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Mayo

tick tock tick tock

Draco hizo todo lo posible por ignorar las miradas. Podrían ser peores, se dijo. Theo parecía resignado. Hermione, totalmente imperturbable.

Con los seis años que les separaban de la guerra y los cuatro de su arresto domiciliario, la frecuencia de las miradas sospechosas u odiosas que le dirigían había disminuido, del mismo modo que su habilidad para ignorarlas crecía con la práctica.

Sin embargo, Draco siempre se sentía más visible que de costumbre con Theo a su lado, y aún más con Hermione. Aunque, ella había desaparecido en algún lugar de la tienda de antigüedades mientras monopolizaba el tiempo del tendero con un sinfín de preguntas sobre la historia de cada pieza que encontraba remotamente interesante.

Theo llevaba varios minutos sin hablar, inclinado sobre una caja de llaves antiguas, sacando lo que parecía hasta la última de ellas para una evaluación cuidadosa y obsesiva antes de que volviera a la caja o se ganara un lugar entre las demás que había en el suelo a su lado. Draco ladeó la cabeza mientras miraba, optando por ignorar que una mujer había doblado la esquina, con los ojos clavados en el frustrantemente identificable pelo rubio de Draco, e inmediatamente se retiró.

Draco contó otros sesenta segundos en su cabeza antes de ceder al impulso de estirar el cuello, necesitando ver mejor a Theo. Con Hermione cerca, Theo había parecido casi normal, pero ahora que ella se había entretenido con las raras antigüedades de madera de varita, él había caído en un estado de ánimo completamente distinto, con una capa de nubes que opacaba su brillo habitual. Había estado apagado durante meses, desde aquella conversación en la fiesta de inauguración de la casa de Draco en enero, que, a pesar de los ocasionales e infructuosos intentos por parte de Draco, nunca habían retomado del todo.

Draco vio que el cambio de Theo se manifestaba en cosas sutiles: sonrisas tensas, bolsas bajo los ojos, una incapacidad (o quizá un desinterés) por doblegar a su carismática voluntad en todas las habitaciones en las que entraba.

Eso inquietó a Draco. Era un cambio tan sutil que dudaba que nadie, aparte de él o Blaise, se hubiera dado cuenta. Hermione solo había sacado el tema recientemente porque había empezado a afectar a sus impecables técnicas de planificación.

—¿Hermione mencionó que no has querido buscar novio últimamente?

Theo levantó una enorme llave de plata ornamentada para examinarla. Entrecerró los ojos y crispó la boca antes de volver a dejarla caer en la caja.

—No realmente, —dijo sin siquiera dedicarle a Draco una segunda mirada.

—¿No has estado mucho con ella últimamente? —Sonó como una pregunta. Draco pensó que lo decía como una pregunta. Pero no estaba seguro de cuál era la pregunta en realidad. Peor aún, se preguntó si sonaba más como una acusación.

—No quiero un novio ahora mismo.

Draco asintió. Pero como Theo seguía mirando fijamente la llave de bronce que estaba inspeccionando, el movimiento había sido totalmente inútil. Draco buscó otro tema, algo que pudiera decir. No tenía ni la menor idea de qué criterios buscaba Theo en las llaves antiguas que le gustaba convertir en trasladores.

—¿Has estado jugueteando más con los trasladores? Blaise usó uno el mes pasado. —Otra pregunta no lo suficientemente pregunta para su propio bien. Sabía cómo ser amigo de Theo. Lo sabía. Habían sido amigos toda la vida, en distintos grados de cercanía. Con altibajos, pero con una constancia que solo podían compartir los últimos herederos de las dos familias de los Sagrados Veintiocho.

Pero esto parecía raro. Buenas intenciones detrás de signos de interrogación mal colocados y afirmaciones que parecían acusaciones. Solo quería asegurarse de que Theo estaba bien. Había estado distante, desinteresado en una conversación sustancial, desde aquella conversación de enero, borracho en un balcón y probablemente un poco más sincero de lo que pretendía ser.

—Estoy mejorando. Son más precisos. Blaise aterrizó en medio de los jardines de mi propiedad. Mi intención era dentro del invernadero, pero estuvo muy, muy cerca.

Dos llaves más pasaron el corte, alineadas cuidadosamente entre las demás en una hilera en el suelo junto a los pies de Theo.

—¿Adónde más van?

—A cualquier sitio. A todas partes.

—¿Así que necesitas más llaves?

Hermione rodeó el torso de Draco con los brazos desde atrás. Él se puso rígido de inmediato, estuvo a punto de saltar, pero se tranquilizó al reconocer las manos que le rodeaban la cintura: unas manos taimadas y peligrosas que le encantaban. La risa de ella atravesó la tela de su camisa y le llegó directamente a la columna vertebral.

