N/A: Hola a todos, JkAlex está de vuelta con un nuevo capítulo.
Están amando esta historia tanto como me gusta a mí escribirla. Sé que muchos estarán impacientes porque comience los eventos del primer libro de Avatar, con Percy encontrándose con el equipo Avatar, pero eso aún no sucederá. Ahora, es tiempo de que Percy forje su propio nombre y que sea reconocido en todas las Cuatro Naciones mientras acompaña a Zuko en su viaje y descubre todo el potencial de sus poderes como semidiós. Así que espero lo disfruten.
Este capítulo es el más largo que he escrito hasta ahora de esta historia, con un total de 15.500 palabras. Así que espero lo disfruten.
A partir de ahora, por motivos de mejorar la experiencia de lectura y que ustedes tengan una visión más amplia, cambiaré el formato de escritura. De esa manera, la historia será una visión más general en lugar de enfocarla en una sola persona como había estado haciendo hasta ahora, ya que me limitaba demasiado a la hora de hacerlo.
Y sin nada más que decir... ¡Hasta la próxima, guapos y guapas!
Capítulo 15
La espada que asesina espíritus
Para papá y Fat.
Ha pasado un mes desde que me embarqué junto a Zuko en su misión de capturar al Avatar.
Y debo decir que ha sido toda una experiencia.
Nuestro primer destino luego de partir fue El Templo Aire del Oeste. Se encontraba relativamente cerca de la Nación del Fuego y el Teniente Jee, el líder oficial de la División 41, dijo que tardaríamos una semana en llegar hasta allí, considerando lo viejo que era nuestro barco.
Fue una sorpresa para todos que lo hayamos hecho en tan solo tres días.
Tal vez ya lo sepan, pero el Templo Aire del Oeste no se encontraba en la cima de una montaña como uno esperaría, ¡sino que se encontraba debajo de un acantilado! Los edificios estaban construidos de tal manera que parecieran que estaban al revés. Fue increíble verlos.
Aunque Zuko no parecía muy interesado.
—Es una vista realmente hermosa—comentó Iroh con admiración, viéndose fascinado mientras observaba el gran vacío desde el borde de una pequeña plaza apartada de los edificios principales.
Al otro lado del vacío, podría verse el acantilado y, más allá, las altas montañas que se elevaban majestuosamente intentando alcanzar el cielo. El viento era fresco y soplaba con intensidad. Todo el lugar realmente hacía justicia a su nombre de "El Templo Aire del Oeste".
—La única vista en la que estoy interesado en ver es al Avatar encadenado—replicó Zuko con dureza.
La fascinación de Iroh se desvaneció de su rostro, reemplazada por preocupación y leve tristeza.
— ¿Sabes? El Avatar no ha sido visto por cien años—le recordó Iroh—. Las oportunidades de encontrarlo en pocos años son muy bajas.
Zuko no pareció verse afectado o abatido. De hecho, su único ojo visible ardía con fiereza mientras fruncía el ceño.
—Sé eso muy bien, tío. Pero eso no me detendrá. Primero revisaremos cada uno de los Templos del Aire. Luego, recorreremos el mundo. Buscaremos en los lugares más remotos hasta encontrarlo.
—Príncipe Zuko, solo han pasado tres días desde tu destierro. Debes de tomarte un tiempo para sanar y descansar.
Aquello no le gustó a Zuko, quien volteó sobre su hombro para mirar con dureza a su tío.
— ¡No soy un perezoso como tú y Percy para quedarme sin hacer nada! La única manera de recuperar mi honor es encontrando al Avatar. Así que eso es lo que haré, no importa qué.
Iroh suspiró con resignación y tristeza. Le dolía ver a su querido sobrino de esa manera. Tan inmiscuido en un destino que le fue impuesto en contra de su voluntad, un destino que estaba empeñado en cumplir hasta el punto de llegar a ignorar su propia salud y bienestar.
Él retrocedió, dándole espacio a su sobrino mientras se acercaba al único otro adolescente que había dejado atrás la Nación del Fuego para embarcarse en este viaje.
Percy miraba con curiosidad las tres grandes estatuas hechas de piedra del último Avatar nacido entre los Nómadas Aire; el Avatar Yangchen.
— ¿Todos los Nómadas Aire se afeitan la cabeza de esa manera? —preguntó él, mirando a la estatua—. ¿Y qué pasa con esas flechas en su cuerpo?
—Las flechas son tatuajes que marcan el camino de chi—explicó Iroh, parándose a su lado para observar las majestuosas estatuas—. Cuando los Nómadas Aire alcanzan el nivel de "maestro" en el aire control, tatúan en sus cuerpos esas flechas. Es una antigua y noble tradición suya.
—Mmm… que tradición más extraña.
Aunque Percy tenía que admitir que la idea de recibir tatuajes cuando alcazaba la maestría en el control de un elemento era algo genial. Pero considerando la invulnerabilidad de su piel, jamás podría hacerse un tatuaje, aunque lo quisiera.
—Oh, los Nómadas Aire tenían cientos de tradiciones únicas. Sin duda, tenían una rica cultura donde se destacaba su espiritualidad y gran sabiduría. Es una verdadera lástima lo que les sucedió. Toda una civilización… perdida.
Percy se vio intrigado ante eso y volteó a mirar a Iroh con curiosidad.
—Si los Nómadas Aire eran tan espirituales… ¿Sabían sobre el Mundo Espiritual y los espíritus que habitan en él?
—No lo sé con certeza—respondió Iroh, acariciándose la barba—. Incluso hasta ahora, gran parte de los espíritus y el Mundo Espiritual siguen siendo un misterio. Y cualquier registro posible que hayan dejado los Nómadas Aire está resguardada en las bóvedas secretas dentro de las Catacumbas de Dragonbone. Y solo puede ser accedido a ellas por los Sabios del Fuego que lo custodian o el propio Señor del Fuego.
—Ya veo…
Percy no pudo evitar sentirse algo decepcionado. Había dejado la Nación del Fuego con la intención de descubrir más sobre sí mismo y, hasta ahora, los espíritus parecían tener alguna relación sobre su extraña invulnerabilidad. Pero la primera pista que había descubierto lo envió al mismo lugar de donde había venido. No pudo evitar ver lo irónico de la situación.
—Es hora de irnos—declaró Zuko, acercándose a ellos con paso decidido—. No hay nada aquí que nos ayude a encontrar al Avatar. Iremos al siguiente templo. El más cercano es el Templo Aire del Norte. Tardaremos mínimo un mes en ir hasta allí, así que debemos irnos ahora.
—Pero apenas y hemos llegado aquí hace unas horas—dijo Percy.
Zuko le lanzó una mirada molesta.
—Cada día, cada hora, cada segundo que transcurre es tiempo que podríamos usar en descubrir dónde está el Avatar y capturarlo—dijo él con dureza—. Tiempo lejos de nuestro hogar. De nuestras familias y amigos. ¡De nuestra vida! Si es necesario, pasaré cada día del resto de mi vida persiguiendo al Avatar. Sé que mi destino es capturarlo…
Había una intensa determinación en la mirada de Zuko, pero también había un poco de desesperación y tristeza, la cual se filtró ligeramente en su voz. Percy podía verlo. Conocía demasiado bien a su amigo para no verlo.
— ¿Sabes, príncipe Zuko? El destino es algo extraño—dijo Iroh, colocando una mano sobre el hombro de su afligido sobrino—. Nunca se saben cómo van a resultar las cosas. Pero si mantienes tu mente y corazón abiertos, te prometo que encontrarás tu propio destino algún día.
—Mi destino… —Zuko bajó la cabeza de manera reflexiva antes de parpadear y que una mirada determinada adornara sus facciones al alzar la mirada—. Mi destino ahora se encuentra en el Templo Aire del Norte.
Iroh simplemente sonrió.
—Es bueno que estés decidido, sobrino. Y no me atreverías a decirte como debes de conducir tu búsqueda, pero te han dicho muy poco sobre el Avatar cuando eras niño. Tal vez si supieras más acerca de su vida, tendrías una mejor imagen de lo que estás buscando.
— ¿Cuántos Maestros Aire de cien años conoces? Sé lo suficiente, tío.
—Tal vez no podamos encontrar información de un Maestro Aire de cien años, pero sí del anterior Avatar; Roku. Él vivió en el Templo del Fuego en la Isla Creciente por muchos años. Los Sabios del Fuego que habitan en ese templo saben de él más que nadie en el mundo.
— ¡Esa isla está a semanas fuera de curso! —estalló Zuko.
Sabía que aquella isla se encontraba en la frontera de la Nación del Fuego en la región más oriental. Y ellos se encontraban la región más al norte de la nación. Ir hasta allá les llevaría al menos dos semanas.
—Pero ir tal vez te ahorre años de inútil esfuerzo en buscar información.
Zuko apretó los labios con disgusto, pero terminó suspirando y asintiendo.
—Bien—cedió él—. Iremos a la Isla Creciente.
Iroh sonrió, complacido de haber disuadido a su sobrino de tomar una decisión más sabia.
—Informaré al Teniente Jee de nuestro nuevo rumbo.
Él colocó las manos detrás de su espalda y alejó lentamente, tarareando para sí mismo.
—Está demasiado feliz con este viaje—comentó Zuko, agarrándose el puente de la nariz.
—Tal vez está feliz por el simple hecho de poder ayudarte—señaló Percy.
— ¿Eso crees?
—Absolutamente. Ahora volvamos al barco.
Zuko le lanzó una mirada interrogativa.
—Te veo bastante ansioso por volver—señaló él.
Percy simplemente se encogió de hombros.
— ¿Qué puedo decir? Me gusta viajar en barco. Es relajante.
—Bueno, afortunadamente para ti, pasaremos dos semanas en ese barco hasta llegar a la Isla Creciente.
Percy le lanzó a Zuko una sonrisa críptica.
—Oh, creo que será mucho menos tiempo del que crees.
Zuko lo miró con confusión, pero no dijo nada. Ambos abandonaron la plaza del templo y se dispusieron a volver al barco para retomar su viaje.
La expresión de sorpresa en el rostro de Zuko no tuvo comparación cuando vimos el puerto de la Isla Creciente en solo una semana. Todos en la tripulación estaban realmente desconcertados y creyeron que fue la marea que nos favorecía o debido al barco que, a pesar de ser pequeño, tenía un poderoso motor. Aunque yo creo que fue por algo más…
Por suerte, nuestro viaje al Templo de Fuego de la Isla Creciente no fue en vano. Zuko logró recopilar bastante información sobre los Avatares anteriores. En cuanto a mí… descubrí un par de cosas interesantes en los libros de historia.
El camino hacia el Templo de Fuego fue a través de un sinuoso sendero hacia la cima de una sobreelevación rocosa cerca del borde de la isla, el cual tenía una forma de luna creciente, he allí el motivo de su nombre. Aunque más que una isla, todo el lugar parecía ser simplemente una extensión del gran volcán activo que se elevaba de manera imponente en medio del mar.
La Isla Creciente no tenía un volcán, el volcán era la Isla Creciente.
Percy miró con preocupación a la enorme cantidad de humo que salía del gran volcán, el humo era tanto que incluso ennegrecía el cielo.
—No entrará en erupción, ¿verdad? —inquirió él con algo de preocupación filtrándose en su voz.
—Improbable—respondió Iroh, caminando a su lado—. A pesar de que el volcán de la Isla Creciente ha estado activo desde más de cien años, solo ha hecho erupción tres veces. E incluso si lo hiciera, el Templo de Fuego fue construido de tal manera que la lava encontrará su camino hacia el mar lejos del templo.
A pesar de sus intentos de calmarlo, la preocupación de Percy no disminuyó. Se sentía algo extraño. Era casi como si sintiera la tierra temblar bajo sus pies, con la gran cantidad de magma ansiando ser liberado con violencia. Tal vez solo era su propia paranoia manifestándose.
Una vez que llegaron al templo, fueron recibidos por un solo hombre que vestía largas túnicas rojas que cubrían todo su cuerpo y un alto sombrero ceremonial. El hombre era mayor, tal vez de la edad de Iroh, y tenía una barba de chivo blanquecina.
