No suele ocurrir mucho, pero de vez en cuando los labios de Hiccup saben a nicotina y su ropa huele a tabaco. No es algo que precisamente hubiera intentado ocultar, tampoco suponía un grave problema para ella, pero a Elsa jamás le había gustado tener una pareja que fumara. La segunda novia que había tenido luego de dejarlo en buenos términos con Mérida era fumadora, tal vez no compulsiva pero cada cuatro días tenía que pillarse una nueva cajetilla de cigarros y cada tres horas necesitaba encenderse uno. En su casa había repartidos por todas partes ceniceros que no vaciaba hasta que la ceniza los consumiera por completo, toda su ropa apestaba a tabaco y a penas necesitaba dos días para que la ropa nueva estuviera al mismo nivel que las prendas más antiguas. Elsa recordaba perfectamente que lo único que se salvaba era esa negra melena lisa que tanto se cuidaba, el cabello de aquella chica siempre olía a flores, y está bastante segura de que era eso y su estética levemente gótica lo que hizo que la mayor de las hermanas Queens siguiera viéndose con ella incluso si se llegó a cansar muy pronto del constante olor a tabaco.

No le gustaba ese sabor a nicotina en los labios de Hiccup, no le gustaba el olor con el que su ropa a veces llegaba. Pero al menos él solo fumaba luego de hacerlo, al menos él salía al balcón o a la calle para fumar, tal vez era porque se había mudado no hace demasiado tiempo, pero el apartamento de Hiccup estaba libre por completo del olor a cigarro.

Incluso sus sábanas y almohadas mantenían el aroma del suavizante que usaba para lavarlas en lugar de cualquier otra cosa. Aquello era otra pista de que hace tiempo había bajado mucho sus expectativas, le sorprendía de grata manera que Hiccup fuera alguien tan pulcro, incluso de vez en cuando le costaba notar el olor a gato que cualquiera lógicamente esperaría de un hogar con una mascota como Chimuelo que dormía en cualquier parte. Hiccup limpiaba constantemente, eso le gustaba mucho.

Se recuesta en el extenso sofá con Chimuelo en brazos mientras que Hiccup, desde el cuarto y con una toalla atada a la cintura, le asegura que no se preocupe, que él se encargará del desayuno. Elsa sisea adolorida en cuanto se sienta en el mueble y Chimuelo maúlla como si estuviera preocupado por ella. Le da unas pocas caricias en la cabeza para que dejara de prestarle atención, con parece que el gato ya no está atento únicamente en ella, Elsa suspira pesadamente mientras se acomoda bien contra uno de los cojines del sofá, le duele todo, absolutamente todo. No tiene ni idea de qué diantres se le pasó a Hiccup por la cabeza la noche anterior, fue demasiado brusco, desesperado e impaciente, hasta cierto punto incluso podría llamarlo violento. También lo sintió... ¿distante? Sí, distante era la palabra, casi no la besó en los labios, apenas y le dijo nada cuando mayormente le repetía miles de halagos sin parar, y cada vez que intentó abrazarlo o aferrarse a su espalda terminó siendo regañada para que dejara de removerse.

No sabía si realmente hablar del tema, después de todo al terminar sí que llegó a consentirla como suele hacer, justo como a ella le gusta. Le dio miles de besos, le acarició todo el cuerpo y la mantuvo casi una hora en un cálido abrazo mientras le repetía que la amaba una y otra vez. Incluso estuvo un largo rato jugando con su cabello y masajeando un poco las zonas que estaban más enrojecidas y/o adoloridas.

Pero luego, en cuanto se quedó dormida, se cambió y se fue sin decirle mucho, él había dicho que era para ir a fumar, pero cuando lo hacían en la noche él fumaba en el balcón, no se iba a dar un paseo por allí dejándola sola en la cama.

Anoche Hiccup había estado muy bruto con ella, anoche Hiccup había estado muy raro.

