Personajes: Sirius, Remus y Severus

Tropo: romance de segunda oportunidad

Aviso: universo del día 16


En la vida de Sirius había varias certezas que lo sostenían:

1- Remus era su persona. Eso era una verdad absoluta, la mera existencia de Remus justificaba la suya.

2- James era su hermano. ¿Había sido difícil conciliar su relación con Regulus? Sí, durante un tiempo. Pero porque temía por Regulus y su desastre emocional si el matrimonio Potter decidía dejarlo atrás.

3- Regulus era su debilidad, proteger a su hermano se había convertido en la adolescencia en una obsesión. Y en un fracaso absoluto cuando lo habían capturado que casi acaba con él.

4- Odiaba ferozmente a Severus Snape. Según Remus, el único capaz de desentrañar las madejas que eran normalmente sus sentimientos, culpaba a sus padres de haber hecho de él un inválido emocional, no era odio, eran unos celos furibundos. Porque Severus había sido capaz de entender a Regulus mucho mejor que él y convertirse en su mejor amigo, y porque el oscuro Slytherin había conquistado su espacio en la escuela calladamente a base de trabajo y una mente brillante.

En un momento dado, al salir de la escuela, se quedó un poco solo con ese odio. La guerra era una realidad fuera y el papel de Snape en ella había sido un descubrimiento que le había hecho replantearse cosas.

Ese verano tras graduarse habían ocurrido muchas cosas. Se había enfurecido hasta enloquecer porque su hermano había sido marcado. No lo entendía, no entendía como James había permitido eso, no entendía porqué Regulus había accedido, para él todo era culpa de Snape.

Su reacción fue todo lo desproporcionada que cabía esperar viniendo de él cuando llegó a la primera reunión de la recién creada Orden del Fénix y se encontró a James y Lily charlando en susurros con Snape en una esquina de la tuvo que sujetarlo, y quitarle la varita, y volverlo a sujetar porque quería usar sus puños contra él. Quería herir a alguien para poder digerir que su hermano había elegido ser un mortífago sin ni siquiera hablarlo con él.

— ¿Qué demonios hace aquí? —cuestionó a James, que los acompañó a Remus y a él afuera para que se calmara.

— Es parte de la Orden.

— ¿Quién se ha creído esa mierda?

James suspiró y se acarició el puente de la nariz debajo de las gafas.

— Dumbledore les ha pedido que se infiltren en los mortífagos — le explicó por fin, sin mirarle.

— ¿Les? ¿A quiénes? —preguntó Sirius escamado.

— A Regulus y a él. Aprovechando sus contactos y…

Sirius no lo dejó acabar, agarró a su mejor amigo de la pechera y lo agitó fuerte.

— ¿Permitiste a mi hermano tomar la marca para espiar para la orden? ¿Estamos todos imbéciles? ¡Aún va a la escuela!

— Cálmate, Sirius —intervino Remus, tratando de abrir sus dedos para que soltara a su amigo.

— ¡No quiero calmarme!


Entonces no sabía Sirius la cantidad de veces que maldeciría a Dumbledore por su idea. Y a James por apoyarla y a Snape, porque no había quien le sacara de la cabeza que era también responsable de alguna manera de aquello. Hasta que un día, estando ya los Potter en una casa segura en la primavera del 81, Dumbledore le convocó en otra de las casas seguras.

Cuando se apareció en el refugio, una pequeña casa en la ladera de una montaña en Gales, se encontró con que no era el único convocado: sentado en el suelo junto a la chimenea estaba Remus. Sin dudarlo, se acercó y se agachó junto a él para abrazarlo estrechamente. Llevaban trabajando en distintas misiones desde navidad, apenas se habían cruzado en las noches de luna llena, que Sirius exigía poder pasar con él.

— ¿Cómo estás? —le preguntó, acariciando su rostro desmejorado.

— Mejor ahora que te veo —respondió Remus, con la nariz en su cuello.

Lo apretó más contra él y se quedaron allí unos minutos, confortados por el calor de la chimenea y la cercanía del otro.

— ¿Tú sabes qué quiere Albus? — preguntó al cabo de un rato mientras le ayudaba a levantarse y sacaba la varita para limpiar un par de sillas.

— No. Pero debe ser importante, me dijo que debía abandonar la misión.

— A mí también.

Los dos se miraron con angustia, cogidos de la mano. Las muertes estaban a la orden del día y eso incluía a los miembros de la orden. Esa cita no era una buena señal de ninguna de las maneras.

