Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Hoodfabulous, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Hoodfabulous. I'm only translating with her permission.


Capítulo 25

En mis Huesos

"Morir es una noche salvaje

y un camino nuevo."

~Emily Dickinson~

Los minutos, las horas, y los días transcurrieron lentamente después de la sobredosis de Alice. Temía por mi hermana. Ella no se había vuelto a mover, ni una sola vez desde ese pequeño tic de su dedo.

Edward, el sol de agosto, y mi estado perpetuo de preocupación ahora eran las únicas constantes en mi vida.

Edward permaneció diligentemente a mi lado; él era mi roca, mi fuerza, a través de las pruebas tormentosas de esos interminables días de verano. Ignoró los susurros, las miradas y las caras molestas de mi familia durante el tiempo que pasamos en el hospital, poniendo una expresión estoica e inquebrantable en su rostro. Los únicos parientes míos no afectados por su presencia fueron Kate y Nana.

Emmett lo miraba con cautela, sin duda recordando el incidente que involucraba a Rose, el cual no le habíamos explicado. Había cosas mucho más importantes en nuestras mentes que la presencia disgustada de Emmett.

Jasper resistía la tormenta con nosotros también. Nunca estaba lejos de Alice. Él, como Edward y yo, permanecían cerca de ella en todo momento. La ropa arrugada de Jasper eran las mismas que vistió la noche en que encontramos a Alice. Una mancha de sangre seca se destacaba claramente cerca del borde de su camiseta blanca. Su cabello rubio estaba despeinado y ligeramente grasiento. Decir que necesitaba urgentemente una buena ducha caliente era quedarse corto. Diablos, todos lo hacíamos. Había tratado de convencerlo de que se fuera a casa para bañarse y descansar, pero se negó.

La culpa rebosaba de las oscuras profundidades de sus ojos azules, y sabía que de alguna manera se culpaba a sí mismo por la condición de Alice.

La constante presencia de mi madre era nada menos que incómoda y desafortunada. Se sentaba en un pequeño sillón reclinable durante días, sus piernas cuidadosamente dobladas debajo de ella mientras hojeaba las páginas de una revista vieja. Cuando se cansaba, apoyaba la cabeza contra el viejo sillón, sus rizos castaños desplegándose sobre la rígida tela de color salmón.

No podía comprender cómo mi madre podía dormir tan fácilmente. Yo solo había dormitado por un par de horas esos primeros dos días, e incluso entonces solo fue por puro agotamiento.

No importaba cuánto tiempo reflexionara sobre mi madre, jamás podría comprender por qué se quedaba en el hospital. Esperaba que ella llegara e interpretara el rol de la madre triste, pero nunca esperé que permaneciera diligentemente al lado de Alice. Especialmente al descubrir con quién estábamos saliendo Alice y yo.

Renée Swan estuvo furiosa al enterarse de lo de Edward, de eso no había dudas. No estaba segura de por qué, considerando su antigua relación con James.

Primero vino el asombro de Renée, y entonces su enojo ardiente. Me miraba con los labios apretados en una fina línea. Le supliqué. Le supliqué a esa mujer que me dijera qué estaba pensando, qué pasaba por su mente. Permaneció en silencio, optando por sentarse en ese maldito sillón reclinable rígido y leer, irónicamente, la revista Padres.

La presencia de mi madre no solo era indeseada para mí, sino que para Nana también. Nana visitaba frecuentemente en intervalos cortos y llamaba constantemente. Durante sus visitas, mimaba a Alice, le ajustaba la sábana y la manta fina a su alrededor, mientras observaba ansiosamente su rostro. Nana aferraba su mano y le daba palmaditas, yéndose eventualmente mientras luchaba en vano por ocultar sus ojos llorosos.

Suponía que todos nos sentíamos un poco culpables por Alice. Lo veía en los ojos llorosos de Nana, lo sentía emanar de su cuerpo mientras se marchaba en silencio. Se culpaba a sí misma, así como Jasper lo hacía, permitiendo que los "qué hubiera pasado si..." se repitieran una y otra vez en su cerebro.

Mentiría si dijera que no los culpaba un poco a ambos por la sobredosis de Alice. La acusación era más fácil de tragar que el duro nudo de mi propia culpa que se quedaba constantemente incrustado en mi garganta. Yo era la protectora de mi hermana. Lo había sido desde el día en que nació. Era mi trabajo mantenerla a salvo, y le había fallado.

Me había fallado a mí misma.

El detective Uley seguía husmeando de vez en cuando, aunque se mantenía bastante neutral con mi familia y conmigo. Estábamos familiarizados con los agentes. Siempre lo habíamos estado, y siempre lo estaríamos, por lo que su aparición no nos molestaba mucho. Simplemente contestábamos sus preguntas y luego lo ignorábamos, como lo habíamos hecho en los años anteriores cuando el FBI o la DEA intervinieron.