—Saludos, mi nombre es Shyu—se presentó el hombre, realizando una reverencia e inclinándose—. Seré su anfitrión en su estadía en la Isla Creciente. Siento mucho que el Gran Sabio no sea capaz de recibirlos en este momento, pero estaría muy honrado en guiarles y ayudarlos a aprender más del Avatar.
—Guía el camino—ordenó Zuko.
El sabio simplemente asintió y los guio al interior del templo. Al entrar al salón principal, lo que más se destacó fue la gran estatua de quien todos sabían era el Avatar Roku, el último Avatar conocido. La estatua medía más de diez metros y parecía estar hecha con oro y bronce. Y, enrollado alrededor de los pies de la estatua, se podía ver a un dragón hecho de oro puro.
—Vaya, este lugar es increíble—dijo Percy, admirando la gran estatua y el enorme salón.
—Aprecio sus palabras, joven—sonrió Shyu, viéndose complacido—. Nosotros, los Sabios del Fuego, nos esforzamos en mantener este sagrado lugar en las mejores condiciones posibles.
— ¿Ustedes viven aquí?
Shyu asintió.
—Así es. Volverse un Sabio del Fuego es una dedicación de toda una vida. Nos consagramos en seguir las antiguas tradiciones de nuestros antepasados y preservar no solo la historia de los Avatares anteriores, sino también el conocimiento espiritual.
— ¿También tienen rollos sobre espíritus? —preguntó Percy, intrigado.
—Por supuesto. Todo conocimiento es valioso.
Percy se sintió emocionado al escucharlo. Tal vez este viaje no fue beneficioso solo para Zuko, sino también para él.
—Puedo… ¿Puedo leer los rollos que tienen sobre los espíritus? —preguntó él, dubitativo.
Shyu y Zuko lo miraron con intriga, en especial Zuko. No sabía que Percy tenía interés en aprender sobre los espíritus. Era la primera vez que mostraba interés en algo que no fuera el arte de la espada.
El viejo Sabio del Fuego se vio algo inseguro ante la solicitud de Percy.
—El conocimiento que tenemos sobre los espíritus y su mundo es escaso, lo que lo vuelve extremadamente valioso. Si llega a ser dañado de alguna manera…
Iroh colocó una mano sobre el hombro de Percy.
—Yo responderé por él—dijo Iroh, sonriendo—. El joven Percy tiene mi confianza. Y sé que tratará los archivos con el mayor de los cuidados.
Shyu miró a Iroh y luego a Percy para terminar asintiendo.
—Está bien. Si el General Iroh responde por él, entonces le permitiré leer los archivos, aunque tendré que estar presente. Solo por precaución.
—Y eso es completamente comprensible. ¿Estás de acuerdo, Percy?
—Sí… no hay problema. Yo… gracias, Iroh.
Iroh le sonrió amablemente.
—No hay de qué, mi muchacho.
Mientras Shyu continuó guiándolos hacia la biblioteca, Zuko se acercó a Percy y lo miró con intriga.
—No sabía que te interesaban los espíritus—comentó él.
—Te dije que tenía mis razones al querer acompañarte en este viaje—dijo Percy—. Aprender sobre los espíritus es uno de ellos.
Zuko arqueó una ceja.
— ¿Uno de ellos?
—Luego te diré los demás.
Finalmente, llegaron a la biblioteca, el cual era un gran salón que contenía estanterías que llegaban hasta el techo, repleto de pergaminos y rollos. Había múltiples escaleras que te permitían llegar a los rollos más altos y un par de escritorios para leer y escribir.
—Estos rollos se remontan a miles de años atrás—explicó Shyu—. Nuestro deber como Sabios del Fuego es preservar la historia escrita en ellos. Me paso todo el tiempo que puedo en esta biblioteca, volviendo a copiar los rollos que se deterioran de tal manera que el conocimiento dentro de ellos sobreviva.
Shyu los guio hacia uno de los escritorios que tenía un par de sillas y una lámpara de aceite que proporcionaba luz para leer.
—Pueden utilizar mi escritorio mientras están aquí—ofreció él—. No hemos tenido ningún estudiante sobre el Avatar en décadas. Y aún más sobre alguien interesado en aprender sobre espíritus. Aunque, en cierta forma, son lo mismo.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Zuko, sentándose en una silla y Percy en la otra, quien dejó su Espada Dragón a un lado del escritorio para que no lo estorbe en su lectura.
—El Avatar, tal y como lo conocemos, no es más que un anfitrión. Un recipiente humano del verdadero Espíritu Avatar; Raava, el espíritu de la luz y la paz.
Shyu colocó un pergamino sobre el escritorio y lo desenrolló, revelando el retrato de un espíritu que Percy asemejó a un… cometa. Sí, el espíritu de la luz y la paz tenía la forma de un cometa de juguete. Con una larga cola y extrañas marcas en el cuerpo.
—Este espíritu… ¿Habita dentro del Avatar? —preguntó Zuko, mirando detenidamente el retrato con perplejidad.
—Sí—respondió Shyu—. Y una vez que el Avatar muere, este espíritu vuelve a habitar en la siguiente reencarnación de su anterior anfitrión en un ciclo que se ha repetido en los últimos milenios años.
Zuko miró con asombro el retrato de Raava, el espíritu del Avatar, pasando sus dedos por las líneas de tinta mientras procesaba la nueva información que había adquirido sobre aquel a quien había sido enviado a capturar.
—Este espíritu es lo que vuelve al Avatar un ser tan único y especial—continuó Shyu—. Volviéndolo capaz de controlar los cuatro elementos y ser el puente entre el Mundo Mortal y el Mundo de los Espíritus. Y también...
Shyu colocó un pergamino sobre el escritorio, donde se pudo ver la silueta del último Avatar conocido, Roku. Pero había algo peculiar. Detrás de Roku, se podía verse una gran cantidad de siluetas de distintas personas con atuendos de diferentes naciones. Pero había algo en común entre todos ellos, y es que los ojos de todas aquellas siluetas eran completamente blancas, como si brillaran.
— ¿Qué es esto? —preguntó Zuko.
—Esto es lo que Roku llamó "El Estado Avatar" —explicó Shyu—. Cuando un Avatar ingresa al "Estado Avatar", le permite canalizar la energías cósmica y el conocimiento de todos los Avatares anteriores, otorgándoles una fuerza inconmensurable y la capacidad de realizar hazañas de control especialmente poderosas y extraordinarias. Es la habilidad más fuerte, poderosa y a la vez aterradora del Avatar.
Zuko miró la pintura con inquietud. Ahora entendía por qué el Avatar era la mayor amenaza para la Nación del Fuego. El Avatar era alguien extremadamente peligroso... y aterrador.
— ¿Hay algunos rollos que relatan los orígenes del Avatar? —preguntó él.
Shyu negó con la cabeza.
—Tristemente, nuestros archivos no se remontan a tantos años atrás—dijo él, ante de colocar otro rollo frente a Zuko y desenvolverlo—. El registro más antiguo que tenemos es del Avatar Szeto, un hombre que fortaleció enormemente el gobierno de la Nación del Fuego. Restauró el equilibrio económico y estableció programas para ayudar a los pobres y necesitados. Sin duda, fue un ejemplo brillante de los valores de la Nación del Fuego en general. Eficiencia, precisión y lealtad.
Zuko observó el rollo que relataba la vida y el trabajo de Szeto, desde su nacimiento hasta su ascenso como Avatar pleno. Y todo lo que había hecho por la Nación del Fuego hasta su muerte.
Mientras Zuko leía detenidamente el rollo del Avatar Szeto, Percy miró como Shyu desenrolló con sumo cuidado un pergamino frente a él.
—Este rollo es una breve lista de los espíritus que han sido atestiguados a lo largo de los siglos. E incluso con eso, son bastante escasos. Normalmente, los espíritus no abandonan el Mundo Espiritual a menos que sea por una buena razón.
Percy miró el pergamino y, efectivamente, la lista no era muy larga. Pudo reconocer a espíritus como el Kemurikage, Koh, La Madre de los Rostros, La Dama Pintada, Padre Glowworn, Wa Shi Tong, Tui y La eran uno de los pocos. Había otros espíritus que ni siquiera tenían un nombre propio, sino que simplemente mencionaban los lugares donde aparecían o el aspecto a un animal al cual se le asemejaba. Con todo eso, el número de avistamientos de espíritus apenas superaban las dos docenas y todas esas situaciones eran por razones muy específicas, como fechas especiales o eventos únicos. Shyu no había mentido cuando dijo que la información que tenían sobre los espíritus era escasa.
Pero hubo algo que llamó la atención de Percy. Al mirar la lista de espíritus, hubo uno que llamó su atención. Wa Shi Tong, el antiguo espíritu de la sabiduría y el conocimiento, que se decía que poseía todo el conocimiento del Mundo de los Espíritus y del Mundo Mortal almacenado en su Biblioteca Espiritual ubicada en el desierto de Si Wong en el Reino Tierra. Por unos momentos, Percy pensó en que podrían ir hasta allí, pero cuando leyó que la biblioteca se encontraba sepultada en las arenas del inmenso desierto, su emoción inicial se desvaneció rápidamente.
Percy suspiró con cansancio y apoyó su mejilla sobre su mano mientras continuaba leyendo perezosamente la escasa información acerca de los espíritus con la esperanza de encontrar algo del espíritu que estaba buscando.
Seiryu, el Dragón del Este.
¿Por qué era tan difícil encontrar información acerca de los espíritus?
Estaba oscuro, pero a pesar de eso Percy podía ver claramente como si tratara de día. Era una experiencia extraña y difícil de explicar a menos que lo experimentaras por ti mismo. Incluso Percy no podía entenderlo del todo, pero sabía que se encontraba en el fondo del mar. Los distintos animales marinos arrastrándose en el fondo y los peces nadando le señalaban eso.
Fue entonces cuando lo supo inmediatamente. Estaba teniendo otros de esos extraños sueños.
En estos últimos años, había aprendido a diferencia de un sueño de la realidad. Y a pesar de que sus sueños tenían la misma intensidad que realidad, sabía cómo diferenciarlos. El hecho de que ahora se encontraba en el fondo del mar y no en el escritorio de un templo era un claro indicativo.
Él miró por los alrededores con curiosidad. Nunca se había sumergido hasta la parte más profunda de un lago o un mar donde supuso se encontraba, por lo que lo inquietó un poco y se preguntó por qué estaba soñando con esto.
Se deslizó a través de las oscuras aguas, observando con detenimiento todo lo que encontraba. Desde los animales marinos hasta las distintas plantas que se encontraban floreciendo en lo profundo del agua. Al nadar, se percató de algo curioso a lo lejos y nadó hacia él. Se sintió atraído hacia un conjunto de piedras que formaban la entrada a una cueva. Y cuando se acercó, se detuvo repentinamente.
Dentro de la cueva, pudo ver a una oscura silueta enrollada. Su cuerpo era tan voluminoso que apenas cabía dentro de la cueva. Percy sintió una inquietud al mirar a aquella… cosa. Y cuando un par de ojos amarillos destellaron dentro de la oscura cueva, sintió un frío recorrer su columna. Aquella bestia parecía mirarlo directamente mientras un profundo gruñido emergió del interior de la cueva.
Pero entonces algo más llamó a su atención. Al mirar hacia abajo, Percy se percató de que en su mano podía ver un leve destello de luz. Se trataba del anillo que su padre le había dado antes de comenzar el viaje. El anillo que estaba hecho de bronce arrojaba una luz que brillaba con intensidad en el oscuro lugar bajo el agua.
El gruñido de la bestia que se encontraba en el interior de la cueva se volvió más intenso. Y cuando Percy volteó a mirar, vio una enorme silueta abalanzarse hacia él.
Lo último que vio fue las fauces llenas de colmillos de una enorme criatura abalanzarse hacia él.
Percy se despertó con un respingo, levantando abruptamente la cabeza del escritorio donde había estado durmiendo. Sintió su corazón latir con fuerza en su pecho y miró frenéticamente por todo el lugar, buscando a aquella bestia. Pero se sintió aliviado al descubrir que se encontraba en el escritorio de Shyu.
Dio un profundo respiro con la intención de calmar los intensos latidos de su corazón. Sus sueños siempre habían sido algo extraños. Percy siempre había sido netamente un observador, por lo que fue realmente inquietante que, por primera vez, se percataran de él. Y pareció ser algún tipo de… bestia marina. ¿Un espíritu maligno? ¿Cómo el Jiang Shi? ¿Volvería a enfrentarse a otro espíritu?