Antes de que pudieran comenzar a especular sobre cuál sería el problema, el sonido de una aparición les hizo girarse y allí estaba Dumbledore, envuelto como siempre en una de sus túnicas chillonas. Y otro individuo oscuro y muy reconocible que hizo que Sirius levantara la varita inmediatamente.

El primer gesto de Dumbledore fue estirar la mano para enganchar la varita de Sirius y hacer que la bajara.

— No es el momento de esto, Sirius. Tenemos que hablar.

— Eso hemos imaginado cuando nos has citado aquí, Albus —intervino Remus, apretando el brazo de Sirius para que se mantuviera callado—. ¿Quién?

— Tienen a Regulus.

La voz de Snape era excesivamente ronca, casi rota, como si hubiera estado masticando cristales.

— ¿Qué has dicho? —Sirius se puso de pie, tirando la silla por la violencia del gesto.

— Supe que iban tras vosotros, para sacaros el paradero de los Potter. Sabíamos que habían torturado hasta la muerte a Meadowes y McKinnon por lo mismo y Regulus decidió boicotear el plan.

— ¿Me tomas el pelo? ¿Y tú porqué estás aquí? ¿Por qué demonios lo dejaste solo? ¡Maldita sabandija cobarde! —gritó Sirius con los puños apretados, inclinado hacia delante, con Remus sujetándolo por la cintura.

— Si Severus no estuviera aquí, no sabríamos que tenemos que rescatar a Regulus —intervino Dumbledore—. Y que vosotros estáis en peligro.

— Y que Marlene y Dorcas están muertas, Sirius —susurró Remus a su lado.

— Oh, Merlín. —Sirius se tambaléo y Remus tuvo que sujetarlo— Dime que vais a rescatar a mi hermano, Albus —le exigió, agarrando su túnica en un puño apretado.

— Lo vamos a intentar.

— ¿Intentar? —gritó— Tú metiste a un chico de diecisiete años a espiar, tú eres el responsable de todo lo que le pase a Regulus.


Cuando llegó la noticia del rescate de Regulus, tres largos meses después, Sirius tuvo claro que su hermano necesitaría a James y Lily, que habían sufrido el encierro y la impotencia como él. Pero también tuvo claro que ellos tres necesitaban celebrar.

Esas doce semanas encerrados juntos habían servido para que él y Severus pelearan hasta la extenuación, al menos los primeros días. Luego llegó la luna llena y descubrió un par de cosas de su tercero forzoso: a Snape le aterraba Remus, lo que había pasado en Hogwarts le había marcado a fuego, pero era una persona incapaz de no hacer nada si alguien estaba mal.

Había aparecido por la mañana temprano en la habitación, cuando él acababa de ayudar a Remus a acostarse, con varias pociones y ungüentos, y le había ayudado a cuidarlo y acomodarlo en silencio. ¿Habían discutido después de eso? por supuesto, pero con el tiempo había asumido que esa era su manera de comunicarse.

La convivencia que había comenzado siendo una situación muy tensa había evolucionado lentamente hasta ese día en el que había llegado el patronus de Arthur informando de la liberación de Regulus. Remus, que tenía una capacidad mayor para comprender emociones ajenas, había abrazado a Severus cuando, tras desaparecer el patronus, se había dejado caer en una silla con una mano tapándole los ojos, sin emitir sonido alguno.

Ese momento había sido clave para Sirius, porque mientras mandaba un patronus a James, informándole y preguntando si podía ocuparse de cuidar de su hermano, no podía dejar de pensar en el tenue gemido que había emitido Snape cuando los brazos de Remus le habían apretado con firmeza. Él sabía como se sentían esos abrazos, era el que más veces los recibía. La calidez y la cercanía humana de Remus eran dos de las cosas que más amaba de él.

Las horas siguientes todo se centró en Remus porque era día de luna llena. Pasaron la noche en vela los dos en la cocina, con el licántropo gimiendo lastimosamente en el sótano, silenciosos, contando los minutos para que la luna descendiera y llegara el amanecer. Era la primera vez que Severus hacía esa vigilia con él, y la primera vez que estaban los dos tanto tiempo a solas sin Remus y sin discutir.

— Siento haber dejado a Regulus allí.

La voz seca de Severus rompió el silencio a eso de las cinco de la mañana. Lo miró con sorpresa, también era la primera vez que hablaba de eso.

