Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Hoodfabulous, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Hoodfabulous. I'm only translating with her permission.


Capítulo 11

Aliados

"El amor es la única fuerza capaz de transformar

un enemigo en un amigo."

~Martin Luther King, Jr.~

Condujimos rápidamente por un largo y sinuoso camino de grava. Las ramas verdes de los árboles que colgaban sobre nuestras cabezas se veían borrosas mientras miraba nerviosamente por la ventana. Ocasionalmente veía el río a mi derecha, asomándose entre los pinos y los robles.

Eventualmente salimos de la carretera principal y tomamos un largo camino de grava. No había nada en él que llamara la atención de los transeúntes ocasionales. De hecho, el camino estaba tan enclavado en el bosque que era fácil pasarlo por alto a menos que lo estuvieras buscando.

Edward le dio un apretón reconfortante a mi mano sudorosa, y lo miré nerviosamente. Le devolví uno débil a cambio. Una sonrisa torcida se asomó por la comisura de su boca y luego miró tercamente al frente.

Una gran casa de madera de dos pisos estilo cabaña se alzaba frente a nosotros. La casa era una mezcla de madera oscura y piedra. Grandes ventanales adornaban cada sección de la casa. El resplandor amarillo de las luces del interior le daba a la casa un atractivo cálido y reconfortante. Un poco más allá de la casa había un claro entre los árboles y pude ver un atisbo de las aguas fangosas del Tenn-Tom agitándose perezosamente en la distancia.

La gran casa de madera tenía un enorme porche envolvente con muebles de mimbre oscuro cómodamente colocados alrededor. Macetas repletas de flores rojas y amarillas colgaban hermosamente del alero. Jarrones gigantes de flores color burdeos se alineaban a cada lado de los escalones del porche.

Sentado cómodamente con los brazos extendidos sobre un sofá de mimbre estaba nada menos que Carlisle Cullen. Aunque no lo había visto en seis años, el rostro de Carlisle era uno que nunca olvidaría. Era el rostro del asesino de mi padre.

O eso creí.

Edward se detuvo cerca de un gran garaje a la derecha de la casa. Reconocí la camioneta de Jasper de inmediato. Era la misma camioneta gris claro junto a la que había estado la noche de la fiesta de Tanya Denali. La camioneta era llamativa en comparación con los otros vehículos estacionados cerca, y también con la casa en sí. No era ni pretenciosa ni expresiva.

Edward apagó el motor y me miró con cuidado. Mi mirada estaba fija en Carlisle, quién todavía no se había movido. Sus ojos se mantenían fijos en el coche de Edward mientras estábamos sentados en silencio en la entrada.

—Jamás te pondría intencionalmente en peligro. Lo sabes, ¿verdad? —me preguntó Edward solemnemente mientras extendía una mano y giraba mi barbilla para que lo mirara.

No había nada más que confianza en su voz. Vi honestidad pura y cruda en sus ojos verde musgo. Asentí lentamente y él me lanzó una sonrisa perezosa y sexy.

Edward abrió su puerta, y de repente estaba agradecida de que la luz interior del coche no se encendiera cuando lo hacía. La manera en que Carlisle me miraba a través de la puerta abierta de Edward ya me hacía sentir como un pez en una pecera. Tener una luz encima brillando sobre mí hubiera empeorado las cosas un millón de veces. La mirada de Carlisle no era molesta ni aterradora, pero aún así era completamente penetrante y hacía que mi piel se erizara en anticipación de lo inevitable.

Me sobresalté de miedo cuando Edward cerró de golpe su puerta y luego abrió la mía. Me temblaban las piernas cuando bajé del vehículo.

Instantáneamente deseé tener la pistola de mi papá para protegerme. Había estado practicando mi puntería con ella en un lugar discreto mientras Alice pasaba el rato con Makenna o sus otros amigos. Pero esa pistola se encontraba en el estante superior de la caja fuerte de papá actualmente.

Edward entrelazó sus dedos con los míos y me llevó lentamente a su lado hasta el porche. El olor de unos filetes chisporroteando en una parrilla cercana permanecía en el aire húmedo.

Carlisle seguía mirándome, aunque sus ojos finalmente abandonaron mi rostro para estudiar mi apariencia desaliñada. Evaluó en silencio mi ropa arrugada, mis rodillas sucias y mis botas gastadas mientras seguía a Edward hacia el porche. Tiré nerviosamente de mi camisa, tratando de sacar las arrugas que se habían acumulado por estar agachada en el jardín todo el día. Sentía que estaba caminando por el tablón, o quizás parado frente a un pelotón de fusilamiento.

Carlisle Cullen seguía siendo el hombre distinguido y elegante que recordaba de la funeraria. Llevaba una camisa azul abotonada impecable y pantalones color canela. Sus brazos estaban dorados por los días bajo el sol caliente. El cabello rubio brillante y los ojos azules seguían allí, sin embargo, el cabello en sus sienes se volvió un poco canoso en los últimos años. Había finas líneas en las esquinas de sus ojos y alrededor de su boca, pero esas ligeras imperfecciones funcionaban a su favor, de alguna manera dándole una apariencia incluso más refinada. No recordaba las líneas de risa y sonrisas que adornaban su rostro la última vez que lo vi, lo cual no me sorprendía. Tenía mi mirada en Edward ese día.

—Hola, Isabella —Carlisle finalmente habló con un tono amigable pero firme mientras me seguía evaluando.

Podía hacerlo. Podía ser una Bella sureña educada con una sonrisa encantadora y disposición amistosa. Por Edward, lo haría.

—Buenas noches, Sr. Cullen —dije con una voz educada y una pequeña sonrisa en mi rostro mientras levantaba mi barbilla una fracción—. Puede llamarme "Bella", señor. Me disculpo por mi apariencia. Edward estaba ansioso por que conociera a su familia y no me dio tiempo suficiente para asearme adecuadamente después de trabajar en el jardín todo el día.

Carlisle alzó una ceja ante mis palabras. Le frunció el ceño ligeramente a Edward antes de que sus ojos se dirigieran de nuevo a los míos.

—Bueno, Bella, también te debo una disculpa —dijo con voz fría mientras miraba a Edward, que de repente parecía un poco avergonzado—. Mi sobrino es muy terco e impaciente. Me disculpo por su mala educación al no permitirte asearte antes de la cena. Obviamente no heredó sus modales del lado paterno de la familia.

»—Sin embargo —siguió mientras encendía un cigarro y le daba varias caladas—. Aprecio a una chica trabajadora. Eres la primera de tu tipo en ese sentido que aparece junto a Edward en nuestra puerta.

La mano de Edward se puso rígida en la mía. Lo miré con inquietud, noté cómo sus ojos se entrecerraron un poco en dirección a Carlisle. No era tonta. Era obvio que Edward tuvo su cuota de chicas en el pasado. Él era demasiado bueno con sus dedos... demasiado bueno con su boca. Era apuesto, seguro de sí mismo, y encantador, pero no me había hecho ninguna injusticia. Esas chicas del pasado eran simplemente eso; del pasado. Además, no era como si yo no hubiera tenido los dedos nerviosos de adolescentes explorando mi cuerpo. Simplemente no tenían el mismo efecto en mí como el cuerpo de Edward.

Aún así, una punzada de celos me atravesó el pecho. Era una sensación retorcida y repugnante, pero obstinadamente la dejé de lado y la guardé para más tarde. Volví la mirada hacia el tío de Edward, y me encontré con unos ojos burlones y risueños. Fue entonces que me di cuenta que Carlisle Cullen me estaba provocando.

Así que, tercamente mordí el anzuelo.

—Es una lástima que Edward haya tenido malas compañías —dije finalmente, ignorando la mirada de Edward mientras su mano apretaba más fuerte a la mía—. Supongo que todos lo hemos hecho en algún momento.