El ajetreo que escuchó por la ventana lo sacó de sus pensamientos. Al acercarse y ver por ella, Percy abrió los ojos con sorpresa al ver a Zuko enfrentarse a un Sabio del Fuego en un duelo de fuego.
— ¡Ese idiota! ¡¿Acaso volvió a meterse en otro Agni Kai?! —bramó Percy, agarrando la Espada Dragón y yendo directamente a la ventana abierta.
Sin pensarlo dos veces, Percy saltó por la ventana hacia el patio, sin importar que estuviera en un segundo piso. Cuando aterrizó, rodó para aligerar su caída y rápidamente corrió hacia donde Zuko se batía en duelo con un Sabio del Fuego que, a juzgar por sus movimientos y por cómo abrumada a Zuko, era un Maestro Fuego bastante habilidoso.
Cuando vio al Sabio del Fuego empujar sus brazos hacia adelante y enviar una intensa llamara de fuego a Zuko, quien se vio preocupado al ver el poderoso ataque, Percy no dudó en interponerse y, desenvainando la Espada Dragón, la blandió con fuerza. El balanceo de su espada fue tan intenso que no solo dividió la llamarada de fuego a la mitad, sino que también las terminó disipando por completo.
Todos los Sabios del Fuego presentes jadearon con sorpresa al ver tal hazaña realizada por un adolescente con solo una espada.
— ¿Percy…? —musitó Zuko, igual de asombrado.
Esas llamas del Gran Sabio del Fuego habían sido tan intensas que lo habían abrumado completamente. Incluso lo había quemado en el antebrazo. Pero Percy las disipó con suma facilidad con un simple balanceo de su espada.
— ¿Otra vez metiéndote en otro Agni Kai, Zuko? —cuestionó Percy, mirándolo con ligera exasperación—. ¿Acaso no aprendes? Te quito el ojo por un segundo y ya estás desafiando a alguien a un Agni Kai.
Zuko frunció el ceño con molestia.
— ¡No necesitaba de tu ayuda! —farfulló él, sintiéndose avergonzado de que su amigo tuvo que intervenir para salvarlo—. ¡Habría estado bien!
—Sí, claro— resopló Percy, envainando su espada con fluidez—. Y esa quemadura en tu brazo te lo hiciste con una lámpara, ¿verdad?
Percy miró la quemadura que tenía Zuko en su antebrazo y él lo apartó, acunándolo con su otro brazo.
Con un suspiro, Percy se acercó a su amigo y colocó una mano en su hombro.
—Mira, Zuko, aún estás algo herido. ¿Qué tal si primero descansas y te recuperas antes de desafiar a todos a un Agni Kai? ¡Incluso podríamos volver a entrenar juntos como antes! Volvería a patear tu trasero como en los viejos tiempos.
— ¡No necesito entrenar con espadas ahora! —espetó Zuko, apartando la mano de Percy—. ¡Lo que necesito es volverme más fuerte en mi fuego control! Cuando encuentre al Avatar, no podré vencer a un maestro de los cuatro elementos con simples espadas.
Zuko se alejó con aire furioso, pasando de largo a Iroh, quien intentó hablar con su sobrino, pero él simplemente lo ignoró y se adentró en el templo.
—Gracias por detener esto, Percy—dijo Iroh, con una pequeña sonrisa de agradecimiento.
— ¿Por qué peleó decidió pelear con ese vejete? —preguntó Percy, mirando al Gran Sabio, quien le devolvió la mirada con evidente recelo.
Iroh soltó un suspiro cansino.
—Zuko lo vio el entrenamiento de los Sabios del Fuego y exigió que le enseñaran—explicó él—. El Gran Sabio no tomó bien que Zuko, el Príncipe desterrado, le exigiera algo y le hizo saber su disconformidad. Zuko no lo tomó bien y arremetió. Estaba a punto de detenerlo yo mismo, pero llegaste justo a tiempo para evitar un desenlace desastroso. Gracias por eso.
—Descuida, no fue nada.
—Desgraciadamente, ya no creo que seamos bienvenidos aquí.
Percy miró a los Sabios del Fuego, todos ellos lo miraban con molestia. Frente a ellos estaba el Gran Sabio, quien los miraba con evidentemente disgusto, como si su mera presencia en ese lugar fuera un insulto a todas sus creencias.
El único quien parecía estar de su lado era el Sabio Shyu, quien hablaba en voz baja con el Gran Sabio en un intento de aplacar su molestia. No pareció funcionar, ya que el Gran Sabio le dijo unas pocas palabras y se alejó junto con los demás Sabios del Fuego, dejando a Shyu con los hombros caídos y una expresión abatida en su rostro.
—Lamento decirles esto, pero ya no son bienvenidos aquí—dijo él con pesar—. Deben subir a su barco y partir inmediatamente.
—Ya veo—asintió Iroh—. Es una lástima. Gracias por su amable recepción, Sabio Shyu. Estoy seguro de que Zuko aprendió mucho del Avatar con los archivos que le proporcionó.
Iroh realizó una reverencia al Sabio del Fuego, quien se lo devolvió.
—Ha sido un placer, General Iroh. Y espero que el Príncipe Zuko no haya sido el único beneficiado.
Shyu le dio a Percy una mirada expectante.
—Oh, sí, aprendí mucho—asintió Percy.
Y lo dijo en serio. Había aprendido sobre espíritus que nunca había escuchado o leído. Aunque no había descubierto nada relevante sobre el espíritu que había estado buscando. Lo único nuevo que había aprendido sobre Seiryu, el Dragón del Este, era que una vez fue espíritu muy venerado. No solo por la Nación del Fuego, sino también, sorprendentemente, por la Tribu Agua. Aunque era algo comprensible, ya que Seiryu es un espíritu que habitaba en el agua y era capaz de crear tsunamis con solo un rugido.
Tal vez las Tribus Agua tengan más información de ese espíritu en particular.
Al pensar en espíritus del agua, Percy no pudo evitar pensar en aquel espíritu que vio en sus sueños.
—Sabio Shyu… —habló Percy dubitativamente—. Hay… ¿Hay alguna forma de matar a un espíritu?
Shyu abrió los ojos con sorpresa, mientras que una mirada seria adornó las facciones de Iroh.
—Matar… ¿a un espíritu? —preguntó Shyu, perplejo y algo espantado—. Joven Perseo… ¿Por qué desea saber la manera de matar a un espíritu? Además, ¿acaso usted ya no ha hecho eso? Por lo que sé, hace dos años usted mató a un Jiang Shi.
Percy se sorprendió de que el Sabio Shyu supiera eso, pero supuso que era de esperarse. Parte de su trabajo era registrar los hechos históricos. Y un niño de doce años matando a un espíritu maligno sería un evento para agregar en sus archivos históricos.
—Yo… no lo maté—dijo Percy—. Lo único que hice fue cortar la cabeza del cuerpo que el Jiang Shi poseyó. Y Zuko y Azula habían debilitado bastante su cuerpo al quemarlo con su fuego control.
—Ya veo… Cortaste la conexión que el espíritu tenía con el Mundo Mortal—reflexionó Shyu, acariciando su barba—. Pero matar al propio espíritu… Solo el Avatar sería capaz de hacer tal hazaña. Y él siempre buscaría apaciguar al espíritu en lugar de matarlo.
—Entonces, ¿solo un maestro puede matar a un espíritu?
Percy recordó como "mató" al Jiang Shi, usando su control sobre el agua para congelar el cuerpo poseído por el espíritu y luego destruido en decenas de pedazos. También recordó que el fuego de Zuko y Azula fueron capaces de herirlo, por lo que tal vez solo un maestro puede hacerle frente a un espíritu.
Shyu asintió.
—Sí. Es más, una persona normal sería incapaz de ver a un espíritu a menos que tenga una profunda conexión espiritual o el propio espíritu decida tomar una forma mortal. Y hasta donde sé, solo un maestro podría herir a un espíritu utilizando los elementos, ya que las armas mortales con incapaces de hacerles daño…
Shyu se calló abruptamente y abrió los ojos, como si se hubiera recordado de algo importante.
—Por favor, espere un minuto.
Shyu se adentró al templo con paso apresurado, dejando a Percy confundido.
—Percy… —habló Iroh, llamando la atención de Percy al oír lo serio que se escuchaba y veía el viejo general—. ¿Por qué deseas saber cómo matar a un espíritu?
—Pues… —Percy consideró la idea de contarle su sueño, pero rápidamente lo descartó. Sus sueños, a pesar de que siempre había sido extraños, no eran como si predijeran el futuro o algo así. Tal vez solo estaba un poco paranoico por lo incierto que era este viaje y los peligros que podrían llegar a encontrarse—. Solo pensé que sería útil saber cómo enfrentarse a los espíritus, considerando que viajaremos por todo el mundo. Siempre existe la posibilidad con que nos topemos con uno, ¿verdad? Además, el Avatar tiene un espíritu dentro suyo.
—Eso es… verdad—concedió Iroh, aunque aún se veía algo escéptico.
Cuando Shyu finalmente volvió, traía un pequeño pergamino envuelto en una cinta en su mano.
—Ten—le ofreció él a Percy—. Tal vez este pergamino te sea de ayuda. Puedes llevarlo contigo. Acabo de transcribirlo el día de hoy, por lo que puedo volver a hacerlo.
—Gracias—dijo Percy, aceptando el pergamino.
Quiso desenrollarlo en ese momento y ver de qué se trataba, pero podría hacerlo una vez que estuvieran en el barco.
No pasó mucho tiempo antes de que Zuko volviera a salir y cuando lo hizo, Percy quedó algo espantado con lo que vio. Zuko se había quitado los vendajes que cubría su ojo izquierdo, dejando al descubierto una gran quemadura que cubría gran parte de la piel alrededor del ojo hasta la oreja.
Mientras se acercaba, Percy vio el profundo ceño fruncido en el rostro de su amigo.
—Ya tuve suficiente de este lugar—declaró él con voz dura—. He aprendido lo que necesitaba saber.
—Príncipe Zuko… —habló Iroh, con una expresión triste al ver la cicatriz en el rostro de su sobrino.
—Nos iremos inmediatamente. Informa a la tripulación.
Sin esperar una respuesta, Zuko se alejó, dirigiéndose hacia el camino que lo llevaría de vuelta a donde habían atracado el barco.
Percy miró con preocupación la espalda de su amigo, sintiendo como si la distancia entre ellos se hacía cada vez mayor. Y no se refería a la distancia física.
No por primera vez y tampoco por última, interiormente maldijo a Ozai por lo que le había hecho a Zuko.
Cuando llegaron al barco, Percy no perdió el tiempo en ir directo a su camerino con la intención del leer el pergamino que había recibido del Sabio Shyu. Cerró la puerta de hierro de su habitación y fue directo a su escritorio, el cual estaba hecho de hierro y fijado al suelo con tornillos para evitar que se deslice al navegar. No había sillas, solo un cojín donde Percy se sentó y desenrolló el pergamino.
Tuvo que hacer un esfuerzo para leer las palabras escritas con tinta. Siempre había tenido ese problema, donde las palabras parecían flotar o cambiar de lugar al leerlas. Con el tiempo, había aprendido a leer, pero requería de una gran concentración para hacerlo.
Pero a medida que leía el pergamino, se sentía cada vez más inmerso al descubrir lo que había en él.
El pergamino relataba de que, hace aproximadamente 100 años, en los tiempos del Avatar Roku y el Señor del Fuego Sozin, hubo un hombre que viajó por las Cuatro Naciones salvando pueblos de ataques de espíritus malignos. Pero lo más destacable fue cómo lo hacía. Aquel hombre no era un maestro, no se enfrentaba a los espíritus controlando los elementos, sino que lo hacía con una espada. Una espada capaz de matar espíritus.
Percy abrió los ojos con sorpresa y fascinación al leer eso. Así que había una espada capaz de matar espíritus. Y fue empuñada por ese misterioso hombre.