Theo levantó la vista, los ojos instantáneamente más alerta mientras le lanzaba una sonrisa burlona, un respiro en las nubes.

—Ah, demasiado pronto, Granger. Mi proceso de selección es riguroso; necesito más tiempo. Tendrás que encontrar otra antigüedad de importancia histórica sobre la que aprender. Si lo pides amablemente, estoy seguro de que Draco incluso te la comprará.

Ella volvió a reír y apretó los brazos alrededor de su cintura. Puede que a la Comadreja le gustara hacer comentarios sarcásticos sobre lo puntiagudo desusrasgos, pero Draco podía saber exactamente en qué ángulo Hermione había inclinado la cabeza para mirar alrededor de su torso, basándose en la forma en que su propia barbilla puntiaguda y no insignificante se clavaba en sus costillas. No parecía tan puntiaguda con solo mirarla. Pero la mujer sabia como usarla como arma si se inclinaba hacia el de la forma correcta, o tal vez incorrecta.

—Preferiría que me comprara libros. Iremos a Flourish y Blotts después de esto.

—Y yo que pensaba que íbamos a comer juntos. Una vez que te soltemos en esa librería, no estaremos libres hasta la cena, como muy pronto, quizá ni siquiera hasta el desayuno de mañana por la mañana. —Theo arqueó una ceja mientras hablaba, sopesando dos llaves entre las manos y manteniendo lo que parecía una sonrisa sin esfuerzo.

Ella soltó el centro de Draco.

—Te dejaré tomarte todo el tiempo que quieras con tus llaves si yo puedo tener todo el tiempo que quiera con mis libros. ¿Trato hecho?

Theo tartamudeó una risa corta e incrédula, la primera expresión genuina que Draco había visto en su cara en todo el día.

—¿Apuestas? ¿De una Gryffindor? ¿Quién te enseñó? —Sus ojos se desviaron hacia Draco—. No importa. No quiero saber qué clase de cosas apostáis vosotros dos. Pero trato hecho.

Draco miró a Hermione, que había aparecido a su lado. Sonrió, primero a Theo y luego a él. Se inclinó y chocó su cadera contra la de él, bueno, más bien contra la mitad de su muslo, antes de volver a separarse de ellos, presumiblemente para buscar otra antigüedad de la que aprender.

La actitud de Theo cambió de inmediato y las nubes volvieron a cernirse sobre él. Draco no sabía si debía consolarse con el hecho de que Theo no parecía estar haciendo ningún esfuerzo por ocultar su inusual estado de ánimo a su alrededor. Theo volvió a sus llaves, más cuidadoso y metódico en su proceso de selección de lo que había sido con Hermione mirando. Cuando ella había estado de pie con ellos, él casi parecía alegre, como si disfrutara del proceso. Pero ahora, cada selección tenía un trasfondo extraño, una sensación de urgencia, de desesperación, de necesidad de identificar la correcta.

Draco se quedó rondando, sin hacer las preguntas adecuadas, mientras Theo rebuscaba entre el resto de las llaves hasta que finalmente hizo su selección, dando por concluida su estancia en la tienda de antigüedades. El extraño comportamiento de Theo, ahora concentrado en la bolsa de llaves que tintineaba a cada paso mientras caminaban hacia Flourish y Blotts, reaparecía cada vez que Hermione se perdía de vista.

Draco se preguntó cuánta energía necesitaba para encender cualquier actuación que encendiera para Hermione. Tenía que ser exorbitante, a juzgar por la forma en que se desvaneció al instante en que ella los abandonó en el umbral de la librería, dirigiéndose a su rincón favorito repleto de obras sobre Aritmancia y Runas Antiguas.

Theo se detuvo ante una atroz vitrina de novedades; demasiadas versiones de la cara de Potter les devolvían la mirada desde las docenas de portadas expuestas. Theo cogió un libro, le dio la vuelta e hizo un gesto pensativo mientras leía la contraportada. Draco se dio cuenta de que no le apetecía demasiado contemplar el rostro impasible de Potter durante demasiado tiempo y optó por mirar a otra parte, quizá en busca de un alboroto de rizos castaños.

—Una biografía no oficial, —dijo Theo desde su lado—. Llaman a Potter el" maestro de la muerte". —Draco resopló y miró a Theo.

Theo frunció el ceño antes de encogerse de hombros, inclinando la cabeza con el movimiento.

—Parece un poco dramático, ¿no crees?

—Es Potter. Claro que es dramático.

—Creía que ya erais no-amigos-pero-no-enemigos. —Theo devolvió el libro a su especie, con docenas de Potter parpadeando detrás de sus estúpidas gafas negras.

