus malignos voladores carnívoros que eran inmunes al fuego?

—Evacuaremos a los civiles—ordenó Iroh, dando un paso adelante—. Nuestra prioridad ahora es que las personas estén a salvo.

—A la orden, general—asintió el teniente Jee—. ¿Pero qué hacemos con esas criaturas?

Iroh volteó a mirar a Percy.

—Percy, sé que es peligroso e irresponsable de mi parte pedirte esto. Pero eres el único que tiene un arma capaz de herir a esos espíritus.

Percy miró a las arpías que atormentaban a las personas. En lugar de sentir miedo por ser devorado por esas criaturas, sintió un calor arder en su estómago que fue casi insoportable. Su ser ansiaba matar a aquellas criaturas.

Él desenvainó su espada y apretó la empuñadura con fuerza.

—Yo me encargo—declaró él—. Ustedes pongan a estas personas a salvo.

Sin esperar una respuesta de Iroh, Percy corrió directamente hacia una de las arpías que se abalanzó sobre un niño que había tropezado y se cubrió el rostro con miedo. El espíritu ni siquiera supo qué sucedió cuando fue cortado completamente a la mitad.

El niño abrió los ojos al percatarse de que estaba ileso y levantó la vista para ver a Percy empuñando su espada que arrojaba un leve brillo.

— ¡Sal de aquí! —le gritó Percy—. ¡Ahora!

El niño se quedó anonadado durante un segundo antes de parpadear y reconocer la situación en la que se encontraba. Rápidamente, se levantó y salió corriendo hacia donde los soldados de la Nación del Fuego comenzaban a reunir a los refugiados para luego guiarlos hacia uno de los pasillos del templo.

Sin perder el tiempo, Percy comenzó a correr en dirección a las personas que estaban siendo atacadas por las arpías. Al pasar junto a ellas, les gritó que huyeran y se pusieran a salvo mientras mataba a los espíritus del viento.

Al ver que todas las personas comenzaban a aglomerarse en la salida, las arpías fueron detrás de ellas. Una de ellas se adelantó rápidamente, pero Percy se interpuso en su camino y la cortó por la mitad con su espada, haciendo que todas las demás arpías se detuvieran con cautela.

—Muy bien, ratas buitre—gruñó Percy, adoptando su Postura de Fuego—. Acérquense y las desplumaré como a un pollo komodo.

Las arpías chillaron y se abalanzaron sobre Percy, quien también corrió hacia ellas, listo para hacerles frente.

Al ver que ya no eran perseguidas por las arpías, las personas comenzaron a dirigirse hacia la salida que estaba custodiada por los soldados de la Nación del Fuego.

— ¡Rápido, salgan de aquí! —gritó el teniente Jee.

El soldado vio cómo una mujer que cargaba un bebé corría de una arpía que iba detrás de ella. La mujer tropezó con una pequeña piedra y cayó de rodillas sin soltar a su bebé. Volteó y gritó aterrada al ver que la arpía se abalanzaba sobre ella.

El teniente Jee lo miró con alarma, pero antes de que pudiera ir a ayudarla, vio a dos soldados actuar primero. Uno de ellos se interpuso entre la mujer y la arpía, enviando una gran bola de fuego. Las llamas no quemaron al espíritu, pero lo dejaron aturdido el tiempo suficiente para que el segundo soldado pudiera golpearlo en la cabeza con un sorprendente fuerza. El espíritu no murió, pero se desplomó en el suelo, quedando inconsciente.

—Buen golpe—elogió Hui Ying.

—Gracias—respondió Tao, flexionando los bíceps y palmeándoselos—. Supongo que el entrenamiento en la academia no fue del todo inútil.

—Presumido.

Hui Ying le tendió una mano a la mujer con la intención de ayudarla, quien aceptó la mano ofrecida tras un segundo de duda.

—Yo… se los agradezco—musitó la mujer—. Salvaron mi vida y la de mi hija.

—No tiene que hacerlo, señora—dijo Hui Ying—. Tal vez sirva a otra nación, pero mi honor radica en ayudar a los que lo necesitan. Ahora, vaya. Pónganse a salvo usted y su hija.

Con un último asentimiento en señal de agradecimiento, la mujer fue hacia donde los demás refugiados que evacuaban la sala.

— ¿Quién hubiera pensado que terminaríamos ayudando a unos refugiados del Reino Tierra a escapar de un enjambre de espíritus malignos en forma de mujeres pájaro? —comentó Tao.

—Desde luego que no yo—dijo Hui Ying—. Y mucho menos que vería a un niño espadachín enfrentarse solo a esos espíritus malignos.

Ambos volvieron a mirar a Percy, que se enfrentaba solo a toda una horda de arpías utilizando solo su espada. Sus movimientos eran rápidos, certeros y letales. Su espada no fue más que un borrón resplandeciente a medida que cortaba y rebanaba a los espíritus del viento, quienes estallaban en una nube de polvo dorado.

—Realmente es el hijo del legendario Piandao, el maestro de la espada—dijo Tao, sonando impresionado.

Pronto, todas las arpías habían sido reducidas a polvo, a excepción de dos de ellas, quienes agitaron sus alas mientras retrocedían de Percy con una expresión de temor en sus rostros.

—Muy bien, ustedes van a decirme lo que quiero saber—gruñó Percy, dando un paso adelante y sosteniendo su espada de forma amenazante—. Díganme, ¿qué es un semidiós?

—Semidiós… semidiós… —farfulló una de las arpías—. Un mestizo…

—Mestizo—repitió la otra—. Hijo de un mortal y un dios...

— ¿Un dios? —Percy arqueó la ceja con confusión—. ¿Qué es un dios?

Era la primera vez que escucha esa palabra. ¿Acaso era un maestro de algún tipo? ¿Una profesión? ¿O tal vez el título de alguna posición social? Percy no lo sabía. Pero el simple hecho de escucharlo, de decirlo en voz alta, ocasionaba un extraño hormigueo en su estómago.

—Ser poderoso… —farfulló la primera arpía, mirando atemorizada a su alrededor.

—Muy poderoso—añadió la otra.

—Aterrador…

—Peligroso...

— ¡Seres superiores!

— ¡Ya basta de acertijos y denme una maldita respuesta clara! —exclamó Percy con impaciencia.

Las arpías dieron un respingo del susto y agitaron sus alas con fuerza, elevándose en lo alto y luego descendiendo en picado. Percy supuso que lo atacarían, por lo que adoptó su Postura de Fuego y esperó a que estuvieran a su alcance para acabar con los espíritus de un solo golpe. Pero cuando las arpías estuvieron a unos metros de él, maniobraron en el aire y lo evitaron, yendo directamente hacia el pasillo por donde las personas habían evacuado.

—¡No! —gritó Percy, persiguiendo a las arpías.

El pasillo estaba vacío, pero Percy logró escuchar el eco de los gritos de miedo de las personas. El pasillo se abría en un largo puente al aire libre que conducía a otra torre donde la gente se estaba refugiando. Al llegar a las puertas, vio a Iroh, Zuko, el teniente Jee, los soldados, Teo y su padre, quienes estaban asegurándose de que todas las personas entraran en la torre.