Me encogí de hombros descuidadamente después de que las palabras salieran de mi boca. Los ojos de Carlisle se abrieron un poco más antes de apartar la mirada y reemplazarla con una sonrisa de suficiencia. Miró a su sobrino y evaluó la reacción de Edward. Los ojos de Edward miraban fijamente el costado de mi cabeza mientras evaluaba mis palabras. Era mi manera de decirle a Carlisle, y a Edward mismo, que aceptaba que Edward tenía un pasado, pero yo no era un ángel.

Carlisle se rio suavemente ante la expresión furiosa en el rostro de Edward.

—Edward, ¿por qué no vas al fondo y ayudas a Jasper con los filetes mientras Bella y yo nos conocemos un poco mejor? —sugirió Carlisle mientras me miraba fijamente y fumaba su cigarro—. Cuando Jasper cocina filetes, siento que estoy masticando una rueda vieja y reventada. ¡Ese chico no puede hervir agua! No entiendo por qué Esme insiste que el hombre se encargue de la parrilla.

Edward asintió, para mi horror. Me dio un beso ligero en la sien que no pasó inadvertido para Carlisle. Edward se alejó con el ceño ligeramente fruncido, y sus manos metidas casualmente en los bolsillos de sus jeans desgastados. Desapareció por la esquina del porche, dejándome sola con el enemigo jurado de mi familia.

Carlisle me hizo un gesto para que me sentara en una silla cerca de él. Elegí la silla más alejada. Me acomodé en la silla de mimbre con cojines rojos y lo miré fijamente a los ojos.

—No cedes bajo presión, mi querida —me elogió mientras daba una última calada al cigarro y lo aplastaba en el cenicero que estaba sobre la mesa de hierro forjado que nos separaba—. Eso es impresionante.

—Por supuesto que no —le dije indignada—. Soy una Swan, de todos modos.

Carlisle alzó sus cejas rubias sorprendido por mi declaración. Entonces se rio y sonrió con cariño.

—Eso es verdad —comentó mientras se frotaba el mentón—. Eres una Swan. ¿Has tenido eso en cuenta en lo que tienes con mi sobrino? Me refiero a las implicaciones. ¿Qué pasará cuando tu familia se entere de lo tuyo con Edward? ¿No estás preocupada por tu seguridad? ¿Por la de Edward?

—Sí, estoy preocupada —finalmente espeté mientras todos los pensamientos sobre ser educada y encantadora se esfumaban—. ¡Intenté mantenerlo alejado, por su seguridad más que por la mía! ¡Pero él es tan terco como una mula! ¡No me dejó en paz!

—Sí, Edward es muy testarudo. —Carlisle se rio con ojos azules brillantes—. Especialmente cuando se trata de ti. ¿Recuerdas conocerlo en el funeral de tu padre, Bella?

—Sí —susurré, disgustada por la manera en que él mencionó tan casualmente la muerte de mi padre.

—¿Sabes lo que él me dijo después de que salimos de la iglesia ese día? ¿Cuando nos subimos a mi coche? —preguntó en voz baja con una expresión seria.

—No —dije, frunciendo el ceño.

—Dijo, "Tío Carlisle, me voy a casar con esa chica Swan algún día" —Carlisle se rio, sorprendiéndome con sus palabras—. Y no tuve ninguna duda de que, a su corta edad, él dijo en serio esas palabras. Mi sobrino nunca dice algo que no sea en serio.

Jugué con el dobladillo de mi camisa y bajé la mirada a mi regazo mientras las palabras de Carlisle se asimilaban. No fue hasta ese preciso momento que me di cuenta del afecto de Edward por mí. Sabía que me amaba. Me lo había dicho con sus acciones. Incluso había tratado de expresar esas dos palabras la noche que me tuvo en sus brazos en mi terraza trasera bajo la tenue luz de la luna. Pero escucharlo de su tío, su pseudo padre, que me había amado todos esos años, era algo completamente abrumador.

La idea del matrimonio en un futuro lejano era una noción ridícula. No hubo ningún solo momento en mi vida en el que me imaginara siendo una esposa. No era la niña que soñaba con vestidos blancos y pasteles de boda, que vestía a sus muñecas y las desfilaba por un pasillo imaginario. Yo era la niña que jugaba con soldados y camiones de basura amarillos y metálicos en la tierra. La única vez que sostuve una Barbie fue la vez que le robé una a Alice, le arranqué la cabeza, y la lancé a nuestro lago. Fue en venganza por haberme robado y roto mis lápices de dibujo.

—¿Estás lista para ese tipo de amor, Bella? —preguntó Carlisle suavemente, sacándome de mis pensamientos de Barbies decapitadas mientras levantaba la mirada y me encontraba con sus ojos inseguros.

—Debes tener al menos una ligera comprensión de lo intenso que es Edward —continuó Carlisle mientras nos mirábamos el uno al otro—. Ese tipo de amor lo consume todo. No conoce límites ni fronteras. No está encadenado por las restricciones del tiempo. Es eterno. También puede ser muy peligroso.

—¿Peligroso? —susurré mientras él estudiaba mi rostro.

—Sí, mi querida —dijo con un leve asentimiento de confirmación—. Peligroso. ¿Cuánto sabes sobre Edward? ¿Sobre su vida? ¿Su pasado? ¿Su presente? ¿Su futuro?

—No mucho —admití de mala gana.

—No me sorprende —dijo Carlisle, reclinándose en el sofá de mimbre y cruzando una pierna sobre la otra—. Ahora que te tiene, está aterrado de perderte. Si descubres quién es él en verdad, quizás cambiarás de parecer sobre estar con él.

—Nunca —le dije con un tono de voz obstinado y firme—. No me importa. No me importa quién es él o lo que hace. Estoy aquí de por vida.

—¿Y por qué es eso? —preguntó Carlisle con una ceja alzada justo cuando Edward doblaba la esquina.

Por la expresión en su rostro, Edward obviamente había escuchado la última parte de nuestra conversación. Había desaparecido el ceño fruncido y desanimado. Se detuvo en silencio detrás de Carlisle con los brazos cruzados sobre su camisa blanca y ajustada. Me dio esa sonrisa torcida que hacía que mi corazón se acelerara y mi sangre se agitara en mis venas. Solo había una respuesta a la pregunta de Carlisle. Solo una respuesta explicaba las consecuencias de nuestras acciones negligentes.

—Porque es el riesgo que asumimos por amor —susurré, mirando tímidamente entre los dos hombres mientras repetía las propias palabras de Edward.

La sonrisa torcida de Edward se agrandó, y su hermoso rostro se iluminó. Carlisle parecía sorprendentemente complacido con mi respuesta. Honestamente, no podía entenderlo. Despreciaba la manera amable y acogedora en que me trataba. La despreciaba porque no deseaba nada más que odiarlo. Pero no había odio en mi corazón para el hombre que se sentaba frente a mí. Había una ligera incertidumbre, pero no odio.

Edward caminó alrededor de su tío y se paró detrás de mi silla. Sentí sus dedos rozar delicadamente mis hombros desde atrás.

—Me recuerdas a una chica que una vez conocí —musitó Carlisle con una sonrisa—. Hermosa, inteligente, descarada, jodidamente terca... ella lo tenía todo.

—¿Qué le pasó? —pregunté mientras sus ojos se iluminaban y se dirigían detrás de Edward y de mí.

—Será mejor que diga que se casó con ella —respondió una voz suave pero femenina y fuerte—. O dormirá en el sofá durante los próximos quince años.

