NUNCA OLVIDÉ AMARTE
CAPÍTULO 1
POR LU DE ANDREW
OoOoOo
.
.
Candy observaba con tristeza el atardecer del hogar de Pony mientras salía en automóvil rumbo a su casa en Chicago. Había pasado el último mes en el hogar ayudando a la señorita Pony y la hermana María en el orfanato, ellas no le habían interrogado la causa de su visita permanente, pero sabía que sospechaban la razón.
Había abandonado a su marido.
Y sencillamente aún no se decidía a solicitar el divorcio, aunque eventualmente, sabía que tendría que hacerlo. A menos que él lo solicitara primero. Lo cual por obvias razones ella sabía que él lo haría.
Tenía una amante.
Por eso un mes atrás, había salido corriendo de su casa. Y no pensaba volver. Pero su amorosa madre la había visitado en el hogar, reclamándole el abandono hacia su esposo.
"¿Cómo pudiste abandonar a tu esposo? ¡El sufrió un accidente y te necesita, ninguna hija mía se comportará como de esa manera! ¡En el hospital estuvieron tratando de localizarte! ¡Y nosotros nos enteramos después de dos días! ¡Te exijo que regreses inmediatamente y cumplas tu deber como esposa! ¡No puedo creer que ni siquiera sirvas para eso!". Recordó amargamente las palabras de su madre. Y más amarga le sabía la decisión que había tomado. Regresar a casa a cuidar de su esposo.
Pero, suponiendo que se ella se hubiera enterado al mismo tiempo que sus padres. ¿Cómo preocuparse porque no sabía su paradero? A su memoria regresó la primera vez que eso ocurrió y ella le habló de su preocupación…
- ¿Y se puede saber por qué estabas preocupada? – Le preguntó sumamente molesto.
-No llegaste para la gala de caridad y… -
-¿Eso te preocupa? Pues perdóname por no recordar tu estúpida fiestecita, tal vez estaba demasiado ocupado con un insulso contrato en Nueva York. Y no creo en la preocupación de esposa abnegada que muestras, después de todo, solo nos casamos por interés y nuestro matrimonio solo es de nombre. – Candy se sintió morir.
-Pues en la "estúpida fiestecita" se encontraba el gobernador, y esta "esposa abnegada" te había concertado la cita que tanto deseabas con él. – Él la observó con detenimiento, casi con incredulidad, y Candy percibió cierto arrepentimiento. Pero no dijo absolutamente nada. – Y si algo te interesa, aquí está el número telefónico para agendar una nueva cita. – Le entregó la tarjeta que había conseguido y salió del estudio. No lloró, se sintió mal por las palabras de su esposo, pero después de todo él tenía razón. Su matrimonio, aunque había sido de común acuerdo, solo era de nombre y pantalla. Ante el mundo eran la pareja perfecta, la envidia de toda la sociedad. *
Y la actitud de su esposo, tenía que admitir, el primer año de casados había sido muy distinta, ella pensaba que por fin volverían a estar unidos, pero algo había pasado en el inter y se actitud para con ella se había vuelto fría y lejana. Pero no le sorprendió demasiado, en el pasado había sucedido lo mismo, y ella ya no hizo nada para saber la realidad del asunto.
Y también estaba su madre. A la que siempre había querido agradar.
Por ella se había convertido en la clásica mujer refinada, educada, tímida y socialmente aceptable. Todo para complacer a su madre. Llevaba maquillaje a pesar de que a ella no le agradaba, pero era indispensable si quería cubrir "las horrendas pecas" sobre su nariz que la hacían ver común y corriente, según su madre, por supuesto. El cabello rizado que a ella tanto le gustaba, tenía que alaciarlo constantemente. No era aceptable un cabello tan desordenado y ridículamente lleno de rizos. Suficiente tenían con su color rubio. Su madre había querido que lo tiñera, pero finalmente, Candy no lo había permitido. Al menos una pequeña batalla ganada. Pero siempre era lo mismo, el peinado perfecto, el rostro perfecto, guardarropa perfecto, matrimonio perfecto. Solo que su matrimonio era una total falsa, se recordó.