— ¡Cierren las puertas! —gritó Percy—. ¡Ciérrenlas!

El teniente Jee y los soldados comenzaron rápidamente a cerrarlas cuando Teo y su padre entraron, mientras Iroh se interpuso en el camino de los espíritus del viento, adoptando una postura que Percy nunca había visto. Iroh comenzó a girar lentamente los brazos delante de él con los dedos índice y medio extendidos, los cuales destellaron con... electricidad.

Todos miraron, completamente perplejos, como las chispas comenzaron a destellar con más fuerza en los dedos de Iroh hasta que este extendió sus dedos hacia adelante, apuntando a las arpías, y liberó un poderoso rayo en un brillante destello que resonó por todo el templo. El rayo logró golpear a ambas arpías, electrocutándolas, y hacer que sus cuerpos se sacudieran erráticamente hasta que cayeron al suelo en un montón de cenizas doradas y se convirtieran lentamente en una nube de polvo dorado.

Iroh suspiró y relajó su postura.

—T-tío… —farfulló Zuko, mirando a su tío con los ojos abiertos—. Eso fue…

—Algún día, cuando estés listo, te lo enseñaré—prometió Iroh.

Zuko simplemente asintió con la cabeza, aún asombrado por ver a su tío crear un rayo, la técnica más poderosa del Fuego Control.

—Iroh… —dijo Percy, acercándose y mirando al viejo general con total asombro—. Eso fue… impresionante.

Iroh simplemente sonrió.

—Gracias, mi muchacho. Tú también lo fuiste al enfrentarte a toda una horda de espíritus.

—Sin duda, eso fue realmente increíble—añadió el teniente Jee—. Ahora entiendo por qué te llaman «asesino de espíritus».

— ¿Así es cómo te llaman? —preguntó Teo, acercándose a ellos mientras empujaba su silla.

Detrás de él, lo acompañaba su padre y todos los refugiados. Todos ellos miraban a Percy con asombro, agradecimiento e incluso con admiración.

—Bueno… algo así—dijo Percy, algo incómodo al ser el centro de tantas miradas.

—Genial—jadeó Teo, mirando a Percy con otros ojos. Atrás habían quedado el recelo y el ligero desprecio, reemplazados por completa admiración.

El padre de Teo se acercó vacilante a Percy. Su rostro reflejaba culpa y arrepentimiento.

—Yo… agradezco inmensamente la ayuda que tú y tu gente nos habéis brindado hoy—dijo él—. Fue por mi error que esta tragedia cayó sobre nosotros.

—Papá, esto no fue tu culpa—dijo Teo en un intento de consolarlo—. No sabías lo que había detrás de esa puerta. No podías haber previsto que esto pasaría.

Su padre negó con la cabeza, con una mirada abatida en los ojos.

—Fue mi ambición la que causó todo esto. Me cegó y me hizo perder de vista lo más importante: tú. Nuestra gente. Los traje aquí con el objetivo de buscar una nueva vida, una mejor vida. Pero hasta ahora solo he provocado la pérdida de vidas.

El hombre se limpió las lágrimas que habían caído de sus ojos y miró a los soldados de la Nación del Fuego, Iroh, Zuko y, sobre todo, a Percy.

—Si ustedes no hubieran venido aquí hoy, habría sido nuestro fin. Por eso, les estaremos eternamente agradecidos.

El hombre bajó la cabeza en señal de respeto y agradecimiento. Pronto, todos los demás refugiados imitaron el gesto, inclinándose ante las personas provenientes de la Nación del Fuego.


Cuando nos fuimos del templo, los refugiados nos despidieron como si fuéramos salvadores, no conquistadores, como todos pensaban que era la Nación del Fuego.

Todos ellos pensaron que éramos héroes.

No conseguimos ningún tipo de información útil para nuestra misión. Pero quiero creer que no fue un viaje completamente inútil. Después de todo, salvamos decenas de vidas.

Solo quisiera que Zuko pensara igual. Su frustración solo ha ido en aumento. Lo ha hecho hacer cosas que antes pensaba que no era capaz de hacer. Cosas... crueles.


Habían pasado semanas desde los acontecimientos del Templo del Aire del Norte. El otoño finalmente había dado paso al invierno. Una capa de nieve cubría los árboles y la tierra. Un frío viento soplaba, helando los huesos.

Percy se estremeció en el interior de su abrigo. La Nación del Fuego siempre había gozado de un clima cálido y agradable, por lo que era la primera vez en su vida que experimentaba el frío. Y no le gustaba nada.

—Creo que odio el invierno—dijo él con voz temblorosa antes de estornudar con fuerza—. Hombre, extraño las cálidas playas de Ember Island. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos allí, Zuko?

—Sí… lo recuerdo—musitó Zuko, con una mirada lejana al observar el bosque a medida que el barco avanzaba por un gran río—. Fue durante el decimocuarto cumpleaños de Azula.

—Aquella vez jugamos un torneo de voleibol en la playa.

Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Zuko al recordarlo.

—Sí… Azula se emocionó tanto que terminó quemando la pelota en el partido final.

—Pero ganamos el torneo porque nuestros oponentes se asustaron. Azula dijo que lo hizo a propósito para aplastar su espíritu de lucha—Percy rio levemente, con una mirada nostálgica en su rostro—. La extraño.

Zuko lo miró y arqueó una ceja.

—Ehr… me refiero a que los extraño a todos. A todos—aclaró Percy rápidamente—. A mi papá, Fat, Mai, Ty Lee... Demonios, incluso extraño a ese idiota de Qiang. Sé que solo han pasado unos pocos meses, pero no, aun así… los extraño.

Percy se preguntaba constantemente qué estarían haciendo. Les enviaba cartas una vez a la semana, pero no podía recibir una respuesta de ellos porque siempre estaban en movimiento. Los halcones mensajeros no podían rastrearlos por todo el mundo.

—Sí… yo también—coincidió Zuko. Su voz y su expresión reflejaban un anhelo que era casi palpable.

Intentando aliviarlo, aunque fuera un poco, Percy colocó una mano sobre su hombro, demostrando que él estaba allí para él.

—Su Alteza—dijo el teniente Jee, acercándose a ellos e inclinándose ante Zuko—. La bahía de Ye Niu está a la vista. Pronto tocaremos puerto.

—Bien, prepárese para desembarcar, teniente—ordenó Zuko.

El teniente Jee se inclinó una vez más ante Zuko antes de ir a informar a la tripulación sobre su próxima labor.

Cuando desembarcaron en la bahía de Ye Niu, los soldados montaron rápidamente un campamento. Alzaron tiendas para protegerse del frío e hicieron fogatas para calentarse.

Zuko, Iroh, Percy y el teniente Jee se reunieron alrededor de un mapa colocado sobre una tabla de madera encima de unos barriles, que hacía las veces de mesa improvisada.