Mientras continuaba leyendo, Percy descubrió que, en su búsqueda por dominar los cuatro elementos, el Avatar Roku había conocido a este misterioso hombre y trabajaron juntos para salvar a la ciudad de Yu Dao de ser asediada por una horda de espíritus malignos. A partir de entonces, el Avatar Roku había viajado en compañía de este hombre, trabajando juntos con la intención de purgar del mundo a los espíritus malignos que azotaban a las Cuatro Naciones, formando una fuerte amistad.
Con el tiempo, ambos habían tomado caminos separados al llegar a la vejez. El Avatar Roku volvió a la Nación del Fuego y se asentó en su isla natal, el cual lleva su nombre, donde se casó, formó una familia y vivió pacíficamente hasta el día de su muerte. El hombre misterioso, a su vez, se había asentado en alguna parte del Reino Tierra. Lo último que se supo de él fue una carta enviada al Avatar Roku, el cual había sido transcrita en la parte final del pergamino.
A mi querido amigo Roku.
Han pasado casi veinticinco años desde la última vez que nos vimos. Lo última vez fue en tu boda donde finalmente desposaste a Ta Min. Espero que hayas formado la familia que siempre quisiste con ella. Por mi parte, yo también hice lo mismo poco después de tu boda. Fue privado y reservado. Sabes que nunca me gustaron las grandes celebraciones.
El mundo ha gozado de una época de paz desde que cerramos la brecha al Mundo de los Espíritus… pero he descubierto que se acerca una oscuridad aún mayor a cualquiera a la que nos hemos enfrentado. No sé si será en los próximos años o dentro de 100 años. Y eso es lo que más me aterra. Temo no estar vivo el tiempo suficiente para impedirlo. Por eso, te escribo esta carta. En caso de que ninguno de los dos esté vivo para cuando el mundo se vea amenazado por este gran mal, tal vez tu siguiente reencarnación pueda hacer algo. Y tal vez, solo tal vez, aparezca alguien como yo para ayudar.
Lamento que esta carta sea tan sombría, amigo mío. Me hubiera gustado reunirnos una vez más y compartir experiencias. Me hubiera gustado conocer a tus hijos y yo te habría presentado los míos, junto con mis nietos. Ellos se criaron con historias de nuestras aventuras, por lo que habrían estado encantados de conocerte a ti y a Fang.
Espero que hayas tendido la vida pacífica que siempre añoraste. Por mi parte, yo lo conseguí.
Con cariño, tu viejo amigo, Luke Castellan.
Percy reflexionó en sombrío silencio cuando terminó de leer la carta. El gran mal que al que se refería Luke Castellan, ¿era la inminente guerra? ¿O fue algo más? La carta hacía mención que él y el Avatar Roku habían cerrado una brecha al Mundo de los Espíritus. ¿Tal vez se refería a algo relacionado con los espíritus malignos? Él no lo sabía.
Cuando estuvo a punto de enrollar el pergamino, Percy se percató de algo más. En la parte final, vio que había algo más escrito y cuando desenrolló todo el pergamino para ver de qué se trataba, abrió los ojos con sorpresa.
Él reconocía esa escritura. La había visto antes. Rápidamente, fue a su cama y metió su mano debajo de ella, sacando la caja de madera que su padre le había entregado antes de dejar la capital. Al llevarlo a su escritorio y comparar las escrituras grabadas en la caja con la escritura del pergamino, vio que eran la misma.
Luke Castellan, el misterioso hombre que portaba una espada capaz de matar espíritus… tenía algún tipo de relación su madre.
Percy se concentró en leer lo que Luke había escrito en aquella carta al Avatar Roku, pero no pudo entenderlo en su totalidad. Solo algunas palabras.
A quién… capaz de leer… hay… importante… debes saber. Déjame… no… mortal…
… mestizo… Semidiós. Hijo… dios… mortal.
Mi nombre… Luke Castellan y… semidiós… Hermes… olímpico… mensajeros… muchos otros… Y… loco… esto… mundo… diferente. Este párrafo… escrito… lengua muerta… leída… semidiós.
Sé… sientes… diferente a los demás. Y tal vez… aterrarte… no tener miedo… único.
Percy se sujetó el puente de la nariz, sintiendo como se formaba un dolor de cabeza. No sabía por qué podía entender algunas palabras de estas extrañas escrituras, y mucho menos leerla en primer lugar. ¿Tal vez estaba relacionado con la bendición que había recibido del espíritu que volvió su piel invulnerable? Algo así como el lenguaje de los espíritus que solo podían leer aquellos que fueron bendecidos por ellos. Sonaba algo loco, pero considerando las cosas locas que podía hacer, era la única explicación que se le ocurría.
Volvió a mirar el pergamino y se concentró en leerlo, ignorando el leve dolor de cabeza que sentía al hacerlo.
Si deseas saber quiénes somos… y por qué estamos… mundo, debes ir… biblioteca de Wa Shi Tong… desierto de Si Wong. Allí… escritos… responderán… todas... preguntas…
A pesar de que no pudo leer completamente lo que decía en el pergamino, entendió el mensaje final. En la biblioteca de Wa Shi Tong en el desierto de Si Wong estaban las respuestas a sus preguntas.
¿Por qué tenía estas habilidades? ¿Por qué podía leer este extraño lenguaje? Y ahora, ¿qué relación tenía su madre con este extraño hombre llamado Luke Castellan?
Al repasar una última vez el mensaje dejado por Luke hubo una palabra que se repetía varias veces; semidiós.
¿Qué era un semidiós?
Percy pasó los dedos sobre aquella extraña palabra escrita en ese extraño idioma. Tal vez en la biblioteca de Wa Shi Tong encontraría la respuesta.
La próxima vez que subimos al barco, estuvimos viajando por mucho más tiempo. Pasó poco más de una semana antes de que finalmente dejáramos la Nación del Fuego y nos adentráramos en territorio del Reino Tierra. Aunque era territorio conquistado por la Nación del Fuego, Iroh nos advirtió de que estemos alertas, ya que el ejército del Reino Tierra siempre estaba batallando para recuperar el territorio que habían perdido hace 100 años. Aunque era poco probable que atacaran a un barco tan pequeño, Iroh me dio un gran consejo:
"Prepárate para lo peor y espera lo mejor"
Es por eso por lo que he tenido la costumbre de llevar mi espada en todo momento. Zuko me llamaba paranoico, pero podía ver la manera en la que golpeteaba sus pies contra el suelo y cómo apretaba sus nudillos mientras su cuerpo estaba tenso, como si estuviera esperando un inminente ataque.
Los ánimos se calmaron cuando finalmente llegamos a una de las muchas colonias de la Nación del Fuego, una pequeña aldea ubicada en las costas de un gran río. No podíamos ir río arriba y dirigirnos al Templo Aire del Norte a través de Mar del Norte debido a que esas aguas estaban bajo el control de la Tribu Agua del Norte, por lo que tendríamos que ir a pie a través del bosque hasta el Templo Aire del Norte.
Antes de ir al templo, hicimos una pequeña parada en la aldea donde se celebraba el Festival de los Días de Fuego. Cuando llegamos y oí sobre el festival, estaba emocionado de participar, pero Zuko no compartió la misma emoción.
Cuando finalmente tocaron puerto luego de un par de semanas de viajar por mar, la tripulación de Zuko fue recibida por un pequeño grupo de soldados, quienes abordaron inmediatamente incluso antes de que la tripulación pudiera desembarcar.
Quien iba delante de todos ellos se presentó a sí mismo como el Comandante Kanku, un hombre que vestía una ornamentada armadura roja con leves detalles dorados, con una toga que cruzaba su torso que denotaba que él era el militar con mayor autoridad en aquel territorio controlado por la Nación del Fuego.
—No sé cómo puedo ser más claro con usted, Su Alteza—dijo el comandante en un tono condescendiente y una sonrisa altiva—. La Nación del Fuego ha controlado la zona durante décadas. Mis hombres han estado sobre cada centímetro de ese templo. Si había algo que encontrar lo habríamos encontrado hace ya mucho tiempo.
Zuko frunció el ceño con molestia y dio un paso con la intención de replicar con veracidad la declaración del Comandante, pero Iroh se le adelantó.
—De cualquier manera, creo que al Príncipe Zuko le gustaría verlo por sí mismo—dijo él de manera más diplomática—. Tal vez si usted nos prestara sus mapas, podríamos llevar a cabo nuestra propia investigación y estaríamos fuera de su camino más rápido.
— ¿Y arriesgar el buen favor del Señor del Fuego? Tentativo, pero no—replicó Kanku—. Si su sobrino insiste en ir por mi bosque, tendrá que hacerlo sin mi ayuda.
—Oiga, son solo unos mapas—dijo Percy, sin importarle que estuviera hablándole a un comandante—. No te estamos pidiendo que nos prestes a tus hombres como guías, solo unos papeles que nos guíen hasta un templo abandonado.
El Comandante Kanku miró a Percy con altivez y una mueca, claramente estaba molesto ante la intervención y falta de respeto de un niño que, a sus ojos, no parecía más que un simple civil.
—Bueno, a juzgar por la tripulación inexperta y la compañía ineficiente que el Príncipe Zuko lleva consigo—Kanku le dio una mirada de reojo a Iroh y Percy antes de sonreír con sorna y señalar a los soldados que se encontraban detrás de él—. Mis hombres son claramente superiores a la hora de cumplir cualquier deber. Pero las noticias del destierro del príncipe han llegado a todas las bases militares ubicadas en el Reino Tierra. El Señor del Fuego nos prohibió explícitamente brindar cualquier tipo de ayuda al príncipe exiliado en su misión de capturar al Avatar. Después de todo, él debe demostrar su valía al cumplir esta tarea sin ayuda.
Zuko frunció el ceño con fuerza y apretó los puños, pero apretó los labios y ahogó cualquier réplica que tenía en mente.
El Comandante, complacido por su falta de respuesta, le dio la espalda con la intención de abandonar el barco. Aunque antes de hacerlo miró a Zuko sobre el hombro con una sonrisa ligeramente burlona.
—Por cierto, Su Alteza, hoy en la noche es el Festival de los Días del Fuego. ¿Por qué no se van a divertir en lugar de estar perdiendo el tiempo con fantasmas?
El Comandante descendió por la rampa junto con sus hombres, dejando a Zuko, Iroh y Percy solos.
—De hecho, no es una mala idea, Príncipe Zuko—dijo Iroh, en un intento de animar a su sobrino y lograr que se relaje un poco—. Aquí en las colonias, las celebraciones son diferentes a las de la capital.
— ¿En serio? —preguntó Percy, curioso—. ¿De qué forma?
Feliz de que al menos Percy esté interesado, Iroh continuó.
—Oh, bueno. Hay espectáculos de marionetas, de magia, malabarismos, fuegos artificiales… ¡Y mucha comida gratis! Los copos de fuego no son tan buenos, ¡pero hay baile de máscaras! Y creo que también…
— ¡No me interesan estas estúpidas costumbres campesinas! —espetó Zuko con molestia—. Si tanto desean verlas, ¡vayan ustedes solos!
Zuko abandonó la cubierta y entró en la torre de mando, cerrando la puerta con fuerza.
Iroh miró con tristeza a su sobrino rechazar mordazmente cualquier oportunidad de despejar su mente de su misión que parecía carcomerlo día a día. Aunque, conociendo el peso que se le había impuesto a sus hombros a una edad tan joven, era de esperarse.
Lo tenía todo para ganar, pero nada que perder. Al menos, eso era lo que Zuko pensaba actualmente. Tal vez, con el tiempo, se daría cuenta de qué aún tenía cosas importantes en su vida.
Zuko pasó todo el día dentro de su habitación meditando, intentando aclarar su mente y alejar los tumultuosos pensamientos que lo invadían.
Mientras respiraba profunda y rítmicamente, las llamas de las velas frente a él disminuían con cada inhalación y se incrementaban con cada exhalación. Un ejercicio básico de fuego control que había aprendido hace años.
A pesar de realizar este ejercicio con la intención de calmar y enfocar su mente, lo único que lograba es que esta vagara hacia pensamientos más oscuros y sombríos. Recuerdos llenos de fuego… gritos… dolor…
¡Lo siento, padre! ¡Solo quiero lo mejor para la Nación del Fuego! ¡Lamento haber hablado así!
Levántate. Pelearás por tu honor.
Por favor… No quería faltarte al respeto. Soy tu leal hijo.
¡Levántate!