Sí. Su madre nunca la había aceptado. Aunque "aceptar" era una palabra que le quedaba corta. Nunca la había querido. Recordaba demasiado bien lo que había sucedido cuando ella tenía seis años de edad…
Candy estaba jugando a la orilla del río que bordeaba el límite entre la mansión de sus padres y la contigua. Llevaba puesto un pequeño overol, y unas botitas de plástico, el atuendo con el que la vestía su niñera, pues conocía la personalidad hiperactiva propia de una niña de su edad. Siempre estaba corriendo, trepando árboles, jugando con lombrices, ranas, pequeñas víboras y una que otra araña. Es por ello que con cada nueva adquisición, el jardinero, el señor Withman; se encargaba de hacer a los animalitos seguros para la niña. Y por supuesto que ella podía hacer todo eso, pues aunque contaba con su nana que la quería mucho, su madre la utilizaba más como su ayudante personal. Solo se hacía cargo de la niña cuando lo decía la señora White o cuando se ausentaba. Pero ese día no había pasado ninguna de las dos cosas.
En esa ocasión, había encontrado una familia de patos. La mamá pata, llevaba a sus espaldas a sus cinco hijitos, y para que, según la pequeña no se perdieran, los había atado uno por uno con un pequeño lazo su mamá. Solo que el último animalito no era muy cooperativo y salió huyendo hacia las aguas del lago. En su intento por seguirlo, Candy corrió con mucho ímpetu y terminó cayendo sobre unas rocas. Sus coletas definitivamente, ya no se encontraban en su sitio, su atuendo rasgado y sucio y una rodilla raspada, habían convertido la tarde de la niña en una tragedia, solo esperaba que su mamá no llegara a verla así. Conteniendo las lágrimas de dolor, corrió a buscar a Dorothy, pero no fue a su nana a quien encontró.
-¡Candice! ¡Pero mira nada más como te has puesto! ¿No puedes ser una niña normal? – Zarandeándola con fuerza, la arrastró hasta su habitación. Después de aventarla en su cama, y gritarle a Dorothy que la cambiara de ropa, siguió con su perorata. - ¡Y yo que quería llevarte esta vez conmigo… - Se detuvo un momento considerando lo siguiente a decir. – Pero ya me cansé de tu actitud. No eres normal, por algo no te quería traer al mundo. – La niña lloró más fuerte, pues a pesar de su corta edad, su madre se había encargado de explicarle el significado de sus palabras. – Pero en fin, tengo que vivir con las consecuencias de mis malas decisiones. Pero ya tengo la solución perfecta…el próximo verano, te llevaré de interna a un exclusivo lugar para chicas. Ahí te enseñarán lo que es tener educación. – Y aunque la niña no comprendía del todo sus palabras, su madre se dirigió a Dorothy. – Me voy, si llega el señor, infórmale que fui a casa de Sarita, hay partido bridge.
-Sí señora. –
-Y por Dios, baña y arregla a esa niña. Ponle un vestido, ¡que parezca niña! Y no marimacho. –
Y Dorothy comprendió que todo eso de "iba a llevarte conmigo", era una más de las mentiras que la madre de Candy utilizaba para hacerla sufrir. Y ya sabía que su importantísimo juego de bridge, duraría hasta el día siguiente. Era una manera en que las mujeres frívolas y sin corazón, ocupaban su tiempo y desatendían a sus familias. Especialmente a sus hijos.
Se apresuró a bañar y vestir a la niña. La vistió con uno de sus overoles preferidos. Y cuando estuvo lista, le explicó con cuidado el significado de las palabras de su madre. Cuando Candy las comprendió, empezó a llorar, por eso Dorothy le permitió salir a dar una vuelta.
Así que ella salió corriendo directamente a la colina.
Y fue ahí cuando lo conoció. Y cambió su vida para siempre.