Había dos personas que, convenientemente, faltaban en todo esto: el tío Aro y Royce King.

Una vez que a Alice le quitaron el respirador y comenzó a respirar por sí misma, la frecuencia de las visitas de nuestro tío disminuyó hasta que eventualmente cesaron por completo. Alice aún no se había despertado, pero me aferraba a la esperanza, rezando para que mi hermana mejorara, despertara y explicara los eventos que tuvieron lugar la noche de su sobredosis.

La desaparición de Aro no dejaba de pasar por mi mente, haciendo que me sintiera toda inquieta y confusa por dentro. Seguía sospechando de él, creyendo que posiblemente había contratado o sobornado a Royce para que asesinara a mi hermana. Era demasiado conveniente cómo Aro se fue del partido de fútbol, que la camioneta de Royce fuera encontrada en el bosque cerca de nuestra casa, y el moretón con forma de mano en el cuerpo de Alice.

Recordé las palabras de Kate sobre cómo Ben vendía drogas para Aro. Pensé en cuestionar a Ben, pero al final me contuve; él no era de fiar. Lo último que necesitaba era que le avisara a Aro que yo estaba al tanto de todo.

Fue un sábado cuando la vida se fue a pique, llevando nuestro mundo hacia un tornado de caos. Me desperté con el cuerpo entumecido por el sillón reclinable duro e incómodo que compartíamos Edward y yo.

Normalmente los dos nos recostábamos abrazados, aunque a veces me subía a la cama de hospital de Alice y me acostaba junto a mi hermana. Sin embargo, esa mañana me desperté sola, sin nada más que la suave respiración de mi hermana para consolarme y el sonido de los incesantes ronquidos de mi madre.

Me estiré y bostecé antes de levantarme del sillón. Al mirar a través de las persianas, noté que estaba por amanecer. El sol apenas se asomaba por el horizonte, cubriendo la mañana húmeda con un ligero resplandor naranja.

Después de ir hacia el baño arrastrando los pies y cepillarme los dientes, asomé la cabeza hacia el pasillo. Mis ojos se posaron en dos siluetas muy conocidas que se encontraban de pie en el largo pasillo del hospital.

Aro y Billy Black.

Me escondí en la habitación de Alice y observé a los dos hombres conversar, con expresiones solemnes en sus rostros. Sus miradas se posaban en la puerta de Alice a veces, pero estaba segura de que los dos hombres no podían verme a través de la delgada grieta entre la puerta y la pared. Hablaron largo y tendido antes de darse la vuelta y caminar por el pasillo que conducía a los ascensores, y finalmente desaparecer de mi vista.

Comencé a alejarme de la puerta, pero me detuve al ver a Edward salir de un cuarto cerca de donde Aro y Billy acababan de estar. El rostro de Edward estaba contraído por la angustia mientras caminaba hacia el cuarto de Alice, sus ojos oscuros y decididos. Abrí la puerta suavemente, revelándome por completo ante él cuando captó mi mirada curiosa.

Edward se detuvo en la puerta y miró hacia adentro para ver a Renée todavía acurrucada y durmiendo en el sillón reclinable de color salmón. Me hizo un gesto para que lo siguiera, con los ojos nublados por la emoción. Eché un último vistazo al cuarto de mi hermana antes de salir y cerrar la puerta silenciosamente detrás de mí.

—Tenías razón —susurró, mirando hacia el largo pasillo donde Aro y Billy estuvieron de pie—. Tenemos que sacar a Alice de aquí.

—¿Por qué? ¿Qué está pasando? —pregunté, con el corazón contrayéndose en mi pecho.

—Convencí a Jasper de que fuera a casa a asearse —explicó—. Entonces, fui a tomar una Coca-Cola de la máquina expendedora. Volvía al cuarto de Alice cuando escuché a Aro y a Billy hablando. Me escondí en un cuarto vacío y me ubiqué cerca de la puerta para escuchar.

»—Todos están involucrados, Bella. Aro, Billy, y Royce. De eso estaban hablando. Billy era el vigía. Vigiló tu casa la noche de la sobredosis de Alice. Llamó a Royce después de que te fuiste al partido, y luego llamó a Aro cuando llegamos. Estuvo allí, Bella. En algún lugar de tu propiedad todo el tiempo. Observando, esperando.

—Oh, por Dios —susurré—. Lo sabía. Lo sentía en mis huesos. Daba vueltas en mi cabeza. Sabía que todos estaban involucrados en esto juntos.

»—Cuando Alice despierte, ¡les contará a todos lo que pasó! Será suficiente para que los encierren a todos.