Las llamas parecían arder con tal intensidad en su memoria que casi podía sentir el calor de ellas y sus destellos detrás de sus ojos cerrados. Sentía su cuerpo arder y el sudor recorrer su cuerpo.
Aquí y ahora, aprenderás que la compasión es una señal de debilidad. Y el sufrimiento será tu maestro.
Zuko abrió los ojos abruptamente cuando un agudo e intenso dolor fantasma recorrió el lado izquierdo de su rostro. Se llevó una mano a su cicatriz, donde casi podía sentir los remanentes del calor. Su respiración era agitada y los latidos de su corazón eran frenéticos e intensos.
Cerró los ojos y se concentró en calmar su errática respiración, pero un ruido sordo lo distrajo. Curioso, Zuko se levantó de su posición de meditación y salió de su habitación privada. Sabía que toda la tripulación estaba en el festival, por lo que le pareció curioso que haya ruido. Al recorrer los pasillos sin hacer ningún ruido, no vio a ningún soldado o a su tío o Percy, lo que solo hizo que estuviera más alerta.
Al doblar en una esquina, el sonido se volvió más intenso y reconoció de dónde venía; el almacén de armas.
Zuko se apoyó por la puerta de hierro y escuchó atentamente el sonido que provenía del interior. Pareciera ser como si alguien estuviera hurgando en las cajas donde se encontraban todas las armas. Sabía que era imposible que un solo soldado estuviera haciendo tal cosa sin la presencia de un guardia, así que inmediatamente supuso que se trataba de un ladrón.
Con decisión, pateó la puerta de hierro, abriéndola abruptamente y entrando en la habitación con un par de dagas de fuego en sus manos, listo para enfrentar a cualquier polizón.
Lo que no se esperaba fue a encontrar a un hombre vestido con completamente de negro de pies a cabeza. Llevaba dos espadas dao enfundadas en su espalda y su rostro estaba cubierto máscara de cerámica de color rojo que Zuko encontró inquietantemente familiar.
El hombre estaba metiendo algo dentro de una bolsa que colgaba sobre sus hombros en el momento que Zuko entró. Ambos se miraron en silencio por unos segundos, procesando la presencia del otro antes de que Zuko arremetiera la intención de someter a aquel ladrón, pero él utilizó sus espadas para mantener la distancia, impidiendo que Zuko se acercara demasiado. Debido a que el almacén de armas estaba lleno de cajas que contenían carbón, balas de cañón y una gran cantidad de pólvora, no podía utilizar su fuego control de manera descuidada.
El ladrón al parecer sabía eso y lo aprovechó, manteniendo su distancia de Zuko utilizando sus espadas dao y una serie de acrobacias que denotaban su agilidad. Haciendo uso de esa agilidad, fue capaz de saltar sobre Zuko, esquivando sus intentos de capturarlo.
— ¡Detente! —gritó él, yendo detrás del ladrón que había huido por la puerta abierta.
Zuko lo persiguió, pero el ladrón rápidamente subió a la cubierta, corrió hacia la barandilla del barco y saltó por ella. Pero antes de caer, el hombre volteó y le dio a Zuko un saludo burlón, dejándolo en medio de la vacía cubierta.
Él miró con ira y frustración el lugar por donde el ladrón había huido y su visión fue atraída por las luces del festival que se celebraba en la aldea, haciendo que entrecerrara los ojos.
Mientras recorría por las calles adornadas con farolas de la aldea, Zuko mantuvo los ojos abiertos, alerta por si encontraba a aquel ladrón. Lo cual era como buscar una aguja en un pajar, porque la mayoría de las personas usaban máscaras de cerámica con temáticas de animales hasta espíritus para ocultar sus rostros. El ladrón que había entrado a su barco podría pasar desapercibido fácilmente en aquel lugar, incluso con su máscara puesta. Si es que no la llevaba puesta, encontrarlo sería mucho más difícil, pero Zuko no desistió. No permitiría que un simple ladrón se saliera con la suya al atreverse a robar al Príncipe de la Nación del Fuego.
Al caminar entre la muchedumbre, Zuko ignoró los fuertes sonidos de los instrumentos musicales que ambientaban el festival y aturdían sus oídos para enfocarse en las personas que vestían máscaras, esperando encontrar al ladrón.
Sabiendo que no lo encontraría simplemente buscando con la mirada, Zuko gruñó con frustración y apuntó a una de las personas que usaba una máscara.
— ¡Tú! —llamó él, acercándose a un hombre que usaba una máscara roja que tenía una nariz extremadamente larga—. Estoy buscando a un hombre con una máscara roja.
El hombre al que Zuko había apuntado se quitó la máscara, revelando que era un anciano.
—Hijo, este es el Festival de los Días de Fuego—comentó él—. Hoy he visto a muchos hombres usar máscaras rojas. Yo llevo una.
—El hombre que busco llevaba una bolsa… Y usaba dos espadas dao.
— ¡Ah! ¡Quieres decir el Espíritu Rojo! —reconoció una mujer que acompañaba al anciano, quien al igual que él, también usaba una máscara.
— ¿El qué?
—Él es una especia de leyenda por aquí. No debería decirle esto a un extranjero, pero… el Comandante Kanku no nos ha hecho las cosas fáciles para nosotros desde que llegó aquí hace un año. Reserva gran parte de la comida y la medicina para sí mismo y sus soldados. Obliga a nuestros hijos e hijas a enlistarse y enviarlos al frente de la guerra. Aunque tal vez eso es lo mejor, considerando lo que sucedió el año pasado…
La mujer ahogó un sollozo y bajó la mirada.
El anciano se acercó a ella y la envolvió en un abrazo con la intención de confortarla.
—Disculpa a mi hija, este último año no ha sido fácil para ella… Ni para ninguno de nosotros… De todos modos, el Espíritu Rojo que estás buscando nos ha ayudado a sobrellevar todo esto. Roba los suministros de la base del Comandante Kanku y nos lo deja en nuestras puertas.
—Es bueno saber que al menos un espíritu bueno nos cuida—comentó con voz ahogada la mujer con máscara, quien se la había quitado para limpiarse unas lágrimas que habían acumulado en sus ojos.
—Él no es un espíritu—replicó Zuko, apartando la mirada—. No es más que un ladrón.
—El espíritu Rojo es más que eso, joven viajero—declaró una nueva voz.
Todos voltearon para observar como una anciana que acercaba a ellos con lentitud. Era bajita y encorvada, con su largo cabello canoso recogido. Vestía túnicas ceremoniales de color rojo y naranja. Se apoyaba en un largo bastón de madera que tenía la cabeza de un dragón tallada en la parte superior.
—Sacerdotisa Umeko—dijo el anciano, inclinándose en señal de respeto—. No esperaba verla aquí esta noche. Todos creímos que se quedaría en el templo a orar.
—He encomendado mis oraciones a los espíritus—dijo ella solemnemente—. Ahora, solo nos queda esperar a que nuestras plegarias sean respondidas. Y que el Espíritu Rojo nos brinde su protección una noche más.
— ¿Protección? —inquirió Zuko, incrédulo—. ¡Ese hombre no es un espíritu! ¡No es más que un mero ladrón!
La sacerdotisa Umeko negó tristemente con la cabeza.
—Eres un extranjero, joven. Así que no lo entiendes. La presencia del Espíritu Rojo nos ha ayudado no solo a soportar la tiranía del Comandante Kanku, sino también la amenaza que nos asecha cada año durante estas épocas. Es verdad, él ha robado suministros de la base militar para repartirlo a los aldeanos, pero también nos ha brindado protección de un espíritu maligno que emerge de lo profundo del mar cada año para aterrorizarnos, devorando nuestras cosechas, nuestro ganado y… también a nuestros niños.
La sacerdotisa bajó la mirada con pesar y la mujer que anteriormente había hablado con Zuko comenzó a llorar. Zuko supuso que era su hijo quien había sido llevado por este espíritu maligno del que hablaba.
— ¿Cuál espíritu? —preguntó él.
La sacerdotisa miró la cabeza de dragón de su báculo con aire sombrío.
—El Nian—dijo ella. Y tal vez sean imaginación de Zuko, pero pudo sentir un frío viento soplar y las luces del festival volverse más tenues—. Un antiguo y malvado espíritu que trae destrucción y muerte a su paso. Durante siglos, nuestro pueblo ha vivido bajo la constante amenaza del Nian, que durante las vísperas de Año Nuevo emerge de lo más profundo del mar para atormentar a nuestro pueblo. Nuestros ancestros encontraron la manera de mantener a raya a la bestia y eso es a través de este festival. Las luces, el color rojo, el ruido… todo eso mantiene alejado al Nian, pero a veces… a veces eso es insuficiente. Y el Nian cobra una víctima.
Zuko escuchó a la mujer que le había hablado comenzar a llorar por lo bajo y a su padre intentar consolarlo.
—Es por eso que el Espíritu Rojo es tan querido en nuestra aldea—continuó la sacerdotisa Umeko—. No solo nos ha ayudado devolviéndonos los suministros que el Comandante Kanku nos ha arrebatado, sino que también ha mantenido a raya al Nian estos últimos días. Gracias a eso, nuestras cosechas, ganados y… nuestros niños… han sobrevivido al ataque del espíritu maligno.
Zuko frunció el ceño de manera reflexiva y frunció los labios. Aquel hombre, aquel ladrón… ha ayudado mucho a este pueblo. ¿Pero por qué subió a su barco a robar? ¿Qué es lo que buscaba en el almacén de armas?
Él negó fervientemente con la cabeza con un fuerte ceño fruncido.
—Un ladrón es un ladrón—sentenció él.
Zuko se alejó de aquellas personas, decidido a encontrar a ese ladrón y obligarlo a que le devuelva lo que robó de su barco.
Recorrió todo el festival buscando a aquel hombre, pero su búsqueda fue infructuosa y crecientemente frustrante. Había cientos de personas en el festival y la gran mayoría de ellas usaban máscaras, por lo que encontrar a aquel ladrón sería imposible.
Imposible, a menos que tuviera ayuda.
Zuko se acercó a un gran escenario que se había montado en medio del festival, donde reconoció la espalda familiar de su tío y la espada envainada en la espalda de Percy, quienes miraban con interés el espectáculo que se desarrollaba encima del escenario.
—Tío, Percy, necesito hablarles…
—Shh—lo calló su tío, colocando un dedo sobre sus labios sin apartar la mirada del escenario—. ¡Esta es la mejor parte!
— ¡Pero…!
—Sobrino, es importante prestar atención al arte. Lo que sea que te urja, puede esperar al final de la obra.
Irritado por la falta de interés de su tío, Zuko volteó a mirar a su amigo.
—Percy, tienes que ayudarme a…
Zuko se calló cuando volteó a Percy, quien usaba una máscara de dragón azul que le resultaba familiar.
— ¿Percy?
El joven espadachín levantó su máscara, revelando su sonriente rostro.
—Zuko, ¡te has perdido toda la diversión! —dijo él, emocionado—. Este lugar es increíble. Los copos de fuego no son tan buenos como lo son en la capital, ¡pero tienes que probar los mochis! ¡Son increíbles!
Percy le ofreció un mochi que tenía en su mano, mientras que en la otra sujetaba una bolsa repleta de ellos.
—No… gracias. De todas maneras, ¡tienes que ayudarme en algo importante!
— ¿Podemos esperar a que termine la obra? —preguntó él, dándole un mordisco al mochi y mirando al escenario—. Dicen que los actores son muy buenos.
—Aaagrh… ¡Bien!
Zuko se cruzó de brazos con irritación y miró al escenario donde se desarrollaba la obra de teatro. Vio que había un grupo de personas vestidas con uniformes que simulaban uniformes militares del Reino Tierra, cargando con grandes piedras hechas de papel. Ellos estaban a los pies de una estructura que simulaba la gran muralla de Ba Sing Se, donde en lo alto estaba un hombre que vestía ornamentadas túnicas, simulando ser el Rey Tierra.
Frente al grupo de hombres que representaban a los soldados del Reino Tierra, había un solo hombre con vestimentas rojas y amarillas. Su rostro estaba ligeramente pintado, impidiendo reconocerlo. Pero mientras realizaba una gran cantidad de ágiles y vistosas maniobras con fuego control para "combatir" a los soldados del Reino Tierra y cautivar al público, Zuko vio que era extrañamente familiar.