—Hay un sendero que conduce desde la bahía Ye Niu hasta las colinas—explicó Zuko, señalando su punto en el mapa—. Una vez allí, tendré que atravesar el bosque de bambú hasta alcanzar las montañas del Templo Aire del Este. La mitad de la tripulación se quedará aquí, el resto vendrá conmigo.

—Informaré a la tripulación—dijo el teniente Jee.

—Iré contigo—dijo Iroh—. Estos pasajes son reconocidos por su belleza. Y hay algunas plantas que solo florecen en invierno y que son deliciosas para preparar un magnífico té.

—De acuerdo—aceptó Zuko mientras enrollaba el mapa—. Pero no esperaré si te quedas a recoger algunas plantas.

Después de reunir a la mitad de la tripulación, todos se dirigieron inmediatamente hacia el Templo Aire del Este. El camino era sinuoso y traicionero. La nieve les llegaba hasta los tobillos y hacía que avanzar fuera más lento y difícil, pero eso no los detuvo. Zuko lideró el camino con una firme determinación en su rostro, aunque esa determinación flaqueaba ante la impaciencia que sentía al ver a su tío detenerse para observar cada planta inusual que encontraban a su paso.

— ¡Si sigues parándote a ver cada planta de la montaña, vamos a estar aquí todo el invierno! —espetó Zuko con exasperación.

—Pero sobrino, esta es una oportunidad única—protestó Iroh, agarrando una de las plantas y llevándoselas a la nariz para dar una profunda inhalada—. Estas plantas de jazmín solo florecen en esta región durante el invierno. ¡Harán un exquisito té!

Zuko solamente puso los ojos en blanco mientras continuaba avanzando.

Cuando finalmente llegaron al otro lado de las colinas, el bosque de bambú se extendió frente a ellos. Para llegar a las montañas donde estaba ubicado el Templo Aire del Este, tenían que atravesar este bosque.

—Oye, Zuko—habló Percy, colocándose a su lado mientras avanzado por el bosque de bambú.

— ¿Qué? —gruñó él con impaciencia.

— ¿Cuál es la planta que más asusta?

Zuko no respondió, simplemente lo miró fijamente.

—El bam-bú.

Entre ellos se produjo un incómodo silencio que fue interrumpido por el bufido de uno de los soldados, que recibió un golpe de otro.

— ¿Qué? Fue gracioso.

Una vez más, Zuko volvió a poner los ojos en blanco. Aunque no quisiera admitirlo, una parte de él se alegraba de que su tío y Percy estuvieran allí con él, retrasándolo en su viaje, ya que temía que, una vez que llegaran al Templo Aire del Este, lo que encontrarían allí sería lo mismo que en los anteriores templos: nada.

A medida que avanzaban entre las cañas de bambú, Zuko comenzó a respirar con cada vez más dificultad. El aire era demasiado delgado como para recuperar el aliento. Todas las articulaciones y músculos le dolían a causa del intenso esfuerzo, pero no desistió.

Uno de los soldados se detuvo para recuperar el aliento. Se quitó la placa facial durante unos segundos para poder respirar mejor y levantó la cabeza, jadeando intensamente. Pero, al hacerlo, vio algo que hizo que abriera los ojos y gritara aterrorizado.

Todos se volvieron a mirar justo a tiempo para ver cómo el soldado saltaba a un lado y esquivaba una caña de bambú que caía directamente sobre él. De no haberse apartado, la caña lo habría empalado.

El teniente Jee se acercó rápidamente a su camarada y vio que estaba herido en la pierna, donde tenía un profundo corte en el muslo que sangraba abundantemente.

— ¡Xing! ¿Qué ha pasado? —preguntó el teniente Jee.

El soldado herido, Xing, levantó la mirada y apuntó con su dedo tembloroso. Todos alzaron la mirada hacia donde les indicaba Xing y se quedaron paralizados, perplejos y algo aterrados por lo que vieron.

Sobre la copa de los árboles de bambú, todos pudieron ver el enorme cuerpo de una araña. Sus ocho patas eran tan largas como los árboles de bambú y se camuflaban a la perfección. Su abdomen era tan voluminoso como un bote y su cabeza, tan grande como un oso ornitorrinco. Incluso en la distancia, podían ver el enorme par de prominentes colmillos, capaces de desgarrar a un hombre adulto por la mitad.

—Ay, mami… —musitó Tao con voz temblorosa y aguda.

Los ocho ojos de la enorme araña se posaron en ellos y un gruñido escapó de su boca cuando levantó sus patas y comenzó a bajarlas brutalmente con la intención de empalarlos.

— ¡Muévanse! —ordenó Zuko, esquivando a tiempo una de las patas de la araña.

Todos comenzaron a esquivar las patas de la araña con gran dificultad, ya que no solo eran increíblemente rápidas, sino que también resultaban difíciles de ver entre los árboles de bambú del paisaje circundante.

Zuko envió una bola de fuego al cuerpo de la enorme araña y logró golpearla, lo que hizo que la enorme bestia emitiera un chillido de dolor, pero las llamas también comenzaron a quemar los árboles y las frondosas hojas.

— ¡No usen su fuego control o quemarán todo el bosque! —advirtió Iroh.

— ¡Señor! ¿Entonces cómo nos enfrentamos a esa cosa? —preguntó el teniente Jee.

Zuko miró a la enorme criatura que se cernía sobre ellos, la cual comenzó a sacudirse frenéticamente por la bola de fuego que había recibido. Tuvo que esquivar varias de sus largas patas para evitar ser ensartado.

En ese momento se le ocurrió una idea.

— ¡Las patas! ¡Córtenlas! —ordenó él—. ¡Corten las patas!

Los soldados reconocieron la orden de su príncipe y quienes no eran maestros usaron sus jabalinas para cortar las patas de la araña. Pero, debido al largo de sus armas y al hecho de que se encontraban en un bosque, les resultaba difícil incapacitar a la bestia.

Uno de los soldados logró esquivar una pata que iba a atravesarlo y aprovechó para cortarla. La enorme araña chilló de dolor, pero lo golpeó con su pata cercenada y lo envió a estrellarse contra unas piedras.

— ¡Shun! —gritó Tao con preocupación y corrió a socorrer a su compañero, pero una pegajosa sustancia cayó sobre él y lo elevó.

Cuando el soldado alzó la mirada, vio que la enorme araña lo había atrapado con la telaraña que había arrojado de su cuerpo y lo subía lentamente.

— ¡Ah, no! ¡No, no, no, no, no! —gritó Tao con creciente pánico al ver la cabeza de la araña cada vez más cerca, especialmente sus enormes colmillos—. ¡Chicos, ayúdenme! ¡Ayuda!

Los soldados intentaron por todos los medios cortar las patas de la araña, pero esta se sacudía frenéticamente con la intención de empalarlos. Incluso Percy lo tenía difícil, ya que las patas se camuflaban a la perfección con los inmóviles árboles de bambú.