Edward me miró fijamente durante un largo momento. Sus ojos moviéndose por mi rostro, estudiando cuidadosamente mis rasgos. Su mandíbula estaba apretada, el músculo debajo de la piel resaltaba mientras me observaba pensativamente.

—¿Y si no despierta, Bella? —preguntó finalmente, su voz suave y firme—. ¿Y si Alice nunca se despierta? Se saldrán con la suya. Se saldrán con la suya matando a todos. No podemos dejar que se salgan con la suya, Bella. Además, no creo que Aro planee que Alice se despierte.

—¿A qué te refieres? —susurré.

—Aro no puede arriesgarse a que Alice se despierte —explicó, pasándose los dedos por el cabello—. De eso estaban hablando los dos. Ese agente ha estado husmeando. El médico dijo que Alice debería recuperarse bien. Aro está nervioso. Las personas nerviosas hacen locuras. Creo que tratará de matar a Alice, de alguna forma. Quizás le pagará a alguien; quizás consiga que una enfermera mezcle su medicación con algo letal. Quizás...

—¡Detente! —exigí, levantando mi mano y sacudiendo la cabeza—. ¡No quiero saber tus teorías de cómo va a matar a mi hermana! ¡Necesito saber cómo salvarla! ¿Qué sugieres?

—Que le ganemos en su propio juego —respondió con frialdad.

—¿Cómo?

—No estoy seguro de qué hacer. —Suspiró, pasándose los dedos por el cabello con frustración—. Pero conozco a alguien que podría hacerlo. Llamaré a Carlisle.

~DSDW~

—Alice, realmente te ves como la mierda —murmuró Kate más tarde ese día, quitando la pierna pálida y flácida de mi hermana de debajo de la fina manta color menta—. Estar en coma no es una excusa para la falta de una buena higiene personal.

Kate lentamente comenzó a pintar las uñas de los pies de Alice de un color rojo sangre audaz, el color resaltaba contra su piel pálida. Alice permaneció en su sueño tranquilo, sus largas pestañas negras descansaban suavemente contra sus mejillas, ajena a los insultos y mimos de nuestra prima.

Tenía un libro de texto en mi regazo, como lo había estado durante todo el día. No podía decirte de qué asignatura se trataba. Kate recogía mis tareas escolares todos los días, trayéndolas al hospital así podía hacerlas en los confines del cuarto de Alice.

Había algo sobre ese día en particular que robaba mi atención de las páginas que tenía frente a mí. Podría haber sido el constante ir y venir de los médicos durante todo el día, confundidos por el estado de mi hermana. No podían encontrar ninguna razón médica para su estado de inconsciencia. Tal vez era la tensión de las miradas crueles de mi madre que pesaban sobre mi mente, o la idea de que Aro lastimara a mi hermana. De cualquier manera, mi tarea permaneció en mi regazo, intacta.

—Todavía no puedo lo de ustedes tres —comentó Makenna, doblando las piernas debajo de ella en el sillón en el que normalmente descansaba mi madre—. Saliendo con chicos Cullen.

Renée había salido de la habitación temprano para tomar una taza de café. Estoy segura de que ella simplemente estaba cansada de las miradas incómodas que recibía de Kate, Jasper, Edward, y yo.

Edward y yo seguíamos en nuestro lugar habitual, acurrucados en la silla reclinable junto a la cama de Alice. Él trazaba patrones en mi brazos descubiertos mientras Kate y Makenna hablaban. Se me erizaba la piel con cada movimiento de su dedo. Escuché su suave risita junto a mi oído, mi cabeza descansaba en el hueco de su cuello. Estaba contenta en sus brazos, incluso durante las preguntas de mi prima sobre nuestra relación, y el estado inconsciente de mi hermana.

—Ben está furioso, para su información —continuó Makenna, tomando el esmalte de uñas de Kate, que la miraba molesta. Pasó el pincel por el dedo gordo del pie de Alice, cubriendo la uña con el furioso color—. Dice que son unas traidoras. No puedo creer que tus padres no se hayan vuelto locos, Kate.

—Oh, sí que lo hicieron —respondió Kate, con la cabeza bien alta y mirando por encima del hombro a nuestra prima—. Estaban molestos, pero ¿qué van a hacer? ¿Dispararme? ¡Ja! Aro, tal vez, pero no ellos.

—Sí, Aro está muy cabreado —siguió Makenna, su voz ligera y despreocupada—. Lo escuché hablando con papá en la oficina. Todos asumen que no tengo ni idea, que ando por ahí con la cabeza en las nubes. Sé lo que está pasando.

—¿A qué te refieres? —preguntó Kate con sospecha, sus ojos azul cristalino entrecerrándose al ver el rostro imperturbable de Makenna—. ¿Qué les escuchaste decir?