—Él está bien. Su mujer es más tolerable que él, pero... es un ente un poco ineludible en la vida de Hermione, así que. —Draco señaló vagamente a su persona, encogiéndose de hombros al hacerlo—. Estoy siendo civilizado, haciendo algo parecido a la paz. Hace unas fiestas tolerables.

En lugar de responder, Theo se quedó mirando los libros con las cejas fruncidas. Acababan de tener una conversación casi animada, normal. Pero mientras miraba la biografía no oficial de Potter, la vivacidad de Theo volvió a decaer.

—No me importaría un título así, —dijo, con los ojos entrecerrados como si algo en la portada del libro requiriera solución, comprensión—. Quizá me decante por "maestro del espacio y el tiempo". Ya tengo el giratiempo. Trabajar en perfeccionar los trasladores... quizá sea lo que pueda hacer. Eso se me da bien.

Draco no podía creer lo que acababa de oír.

—Theo, eres bueno literalmente en casi todo lo que intentas. Es detestable, sinceramente. Si no hubieras sido mi compañero de casa y mi amigo de la infancia te habría llamado sabelotodo tan despiadadamente como a Hermione.

Draco luchó contra el impulso de interponerse entre Theo y el expositor de libros; el prolongado contacto visual con la fotografía de Potter había empezado a virar hacia la amenaza. Ni siquiera parecía que Theo le hubiera oído.

—A lo mejor esa es mi maldición, —dijo Theo, mirando por fin a Draco—. Preguntarme constantemente sobre los "y si..." ¿Qué podría haber cambiado? ¿Adónde podría haber ido? Pero nunca haciendo nada de eso.

Era como si hubieran utilizado el giratiempo en cuestión, retrocedido en el tiempo hasta enero, en el balcón de Draco, borrachos y un poco abatidos. ¿Esos pensamientos habían estado atormentando a Theo durante meses?

—Theo. Estoy preocupada por ti. ¿Estás bien?

—Ya me lo habías preguntado antes.

—Y la respuesta fue claramente no, pero te fuiste. Y no me has dejado preguntar de nuevo durante meses. Solo estás fingiendo.

—Es agotador.

Había algo de sinceridad, una pequeña pizca de verdad. Los ojos de Theo se abrieron de par en par. Sacudió la cabeza, y Draco tuvo la clara impresión de que no había querido revelar tanto, hablar con tanta franqueza.

—Está bien, —dijo Theo, alejándose medio paso—. Lo estoy manejando.

—¿Se trata de la bóveda? Sé que fue una decepción que estuviera vacía, pero... ¿tal vez podrías llenarla? Eres muy bueno con tus trasladores y todo eso.

—No es... es... Draco, estoy bien. No te preocupes por mí. Solo estoy teniendo un par de meses malos.

—Theo...

—Que tengas un buen almuerzo con Granger. Me tengo que ir.

Y antes de que Draco pudiera objetar, o incluso parpadear para aclarar sus pensamientos ante lo repentino del cambio de Theo, se había quedado solo, de pie frente a La biografía no oficial de Harry Potter y su desconcertante mirada.

—¿Acabo de ver irse a Theo? —preguntó Hermione, deslizándose a su lado y ladeando la cabeza hacia las docenas de Potter que tenían delante—. Bueno, qué inquietante, —añadió con un ligero escalofrío.

—Tenía que irse.

Frunció el ceño.

—Oh, —dijo, bajando la postura—. Tenía ganas de salir a comer. ¿Está todo bien?

Draco ni siquiera consideró la posibilidad de mentirle, ocultarle la verdad u omitirla de algún modo.

—No estoy seguro.

Su mano encontró el brazo de él, apretando la parte interior del codo.

—¿Tendremos que ir pronto, a ver cómo está?

Draco accedió, y ya estaba planeando enviar una lechuza a Blaise, con la esperanza de que pudiera ayudar.

Un rizo salvaje llamó a Draco, alejándose en espiral de la cara de Hermione. Alargó la mano y se lo colocó detrás de la oreja antes de inclinarse para besarle la sien. Ella seguía con el ceño fruncido, pero él conocía ese ceño, conocía esa expresión; ella la cubría de pensamientos, de preocupación y de una pequeña dosis de intriga que a él le resultaba mucho más atractiva de lo que jamás habría pensado.

Podía leerla. La conocía.

Y se le ocurrió, absurdamente en medio de un Flourish y Blotts con la puta cara de Harry Potter mirándole desde unas cuantas docenas de portadas de libros diferentes, que podía leer a Hermione mejor que a Theo. Y había conocido a Theo toda su vida.

Aquella revelación le hizo sentir simultáneamente ganas de llorar la pérdida de algo con su mejor amigo y de celebrar la consolidación de algo que sentía tan real, tan poderoso, con Hermione.

Le ofreció la mano y caminaron hacia el restaurante. Esta vez, ignoró las miradas; no significaban nada, ni de lejos.

