Capítulo 32

El olor de Edward me envolvía, tenía mis ojos cerrados esperando poder sentir como si fuesen sus manos las que me abrazaban y no una de sus camisas que había tomado prestada de su armario. Su apartamento estaba sumido en un profundo silencio, tanto que podía escuchar el incansable tic tac del enorme reloj de pared que tenía en la sala. Como aquella última noche que pasamos juntos los segundos se marcaban uno tras otro, pero lo que quería en esta ocasión era poder hacer que fuesen más rápido.

Giré sobre mí espalda y me quedé mirando mi imagen en el espejo, aquel espejo que había sido testigo de tantos momentos juntos. Me vi reflejada a mí misma en él, pero ya no era ni la sombra de lo que había sido. Los dos meses anteriores me habían pasado factura. Estaba más pálida, más delgada y mi cabello caía en una maraña de rizos sin brillo y sin control.

Después de que Edward se fuese a la universidad para hacer sus exámenes, me quedé en su apartamento en un intento de hacer que su presencia no me abandonase del todo, pero fue inútil, en cuanto crucé la puerta utilizando mi llave por primera vez, fue como si el peso de su ausencia me cayese sobre los hombros y desde entonces no había podido levantar cabeza.

Un par de semanas después, Jasper y María regresaron de su luna de miel, yo, como buena hermana y tan tonta que asustaba, fui a recibirlos al aeropuerto con mi mejor intención. Jasper se alegró tanto de verme que me envolvió en un abrazo y nos hizo girar varias veces hasta que las personas que nos rodeaban nos comenzaron a mirar un poco extraño. En el momento en que puse mis pies sobre el suelo, María firmó su declaración de guerra con una sola mirada cargada de rabia y odio, lo que ella no esperaba es que yo la ignorase dándome media vuelta y caminando hacia la salida sin mirar atrás.

El trayecto hacia la mansión Hale estuvo lleno de anécdotas que contaba Jasper sobre las ciudades que habían visitado, París, Roma, Milán, Barcelona, Grecia... él se deshizo en halagos sobre Europa, diciéndome una y otra vez que en cuanto tuviese un par de semanas libres me llevaría para que también pudiese ver todos los monumentos y lugares de interés, que seguro me encantarían. María se mantuvo en silencio, de brazos cruzados y con sus labios apretados en una fina línea, cada vez que su mirada y la mía se cruzaban en el retrovisor me declaraba de nuevo la guerra, pero yo sonreía mostrando todos mis dientes y eso parecía descolocarla.

En cuanto llegamos, Jasper se bajó de un salto del coche y entró llevando las maletas en un equilibrio un tanto inestable, me gustaba verlo tan alegre, pero me dolía pensar que todo era gracias a María, sonreí por primera vez en dos semanas cuando lo vi subir las escaleras de dos en dos y se tropezó en la última trastabillando hacia delante, hasta acabar con la frente sobre una de las maletas que llevaba. Me alegraba ver que un poco del gen torpe de los Swan estaba en él.

Un bufido a mi espalda llamó mi atención y al girarme me encontré con los fríos y calculadores ojos de María, que miraba a Jasper de un modo extraño.

— Será patoso... —murmuró casi para sí misma.

Pero la escuché y alcé una ceja en su dirección esperando su próximo movimiento, eso había sido un insulto, su tono despectivo no dejaba lugar a dudas. Ella pasó por mi lado con su característico egocentrismo y sin siquiera mirarme. En parte lo prefería así, mientras nos ignorásemos tendríamos la fiesta en paz por el bien de Jasper. Pero las cosas no fueron tan sencillas, decidí volver a casa de Jasper, aunque todos los días pasaba un par de horas en el apartamento de Edward fingiendo que estudiaba un poco, pero en realidad me quedaba con la mirada perdida intentando imaginar que sería lo que estaría haciendo y si estaría pensando en mí tanto como yo lo hacía en él. Puede sonar patético y estúpido, pero solo era una chica de dieciséis años completamente enamorada.

Uno de esos días, después de regresar del apartamento, al entrar en casa de Jasper me encontré con María de brazos cruzados y mirándome con tanta superioridad que me dio escalofríos. Por el silencio y lo oscura que se encontraba la estancia, supuse que Jasper todavía no había regresado del trabajo, así que María estaba en modo "señora de la casa" y me haría una escenita de "tú no eres nadie y yo lo soy todo".