—Estaban discutiendo. —Se encogió de hombros, terminando la última uña del pie, y metiendo el pincel en el envase antes de volver a enroscarlo—. Su secretaria llamó diciendo que estaba enferma y necesitaban a alguien que la cubriera. Estaba llenando el papeleo para papá cuando entró Aro furioso. Cerró la puerta de un portazo detrás de él, pero aún así pude escuchar cada palabra.

La voz de Makenna se fue apagando. Sus ojos color cacao se levantaron y se posaron en el rostro dormido de Alice, su mejor amiga.

Makenna estaba tomando una decisión en ese mismo momento, y todos podíamos notarlo. Los cuatro nos quedamos en silencio, optando por esperarla. Al final, respiró profundamente, y entonces habló en un susurro rápido y frenético.

—Todos están metidos en esto —admitió, mirando entre Kate, Jasper, Edward y yo—. Aro es el cabecilla. Todo fue idea suya, pero Marcus, Alec, y Felix harán lo que él les diga.

»—Han estado trabajando con James Cullen y un hombre llamado Liam durante años. Estaban planeando acabar con Carlisle pronto, apoderarse de sus contactos para poder construir su propio imperio.

»—Todas ustedes arruinaron sus planes, empezaron a husmear, a meterse con los Cullen. Te tienen miedo, Bella. Tienen miedo de ti y de Alice, están aterrados de que tengas algún tipo de información sobre la muerte del tío Charlie.

»—No confían en James. Trabajan con él, pero no confían en él. No puedes confiar en nadie en el juego. Él tiene algo que vincula a Aro con la muerte de Charlie, pero no sé qué es. Tienen miedo, ¿sabes? Tienen miedo de que James les haya dado toda la información.

—¿Por qué nos estás contando esto? —pregunté, mi corazón latía frenéticamente en mi pecho.

—Porque Alice es mi mejor amiga —respondió Makenna en voz baja—. Ella siempre ha estado allí para mí. Amo a mi padre, pero lo que él y sus hermanos están haciendo está mal. Lo siento, Kate, que hayas tenido que enterarte de lo del tío Félix de esta manera.

—Mi padre es un perro sucio. —Kate suspiró—. Amo al bastardo por el simple hecho de que es mi papá, pero eso no hace lo que hizo esté bien. Necesitamos esa evidencia.

—James todavía no habla —murmuró Edward, llamando nuestra atención mientras seguía acariciando lentamente mi brazo, al parecer felizmente perdido en la acción mientras sus ojos seguían el movimiento de sus dedos.

James todavía no habla. ¿Eso quería decir que él y Liam seguían en el sótano de Carlisle? Esa pregunta seguía siendo tácita. No estaba segura de si Edward se sentía lo suficientemente cómodo como para hablar sobre James y Liam frente a Makenna. Guardé mi pregunta para otro momento.

—No importa —dijo Jasper, finalmente rompiendo su silencio.

Jasper estaba tan callado que casi me había olvidado de que estaba allí. Se sentaba en el lado opuesto de la cama de hospital de Alice, sujetando con cariño una de sus manos flácidas entre las suyas. La miraba con tristeza, sus profundos ojos azules ahogados en preocupación.

Kate abrió la boca, posiblemente para preguntar el significado de su simple declaración, pero fue interrumpida por el chillido de una alarma. El sonido era estridente, del tipo que te dejaba los oídos palpitando y el cerebro sangrando.

—¡Mierda! —exclamó Makenna, presionando las manos contra sus orejas cuando se escuchó el estruendo ensordecedor—. ¿Qué demonios es eso?

—Es la alarma de incendios —gritó Kate, tapándose los oídos, sus ojos muy abiertos y llenos de pánico.

Había un revuelo de actividad fuera de la puerta abierta de Alice. El personal corría, dando vueltas, y gritándose frenéticamente unos a otros por encima del ruido ensordecedor.

Arrojé mis libros al alféizar de la ventana cercana, me levanté, siguiendo a Kate y a Makenna hasta la puerta. Las tres miramos hacia el pasillo, con Edward y Jasper detrás de nosotras. El grupo comenzó a mirar de un lado a otro por el pasillo, tratando de ver a qué se debía todo ese alboroto.

Un hombre alto que vestía pantalones caqui, una camisa azul, y una bata blanca se detuvo cerca de la puerta. Sus cejas gruesas y oscuras estaban fruncidas con preocupación mientras aferraba una tabla sujetapapeles en sus manos y señalaba hacia el pasillo.

—Necesitan salir de aquí —gritó con voz firme pero tranquila—. Hay un incendio en el segundo piso. Deben tomar la escalera y salir del edificio lo más rápido posible.