Estaba llorando cuando escuchó la voz de un niño muy cerca de ella.
-¿Por qué lloras pequeña? – Preguntó el niño con preocupación.
Candy se secó las lágrimas de sus ojos. Y se quedó observando al pequeño que estaba sentado a lado de ella. Era el niño más lindo que había visto en toda su vida. Aunque a sus seis años poco podía decir. Cuando le sonrió, Candy le respondió.
-Mi mami me llevara a un… a un innertado. – El niño frunció el ceño. Pero después de meditarlo sonrió nuevamente.
-No querrás decir, ¿internado?
Candy comenzó a reír al comprender que se había equivocado.
-No llores. Eres más linda cuando ríes que cuando lloras. – Candy se secó las lágrimas y sonrió más abiertamente. - ¿Ves? Así está mejor.
-Pero me llevarán a un lugar donde no podré salir. – Comentó con tristeza.
-¿Y no regresarás para nada?
-Dorothy me dijo que tal vez me permitieran venir en vacaciones.
-Pues sí eso pasa, aquí estaré esperándote para que juguemos juntos. – Le dijo el niño para tranquilizar a la niña. El pequeño de ojos azules sintió tristeza por la pequeña, sin saber por qué, sintió deseos de ayudarla, aunque a sus escasos ocho años poco podía hacer. Sus padres habían muerto hacía un año y ahora vivía con su tío George Johnson, quien también era su albacea. Ahora habían llegado a vivir en la mansión de sus padres en Lakewood y esa sería su residencia permanente.
-¿De verdad? – Preguntó emocionada Candy. - ¡Podemos ser buenos mejores amigos! – Gritó. - ¿Sabes trepar árboles? – Pero no esperó respuesta del niño, sino que se apresuró a correr al árbol más cercano.
El niño la alcanzó y cuando Candy empezaba a trepar, él se detuvo junto al grueso tronco. Candy al observarlo se detuvo, y comenzó a descender.
-¿Qué pasa? ¿No sabes trepar árboles? – Preguntó la niña con el ceño fruncido. – ¡No te preocupes yo te enseñaré! – Con evidente entusiasmo, tomó al niño de la mano y trató de jalarlo, pero él la detuvo con un gesto de aprensión.
-Por supuesto que sé cómo trepar un árbol. – Respondió un tanto ofendido. – Solo que primero me gustaría saber cómo te llamas. Yo soy Albert. – Candy lo observó un instante y soltó una carcajada digna de ella.
-¡Tienes razón! Yo me llamo Candice, pero si tú vas a ser mi nuevo mejor amigo, me puedes llamar Candy.
Albert asintió y sin decir nada más, comenzó a subir por el árbol retando a Candy para que lo alcanzara. Finalmente con gran agilidad alcanzaron la cima del viejo roble y se sentaron sobre sus gruesas ramas para observar el atardecer.
-Gracias por querer ser mi amigo, Albert. – Susurró Candy. – Seremos amigos por siempre.
-Sí, Candy. Para siempre.
Los siguientes meses antes de que Candy entrara definitivamente al internado prometido por su madre, ella y Albert fueron inseparables. Después de la escuela y una vez que terminaban sus deberes, que por lo regular siempre los hacían juntos porque a Candy se le dificultaba mucho la escuela, salían a jugar. E inesperadamente, contrario a lo que Candy y Dorothy pensaron, cuando la madre de Candy se enteró de la amistad que sostenía con el joven Andrew, le permitió continuar con ella. Al parecer era lo único bueno que su hija había hecho en sus seis años de vida. Forjar una amistad con un joven heredero. Así que, desde ese momento acogió a Albert y a George en su casa con gusto, siempre pensando en la posibilidad de que algún día unieran sus cuantiosas fortunas, la elegante estirpe, y los suntuosos apellidos.