Las comidas con los padres de Draco se deterioraron. Asistía a ellas por pura obligación, por el desintegrador respeto que le inspiraba el hecho de que apenas tenía otra relación con ellos, y esa constatación conseguía aliviarle y aterrorizarle al mismo tiempo. Sin embargo, sus esfuerzos por mantener las rutinas que aún tenían no le garantizaban ningún tipo de comodidad. Casi se había acostumbrado a la extraña y evasiva conversación que sus padres mantenían con él desde principios de año, desde que les había soltado la idea de Hermione en Navidad.

Ahora, sus comidas habían vuelto a la horrible e incómoda tranquilidad de los días posteriores a la explosión post traición, a caballo entre no saber cómo interactuar y no tener energía para hacer el esfuerzo. Aquello creaba una extraña corriente subterránea que amenazaba con hundirlo a cada crack de magia de elfo doméstico y tintineo de plata contra porcelana.

Si Draco tenía en cuenta la cantidad de comida que se les ofrecía durante las comidas, esta había disminuido tanto como los temas de conversación. Lo que en los meses anteriores había sido un auténtico bufé de opciones gastronómicas se había reducido, probablemente por despecho, a un surtido de pasteles, fruta, té y huevos... pero solo si se le antojaba hacer un pedido especial a Tilly.

A pesar de este declive de la grandeza y de la inquietud que se extendía por el mantel, un trasfondo diferente se extendía por debajo de ellos.

Draco desayunó en un silencio casi perfecto durante casi cuarenta y cinco minutos antes de que alguien hablara por fin. Su madre se aclaró la garganta y dejó la taza de té en el platillo.

—Te alegrará saber, —empezó en un tono perfectamente normal y como si nada de su comida matutina hubiera sido incómodo y silencioso y horrible de soportar—. Después de varios años sin progreso, la petición de tu padre para conmutar su sentencia ha sido escuchada.

—¿Escuchada?

—Aceptada, —dijo Narcissa, ofreciéndole una sonrisa con los labios cerrados antes de dar otro sorbo a su te.

Las palabras de su madre fueron una resaca que sacó los pies de Draco de debajo de él, arrancándolo de aguas poco profundas y arrastrándolo a mar abierto. Le hormigueaba toda la superficie de la piel, punzadas de ansiedad que lo azotaban como olas. Se giró para ver a Lucius observándole desde la cabecera de la mesa. Draco no sabía cuándo había decidido abandonar su siempre presente ejemplar del Profeta.

Draco tragó saliva; podía sentir la nuez arrastrándose por su cuello. Resistió el impulso de aclararse la garganta.

—Pero... el Ministerio. No han querido saber nada de nosotros, —miró de su padre a su madre y viceversa, entendiendo la implicación—, ninguno de nosotros. Todos los años tiran tus expedientes a la basura.

Lucius enarcó una ceja y en su cara se dibujó una sonrisa peligrosa y orgullosa. Hacía años que Draco no veía ese tipo de satisfacción en la cara de su padre.

—Por fin hemos encontrado las manos adecuadas para untar. El incentivo adecuado, para la persona adecuada, llega muy lejos.

—¿Y ellos... solo así? —Draco no podía comprenderlo. El arresto domiciliario de su padre le había parecido tan permanente, tan inmutable. Que en realidad podría acortarse... se había tomado el rechazo del Ministerio al pie de la letra.

—Así de fácil, —dijo Lucius, con la comisura de la boca levantada en una mueca. Draco conocía esa expresión; él mismo la utilizaba a menudo. Solo se le ocurrió, justo en ese momento, dónde la había aprendido, a quién la había inspirado.

—No... —Empezó Draco, con la mirada oscilando entre su madre y su padre—. No entiendo cómo.

—Así es como suelen funcionar las cosas, —dijo Lucius. Una suprema satisfacción se filtraba de su aura—. No consigues lo que quieres. Hasta que finalmente lo consigues.

Algo de ver a su madre mirando a Lucius, con un orgullo y un cariño que Draco no había visto tan abiertamente en tanto tiempo, lo hacía todo mucho peor. Su padre parecía más él mismo, su madre parecía complacida por ello, y aquella rápida órbita de cómo solían ser las cosas no podía sostenerse por mucho tiempo. Las órbitas eran de dos tipos: estables o decadentes. Esta parecía condenada directamente a un agujero negro.

Draco se dirigió al mantel en algún lugar entre su madre y su padre cuando volvió a hablar.

—¿Y qué significa todo eso?

Narcissa respondió, mostrando los dientes en algo que parecía una sonrisa verdadera y genuina.

—A partir del fin de semana, tu padre tendrá su varita de vuelta. Y se le permitirá salir de la propiedad. Volverá a ser un miembro normal y respetado de la sociedad.

