NUNCA OLVIDÉ AMARTE
CAPÍTULO 1
POR LU DE ANDREW
OoOoOoOoO
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No podía ser cierto. Candy lo negaba interiormente, mientras su padre le explicaba las circunstancias de su accidente. Pero ella solo pensaba que no era cierto.
-Creo que será mejor que me acompañes. – Candy volvió la cabeza al observar a su padre caminando con parsimonia hacia las escaleras. Tardó unos segundos en reaccionar y salió detrás de él.
Caminaron por el amplio pasillo que conducía hacia la habitación principal. Aquella que a pesar de estar exclusivamente decorada con el más lujoso mobiliario; al igual que la casa entera; para los señores Andrew; nunca había sido ocupada por ellos pues dormían en cuartos separados.
Por eso, al entrar en ella, Candy sintió una opresión en el pecho. Recordó que al principio de su matrimonio le había parecido una maravillosa habitación para desperdiciarla sin ocupante alguno.
Pero al recorrer el lugar con la mirada, descubrió que había cambiado por completo. Habían sustituido la hermosa cama de latón que adornaba el centro de la habitación, por una camilla de hospital, una enfermera de aspecto rígido y estricto, estaba a un costado de ella cerca del soporte para el suero que en esos momentos estaba conectado al brazo de Albert vía intravenosa. Un poco más allá, se encontraba una mesa llena de medicamentos. Las cortinas estaban corridas, impidiendo el paso del sol. La tenue luz que iluminaba la habitación indicaba que querían evitarle molestias.
De lejos solo pudo observar a Albert, acostado evidentemente dormido. Una venda rodeaba su cabeza, tenía golpes y magulladuras en el rostro. Fuera de eso no pudo notar otra cosa. Si estaba amnésico y paralítico como había asegurado su padre, era obvio que necesitaba estar despierto para saber si era cierto.
Candy se quedó de pie en el umbral de la puerta, observando incrédula el panorama. No sabía qué hacer o qué decir, las palabras de Terry seguían rondando en su cabeza: Elisa viajaba con él.
Sin decir otra palabra, abandonó la habitación para refugiarse nuevamente en la biblioteca. Pasaron unos minutos hasta que notó la presencia de sus padres en la misma habitación. La expresión de su madre demostraba reprobación hacia ella.
-Muy bien. – Empezó su madre cruzándose de brazos. Estaba molesta. – No solo tuvimos que lidiar
con tu capricho de abandonar a tu esposo, también tuvimos que jugar a las escondidas mientras intentábamos localizarte. ¡Pero no conforme con eso, ni siquiera eres capaz de entrar en la habitación donde está tu esposo para saber su estado!
No solo estaba molesta, estaba enfurecida. Candy nunca había visto a su madre perder los estribos de tal manera que terminara gritando. Ella se sobresaltó.
—Cálmate, Elizabeth. – Su padre llegó junto a ella, mientras Candy permanecía de pie cerca del escritorio. – No ganamos nada con exabruptos como estos. – Hizo una pausa que exacerbó los nervios de la chica. – Pero en algo le doy la razón a tu madre, Candy. Todo este mes, fue muy difícil tratando de localizarte mientras William estaba hospitalizado. – Ella solo asintió un poco avergonzada. – Será mejor que tomemos asiento, y nos calmemos. – Mirando principalmente a su esposa, la condujo hasta el sofá más cercano, mientras Candy se sentaba frente a ellos.
—Me imagino que querrás saber todo lo relativo al accidente. – Aseguró su madre más tranquila, pero sin dejar de acusarla con la mirada.
—Solo lo más relevante. – No quería saber los detalles del accidente, no quería saber nada de Elisa.
—Tienes razón. – Concedió su padre. – El auto quedó destrozado, en una demostración innecesaria de que la combinación de velocidad, lluvia, frenos en mal estado y una sinuosa curva, pueden provocar. – Hizo una pausa esperando la reacción de Candy. Pero ella se mostró impertérrita. – En fin, tardaron varias horas en sacarlo de entre el metal destrozado, tuvo una lesión en la columna vertebral que fue corregida con una intervención, por ahora está confinado a una cama sin poder caminar, pero con rehabilitación podrá recuperar la movilidad. Tuvo demasiadas lesiones de menor importancia que con el tiempo han ido remitiendo. Lo de su amnesia, es un poco más preocupante, no recuerda absolutamente nada. Solo reaccionó un poco cuando le explicamos su situación y mencionamos tu nombre.