—¿Qué hay de mi hermana? —pregunté, extendiendo la mano y agarrando el brazo de Kate en busca de apoyo—. ¿Qué hay de los otros pacientes?

—Nos ocuparemos de ella —me aseguró—. Estamos bien preparados. Tenemos simulacros de incendio con frecuencia. Ahora, hagan lo que les digo y salgan del edificio lo más rápido posible.

Kate y Makenna asintieron, pero yo permanecí en mi lugar, negándome a abandonar a mi hermana, es decir, hasta que Edward plantó sus manos en la parte baja de mi espalda, guiándome suavemente fuera de la habitación.

—Tenemos que irnos —gritó por encima del estridente sonido de la alarma.

—¡No! ¡No dejaré a Alice! —grité, extendiendo una mano y aferrando el pasamanos del pasillo mientras Edward comenzaba a alejarme.

—Sí que lo harás, carajo —gruñó, rodeándome con sus brazos, y arrastrándome por el pasillo—. No voy a dejarte en un edificio en llamas, Bella. No me importa quién más se quede atrás, siempre y cuando no seas tú.

Luché contra él, pero se mantuvo firme y me jaló, pateando y gritando, hacia la salida de incendios. Alcancé a ver los ojos preocupados de Jasper, que estaba de pie, dividido, en la puerta de Alice. Miró hacia su habitación antes de volver a mirarme una vez más. Le supliqué que cuidara a mi hermana, una súplica silenciosa, y asintió con la cabeza, firme y comprensivo.

Un guardia de seguridad corpulento, vestido de azul marino, apareció cerca, gritando y exigiendo que Jasper saliera del edificio. Jasper permaneció quieto hasta que el guardia envolvió sus manos rechonchas alrededor de los brazos de Jasper y lo alejó de la puerta, empujándolo en nuestra dirección. Jasper comenzó a protestar, levantando la voz por encima del sonido de las alarmas. El guardia gritó en respuesta, su mano suspendida sobre el taser en su cinturón. Jasper, a regañadientes, caminó hacia nosotros, mirándome con una expresión solemne y de disculpa en el rostro.

El estacionamiento y la exuberante y verde área de césped frente al centro médico Birchwood estaba lleno de individuos preocupados. Nos unimos a ellos, observando el gran edificio gris frente a nosotros. El humo se elevaba desde el piso inferior del hospital, cerca de un ala no muy lejos de donde se encontraba yacía Alice felizmente inconsciente de los problemas del mundo exterior.

Mi madre apareció cerca, frenética y llorando. La escuché gritar mi nombre, tirando de la manga de mi camiseta, pero le presté poca atención. Mi piel se erizó mientras una sensación extraña, pero familiar, me invadía lentamente.

—Algo no va bien —le susurré a Edward, quien miraba con curiosidad al edificio—. Este incendio... no es una coincidencia.

Podía sentirlo, susurrándome al oído, metiéndose en mi mente, calándose en mis huesos. El incendio dentro del hospital, muy cerca dónde se encontraba mi hermana, era un plan cuidadosamente armado.

~DSDW~

Tres días después...

Me desperté aturdida y desorientada. Abrí los ojos y miré a mi alrededor, momentáneamente confundida por el entorno tan diferente a lo que normalmente me encontraba al despertar.

La sábana y el edredón de la cama eran más acogedores que las sábanas de mi cama en casa, y de un color completamente diferente. La tenue luz de la mañana se filtraba perezosamente a través de una ventana en el lado equivocado de la habitación, calentando mi pierna izquierda en vez de la derecha. El techo al que miraba era completamente blanco, desnudo, sin siquiera un rastro de las estrellas de plástico baratas con su tenue resplandor matutino.

Mi corazón se aceleró cuando la cama se movió. Escuché un gemido ahogado de debajo de las sábanas a mi lado. Era un gemido muy familiar y muy sexy. Era un sonido completamente familiar a los que él hacía durante nuestros arranques de pasión, e hizo que mi corazón se acelerara. Tentativamente, extendí la mano a mi costado, apartando las sábanas de algodón de encima del cuerpo largo y despeinado que tenía a mi lado, mirando directamente a los ojos verde musgo, entrecerrados y soñolientos, de Edward.

Cuando nuestros ojos se encontraron, los suyos se iluminaron. La confusión se esfumó de su rostro y fue reemplazada con una sonrisa torcida y perezosa. Sentí mariposas revoloteando en la boca de mi estómago al sentir sus dedos deslizarse debajo de la sábana. La yema de sus dedos ligeramente ásperos rozaron la piel desnuda de mi vientre.

—Buenos días, cariño —susurró, su voz teñida de sueño—. Un hombre puede acostumbrarse a esto.