En otro tiempo, Draco podría haberse mordido la lengua, podría haberse atragantado con las palabras no dichas. Pero el tiempo, la distancia y una Gryffindor insistente habían suavizado su reflejo de contenerlo todo. A veces, en este caso en el peor momento, las palabras salían de todos modos.

—Nunca volverá a ser un miembro normal y respetado de la sociedad. —Draco aspiró, sorprendido de sí mismo. En la cresta de esa ola de sorpresa: vigorización. Joder, si no sentaba bien decirlo sin más—. ¿No lo veis? El dinero y una sentencia conmutada no convencerán a nadie de olvidar lo que ha hecho esta familia. Todavía recibo miradas. Theo las recibe y ni siquiera estaba marcado.

Fue su explosión sobre Hermione de nuevo. ¿Estaba atrapado en algún tipo de bucle? ¿Algún tipo de incapacidad para tener una comida con su familia que no incluyera un arrebato emocional que implicara demasiada franqueza catártica?

Resopló, con los pulmones escocidos por una falta de oxígeno que ni siquiera había notado. Siguió adelante, mal contenido por el silencio atónito de sus padres.

—No sé qué clase de mundo creéis que existe fuera de esta propiedad, pero no es uno que os acoja. No como sois ahora.

Lucius terminó por chasquear el bastón contra el suelo de piedra.

—Sé exactamente qué clase de mundo hay ahí fuera. Uno donde mi hijo piensa que sus deberes con esta familia no significan nada. Que sonopcionales. Te crie para respetar nuestras tradiciones, nuestra historia.

Draco no sentía los dedos de las manos, posiblemente tampoco los de los pies. Extremidades enteras parpadeaban mientras intentaba controlar la respiración y no perder los nervios. Ya se había roto muchas cosas en esta mesa. No quería romper nada más.

Le dolía la mandíbula mientras contenía su temperamento con fuerza.

—Me criaste para que te creyera ciegamente.

—Draco, basta ya, —le espetó Narcissa desde el otro lado de la mesa. Su sonrisa había desaparecido, sustituida por unos labios fruncidos y unos ojos muy abiertos que le suplicaban que no les estropeara aquello—. Deberías estar contento. Por fin podremos reanudar nuestra vida normal.

—¿Vida normal? —No pudo evitar reírse, con la cabeza temblando ante lo absurdo de tal pensamiento.

Entonces el pensamiento se hizo más profundo. La vida normal. ¿Qué implicaba? ¿Qué supondría? Cualquiera que fuera su vida normal antes había sido completamente borrada y considerada ilegal, había caído totalmente en desgracia. La vida normal no tenía cabida en la vida moderna.

A Draco se le ocurrió que sus padres habían estado tratando los últimos años, este arresto domiciliario, como una especie de encantamiento de estasis prolongado. Esperaban, aguardando hasta que pudieran volver a tener su versión de la normalidad. Draco sintió un frío temor en la boca del estómago. ¿Significaba eso que no tenían intención de evolucionar bajo las presiones que habían cambiado el mundo a su alrededor mientras pagaban su penitencia en aquella mansión?

Ninguno de los dos respondió a su pregunta, si es que realmente era una pregunta.

Miró fijamente a su madre.

—Esto es como una película de terror. —Sintió suficiente miedo y pavor, al menos, para que fuera tal cosa.

Ladeó la cabeza y se le formó una línea en el entrecejo.

—¿Película?

Draco parpadeó, el aire se le escapó. Por supuesto. No tenía ni idea de lo que era una película. Ninguno de los dos lo sabía. Las películas no formaban parte de su versión de la normalidad, ni en el pasado ni en el presente.

Se quedó mirando las fresas de su plato, incapaz de contemplar la inquietante agitación de sus padres. No quería pensar en cómo era su nueva versión de la normalidad.

La última vez que habían tenido normalidad, había acabado como carne de cañón en una guerra que no significaba absolutamente nada.

Draco volvió de desayunar con sus padres a la hora habitual, tras haber sufrido el resto de la comida en un incómodo silencio. El ácido se le revolvió en el estómago cuando sus padres empezaron a hablar animadamente sobre la ampliación de su agenda social ahora que Lucius ya no estaría atado a la mansión.

Al salir del Flu, Draco tropezó con Hermione. Por instinto, la rodeó por el medio con los brazos y se retorció al dar un gran paso sobre una pila de libros, en un intento de evitar caer sobre ella, caer sobre los libros o simplemente caer al suelo. Las manos de ella encontraron la parte superior de sus brazos, estabilizándolo.

—¿Qué es... Hermione?