Ella que mantenía la vista en el suelo, levantó la vista inmediatamente.
—¿Me recuerda? – Preguntó incrédula.
—No precisamente. Es solo que al mencionar tu nombre mostró algo de interés, y nos describió tu aspecto, preguntando si eras tú.
Ella alzó una ceja inquisitivamente, y supo inmediatamente que lo que sospechaba era cierto.
—Así que como de milagro, recuerda mi aspecto y reaccionó con la sola mención de mi nombre. Qué conveniente, ¿no? Porque mejor no se ahorran todo este…teatrito y dejan de fingir. – Se puso de pie indignada, la última aseveración de su padre, le dio la excusa perfecta para dejar atrás la poca compasión que pudo sentir por el hombre que la engañaba con cualquiera, era toda una maquinación para obligarla a permanecer a lado de ese hombre. La estaban manipulando cruelmente.
Sus padres la miraron atónitos por su cambio brusco de actitud. Su padre la tomó gentilmente de la mano.
—Hija, sé que su matrimonio no fue el ideal desde el principio. Y verdaderamente no sé qué pudo pasar entre ustedes, pero ahora no es el momento para discutirlo. – Le sonrió cálidamente, recordándole a Candy cuanto la quería. – Ahora dime una cosa, ¿confías en mí? ¿En este viejo decrépito que, aunque no lo sabe demostrar, te quiere demasiado?
Las lágrimas se agolparon en los ojos de la rubia, era cierto. Su padre no sabía demostrar sus sentimientos, pero a ella siempre la había hecho sentir amada.
—Sabes que sí.
—Entonces acompáñame.
Le secó con delicadeza las lágrimas que corrían sobre su rostro y la condujo escaleras arriba. Ella a pesar de su renuencia y a seguir pensando que alguien la estaba engañando, lo acompañó dócilmente.
—Gracias Eleonor, puedes ir a la cocina a tomar un descanso. – Robert White, despidió a la enfermera que estaba al cuidado de Albert, mientras conducía a su hija a lado de la cama de su esposo.
Candy observó que a pesar de su aspecto rígido, la enfermera era atractiva, rubia y joven aún, para mantener esa actitud de amargura que enmarcaba su rostro. Salió con pasó decidido a pesar de demostrar cierta renuencia en abandonar la habitación.
En ese momento, Candy centró su mirada en Albert. No pudo evitar asombrarse por el aspecto demacrado que demostraba. Los golpes en el rostro, el vendaje en la cabeza, las sombras oscuras debajo de sus ojos, hicieron que la dureza que estaba mostrando se viniera abajo.
—Acércate, hija.
Ella se acercó justo en el momento en que Albert abría poco a poco sus ojos azules. Su corazón se detuvo. No sabía qué hacer o qué decir, buscó a su padre con la mirada pero ya había salido de la habitación. Se encontraba a solas con el hombre que estaba segura la engañaba y hasta era posible que estuviera fingiendo su amnesia. Pero al ver como recorría con la mirada la habitación, casi con desesperación, aferrándose a la sábana que estaba pulcramente extendida sobre su lecho, y emitiendo un gemido de dolor ante un brusco movimiento de su parte, corrió a auxiliarlo.
—Cálmate, Albert. Te harás daño si sigues intentando moverte.
Lo tomó de las manos y lo sintió tensarse ante su toque. Lo soltó inmediatamente. Pero al menos ya lo había calmado un poco. O al menos eso esperaba. Él la observó unos minutos antes de hablar.
—¿Te conozco? – Aunque su voz sonaba natural, ella lo conocía lo suficientemente bien como para percibir incertidumbre en su voz.
—Sí. Bueno, yo soy, Candy. – Aseguró con cierto titubeo.