—¿Acostumbrarse a qué? —pregunté con una sonrisa cómplice en mi rostro mientras sus dedos se deslizaban hacia abajo.

Simplemente quería escucharlo decir las palabras, disfrutar del calor de su amor. Era lo único que me mantenía unida después de la sobredosis de Alice, después del incendio en el hospital y después... del resto.

—Podría acostumbrarme a despertarme a tu lado todos los días —contestó, haciendo que las mariposas bailaran desde mi estómago hasta mi pecho—. Para siempre.

—Eso es tan dulce —murmuré.

Edward esbozó una sonrisa perezosa. Luego deslizó sus largos dedos debajo de mis bragas. Jadeé ante la sensación de sus dedos rozando mi clítoris. Ya estaba mojada, esperándolo.

—No hay nada dulce en lo que estoy a punto de hacerte. ¿Sabes lo pecaminosa que te ves en la luz de la mañana? —preguntó, alzando una ceja y riéndose ante los gemidos que se escapaban de mis labios.

Mis palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, alojadas allí por las emociones que recorrían mi cuerpo. Mis dedos de los pies se curvaron, aferrando las suaves sábanas entre ellos mientras mis caderas se levantaban involuntariamente de la cama.

Extendí una mano y agarré su cabello, pasando mis dedos por los mechones, jalando con fuerza. Él gimió, sus ojos se oscurecieron, apretó la mandíbula mientras sus suaves caricias contra mi clítoris se volvían más firmes, más fuertes.

De repente, quitó los dedos de mi cuerpo, dejándome jadeando, mojada, y deseosa. Lo miré con confusión, lo suficiente para que él retirara las sábanas enredadas que había entre nosotros.

Edward se ubicó entre mis piernas, su erección prominente a través del bóxer que llevaba puesto. Me miró con hambre. No tenía puesto nada más que su camiseta suave y gastada que todavía olía a su fragancia celestial del día anterior, y un par de bragas finas y húmedas.

—Completamente pecaminosa —dijo, sus ojos brillaban mientras agarraba los costados de mis bragas, las deslizaba por mis piernas, y las lanzaba por encima de su hombro.

Los dedos de Edward se deslizaron por debajo de la tela desgastada de su camiseta que yo llevaba. Mi respiración se volvió rápida y entrecortada, cuando encontró mis pezones, girándolos suavemente entre sus dedos. Una de sus manos abandonó mi pecho y comenzó a deslizarse por mi piel desnuda, provocándome donde más lo necesitaba. Empujé contra sus dedos, jadeando cuando finalmente presionó uno, luego dos, profundamente dentro de mí.

—¿Te gusta eso, nena? —Sonrió con satisfacción al escuchar mis gemidos, encantado con la forma en me hacía retorcer.

—¡Sí! —jadeé.

—¿Puedes escuchar lo mojada que estás? —Sonrió, el bastardo arrogante.

Podía hacerlo. Podía escuchar los sonidos de sus dedos deslizándose dentro y fuera de mi cuerpo resbaladizo. Era tan sucio, tan perverso el modo en que me hacía sentir. Estaba cerca del borde, tan cerca de caer, cuando finalmente gimió, se puso de pie, y se quitó la ropa interior. Regresó a mí, la sonrisa depredadora en pleno efecto mientras agarraba la parte interna de mis muslos y separaba mis piernas.

Edward me provocó un poco, presionando su polla contra mi clítoris antes de embestir con fuerza dentro de mí. Contuve un gritito, aterrada de despertar a nuestros compañeros de casa, quienes probablemente ya habían escuchado nuestras escapadas nocturnas.

Edward levantó mis piernas y colocó mis tobillos sobre sus hombros. Inclinándose, con prácticamente todo su peso haciendo presión contra mí, embistió dentro de mí implacablemente, sonriendo como el diablo con cada uno de mis gemidos ahogados.

—Tócate —me ordenó, y la sonrisa desapareció de su rostro mientras sus ojos avaros seguían la dirección en la que iba mi mano, deslizándose entre mis piernas.

Mi cuerpo estaba tenso y listo para explotar mientras él me montaba más fuerte. Levanté las caderas, sin aliento por las chispas que ardían por todo mi cuerpo. La sensación de mis dedos girando frenéticamente entre mis piernas, y Edward embistiendo y rotando sus caderas, se volvió demasiado intensa. Comencé a desmoronarme, contrayéndome a su alrededor, con la cabeza echada hacia atrás contra las sábanas mientras me corría más fuerte que nunca, una y otra vez.

Estaba agotada y exhausta por la intensidad del orgasmo. Edward bajó mis piernas de sus hombros. Se inclinó hacia abajo, el movimiento de sus caderas y muslos aumentó mientras acariciaba mi cuello con la nariz, la barba de tres días en su fuerte mandíbula quemaba mi piel de una manera deliciosamente dolorosa.