Elsa suspira pesadamente mientras se pasa una mano por el cabello mientras que con la otra mano ayuda a la mascota de su pareja para que se acomode mejor contra su cuerpo. A Elsa le encantaba la vida de esa bolita de pelos, Chimuelo dormía casi todo el día, se levantaba a comer, a molestar un poco a Hiccup y volvía a dormirse mientras recibía mimos de ella. La buena vida.

Para cuando Chimuelo ya se está quedando dormido con la cabecita apoyada en su cuello, el teléfono de Elsa suena.

Al ver que se trata de su hermana, responde rápido para no interrumpir el sueño del gato.

—En una escala del 1 al 10, ¿qué tanto le molestaría a tu chico saber todas las relaciones y cais relaciones que has tenido con gente dentro del grupo?

—Buenos días a ti también, hermanita —la saluda con un tono levemente molesto, pero más que nada juguetón—, yo estoy muy bien, gracias por preguntar, ¿tú qué tal estás?

—Del 1 al 10, Elsa, responde rápido. Tengo muchas cosas que planear para este sábado, querida hermana —aquello último lo dice con sorna, se la puede imaginar perfectamente con esa sonrisa burlesca que siempre se dibujaba en su pecoso rostro para contener las risas.

—¿Yo qué sé? ¿Un seis? Tal vez siete.

La escucha bufar con molestia del otro lado de la línea. —Buah, que amargado. No me agrada.

—No digas tonterías anda, ¿qué tienes planeado? ¿Hacerle una presentación de todas mis relaciones pasadas? —le pregunta con molestia, acariciando a Chimuelo para tranquilizarlo ahora que lo siente retorcerse como si quisiera despertar, tal vez está alzando un poco la voz. Se sorprende un poco consigo misma cuando se da cuenta de que realmente quiere bajar la voz para que Hiccup no terminé escuchando la rara conversación que está manteniendo con su hermana menor.

Evidentemente no la ve, pero sabe que su hermana está rodando los ojos. —De verdad, ¿cómo crees que voy a hacer eso? No me da tiempo con una sola presentación, necesitaríamos varias, con divisiones, evidentemente. Tus primeros novios en tu época de rebeldía, tus primeras novias. Tu antes y después de Mérida, tu antes y después de conocer a Dolores, una mención honoraria a todos aquellos que eran solo un rollo de una noche y que terminaron siendo varias noches esporádicas.

La corta bruscamente porque sabe perfectamente que si la dejaba continuaría así por horas y horas. —Anna, voy a matarme, voy a matarme y...

—Y va a ser mi culpa, lo sé, lo sé. Me lo has dicho mil veces, lo tengo claro a este punto de la vida. En fin, que me lías, ¿qué tanto debería limitarle las bebidas a Hans? Porque tú y yo sabemos que ese idiota en cuanto toma una copa de más empieza a soltar la vergüenzas de todo el mundo, especialmente las tuyas.

Elsa se remueve incómoda y hace una mueca ante el recordatorio de su hermana. Recuerda perfectamente la ocasión en la que Hans se puso tan mal que se pasó media hora explicándole a la exnovia de Elsa todas las locuras que le había llegado a contar de su primer novio; también estuvo la vez en la que fueron por primera vez de fiesta con Rapunzel y a un Hans borracho le pareció divertidísimo contarle a la nueva novia de su hermana —con quien solo había estado saliendo por un mes y medio para ese entonces— aquella incómoda mañana en la que Mirabel y Anna despertaron desnudas en la misma cama, sin recuerdo de la noche anterior.

La mayor ni siquiera se quería imaginar lo que Hans, con muchas copas encima, sería capaz de contarle a Hiccup. Definitivamente soltaría alguna idiotez sobre su anterior pareja, era evidente que terminaría contándole de todos los perfiles que había llegado a ver de la aplicación de citas, y tarde o temprano tocaría el tema de Isabela y Honeymaren.

—No le permitas ni una gota, Anna, te lo digo muy en serio —le responde finalmente, estremeciéndose solo por pensar cómo terminaría esa noche si dejaban que Hans hablara de más.