Según su rápida evaluación del espacio mientras se enderezaba, reclamando un pequeño espacio libre en el suelo, todos y cada uno de los libros que poseían los dos estaban apilados en el suelo del salón. Draco habría dado un paso atrás, sorprendido, si hubiera tenido espacio para moverse. Pero al menor movimiento, sus zapatos de piel de dragón chocaron contra el lomo de un libro.

—Estoy organizando.

—Creo que tenemos diferentes definiciones de esa palabra.

Se encogió de hombros, observando la habitación con una sonrisa cariñosa mientras se acomodaba un rizo detrás de la oreja.

—Tengo que ver todo lo que hay que organizar para poder organizar.

—¿Y por qué, si puedo preguntar, estás reorganizando nuestros libros?

—Sigo teniendo que comprar más biografías que no me interesan de personajes públicos apenas reconocibles cuyos apellidos empiezan por "E". Así que es bueno que tengas tanto espacio aquí. Puede que incluso necesites comprar más estanterías.

Se echó a reír.

—Quieres decir que tenemos mucho espacio. Este también es tu piso.

Su sonrisa no se desvaneció, pero sí se congeló, quedándose perfectamente inmóvil de una manera que decía que, sin concentración, habría desaparecido por completo; solo su fuerza de voluntad la mantuvo en su sitio.

—Lo sé.

De repente sintió que necesitaba que la convencieran. Lo cual no podía entender.

—Loes.

—Lo sé, —volvió a decir—. Yo solo... bueno, como no pago por nada, realmente no siento que esté contribuyendo.

—No tienes que hacerlo.

Los libros enjaulaban a Draco y lo separaban de ella, una torre de tomos entre ellos.

Volvió a examinar la habitación, esta vez su sonrisa se torció hacia una mueca.

—No se siente tanto como mi casa, en ese sentido. Así que hoy he decidido reorganizar los libros. Pensé que si nuestras colecciones estaban mejor integradas...

Draco pasó por encima de una pila, con una tensión estranguladora en el pecho que le exigía acortar la distancia entre ellos. ¿Cuántos meses habían pasado ya? Se había mudado con él a mediados de enero y ahora, en mayo, ¿se había dado cuenta?

Supuso que ella compartía su salvaje e incandescente felicidad. Supuso que su nuevo arreglo funcionaba tan bien para ella como para él.

Intentó cerrar la puerta a una inoportuna estampida de pensamientos dentro de su cabeza, pero estos rompieron sus cerrojos defectuosos y se precipitaron al primer plano de su mente.

¿Y si decidía que el piso no le parecía un hogar?

¿Y si se hubiera cansado de sentirse así?

¿Y si decidía que esto ya no funcionaba para ella?

¿Y si se iba?

—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó. Tenía que saberlo. Necesitaba saberlo—. ¿Qué puedo hacer para mejorarlo?

Se acercó un paso más. Si cogía uno de sus cientos de libros, podría caber entre ellos, pero solo así, nada más.

Se apartó con la excusa de examinar la habitación, buscando su respuesta.

—He estado cuidando de mí misma desde, bueno, —sus ojos se vidriaron y se abrieron de par en par, una oleada de lágrimas la sorprendió—, oh, no. ¿Por qué lloro?

No lo sabía. Pero había empezado a sentir pánico, atrapado entre querer tenderle la mano y ofrecerle consuelo y darle espacio para que se recompusiera.

—Dioses, —continuó, arrastrando un dedo bajo el ojo para enjugar la lágrima que apenas había dejado caer—. ¿Supongo que ha sido desde la guerra? ¿Cuando olvidé a mis padres? Y nosotros... nosotros huimos después de eso y desde entonces, en realidad, yo solo... me he encargado de todo. Pero especialmente después de que Ron y yo rompimos...

Suspiró. Con un apretón a medias, le tendió la mano, los dedos apenas entrelazados con los suyos, pero un consuelo al fin y al cabo.

—Mi pequeño piso... sé que no era mucho, pero lo pagué. Sé que para ti no significa lo mismo, porque el dinero es diferente en tu familia. Pero yo compraba mis propios comestibles y administraba mis propias protecciones y... era mío. Nada de esto es mío.

Apartó la mano y se secó las lágrimas con un gruñido de frustración.

—No vale la pena llorar por eso. No quiero llorar por eso.

Un sumidero se abrió dentro del pecho de Draco, un doloroso agarrotamiento mientras se tragaba su corazón, sus pulmones, sus costillas: sangre, músculo y hueso, todo consumido por la agonía que Hermione no se sentía como en casa con él.

Se había callado, respiraba lentamente, contenía las lágrimas mientras miraba impotente la habitación inundada de libros que los rodeaba.

No sabía cómo ayudar. Tenía tan poco control. Casi ninguno. Así que se aferró a las cosas que ella decía que podía controlar, que podía darle.