—Candy. – Él repitió su nombre tratando de ligarlo a algún recuerdo de su nebulosamente. Cerró los ojos intentando apartar el terrible dolor de cabeza que no lo abandonaba mientras estaba despierto. – Robert y Elizabeth me dijeron que tú eras mi esposa.
Ella asintió. Pensó que si la estaba engañando era muy bueno. Pero ahora esa teoría no le parecía tan plausible. La seguridad que lo caracterizaba, y la forma en que reaccionó al escuchar su nombre, la hicieron estar casi segura que el estado de salud de Albert era sumamente seria.
—Así es. – Él sonrió fugazmente.
—Ahora ya sé que la chica rubia de ojos esmeralda que tanto he visto en mis pensamientos, sí eres tú.
Ella sonrió incómoda. Era cierto que ya no creía que la estuviera tratando de manipular, pero sabía que eso no cambiaba el pasado. Sabía que debía poner las cosas en claro antes de que él se formara la opinión equivocada de su matrimonio.
—Solo que debes saber una cosa, Albert.
—¿Qué pasa?
—Bueno…nuestro matrimonio no es muy convencional. – Él frunció el ceño. Ella comenzó a pasear incómoda por toda la habitación tratando de encontrar las palabras exactas para explicarse. – Es solo que, tú y yo nos conocemos desde pequeños pero nos distanciamos en algún momento. Cuando nos volvimos a ver, me pediste que me casara contigo para poder tomar posesión de tu herencia, yo acepté a sabiendas, logrando la unión de las empresas familiares. Nuestro matrimonio es solo de conveniencia. Y en cuanto te recuperes, bueno…iniciaré los trámites del divorcio.
Un silencio sepulcral reinó en la habitación. Ya estaba. Lo había dicho. Si no lo hacía en ese momento, la vulnerabilidad que Albert mostraba le arrebataría el valor.
Solo que cuando lo miró a los ojos y vio el dolor reflejado en ellos, supo que no había escogido el momento adecuado. Un ruido cerca de la puerta la hizo volverse y ver a la enfermera que la miraba reprobatoriamente. ¿Había escuchado su conversación?
—Será mejor que deje al paciente solo, señora. No necesita, sobresaltos en su estado.
Candy se quedó de pie, demasiado asombrada para pensar con claridad. Observó a Albert que en esos momentos tenía nuevamente los ojos cerrados. Supo que con lo acontecido ya no era necesaria su presencia. Se dirigió a la puerta le pidió a la enfermera que la acompañara.
—¿Me quiere decir que pensaba al estar oyendo detrás de la puerta? – Inquirió Candy una vez fuera de la habitación.
—Lo siento, señora. Toqué varias veces, pero evidentemente no escucharon, y tuve que entrar. Necesitaba revisar el estado del señor. – Replicó la mujer con altivez. Candy percibió su rechazo.
—Pues le suplico que para la próxima vez, espere a que le permitamos entrar. Se le paga para cuidar de mi esposo, no para meterse en asuntos ajenos.
—A mí me pagan sus padres, señora. Y por supuesto que estoy cuidando a su esposo, de lo contrario, no la hubiera interrumpido. El paciente no necesita sobresaltos en su estado. Ahora si me disculpa…
La enfermera entró a la habitación y dejó a Candy perpleja. No sabía ni qué pensar. Se había excedido, lo sabía, pero que una empleada le hablara de esa manera… meneó la cabeza con incredulidad. En un solo día había experimentado toda una gama de sentimientos que la estaba volviendo loca. Se retiró a su recamara, y después de que le informaran que sus padres se habían retirado a su casa, decidió que era mejor descansar. Tal vez así pondría su mente en orden.
Al día siguiente, son la cabeza despejada, decidió que Albert no merecía el trato que le estaba dando. Pondría todo lo que estaba de su parte en ayudar en su recuperación. Así que vistiendo una playera holgada y unos vaqueros desgastados, atuendo que a su madre le provocaría un ataque, fue con paso decidido a la habitación de Albert. Y si la enfermera se atrevía a decirle algo, esta vez no lo permitiría.