El sonido de una voz femenina me hizo ponerme de pie. De pie en la puerta de la casa, había una hermosa mujer, posiblemente de unos cuarenta años. Su cabello era del color del glaseado de caramelo, con matices color miel que brillaban bajo las luces amarillas del porche. Le caía justo por debajo de los hombros en ondas suaves y gruesas, rozando la tela del ajustado vestido coral que tenía puesto. Era menuda, con curvas suaves y delicadas, y un rostro redondo y delicado. Sus ojos eran color avellana y me recordaban a los de mi madre, excepto que los ojos de esta mujer brillaban con amabilidad y comprensión, mientras que los de mi madre siempre eran vengativos y furiosos.

Ella sonreía cariñosamente mientras se acercaba lentamente a mí de la manera que uno se acercaría a un animal herido.

—Hola, Bella —dijo con una voz amistosa y una sonrisa educada—. He estado esperando conocerte durante bastante tiempo. Soy la tía de Edward, Esme. O puedes llamarme "mamá Esme". Todos los demás por aquí lo hacen.

Edward colocó sus manos suavemente en mi cintura mientras yo extendía una mano y tomaba la que ella me ofrecía. Su mano era suave y tersa, e hice una mueca cuando aparté la mía sucia. No parecía importarle mi falta de higiene personal. Ella simplemente me sonreía como si fuéramos amigas de toda la vida.

La actitud dulce de la mujer hizo que mi corazón se contrajera y me hechizó de algún modo. Antes de que me diera cuenta, ya me estaba disculpando profusamente por mi aspecto desaliñado. Ella sonrió e hizo un ademán con la mano ante mis divagaciones de manera despreocupada.

—Está todo bien, querida —dijo con voz tranquilizadora—. Espero que Carlisle no te haya estado haciendo pasar un mal rato aquí afuera.

Esme arqueó una ceja hacia su esposo, mirándolo como si ya supiera la respuesta a su afirmación. Carlisle se veía un poco avergonzado mientras le sonreía. La expresión en su rostro, mientras ella ponía los ojos en blanco y resoplaba hacia su esposo, hizo que se formara un nudo en la garganta en señal de reconocimiento. Era la misma manera en que Edward me miraba: diversión perversa mezclada con amor.

—Vengan todos adentro y coman antes que estos mosquitos se los lleven —dijo Esme.

Carlisle se puso de pie al mismo tiempo que su esposa se daba la vuelta y desaparecía en la casa. Su proximidad detrás de mí mientras seguía a Edward tímidamente adentro, me puso nerviosa. Entramos a la casa y eché un vistazo alrededor con asombro.

No estaba segura de lo que esperaba cuando entrara en la casa del rival de mi familia. Suponía que asumí que la decoración sería ligeramente ostentosa, pero no lo era. Cuando entramos en la casa, de inmediato tuve una sensación de calma y calidez. Se sentía como un suave edredón envuelto alrededor de mi cuerpo frío, o la sensación de las manos de Nana tranquilizándome en mi juventud después de una caída incómoda. Casi, pero no del todo, eliminó la sensación de tensión que irradiaba a mi alrededor causada por estar en presencia de Carlisle Cullen.

La sala era grande y estaba decorada en marrón chocolate, verde oscuro, y un carmesí intenso. Edredones y alfombras de estilo nativo americano estaban esparcidos por la habitación. Había una enorme chimenea de piedra contra la pared del fondo con una repisa que mostraba orgullosamente fotografías familiares.

Mis sentidos fueron asaltados por el inconfundible olor de un pastel que se estaba horneando. La panadera dentro de mí me dijo severamente que el pastel estaba listo para salir del horno. Retorcí mis dedos en mis manos ansiosamente mientras Esme señalaba a varios objetos en el estudio y hablaba animadamente.

Edward, Carlisle, y yo nos quedamos en silencio detrás de ella mientras me mostraba los muebles antiguos que ella había coleccionado a lo largo de los años, una gran caja expositora que contenía docenas de puntas de flecha que Carlisle encontró esparcidas por su propiedad y una intimidante cabeza de alce que nos miraba fijamente desde su lugar sobre la chimenea. Finalmente. Me armé de valor para interrumpirla mientras me llevaba hasta su jarrón de la época de la Gran Depresión.

—Sra. Cullen —hablé mientras ella se daba la vuelta y me miraba con sorpresa—. Creo que su pastel ya está listo.

Esme soltó un gritito mientras sus ojos se abrían de par en par al darse cuenta. Se apresuró hacia la cocina con sus rizos rebotando contra sus delicados hombros. Después de tomar un par de guantes de cocina, abrió la puerta del horno y sacó un pastel Bundt. Carlisle y Edward se rieron a mi lado.

—Ella siempre se olvida de poner el temporizador —explicó Edward mientras escuchábamos a Esme maldecir suavemente y colocar el pastel caliente sobre una rejilla para enfriar.

—Bueno, miren —escuché una voz—. Una Swan en la casa Cullen. El infierno debe haberse congelado.

Jasper Hale entró en la sala desde el porche trasero. Había una sonrisa en su rostro. Tenía una gran bandeja llena de filetes en sus manos. Tenía puesto un par de pantalones cortos sueltos de color canela que terminaban debajo de sus rodillas y un par de chanclas de cuero marrón. La camiseta azul con cuello en V que llevaba resaltaba sus brillantes ojos azules y su suave y enmarañado cabello.

Le fruncí el ceño, recordando la estación de trenes y la sonrisa engreída que había tenido en el rostro mientras él y Royce King me provocaban. En ese momento se me ocurrió que nunca había visto a Jasper Hale de cerca y en persona sin la oscuridad que nos rodeaba.

Jasper me lanzó una sonrisa maliciosa y caminó en dirección a la cocina donde Esme estaba ocupada sacando vasos de la alacena. Cuando pasó por mi lado, jadeé por lo que vi en su piel.

Cicatrices. Sus brazos y piernas bronceados tenían finas y largas cicatrices que se extendían por toda su piel y desaparecían debajo de su ropa. Las cicatrices habían sanado hacía tiempo y estaban ligeramente arrugadas en la piel rosada. Habían estado ocultas bajo la tenue luz de la luna las veces que vi a Jasper en el pasado, pero estaban al descubierto bajo las brillantes luces del techo de su casa.

Las manos de Edward permanecieron en mi cintura. Su agarre se hizo más firme cuando escuchó mi reacción de sorpresa. Lo miré con preocupación y confusión, pero él simplemente negó con la cabeza brevemente. Sus solemnes ojos verdes me dijeron que no cuestionara lo que había visto, no que lo hubiera hecho, de todos modos.

—Bella, ¿por qué no te busco algo de ropa y te dejo tomar una ducha antes de la cena? —sugirió Esme mientras le daba un manotazo a un Jasper sonriente que intentaba robar un pan con mantequilla de una canasta—. Mi ropa puede que te quede un poco grande, pero estoy segura que estarás más cómoda después de una ducha.

—Eso es muy amable de tu parte, Esme —murmuré, agradecida por su amabilidad.

—Tomaré algo de ropa y dejaré que Edward te acompañe a su baño arriba —dijo Esme.

Ella salió de la cocina, pero no antes de lanzarme un guiño malvado. Miré a Edward, pero él no pareció notar la sonrisa ligeramente siniestra en el rostro de su tía. Esme regresó con un par de jeans limpios, una camiseta, y un par de medias. Me indicó que metiera mi ropa sucia en el cesto de ropa sucia de Edward para que ella pudiera lavarla y él pudiera regresarlas luego.

Edward me acompañó, de la mano, por una gran escalera. Entramos en un largo pasillo y abrió una puerta cercana. Me metió en un cuarto y miré a mi alrededor con curiosidad.