Percy se detuvo y abrió los ojos como platos cuando se le ocurrió una idea. Una idea muy peligrosa y estúpida, pero fue una idea.

Mientras los soldados esquivaban las patas de la araña, Percy se detuvo y permaneció completamente inmóvil.

— ¡¿Qué estás haciendo, Percy?! —gritó Zuko, mientras esquivaba las patas de la enorme araña—. ¡Muévete!

Pero él no lo hizo; permaneció inmóvil hasta que una de las patas de la araña se dirigió directamente a él con la intención de empalarlo. Percy reaccionó usando su espada para desviar la larga pata en forma de bambú y luego cortarla limpiamente. La enorme araña se tambaleó al volver a perder una de sus patas, pero no soltó a Tao y siguió subiéndolo, utilizando las pinzas de su lado izquierdo para jalarlo hacia sus mandíbulas.

El soldado, en su estado de pánico al ver a la bestia tan de cerca, entró en desesperación y envió una bola de fuego directamente a su cabeza, quemando a la criatura y a la telaraña que lo mantenía sujeto.

Tao cayó bruscamente al suelo, aturdido, y todos aprovecharon el momento de ceguera de la araña para comenzar a cortar sus patas. Percy utilizó su espada, los soldados usaron sus jabalinas y Zuko envolvió sus puños en fuego para golpear las patas de la araña y destrozarlas en pedazos.

Pronto, la enorme bestia se tambaleó y comenzó a caer directamente sobre el aturdido Tao.

— ¡Te tengo! —gritó Hui Ying, agarrando a Tao por las correas de su armadura y arrastrándolo lejos.

La enorme bestia cayó con un fuerte estruendo en el lugar donde Tao había caído, pero no estaba muerta. La bestia aullaba de dolor mientras inútilmente intentaba levantarse, pero le habían cortado todas las patas.

—Pobre criatura… —musitó Iroh con pena al ver a la bestia caída.

—Esta "probe criatura" atacó a mis hombres—espetó Zuko, mirando con gesto severo a la enorme araña.

Sin dudarlo, envió una gran bola de fuego a la araña, que comenzó a sacudirse violentamente cuando las llamas comenzaron a carcomer su cuerpo. Zuko ni siquiera parpadeó al ver el sufrimiento de la bestia. Iroh apartó la mirada con angustia y pena. Y Percy miró a Zuko con inquietud. Sabía que aquella criatura los había atacado, pero no merecía ser quemada viva.

Incapaz de seguir escuchando los chillidos de dolor de la enorme araña, Percy levantó su espada y la apuñaló en la cabeza, poniéndole fin a su sufrimiento.

Si Zuko aprobó o desaprobó tal acción no lo demostró; simplemente le dio la espalda y comenzó a caminar, continuando su camino hacia el templo.

—Su Alteza —llamó el teniente Jee—. Tenemos varios heridos. Debemos volver al campamento para que puedan ser tratados.

Zuko miró sobre sus hombros a los soldados. Muchos de ellos habían resultado heridos y se apoyaban en un compañero para poder mantenerse en pie. La pierna de Xing estaba envuelta en vendas, pero sangraba profusamente. Shun había quedado inconsciente por el golpe y uno de sus compañeros lo llevaba, al igual que a Tao, que era llevado por Hui Ying.

—Estamos a mitad de camino —dijo él—. Si volvemos al campamento, habremos desperdiciado la luz del sol.

—Pero, señor…

—Que todos aquellos que puedan moverse lleven a los heridos de vuelta al campamento. A partir de ahora, iré solo.

— ¿Está seguro, su Alteza? Si encontramos a esta criatura en nuestro camino al templo, tal vez haya más peligros adelante.

—Es una orden, teniente.

El teniente Jee parecía algo receloso, pero terminó aceptando las palabras de Zuko con un asentimiento y un saludo militar.

—Tranquilo, teniente, Zuko no irá solo —dijo Iroh—. Solo asegúrense de que los heridos reciban atención. Cuando vuelva, les prepararé un té caliente que les ayudará a recuperarse más rápidamente.

—Gracias, general.

El teniente Jee ordenó a los soldados que cargaran con los heridos y regresaran.

Zuko se dispuso a continuar su camino, pero vio que Percy no se había ido con los soldados.

— ¿Qué? —dijo él—. ¿No pensaste que te dejaría ir solo, o sí? Podrías abrir otra puerta que tenga espíritus malignos. O podrías toparte con un oso ornitorrinco de 120 metros de altura con cuernos rosa y alas plateadas.

Zuko puso los ojos en blanco ante las ocurrencias de Percy y siguió caminando.


Casi una hora después de caminar por el bosque, este se abrió finalmente y los tres pudieron ver las altas montañas de las cordilleras del este. Las montañas se extendían por todo el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. Y, encima de las tres montañas más altas, se erguían de manera imponente tres gloriosos y magníficos templos, cuyas torres ansiaban alcanzar el cielo.

El viento que soplaba era frío y era tan intenso que se podía escuchar cómo aullaba, como si tuviera una voz propia.

— ¿Tenemos que escalar de nuevo hasta el templo? —preguntó Percy, recordando cómo tuvieron que escalar hasta alcanzar el Templo Aire del Norte—. ¿Por qué los Nómadas Aire no pudieron construir una forma fácil de subir hasta su templo? ¿Acaso son alérgicos a las escaleras?

O tal vez a estar en tierra. Y por eso construyeron sus templos en lugares que ningún ser humano en su sano juicio elegiría para vivir. Esos eran los pensamientos de Percy mientras él, Zuko y Iroh comenzaban a transitar por el largo y sinuoso sendero que los llevaría hasta la cima de la montaña y, por ende, hasta el templo.

Pero, cuando finalmente llegaron, la decepción de Zuko fue evidente al encontrar el templo abandonado. No había refugiados viviendo allí ni algún espíritu maligno deseando comer carne humana. La única señal de vida que encontraron fueron nidos y nidos de murciélagos araña.

—No hay... nada—dijo Percy—. Este lugar está más abandonado que las ganas de Azula de querer aprender a tocar la flauta.

Zuko volteó para mirar a Percy.

— ¿Azula quería aprender a tocar la flauta? —preguntó él.

Percy se encogió de hombros.

—Dijo que podía hacerlo mejor que yo. Lo intentó por unos días, pero luego se rindió y me culpó por no ser un buen maestro.

—Espera, ¿tú le enseñaste?

—Si. Dijo que era un pésimo maestro. Armó un berrinche y dijo que la habilidad de tocar una flauta era algo que debería hacer alguien que solo busca entretener y no era digno de una princesa como ella.

Eso es algo que su hermana haría, pensó Zuko.

Siguieron investigando el templo durante horas, pero su búsqueda fue infructuosa. El Templo del Viento del Este estaba vacío. Pero Zuko no se rindió.