Pero ella no estaba, había bajado a tomar su desayuno a la cocina.
—¿Albert? – Le habló en un susurro, si estaba dormido no la escucharía y ella no interrumpiría su descanso. Pero él abrió los ojos inmediatamente. - ¿Cómo…cómo te encuentras? – No sabía si él le guardaría rencor por su comportamiento del día anterior.
—El dolor de cabeza no me deja. Pero creo que ya es menor que ayer.
Silencio. Ninguno de los dos profirió palabra alguna durante algunos minutos. Albert solo la observaba preguntándose qué clase de hombre había sido en el pasado para que ella lo tratara con tanto desdén. La frustración que sentía al no recordar absolutamente nada, no solo incrementaba el dolor de cabeza, sino que lo llenaba de un sentimiento negativo, se odiaba a sí mismo y a su incapacidad al no poder siquiera caminar. Cerró los ojos unos minutos, y a su mente obnubilada le llegó el recuerdo del rostro que le daba tranquilidad. El de su esposa.
En su reminiscencia, observaba el rostro de Candy sonriéndole cálidamente. Sus ojos luminosos parecían conferirle brillo a su alrededor. Eran más jóvenes, estaban en la cima de un árbol, el viento desordenaba sus rizos dorados, las mejillas sonrojadas le conferían vitalidad. Se notaba que era feliz. Irradiaba dulzura y a él, esa imagen le transmitía la paz que tanto ansiaba en esos momentos.
Pero ahí terminaba todo su recuerdo. Abrió los ojos nuevamente y la descubrió observándolo. Al instante ella retiró la mirada inmediatamente. Él aprovechó el momento para verla detenidamente. Obviamente se veía madura, sin embargo; ahora estaba más atractiva; hermosa. Pero la felicidad y la alegría de vivir habían desaparecido de su rostro. Ahora el ceño fruncido aparecía constantemente en su bello rostro, los rizos también habían desaparecido y la imagen que transmitía era elegancia y sofisticación, a pesar del atuendo que llevaba.
—Yo…lo siento. – La voz trémula de Candy llegó hasta él interrumpiendo sus pensamientos. Al principio no supo la razón de su disculpa.
—Perdona, Candy. ¿A qué te refieres?
—A la forma tan tonta en que me comporté ayer. En tu estado no debí hablarte de la forma en que lo hice.
—Pues…aunque no lo comprenda del todo, entendí lo que dijiste. Es decir, no tengo idea de… no sé… - Se detuvo un momento tratando de ordenar sus ideas. Suspiró cansadamente. – Lo siento, es muy frustrante no recordar nada. – Golpeó con fuerza la cama donde descansaba su brazo. Candy corrió a su lado y tomó su mano entre las suyas. Albert la observó fijamente y permanecieron así durante unos minutos. Candy se sintió más culpable que nunca.
—No tienes que intentar comprender. Soy yo la que no debí decirte nada. No sé qué estaba pensando, solo sé que me comporté impulsivamente.
—Tienes tus razones y nunca te forzaría a seguir casada conmigo si eso te hace infeliz. No tengo idea qué clase de hombre fui.
Candy no soltaba su mano, y al escuchar esas palabras sintió algo extraño en su corazón. Sonrió fugazmente y recordó al Albert de quien se enamoró.
—¿Qué te parece si olvidamos el asunto? Lo único que importa en estos momentos es tu recuperación, y que estés bien.
—¡Oh! No pensé que se encontrara aquí señora. – La enfermera, volvió a hacer su aparición en la habitación, antes de que Albert dijera algo. – Lamento interrumpir pero sus padres están abajo buscándola.
Candy no estaba muy segura de que lo lamentara. Pero con sus padres en la casa tenía que salir de la habitación. Y aunque deseaba averiguar el motivo de la aversión de la enfermera hacia ella, no era ese el momento. Miró brevemente a Albert, quería saber si estaba dispuesto a darle una tregua.
Este le sonrió desde la cama.
—Salúdalos de mi parte por favor. Y no te preocupes por mí, creo que los calmantes están haciendo efecto. ¿Vendrás después? – Contestó Albert para satisfacción de ella. Lamentablemente sus párpados se cerraban.