No había nada más que vidrio frente a mí, ya que una pared no era más que varias ventanas enormes que iban desde el suelo hasta el techo. Una enorme cama cubierta con un edredón azul medianoche con almohadas gruesas y mullidas a juego se encontraba contra la pared a mi izquierda. Las otras paredes tenían estantes llenos de álbumes y libros. Deslicé mis dedos por los lomos de los libros, reconociendo varios títulos y autores familiares. La colección de discos era bastante impresionante y estaba secretamente complacida de que él pareciera tener el mismo amor por la música country que yo. Un escritorio de roble estaba cerca con papeles y sobres esparcidos por todas partes.

Los nombres de varias universidades me llamaron la atención. Tomé la primera que vi cuando Edward me la arrebató de la mano.

—Eso es privado —murmuró, juntando los distintos papeles y metiéndolos en el cajón del escritorio.

Arqueé una ceja y lo miré indignada.

—¿En serio? ¿Así como mi cuaderno de bocetos era privado? Eso no te impidió quitármelo.

Edward suspiró y se frotó la frente enérgicamente con los dedos. Me alejé de él y caminé por la habitación, mirando los distintos artículos y objetos que se encontraban en sus estantes. Un modelo realista de un esqueleto estaba en un estante, y un modelo del cerebro humano estaba a su lado. Lo tomé y lo di vuelta, leyendo el dorso del libro.

—Es sobre epilepsia —confesó Edward en voz baja mientras mi cabeza se levantaba de golpe al oír su voz—. Mi padre... Él tenía epilepsia.

—¿Irás a la universidad para ser médico o algo así? —le pregunté mientras colocaba el libro con cuidado donde lo había encontrado.

—Iba a hacerlo... —dijo, y su voz se fue apagando al final.

Levanté la mirada y me encontré con su mirada seria. Sus ojos recorrían rápidamente mis rasgos mientras los míos se entrecerraban ante sus palabras. Edward tragó saliva y me dio una sonrisa torcida.

—No me sonrías así —espeté—. ¿Qué quieres decir con "ibas a hacerlo"? ¿Por qué ya no lo harás?

—Eso fue antes de que te encontrara —dijo, encogiéndose de hombros despreocupadamente—. No puedo dejarte ahora... ahora que finalmente te tengo.

—Edward —susurré, horrorizada—. ¡No puedes rechazar una oportunidad como esa por nadie! ¡Sácate eso de la cabeza ahora mismo!

—Hablemos de eso más tarde —dijo, dejando la conversación de lado mientras lo miraba con enojo.

Edward llevó mi cuerpo obstinado a sus brazos y plantó un beso en mis labios. No se lo devolví al principio, porque todavía seguía furiosa de que él siquiera pensara en rechazar una oportunidad como la que le habían dado. Pero mi cuerpo pronto le ganó a mi mente, y me encontré moldeada a él mientras profundizaba el beso. Me aparté de él cuando el recuerdo de esas cartas de aceptación a la universidad pasaba por mi mente, pero las siguientes palabras que salieron de su boca se convertirían en mi perdición.


EPOV

—Ven aquí y déjame darte un poco de azúcar —dije, arrastrando las palabras mientras le sonreía y la llevaba a mi cama.

—Ya me has dado un poco de azúcar —dijo con una mirada asesina y el ceño fruncido, mientras la parte posterior de mis rodillas golpeaban el borde de la cama y me sentaba.

Bella estaba molesta por mi admisión, pero había sido sincero con ella. Había momentos en mi vida en los que no podía ser honesto, ni con ella, ni con nadie, así que cada vez que surgía la oportunidad de decir la verdad, la aprovechaba.

La quería. Quería pasar el resto de mi vida con ella. Ella era una parte de mí. Estábamos hechos de la misma tela. Teníamos el mismo origen, las mismas vidas jodidas, la misma rivalidad familiar. Ella era fuerte, responsable, hermosa, inteligente, y me estaba matando.

Me estaba matando con esa camisa a cuadros roja, unos pantalones cortos deshilachados, y un par de botas tejanas viejas y gastadas. Había una ligera capa de suciedad que se extendía por sus piernas hasta sus muslos. Algo en su apariencia sucia me hacía anhelar su cuerpo mucho más.

Tomé la parte de atrás de sus rodillas, acercando su pequeño y cálido cuerpo al mío, y cerré la distancia entre nosotros. Bella se paró entre mis piernas y enredó sus pequeñas manos en mi cabello.

—No dije nada sobre darte azúcar en la boca —aclaré mientras deslizaba mi mano debajo de la pierna de sus pantalones cortos y llevaba mis dedos al frente de sus bragas sedosas—. Quiero darte un poco de azúcar aquí.

Bella soltó un gemido ahogado cuando mi pulgar se movió sobre su clítoris. La parte delantera de sus bragas ya estaba empapada. Haciéndolas a un costado, comencé a masajear lentamente su clítoris, tarareando de felicidad cuando se ponía más húmeda con cada caricia.

—Solo quiero una probada —aclaré mientras insertaba un dedo dentro de ella y cuidadosamente lo giraba dentro de su cuerpo apretado y húmedo.

—Edward —gimió, tirando de mi cabello con fuerza entre sus manos.

Me encantaba cuando jalaba de mi maldito cabello.

Introduje otro dedo en su interior, más profundo, más brusco, y sus rodillas prácticamente se doblaron ante la acción. Algo se quebró dentro de mí cuando Bella gimió y tiró con fuerza de mi cabello. Me puse de pie lentamente y me cerní sobre su cuerpo mientras seguía bombeando mis dedos dentro de ella. Ella miraba la expresión oscura y hambrienta en mi rostro. Los ojos chocolates de Bella estaban muy abiertos por el miedo y la lujuria mientras la miraba. Ella probablemente sabía cuáles eran mis intenciones ya que confesé mi deseo de saborearla, y esperaba que fuera el primero en complacerla de esa manera.

—Apuesto a que sabes delicioso —susurré mientras retiraba mis dedos de su interior y los llevaba a mi boca—. ¿Has dejado que alguien más bese esos labios, Bella? Sabes de los cuáles estoy hablando.

—No —jadeó mientras me veía lamer su humedad de mis dedos.

La expresión en su rostro era cómica. No sabía si estar disgustada o excitada.

—Hmm... salado y dulce. —Sonreí mientras retiraba mis dedos de mi boca.

—La camisa tiene que irse —murmuré mientras agarraba la fina tela a cuadros roja y abría la camisa.

Los broches de metal chasquearon con cada tirón, y fui recompensado con la vista más deliciosa. Bella estaba una vez más sin sostén. La camisa cayó de sus hombros y se deslizó al suelo cerca de sus botas. Si mi polla no estaba dura antes, lo estaba ahora.

La respiración acelerada de Bella era todo lo que escuchaba mientras tomaba sus pechos en mis manos. Eran perfectos; ni demasiado grandes, ni demasiado pequeños. Encajaban en mis manos como si hubieran sido hechos para ese único propósito. Su piel era suave, y sus pezones estaban duros y rosados entre mis dedos.

—¿Puedo darte un poco de azúcar, nena? —le susurré al oído antes de lamer el lóbulo de su oreja, succionándolo en mi boca, y retorciendo el pezón entre mis dedos—. ¿Puedo besarte allí abajo?

Dejé que una mano abandonara su pecho y se deslizara debajo de sus pantalones cortos. Mis dedos regresaron a su sexo húmedo. Un gemido gutural fue su única respuesta a mi pregunta. Lo tomé como un jodido sí, quité mis dedos, la di vuelta y la empujé suavemente sobre la cama.

Bella aterrizó boca arriba con sus pechos rebotando ligeramente mientras se apoyaba sobre sus codos. Una mezcla de emociones pasaron por su rostro: temor, incertidumbre, anhelo. Se movió hacia atrás en la cama, con los ojos muy abiertos, mientras mis rodillas tocaban el colchón. Me arrastré hacia ella, acechándola como si fuera el depredador y ella fuera la presa. Cuando su cabeza golpeó suavemente contra el cabecero, se detuvo, luciendo como un ciervo atrapado frente a los faroles.