Intenté ignorarla, intenté esquivarla y subir al primer piso donde estaba mi habitación, pero ella me sujetó del brazo y me hizo girarme para quedar frente a frente a con ella.

— ¿A dónde crees que vas? —me preguntó con voz afilada.

Intenté no reírme en su cara, su tono amenazante no me asustaba, nada en ella me asustaba ya.

— No te importa —espeté, intenté liberarme de su agarre en mi brazo pero me clavó las uñas haciéndome daño.

Apreté la mandíbula para evitar reflejar un solo atisbo de dolor y di un paso al frente, hasta quedar cara a cara con ella.

— Suéltame —mascullé entre dientes.

María sonrió y parpadeó repetidas veces... no sé el motivo, pero eso me enfureció más.

— Solo quería dejarte claras un par de cosas —dijo en un fingido tono cordial—, te quiero fuera de esta casa ya.

Parpadeé y la miré sorprendida.

— ¿Qué? —pegunté aturdida.

— Que te vayas de esta casa, estorbas, solo eres una molestia.

Intenté no reírme en su cara y di otro paso al frente.

— El único estorbo que hay aquí eres tú y si esperas que sea yo la que me vaya... ve buscando una silla bien cómoda, si continúas esperando de pie puedes cansarte.

— Tú solo eres una recogida, yo soy la señora Swan y aquí tú no eres nadie —gruñó comenzando a perder los nervios.

Respiré hondo para tranquilizarme, no me pondría a su nivel de nuevo, había aprendido de Rosalie que eso era lo que buscaba para después poder hacerse la víctima con Jasper, no le daría ese gusto en esa ocasión.

— Esta es la casa de mi hermano... si alguien vive de prestado aquí... no soy yo —me solté de su agarre y continué mi camino escaleras arriba, escuchando como murmuraba maldiciones e incoherencias para ella misma.

Ese fue el primero de muchos enfrentamientos, cada vez que nos encontrábamos sin la presencia de Jasper, llovían dagas de un lado y del otro, yo intentaba no perder los nervios con ella porque sabía que eso me perjudicaría, pero en más de una ocasión estuve al límite y con el puño preparado para asestar el primer golpe. No sabía que fuerzas divinas evitaban que la golpease, pero en parte lo agradecía porque eso desestabilizaría la balanza todavía más.

La situación llegó a ser tan insostenible, que pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en el apartamento de Edward, entre sus cosas y aspirando su ropa como una yonki de su olor. Intentaba evitar estar en casa cuando Jasper tampoco estaba, y llegaba con el tiempo justo para sentarme a la mesa para la cena y levantándome antes que los demás para evitar quedarme a solas con ella. Podría parecer un comportamiento cobarde por mi parte, o incluso podría dar a entender que estaba cediendo terreno ante ella, pero así evitaba un enfrentamiento y que Jasper sufriese por ello.

María adquirió a la perfección su papel como esposa de un abogado socio de uno de los bufetes más importantes de la ciudad, su ropa comenzó a ser más cara y elegante, llevaba el Mercedes con el chofer a todos los lugares a los que acudía y casi cada noche arrastraba a Jasper a cualquier evento con la excusa de demostrarle al mundo lo mucho que se amaban. A mí se me revolvían las tripas cuando veía a mi hermano, tan agotado del trabajo que casi se quedaba dormido de pie, pero él se colocaba los gemelos y la corbata y cumplía todos los caprichos de su mujercita como buen calzonazos, con una sonrisa y una palabra cariñosa para la sanguijuela que se había convertido en su esposa.

Eso me hacía querer golpearme la cabeza contra las paredes, moría por ponerme frente a Jasper, abofetearlo y gritarle a la cara todo lo buena persona que era la señora Swan, pero sabía que no me creería y con eso lo perdería para siempre.

Salí de mis pensamientos cuando escuché que alguien llamaba a la puerta, me puse en pie con torpeza, estiré las sábanas de la cama y guardé la camisa de Edward de nuevo en su armario. Avancé un poco confusa hacia la puerta, no esperaba a nadie, nadie había ido a ese apartamento en los dos meses que Edward llevaba fuera. En los pocos segundos que tardé en llegar, varias situaciones diferentes pasaron por mi cabeza ¿María habría encontrado mi escondite? ¿Sería una exnovia de Edward que venía a visitarlo? ¿Un ladrón? Ante esa última arrugué la nariz, un ladrón no llamaría a la puerta...