—Una vez que despiertes.
—Bien.
Dicho eso, decidió salir, no sin antes notar el gran esfuerzo que hizo Albert por mantenerse despierto.
—Hija, me alegra verte más repuesta. – Su padre extendió los brazos hacia ella y la abrazó tiernamente, ella le correspondió de igual forma. Aunque resultó extraña la reacción de su padre, no era propenso a demostrar su afecto y menos en público. Su madre los observaba a unos metros de distancia.
—Me siento mejor, debo confesar que ayer estaba a la defensiva. Pero gracias a ti, superé mis nervios. – Le dio un beso en la mejilla y sonrió cálidamente a su padre. – Madre. – Su escueto saludo, tan normal entre ellas, provocó que el ambiente se hiciera más pesado. Su padre tensó su mandíbula y su madre solo asintió con la cabeza. Viendo a sus padres a la cara, se preguntó qué pasaba entre ellos.
—Me alegro. Esperaba que cambiaras de opinión, pues solo estaba esperando tu regreso porque tengo un viaje pendiente a Hong Kong. Con William enfermo y sin fecha de recuperación, George y yo hemos tomado nuevamente las riendas de los negocios, en esta ocasión me tocó viajar. Tú madre me acompañará. – Aunque ella no había pensado quien se haría cargo de los negocios en ausencia de Albert, no le sorprendió la noticia. Su padre era un excelente hombre de negocios y no esperaba menos de él. Lo que en realidad le sorprendió, fue que su madre lo acompañaría, pero no lo demostró.
—Entiendo. ¿Cuánto tiempo estarán fuera?
—Me temo que lo que dure la negociación. William ya tenía este contrato en la bolsa, pero a raíz de su accidente, los clientes se muestran escépticos, quieren garantías y subir la cifra acordada. Piensan que tratarán con un novato. – Ella sonrió orgullosa de su padre.
—Pues entonces esperemos que a su regreso, Albert ya se encuentre mejor.
—Eso espero. Por cierto, Eleonor tiene las instrucciones médicas de los cuidados de Albert, pero si quieres informarte adecuadamente, en esta carpeta se encuentra toda la información que necesitarás.
Le entregó un folder con varias hojas, que ella supo inmediatamente no abriría. ¿Y si ahí decía que Elisa iba acompañándolo?
—Está bien.
—Pues nos vamos… te quiero mucho.
—Y yo a ti.
Se abrazaron nuevamente y los acompañó hasta la puerta de su casa. En un extraño comportamiento de parte de su madre, ni siquiera abrió la boca en toda la plática que sostuvieron su padre y ella.
—Candice, cuídate mucho. Y a William por igual. - ¿Qué pasaba ahí? ¿Su madre se iba sin hacerle ningún reproche, o crítica? ¿Solo le decía que se cuidara? Su padre impaciente, llamó a esposa desde el auto y ella palideció. Bajó la mirada y camino hasta encontrarse con él. Definitivamente ahí sucedía algo más. Pero tendría que esperar a que regresaran para indagar con su padre.
Con eso en mente, transcurrió su tarde. Albert solo despertó para tomar sus alimentos y ella no quiso molestarlo más. Estuvo rechazando las llamadas de Terry una y otra vez, en el teléfono de la casa y su celular. No estaba de humor para soportar sus reproches y menos ahora que ya había decidido quedarse con Albert. Llamó a su trabajo en la galería donde trabajaba como subdirectora de arte, e informó que no se presentaría en unos días. Su estancia en el hogar de Pony, cubrió su cuota de vacaciones. Y aunque sabía que no podrían despedirla porque su madre tenía unas pocas acciones en el lugar, no le gustaba aprovecharse de ello. Además era buena en su trabajo, que consistía principalmente, en conseguir obras de arte. Para ellos viajaba seguido y siempre conseguía que se exhibieran. Prestamos, intercambios y compras, aseguraban el éxito del lugar.