—Respóndeme, Bella —le dije con un tono firme—. ¿Puedo besarte aquí? ¿Puedo saborearte?

Rocé mis dedos contra la costura de sus pantalones cortos entre sus piernas, asegurándome de no tocar piel desnuda. La estaba torturando, provocándola con caricias suaves, mientras esperaba impacientemente su respuesta. Era una acción horrible, pero no podría importarme menos. La quería en mi boca, y cuando quería algo, no me detenía hasta que fuera mío.

Bella no dijo nada. Después de una respiración profunda y temblorosa, desabrochó sus pantalones cortos y bajó la cremallera. Aparté sus manos temblorosas y bajé con un firme tirón sus shorts y sus bragas. Las lancé sin cuidado sobre un hombro, agarré sus rodillas, las cuales había juntado con fuerza, y separé sus piernas.

—No tengas miedo, nena —susurré mientras ella me miraba con nervios—. Te haré sentir muy bien. ¿Puedo hacerte sentir bien, encanto?

Esa palabra provocaba algo en ella. Aprendí eso la noche que pasamos bajo las estrellas. Los ojos de Bella se nublaron ante la palabra. Ella asintió mientras yo le sonreía con suficiencia y me quitaba la camisa. Bella observó mi pecho desnudo y respiró profundamente. Temiendo que cambiara de parecer, me zambullí, por así decirlo.

Me tomé mi tiempo antes de saborearla. La abrí con mis dedos, observando su piel rosa y mojada antes de acariciar suavemente su clítoris hinchado con mi pulgar. Bella maldijo en voz baja mientras gemía y aferraba las sábanas en sus puños. Levanté la mirada y me encontré con sus ojos oscuros. Me encantaba cuando mi chica me miraba tocarla.

Manteniendo mis ojos fijos en ella, moví mi lengua ligeramente contra su clítoris y sonreí cuando ella siseó y luego se retorció contra mi boca. Mordisqueé, succioné, y lamí su clítoris hasta que encontré lo que funcionaba para ella. Le gustaba cuando movía mi lengua de arriba a abajo contra ese centro duro. Le encantaba cuando hacía círculos perezosos y torturadores contra este. Y brusco. A mi chica también le gustaba cuando era brusco. No quería que fuera gentil con ella.

Podía ver que estaba nerviosa por la manera en que sus piernas constantemente se cerraban cuando sus muslos temblaban debajo de mis manos. Yo simplemente abría más esos muslos, incentivado por los gemidos que se escapaban de sus labios y la manera en que jalaba de mi cabello entre sus dedos.

Metiendo un dedo profundamente dentro de ella, sonreí cuando sus caderas se arquearon y se presionó completamente contra mi boca. La satisfacción y el orgullo me invadieron porque hice esa mierda. La hice sentir así.

Después de provocarla con mi dedo del medio por un rato, añadí otro, metiéndolo dentro de su cuerpo tenso y húmedo. Me reí contra su centro mientras ella se tapaba la boca con una mano en un intento inútil de ahogar sus gritos. El movimiento de sus caderas aumentó y se presionó más fuerte contra mis dedos y boca.

La espalda de Bella se arqueó sobre la cama mientras embestía mis dedos húmedos dentro de ella. Miré sus pechos firmes y sus pezones perfectos y duros. Estiré la mano, le di un pellizco con mi mano libre y fue entonces que reconocí una expresión familiar en su rostro.

Sus ojos chocolate llenos de lágrimas me miraron con deseo y anhelo. Cuando empezaron a brotar, supe que se encontraba cerca del punto sin retorno.

Volví a pellizcar su pezón de nuevo, girándolo y pellizcándolo mientras ella se ponía cada vez más húmeda. Pasé mi lengua más rápido sobre su centro. Curvando mis dedos dentro de ella, bombeé, succioné, y lamí frenéticamente hasta que sentí que se contraía alrededor de mis dedos.

Su cuerpo tembló y se apretó a mi alrededor mientras jadeaba, y gritaba mi nombre. Una sonrisa apareció en mi rostro cuando ella se frotó contra mi boca y mis dedos, desesperadamente disfrutando de su orgasmo. Su cabello color chocolate estaba esparcido a su alrededor, y sus mejillas estaban sonrojadas. Le di una última lamida a su centro antes de moverme lentamente por su cuerpo.

Me sorprendí cuando acercó mi rostro al suyo y me dio un beso profundo. A Bella no le parecía molestar saborearse en mi lengua. Antes de darme cuenta, me estaba frotando contra ella y ella estiraba una mano en busca de mi cremallera.

—Bella —dije con un tono de advertencia—. Ya te lo dije...

—No me importa —gimió contra mi boca—. ¿No puedo besarte como tú me besaste?

Yo tenía dos facetas. Bella creaba la buena. Creaba a la persona en la que había querido convertirme toda mi vida: un buen chico, un caballero que no se aprovecharía de una virgen.

La bondad dentro de mí normalmente era ahogada por la maldad que rondaba justo debajo de la superficie. Ella era mía... Mi Bella, la chica que había anhelado desde que era un niño. Me estaría mintiendo a mí mismo si dijera que no me masturbaba con imágenes de ella todas las noches. A veces ella montaba mi cara, a veces estaba rebotando en mi polla, y a veces la embestía por detrás. No había nada caballeroso en las cosas que pasaban por mi mente a diario.

—Diablos, está bien —murmuré, bajándome de la cama y dejándola que me quitara el cinturón.

No pude contener la sonrisa engreída cuando ella se quedó mirando al bulto en mis jeans. Sabía que era grande. Diablos, en verdad sentía un poco de pena por mi chica.

Ella jaló de mis jeans por debajo de mis caderas y me los quité. Bella se sentó sobre sus talones, mordiéndose el labio inferior. Esa sola imagen hizo que mi polla se mueva en mis bóxers, y ella jadeó ante la acción, haciéndome reír.

—No te preocupes, nena —le dije mientras extendía la mano y pasaba mis dedos por su cabello sedoso—. No muerde, pero escupe.

Bella frunció el ceño ante mis crudas palabras y no pude evitar reírme. Ignorando mis risas, extendió una mano y tiró de mis bóxers, bajándolos lentamente. Mi polla se liberó, y ella retrocedió alarmada.

—Es… Es decir... ¿Puedes decirme qué hacer? —preguntó, mirándome solemnemente con ese maldito labio entre sus dientes nuevamente—. ¿Puedes mostrarme qué hacer?

Mierda. Esas palabras me pusieron aún más duro. Bajé una mano y comencé a masturbarme mientras ella me miraba con asombro. Era tan inocente, y me sentía como un villano malvado que se retorcía el bigote y le instruía cómo darme una mamada mientras le robaba su virtud, pero también era tan jodidamente excitante.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —pregunté, alzando una ceja inquisidoramente.

Ella asintió solemnemente y casi me reí de la expresión seria en su rostro. Contuve una risita, acercándome sigilosamente a la cama mientras seguía acariciándome. Los grandes ojos de cordero me observaban. Abrí la boca para decirle el primer paso cuando alguien comenzó a golpear la puerta.

Maldita sea, fuimos interrumpidos.


BPOV

Edward me acompañó hasta un baño enorme que era casi del tamaño de mi cuarto. El espejo sobre el lavabo mostraba a una chica nerviosa pero saciada, con ojos grandes marrones y un rostro sucio.

No podía creer que permitiera que Edward me hiciera sexo oral después de haber sudado todo el día en el jardín de Nana. A él no le pareció importar. De hecho, por los sonidos que salían de su boca mientras su lengua se movía contra mi cuerpo, le gustaba mi sabor.