Me acomodé el uniforme del colegio que todavía no me había quitado y al abrir la puerta me encontré de frente con Esme, que parecía tan sorprendida como yo de encontrarnos cara a cara.

— ¿Hola? —pregunté con un hilo de voz.

Esme forzó una sonrisa y parpadeó sorprendida.

— Hola cariño... venía a... —dejó la frase inconclusa, supuse, que no sabiendo cómo acabarla.

— Pasa... —susurré haciéndome a un lado.

Esme entró mirando todo a su alrededor, parecía que fuese la primera vez que estaba en casa de su hijo, pero estaba completamente segura de que no.

— ¿Estás sola? —preguntó alzándose en sus puntillas y mirando hacia el salón.

La antigua Bella habría sonreído ante eso, la nueva solo frunció los labios y asintió con la cabeza.

— No sabía que vendrías, habría tenido algo en la nevera —susurré torpemente.

— No te preocupes —sonrió, aunque fue un gesto forzado—, solo yo... —volvió a quedarse en silencio y sonreí levemente.

Caminé hacia el salón del apartamento de Edward y me senté en el sofá de tres plazas acurrucándome a mí misma, estábamos ya en mazo, la primavera estaba comenzando, pero todavía sentía mucho frío. Esme se sentó a mi lado y miró de nuevo alrededor como buscando algo, después fijó su mirada en mí y me sonrió con nerviosismo.

— Suéltalo... —la insté.

Ella me miró sorprendida unos segundos y después pareció avergonzarse, hasta sus mejillas se colorearon un poco.

— Me ha sorprendido encontrarte aquí —confesó—, Edward me dijo que había dejado su apartamento al cuidado de una persona de total confianza y pensé que... —titubeó unos segundos y suspiró— pensé que si venía por fin conocería a su novia, no esperaba encontrarme contigo.

Me envaré al escucharla... ella esperaba conocer a la novia de Edward... ¿qué pensaría si supiese que estaba cara a cara con ella? ¿Lo aceptaría o se opondría a lo nuestro?

— Pero me alegro de verte cielo... no me malinterpretes —se apresuró en aclarar—. ¿Cómo te encuentras? No tienes muy buen aspecto —frunció el ceño y me avaluó con la mirada.

Mis labios se tensaron en una fina línea y sopesé mis posibilidades, omitir parte de la verdad sobre lo que pasaba con María hablando con Edward por teléfono era fácil, no quería preocuparlo, debía estar tranquilo y hacer sus exámenes. Pero frente a Esme era diferente, ella no me conocía tan bien como su hijo, pero no se me daba bien mentir, era malísima con eso.

— ¿Tan mal está la situación con Jasper? —preguntó con preocupación.

Me removí en mi lugar y comencé a juguetear nerviosamente con mis dedos.

— Con Jasper no hay problema... con María es otro caso... —murmuré.

Esme se acercó y pasó una mano por mi cabello en un gesto cómplice.

— Puedes confiar en mí, puedo ayudarte en lo que necesites —susurró sonriéndome.

Suspiré.

— Edward no sabe nada de esto, se enfadaría su supiese que realmente María esta siendo una perra conmigo —dije sin pensar.

Esme me escuchó con atención y pareció que sopesaba mis palabras más de lo debido.

— ¿Qué pasa exactamente? —inquirió con su ceño fruncido.

— Solo está siendo ella misma —comencé a explicar—, ahora es la señora Swan y cree que tiene derecho sobre mí, intenta obligarme a hacer tareas y más cosas en la casa, si no lo hago amenaza con contárselo a Jasper... eso no me asusta, Jasper siempre me ha dado mi lugar, pero sé que ella puede convencerlo de muchos modos. Intento no pasar tiempo en casa, por eso estoy mucho tiempo aquí. María siempre dice que me echará de "su" casa y que no volveré a poner un pie en ella... solo intento evitar conflictos, sé que si llega a oídos de Jasper eso le dolería.

Esme achicó sus ojos y bufó, tomó una de mis manos entre las suyas y me dio un apretón significativo.

— De verdad... el idiota de tu hermano no te merece —sentenció con dureza—. Todavía sigo sin entender como puede ser tan ciego... solo puede pasarle por ser hombre... no tiene otra explicación.