Cuando el hombre pintado venció a los soldados, el hombre que simulaba ser el Rey Tierra habló con voz teatral.
— ¡Sun Wukong! —gritó él, antes de saltar de la muralla y caer en el escenario, sosteniendo dos grandes piedras hechas de papel—. Tal vez hayas derrotado a mis maestros tierra, ¡pero nunca derrotarás las paredes impenetrables de Ba Sing Se!
— ¡No es necesario, Su Majestad! —exclamó Sun Wukong, saltando por encima del Rey Tierra—. ¡Cuando usted amablemente abre las puertas!
El público estalló en risas cuando Sun Wukong pasó por las puertas abiertas de la muralla y escaló para situarse en lo alto de ella.
— ¡Muchas gracias por darme la bienvenida a su gran ciudad! ¡Será un excelente regalo para el Señor del Fuego!
El público aplaudió con energía y emoción a Sun Wukong, quien los saludó a todos de una manera peculiar que hizo que Zuko abriera los ojos con reconocimiento.
—Es él—gruñó Zuko, caminando hacia el escenario.
— ¿Sobrino? —llamó Iroh, confundido.
— ¡Te veré en el barco!
Zuko fue directamente a la parte trasera del escenario donde se reunían los actores, pero arqueó la ceja cuando vio que Percy lo seguía.
—Querías ayuda, ¿no? —dijo él.
Zuko no dijo nada, simplemente asintió en señal de agradecimiento. Percy sería de ayuda si es que el ladrón decidiera volver a escapar.
Cuando llegaron a la parte trasera del escenario, Zuko reconoció inmediatamente al hombre que estaba buscando, quien estaba quitándose los atuendos de la obra.
— ¡Oye, tú! —gritó Zuko.
—Si quieres un autógrafo, tendrás que esperar hasta a la siguiente función—dijo el hombre sin voltear a mirarlo—. Ahora estoy un poco ocupado.
— ¿Habrá otra función? —preguntó Percy, interesado.
—Así es, pequeño amigo. ¡Interpretaré a Ou Fei Ou! ¡El hombre fue hasta el mundo de los espíritus para traer de vuelta a su difunta amada!
Percy pareció realmente interesado en la obra, pero Zuko no tenía tiempo para obras infantiles
— ¡Deja de ignorarme! —espetó él, acercándose al actor—. ¡No pretendas no saber quién soy y devuelve lo que robaste de mi barco!
—Me temo que no puedo—dijo el hombre sin mirarlo—. Generalmente, no robo sin una buena razón.
— ¡No me importan tus problemas!
El hombre miró a Zuko sobre su hombro con una sonrisa burlona. Ahora que lo veía bien, era un adulto joven, con el cabello negro recogido en un moño y dos grandes mechones que caían a los lados de su rostro. El hombre no parecía tener más de veinticinco años.
Cuando el hombre miró a Zuko, su sonrisa se desvaneció al ver la cicatriz en su rostro.
—Yo creo que sí—dijo él con seriedad, pero había un brillo de simpatía en sus ojos—. Alguien como Kanku probablemente te hizo eso, ¿verdad?
Zuko apartó la mirada, cubriéndose la cicatriz.
—No sabes de lo que estás hablando…
—Una cicatriz como esa te quitó algo, lo entiendo—sonrió con amargura—. Kanku también me quitó… algo que aprecio mucho y que recuperaré a toda costa. Mira, niño, no soy un tipo malo. He visto lo que puedes hacer. Eres hábil. Ayúdame esta noche y yo te daré lo que quieras.
—No quiero nada de ti—rechazó Zuko.
—Pero quieres algo de Kanku, ¿no es así?
Zuko no respondió, pensando en los mapas que el Comandante Kanku tenía en su poder que lo ayudarían en su viaje al Templo Aire del Norte.
Sonriendo, sabiendo que había acertado, el hombre le arrojó a Zuko una máscara de cerámica roja de lo que parecía ser un espíritu maligno.
—Mi nombre es Hong Shen—se presentó él—. Usa esto. El anonimato será nuestra aliada.
Zuko miró la máscara, reflexionando acerca de las implicaciones de hacer lo que Hong Shen sugería.
Al final, no necesitó pensarlo demasiado.
—Bien—asintió él antes de voltear a mirar a Percy—. ¿Me ayudarás?
Percy sonrió de manera cómplice y volvió a colocarse su máscara de dragón azul.
—Creí que nunca lo dirías.
Bajo el abrigo de la noche, Zuko, Percy y Hong Shen avanzaron por el oscuro bosque. Sus identidades ocultas por sus respectivas máscaras. Listos para infiltrarse en la base militar del Comandante Kanku.
Hong Shen se había cambiado al mismo atuendo con el que se había infiltrado al barco de Zuko, mientras que el exiliado príncipe solamente se había colocado la máscara, sin molestarse en cambiarse sus ropas. Percy simplemente se colocó una desgastada y larga túnica negra con capucha, algo raída en los pies. La larga túnica negra, junto con su máscara de dragón azul, realmente lo hacían parecer algún tipo de espíritu vengativo de la noche.
Cuando llegaron a la muralla del lado suroeste de la base, los tres se escondieron detrás de un arbusto mientras observaban una de las entradas custodiadas por dos guardias armados con naginatas.
—Entonces, ¿cómo entramos? —preguntó Percy.
—Con esto.
Hong Shen metió la mano dentro de su bolso y sacó un par de explosivos que Zuko reconoció inmediatamente y frunció el ceño debajo de su máscara.
—No puedo creer que esté haciendo esto… ¡Y con mis propios explosivos! —exclamó él, indignado.
—Puedes ser el primero en encenderlas, si eso te hace sentir mejor—ofreció Hong Shen.
Zuko miró la mecha del explosivo antes de apretarla con los dedos y, luego de una pequeña chispa, la mecha se encendió. Hong Shen no perdió el tiempo en arrojarla hacia una de las torres de base militar y, unos segundos después, detonó con una estruendosa explosión que alertó a los guardias, quienes rápidamente fueron hacia donde ocurrió la explosión, alertando a toda la base.
—Es hora, síganme—dijo Hong Shen.
Percy y Zuko siguieron al hombre hacia la muralla de la base donde utilizaron una saliente para trepar por ella. Cuando finalmente lograron traspasar el muro, lo hicieron sin que ningún soldado se percatara de ellos.
— ¡Es una explosión! —escucharon a uno de los guardias gritar—. ¡En la esquina suroeste!
Los tres rápidamente se escondieron detrás de una esquina, viendo a los soldados armados ir al lugar donde había ocurrido la explosión.
—Muy bien, se han ido—dijo Zuko, antes de voltear a mirar al enmascarado Hong Shen—. ¿A dónde vamos?
—Por aquí—señaló Hong Shen a uno de los pasillos—. Estudié los planos de la base que robé de soldado novato.
Los tres rápidamente se adentraron por los pasillos de la base, pero cuando voltearon a una esquina, se encontraron con toda una docena de soldados fuertemente armados con naginatas y espadas.
—Supongo que los planos no decían por donde patrullaban los soldados—comentó Percy.
— ¡Señor, intrusos! —exclamó uno de los solados—. ¡Es el Espíritu Rojo!
—Pero… hay dos de ellos—señaló otro soldado antes de agregar—. Junto con un… dragón azul.
— ¡¿Acaso son niños?! —reprendió un soldado, quien al parecer tenía el mayor rango—. ¡Atrapen a esos tres!
Los soldados siguieron la orden de su superior y rodearon a Hong Shen, Zuko y Percy, quienes rápidamente se pusieron en posición de pelea. Zuko adoptó una postura de fuego control, mientras que Hong Shen y Percy desenvainaron sus respectivas espadas y se enfrascaron en un combate con los soldados.
Mientras peleaban con los soldados, Zuko se percató de que Hong Shen no utilizaba su fuego control para combatir, solo sus espadas dao.
— ¿Por qué no usas tu fuego control? —cuestionó él, enviando una bola de fuego a un soldado para aturdirlo.
—Ah, eso es algo que nadie se lo preguntaría—dijo Hong Shen, usando sus espadas para disipar una bola de fuego que iba directo a él—. "¿Por qué un poderoso Maestro Fuego recurriría a usar espadas?" Y es debido a eso que nadie sospecha de mí.
Zuko resopló mientras disipaba una bola de fuego que iba directo a él, pero abrió los ojos con sorpresa cuando vio la jabalina de dos soldados descender directamente hacia él. Fue entonces cuando un borrón negro apareció frente a él y detuvo ambas jabalinas. Zuko parpadeó y vio a Percy detener las jabalinas con su espada. Los soldados intentaron empujar sus armas, pero Percy se los impidió, manteniéndose inamovible.
Con un simple movimiento de su espada, Percy desarmó a ambos soldados y luego los golpeó en la cabeza con el pomo de su espada, dejándolos inconscientes.
Los tres miraron a los soldados tendidos en el piso, incapaces de seguir luchando.
— ¡Rápido, por aquí! —dijo Hong Shen.
Zuko y Percy lo siguieron hasta que el largo pasillo se abrió a un gran patio al aire libre, iluminado por múltiples antorchas y lámparas.
—La sala de mapas está por allí—señaló Hong Shen hacia uno de los pasillos.
Detrás de ellos, por el pasillo por donde habían venido, escucharon a los soldados gritar y acercarse cada vez más. Y a juzgar por el ruido que hacían, había muchos de ellos.
— ¡Maldita sea, a este paso nos atraparan! —gruñó Hong Shen con frustración.
Percy miró por el pasillo por donde los soldados se acercaban cada vez más.
—Vayan, les daré tiempo—declaró él, parándose frente al pasillo por donde los soldados se acercaban mientras desenvainaba su espada—. Yo los detendré.
—Mira, chico—dijo Hong Shen, impaciente—. Aprecio que quieras ayudarnos, pero…
Zuko lo interrumpió al colocar un brazo frente a él.
—Déjalo—dijo él—. Percy es más que capaz de detenerlos.
A pesar de su máscara, el escepticismo era evidente en Hong Shen, pero aceptó las palabras de Zuko con un asentimiento.
Ambos dejaron a Percy en el patio y se adentraron en el pasillo, aunque Zuko volteó a mirar a su amigo una última vez antes de abandonar el patio.
— ¿Estás seguro de que tu amigo puede manejar esto? —preguntó Hong Shen.
—Confío en él—declaró Zuko, sin un ápice de duda.
—Muy bien entonces.
Luego de recorrer los pasillos de la base militar, llegaron a una puerta que dio paso escaleras que llevaban a un lugar bajo tierra.
—La sala de mapas está por allá, la segunda puerta a la izquierda—informó Hong Shen, apuntando hacia un pasillo—. Una vez que tengas lo que buscas, nos encontraremos en el patio donde está tu amigo. Regresa en cinco minutos, o asumiré que Kanku te ha atrapado.
Zuko simplemente asintió y fue en la dirección que Hong Shen señaló. Cuando vio la segunda puerta de la izquierda, arrancó las puertas de sus bisagras con un golpe de fuego control. Inmediatamente, reconoció la sala de mapas, donde pegado a la pared pudo ver un gran mapa del mundo, donde señalaban los nombres de las principales ciudades y pueblos, junto con el territorio perteneciente a cada nación.
Había un gran escritorio en medio de la habitación, donde se veía un gran mapa detallado del pueblo donde se encontraban, junto con la zona circundante y, lo que llamó la atención del Zuko, el Templo Aire del Norte.
Rápidamente, enrolló el mapa y lo guardó dentro de una mochila que lo colgó sobre sus hombros. Cuando abandonó la habitación y volvió por el mismo camino por donde había venido, vio con sorpresa como Hong Shen lo estaba esperando frente a las escaleras por donde anteriormente había bajado. Pero lo que lo sorprendió fue el hecho de que él cargaba un niño en sus brazos.
— ¿Conseguiste lo que buscabas? —preguntó él, recibiendo un pequeño asentimiento por parte de Zuko, aun sintiéndose algo desorientado de ver a Hong Shen cargar a un niño—. Bien. Vayamos por tu amigo y larguémonos de aquí.