—Ya me imaginaba que dirías eso —contesta casi de inmediato—, lo llamaré luego para dejarle en claro que tiene prohibido el alcohol el sábado, me aseguraré de tener a Kristoff de mi lado y todo.

Aunque parece tener todo muy claro, Anna termina soltando un gruñido cansado seguido pronto por un ruido sordo, como la conoce lo suficiente, Elsa sabe que su hermana menor se acaba de tirar bruscamente contra los cojines más cercanos para lamentarse por su vida.

Se esfuerza para no reírse, para esperar para lo que sea que quisiera decirle Anna, no hay silencio por mucho tiempo, pronto su hermana dice. —¿Te he dicho ya que Mérida es cruel y despiadada?

—¿Qué te ha hecho DunBroch ahora? —pregunta con gracia.

—Pues que me ha estado tocando las narices con reunirnos para conocer a Don Gato finalmente, y para cuando acepté que era buena idea y decidimos la fecha, la muy caradura va y me dice que lo hagamos en mi casa, que me lo deja a mí —Anna solo se detiene para esperar que Elsa deje de reírse—. ¡La muy desgraciada me ha tirado el muerto a mí! ¡Ahora soy yo la que tiene que hacer malabares para que tus secretos y extrañas relaciones no espanten a tu novio!

—Primero Luisa y ahora tú, últimamente todas estáis llamándome puta de una forma u otra.

—Al menos las putas cobran —seguramente esa no era la intención, pero Elsa escucha perfectamente lo que dice su hermana.

—¡Anna Queens! —la regaña entre risas—. ¡Que soy tu hermana mayor! ¡Un poco de respeto!

Mientras Anna intenta justificarse apresuradamente, con miles de frases que no llegan a terminarse ni formar lógica alguna, Elsa acaricia lentamente el lomo encorvado de Chimuelo, que está durmiendo en la posición más rara posible. En algún punto Hiccup finalmente sale del baño, sacudiendo su cabello empapado y revisando su teléfono.

Aprovechando que Elsa está distraída con su propia llamada con su hermana —casi comete la estupidez de rechazar la llamada cuando se le ocurrió curiosear por unos momentos en el antiguo móvil de su novia que mantenía bien escondido en su apartamento— se detiene a su lado para acariciarle el cabello mientras lee detenidamente el mensaje que acaba de enviarle Astrid.

Chasquea la lengua con rabia y guarda el móvil con molestia, ¿por qué diantres querían sus padres hablar con él tan repentinamente? ¿por qué su madre quería hablar con él?

Elsa termina despidiéndose de su hermana cuando ella no encuentra ni una sola forma de justificarse de sus bromas pesadas, incluso para cuando cuelga Hiccup sigue sumido en sus pensamientos y ella se queda un buen rato mirándolo fijamente. Todavía queda algo de agua goteando de sus mechones castaños, su camiseta sin mangas está levemente humedecida por la zona del pecho dejando que se pueda adivinar la forma de las cabezas de las serpientes tatuadas en su piel.

—¿Todo bien? —le pregunta con voz dulce, apretándose más contra su mano que a pesar de su distracción seguía dedicándole caricias.

A Hiccup le cuesta un poco contestar. —No, tengo que salir dentro de poco por un tema familiar —antes de que Elsa pueda decir nada, él se inclina para darle un corto beso en los labios—. ¿Tienes mucha hambre, princesa? Puedo prepararte algo rápido y luego cambiarme.

—¿Qué? Espera, ¿sales ahora? ¿por qué?

Hiccup contiene su rabia y molestia, no es culpa de su pobre angelito que a sus padres se les hubiera ocurrido arruinar por completo lo que parecía ser el inicio de un día tranquilo e ideal. Se vuelve a inclinar para darle otro beso, uno que dura más, uno que Elsa no responde del todo... eso no ayuda a contener su frustración.