Sonreí débilmente al escucharla, sonaba tan a "mamá enfadada" que me hizo sentir bien durante unos segundos.

— El tiempo pondrá todo en su lugar... o eso espero —murmuré distraída.

Esme bufó y se cruzó de brazos.

— Llevo años repitiéndome lo mismo... —alzo la mirada teatralmente y negó con la cabeza— pero esa arpía sabe jugar muy bien sus cartas y Jasper la sigue como un perrito faldero.

— ¿Siempre ha sido así? —pregunté con curiosidad.

— Siempre... desde que están juntos Jasper ha cambiado totalmente —suspiró con pesar y me miró con una sonrisa triste—. En ocasiones deja ver el Jasper que era antes, sobre todo desde que has llegado, pero María lo ha cambiado tanto...

— Volverá... —susurré casi en trance.

— Seguro... —palmeó mi rodilla y se puso en pie— Debo irme cariño, pero quiero que sepas que no tienes que encerrarte aquí sola, sabes que eres bienvenida en mi casa y esos diablillos de Mía y Maguie se alegrarán mucho de verte.

Sonreí ampliamente al recordar a mis dos terremotos rubios y también me puse en pie.

— Un día de estos iré por allí —aseguré.

— Te tomo la palabra... —sonrió también— Kate también te echa de menos, no deja de hablarme de ti.

Acompañé a Esme hasta la puerta y cuando la cerré dejé caer mi espalda contra la madera, ahora que volvía a estar sola de nuevo, los recuerdos me asaltaron y volví a sentirme diminuta y perdida. Era tan frustrante... quería sentirme bien, salir a divertirme con Tanya como tantas veces ella me había pedido, pero no podía, la negación a sus propuestas salía de mis labios antes de que pudiese asimilarlo.

La visita de Esme en cierto modo me había hecho bien, me había hecho sentirme un poquito más cerca de Edward, ella era parte de él después de todo, pero ahora estaba de nuevo sola, con mis recuerdos, con mis fantasmas... a la usencia de Edward tenía que sumar que la visita de Esme me había recordado a Renée y necesité desesperadamente uno de sus abrazos... o una regañina en tal caso, pero necesitaba recibir algo de ella.

Mis rodillas comenzaron a ceder ante mi peso, mi espalda resbaló por la madera de la puerta hasta que acabé sentada en el suelo, con las piernas flexionadas y envueltas por mis brazos, con mi rostro enterrado y oculto entre mis rodillas. No lloré, porque ya no me quedaban lágrimas que poder derramar, pero me quedé allí, quieta... completamente inmóvil... dejando que la soledad se apoderara de mí y me hiciese fundirme con las sombras...

No sé exactamente el tiempo que pasó exactamente cuando unos golpes en la puerta me despertaron de mi letargo, alcé la cabeza lentamente y el reflejo de la luz encendida del salón me hizo daño en los ojos. Otros golpes en la puerta me hicieron mirar a mi alrededor y darme cuenta de donde estaba, me sentía desorientada y agarrotada. De nuevo sonaron los golpes e intenté ponerme en pie perezosamente, mis músculos se quejaron y un gemido salió de mis labios.

Abrí la puerta de golpe y me encontré con dos pares de ojos que me miraban entre furiosos y preocupados. Incliné mi cabeza hacia la izquierda intentando encontrar un motivo que explicase su presencia allí... no lo encontré, y ellas simplemente me ignoraron y entraron en el apartamento sin decir una sola palabra. Me giré en mis talones y las vi entrar en el salón y dejarse caer en el sofá y mirarse entre ellas, sin hablar, pero se entendieron porque después clavaron su mirada en mí. Pero no me amedrenté, las conocía muy bien a ambas, entré en el salón y me senté en el sillón individual frente a ellas.

— ¿Qué hacéis aquí? —pregunté con voz ronca.

Rosalie bufó y Alice se cruzó de brazos. Ambas me miraron con incredulidad y endurecieron su gesto.

— Hola a ti también —la voz de Alice sonó afilada y punzante, fruncí el ceño mientras la miraba, ella no solía hablar así.

— Se atreve a preguntarnos en ese tono voz... —murmuró Rosalie negando con la cabeza.