Si Jasper no hubiera golpeado la puerta y no hubiera gritado que nos apresuráramos, no había ninguna duda de que le habría devuelto el favor. Había estado pensando, no, me había estado obsesionando con eso durante las últimas dos semanas. Edward no pudo ocultar el vacilo en sus ojos cuando me ofrecí a complacerlo de la misma manera que él me complació. Pero él cedió, y volvería a ceder. Era solo cuestión de tiempo antes de los dos estuviéramos juntos, de todas las formas posibles.

Haciendo a un lado los pensamientos de lo que acabábamos de hacer, usé las instalaciones y me limpié el sudor, la suciedad, y el olor a sexo de mi cuerpo, con jabón con aroma a gardenias. Esme tuvo la amabilidad de guardar el jabón perfumado dentro de las prendas que me entregó. Me limpié la suciedad del rostro hasta que mis mejillas estuvieron hinchadas por la fricción. Estaba avergonzada de que hubiera estado allí sin que yo lo supiera.

Todavía había suciedad profundamente incrustada debajo de mis uñas, pero no había mucho que pudiera hacer al respecto en ese momento. Me sequé el cuerpo con una toalla gruesa y acolchada, y me puse la ropa de Esme.

Edward me dijo que me encontraría en la planta baja así no nos veíamos tan sospechosos. Yo había puesto los ojos en blanco, sabiendo que él honestamente no podría importarle menos si su familia sabía lo que habíamos hecho en su cuarto.

Después de meter mi ropa sucia en el cesto de ropa sucia de Edward, salí de su habitación y me detuve en seco. Parada allí en el pasillo, apoyada contra la pared, había una chica que nunca antes había visto.

Los candelabros estilo occidental en la pared del pasillo iluminaban con un suave resplandor amarillo sobre sus largas mechas rubias, dándole la ilusión de un halo flotando sobre su cabeza. Ella era hermosa, y fácilmente podría ser confundida con un ángel con su piel suave y clara, ojos azul profundo y labios carnosos. La chica tenía más o menos mi edad, era alta y curvilínea. Era lo que Emmett llamaba "chica voluptuosa", pero lo llevaba fantásticamente. Ella vestía un bonito vestido lila sin mangas que abrazaba su escultural figura. Mis ojos se movieron involuntariamente a las delgadas cicatrices que se extendían por un lado de su brazo. Notando mi mirada, levantó su barbilla minuciosamente y se cruzó de brazos. Las dos nos miramos con cautela durante un largo momento antes de que ella finalmente hablara.

—Si no es la infame señorita Bella Swan —dijo mientras la cautela desaparecía y una sonrisa lentamente se asomaba por su rostro—. Y pensar que creía que eras un producto de la imaginación de Edward todo este tiempo.

—¿Rose? —supuse.

Edward había mencionado a Rose en conversaciones. Como con Jasper, él no mencionó sus cicatrices ni el origen de las mismas. Todo lo que sabía de Rosalie Hale era que ella se graduó de la secundaria el año anterior y que pronto se iría a la universidad para estudiar medicina pediátrica.

Aunque no la conocía a ella o a Jasper muy bien, me impresionaban mucho. Llevaban sus cicatrices como heridas de batalla. Podrían haberlas escondido debajo de capas de ropa, pero no. Estaban a la vista de todos.

—La única e inigualable. —Sonrió, apartándose de la pared y sorprendiéndome con un abrazo.

—Siempre supe exactamente lo que te diría si Edward te traía a casa —murmuró contra mi cabello mientras me abrazaba—. Lo he practicado en mi cabeza un millón de veces.

—¿Y qué es eso? —pregunté mientras ella se apartaba lo suficiente para mirarme fijamente a los ojos.

—Te acepto por lo que eres —me dijo con una sonrisa exageradamente dulce—. Pero Edward es como un hermano para mí, y si lo lastimas, te mataré.

No dudaba de sus palabras. Las manos de Rose se deslizaron desde mi espalda a mis hombros. Les dio un ligero apretón para reiterar su punto. Sus uñas de punta francesa hicieron presión contra mi piel, no dolorosamente, pero con la fuerza suficiente para comunicar que podía hacer daño de verdad con ellas si era necesario. Había una seriedad brillando en sus ojos azules que reconocí de inmediato. Me pregunté vagamente si me parecía a ella cuando amenazaba a los pretendientes masculinos de Alice en el pasado.

—No lo lastimaré —prometí—. Si lo hago, tienes mi completo permiso para ponerme en mi lugar.

—Oh, cielo —dijo Rose, levantando una mano para darme unas palmadas en el rostro—. ¿Qué te hace creer que necesito tu permiso?

Con eso, alzó una ceja al ver mi ceño fruncido, se rio de la forma en que la miraba, y entrelazó su brazo con el mío, y me acompañó hasta el comedor. La chica era extraña, pero me agradó. Me recordaba a Kate en cierto modo. Rose no era tan grosera como Kate, pero era franca y honesta con sus pensamientos. Tenía la sensación de que Rosalie Hale y yo seríamos muy buenas amigas.

La cena fue un evento extraño, por decir lo menos. Me sentaba frente a una gran mesa de nogal en una silla profunda y acolchada, mirando boquiabierta la elegante vajilla y los cubiertos que había frente a mí.

Supongo que tener una fábrica tenía grandes ventajas, pensé sarcásticamente para mí misma mientras sacudía la cabeza ante la ironía de mi situación. Siempre había odiado el negocio de las drogas en el que se involucraba mi familia, y aquí estaba yo metiéndome en la misma situación al elegir a Edward: dinero sucio, mentiras y secretos.

La mano de Edward moviéndose por la parte interna de mi muslo sacó de mi ensoñación. Fingí no haber notado que sus dedos se deslizaban por mi pierna mientras su familia charlaba entre sí.

Corté un trozo de filete, lo metí en mi boca y observé a Esme hablar sobre esquemas de colores con gran atención. Creo que dijo que estaba modificando la decoración de la casa, pero era difícil seguir el ritmo de la conversación con los dedos de Edward recorriendo la parte interna de mi muslo. Edward se impacientó de repente con mi negativa a reconocer sus caricias. Metió su mano casi con enojo entre mis piernas, lo que me hizo sobresaltar y dejar caer mi tenedor.

—Bella, ¿qué pasa, querida? —preguntó Esme mientras observaba mis mejillas rojas y mi jadeo profundo de asombro.

Edward siguió comiendo tranquilamente con la cabeza gacha. Abrí y cerré la boca varias veces tratando de formular una respuesta. Él jamás detuvo sus acciones mientras frotaba firmemente la costura interior de mis jeans debajo de la mesa. Ese chico era atrevido y malo.

—Solo... me emociona mucho... la decoración —jadeé, retorciéndome un poco en mi asiento mientras escuchaba a Rose resoplar desde algún lugar cercano—. ¿Quizás pueda ayudarte?

Esme sonrió alegremente y asintió con entusiasmo. Jasper se rio desde su lugar en la mesa, ocultando terriblemente el sonido al meter un bocado de papa horneada en la boca.

Estirando una mano debajo de la mesa, pellizqué el brazo de Edward tan fuerte como pude, pero no se inmutó ni un poco. Me sonrió con arrogancia entre bocados mientras terminábamos la cena y luego el postre, todavía acariciándome. Mis pezones se presionaban dolorosamente contra la fina tela de mi camiseta. Me encorvé ligeramente en mi asiento, tratando de ocultarlos de la vista. El hormigueo entre mis piernas se multiplicó por diez durante la cena, y mi frente estaba cubierta de un sudor frío. Mi cuerpo estaba en llamas y no podía esperar a estar a solas con Edward. O lo besaría o lo mataría.

—Y bien, Bella, Edward me dice que tienes dieciocho años y estás en el último año de la secundaria —dijo Carlisle mientras Esme recogía nuestros platos de postre—. ¿Cómo es que no te has graduado?