Y así fue como, cuando Candy entró al internado, extrañaba inmensamente a su gran amigo. Sin embargo, el lugar lo encontró la niña más agradable que su propia casa en compañía de su madre, así que el cambio no fue tan devastador para ella. Mantenía la comunicación con Albert y durante las vacaciones en las que ella volvía a casa, se estrechaban aún más sus lazos de amistad.
Fue hasta que ella cumplió dieciséis años, cuando algo empezó a cambiar. A Candy le palpitaba el corazón con fuerza con solo ver a su amigo. Lo encontraba sumamente atractivo con ese aire universitario que exhalaba por todos los poros. De pronto, se encontraba mirándolo como boba, cuando nadaban juntos. Un intenso rubor, cubría su delicada y nívea piel, cuando no podía apartar su vista de él, cuando comían helado y él platicaba animadamente con ella. O cuando la llevaba abrazada caminando por la calle. Y en la oscuridad del cine, no hacía otra cosa que delinear ese perfecto perfil bien esculpido, mientras él la ignoraba al ver a Anne Hathaway, con su traje de piel pegado al cuerpo en su papel de "Gatúbela". Y una enorme sonrisa cruzaba su rostro cuando le dedicaba su triunfo obtenido en las carreras clandestinas a las que se escapaban. Su orgullo femenino se elevaba al mil por ciento, al ver a jovencitas locas por llamar la atención del rubio al descender de su auto, pero él simplemente las ignoraba y cuando ella corría a sus brazos, él la sostenía con fuerza en un abrazo y le susurraba al oído: "Ese triunfo es para ti, pequeña". Esos pequeños detalles, le daban esperanza de que tal vez en un futuro, pudiera luchar por él y llamar su atención como mujer y no como su "Pequeña". Y se sentía como una babosa tonta, cuando él le hablaba de alguna joven universitaria que había llamado su atención, era cuando sus sueños se desinflaban y comenzaba su tortura nuevamente.
Afortunadamente, ese verano conocieron a un chico nuevo en las carreras, que ayudó a aligerar la tensión que Candy sentía crecer dentro de ella. Terry Grandchester, se unió al dueto de manera inherente, y no se separó de ellos. Era agradable contar con la compañía de alguien nuevo en su entorno, en especial de ese joven inglés, que tenía muchas historias que contar de su país natal. Había veces en que toda su atención estaba dirigida a Candy, y Albert solo los observaba de una forma especial que hacía sentir a la rubia que tal vez pudiera estar celoso. Pero cuando sus creía estar segura de ello, sus ilusiones se desvanecían como niebla matinal, y Albert volvía a ser el mismo con ella. "Pero el siguiente año", se repetía Candy. El siguiente año, estaría más cerca de alcanzar su sueño, conocía demasiado bien a su amigo y sabía que, aunque gustara de ella en esos momentos, su honor, le impediría hacer algún acercamiento, pues ella era menor de edad.
Solo que al año siguiente, él no llegó de vacaciones. Difíciles exámenes lo mantenían atado a la universidad, y no pudo acompañarla como cada año.
"No sabes cuánto lamento no estar contigo, pequeña, te aseguro que si pudiera prescindir de estos deberes, y no afectara mis calificaciones, dejaba todo botado e inmediatamente iría hasta ti". Había expresado él con sumo pesar.
"No te preocupes, Albert. Aquí estará Terry para hacerme compañía". Contestó ella, para no hacerlo sentir culpable.
"Pues entonces que lo disfruten. Me tengo que ir". Y había colgado.
Candy se sintió inquieta todo el tiempo, tratando de entender la razón del por qué de su respuesta tan cortante y su negativa a contestar nuevamente el teléfono, mensaje, y correo electrónico que había mandado. Pero no encontró respuesta alguna. Solo se devanaba los sesos pensando y sintiendo gran angustia por no verlo. Fue mentira que se refugiara en Terry, solo lo vio tres veces ese verano y como su amigo que era, le confió sus más íntimos sentimientos. El siguiente año, cumpliría la mayoría de edad y por fin podría decirle a Albert cuanto lo amaba. Y a pesar de la insistencia de Terry de esperar a que Albert se declarara, ella no dio su brazo a torcer, nada ni nadie la convencería de lo contrario. Al final de su estancia en casa, por fin recibió una llamada de Albert, disculpándose por no haber atendido sus llamados. Pero le explicó que todo lo había hecho para poder estar los últimos tres días con ella.