Al día siguiente, transcurrió relativamente igual. Visitó Albert por la mañana y este la recibió con una sonrisa en su rostro. Platicaron de su trabajo y finalmente, abandonó la habitación hasta que Albert dio muestras de cansancio. Quería pasar más tiempo con él, pero la enfermera decía que el dolor de cabeza no remitía y necesitaba los calmantes. Por eso la mayor parte del día la pasaba dormido.
Y así pasaron rápidamente dos semanas. Aunque ella sentía el rechazo de la enfermera hacia ella, ya no lo hacía tan evidente. No supo nada de Terry, aunque sabía que estaría echando chispas por su negativa a responderle. Pero no le preocupaba en absoluto, lo que le preocupaba era que Albert siguiera durmiendo a causa de los calmantes. Pero la enfermera le aseguraba que todo era por prescripción médica, y que las dosis iban bajando día con día. Mientras tanto, ella se iba relajando en presencia de Albert. Ya platicaba de su pasado en común cuando eran amigos, de cómo se conocieron, de sus travesuras juntos, solo no tocaba el tema de su separación. Y Albert no preguntaba más allá de lo que ella le confiaba. Sabía que debía ganarse su confianza para que le abriera su corazón y asegurarle que ya no le haría daño. Y con cada día que pasaba, contrario a lo que él había pensado, odiaba pensar que ella pudiera divorciarse de él. No soportaba la idea. Solo deseaba poder estar de pie, al menos para poder luchar por ella. Pero Eleonor decía que su rehabilitación iniciaría hasta que su dolor desapareciera, y el sospechaba que en ese caso, nunca sería, cuando trataba de recordar, se incrementaba y cuando se mostraba tranquilo simplemente seguía latente en él. Pero ese día no importaba, Candy ahí, sonriendo para él. Sonrojándose cuando le decía lo hermosa que era y sosteniendo su mano. En esos momentos no le importaba ser un inválido.
—Recuerdo una vez que mi padre y George, nos llevaron con ellos a conocer a un posible cliente en las afueras de Montana. Era un hombre que poseía un rancho ganadero y los invitó a pasar el fin de semana para disfrutar de la naturaleza y así cerrar el trato. – Le estaba contando ella. – Había un río donde pescaban trucha; George y tú habían ido a cabalgar, así que yo fui con papá. Ese día tenía visitas el dueño del rancho así que fuimos varios al río. Cuando comenzaron a pescar, y debo decir que fue una buena pesca, yo me emocioné al ver cómo salían los peces del agua. Pero cuando me di cuenta de que los tenían en contenedores sin agua, le pregunté a papá el motivo de ello. Él me explicó que los animalitos servían de alimento a los seres humanos, así que esos peces eran para comerlos. Él creyó que su respuesta me dejaría tranquila y siguió platicando. Pero yo me fui a sentar cerca de un árbol y me puse a llorar. – Dejó el relato un momento y lo observó detenidamente. – Así en encontraste tú. Te sentaste junto a mí y me abrazaste fuertemente, como siempre hacías, mientras yo te relataba mi tragedia. Me imaginaba a los pobres pececitos siendo cocinados y que al comerlos, me miraban con sus ojitos y me suplicaban que no los comiera. –Ambos rieron.
—¿Y qué pasó?
—Ideé un plan para liberarlos.
—¿Hiciste qué? – Preguntó sorprendido y divertido al mismo tiempo. Disfrutaba que ella le contara esas historias, sentía que era una buena manera de acercarse más.
—Y tú me ayudaste.
—No.
—Sí.
—¿Cuál fue el plan?
—Bueno, dejamos salir una vaca del corral para crear una distracción.
—¿Nos metimos en el corral?
—Las vacas nos ayudaron, cuando entramos, había un becerro cerca de la puerta y fue fácil empujarlo hasta la salida. Antes de que las demás vacas reaccionaran nosotros ya estábamos afuera. Así que una vez logrado nuestro cometido, empezamos a gritar que se había escapado una vaca. Cuando todos fueron a ver, nosotros echamos a los peces de vuelta al agua. – Albert había quedado sin palabras. ¿A qué edad hicieron semejante cosa?
—¿Y todavía estaban vivos?