Siguió buscando y, cuando entraron en una gran habitación que no tenía techo, se percató de la enorme estatua que había en medio. Era una estatua de un nómada aire, pero no de uno cualquiera, sino de la propia Avatar Yangchen. La estatua medía más de doce metros, estaba hecha completamente de piedra y en ella se veía a la Avatar Yangchen en una pose meditativa con las piernas cruzadas y los puños chocándose. A pesar de ser una estatua, el escultor logró plasmar la expresión serena y armoniosa del Avatar, quien pareciese estar meditando sobre los misterios del propio universo. La luz del sol que se filtraba por el techo abierto caía directamente sobre la gran estatua, lo que le daba un aire de ensueño, como si te estuviera invitando a meditar junto a ella y alcanzar la iluminación.

En las paredes, había decenas de estatuas más pequeñas, todas ellas de Nómadas Aire. Zuko no reconoció a ninguno de ellos, así que supuso que eran hombres y mujeres que fueron figuras históricas importantes en la cultura de los Nómadas Aire.

Al ver la estatua del último Avatar conocido entre los Nómadas Aire, Zuko tuvo una idea.

—Iremos a la ermita del Avatar Yangchen—declaró él.

— ¿Qué es una ermita? —preguntó Percy.

—Es una pequeña capilla o santuario donde viven aquellos que han decidido vivir en soledad por el resto de sus días—explicó Iroh—. Cuando los Nómadas Aire sentían que llegaban al final de sus vidas, elegían recluirse y meditar en soledad para buscar la iluminación. Muchos de ellos dejaban atrás papiros que contenían la sabiduría que habían adquirido en su vida. Esa era su manera de perdurar en la historia.

Percy lo pensó. Recluirse en sus últimos días de vida parecía una idea triste y solitaria. Si algo sabía con certeza, es que querría pasar sus últimos momentos junto a las personas a las que quería.

— ¿Cómo sabes que el Avatar Yangchen pasó sus últimos días en una ermita? —le preguntó Percy a Zuko.

—Lo leí en uno de los pergaminos del Templo de Fuego de la Isla Creciente—explicó Zuko—. Yangchen pasó los últimos años de su vida recluida en una ermita. Kuruk pasó los últimos años de su vida cazado por Koh, el ladrón de rostros. La muerte de Kyoshi fue la más misteriosa, ya que no se sabe con exactitud cómo fue, solo que murió en la isla que ella misma había creado, la Isla Kyoshi. Y Roku murió deteniendo la erupción de un volcán que arrasó toda su isla.

Percy silbó, impresionado.

—Vaya, sí que hiciste tu tarea. Seguramente obtendrás un 10 en tu próximo examen de «Historia del Avatar».

—Cierra la boca—espetó Zuko, fulminándolo con la mirada—. De todos modos, he venido demasiado lejos como para no buscar en cada rincón de este templo. Así que iremos a la ermita de Yangchen.

La ermita se encontraba en una región más apartada del templo, así que no les llevó mucho tiempo llegar a ella. El sol había comenzado su descenso por el horizonte mucho antes de lo esperado debido al duro invierno que azotaba todo el Reino Tierra.

—Espera… espera un segundo, sobrino—dijo Iroh entre jadeos, mientras se sentaba sobre una roca—. Déjame recuperar el aliento un minuto. Mi condición física ya no es la de antes. El fuego de mi juventud hace tiempo que se apagó.

—Tal vez se ha apagado porque lo ahogaste con té y pollo komodo—comentó Percy, mirando la prominente barriga de Iroh.

Zuko puso los ojos en blanco ante la poca resistencia física de su tío.

—Mejor quédate aquí a vigilar—dijo él.

Zuko y Percy se adentraron en la ermita, que estaba abandonada y era lo suficientemente grande para que viviera una persona. Dentro, vieron que el lugar estaba cayéndose a pedazos. El techo estaba agrietado y había un enorme agujero en la pared. En una de las paredes, estaba pintada la imagen del Avatar Yangchen en posición meditativa.

—No veo cómo alguien podría vivir en este horrible lugar—comentó Percy, pateando una pequeña piedra—. Está en ruinas. Es peor que un basurero.

—Es bastante grosero llamar ruinas y basurero al hogar de alguien.

Zuko y Percy se volvieron inmediatamente, listos para pelear. Percy desenvainó su Espada Dragón y Zuko adoptó una posición de fuego controlado, pero ambos quedaron desconcertados cuando vieron que quien les había hablado era un anciano. Vestía tan solo unas prendas simples y desgastadas. Su cuerpo estaba extremadamente delgado y bronceado, como si no hubiera comido en meses mientras pasaba horas bajo el sol. Su cabeza estaba completamente calva, tenía cejas tupidas y una larga y desaliñada barba blanca.

El anciano estaba con las piernas cruzadas en una esquina de la habitación, frente a una vela encendida, como si hubiera estado meditando.

—Tranquilos, la violencia no es necesaria, jóvenes—dijo el anciano en un tono tranquilo—. No soy una amenaza para ustedes.

Percy relajó su postura y envainó su espada, sin sentir que el anciano representara algún tipo de amenaza. Zuko, en cambio, relajó su postura, pero aún miró con recelo al anciano.

—Ha pasado una generación desde que el último peregrino vino a este lugar—dijo el anciano—. Nunca me hubiese imaginado que un maestro fuego y un espadachín serían mis primeros visitantes después de 27 años.

— ¿27 años? —inquirió Percy, parpadeando sorprendido—. ¿Estuviste viviendo en este lugar los últimos 27 años?

El anciano rio jovialmente.

—Oh, muchacho. He estado viviendo aquí por mucho, mucho más tiempo.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —demandó saber Zuko.

—Los Nómadas Aire y yo fuimos hermanos espirituales, siempre hemos compartido un estrecho vínculo.

Zuko abrió los ojos con sorpresa.

— ¿Los Nómadas Aire? ¿Los conoce?

—Por supuesto. Y sé que aún están aquí. Tus antecesores pueden haber arrebatado sus cuerpos de este mundo, pero sus espíritus permanecen. En estas paredes resuenan las memorias de lo que ha pasado.

En ese momento, todo tuvo sentido para Zuko. Aquel anciano tenía la edad adecuada, vivía en las ruinas de una ermita de un maestro aire, en una tierra que el resto del mundo había olvidado. Habría podido esconderse en aquel lugar olvidado durante un siglo sin que nadie lo encontrara.

Al mirarlo, Zuko no vio un anciano, vio la oportunidad de volver a su hogar y recuperar todo aquello que había perdido.

—Mi nombre es Pathik —se presentó el anciano—. Soy...

— ¡El Avatar! —acusó Zuko.

—Espera, ¿qué?—farfulló Percy, mirando sorprendido a Zuko y luego a Pathik—. ¿Este viejo es el Avatar? ¿Estás seguro?

— ¡Muévete, Percy!

Zuko conjuró una enorme bola de fuego y la envió directamente al anciano que se encontraba sentado, quien abrió los ojos con sorpresa.

—Oh, santos bisontes...

La pared de la ermita estalló en una fuerte explosión del fuego control. Iroh, quien se encontraba bebiendo té que había calentado usando fuego control, casi lo derramó debido a la sorpresa.