—¿Quieres encargarte de las protecciones? ¿Construirlas tú misma desde cero? He utilizado una variante de las de mi familia, pero puedes cambiarlas y hacerlas tuyas. Nuestras. Dioses, Hermione, yo...

Ya había sacado la varita, conjurando las protecciones del piso y desmontándolas runa a runa. Hermione lo miraba, sin decir nada.

—Todo esto es tuyo. No quiero que te sientas culpable por no tener que hacerlo todo tú sola.

Draco dio medio paso hacia el Flu, dirigiéndose directamente a las protecciones de acceso. Se había perdido por completo en el proceso, decidido a que Hermione no volviera a sentirse así.

—Así no es cómo funciona la familia. Tienes apoyo, tienes ayuda, tienes...

—¿Es eso lo que somos? —La pregunta de Hermione, silenciosa y sin aliento, lo sacó de su fijación con las protecciones. Apenas había prestado atención a sus palabras, balbuceando mientras trabajaba.

—¿Somos... qué? —Su mundo le alcanzó en un eco, recordando por fin las cosas que había dicho. Su corazón dio un enorme y doloroso golpe dentro de su pecho mientras tragaba.

—Dijiste... ¿somos una familia? ¿Es eso lo que somos?

Draco se dio cuenta de que se había quedado un poco boquiabierto, un poco asustado. De todas las cosas, una imagen de las caras complacidas de sus padres discutiendo el inminente regreso de su padre a la sociedad pasó por sus ojos. Draco no tenía ni idea de lo que su vuelta a la vida normal exigiría de él, de cómo sería esa dinámica futura.

Solo sabía lo que quería en su dinámica con Hermione. Abandonó la cautela. Ya lo había dicho esencialmente, de todos modos.

—Sí, —dijo. Y lo dijo en serio. Para él, ella era su familia. Y decirlo le parecía valiente, estúpido e imprudente, como cierto Gryffindor que conocía, pero, extrañamente, también le estimulaba—. Sí, —volvió a decir—. Sí, ¿somos familia? ¿No lo crees?

Encontró algo muy interesante en los ladrillos alrededor de la chimenea: algo más fácil de enfocar que la cara de Hermione. Había soltado demasiado. En toda una vida reteniendo las cosas que realmente quería decir, Hermione tenía la asombrosa capacidad de derribar hasta el último muro utilizado para retener las palabras. Pero ahora que había empezado, ahora que las palabras se le habían escapado, no podía parar. Mientras mantuviera la mirada fija en los ladrillos, la piedra o la chimenea, podría decirle directamente las cosas que aún no sabía cómo decirle a la cara.

—Yo al menos lo creo, —dijo, tal vez aclarando, tal vez cavando una tumba más profunda—. Y cuando estemos casados, no quiero que sientas que esta no es tu casa. —Le asaltó un pensamiento. Finalmente, apartó la mirada de la chimenea—. ¿Deberíamos mudarnos?

Hermione parpadeó, sin hacer nada por disimular lo mucho que se le habían abierto los ojos. Ladeó la cabeza y se le fue parte del color de la cara.

—¿Cuando nos casemos?

Draco sintió la piel en carne viva, aterrorizada y erizada. No pudo evitar ver una imagen de su padre, abriéndose paso entre ellos. Debió de ver una pregunta en la forma en que él no respondió, su estado de ánimo maníaco lo dejó momentáneamente mudo.

—Has dicho... cuando nos casemos. Como si fuera un hecho. O algo inevitable.

La locura de Draco se detuvo; su mundo se paró. La tierra, por ese momento, dejó de rotar. El tiempo se detuvo. ¿Cómo había acabado tan metido en una conversación que ni siquiera había pretendido tener?

—¿Lo... lo es? —No sabía si lo decía como una pregunta—. Te has mudado conmigo. Eso... bueno, eso normalmente no se hace hasta después del matrimonio, pero esto no es un noviazgo tradicional, ¿verdad?

No podía ignorar cómo se tensaba al oír la palabra noviazgo. Como si fuera una palabra sucia y terrible que ofendía sus muchas y variadas sensibilidades progresistas.

Se le cortó la respiración antes de que pudiera pronunciar la frase, como si sus palabras se atascaran en unas cuerdas vocales pegajosas. Observó cómo algo ilegible y totalmente abrumado se apoderaba de sus facciones.

—¿Es una declaración? —Parecía legítimamente aterrorizada, con voz tranquila y contenida. Los ojos aún abiertos, transmitiendo cada onza de la confusión que él también sentía.

—Yo... —empezó. Siguió haciendo eso. ¿Cómo seguía haciendo eso? Tropezando en hitos con ella. Primero una cita accidental y ahora qué, ¿una casi-propuesta accidental? Suponía que, técnicamente, no era una no declaración. Pero ciertamente tampoco era una declaración. Se sintió un poco como si estuviera enfermo.