El rostro sudoroso de Edward seguía presionado contra la curva de mi cuello, sus dientes mordían suavemente mi piel sensible, cuando sentí su liberación. Mi nombre salió de su boca y sus movimientos se volvieron frenéticos una vez más, antes de disminuir la velocidad, estirándome constantemente hasta que eventualmente se detuvo. Se desplomó sobre mí, haciéndome gemir bajo su peso muerto. Edward se rio entre dientes, giró sobre un costado, y me jaló de modo que quedé a medias sobre él.

—Quedémonos así por el resto del día —sugirió tímidamente, acariciando mi brazo húmedo—. Desnudos y saciados. Tal vez tengamos una segunda ronda más tarde.

—¿Segunda ronda? —Me reí—. ¿Qué pasó con las rondas uno a tres anoche? ¿No cuentan?

—Por supuesto que sí —respondió con una sonrisa torcida—. Cada segundo de mi vida, sin importar lo que esté haciendo, cuenta para algo si estoy contigo.

Sus dulces palabras me dejaron muda. Se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas se asomaron a mis ojos. La sonrisa desapareció de sus labios cuando notó la expresión de mi rostro. Edward presionó un beso delicado en mi frente, atrayéndome hacia el recodo de su cuello mientras pasaba los dedos por mi cabello ligeramente enredado. Comenzó a tararear una melodía desconocida y relajante.

Mis ojos vagaron por la habitación mientras él tarareaba, asimilando lo que me rodeaba. Todavía me costaba creer que Esme y Carlisle me hubieran invitado a vivir con ellos, ya que apenas nos conocíamos de los encuentros breves y secretos que había tenido con su sobrino.

Tan solo hace tres días, justo después del incendio en el hospital, Edward me acompañó de vuelta a casa para recoger mis pertenencias. Caminamos por el camino de entrada de la mano, pero me detuve en seco cerca de la puerta principal, con los pies firmes en el suelo. No estaba segura de si la casa estaba limpia después de la sobredosis de Alice. La idea de ver el interior de la casa en el mismo estado de desorden me aterraba. Recordé los mechones largos de Alice, cortados en hebras desiguales, que estaban por las escaleras. La imagen provocó escalofríos.

—Quédate en mi coche y espérame —me ordenó Edward, tomando mi rostro, levantando mi rostro, y obligándome a que lo mirara a los ojos—. Entraré y empacaré tus cosas. ¿De acuerdo? No tienes que ser valiente cada segundo de cada día, Bella. Incluso la persona más fuerte tiene momentos de debilidad. Deja que cuide de ti, encanto. Es mi trabajo ahora. No quiero nada más que cuidar de ti por el resto de nuestras vidas.

Lo miré a los ojos durante un largo momento, perdida en sus palabras, en la solemnidad de su voz. En mi corazón sabía que haría exactamente eso. Pasaría cada momento de su vida cuidándome, protegiéndome, como nadie lo había hecho desde el día en que mi padre dejó la tierra.

Asentí aturdida y volví tambaleándome hacia el coche. Me subí y lo vi desaparecer en la casa con una pila de cajas. Regresó varios minutos después con la primera caja grande de cartón. Lo ayudé a cargar mis escasas pertenencias en su coche, ligeramente descorazonada de que todas las pertenencias que poseía en el mundo entraba en un solo vehículo en cuatro cajas arrugadas.

Regresamos a la casa de Edward y me sentí un poco tímida. Era una extraña e incómoda sensación a la que no estaba acostumbrada.

Esme nos recibió en el vestíbulo y nos ayudó a cargar las cajas arriba. Me detuve cerca de la puerta del cuarto de Edward mientras Esme entraba. Asomó la cabeza unos momentos después, mirándome con curiosidad desde donde estaba.

—Bueno, no te quedes ahí parada —bromeó, una sonrisa en su rostro y un brillo en sus ojos—. Vamos, entra.

—¿Quieres... que me quede en el cuarto de Edward? —pregunté con vacilación, sin estar segura de si no era una especie de prueba de madre secreta que me estaba haciendo.

Esme me miró fijamente por un largo rato, con nada más que humor en sus ojos.

—Chica tonta. —Se rio—. Soy vieja, pero no estúpida. ¿Honestamente puedes decirme que tú y Edward no se colarán en el cuarto del otro ni bien se apaguen las luces por la noche? ¿Los dos pueden mantenerse lejos del otro todas las noches?

Edward habló antes de que tuviera la oportunidad de siquiera comenzar a procesar sus palabras.

—De ninguna manera —gruñó, agarrándome la mano y llevándome hacia el cuarto.

