Perfil de un príncipe saiyajin

03. Cerrando ciclos

drabble de Bulmapsut

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Últimamente se despertaba de súbito, una capa de sudor pegajoso empalmada al cuerpo. La camiseta cercana al cuello chorreada en líquido. Una pesadilla constante. La habitación semi iluminada por la farola del patio, la luz colándose por la cortina. Apenas le cubría una delgada sábana. El corazón latiendo desbocado, respiración entrecortada. Despertaba con los músculos tensos y una curiosa sensación de ahogo. Pasó la mano peinando los cabellos empapados, automáticamente sentándose a un lado de la cama.

Simplemente estaba llevando su cuerpo al límite con la dichosa cámara de gravedad y la mente parecía hacerle segunda. Se levantó al baño y echándose agua fría en el rostro esperó que desapareciera el ligero temblor de sus manos. Un objeto captó su atención en la repisa cercana. Una botellita oscura con gotero. Se la había dado el médico terrícola en su última visita después de que había explotado la cámara. Según la vulgar mujer desde ese incidente amanecía gritando, amenazando con arrancarse los tubos que le suministraban suero. Preocupada, había tenido un breve intercambio de palabras con el médico y éste había garabateado unas extrañas palabras en un pedazo de papel: "síndrome de estrés post-traumático".

Sin saber muy bien a qué se refería, sin embargo, cuando la mujer le había entregado el frasco con visible aprehensión en sus cautivantes ojos azules, el vacío en su estómago se intensificó instantáneamente. Había pensado en tirarla en ese preciso momento con un ligero murmullo saliendo de sus labios: "tonterías". Percibiendo sus intenciones, la mujer calmadamente había dicho que a ella le funcionaba para relajarse. Sobre todo después del viaje a Namek.

—No necesito sus estúpido remedios terrícolas, mujer.

Sin embargo, ahí estaba en la repisa del baño. Vegeta estaba seguro de que él no lo había puesto ahí. No necesitaba de ninguna droga. ¿O sí? Rastreo su rostro, las ojeras marcando visiblemente la bolsa debajo de sus ojos. Ciertamente eran ya varias semanas que no descansaba lo suficiente. Sin embargo, no era la primera vez en su vida que una racha de pesadillas le impedía conciliar un buen sueño. Estaba acostumbrado a la falta de sueño. Lo que le perturbaba eran las imágenes que desfilaban en sus pesadillas. Una sombra permeó sus ojos ónix, haciéndolos si cabe más negros aún. Tal vez le daría una oportunidad a la droga, si era realmente sincero consigo mismo, últimamente era diferente. Lo sabía, pues ahora era un mortal que había experimentado la muerte en propia carne.

Sus pesadillas eran una mezcla de visiones borrosas, superpuestas y magnificadas entre los ojos carmesí de Freezer, globos llenos de frialdad y desdén mientras disparaba con un dedo hacia su corazón. Esa maldita lagartija. Recuerdos de lágrimas derramadas ante un clase baja, ante la imposibilidad de acabar con el perverso emperador con sus propias manos. Su venganza desvaneciéndose como polvo. La impotencia, la terrible impotencia. De repente todo se volvía negro y él despertaba en el suelo de Namek, pero a quien veía no era a Freezer sino a él mismo con la misma mirada de desdén y frialdad en su propio rostro acabando con alguien quien pedía clemencia. La rasposa voz retumbando en sus sueños. Vegeta… ayúdame, por favor… Vegeta…perdóname. Curiosamente las pesadillas siempre terminaban igual, con los ojos de su sensei inundados por el pánico y la decepción de la traición.

Curiosamente esta última visión era la que más lo perturbaba. Después de su propia muerte, algo había cambiado en él. La emoción que sentía al despertar era una nueva para él. Los ojos de su sensei…

Cuando le había matado, no había sentido la más mínima cosa. Realmente Nappa no signficaba nada para él, sólo era el medio para un fin, un subordinado cualquiera. Ahora, sin embargo, cada vez que pensaba en él, algo raro sentía en su interior. Algo que nunca había experimentado antes. El mono halterofílico, gigante y brusco había sido su guardia personal desde niño. Su sombra constante, su compañía perenne. Ni siquiera la decisión de abandonar a Radditz a su muerte, le causaba tanta conmoción. Por qué ahora sentía algo por ese viejo saiyan.

Rabia, comenzó a surgir la rabia. Esa emoción era la que mejor conocía y la que más cómodo le hacía sentir. Era una emoción que le daba energía y sentido de vida. Pero lo que sentía cuando veía a Nappa en sus pesadillas, era angustiante. Le carcomía por dentro. Ni siquiera podía nombrarlo, no conocía qué era. Pero ciertamente ardía, ardía como una constante llama en su consciencia. Maldito Nappa, aún después de tanto tiempo muerto, seguía importunando su presencia.

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Aterrizó en la explanada desértica donde le había visto por última vez. Un poco de cautelosa interrogación a la humana y había dado con las coordenadas del lugar de su llegada, donde había sido la batalla con los terrícolas y Kakarotto. El lugar le tomó desprevenido con los recuerdos y un escalofrío. El viento árido y reseco revoloteando su cabello. Dio unos pasos inspeccionando el lugar y suspiró el olor del semi desierto. Buscó unas rocas lo suficientemente grandes para que nadie las moviera y las apiló en orden, tomando un puñado de tierra lo dejó caer sobre ellas. No había un cuerpo que despedir, pero esto bastaría.

Quedó viendo la improvisada tumba durante largo rato, en completo silencio. Súbitamente una idea lo tentó… las esferas del dragóncon el radar de la mujer sería muy fácil… naah… recordó una frase, hay que dejar descansar a los muertos… y eso es lo que son, muertos. Ni su raza, ni su planeta, ni su padre, ni ningún antiguo conocido. Nada de eso le importaba ya realmente. Cuánto había cambiado su vida y sus prioridades en tan poco tiempo.

Volteó los ojos al horizonte y de nuevo a la pila de rocas. En su cultura había varios rituales ante ciertos acontecimientos, el mismo Nappa se los había enseñado. Con un pequeño rayo de ki cortó la palma de su mano y apretándola fuertemente chorreó un par de gotas sobre la tumba. La deuda de sangre tenía que saldarse de alguna forma, su sangre real bastaría. Donde quiera que estés Nappa, descansa en paz. Le debía por lo menos esto, marcar el lugar. Eso sería todo lo que obtendría de él. A ver si así dejas de molestarme… No se consideraba supersticioso, pero realmente necesitaba dormir.

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Al mismo tiempo, desde la Coroporación, la peliazul colgó el teléfono. Catorce años le había tomado darse cuenta de que esta llamada tenía que haberla realizado mucho antes. Ni siquiera esperó a hacerlo en persona. Es más, estaba tentada de mandar un simple mensaje y bloquear el contacto de Yamcha. Pero su madre le había dicho sabiamente que si no quería verlo, al menos debía hacerlo por llamada, por ella misma, para ir cerrando ciclos. Bueno, ciclo superado. Ahora se preguntaba, ¿qué seguiría? Con todo lo que había sucedido en el último par de años, definitivamente no le vendría nada mal retomar terapia.