Me detuve mirándola, mis ojos vagaron por su rostro hasta que me di cuenta de que había algo extraño en ella, algo que no había visto antes y que estaba allí... ¿qué era? La miré detenidamente y vi que su ropa ahora era de un tono claro, dejando atrás los tonos negros y grises, y era mucho más holgada de lo que acostumbraba a ser... ¡oh! Mi boca se abrió y mis ojos también cuando vi la pequeña pelotita se asomaba en su vientre.

Sin pensar, me puse de rodillas en el suelo y me acerqué a ella arrastrándolas sobre la alfombra hasta quedar a su lado y poder ver de cerca como su cuerpo había cambiado. Siempre me había fascinado el poder que teníamos las mujeres, lo increíble que era que una persona tuviese a otra en su interior y compartiesen la misma vida hasta que las más débil y pequeña, tuviese fuerza para hacerlo por sí sola. Era algo único, mágico... inexplicable.

— Estás... preciosa... —susurré asombrada.

El gesto de Rosalie se endulzó y pasó una mano por su abultado vientre, una sonrisa se dibujó en sus labios y nunca la había visto tan hermosa como en ese momento. Sin una pizca de maquillaje, con su cabello recogido despreocupadamente en una coleta, con ropa holgada... pero la felicidad en su mirada era tal, que la hacía parecer la más hermosa del mundo.

— ¡No cambies de tema ahora!— chilló Alice rompiendo mi burbuja.

La miré mal unos segundos, dispuesta a chillarle y recriminarle por romper mi efímera tranquilidad, la única que había tenido en mucho tiempo. Pero me acobardé al ver la hostilidad de su mirada.

— ¡Eso! —añadió Rosalie—. No intentes despistarme.

— ¿Qué pasa? —pregunté confundida.

— ¿Te has visto en el espejo últimamente? —la ceja alzada de Alice temblaba y eso no me gustó.

Pero recordé mi momento de suicidio mental en la cama de Edward, con su camisa y reflejada en aquel cristal... mi rostro se contrajo y bajé la mirada.

— ¿Cómo crees que se sentirá Edward si aparece sin avisar y te encuentra en este estado? —la pregunta de Rosalie me hizo alzar la mirada de golpe y clavarla en sus ojos azules—. Está preocupado, me llamó porque no contestabas al teléfono, yo estaba con Alice charlando en una cafetería y decidimos venir a ver como estabas.

Mi boca se abrió y se cerró unas cuantas veces sin saber muy bien que decir, hasta que dejé salir todo el aire de mis pulmones y me dejé caer de espaldas sobre la alfombra, mirando al techo.

— Es difícil preocuparse por mí misma cuando no me queda nada por que hacerlo... —murmuré casi sin fuerzas.

Escuché el susurro que indicaba que tanto Rosalie como Alice se estaban moviendo, segundos después, ambas estaban tumbadas sobre la alfombra, cada una a un lado.

— Tienes a Edward —susurró Rosalie.

— Está lejos... —contesté sin ganas.

— También tienes a Jasper... —la voz de Alice apenas fue audible.

— Él tiene a María...

— ¿Nosotras estamos pintadas? —gruño Rosalie.

— Tenéis vuestra vida, vuestros problemas... no quiero irrumpir más en vuestro día a día.

Alice se levantó como impulsada por un resorte y me taladró con sus ojos grises.

— Vuelves a decir eso y te pego —masculló molesta—, podemos ayudarte, o al menos hacerte compañía... estamos aquí y puedes contar con nosotras.

Sentí una lágrima en mi ojo derecho, me sorprendí porque hacía semanas que no podía llorar, pero esa insignificante gota salada se desprendió de una de mis pestañas y rodó por mi sien hasta perderse en mi cabello.

— Dijo que vendría en cuanto pudiese y ya han pasado dos meses... —musité con voz ahogada.

— ¿No habláis por teléfono a menudo? —preguntó Alice endulzando su tono de voz.

— A diario... pero no es suficiente.

— En tres meses acabará el semestre... no te mortifiques... —añadió Rosalie.

— Pero en poco más de un año empezaré yo en la universidad... —bufé— la historia volverá a comenzar...

— No pienses así, puedes enviar una solicitud a la universidad de Chicago y quedarte en la ciudad —Alice acarició mi cabello mientras hablaba y secó el surco que había dejado la lágrima en mi sien.