Se levantó de la roca donde había estado sentado y vio cómo de la pared destruida salía un anciano corriendo despavorido.

— ¡Tío, atrápalo! —gritó Zuko, persiguiendo al anciano—. ¡Es el Avatar!

— ¡Lo siento, pero parece que me estás confundiendo con alguien más! —exclamó Pathik, huyendo del iracundo Zuko.

— ¿Qué...? —farfulló Iroh.

— ¡Ayúdame o sal de mi camino! —espetó Zuko, enviando una bola de fuego a Pathik, quien lo esquivó al saltar de la cornisa y deslizarse por la montaña.

— ¡Zuko, espera! —gritó Iroh, pero Zuko no lo escuchó y continuó persiguiendo a Pathik.

El anciano se deslizó rápidamente por la ladera de la montaña, esquivando las bolas de fuego de Zuko con sorprendente agilidad. Cuando se acercó al bosque, estuvo a punto de entrar por él, pero la punta de una espada carmesí que apuntaba directamente a su cuello lo detuvo.

—Vaya, eres realmente rápido para alguien tan joven—comentó Pathik, levantando las manos en señal de rendición al ver la Espada Dragón de Percy a escasos centímetros de su cuello.

—Y tú bastante escurridizo para un viejo saco de huesos—replicó Percy, sin bajar su espada—. ¿Cuál es tu rutina? ¿Meditar hasta el fallo?

— ¡Percy, no dejes que se escape! —gritó Zuko. Cuando los alcanzó, agarró a Pathik por la ropa con un brazo mientras que con el otro creaba una bola de fuego—. Muy bien. Ahora, vas a hacer un poco de aire control para mí.

—Me temo que no será posible, muchacho—dijo Pathik, sin verse asustado o inquieto por la bola de fuego tan cerca de su rostro—. He aprendido muchas cosas en mi tiempo en este mundo, pero aire control no es una de ellas.

— ¡Mientes!

—Zuko… creo que está diciendo la verdad—dijo Percy, intentando razonar con él—. Si fuera realmente un maestro del aire, no haría... ya sabes, ¿aire control para escapar? ¿Irse volando como el viento?

— ¡Es un maestro aire! —exclamó Zuko, inflexible—. ¡Solo tengo que presionarlo lo suficiente para que haga aire control!

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Torturarlo?

Las facciones de Zuko se ensombrecieron cuando miró a Pathik.

—Sí debo hacerlo, que así sea…

Percy abrió los ojos, horrorizado ante la idea de que su amigo fuera a hacer tal cosa.

Sin pensarlo, empujó a Zuko lejos de Pathik y se puso frente a él, desafiante.

—No voy a dejar que lo hagas, Zuko—dijo él.

— ¡¿Te atreves a interponerte en mi camino?! —bramó Zuko, indignado.

— ¡No voy a permitir que lastimes a un hombre inocente! Eres mejor que esto.

Zuko entrecerró los ojos sombríamente, apretó los dientes con rabia y adoptó una posición de fuego control.

—Sal de mi camino, Percy—advirtió él.

Percy no se vio intimidado por la advertencia de su amigo y apretó con fuerza la empuñadura de su espada a la vez que entrecerraba sus ojos.

—No lo haré—declaró con firmeza—. No me quedaré de brazos cruzados a ver como lastimas a un inocente.

Zuko levantó su mano y creó una bola de fuego, pero antes de que lo arrojara a Percy, Iroh lo agarró con firmeza del brazo.

—Suficiente, Zuko—sentenció Iroh con voz severa—. No es necesario ir tan lejos.

— ¡Solo tengo que hacer que ese anciano haga un poco de aire control! —protestó Zuko.

—No harás tal cosa. Ya has hecho demasiado.

— ¡Pero, tío…!

Iroh hizo caso omiso a las quejas de su sobrino y se acercó a Pathik.

—Le ofrezco mis más sinceras disculpas —dijo Iroh, inclinándose ante el hombre—. Por favor, perdone la falta de respeto que le hemos mostrado.

—No es necesaria ninguna disculpa, mi amigo—dijo Pathik con una sonrisa amable—. Si su sobrino busca al Avatar, entonces transita por un difícil camino, cuyo final permanece opaco incluso para mí. Es afortunado al tenerlo a usted como su guía y un amigo tan leal y honorable a su lado.

Pathik hizo una reverencia y se alejó, adentrándose en el bosque donde había intentado escapar. Zuko lo observó irse, completamente atónito.

— ¡¿Cómo pudiste dejarlo ir así?! —le cuestionó Zuko a su tío—. ¡Ese hombre podría ser el Avatar que se niega a mostrar sus habilidades! ¡Si lo hubiéramos capturado, podríamos volver a casa para la primavera…!

— ¡Basta! —reprendió Iroh, mirando a Zuko con dureza—. Obviamente, ese hombre no era el Avatar, ni siquiera era un maestro aire. Todo lo que has hecho es acosar y amenazar a un hombre inocente, faltarle al respeto y deshonrarte a ti mismo al hacerlo. Es un comportamiento impropio e indigno de un príncipe.

Zuko apartó la mirada, sintiendo cómo las palabras de su tío le herían profundamente, llenándolo de vergüenza y culpa.

—Pero… si no era él, entonces… —Zuko cayó de rodillas, sintiendo cómo la aflicción inundaba su corazón y cómo el peso de su misión comenzaba a afectarlo. —. Tío, ya no sé dónde más buscar. El mundo es tan grande y yo… ya no sé qué hacer. Él sabía de los maestros del aire y ni siquiera me pudo dar ninguna información sobre el Avatar.

—Oh, Zuko… —Iroh se arrodilló para estar a la altura de su sobrino y puso las manos sobre sus hombros—. Entiendo que estos meses han sido duros para ti. Perdiste a tu familia, tus amigos, tu hogar… y se te ha impuesto una misión casi imposible de llevar a cabo. No te culpo por sentirte abrumado, yo mismo he llegado a sentirme como tú te sientes ahora.

Iroh observó los altos edificios del Templo Aire del Este, que se alzaban sobre las tres montañas, y rememoró un tiempo pasado en el que sintió que todo su mundo se derrumbaba.

—Cuando Lu Ten murió, sentí que mi vida también había acabado—relató él con una voz lejana—. Me sentía tan… perdido y desesperado. De no haber sido por el apoyo de ciertas personas, no habría podido seguir adelante. Me tomaba toda la fuerza que tenía para levantarme cada mañana, salir de la cama e ir a un mundo en el que mi amado hijo ya no vivía. Incluso hasta el día de hoy, aún siento el mismo peso en el cuerpo al levantarme cada mañana. Un pesar en mi corazón que sé que nunca se irá—Iroh volvió la mirada hacia Zuko y sonrió con tristeza y gran pesar—. Eres más fuerte de lo que yo jamás fui, príncipe Zuko. Has luchado por cada cosa que has obtenido y tienes gente que te ama a tu lado apoyándote. Yo caí en mi dolor, me ahogué en él y alejé a todas las personas que se preocupaban por mí. Por favor, no cometas el mismo tonto error que yo cometí.