Y así lo hizo. Una hora después, había llegado en su última adquisición, una motocicleta "Harley". Enfundado en unos vaqueros desgastados, una chamarra de piel, una playera blanca marcando sus músculos bien definidos, sus inseparables botas de casquillo y una sonrisa cautivadora, la condujo a un hermoso picnic preparado en una colina a las afueras de la ciudad.
Los siguientes días fueron algo parecido y Candy saboreó la dicha de tenerlo solo para ella. Disfrutaron los tres días y cuando por fin llegó el momento de despedirse él la acompañó hasta el aeropuerto. La cobijó en un cálido abrazo y le prometió que el siguiente año traería cosas nuevas y que su relación cambiaría por completo.
Y así fue.
Solo que ella quedó con el corazón destrozado. En esa ocasión, ella había tardado unos días más en llegar, así que, cuando arribó a la ciudad, Albert ya no quería saber nada de ella. Desesperada por saber el por qué, lo visitó en su casa. La recibió con un saludo formal, y con una actitud demasiado fría, le informó que ya no podía seguir perdiendo el tiempo en sus tontas aventuras y escapadas. Al fin y al cabo, ella ya tenía en qué pasar su tiempo. Y a pesar de su insistencia por saber la razón de su actitud tan fría y distante el solo contestó:
"Por favor, Candy. A pesar de lo que piensas, soy un caballero, y no pretendo decir nada más en lo que me ha sido confiado".
Conteniendo las profundas ganas de llorar, y sin entender una sola palabra, solo observó como la despedía. De su casa y de su vida, para siempre.
De esa forma, dejó de regresar a su casa y a su ciudad que tantos maravillosos y dolorosos recuerdos le traían. Se alejó al mismo tiempo de Terry, pero unos años después, cuando ella se graduó de la universidad se volvieron a encontrar. Licenciada en la carrera de Bellas artes, fue contratada por la galería de más renombre en Chicago. Y al cumplir veinticuatro años, fue llamada con urgencia por sus padres a casa. Para ese entonces, por fin había accedido a salir con Terry olvidando ese plan de amigos que ella siempre había impuesto.
Regresar no fue fácil, pues sabía que tendría que luchar nuevamente con la mirada reprobatoria de su madre. A pesar de haber cumplido con sus expectativas, nunca lograba escuchar de su madre las palabras "Bien hecho, hija mía". Y se odió al comprender cuanto ansiaba escucharlas.
Cuando llegó casa, no permitió que los recuerdos la embargaran. Después de todo, no sabía nada de Albert y no valía la pena pensar más en el hombre que decidió echarla de su vida como si nada. Avanzó con cautela hacia el estudio de su padre, ahí la esperaban.
Cuando entró al lugar, observó como siempre a su padre detrás del escritorio. Nunca había sido cariñoso o afectuoso con ella pero su mirada le hablaba de la aprobación y el orgullo que sentía por ella. Sonrió ante él y se apresuró para poder abrazarlo, hacía años que no lo veía. Él le respondió, ante su asombro, efusivamente, como si la hubiese extrañado, y eso la reconfortó y le dio fuerzas para soportar a su madre que se hallaba sentada en el lujoso sillón de piel frente al ventanal. La saludó con un leve asentamiento de cabeza y recibió un saludo demasiado formal, "Candice".
Después de unos minutos de incómodo silencio, ella decidió hablar.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué la premura de esta reunión?
-Creo que antes de hablar cualquier cosa, debes saludar a nuestro invitado, Candice. – La reprendió su madre.
Solo entonces tomó en cuenta la figura masculina que se encontraba al fondo de la habitación. Y casi cae al suelo el reconocerlo de inmediato.