—Pensaba que íbamos a pasar el día juntos —le dice con un puchero algo infantil, con una mirada que le pedía algo de más información, o por lo menos la promesa de que volvería pronto, no le podía conceder ninguna de esas cosas.

—Volveré en cuanto pueda, preciosa, lo prometo.

Elsa muerde el interior de su mejilla y acepta desganada el nuevo beso que Hiccup deja en la comisura de sus labios. Por algún motivo su instinto le decía que su novio estaba ocultando algunas cosas de ella a propósito, que estaba pasando algo realmente malo y grave que él sencillamente no quería compartirle. Planeaba contarle sobre la reunión con sus amigos del fin de semana, pero decide dejarlo para cuando vuelva, cuando, con suerte, esté de mejor humor.

—No te preocupes por el desayuno —le dice mientras se levanta, procurando que Chimuelo no se despierte, pero no logra su cometido. El gato parpadea confundido por unos segundos antes de moverse para quedar incómodamente recostado sobre los hombros de Elsa, justo como tiende a hacer con su dueño. Ella intenta sujetarlo para que esté más cómodo, pero Chimuelo se niega a cambiar de postura—. Ya me encargo yo, tú ve a cambiarte para salir pronto —le acuna una mejilla por unos segundos, a Hiccup a penas le da tiempo para disfrutar de su caricia.

Elsa intenta irse, pero Hiccup la toma de la cintura para acercarla a él.

—Haré lo que sea para volver antes del almuerzo, ¿de acuerdo? —busca su mirada, pero se termina arrepintiendo cuando ve la desilusión en los ojos azules de Elsa—. Venga, no estés así conmigo, princesita, sabes que si por mí fuera jamás me iría de tu lado.

Finalmente le saca una sonrisa honesta y reluciente. Encantado, le pasa un dedo por el labio inferior.

—Eso está mejor —susurra mientras se inclina hacia su rostro, pero antes de que Elsa pudiera moverse para responder a sus avances, Chimuelo se mete para darle unos cuantos golpes en la cara a su dueño. Hiccup tira el rostro hacia atrás mientras su mascota lo observa fijamente, como si estuviera indignado, como si estuviera marcando territorio—. Estúpido gato celoso —lo regaña juguetonamente.

—¡No le digas así! —exige Elsa de inmediato, alzando las manos para tapar las orejitas negras de Chimuelo—. No le hables así al niño.

—Elsa, no me entiende.

—Claro que te entiende, lastimas sus sentimientos —con una falsa indignación marcando sus gestos, Elsa toma a Chimuelo de sus propios hombros para cargarlo como un bebé—. Qué cruel eres con él, en caso de divorcio, me quedo yo con el gato, tú no te lo mereces.

—El gato lo adopté yo —le recuerda con los brazos cruzados—. A Chimuelo lo crie yo, además, ¿no te estás apresurando un poco con el tema de divorcio?

Elsa alza una ceja. —¿Me vas a venir tú a hablar de apresurar las cosas?

Hiccup muerde su labio para no soltar una risotada. —Bueno punto, pero me voy a quedar con mi gato, muchas gracias.

—No, ya está decidido, ahora es mío. Perdiste la custodia en cuanto dejaste que se durmiera en mi regazo.

Chimuelo entonces maúlla con lo que parece ser una sonrisa en el rostro, recuesta más la cabeza contra la piel pálida de ella y parece intentar abrazarla alargando sus patitas. Elsa sonríe con orgullo mientras Hiccup niega con la cabeza.

—Traidor.

—Acepta la derrota y vete a cambiar —se ríe antes de irse hacia la cocina, dejándolo con la palabra en la boca, pero con una sonrisa enorme en el rostro.


—Estás jodido —le dice Astrid en cuanto llega, como si eso fuera un saludo decente.

Hiccup chasquea la lengua mientras avanzan por los oscuros pasillos del casino, odiaba que tuviera que decirle lo evidente, lo que él mismo ya había asumido en cuanto le llegó el mensaje.