Zuko levantó la mirada y observó a Percy. En su estado frenético y desesperado, había estado a punto de atacar a su amigo, quien se había interpuesto en su camino con la intención de evitar que mancillara el poco honor que le quedaba. Alguien que, al igual que él, había dejado atrás a sus amigos y familia para cumplir esa misión. Alguien que lo había dejado todo atrás para ayudarlo.

Él apartó la mirada, incapaz de sostener la mirada de Percy debido a la vergüenza que sentía por lo que había estado dispuesto a hacer.

— ¿Príncipe Zuko? —inquirió Iroh, preocupado.

—Yo solo… Tío, ¿y si ellos tienen razón? ¿Y si el Avatar se ha ido? ¿Y si esta búsqueda es realmente inútil? Y si... —los labios de Zuko temblaron y sintió un nudo formarse en la garganta—. ¿Y si realmente no puedo volver a casa?

Aunque había pensado en ello en el momento de partir, Zuko siempre había mantenido ese sombrío pensamiento en el fondo de su mente. Lo había enterrado bajo la fiera determinación de cumplir la misión que se le había asignado para recuperar su honor y reclamar el lugar que le correspondía. Pero, tras meses de inútil esfuerzo y llegar a callejones sin salida, su determinación comenzaba a flaquear y sus miedos e inseguridades salían a flote, inundando su corazón y debilitando su espíritu.

Y eran esos mismos miedos e inseguridades quienes guiaban sus actos. Poner en riesgo a personas inocentes, quemar vivo a una criatura, incluso si había atacado a sus hombres, amenazar a un inocente anciano y estar dispuesto a atacar a su mejor amigo. Sus miedos e inseguridades lo habían hecho actuar de manera indigna e inapropiada para un príncipe.

Pensar en ello solo hacía que su corazón se llenara de culpa, pesar y angustia. Sentimientos que lo hacían estremecerse y que llenaban de lágrimas no derramadas las comisuras de sus ojos.

De repente, un calor lo rodeó, reconfortando no solo su cuerpo, sino también su espíritu al percatarse de que era su tío quien lo abrazaba con fuerza.

—Un viaje de autodescubrimiento nunca es inútil, príncipe Zuko—declaró firmemente Iroh a la vez que lo abrazaba con fuerza, pero también con gentileza—. Sin embargo, aunque tu camino se vea oscuro y por muy lejos que puedas vagar, lo más importante es que aprendas de tus errores en el camino y nunca olvides quién eres ni lo que estás luchando por ser.

"Recuerda esto, Zuko. No importa cuánto cambien las cosas, nunca olvides quién eres."

El eco de un recuerdo resonó en la mente de Zuko.

Entre los cálidos brazos de su tío y sus consoladoras palabras, Zuko se permitió, solo por esta única vez, desahogarse un poco y dejar que las lágrimas cayeran de sus ojos, lavando la angustia que inundaba su corazón y aligerando el peso que abrumaba sus hombros.

Aquí, solo en presencia de las dos personas en quienes más confiaba, Zuko se permitió ser vulnerable y desahogarse.


Después de que el sol se ocultó finalmente en el horizonte, los tres decidieron acampar en el bosque antes de retomar su viaje de vuelta al campamento de la tripulación. El viaje a través del bosque de bambú era peligroso, debido a las bestias que lo habitaban, por lo que continuarían su camino al día siguiente, cuando saliera el sol.

Percy vio cómo Zuko ahuecaba la palma de las manos y soplaba en su interior, generando una pequeña llamarada que se filtró por sus dedos.

—Es un truco genial—comentó Percy, mientras colocaba la palma de sus manos hacia la pequeña fogata que habían hecho—. Yo tengo que calentarme de la manera no-maestro fuego.

—El tío me enseñó—dijo Zuko, mirando a su tío, que estaba dormido en una bolsa de dormir.

Al mirar a su tío durmiendo, recordó las palabras que le había dicho hacía apenas unas horas.

—Percy, yo… —musitó Zuko, sintiendo una gran pena y queriendo disculparse con su amigo—. Lo que pasó hoy…

—Descuida—interrumpió Percy con una pequeña sonrisa—. No tienes que disculparte.

—Pero… estaba a punto de atacarte.

—Oye, soy amigo de los hijos del Señor del Fuego desde hace años. Ser atacado con una bola de fuego en cualquier momento forma parte de esa amistad. Además, no te ofendas, pero Azula da más miedo.

Zuko no podía negar su declaración.

—Sí… tienes razón—reconoció él, sintiendo un escalofrío al recordar cómo era su hermana pequeña cuando se enfadaba.

Ambos compartieron una pequeña risa que resonó en el oscuro bosque.

Percy miró a Zuko y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Xiōngdì, ¿recuerdas?

Zuko lo miró y parpadeó sorprendido. Este le devolvió la sonrisa y asintió.

—Xiōngdì.

Sopló el viento, arrastrando el frío aire de la montaña de invierno. Zuko volvió a ahuecar la palma de las manos y se concentró en su respiración, recordando las palabras de su tío.

"El fuego es un arma, pero también es el calor vivificante del sol. El calor que arde dentro de cada corazón. Concentrándote en ese fuego interno, puedes controlarlo. Trazando las llamas y el calor por dentro, alejando cualquier frío del viento… o del espíritu."

A pesar del frío que azotaba la montaña, Zuko solamente sintió una calidez extenderse por todo su cuerpo. No sabía si era por la técnica del aliento de fuego, por la fogata del campamento o por la presencia de su tío y Percy. De todos modos, decidió deleitarse con ese calor.

En ese momento, escuchó el sonido de una rama quebrándose y se puso en alerta máxima. A su lado, Percy también lo había oído, por lo que se levantó e inmediatamente agarró la espada que había dejado en el suelo, a un lado de su bolsa para dormir, lista para desenfundarla.

Ambos volvieron la vista al lugar de donde había provenido el sonido, expectantes por lo que pudiera salir de la oscuridad del bosque.

Se sorprendieron cuando vieron a Pathik acercarse a ellos.

—Usted… ¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Zuko, desconcertado.

—He estado meditando estas últimas horas—dijo Pathik, solemnemente—. He sentido que has venido a mí por alguna razón, pero no he podido ver cuál era. Esperaba que el espíritu del Avatar Yangchen guiara mi propio camino antes de que estuvieras demasiado lejos.

Pathik miró fijamente a Zuko.

—Me di cuenta de que tu destino y el del Avatar están estrechamente entrelazados—reveló él—. Aunque no estoy seguro de cómo será, no es mi lugar interponerme en el camino del destino. La visión que Yangchen me dio fue solo una sombra, como suelen ser las cosas a menudo, pero el corazón de esta visión fue muy claro. Te vi a ti y al Avatar, uno al lado del otro, de pie frente al mundo.