Ambos comenzaron a correr por el pasillo que los llevaría al patio. Mientras lo hacían, Zuko miró de reojo al niño. Parecía tener alrededor de cinco o seis años. Usaba ropas desgastadas y algo sucias, pero se veía mayormente bien.
—Papá… ¿es amigo tuyo? —preguntó el niño, mirando a Zuko con intriga.
"¿Papá?" pensó Zuko, sorprendido "¿Este niño es hijo de Hong Shen?"
—Así es, hijo—respondió Hong Shen—. Es un amigo que me ayudó a rescatarte. Ahora iremos a por otro amigo que me ayudó. Él se detuvo a entretener a los guardias, así que vas a tener que esconderte un rato mientras lo ayudo a lidiar con ellos para que podamos escapar… Oh, por los espíritus.
Cuando llegaron al patio, Hong Shen observó con absoluta sorpresa e incredulidad a más de dos docenas de soldados tendidos en el suelo. Algunos de ellos se encontraban heridos, gimiendo de dolor mientras que otros se encontraban inconsciente.
En medio de ellos, Percy se alzaba de manera solitaria, pero a la vez imponente. Y cuando volteó a mirarlos, Zuko tuvo que recordarse a sí mismo de que estaba viendo a su amigo enmascarado y no a un espíritu vengativo.
—Papá… ¿él es tu amigo? —preguntó el hijo de Hong Shen, aferrándose a su padre con evidente miedo.
—S-sí… Descuida. Él no va a lastimarte.
Percy blandió su espada, arrojando pequeñas manchas de sangre que se habían quedado en la hoja antes de envainarla y acercarse a ellos.
—Entonces, ¿ya podemos irnos? —preguntó él.
Sorprendentemente, salir de la base militar fue mucho más fácil que entrar en ella. Tal vez sea porque gran parte de sus soldados estaban inconscientes o heridos debido a Percy.
Mientras caminaban por el oscuro bosque, Hong Shen, Zuko y Percy se sacaron sus máscaras, ya que no había necesidad de que las usaran. Y también porque la máscara de Percy asustaba un poco al hijo de Hong Shen, Zhen.
Cuando volvieron al pueblo, Hong Shen los llevó hasta la tienda donde los actores de la obra de teatro del festival se alojaban. Al parecer, cuando el festival terminara se irían a otro pueblo y Hong Shen y su hijo irían junto con ellos.
Mientras esperaban en la tienda, Percy dejó la túnica que había tomado prestada de las ropas que usaban los actores, pero mantuvo la máscara consigo, ya que era un regalo que había recibido hace años de Azula.
Fue entonces cuando Hong Shen entró a la tienda cargando una taza llena de arroz.
—Come, hijo—dijo él, ofreciéndole la taza de arroz a Zhen, quien comenzó a comerla gustosamente—. Tenemos que dejar la ciudad lo antes posible. No pasará mucho tiempo antes de que Kanku sepa lo que pasó y nos rastree.
— ¿Qué es lo que él quiere con un niño pequeño? —Zuko preguntó aquello que lo había estado inquietando desde que supo que Hong Shen se infiltró en la base militar del Comandante Kanku para sacar a aquel niño.
—Extorsionarme. Hay pocos maestros fuego aquí en las colonias. Así que Kanku recompensa a cada uno de nosotros que ingresa al ejército—Hong Shen acarició la cabeza de su hijo con una sonrisa triste—. Pero yo no podía irme. Mi esposa murió cuando dio a luz a Zhen, así que soy la única familia que él tiene. No podía dejarlo solo. Así que cuando Kanku se enteró de mis habilidades de fuego control y mi negación de unirme al ejército, tomó a Zhen para forzarme.
Zuko frunció el ceño con aire sombrío y bajo la mirada de manera reflexiva.
—Es el deber de todo ciudadano de la Nación del Fuego servir a su país… —recitó él la enseñanza que había sido inculcada en él desde que tenía memoria.
—Tal vez… Pero la familia es lo más importante. Algún día lo entenderás, cuando tengas tus propios hijos. Harás cualquier cosa para protegerlos. Yo haría cualquier cosa por Zhen—Hong Shen se levantó y tomó sus espadas dao, mirando su reflejo a través de las hojas—. Y además… supongamos que estuviera en las líneas del frente… ¿Por qué estaría luchando? Esta guerra ha arruinado a generaciones de niños como ustedes dos. Familias rotas, apartadas unas a las otras. Familias de la Nación del Fuego—él envainó sus espadas y las guardó dentro de una caja—. Eso hace que te preguntes, ¿cuál es el punto de la conquista cuando estás alejando a tu gente al hacerlo?
Zuko tuvo una expresión amarga en su rostro al escuchar a Hong Shen, admitiendo de que hacía buenos puntos.
—Tal vez, pero… no lo sabemos todo. Solo tenemos que confiar en que mi pa… que el Señor del Fuego sabe qué es lo mejor—se corrigió Zuko rápidamente.
—El Señor del Fuego debe saber que está alejando a niños como ustedes dos de sus familias—replicó Hong Shen con veracidad—. Ustedes no deberían de estar en un barco viejo y destartalado. Alguien de tu edad no debería de tener una cicatriz como esa. ¿Qué clase del Señor del Fuego deja que esas cosas pasen?
Zuko sintió una fría apuñalada en su corazón al oír aquellas palabras, pero esa frialdad rápidamente estalló en una ardiente ira que pareció quemar su estómago hasta el punto de ser casi insoportable.
Se levantó bruscamente de la caja donde estaba sentado con una expresión iracunda en su rostro, pero antes de que pudiera arremeter contra Hong Shen, un hombre entró en la tienda donde se encontraban.
— ¡Hong Shen! ¡Hong Shen! ¡Tienes que ayudarnos! —suplicó él, sujetándose las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
—Oye, tranquilo, Tai—Hong Shen se acercó al hombre con preocupación—. ¿Qué sucede?
Tai alzó la mirada, el pánico era evidente en sus ojos.
— ¡El Nian ha vuelto!
Incluso antes de llegar al pueblo, todos pudieron escuchar los gritos de miedo y pánico de los aldeanos. Los gritos los guiaron hacia el festival que se celebraba cerca del puerto. Y cuando llegaron, todo el lugar era un absoluto caos.
Las tiendas estaban destruidas, como si hubieran sido arrasadas por una manada de rinocerontes komodo. Otras estaban en llamas debido a las farolas que habían caído. Las personas corrían presas del pánico y, entre ellos, Zuko pudo ver a su tío Iroh guiar a las personas lejos de la destrucción. Pero lo más desconcertante para él era… que no veía la razón por la cual huían.
—Oh, por los sagrados espíritus…—musitó Hong Shen con voz temblorosa—. Está aquí.
— ¿Dónde? —preguntó Zuko, confundido—. ¡No veo nada!
— ¡¿Qué?! —exclamó Percy, sorprendido—. ¡¿Cómo es que no puedes ver a esa cosa?! ¡Está justo allí!
Para Percy, era imposible pasarlo por alto. Había oído historias de su padre del Nian, pero las historias no le daban crédito a lo temible y feroz que realmente se veía aquella bestia. Aquel espíritu era el doble de grande que un rinoceronte komodo y se movía tan rápido como un lagarto mangosta. Su enorme cuerpo parecía estar cubierto por grueso caparazón segmentado, como un oso armadillo. Tenía una larga cola y sus gruesas garras parecieran ser como si pudieran desgarrar la armadura de cualquier soldado como si fuera papel. Y su cabeza parecía ser la de un dragón con un enorme cuerno en medio de su frente.
—Solo las personas con una fuerte conexión espiritual pueden ver a los espíritus. O solo si el espíritu desea ser visto—dijo Hong Shen antes de colocarse su máscara—. Tai, mantén seguro a Zhen. Yo ahuyentaré al Nian.
— ¡¿Papá, te enfrentarás a un espíritu?! —preguntó Zhen, asustado.
Hong Shen miró a su hijo y sonrió con amargura.
—Tengo que hacerlo, amiguito.
Él se colocó su máscara de Espíritu Rojo y desenvainó sus espadas dao antes de ir directo hacia el Nian que estaba destruyendo las tiendas a su paso y aterrorizando a las personas.
— ¿Cómo podemos detener a esa cosa? —preguntó Percy, viendo como Hong Shen comenzó a realizar maniobras vistosas con sus espadas con la intención de ahuyentar al Nian.
Tai, quien sostenía a Zhen, negó tristemente con la cabeza.
—No podemos—respondió él—. El Nian es un espíritu. Nosotros los mortales no podemos hacerle frente. Lo único que podemos hacer es ahuyentarlo. Ese es el motivo del Festival de los Días del Fuego. El fuego, el ruido y las luces lo mantienen a raya, pero sin alguien para actuar activamente como un guardián, el Nian atacará.
—Y Hong Shen ha sido ese guardián hasta ahora—dijo Zuko, recordando los relatos de los aldeanos.
Tai asintió.
—Pero el día de hoy no fue a hacer guardia. Debí de haber comenzado a tomar su lugar antes en lugar de esperar a que él se fuera del pueblo como acordamos.
Percy y Zuko miraron de reojo a Zhen, sabiendo la razón por la cual Hong Shen no había actuado como guardián esta noche.
Un fuerte rugido que hizo reverberar la tierra llamó su atención. Todos voltearon a ver el lugar por donde se emitió el ruido y Zuko abrió los ojos con total conmoción al ver una enorme figura comenzar a ser visible, como si fuera un espejismo.
—Ese es… ¿el Nian? —musitó él, perplejo y algo asustado al ver a aquella bestia aparecer de la nada.
— ¿Ya puedes verlo? —preguntó Percy.
—Sería difícil no hacerlo, considerando que es tan grande que apenas cabría en la cubierta de nuestro barco. Eso, si es que no lo destruye antes con sus garras o su enorme cuerno.
El Nian observó a Hong Shen y flexionó todo su cuerpo, un gruñido bajo escapó de su garganta mientras lo miraba cautelosamente.
—Bien, está haciendo que retroceda—dijo Tai, sonando esperanzado.
—Yo… no creo que sea eso—dijo Percy, escéptico.
Él había visto esa misma posición antes en los gatos. Flexionaban su cuerpo de esa manera cuando estaban a punto de saltar y… abalanzarse hacia su presa.
El Nian se abalanzó directamente hacia Hong Shen, con las mandíbulas abiertas con la intención de morderlo, pero él logró esquivarlo justo a tiempo, levantando sus espadas para detener las garras del Nian, pero tuvo que apartarse rápidamente cuando se vio abrumado por la fuerza del enorme espíritu. Hong Shen blandió sus espadas, pero estas chocaron con la piel acorazada del Nian. La bestia rugió más con molestia que dolor y usó su larga cola como si fuera un látigo para golpear a Hong Shen y enviarlo a volar contra una tienda, destruyéndola.
— ¡Papá! —gritó Zhen, con miedo y preocupación al ver a su padre ser arrojado tan brutalmente.
El Nian se vio atraído por el grito de Zhen y volteó en su dirección, enseñando los colmillos con un gruñido amenazador.
—Oh, oh… no me gusta esa mirada—dijo Percy, dando un paso atrás—. Casi se parece a la de Azula cuando está enojada. Casi.
El Nian rugió con fuerza y lentamente se acercó hacia ellos, sus pasos parecían hacer temblar la tierra a medida que se acercaba.
—Oye, tranquilo, amigo—Percy levantó sus manos en un intento de apaciguarlo—. Resiste tu curiosidad de saber si tengo sabor a pollo komodo. Estoy bastante seguro de que no.
No sabía si su piel podía resistir el ataque de un espíritu verdadero, pero no estaba muy entusiasmado en descubrirlo.
El Nian solo gruñó con más fuerza y se abalanzó hacia ellos. Todos se dispersaron, pero el Nian parecía enfocado en solo un objetivo; Zhen.
Al ver que la bestia iba hacia el niño, Tai se interpuso en medio de ellos, pero el Nian usó su larga cola para golpearlo y enviarlo brutalmente hacia un árbol. El espíritu se cernió amenazadoramente sobre Zhen, quien temblaba de miedo, y usó sus mandíbulas para agarrarlo por la ropa y levantarlo.
—No… —gruñó Hong Shen, arrastrándose fuera de la tienda donde el Nian lo había enviado—. Zhen…
— ¡Papá! —gritó el niño, presa del pánico.