—Debo decir que algunos ya flotaban. - Se carcajearon con ganas y ambos sintieron una liberación. Hacía años que no reían tanto.
—¿Y qué paso?
—Te imaginarás las caras que pusieron todos al regresar y ver que su pesca maestra, había desaparecido. Solo que mi papá ya se imaginaba quien era la responsable. Pero como siempre, tú acudiste en mi rescate, y dijiste que todo había sido idea tuya. Nos estábamos llevando la regañina de nuestra vida, íbamos a ser castigados severamente, pero de pronto, el dueño empezó a reír; tanto, que hasta le salieron algunas lágrimas. Habló en privado con George y con papá y cuando regresaron dijeron que todo estaba bien, y regresamos a la casa. Para ese momento, todos iban riendo y haciendo planes para comer carne asada. Yo le pregunté a papá: ¿Papi, de donde sale la carne asada? Y todos estuvieron de acuerdo en que salía del supermercado. Aunque estoy consciente que tú ya sabías la verdad, me dijiste que era cierto y solo así quedé satisfecha. Al final del día comí carne asada y en mi vida volví a probar el pescado.
—¡Dios! ¡Así que casi me convierto en un delincuente por ti! – Exclamó Albert horrorizado, pero con humor en la voz.
—¡Por mí! ¡Pero si tenía ocho años! Y tu participaste muy activamente en mi gran plan, además, debo recordarte que tú tampoco comes pescado.
Volvieron a reír hasta el cansancio. Pero de pronto Albert, se mostró serio.
—No sabes lo que daría por poder recordar todo. – Su mirada vagó hasta la ventana evitando a su vez, la mirada de Candy.
—¡Oye! – Exclamó ella llamando su atención. – Para eso estoy aquí, y verás que poco a poco irás recuperando la memoria. Solo es temporal.
—Tienes razón.
—Ahora te dejo descansar. Ya demoré mucho y a Eleonor le dará un ataque.
Ella se puso de pie, e impulsivamente le dio un beso en la mejilla. Salió con rapidez antes de que notara el rubor que cubrió su rostro. Pero él si la vio y eso sirvió para que olvidara su malestar y con una sonrisa en el rostro durmió plácidamente. Candy aprovechó para descansar en su recamara. Y permitirse soñar un poco.
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-Debes hacer lo posible para que se separe de él.
-No puedo hacer más. Ya bastante he hecho demorando su rehabilitación y administrándole sedantes para que ella solo pase poco tiempo con él. Si llegan a descubrirlo, puedo perder mi licencia.
-¡Eso me lo debes, Eleonor! Y si tú no puedes hacer nada, creo que hay alguien que si puede prohibirle la entrada, ¿no?
-Tienes razón.
-Pues habla con él. ¡Y más te vale que para mañana ya tenga resultados!
Eleonor Baker, miró el teléfono cuando su interlocutor colgó bruscamente del otro lado de la línea. Se debatía entre su consciencia y la culpabilidad. Sabía que tenía que hacer lo correcto, siempre había actuado así, y siempre buscaba lo mejor para su paciente. Y sabía que Candy era lo mejor que le estaba pasando a Albert para su recuperación. Pero la culpabilidad hacia la persona del teléfono la obligaba a pagar la deuda que decía tenía con él. Así que sin esperar más, hizo una llamada.
¿Señor Johnson? Soy Eleonor Baker, enfermera del señor William. Siento molestarlo pero debo hablar con usted urgentemente…
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Al día siguiente, Candy se encontraba en el estudio revisando la información de algunas pinturas en las que estaba interesada la galería. La mañana había sido productiva, Albert había recordado la Harley que había comprado de joven, y que en ahora estaba guardada en Lakewood. Se había mostrado tan contento que Candy le prometió que en cuanto pudiera caminar irían juntos por ella. Estaba sonriendo como una tonta cuando el mayordomo la interrumpió.
-Señora, lamento molestarla pero el señor Johnson ha llegado y quiere hablar con usted.
A Candy le extrañó la petición, en los últimos días cuando George llegaba a visitar a Albert, prefería no hablar con ella. Ya había notado su alejamiento desde tiempo antes, pero ahora lo hacía más obvio. Con cierta reticencia aceptó la visita.