—Mi cumpleaños es en septiembre —expliqué—. Mi padre pensó que sería mejor si esperaba un año más antes de empezar el jardín de infantes. Mi cumpleaños estaba muy cerca de la fecha límite en agosto. No quiso que me quedara atrás de los otros niños de la clase.

—Esa fue una decisión inteligente —comentó Carlisle pensativamente, reclinándose en su silla—. Pero, de nuevo, tu padre siempre fue más inteligente de lo que la gente creía.

La mano de Edward finalmente abandonó mi cuerpo. Miré atónita a Carlisle. Todo el hormigueo que me produjo las caricias de Edward convirtieron a mi cerebro en un charco. ¿Carlisle había elogiado a mi padre? Ciertamente estaba delirando.

—¿Quizás pueden seguir su conversación en la veranda? —preguntó Esme, lanzándole a Carlisle una pequeña sonrisa.

Mi estómago se contrajo de nervios mientras seguía a Edward afuera. La idea de conversar con Carlisle Cullen sobre... cualquier cosa, especialmente mi difunto padre, me producía náuseas.

Lo que Esme llamaba "veranda", yo llamaba "porche cerrado". Tenía los mismos muebles que el porche delantero: de mimbre oscuro con cojines y mesas de resina. Plantas altas, brillantes y verdes, con hojas del tamaño de orejas de elefantes bebés, se encontraban intrincadamente distribuidas alrededor del porche, escondidas entre los diversos muebles. Las flores se asomaban por todas partes, esparciendo su aroma fresco y fragante en el aire a nuestro alrededor.

El sonido del río cercano me recordó a Edward y a mí acostados en un muelle. Una enorme cama redonda al aire libre, cubierta con mullidos almohadones blancos, se encontraba en el rincón más alejado de la veranda. Una imagen de Edward y yo, desnudos, presionados uno contra otro, hizo que mi cuerpo ardiera una vez más. Mirándolo, me encontré con una sonrisa cómplice.

—Saldrán del pueblo antes de que termine el verano —me susurró Edward al oído mientras deslizaba su pulgar por mi labio inferior—. Haremos un buen uso de esa cama, es decir, si quieres.

Edward sonrió ante la expresión de asombro en mi rostro. Se dejó caer perezosamente en un sofá de dos plazas de mimbre, con su infame sonrisa extendiéndose por su rostro. Me puso sobre su regazo, ignorando mis protestas. No quería que su familia pensara que era una desvergonzada. Carlisle pronto cruzó la puerta y se detuvo, mirando como luchaba para salir del regazo de Edward.

—Está bien, Bella —habló Carlisle, encendiendo un cigarro y sentándose cerca—. No tienen que actuar de manera diferente por mí.

Los brazos de Edward se intensificaron a mi alrededor y frotó su nariz contra mi cuello. Dejé de luchar contra él. No era que no disfrutara sentir su cálido cuerpo contra el mío ligeramente sonrojado, o la manera en que su aliento caliente cosquilleaba mi cuello mientras su nariz rozaba mi mejilla. Simplemente estaba avergonzada por su demostración de afecto frente a su tío, y un poco incómoda por lo indiferente que era al respecto.

—Bella, hay algunas cosas que deberíamos discutir si planeas seguir una relación con mi sobrino —comenzó Carlisle, dando una calada al cigarro—. Cosas que deberías saber.

—De acuerdo —murmuré vacilante, acurrucándome profundamente en los brazos de Edward, y temiendo lo que Carlisle tuviera que decir.

—En primer lugar, espero que no te moleste que te oculten ciertos aspectos de nuestras vidas —dijo Carlisle, mirándome escrupulosamente con sus ojos azules fríos—. Siempre habrá algún nivel de desconfianza entre tú, Edward, y nuestra familia. No tiene nada que ver con quién eres, por así decirlo, aunque mentiría si dijera que el hecho que seas una Swan no me molesta. Sí me preocupa, y siempre lo hará.

—Si ese no es el caso, entonces, ¿cuál es? ¿Por qué desconfías de mí? —pregunté.

—Porque la traición es todo lo que hemos conocido —respondió Carlisle de inmediato—. Nunca se puede confiar en policías, jueces, amigos, e incluso en la familia. Pareces una chica bastante inteligente. Estoy seguro de que has oído los rumores sobre el negocio de mi familia. Y no estoy hablando de la fábrica que poseemos.

—Sí, señor —murmuré.

—Nuestro negocio secundario nunca será discutido contigo —continuó—. En cinco, diez, quince años, si todavía estás con Edward, seguirás sin saber nada en lo que respecta a ese aspecto de su vida. No es por la desconfianza, Bella. También es por tu propia protección. Trato a Esme de la misma manera. Ella sabe lo que hago para ganarme la vida, pero no sabe nada de los detalles más finos de ese aspecto de mí. ¿Es eso algo con lo que puedes vivir?

Reflexioné sus palabras con cuidado, tomándome un largo momento para asimilar lo que había dicho. El cuerpo de Edward se puso rígido debajo de mí mientras me tomaba mi tiempo, sopesando una vida de la que él deseaba que yo formara parte. No había hecho nada en los últimos años más que desaprobar el tráfico de drogas. Si elegía a Edward, me estaría metiendo directamente en medio del tráfico ilegal de drogas. Giré mi rostro a un costado, encontrándome con sus inquisitivos ojos verdes y tomé mi decisión.

—Ya he elegido a Edward —respondí con nada más que honesta sinceridad en mi voz—. Entiendo que hay razones para que desconfíen de mí y de mi familia, aunque me duele un poco saber que Edward nunca confiará en mí. Pero no es como si estuviera tomando el camino fácil de la vida al estar conmigo. Mi familia odia a la tuya. No tengo idea de cómo funcionará esto, pero estoy dispuesta a intentarlo.

—La confianza hay que ganársela, Bella —me susurró la voz oscura de Edward al oído, provocando escalofríos en mi columna—. Junto con la confianza viene la verdad. ¿Estás lista para escuchar la verdad, Bella? ¿Estás lista para escuchar la verdad sobre el asesinato de tu padre?

Las palabras crípticas de Edward hicieron que mi cuerpo se pusiera rígido en sus brazos. Mi corazón se aceleró al doble de tiempo cuando encontré la mirada solemne de Carlisle. Me encontré asintiendo aturdidamente mientras Carlisle asentía severamente en respuesta. Aplastó el cigarro en un cenicero y se puso de pie, desapareciendo dentro de la casa. Edward me frotó los brazos cariñosamente mientras esperábamos su regreso. Sabía en lo más profundo de mi corazón que cualquier cosa que Carlisle revelara en esta veranda me cambiaría, y todo lo que había llegado a creer sobre mi padre, mi familia, y los Cullen.

Cuando Carlisle regresó, fue con un portarretrato en sus manos. Me lo tendió y regresó a su asiento. Lo tomé con dedos temblorosos y observé la fotografía con asombro.

Era una fotografía de mi padre, tal como lo recordaba en la época previa a su muerte. Era alto, robusto y atractivo, con ojos marrones felices y su característico bigote espeso. A su izquierda se encontraba un Carlisle Cullen más joven, y a su derecha había un hombre desconocido.

El hombre desconocido tenía rasgos cincelados: pómulos prominentes, un ligero hoyuelo en su mentón, cabello castaño rojizo, y ojos verde musgo. Supe de inmediato, sin siquiera haberlo conocido, que el extraño en la fotografía era el padre de Edward. Los hombres miraban al fotógrafo con expresiones serias en sus rostros. El fondo de la foto era un nuevo tipo de familiaridad. La chimenea de la sala de Carlisle estaba en el fondo de la fotografía.