— ¿Por qué lo hiciste? —preguntó en un susurro.

— No mentí, él me exigió que fuera a avisar a Dumbledore para que te protegiera.

— ¿Pero?

— Me aterra el dolor —confesó a tumba abierta, rascando una mancha don la uña en la madera de la mesa—. Y tu hermano lo sabe, sabe como son las torturas y sabe que yo no habría resistido.

— ¿Has sabido todo este tiempo lo que estarían haciendo? —cuestionó con voz ahogada.

— Sí.

— ¿Y te lo guardaste?

Los ojos profundamente oscuros se alzaron para mirarlo.

— ¿Qué bien te haría saberlo, Sirius?

Era una noche de primeras veces, porque nunca se había dirigido a él con su nombre de pila, ni le había mirado directo a los ojos de esa manera, sin máscaras, sin fingimientos, el hombre asustado al que el remordimiento se le había comido vivo esos meses.

— También soy responsable de esto —admitió Sirius en voz baja, todavía con los ojos enchanchados a él.

— ¿Tú?

— Debí llevármelo cuando me fui de casa.

Severus negó con la cabeza, haciendo que se movieran algunos mechones de la coleta que se había hecho en la nuca nerviosamente un rato antes.

— Él creía que os protegía quedándose. A James y a ti. Habrían ido tras vosotros si lo hubieras llevado contigo y buscado problemas a los Potter.

— Tú… ¿estás bien con todo eso? con él, James y Lily.

— ¿Lo dices por Lily?

— Sí.

— Eso ya pasó, hace mucho.

Sirius no respondió, dejó vagar la mirada hacia la ventana que empezaba a clarear.


La celebración por la vida de su hermano se retrasó unos días. Primero por la recuperación de Remus, después por las noticias que llegaban del refugio de los Potter acerca de la salud de Regulus. Los días se iban en llamadas a través del espejo, Severus y Lily hablando de remedios, él simplemente contemplando a su hermano tumbado en la cama, con el rostro enrojecido y Harry acurrucado como un gatito junto a él.

Finalmente, La celebración llegó una semana después de la liberación cuando Lily confirmó que la fiebre había desaparecido y el mismo Regulus pudo saludarles a través del espejo. Hubo lágrimas, claro, Sirius en realidad era un blando con lo que atañía a su hermano. Tras él, Remus lo apoyaba con una mano en su hombro. Y Severus elegía salir de la habitación y darles intimidad.

Fue Remus el que esa noche decidió sacar una botella de vino que reservaban para el final de la guerra, porque la ocasión lo merecía, y el que manipuló la vieja radio hasta conseguir dar con un dial que ponía viejas baladas. Sonrió cuando se inclinó delante de Sirius, que bebía su vino sin perderlo de vista, porque esos eran ellos dos, orbitando alrededor el uno del otro.

Con una sonrisa también, dejó la copa sobre la mesa y se dejó arrastrar a bailar entre la mesa y el fregadero, con la mejilla apoyada en su hombro y la paz de estar en brazos de la persona en la que más confiaba en el mundo. Pero en uno de sus giros, abrió los ojos y lo vio. Sentado a la mesa, Severus los miraba de una forma indefinible, una mezcla de admiración y nostalgia.

— Ve —le susurró Remus al oido, soltándolo— Baila con él.

Se separó y miró por un largo momento los amados ojos dorados. Le besó con suavidad e hizo caso, se plantó delante de Snape con una mano estirada hacia él.

— ¿Qué? —cuestionó el Slytherin con aspereza.

— Baila conmigo.

— ¿Por qué?

— Porque quieres. Y yo también. Vamos.

Aún un poco renuente, Severus se puso de pie. Sirius insistió, agitando la mano ante él, y finalmente la cogió. Remus se sentó en la silla que dejaba libre para contemblarlos agusto, un poco recostado y con un tobillo apoyado en la rodilla contraria.

Se le escapó una mueca divertida, porque ambos parecían al principio maniquíes. Rígidos y con un palmo de aire entre ellos, ambos mirando al infinito. En una de las vueltas, Sirius lo miró y él le hizo un gesto con la mano para que se acercara más. Y un poco más, hasta quedar pegados el uno al otro y comenzar a relajarse. La canción terminó y comenzó otra y no se apartaron, La mejilla de Severus contra el lateral de la cabeza de Sirius, la de Sirius contra su hombro huesudo, siguieron bailando lento sin darse cuenta del cambio de canciones.