-George, que gusto saludarte. – Lo saludó cordialmente una vez que entró en la habitación.
-Candy. Me temo que no tengo tiempo para formalidades. Iré al grano. – George Johnson, el hombre que irradiaba educación y buenas maneras, la sorprendió con su forma de hablar y el tono hostil que utilizó al dirigirse a ella. – Y tampoco entraré en detalles o explicaciones, solo vengo a pedirte, quizá a suplicarte, que dejes que William se recupere con tranquilidad. No necesita que le estés recordando que su matrimonio no funcionó, o que quieres el divorcio. Él necesita paz y tranquilidad, y contigo a su alrededor recordando lo malo de su vida.
Reinó un silencio incómodo en la habitación. Candy se quedó de piedra ante tal acusación. Quería decirle que su presencia le ayudaba, que ese mismo día él había recordado por sí solo. Quería luchar y decirle que se fuera de su casa, Albert era su esposo y hasta la ley la apoyaba al darle prioridad a ella como su esposa. Pero de pronto un pensamiento llegó a su mente. Albert seguía quejándose de dolor constante de cabeza, sus piernas nos respondían y ella sentía que él cada vez estaba más desesperado. Aunque no quería separarse de él, e imaginaba quien era la informante de George, le dio temor pensar que tal vez sí, su presencia le hiciera daño. Pasaron varios minutos antes de contestar.
-No has hablado con él últimamente, ¿verdad?
-No. Pero no es necesario, yo sé que…
-No gastes tus palabras, haré lo que dices si con eso estás tranquilo y piensas que Albert se recuperará más pronto. Pero no lo hago porque me sienta culpable, sino porque quiero lo mejor para él. Aunque tú no lo creas. – George la observó unos segundos intentando discernir algo que ni él comprendía.
-En ese caso, confiaré en tu palabra. Y espero que lo dejes en paz. Ahora si me disculpas, subiré a saludarlo.
-A estas horas ya debe estar dormido.
-¿Acaso no quieres que lo vea?
-Piensa lo que quieras, George. Si quieres sube, pero la enfermera te dirá lo mismo que yo.
Sin decir nada más, pasó a su lado sin esperar a ver su reacción. Si subía a o no, nada le importaba. Sabía que Mitch se encargaría de él. Subió a refugiarse en su habitación y lloró como no había llorado desde que Albert la alejó de él, tantos años atrás. Ahora era George, pero se dijo que era lo mejor para Albert. Le daba temor que fuera su culpa que la recuperación de Albert avanzara con lentitud. Nunca debió decirle lo de su matrimonio, y mucho menos hablarle de divorcio. Si no lo hubiera hecho, no tendrían nada con qué acusarla, y ella no se sentiría tan culpable.
Con ese pensamiento se quedó dormida a altas horas de la noche. Cuando despertó al día siguiente le dolía el cuerpo por la mala noche que pasó y el dolor de cabeza amenazaba con aumentar. Eso la consoló un poco, saber por lo Albert pasaba le ayudaba a hacer todo lo posible por su recuperación. Aunque ella tuviera que sacrificarse. No se había dado cuenta que últimamente solo pensaba en salir corriendo a pasar su tiempo con Albert. Con eso en mente dormía y eso la impulsaba a aguantar el día tedioso en su casa. Pero todo valía la pena por estar cerca de él. Incluso verlo dormir. Pero una vez más se veía obligada a separarse de él.
Cuando subió a su carro rumbo a su trabajo, se sintió satisfecha por no haber cedido a la tentación entrar a la habitación y olvidarse de George y su miedo. La fuerza de la costumbre la hizo recapacitar. La costumbre de hacer lo que otros esperaban que hiciera, aunque ella no lo deseara. La costumbre de actuar correctamente para beneplácito de los demás. La costumbre de no luchar por lo que quería.
Y sonrió tristemente cuando se dio cuenta que esa costumbre la había adquirido cuando Albert la había sacado de su vida. ¿Qué le decía eso a ella misma?
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CONTINUARÁ...