Zuko abrió los ojos con inquietud, sintiéndose perplejo e incrédulo al escuchar las palabras de Pathik y lo que estas insinuaban. Un futuro inimaginable e inconcebible para él.

—Mi tío me pidió que te mostrara respeto—dijo él con los dientes apretados—. Y por respeto a él, no te haré nada. Pero no me quedaré aquí para ser humillado.

Pathik cerró los ojos y asintió.

—Como desee, niño. Si decides ignorar el mensaje que el universo quiere enviarte, tal vez tu amigo sea más receptivo.

Pathik miró a Percy, quien se mostró sorprendido.

—¿Yo?

—Así es, niño. Así como yo soy un humilde heraldo de la energía cósmica del universo, tú eres un heraldo... —la expresión de Pathik se volvió sombría—. Un heraldo de un futuro oscuro e incierto.

—No me digas—Percy puso los ojos en blanco—. Tú también tuviste una visión mía. ¿Qué viste? ¿Parado lado a lado junto al Señor del Fuego?

Porque no había manera en el infierno de que él se parara al lado del Señor del Fuego. Percy preferiría renunciar a la espada para siempre que hacer eso.

Pathik negó con la cabeza.

—El espíritu de Yangchen no me dio ninguna visión sobre ti, pero no fue necesario. Lo supe en el mismo momento en que te vi. La energía cósmica del universo no fluye dentro de ti como ocurre con todo y todos. Es como si tú fueras energía. Energía hecha carne. Energía hecha mortal. Ni siquiera el Avatar, un ser ancestral por quien fluye la más pura energía cósmica del universo, posee esa cualidad. No estás en armonía con este mundo. No formas parte de él. Y nunca lo harás.

Percy se sintió verdaderamente confundido ante los comentarios del anciano.

—Viejo… ¿De qué demonios estás hablando? —preguntó él, desconcertado—. ¿Qué demonios quieres decir con que soy energía? ¿Y a qué viene eso de que no formo parte del mundo?

—En mi larga vida, solo he sentido a una persona igual a ti. E incluso en él no llegué a sentir la misma intensidad de energía que siento en ti. Fue hace más de cien años. Un hombre extraño que acompañó al Avatar Roku en sus viajes para purgar este mundo de los espíritus oscuros y cerrar la brecha por donde estos se filtraban.

Percy abrió los ojos con sorpresa, recordando la carta que le había dado el Sabio Shyu en el Templo de Fuego de la Isla Creciente.

— ¿El Avatar Roku? Por casualidad… ¿No estarás hablando de un hombre llamado Luke Castellan?

—Nunca conocí al hombre personalmente. Pero su presencia en este mundo causaba una fluctuación en la energía misma del universo. Su presencia en este mundo fue la señal de los tiempos oscuros que azotaron a las Cuatro Naciones. Y ahora, tú estás aquí. Alguien que produce la misma fluctuación en la energía del mundo. Tu llegada a este mundo anuncia un futuro oscuro para las Cuatro Naciones.

Percy se quedó estático, incapaz de creer lo que el anciano le decía. Parecían las divagaciones de un loco y carecían de cualquier sentido. Al menos, no tenían sentido para Percy, a excepción de una cosa.

Luke Castellan era igual que él y su presencia había influido en este mundo. Percy se preguntó si la presencia de Luke también influiría en ese mundo.

—Creo que ya hemos escuchado suficientes divagaciones por esta noche—dijo Zuko, impaciente—. Es hora de que te vayas.

—He dicho lo que he venido a decir—dijo Pathik, con un asentimiento en señal de despedida—. Les deseo un futuro próspero.

Con esas últimas palabras, el viejo hombre se adentró en el bosque por el mismo lugar por donde había llegado.

—Ignóralo, Percy —dijo Zuko—. No sabe de lo que está hablando.

—Yo le creo—sentenció Iroh, quien se había despertado y se acercó a ellos—. Y ambos deberían hacerlo. El mensaje que desea transmitir es muy sabio.

— ¿Tío? —farfulló Zuko, sorprendido de verlo despierto—. ¿De qué mensaje estás hablando?

Iroh sonrió.

—Uno de esperanza.

— ¿Esperanza? —inquirió Percy, confuso—. Ese viejo loco dijo que se acercan tiempos oscuros en las Cuatro Naciones.

—Y son en tiempos oscuros donde uno debe mantener la esperanza—dijo Iroh, colocando sus manos sobre los hombros de Zuko y Percy—. La esperanza es lo que nos hace fuertes. La que nos guía. Y es la razón por la que estamos aquí. Es con lo que peleamos cuando todo lo demás está perdido. Jamás lo olviden.

"Esperanza…" reflexionó Zuko.

¿Su tío tenía razón? ¿Era la esperanza lo que lo impulsaba a cumplir esa misión que todos consideraban imposible?

No lo sabía con certeza.


Un par de días después de que partieran de vuelta al mar, Zuko se encontraba en la cubierta del barco, mirando el oscuro océano que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Arriba, en lo alto del cielo nocturno, la luna brillaba con intensidad, proyectando un brillo plateado que se reflejaba en las tranquilas aguas del mar.

A pesar de que sus viajes por tres de los cuatro templos de los Nómadas Aire habían resultado inútiles en su búsqueda del Avatar, el espíritu de Zuko no desistió ni flaqueó. De hecho, se sintió más encendido que nunca.

—Te encontraré—fue su promesa susurrada al viento con la luna como único testigo.

Él sabía que el Avatar estaba allí afuera. En algún lugar recóndito del vasto mundo. Y no le importaba cuánto tiempo le llevaría encontrarlo; lo haría.


Hemos pasado por mucho estos últimos meses.

Mai, he mantenido mi promesa hasta ahora. Zuko está bien. Sigue igual de empeñado en cumplir su misión y volver a casa.

Ty Lee, te he enviado un par de cosas que compré en el último festival. Espero que te gusten.

Y Azula, la espada y la armadura que me regalaste han sido de gran ayuda, en especial la espada. Cada vez que la empuño, me recuerda a ti y me hace sentir orgulloso de llevarla.

Las extraño, chicas. Espero volver a verlas algún día.

Con amor, Percy.


...

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Pasaron meses sin que Zuko volviera a soñar con el Agni Kai o con su padre.

Su vida había comenzado a tomar un nuevo rumbo. Pero entonces, súbitamente como siempre había sucedido, todo cambió.

Mientras el barco navegaba por las frías aguas del Polo Sur, en la distancia, un brillante haz de luz se elevó en el horizonte hasta alcanzar el cielo.

Zuko lo vio con ojos abiertos y sintió cómo un fuego comenzaba a arder con intensidad en su corazón, avivando su cuerpo y su espíritu.

—Finalmente... —susurró él.

Aquella luz en el horizonte representaba que su incesante y larga búsqueda se estaba acercando a su fin. Era la luz de la esperanza al final del oscuro túnel que había sido su vida estos tres últimos años.

Finalmente, había encontrado al Avatar.

...

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¡Y eso es todo por ahora, mis queridos lectores!

Próximo capítulo... La aparición del Avatar.