—Déjame adivinar, Frost ha sido un puto niñato y ha decidido chivarse —el castaño maldice por lo bajo en cuanto ve a su amiga asintiendo mientras rueda los ojos—. Voy a romperle las putas piernas en cuanto los ánimos se calmen.

En otras circunstancias, lo que seguiría a un comentario como ese sería avivar más las llamas, decirle que ella también quería darle una paliza, decirle que eso sí que le enseñaría una elección, que finalmente Frost aprendería a respetarlo como el futuro jefe del negocio que era. Incluso podrían servir unas simples risas y asentimientos, pero sabía perfectamente que esta no era como otras ocasiones en las que unas pocas palabras logran la calma de Hiccup.

—Hazme un favor, Astrid.

La rubia alza una ceja, pero evidentemente termina haciéndole una seña para que le diga qué es lo que quiere.

—No sé si ese idiota va a estar presente en la reunión, no sé cuánto tiempo voy a tener que lidiar con el bendito sermón, solo quiero que tengas un ojo sobre mi mujer, quiero que tengas a varios vigilando a ese albino de mierda —bruscamente, Hiccup se detiene, obligando a Astrid a hacer lo mismo. La toma del hombro y la empuja hasta la pared más cercana, viendo la rabia en la mirada de Hiccup, Astrid lamenta su maldita suerte

¿Qué coño había hecho ella como para tener que lidiar con un Hiccup furioso? Era Frost el que estaba siendo imbécil, era Dagur quien solía saltarse sus normas y fastidiaba los planes, eran sus padres quienes habían arruinado su día con esa tonta reunión repentina, ¿por qué tenía que asumir toda la maldita culpa?

—Quiero a ese hijo de puta lejos de mi mujer, ¿me has entendido?

Están unos segundos en silencio hasta que Astrid se da cuenta que Hiccup quiere algo más que un asentimiento.

—Entendido —responde rápidamente, deseando quitárselo de encima, intentando removerse lejos de su agarre, que a cada segundo es más cruel y doloroso. Toma aire, piensa en contárselo a Heather para que ella le diga a Dagur que haga algo con el temperamento de Hiccup, pero recuerda que la última vez fue precisamente Heather quien se llevó la rabia de su futuro jefe, así que lo más probable es que no pudiera hacer mucho.

—Hablo en serio, Hofferson —gruñe, más furioso por la situación y la falta de control que por la actitud de su amiga—. Como ese capullo le toque un solo pelo a mi mujer pienso asegurarme que te hagan lo mismo que a ella, ¿entiendes lo que te digo? —temblorosa, ella asiente varias veces, pero a Hiccup no le vale con eso—. Si la lastima, te lastiman a ti, si la mata, te matan a ti —la toma del cuello de la camisa de un momento a otro y la estampa bruscamente contra la pared—. Si ese miserable se folla a mi mujer, ¿quién crees que se convertirá en la próxima puta barata del casino?

Astrid hace todo lo posible por no temblar, hace todo lo posible para forzarse a responder. —Sí, no te preocupes, de verdad, no le hará nada. Me aseguraré de que no le pase nada, Frost ni se le acercara.

—Eso espero, Hofferson —es lo último que gruñe antes de darle un empujón contra la pared para dejarle en claro que no tiene que seguir caminando a su lado. Astrid se queda allí, hecha un manojo de nervios, respirando con dificultad y recordando sin querer todas las veces que Hiccup o Estoico le habían advertido cosas similares.