-¿Albert? ¿Qué haces aquí? – Preguntó demasiado confundida y ofuscada por la presencia de quien creía existía solo en el pasado.
Él sonrió de lado a modo de saludo inclinado levemente la cabeza.
-Creo que será mejor que tus padres te lo expliquen.
Y así fue como entre sueños, empezó a escuchar el extenso rollo que le dijo su madre. Su padre le habló de los asuntos financieros y Albert de la conveniencia del asunto.
-¿Quieren decir que esperan que me case con él, para que no pierda la fortuna que heredó de sus padres, al mismo tiempo que se forma una alianza entre las familias?
-Así es. – Fue la sucinta respuesta que recibió quien sabe de quién.
-Si aceptas, traerás grandes beneficios a la familia. – Explicó su madre, tan práctica como siempre. – Se forjará una alianza que dejará en la prehistoria a la competencia de los White. Y al mismo tiempo ayudarás a que Albert recupere lo que le pertenece. – El testamento de los Andrew era muy claro al decir que si su hijo no se encontraba casado al cumplir veintiséis años, la fortuna sería repartida a desconocidos. "Otra buena manera de manipular a un hijo", pensó Candy.
-¿Y por qué no busca esposa en otro lado? Estoy segura que cualquiera aceptaría encantada y no creo que le falten conocidas. – Expresó a sus padres negándose a dirigirle la palabra a Albert, y a aceptar la propuesta.
-Porque no confío en ellas. – Esas palabras dichas con tanta simplicidad, atrajeron la atención de Candy, logrando que por fin se atreviera a mirar al joven.
-Creí que no confiabas en mí. – Un extraño brillo apareció momentáneamente en la vista de él.
-No fue la desconfianza la que nos alejó. – Declaró con sinceridad.
-Cierto, solo fuiste tú.
Sus miradas se encontraron y por un instante reinó el silencio en el lugar. Ninguno de los dos detectó a ausencia de los padres de Candy, quien a instancias del señor White al darse cuenta de la tensa situación que embargaba a los jóvenes, decidió darles privacidad.
-Ayúdame por favor, Candy. – La suplica que traslucían sus palabras, hicieron que Candy pensara en su decisión. Estuvo tentada a decirle que no, y que se rascara con sus propias uñas, pero el recuerdo de su bella amistad y al imaginarse la mirada de reproche de su madre al decirle que no aceptaba pudieron más en ella.
-Está bien. *
Un mes después la fastuosa boda, el evento social del año se celebraba. No sin antes escuchar durante cada día los constantes reproches de Terry, la acusó de todo, desde ser una mujer a la que todos manejaban a su antojo, a ser una mujer frívola que solo había jugado con él. Pero no pudo continuar enojado con ella porque sabía que de todo lo que la había acusado era mentira. Porque aunque había permitido los galanteos de Terry durante los últimos meses, siempre le había dejado claro que pasaría demasiado tiempo para que hubiera algo más profundo entre ellos, dejando a Terry con la duda que quemaba el alma…¿Acaso seguía ella enamorada del estúpido de Andrew?
Y a pesar de que cambió de táctica para hacer cambiar de opinión a Candy, mostrándose atento, solicito, sumamente comprensivo, y asegurándole que siempre tendría un amigo en él; no pudo evitar que cumpliera con su palabra y desposara a William Albert Andrew. Un nombre que ya estaba empezando a odiar.
Y fiel a su palabra, Terry seguía su mejor amigo y confidente. Fue así como se enteró de la existencia de las varias amantes que había tenido su esposo. Y verdaderamente aunque en el fondo le dolía, siempre decía que no le importaban las aventuras amorosas de él. Siempre y cuando no la avergonzara delante de la sociedad o su familia. Y al parecer, él lo sabía, pues nunca se enteraba de las infidelidades de su marido por otras personas, solo Terry mantenía el secreto. Y ella al seguir el consejo de su amigo, nunca había enfrentado a su esposo por ello. "Si le reclamas algo – Había dicho Terry – pensará que eres importante para él, y solo se reirá de ti". Y ella no podía arriesgarse a ello.