— Además... piensa que cuando Edward vuelva... el reencuentro será épico —dijo Rosalie entre risitas.

— Rosalie, no seas guarra —recriminó Alice—, estamos hablando de cosas serias.

— Tú hablas en serio, Bella solo se está lamentando y auto compadeciéndose —la mirada de la rubia me heló la sangre y me enfureció a partes iguales.

— ¿Qué sabrás tú? —espeté.

— Edward se ha ido... ¡oh dios mío...! Creía que eras más madura, pero estas demostrando ser la niñita de dieciséis años que creía que eras.

— Rosalie... —la reprendió Alice.

— No Alice... —le interrumpió— me escuchará, porque estoy harta de escuchar lo madura que es Bella para llegar y encontrarla lamiendo sus heridas y ocultándose como una niña de seis años. ¿Qué Edward se ha ido? ¿Y qué pasa? Eres una persona independiente, puedes sobrevivir sin él, entiendo que estés enamorada y toda esa mierda, pero eres autosuficiente, tú te has caído y te has levantado miles de veces... ¿qué tiene esta de diferente?

— Estoy cansada de luchar... —gemí sintiendo otra lágrima pugnando por escapar.

— No, no puedes rendirte ahora, Edward volverá, tarde o temprano, pero lo hará y será para estar contigo. Sabes lo que está arriesgando, sabes que podría ir a prisión por lo que estáis haciendo y él sin embargo sigue ahí, en la distancia pero ahí.

— Rose... —la llamó Alice de nuevo.

— ¿Qué son cinco meses en toda una vida, Bella? —preguntó ella ignorando a Alice por completo—. Piensa seriamente lo que significan cinco meses a lo largo de toda una vida...

La miré sopesando sus palabras... hablaba de tiempo, cinco meses en setenta años no era prácticamente nada. Pero yo sabía de ante mano que el tiempo era algo efímero, era una utopía aferrarse a que el tiempo no significaba nada, porque finalmente lo era todo. Mi madre murió con treinta y nueve años y mi padre casi con cuarenta y tres... para ellos cinco meses habrían significado mucho, habrían significado más momentos divertidos, más abrazos, más cariño, más recuerdos, más despedidas silenciosas... más difícil decir finalmente adiós.

Miré a Rosalie a los ojos y lo vi más claro.

Cinco meses...

— Ya han pasado dos, solo te quedan tres más... Edward será libre, se habrá licenciado y no habrá distancias —agregó sonriendo.

Tres meses...

Eso sonaba mucho mejor que cinco... y me sorprendí al descubrir que estaba sonriendo. Yo... ¿sonriendo? Desde aquella noche en que Edward me dijo que tendría que irse apenas había vuelto a sonreír, no tenía motivos para hacerlo. Pero solo tres meses... tres... ya habían pasado dos, había sido una larga agonía pero tenía razón Rosalie, no podía dejarme vencer, siempre me había levantado tras mis caídas, en esta ocasión no sería diferente, sería la Bella fuerte y decidida de antaño, nada me haría daño, nada me haría llorar.

— ¡Así me gusta! —escuché exclamaba Alice mientras me miraba.

Mi sonrisa se amplió un poco más.

— Creí que no estabas de acuerdo con mi método —gruñó Rosalie.

— Y no lo estoy, pero con Bella parece que funciona —Alice le echó la lengua y antes de que pudiese procesarlo me estaba abrazando con su habitual alegría.

— Petardas... —murmuró Rosalie negando con la cabeza.

— Deja de ser tan remilgada y acércate aquí —la instó Alice.

Tras un bufido, sentí que los brazos de Rosalie también nos rodeaban y las dos estallaron en carcajadas haciendo un sándwich de Bella. Después de unos minutos nos alejamos y comenzó una conversación animada en la que las tres participábamos a partes iguales.

Me sentí bien por primera vez desde que Edward se había ido, continuaba sintiendo el peso de su ausencia, pero también me sentía más fuerte para soportarlo.

Rosalie se removió incomoda, estaba sentada sobre la alfombra con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el sofá, la blusa amarilla que llevaba se pegaba a su vientre y su tripita asomaba haciéndola verse realmente preciosa.

— Bella... —me llamó con precaución y volvió a removerse— ¿Qué tal con... esto...?—carraspeó— ¿Qué tal con María?