La primera vez que arruinó un encargo... la primera y última vez, Hiccup estuvo cerca de reventarle una botella en la cabeza, solo se salvó porque Dagur, aunque estaba más furioso que Hiccup, le había prometido a Heather que se aseguraría que a nadie se le fuera la mano con su castigo, en aquel entonces no insistió con la violencia, pero le aseguró que todo hombre que visitara el casino tendría la oportunidad de tomar lo que quisieran de ella si volvía cometer una estupidez similar. Luego estuvo la ocasión en la que se corrió el rumor de que vendrían policías infiltrados al casino, Estoico la tomó de los hombros a ella y a unas pocas novatas más, las llevó a un cuarto gigantesco con una cama enorme en el medio y miles de sillas alrededor. Las obligó a ver a una de las tantas mujeres en deuda con la familia Slange haciendo su trabajo por horas, gritó y amenazó a toda aquella que intentó apartar la mirada, les aseguró que tomarían el lugar de aquella mujer si a alguna se le ocurría la locura de delatarlos con los policías que pronto vendrían.

Y cuando todo pasaba, cuando cumplía con su trabajo, cuando demostraba su lealtad... esas sonrisas amables, juguetonas y familiares volvían, le daban una palmada en la espalda, le aseguraban que siempre habían confiado en ella, que en verdad jamás se les había pasado cumplir con sus amenazas, que obviamente la adoraban, la apreciaban... jamás le harían a ella algo como eso. Le aseguraban que era parte de la familia, que era un Slange, que ellos siempre la cuidarían.

Que solo tenía que seguir haciendo bien su trabajo, que solo ignorara qué era lo que le había ocurrido a todas las que sí que habían fallado a la familia.

Cuando se seca las lágrimas de terror, saca su teléfono y marca el número de Eret.

—Haddock quiere a todo el mundo vigilando a Frost, que no dé un paso sin que sepamos a dónde va.

Lo escucha bufar del otro lado de la línea. —¿Ahora por qué?

Astrid gruñe la respuesta. —Porque el jefe lo dice y tu trabajo es hacer lo que te digan, idiota.

—Joder —suelta entre risas—, estamos de buen humor hoy, ¿eh? —la interrumpe antes de que pueda empezar a insultarlo—. Venga, tía, no te desquites conmigo, ¿qué es lo que no tiene que hacer Frost ahora?

Intenta calmarse, Eret estaba en lo cierto —odiaba que fuera así, pero era así—, suspira pesadamente y se pasa una mano por el rostro.

—¿Sabes lo de su nueva mujer? —le pregunta mientras relaja el cuerpo para empezar a caminar, Eret vuelve a reírse mientras asegura que sí, que algo había oído—. Pues Frost ha estado tocándole las narices con que va a terminar tomando lo que le pertenece, así que Hiccup quiere evitarlo a como dé lugar.

Lo escucha chasquear la lengua. —Ese puto masoquista —maldice y el sonido que le sigue a su voz le da a entender a Astrid que acaba de golpear algo con molestia, seguramente ha tirado un bote de basura o algo por estilo—, a este punto creo firmemente que se masturba luego de cada paliza.

Sin poder evitarlo, Astrid se permite una risa. —No seas idiota, se masturba mientras Hiccup le da una paliza.

—Tal vez la solución a todos los problemas que dan es que follen.

—Ya me gustaría a mí que los problemas entre esos dos se pudieran resolver tan fácilmente —masculla agotada, acomodando un poco su ropa mientras avanza—. En fin, avisa a cualquiera que esté libre que sigan cada paso que Frost dé, si hace algo locura al final voy a pagar yo los platos rotos.

—Ah, por eso estás de un humor de perros —murmura algo incómodo—. Tranquila, Frost no podrá respirar sin que nosotros nos enteremos.

—Bien, solo Heather y yo estaremos vigilando la casa de esa chica, no creo que a Hiccup le guste la idea de que la dirección de su mujer sea de conocimiento general.


Frost estaba sentado sobre el enorme escritorio de su madre, de espaldas a la puerta, con el cuerpo inclinado hacia ella, con la camisa abierta hasta la mitad y forzando una sonrisa juguetona en su destrozado rostro. Hiccup todavía se lamenta de no haberle hecho saltar ni un solo diente.

Cierra la puerta y se queda parado allí mismo con los brazos cruzados, negándose a darle la satisfacción a Frost de agachar la cabeza.