—¿Qué es esto? —susurré—. No... No lo entiendo.

—Tu padre, mi hermano, Eddie, y yo estábamos en medio de negociaciones entre nuestras familias —me contó Carlisle mientras yo levantaba la mirada en shock—. Charlie y Aro tuvieron una especie de pelea entre ellos. Eddie conocía los detalles, pero se los llevó a la tumba antes de que pudiera saber la verdad sobre por qué Charlie se volvió contra Aro.

»—Esa foto fue tomada dos días antes de que mi hermano fuera asesinado. La noche que murió fue la noche en que debíamos finalizar nuestras negociaciones. Eddie fue a encontrarse con Charlie, pero nunca regresó. No pude asistir a la reunión y mi hermano murió. Si tan solo hubiera estado allí... quizás podría haberlo salvado. He vivido con la culpa de eso todos estos años.

—¿Dónde estabas? —pregunté, mirando la foto—. ¿Cuando tu hermano fue asesinado?

—Mobile, Alabama. —Carlisle suspiró—. Reunido con un... socio. Había llegado un cargamento importante para el que tenía que estar presente. Generalmente no dejo un rastro de papel cuando estoy fuera del pueblo por negocios, pero por la gracia de Dios, usé una tarjeta de crédito en una gasolinera de Gulfport. La tienda también tenía cámaras. Estoy seguro de que Billy Black me habría achacado la muerte de mi hermano. Él supuestamente estaba de patrulla esa noche, haciendo sus rondas en las afueras de la ciudad. Afirmó que escuchó un disparo y fue a echar un vistazo. Fue entonces que encontró el cuerpo de mi hermano. Estoy seguro de que escapé por poco de la muerte esa noche. Billy y tus tíos han estado tras de mí durante años.

—Entonces, ¿crees que mi padre también estuvo involucrado? —pregunté con voz disgustada mientras colocaba la fotografía en la mesa frente a mí—. ¿Crees que él estaba fingiendo las negociaciones para atraerlos a ustedes dos a ese campo?

—No, no creo que tu padre estuviera involucrado —respondió Carlisle, mirándome a la cara fijamente—. Creo que tu tío Aro y Billy Black estuvieron involucrados en la muerte de mi hermano. Creo que Aro descubrió nuestras negociaciones secretas y tomó el asunto en sus propias manos.

La verdad pesaba mucho en mi corazón mientras Carlisle me evaluaba en silencio, contemplando la expresión culpable en mi rostro. Edward se movió debajo de mí, tomando mis pequeñas manos en las suyas grandes. Había una gran parte de mí que especulaba que todo esto fuera una trampa: invitarme a cenar con ellos, mostrarme nada más que aceptación, la eterna devoción de Edward hacia mí desde los doce años. Si fuera una trampa, estaba cayendo. La culpa me había agobiado durante años, dejándome cansada.

—Si supiera la verdad sobre el asesinato de tu hermano, ¿me dirías la verdad sobre el de mi padre? —pregunté, estudiando su rostro pasivo.

Las manos ligeramente callosas de Edward se detuvieron en mis brazos. Escuché su respiración y el ritmo constante de su corazón acelerarse contra mi espalda. Puede que nunca confiara en mí lo suficiente para divulgar ciertos aspectos de su vida, pero eso no quería decir que no podía tratar de ganar su confianza de otras maneras.

—Mis fuentes me dicen que Aro asesinó a tu padre —dijo Carlisle en voz baja, sin esperar a que confesara el asesinato de su hermano antes de confesar el de mi padre—. No tengo evidencia de esto. Son solo rumores, en realidad. No estuve involucrado, Bella. De hecho, la noche del asesinato de tu padre, estaba detenido en una cárcel de Louisiana para interrogación por la desaparición de un hombre. Ahora, a ese hombre lo asesiné, pero ese es un cuerpo que nunca será encontrado. Los caimanes en los pantanos de Luisiana rara vez dejan evidencia.

La suposición de Carlisle de que Aro estaba involucrado en el asesinato de mi padre debería haberme sorprendido. Aro era de mi sangre, después de todo. Había presenciado de primera mano la maldad de Aro. Nada de lo que hacía Aro me sorprendía ya, incluso si implicaba matar a su propio hermano.

Sin embargo, la confesión de asesinato del propio Carlisle me provocó escalofríos en todo el cuerpo y me puso la piel de gallina en los brazos. Él afirmó que no confiaba en nadie, pero me dio ese dato para demostrar algo. Nunca sabría si era para demostrar lo peligroso que él realmente era, o para sobornarme para que confesara quién era el asesino de su hermano, nunca lo sabría. Fuera lo que fuese, funcionó.

—Aro me dijo, en confianza en el funeral de mi padre, que él asesinó al padre de Edward —susurré—. Eso es todo lo que tengo... nada de evidencia. Solo tengo las palabras de un hombre malvado que se confesó con su sobrina de doce años.

—Eso no me sorprende —susurró Carlisle, lanzándole a Edward una mirada de aceptación—. Edward y yo hemos creído que Aro es el autor de la muerte de Eddie desde el principio. Es una pena que no tengas más evidencia... ninguna otra forma de probar que él es el asesino.

—Debe haber una manera de demostrar que fue Aro quien mató a nuestros padres —murmuró Edward con amargura—. ¿Cómo podemos probarlo, Carlisle?

Carlisle se quedó pensativo por un momento mientras él y Edward se miraban en silencio el uno al otro. Una comunicación silenciosa pareció desarrollarse entre los dos hombres. Sentía a Edward asentir con la cabeza, y la acción hizo que mi cabello me rozara delicadamente el rostro.

—Necesitamos aliados —dijo finalmente Carlisle mientras su mirada se alternaba entre Edward y yo—. ¿Cómo te sientes al respecto, Bella? ¿Te gustaría unir fuerzas con nosotros? ¿Puedes reunir a otros aliados en tu familia? ¿Hay alguna parte de Charlie Swan que siga dentro de ti?

Carlisle me estaba provocando de nuevo, usando la propia traición de mi padre a su familia para comprarme, y de nuevo, funcionó.

Pensé en Alice, Kate, Em, y Benjamin. Los chicos serían más difíciles de convencer, pero la atracción de Kate y Alice por los chicos Cullen podría funcionar a mi favor. Tomé otra resolución, en ese mismo momento. Fue una decisión que, una vez más, cambiaría el curso de mi vida para siempre.

—Sí —dije con una voz más fuerte y valiente de la que realmente sentía mientras Edward besaba suavemente mi sien—. Creo que sé exactamente cómo ganar aliados.

Carlisle sonrió una sonrisa lenta y retorcida mientras fumaba el cigarro. El humo se elevaba alrededor de su cabeza, haciéndolo parecer un ángel atractivo pero malvado.

—Buena chica —dijo, mientras la sonrisa se agrandaba más y el humo salía de sus labios.

Edward me llevó a casa justo antes de medianoche. Se detuvo al final del camino de entrada, justo donde me había recogido esa noche.

Rodeé su cuello con mis brazos y permití que me jalara firmemente hacia su cuerpo. Los fuertes músculos de su pecho y abdomen se presionaron contra la suavidad del mío. Gemí en su boca cuando nuestras lenguas se encontraron. Una pequeña parte de mí gritaba que estaba besándome con el diablo y que, con el tiempo, me arrastraría al infierno.

Era demasiado tarde para echarse atrás. Ya se había tramado un plan mientras viajábamos de Birchwood de regreso a Mayhaw, y no pasaría mucho tiempo antes de que se pusiera en marcha.


Bueno, parece que Charlie, Carlisle y el papá de Edward eran amigos, ¿qué hubieran pensado de su relación si estuvieran vivos? Al menos, ya saben que el enemigo es Aro, ¿pero cómo se desharán de él?

Gracias por leer :)