Pero lo que observó durante la última fiesta a la que asistieron juntos, la hizo desistir de su actitud tan pasiva y supo que ya no podía continuar así.
Ella y Albert asistieron a una cena con varios socios de él. La velada había ido bien, él se había mostrado demasiado cortés con ella, hasta amigable gastándole bromas aun estando solos. Pero algún tiempo después, ella había tenido que buscarlo pues tenía jaqueca y deseaba retirarse, un sirviente le había visto alejarse hacia un balcón, solo que no le informó que lo había hecho en compañía de una pelirroja a la que Candy distinguió como Elisa Leagan la actual amante de su esposo, según informes de Terry. Los observó durante unos minutos, más porque había quedado pasmada que por voluntad propia. Ella lo abrazaba posesivamente por la cintura, mientras él mantenía la vista alejada, viendo sin ver y escuchando a la mujer. Debió hacer algún ruido porque de pronto, los dos miraron en su dirección. Albert se desembarazó del abrazo y caminó en su dirección, solo que ella salió corriendo. No pensó en nada más, solo cuando estuvo en la calle se percató de que tenía que tomar un taxi, pero antes de volver a pensarlo, Terry se estacionó junto a ella.
A ella no le importó cómo había llegado tan rápido, solo quería escapar de ahí. Él insistió en que ella pasara la noche en su apartamento al verla tan alterada, pero Candy se negó y la llevó por fin a casa. Una vez ahí, esperó y esperó, pensando tontamente que Albert llegaría tras ella. Pero no fue así. Y por la mañana, una hora después de que él regresara a casa desde quien sabe dónde, ella salió con sus maletas hechas, dejando solo una nota donde le explicaba a Albert que no podía seguir sosteniendo esa situación y lo dejaba para que no siguiera humillándola. Se iría unos días con Terry. Pero finalmente decidió que no era correcto y partió inmediatamente hacia el hogar de Pony.
De pronto, el timbre insistente de su celular la trajo de nuevo a la realidad. Observó el identificador, pero ya sabía de quien se trataba.
-Lo volviste a hacer – La voz sonaba decididamente enfadada.
-Terry, tuve que hacerlo, él sufrió un accidente y mamá dijo que me necesitaba.
-¿Por qué permites que te manipulen así, Candy? Lo prometiste, me prometiste que pedirías el divorcio. ¡No puedes regresar con él después de lo que te hizo!
-Lo sé, pero solo déjame presentarme, tranquilizar a mamá y después de unos días pediré definitivamente el divorcio.
-No permitas que te hagan cambiar de opinión. Candy…viajaba con ella. El accidente fue hace dos semanas y Elisa viajaba con él. Creo que puedes imaginarte a donde se dirigían. Candy, él te ha humillado y siempre has estado a su lado…
-Terry, reconozco que no somos el matrimonio ideal, pero creo que los dos hemos dado a esta unión por igual. Yo no me casé engañada, y dentro de su temperamento, no me ha dado una vida llena de humillaciones.
-Claro, hasta que te engaño con varias mujeres.
-A las cuales nunca he conocido ni sabido de ellas.
-Hasta que lo viste con Elisa. Y te aseguro que esa será la primera de muchas.
Candy tardó en contestar, meditando en lo dicho por su amigo, en su confusión y mirando hacia la ventanilla que la separaba del conductor, que afortunadamente estaba levantada, así que nadie podía oír su conversación.