El semblante de Alice se oscureció y maldije entre dientes. Me enderecé un poco y la miré de reojo, parecía tranquila, su sonrisa se había borrado pero realmente parecía estar bien.

— Es una perra —mascullé molesta—. Si fuese por ella ya estaría fuera de esa casa, no sé qué es lo que pretende realmente pero está consiguiendo aislar a Jasper, cada vez está más solo y perdido dentro de sus juegos mentales.

— La mataría con mis propias manos —gruñó Rosalie.

— Intento no pasar mucho tiempo en casa, así evito enfrentamientos, pero cada vez que llego tarde o que salgo por la puerta Jasper me mira con tanto remordimiento que me parte el corazón... no debería ser así.

— Eso tampoco está bien Bella —habló Alice por primera vez—, él es tu hermano y no debes ceder ante ella. Tienes todo el derecho de poder compartir tiempo con él si lo deseas.

— Él ya no tiene tiempo... —susurré con pesar— cuando no está trabajando está cumpliendo uno de sus mil caprichos... ya no es el mismo Jasper.

— ¿Cómo fue la boda? —preguntó Rosalie volviendo a removerse incómoda por el tema a tratar.

— Muy sobria, Jasper era el único que sonreía allí...

— Siéntate en el sofá... —gruñó Alice mirando a Rosalie— no protestes y hazlo ya —la regañó.

Rosalie entrecerró los ojos y frunció los labios, pero una mirada severa de Alice la instó que se sentase en el sofá.

— ¿Cómo te encuentras? —le pregunté para cambiar de tema y aligerar un poco el ambiente.

—Bien... —sonrió— Emmett se preocupa demasiado y me cuida mucho.

— ¿Emmett? —pregunté alzando una ceja—. ¿El hombre gamba? —añadí recordando el sobrenombre que ella le había puesto.

Rosalie rodó los ojos y su sonrisa se amplió.

— Está bien... —rezongó— lo reconozco, estaba equivocada con él. Después de todo sí que tiene cerebro —Alice y yo dejamos salir una risita y ella nos miró mal—. Es buen chico, un poco sobreprotector... pero es bueno chico.

— Lo sobreprotector es Cullen marca de la casa —añadí divertida, Rosalie sonrió y Alice chilló.

— ¡Te gusta! —gritó señalándola con su dedo acusador.

— No... —ella negó débilmente y sus mejillas se colorearon.

— Mentirosa... —Alice rio— eres una maldita mentirosa... a ver, cuenta... ¿qué ha hecho súper macho Cullen para tenerte así de tonta?

— ¿Súper macho Cullen? —preguntamos Rosalie y yo a coro.

— Sí, Emmett es súper macho y Edward el perfecto caballero... pero eso es insignificante en este momento, ¡yo quiero saber más!

— Es un cielo... —Rosalie suspiró— siempre está pendiente de si me encuentro bien o mal, me compra los antojos y el otro día me llevó a comprar de todo para preparar una habitación para el bebé en su apartamento.

— Aww... —murmuró Alice con voz soñadora— se ve tan impensable que Emmett haga eso.

— No es tan extraño —refuté— se nota que él la quiere mucho.

— ¿Tú crees? —preguntó Rosalie con Ansiedad.

— Él es como un niño pequeño —comencé a explicar—, siempre te hacía rabiar porque tú lo ignorabas y así, aunque enfadada, le prestabas atención. Ahora que te tiene cerca se está desviviendo por complacerte para que veas lo maravillosa que puede ser la vida a su lado.

— Es tan tierno... —suspiró Alice.

— ¿Y tú qué? —espetó Rosalie mirándola—. ¿Qué pasa con James?

— Estoy trabajando en su bufete como becaria, por ahora todo va bien... —desvió la mirada.

— ¿Bien? —inquirió de nuevo la rubia con voz impaciente.

— Estoy pensando en dejarlo —confesó con hilo de voz—, sé que no se lo tomará demasiado mal porque está coqueteando continuamente con todo lo que lleve faldas... pero temo perder mi trabajo.

— Sabes que siempre podrás regresar a Cullen ... —añadí en un susurro.

— No puedo volver a trabajar a su lado... ¿no lo entiendes? —gimió—. No puedo simplemente estar a su lado y pensar que está casado… con ella...