—¿Qué coño te ha contado este idiota como para que quieras echarme la bronca? —pregunta con brusquedad, aguantándose las ganas de escupirle en la cara para tan siquiera borrarle un segundo esa condenada sonrisa—. No quiero oírte hablar, puto chivato —le gruñe en cuanto parece que Jack quiere responder por su madre—. ¿Tú estás segura que alguien así es de confianza en un negocio como este? Al primer inconveniente va corriendo a llorar por ayuda.

Su madre lo mira enojada por unos eternos segundos hasta que, lentamente, gira la pantalla de su computadora en dirección de su hijo. Hiccup apenas le dedica una rápida mirada, es una foto a color del alcalde Frollo con un brazo sobre los hombros de otro sujeto mientras le daba la mano y sonreía para la cámara con una alegría que jamás había visto en aquel arrugado rostro asqueroso.

—¿Sabes quién es el hombre al lado del alcalde Frollo, hijo? —es lo primero que le dice en semanas, hace tiempo que no hablaba directamente con su madre.

Hiccup suelta un bufido molesto antes de volver a dedicarle unos segundos de su atención a esa foto. Su cabello es corto y anaranjado, su rostro algo cuadrado termina en una quijada afilada, su sonrisa se ve levemente escondida por su poblado bigote perfectamente recortado y cuidado. Su mirada azul es falsamente dulce y todo su cuerpo se ve terriblemente intimidante al lado de un hombre tan diminuto y delicado como el del alcalde Frollo.

Finalmente, niega con la cabeza, su madre aprieta con rabia los dientes.

—Runeard Queens.

Hiccup pega un leve respingo, se pone recto.

Mierda.

Su madre se ve tremendamente satisfecha al notar que su hijo ha reconocido el nombre, Frost parece un niño pequeño en la mañana de navidad.

—El padre de Agnarr Queens —continúa Valka—. Quien, a su vez, es padre de Elsa y Anna Queens.

Hiccup se remueve incómoda mientras observa fijamente a su madre, se mueve a tiempo para esquivar el cenicero de vidrio que furiosa su madre arroja.

—¡Te follas a la nieta de uno de los aliados más cercanos del jodido Claude Frollo! —brama roja de la ira, levantándose bruscamente de su asiento, sus gritos solo son acompañados por las risillas victoriosas y burlonas de Jack—. ¡Te follas a la ahijada del único puto hombre en esta ciudad de mierda que nos quiere acabar! —toma bruscamente otra decoración del escritorio y lo arroja con todas sus fuerzas hacia su hijo, quien tiene que agacharse para evitar el golpe—. ¿¡Eres imbécil!? ¿¡Eres gilipollas o qué mierda se te pasó por la cabeza, Hiccup!? ¡Respóndeme, maldita sea! ¡Dime cómo demonios se te ocurrió hacer semejante estupidez!

En cuanto llega a estar frente a su hijo, lo toma cruelmente del cabello y lo tira contra el suelo. En verdad una mujer tan delgada y fina como Valka Slange no tenía fuerza suficiente para imponerse de esa forma contra su gigantesco hijo, pero no es como si Hiccup fuera capaz de intentar pelearse contra su madre.

—¿¡Qué te he enseñado yo toda la vida!? ¡Investiga, inútil, investiga! ¡Si quieres vincularte de esa forma con alguien tienes que investigar de quién se trata! —desesperada, Valka tira de su cabello—. De las miles de mujeres que te podrías follar, de las miles de mujeres que se meten y se meterían en tu cama con gusto, tú vas y te pillas a la puñetera ahijada de Claude Frollo. Explícamelo, Hiccup, explícame cómo es que sigues vivo sin cerebro en esa cabeza tuya.

Su madre intenta darle un patada, pero eso le parece permitirle demasiado. Se levanta apresuradamente, asegurándose de mantener al menos un poco de su dignidad para que Frost no pudiera seguir disfrutando de su desgracia. Valka intenta voltearle la cara de una bofetada, pero Hiccup la frena sujetándola bruscamente de la muñeca.