—Eso es lo que pensé. —Ella se rio—. Pon tus cosas en el cuarto de Edward y aseate. La cena estará lista en una hora.

Sacudiendo la cabeza con diversión, Esme arrojó la caja que sostenía sobre la cama de Edward y salió de la habitación.

Esme tenía razón, por supuesto. Pasamos esa primera noche sin hacer nada más que besarnos, tocarnos, y explorar; aprendiendo del otro, y enseñándonos mutuamente lo que cada uno deseaba desesperadamente. Fue una distracción de los días anteriores, una manera de escapar de las emociones que nos negábamos a enfrentar ahogándonos el uno en el otro.

Edward se metió en la cama conmigo aquella primera noche, con una sonrisa casual en el rostro. Me levantó la camiseta de un tirón y succionó un pezón duro entre sus dientes. Mis dedos trazaron su espalda mientras él lamía y jugaba, turnándose en cada pezón. Mis uñas se hundieron en su piel caliente. Sonreí cuando él gimió, ya duro, embistiendo contra mí.

Le rogué que me tomara. Y lo hizo, una y otra vez, enterrándose profundamente dentro de mí. Necesitaba la liberación, necesitaba sentir algo, cualquier cosa que no fuera la incertidumbre del futuro; un futuro sin mi hermana, un futuro donde Edward y yo estábamos juntos, uno al lado del otro, expuesto para que todo el mundo lo viera.

Rodeé su espalda con mis piernas, presionando mis talones bruscamente contra sus músculos rígidos, obligándolo a acercarse a mí. Él sintió la desesperación en mi cuerpo, la vio en mis ojos. Su respiración se aceleró, irregular y profunda, y en poco tiempo entró en mí sin previo aviso. Grité. Me miró fijamente a los ojos. Y entonces, embistió en mí, llenando ese dolor, calmando la sed siempre presente que tenía por él, por su cuerpo, por la sensación de sus fuertes músculos contra mis suaves curvas.

Encontramos nuestro éxtasis, luego lo buscamos una y otra vez, hasta que Esme golpeó la puerta, informándonos que no estaba sorda. Nos reímos, y las ansiedades de los días anteriores se esfumaron por un breve período de tiempo. Se sintió bien. Se sintió tan bien sonreír y reír, perderme en sus brazos fuertes y reconfortantes, contra su cuerpo húmedo y resbaladizo. Por ese breve momento, fui libre. Estuve completa. Era solo Bella, y él era solo Edward. Las cosas eran simples, y estábamos enamorados.

Todo se vino abajo a la mañana siguiente, después de nuestra sesión de sexo. Tomé una ducha larga, limpiando completamente el olor a sexo de mi cuerpo. Rose estaba sentada en la cama esperándome cuando volví a entrar en el cuarto de Edward, un par de tacones negros en su regazo. Un vestido negro a su lado.

Rose silenciosamente salió de la habitación el tiempo suficiente para que me pusiera el vestido. Llamó a la puerta unos minutos después y murmuré que entrara. Me miró con una expresión suave y comprensiva en su rostro.

Me senté en el borde de la cama de Edward mientras ella acercaba una silla, pintando mi rostro silenciosamente con maquillaje que sacaba de un bolso grande. Se tomó su tiempo, peinándome y rizando mi cabello, dejándome bonita para mi hermana.

Cuando terminó, me hizo un gesto para que la siguiera al baño, pero negué con la cabeza. No quería ver a la chica en el espejo, demasiado preocupada de que hubiera un atisbo de miedo, de falsedad mirándome.

Rose frunció el ceño ante mi negativa, que rápidamente desapareció cuando se abrió la puerta del cuarto. Edward me dio una pequeña sonrisa, sus ojos nunca dejaron los míos mientras entraba al cuarto y me envolvía en sus brazos. Mis labios temblaban, pero luché contra las lágrimas, aterrada de dejar caer la máscara que esperaba, que rezaba, que permaneciera intacta ese día, y durante el resto de los días siguientes.

—Puedes hacer esto —susurró, presionando un beso en mi frente—. Sigues siendo la Bella fuerte y valiente de la que me enamoré. Puedes hacer esto.

Respiré profundamente y asentí. Edward dejó caer sus brazos y entrelazó sus dedos con los míos. Me sacó del cuarto con Rose siguiéndonos por detrás. Bajamos la larga y sinuosa escalera. Nos encontramos con Carlisle y Esme al pie de la escalera, luciendo como dos modelos en sus mejores prendas de domingo.

Los cuatro subimos al coche de Carlisle y salimos de su entrada por la larga y sinuosa carretera rural. Dejamos Birchwood vestidos de luto y nos dirigimos a Mayhaw para despedirnos de mi hermana por última vez.