— Te has rendido sin luchar, has dejado que María ganase la partida sin mostrar tus cartas —dije sin remordimientos ante su gesto de dolor—. No me mires así porque sabes que es verdad. Estoy convencida que habría estado en tu mano detener esa boda, tendrías que ver cómo llegó a casa Jasper el día que dijiste que abandonabas el trabajo...

— ¿De verdad? —preguntó sorprendida.

— ¡Pues claro que sí! —casi grité—. Él te quiere, pero María lo tiene tan ofuscado que no se da cuenta de sus propios sentimientos. Ella lo manipula de tal modo que es imposible que vea más allá de sus narices, juega con su estado emocional, que no es muy estable, a su favor y eso es lo que pierde a Jasper.

— ¡Ya está bien! —me interrumpió Rosalie—. Enséñame tu identificación... ¡ya!

Sonreí divertida y la miré.

— ¿Para qué? —le pregunté.

— Es imposible que tengas dieciséis... ¡es imposible! Alice... ¿tú la escuchas hablar? —abrió mucho los ojos mirando a Alice y me señaló con un dedo—. Nos sicoanaliza a todos... ¡y lo peor es que acierta!

Estallé en carcajadas y Alice me acompañó.

— Reíros... —hizo un mohín— pero deberías ser psicóloga Bella, tú sabes ver en la gente, sabes como son y en que fallan... eso no es fácil.

Cuando Alice y Rosalie se fueron, volví a sentirme sola, pero no era un sentimiento tan aplastante como antes de hablar con ellas. Me habían ayudado a ver una luz al final del túnel, puede que Edward tardase en regresar, pero lo haría al fin y al cabo y lo recibiría con los brazos abiertos y dispuesta a recuperar todo ese tiempo que habíamos perdido. Pero mientras no lo hiciese no me iba a hundir, iba a continuar siendo la Bella de siempre, no sería tan alegre ni tan feliz como estando a su lado pero haría mi mejor esfuerzo. Volví a la habitación de Edward y rebusqué de nuevo su camisa en el armario, en lugar de abrazarla, me quité mi ropa y cubrí mi desnudez con ella. El olor de Edward me envolvió y eso me hizo sentirme un poco más cerca de él.

Me tumbé en la cama y miré al techo, el atardecer ya había caído y la luz artificial de la ciudad se colaba por la ventana haciendo extraños dibujos en la superficie lisa. Un ruido extraño en la mesita de noche llamó mi atención y al girarme me encontré con mi móvil vibrando. Me apresuré en cogerlo y mi corazón dio un brinco al ver el nombre e Edward en el identificador.

— Hola... —susurré con una sonrisa, aunque él no podía verla.

¡Dios! ¿Qué ha pasado? Me tenías preocupado —gruñó al otro lado.

— Lo siento... tenía el teléfono en silencio...

¿Estás bien? —preguntó angustiado.

— Perfectamente, aunque con muchas ganas de verte... te echo de menos —sabía que estaba jugando sucio, estaba utilizando un tono de voz meloso para que no me regañase por preocuparlo, pero quería mantener una conversación, no una discusión a distancia.

Yo también me muero por verte... —gimió— te extraño mucho, sobre todo en las noches... necesito abrazarte.

Mi corazón se estrujó al escuchar la desesperación en su voz.

— Te amo... —susurré.

Y yo a ti princesa... yo también te amo.

— Edward... — susurré impaciente— ¿Cuando vendrás?

Escuché su risa al otro lado del teléfono y un suspiró.

Abre la puerta —dijo con algo que podía parecerse a la alegría.

— ¿Para qué? —pregunté desganada.

No protestes y abre la puerta... sé una niña buena —me instó.

Me puse en pie murmurando maldiciones y llegué de nuevo a la puerta principal.

— Ya estoy aquí... ¿y ahora qué hago? —pregunté.

Escuché su risa de nuevo, pero esta vez sonaba diferente, había algo extraño en el sonido de su voz.

Solo abre... —susurró.

Giré el pomo lentamente, en cuanto lo hice y esos ojos verde jade se cruzaron con los míos mi corazón dejó de latir durante unos segundos para hacerlo de un modo desorbitante justo después.

— Edward... —musité sin poder creérmelo.

Estaba allí, frente a mí... ¡realmente estaba allí!

Me tiré a sus brazos sin pensar y ronroneé complacida cuando me sentí rodeada por su calor, no solo por una fina tela impregnada en su olor.