-Lo sé – Contestó ella – Sin embargo…
"Sin embargo, es algo irónico", pensó Candy. Porque a pesar de su matrimonio por conveniencia, Albert nunca la maltrató o contrario a lo que siempre le decía Terry, la humilló. Recordó entonces, las veces en que cenaban juntos, no hablaban, pero era un silencio agradable. Ella se encargaba de que cocinaran su comida favorita y él le agradecía con cierto brillo en su mirada. Cuando él trabajaba en su estudio, ella leía su libro favorito en el sofá cercano a la chimenea. En la época de frío, ella tomaba su bebida favorita, chocolate caliente con malvaviscos, y siempre era él quien se la terminaba por eso siempre encargaba dos tazas grandes con el líquido caliente. Y cuando asistían juntos a algún evento social, congeniaban tanto que parecía que estuvieran sincronizados. Ella sabía lo que él necesitaba para sus negocios y él sabía lo que ella necesitaba para su trabajo.
-Sin embargo, ya estás excusándolo como siempre. – La voz de Terry sonaba cansada, como siempre que mantenían una conversación de ese tipo. – Entonces pasarás por alto su desliz, como siempre.
-No, tienes razón. Es mejor que le ponga punto final a este asunto. No quiero terminar odiándolo.
-¿No lo odias? – Preguntó incrédulo – Entonces, ¿me puedes decir qué sientes por él?
Candy se quedó en blanco. Después de tantos años de haber dejado de amarlo, nunca se había preguntado qué sentía por él.
-Señora – La llamó el chofer. Salvándola de darle una respuesta a Terry. – Hemos llegado.
-Gracias Peter. – Respondió ella sintiendo un fuerte dolor de estómago. – Terry, he llegado a casa, te llamo después para decirte qué pasó.
-Está bien. Pero Candy, no permitas que te convenzan de lo contrario, ¡pídele el divorcio!
-Así lo haré, no te preocupes.
-¿De verdad? Hazlo Candy, ¡prométemelo! No estaré tranquilo si no lo haces.
-Te lo prometo. En cuanto tenga oportunidad lo haré.
No hubo tiempo de que siguiera hablando con Terry porque el chofer ya había abierto la puerta para que ella saliera. Al entrar de nuevo a su casa la saludó el mayordomo.
-Señora, bienvenida a casa.
-Gracias Mitch. ¿En dónde se encuentran mis padres?
-Su madre está supervisando los acondicionamientos que fueron precisos en la recamara del señor. Y su padre está esperándola en la biblioteca.
Sin entender completamente las palabras del mayordomo, se dirigió a la biblioteca para hablar con su padre de los planes que llevaba en mente. Sabía que él la entendería al decirle que pediría el divorcio, pues a pesar de su falta aparente de interés por ella, sabía que su padre la quería a su manera. Desgraciadamente su crianza y la vida difícil que había llevado de niño, lo habían convertido en alguien que no exteriorizaba sus sentimientos. Sin embargo, su madre era otra cosa, si le hablaba a ella de sus planes, haría cualquier cosa para convencerla de lo contrario.
Encontró a su padre bebiendo una copa de licor.
-Papá. Ya estoy aquí.
-Hija. – Su rostro se iluminó. – Me da gusto que hayas decidido venir, William está…
-Antes que digas otra cosa, solo te adelanto en cuanto Albert se encuentre mejor, y espero que sea pronto, le pediré que firme el divorcio. Empezaré con los trámites desde ahora y no habrá nada que me haga cambiar de opinión.
Su padre la observó unos minutos en el más profundo de los silencios.
-Creí que… bueno, tu madre me dijo que vendrías para hacerte cargo de su recuperación. –
-Eso tenía pensado. Pero cambié de opinión, no tiene caso postergar el asunto. Solo unos cuantos días más y…
-¿Quieres decir que tu madre no te habló de la condición de William?
-¿Condición? ¿Qué condición?
-Candy, será mejor que tomes asiento. – Ella se dejó llevar por su padre a su sofá preferido. Su padre tardó unos segundos en volver a hablar. – ¿Cómo te digo esto? William… no está muy cerca de…es decir, la recuperación de William será larga y muy difícil.
-¿Qué quieres decir?
-Candy, William quedó paralitico y además, sufre de amnesia…
.
.
Es todo por ahora. No olviden decirme si hay algún error, porfa.
Hasta la próxima...