El Nian comenzó a correr hacia el mar, aun cargando a Zhen en sus mandíbulas.
— ¡Zhen! ¡No! —Hong Shen intentó levantarse, pero cayó de rodillas, incapaz de mantenerse en pie debido a sus heridas—. ¡Maldita sea…! ¡Zhen!
Hong Shen gritó con frustración y desesperación al ver a Zhen ser llevado por un espíritu hacia el mar. Lo último que vio antes de que el Nian se sumergiera en las oscuras aguas, fue la expresión de absoluto terror en su hijo, junto con las lágrimas en sus ojos.
—Zhen…
Hong Shen se veía devastado cuando cayó de bruces sobre el piso, mirando conmocionado el lugar por donde el Nian se había llevado a su hijo.
— ¡¿Percy?! —gritó Zuko, alarmado— ¡¿Qué estás haciendo?!
Todos vieron con perplejidad como Percy corrió por el muelle y, sin dudarlo, saltó directamente al mar.
Percy esperó que, en el momento que se sumergiera en el agua, fuera invadido por un frío que le helaría hasta los huesos y ver una oscuridad casi absoluta. Pero fue completamente lo contrario. En el momento que el agua tocó su cuerpo, Percy sintió una energía indescriptible recorrer todo su cuerpo. El agua se sentía agradable, casi placentera. Y cuando abrió los ojos, pudo ver claramente bajo el agua, como si fuera el mediodía. Pudo ver el enorme cuerpo del Nian sumergirse cada vez más profundo a una velocidad aterradora y, colgando de sus mandíbulas, estaba Zhen, quien se tapaba la boca en un intento de evitar tragar agua.
Sin pensarlo, Percy comenzó a nadar hacia el fondo del mar, siguiendo al Nian a una velocidad que superara al espíritu. Era como si las mismas corrientes del agua lo empujaran hacia donde deseaba ir y, cuando estuvo a unos metros del Nian, colocó su espada hacia adelante como si fuera un arpón humano.
— ¡Oye, vaca hipopótamo con sobrepeso! —exclamó él, sin percatarse de que su voz se escuchó claramente en el fondo del mar.
El Nian volteó justo a tiempo para ver la espada de Percy ir directo hacia su cabeza e impactar un lado de su rostro. La hoja no atravesó al espíritu, pero sí lo empujó con suficiente fuerza para obligarlo a abrir la mandíbula y soltar a Zhen. El Nian fue a estrellarse contra una roca en el fondo del mar, levantando una gran nube de polvo.
Percy se acercó a Zhen, quien se sacudía en un intento de nadar. Lo agarró y, en un acto instintivo, creo una burbuja de aire lo suficientemente grande para que ambos cupieran dentro.
Zhen dio un profundo respiro, escupiendo el agua que había tragado sin desearlo. Fue solo en ese momento, cuando estuvieron dentro de la burbuja de aire, que Percy se percató de que todo este tiempo había estado respirando con normalidad… incluso estando debajo del agua.
—Tú… —habló Zhen, tosiendo—. Eres un… ¿Maestro Agua?
—Sí… algo así—respondió Percy, viendo la nube de polvo que poco a poco comenzaba a asentarse.
No podía ver al Nian allí, pero podía sentirlo. Estaba allí, al asecho. Y atacaría en cualquier momento.
—Escucha, Zhen, tienes que salir de aquí—dijo Percy—. Empujaré esta burbuja hacia la superficie y cuando llegues allí, nada tan rápido como puedas a la orilla. ¿Puedes hacerlo?
—S-sí… —asintió Zhen temblorosamente—. Puedo nadar un poco. ¿Pero qué hay de ti?
—Yo me quedaré—Percy entrecerró los ojos en dirección a la nube de polvo, donde vio la cola del Nian moverse entre el polvo—. Tengo una idea.
Zhen se veía inseguro, pero terminó asintiendo.
Cuando Percy salió de la burbuja de aire, usó las corrientes del agua para empujarlo hacia arriba, llevando a Zhen rápidamente hacia la superficie. El Nian, viendo que se alejaba su presa, se abalanzó hacia Zhen con la intención de atraparlo, pero Percy usó las mismas corrientes del mar para empujar a la bestia lejos del niño y comenzar a arremolinarlas con fuerza a su alrededor. El Nian comenzó a sacudirse y rugir con fuerza cuando vio que las corrientes de agua a su alrededor comenzaban a congelarse rápidamente hasta que lo encerró dentro de una esfera de hielo.
Percy se permitió un segundo de suspirar, pero la tranquilidad le duró poco cuando vio como grietas comenzaban a aparecer en la esfera de hielo hasta que, abruptamente, se rompió en pedazos y el Nian rugió ferozmente. La bestia lo miró con aquellos ojos amarillos que brillaban bajo el agua y arremetió con sus garras con la intención de rebanarlo.
Percy usó su espada para detener las garras de la bestia, y resistió su fuerza, pero no pudo hacer nada cuando el Nian se cernió sobre él y abrió la boca, mostrando sus grandes colmillos antes de hundirlos en el hombro de Percy. Pero sus colmillos no atravesaron su piel, a pesar de que el Nian comenzó a sacudirlo brutalmente en un intento de desgarrarlo.
Ambos comenzaron a forcejar, donde Percy usó su espada para apuñalarlo o cortarlo, pero la hoja ni siquiera hizo un rasguño en su piel. Pareciera ser como si su espada fuera incapaz de lastimar al espíritu.
— ¡Te… dije… que… no… tengo… sabor… a… pollo… komodo! —exclamó él, mientras blandía su espada.
La única respuesta del Nian fue un gruñido ahogado mientras sacudía bruscamente su mandíbula en un intento de desgarrarlo, pero lo único que consiguió desgarrar fue su ropa. Ambos se encontraban en un punto muerto.
Reconociendo que no podía lastimarlo con su espada, Percy ordenó a las corrientes del mar que empujaran al Nian lejos de él y lo consiguió, pero la bestia alcanzó a golpearlo con su cola, enviándolo hacia las rocas en el fondo del mar e impactando contra ellas. Sintió como su cabeza golpeó contra una roca, desorientándolo un poco. A través de su visión borrosa, vio como el Nian comenzó a nadar rápidamente hacia la superficie.
—No… —gruñó Percy, estirando débilmente su mano y controlando las corrientes del mar para detener al espíritu, pero el Nian seguía subiendo, forcejeando contra las corrientes.
La visión de Percy comenzó a aclararse y, cuando lo hizo totalmente, se percató de que, en su mano extendida, el anillo que su padre le había dado brillaba levemente en la oscuridad del océano y se sentía extrañamente cálido en su dedo. Al mirarlo detenidamente, se percató de que las letras grabadas en el anillo brillaban con más intensidad y, por primera vez, pudo entenderlas.
—Anaklusmos…—susurró él y abrió los ojos con sorpresa al reconocer el significado—. Contracorriente.
El anillo brilló con mayor intensidad y, cuando el brillo se disipó, Percy vio que se encontraba sosteniendo una espada que parecía estar hecha de bronce brillante con una hoja de doble filo. La espada medía alrededor de un metro y tenía una empuñadura envuelta en cuero, junto con una guarda plana remachada con clavos de oro.
Percy miró la espada con absoluta conmoción, aún incapaz de creer lo que había visto. Su anillo… se había convertido en una espada. ¿Cómo era eso siquiera posible? ¿Era alguna otra clase de bendición de los espíritus?
Él no lo sabía, pero cuando sostuvo la espada con un firme agarre, lo sintió inmensamente cómodo. Como si aquella espada estuviera hecha solo para él.
Percy alzó la vista para ver que el Nian casi había llegado a la superficie. Entrecerró los ojos y ordenó a las corrientes que lo impulsaran hacia arriba. Él ascendió con una velocidad casi abrumadora, como si hubiera sido disparado con una catapulta.
— ¡Oye, feo! —gritó Percy, sosteniendo con fuerza la espada de bronce con ambas manos—. ¡¿Tienes hambre?! ¡Cómete esto!
El Nian volteó cuando escuchó su voz, pero no pudo reaccionar a tiempo cuando Percy chocó con él y lo atravesó con su espada. Debido a la velocidad con la que Percy embistió al Nian, ambos rompieron la superficie del mar y fueron a estrellarse en la costa.
Percy lentamente se levantó con un quejido de la arena y vio que todos los aldeanos se habían reunido en la costa, con una expresión conmocionada en sus rostros al ver al Nian. Entre ellos, pudo ver a Hong Shen abrazar con fuerza a Zhen, quien lloraba audiblemente. Iroh se encontraba con Zuko, quienes miraban perplejos no solo al Nian, sino también a Percy.
La primera en dar un paso al frente fue la sacerdotisa Umeko, seguido de un grupo de aldeanos, quienes se veían atónitos al ver el cuerpo tendido del Nian.
—Tú… lo venciste—musitó ella, incrédula—. Derrotaste al Nian… ¿Cómo?
Percy se acercó al cuerpo tendido del Nian. A juzgar por como su pecho subía y bajaba erráticamente, aún estaba vivo, a pesar de tener una espada clavada en su pecho hasta la empuñadura. Cuando se sacó bruscamente, el Nian rugió con dolor, pero no se levantó.
—Con esto—dijo Percy, levantando la espada para que todos lo vieran—. Yo… lo encontré en la cueva del Nian.
— ¿En su cueva?
Percy se encogió de hombros.
—Supongo que, al ser un arma capaz de cortarlo, lo guardó celosamente en su guarida.
—Tiene… sentido…
Aunque a juzgar por la expresión escéptica de la sacerdotisa Umeko, ella no le creía del todo.
— ¿Están todos bien? —preguntó Percy, mirando a los aldeanos.
—Afortunadamente, nadie resultó herido—respondió Umeko—. Solo las tiendas fueron destruidas. Nada que no pueda ser reconstruido.
—Eso es bueno—asintió Percy, aliviado.
Vio como Hong Shen se acercaba a él, cargando a Zhen en sus brazos con una sonrisa conmovida. Incluso Zhen le sonrió y se llevó un dedo a los labios mientras le guiñaba el ojo de manera cómplice. Percy lo tomó con una señal de no le diría nadie acerca de sus poderes. Pero Percy luego vio que la sonrisa de Zhen luego se transformó en una expresión de terror.
— ¡Cuidado! —gritó él.
Percy volteó para ver al Nian erguirse nuevamente en toda su imponente altura y levantar uno de sus brazos con las garras extendidas.
Todo pareció ralentizarse para Percy. Escuchó los gritos de pánico de los aldeanos y los gritos de preocupación de Zuko y Iroh, pero todo se escuchó lejano. Toda su atención estaba enfocada en el Nian. Y cuando la bestia lanzó un zarpazo, el cuerpo de Percy actuó instintivamente al agacharse para esquivar el golpe. Se acercó a la bestia y blandió con fuerza su nueva espada en un arco ascendente. El Nian quedó inmóvil por un segundo, antes de que su cabeza se separa de su cuerpo y cayera sobre la arena con un ruido sordo. El cuerpo de la bestia se desplomó y lentamente comenzó a desaparecer en un brillo blanquecino hasta que no quedó nada a excepción de su cabeza cercenada.
Un silencio sepulcral invadió el lugar. El único sonido audible fue la de las olas en la costa y el aullido del viento. Cuando Percy volteó a mirar a todos los aldeanos, vio que todos lo observaban con diferentes grados de conmoción, inclusive Iroh y Zuko.
Supuso que era de esperarse, ya que, enfrente de todos ellos, había matado a un espíritu.
Aquella noche, maté a un espíritu. Y los aldeanos estaban extasiados por ello. Ya no tendrían que vivir atemorizados de que el Nian los atacara. Ya no tenían miedo de perder sus casas, sus ganados y sus hijos.
El festival continuó con aún más fervor que antes. Los aldeanos usaron la cabeza cercenada del Nian, empalándolo y colocándolo en medio de una gran hoguera.
Durante toda la noche, los aldeanos bailaron y cantaron. Y todos ellos aclamaban mi nombre.
Perseo, el asesino de la bestia. Perseo… El asesino de espíritus.
...
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¡Eso es todo por ahora, mis adorables lectores!
Y sin nada más que decir... ¡Hasta la próxima, guapos y guapas!