—¿¡Quieres calmarte de una vez!? —grita furioso, apartando su mano bruscamente—. Lo tengo todo controlado —gruñe, tan furioso que ni siquiera se nota que miente descaradamente—. A mí Frollo jamás me ha visto, mucho menos lo ha hecho Runeard Queens, incluso si por cualquier motivo loco que se pueda ocurrir llegara a encontrarme con alguno de los dos, no sabrían quién soy, no sabrían nada de este lugar, no tendrían nada en nuestra contra.

Su madre no se ve más contenta en lo absoluto, pero al menos ya no está tan violenta como antes. Hiccup se arregla la ropa y el cabello bruscamente, no tiene ni idea de cuánto tiempo durará encerrado allí con ella, pero si no estaba decente para cuando volviera a casa Elsa haría preguntas a las que no podría responder en lo absoluto.

—Ella no tiene ni idea, jamás sería capaz de tan siquiera imaginarse la verdad —asegura con un poco más de confianza, arreglando su cabello apresuradamente—. Y eso seguirá así si decides escucharme a mí y confiar un poco más en mis decisiones en vez de creerle y hacer todo lo que diga este capullo de aquí —señala con la cabeza a Jack, que sigue sentado en la misma postura, ahora con una sonrisa más enorme en el rostro—. Dile que se aparte de mi mujer, dile que me da igual la mierda de deuda moral que tenemos con sus padres, dile que voy a matarlo como tan siquiera vuelva a intentar acercarse a mi mujer.

Valka suelta una cruel carcajada. —¿Tu mujer? No pienso darle importancia alguna, mucho menos ese título a una simple zorra que te estás follando —antes de que Hiccup pueda responderle, lo empuja fuera de su camino para volver a sentarse tras su escritorio—. La aceptaré como tal cuando esté con un anillo en el dedo, a tu lado y ayudándote a lidiar con mi imperio, hasta entonces no es más que la niñata con la que te has obsesionado por motivos que no entiendo —su madre se deja caer bruscamente en su asiento—. Claude Frollo conoce tu voz, por si se te había olvidado. Si esta ridícula relación pone en peligro tan siquiera por un segundo a mi negocio, Hiccup, te juro que yo misma mataré a esa desgraciada luego de dejar que Frost haga lo que quiera con ella, ¿me has entendido?

Para sorpresa de su madre, Hiccup avanza hecho una furia hacia su escritorio y estampa las manos contra la madera.

Se inclina hacia ella, imitando esa misma expresión de rabia y peligro que aprendió tan bien de ella. —Tú le haces algo o mandas a este imbécil a por mi mujer y yo mismo convertiré en cenizas tu precioso imperio, madre —gruñe como una bestia, apretando los dientes arrugando con su furioso agarre los papeles que habían quedado debajo de él—. No pienso poner a nadie, ni tan siquiera a ti, sobre ella. Es mi mujer, va a ser tu sucesora y vas a respetarla como tal a menos que quieras que destroce todo lo que has creado. No me va a temblar la mano, créeme que no lo hará.

Ante el absoluto silencio, Jack suelta una risa que termina siendo mucho más nerviosa que burlona. —¿En verdad estás amenazando a tu madre? ¿en verdad estás amenazando a la matriarca de los Slange? —no hace falta que se volteen a mirarlo para saber que Frost está temblando.

—Yo no amenazo —Hiccup sigue mirando fijamente a su madre mientras niega con la cabeza—. Yo doy avisos, tengo la amabilidad de dejar que la gente se prepare. Así de piadoso soy.

Finalmente se levanta, ignorando la furia de su madre, ignorando los comentarios desesperados que suelta Frost, se va prendiendo un cigarrillo, dejando el mechero encendido, observando la llama e imaginándose las llamas consumiéndolo todo.

Su madre, Valka Slange, estaba horriblemente equivocada si creía que iba a dejar que nadie toque a su angelito.