—¿Lo harías? —preguntó, dándose cuenta tardíamente de que apenas había sido una frase.

—¿Haría qué?

—Si te lo pidiera. ¿Dirías que sí? ¿Si esto, o en algún momento, si hubiera una declaración?

Definitivamente se sentía como si estuviera enfermo. Porque si eso no había sido una declaración accidental antes, esto sin duda lo era. Quería volver al Flu. No podía ir a la mansión, pero la casa de Theo sería suficiente.

Ella también tenía razón. Él había pensado en el matrimonio como algo inevitable, aunque nunca lo hubiera admitido abiertamente. ¿Qué más hacía la gente después de vivir juntos? ¿Romper? Su estómago, que ya se sentía como si hubiera descendido a la tierra, consiguió bajar aún más.

—Draco, —empezó ella—. Tu familia apenas...

—Tú eres mi familia. —Si nada más, él sabía eso.

Se aclaró la garganta.

—Tus padres. Apenas han superado el shock de...

—La sentencia de mi padre ha sido conmutada. Tendrá su varita al final de la semana. Podrá salir de la mansión.

Era importante que ella lo supiera, aunque él no pudiera explicarse por qué. Había perdido completamente el control sobre esta conversación, sobre lo que debía ser un intento de ayudarla a sentirse a gusto en su casa. En lugar de eso, probablemente había empeorado las cosas. También podría haber sacado el famoso collar de rubíes e intentar dárselo de nuevo.

—Lo siento, —dijo—. No debería... ¿Por qué no vas a ver si Theo quiere construir nuevas protecciones contigo? Prefiere construirlas a romperlas. Y necesita salir más de su mansión.

Parecía agradecida por la distracción, la tensión alrededor de sus ojos se aflojaba.

—Es una buena idea. —Pronunció palabras lentas, como si esperara una interrupción, o tal vez cambiar de opinión.

Draco asintió con la cabeza. Todo su cuerpo se había tensado, el sumidero lleno de arenas movedizas que solo enmascaraban el daño si se quedaba muy, muy quieto.

—Bueno. Tengo que reunirme con Blaise... cosas de pociones.

—¿Nos vemos luego? —preguntó, con el labio inferior entre los dientes, la carne arrasada mientras mantenía secuestrado su flujo sanguíneo normal.

—Después de cenar en la mansión, sí.

Frunce el ceño.

—Ya. Pero todavía vamos a cenar juntos mañana, ¿no?

Volvió a asentir, un nuevo pensamiento le asaltó.

—Y estaba pensando. Dos comidas al día... es mucho. Quizás podría ver si, bueno, quizás podría dejar de desayunar con ellos.

Tragó saliva, una pequeña inclinación de cabeza, una sonrisa más pequeña.

—Estaba planeando cocinar para ti... mañana.

—¿Podría llevarte a cenar en su lugar?

Se le ocurrió otra idea. Sus padres sabían, lo sabían de algún modo desde hacía meses. Seguían pasando la mayor parte del tiempo en el Londres muggle por costumbre, pero podían ir a cualquier parte, mágica o no. Montar una escena. Ser grandiosos. Y ya podía ver cómo se formaba su disconformidad.

—No he podido mimarte, —dijo.

—No... no necesito que me mimen.

—París. ¿Puedo llevarte a París?

—¿A cenar?

—O el fin de semana.

—Mañana es lunes.

—La semana, entonces.

—Tengo que trabajar.

La excitación de Draco se detuvo.

—Bien, —dijo.

—Así que cocinaré.

Draco miró el reloj. Había pasado tanto tiempo y, sin embargo, apenas tenía la sensación de haber pestañeado. Ya llegaba tarde a la cita con Blaise, pero eso parecía mucho menos importante que la bruja que tenía delante. Levantó la mano y le apoyó la mejilla en la palma mientras acercaba la cara a la suya.

—Te quiero, —dijo, necesitando que ella lo oyera.

—Yo también te quiero.

También necesitaba oírlo.

.

.

Nota de la autora:

¡Muchísimo amor alfa/beta para icepower55, Endless_musings y persephone_stone! Es increíble pensar en los miles de palabras que han leído y releído para mí. ¡Son sencillamente las mejores!

Espero que no os importe que suba un capítulo antes de tiempo. Me voy de viaje este fin de semana y tendré un acceso a internet dudoso, así que pensé que era mejor subirlo ahora que estresarme intentando hacerlo mañana.

Muchas gracias por seguir leyendo esta historia. Aprecio muchísimo ver las opiniones de todo el mundo y poder charlar con vosotros aquí, en tumblr, en discord, ¡o donde sea que Internet nos una!