Buenas!,

Se que han pasado años desde mi última actualizacion xD

No sé si lograre actualizar mis historias anteriores, perdi casi todo lo que tenía para ellas luego de tanto tiempo inactivo.

La historia que compartiré ahora es, propia, nacido de un pequeño rol, luego la fui nutriendo hasta que bueno, termino en esto.

Tengo muchas ideas para ella, la idea principal ya está acabada, pero mientras la creaba encontré un mundo que se podía explotar fácilmente, al nivel que escribí casi todo e dias, y aun tengo mi cabeza llena de ideas para el futuro al nivel que pienso que esto solo es el prólogo de la historia, pero quería ver que tan bien era recibida por lo que deicida publicarla.

Eso, todos los personajes son originales, estoy trabajando en el diseño de ellos y si me mueve el mundo quizas los dibuje xD.

Capítulo 1

-La Joya de Luviere.

El reino de Luviere se alzaba como una joya en el centro del continente, un faro de esplendor y tradición. Con sus vastas ciudades vibrantes, llenas de comercio y cultura, representaba el pináculo de la civilización. Los caminos adoquinados que conectaban las principales urbes estaban siempre llenos de actividad: mercaderes que traían las sedas más finas de tierras lejanas, diplomáticos que cruzaban las fronteras para negociar con otras potencias, y nobles que desfilaban en carruajes ostentosos, mostrando su riqueza a cada paso.

Desde los majestuosos palacios dorados que coronaban las colinas hasta las plazas bulliciosas donde los ciudadanos discutían sobre política y arte, Luviere se definía por su elegancia y refinamiento. El reino estaba gobernado por la familia real, cuya sangre milenaria se conocía como la "Sangre Santa", un linaje que había mantenido el poder a lo largo de generaciones. Esta sangre, venerada tanto por la nobleza como por el pueblo, era considerada un símbolo de estabilidad y divinidad.

Dentro del corazón de Luviere, el palacio real se erguía como el mayor símbolo de esa grandeza. Sus muros de mármol blanco, decorados con intrincados mosaicos y dorados relieves, reflejaban la luz del sol como un faro en la distancia. Dentro, el trono del rey Asold dominaba una sala inmensa, sostenida por columnas de piedra que parecían tocar el cielo. Los vitrales que adornaban las paredes proyectaban luces de colores sobre el suelo de mármol pulido, creando un ambiente casi sagrado.

Sin embargo, en ese momento, la calma habitual del palacio había sido rota por un grito lleno de furia.

—¡Ni lo pienses! —la voz de la princesa Charlotte resonó por la sala, chocando contra los muros y rebotando como un eco de desafío. Los guardias y sirvientes presentes evitaron mirar directamente a la joven heredera, conscientes de la tormenta que se estaba gestando.

Charlotte de Luviere, la única hija y heredera al trono, no era una princesa que se dejara someter fácilmente. Con solo 20 años, ya había demostrado una voluntad férrea y un carácter decidido. Su larga cabellera dorada, tan fina como la seda más preciada, caía sobre sus hombros, enmarcando su rostro pálido, donde sus ojos, de un ámbar intenso, parecían arder con la fuerza de una tormenta contenida. Vestía un elegante vestido verde esmeralda, ajustado en la cintura y decorado con bordados dorados que reflejaban la luz de los vitrales. Pero, a pesar de su belleza, en ese momento su postura transmitía una amenaza palpable.

—No me casaré con alguien a quien no conozco —continuó, su voz tan firme como la piedra. Cada palabra era un desafío abierto, no solo a su padre, el rey, sino a toda la estructura que había definido su vida hasta ese momento.

En el trono, el rey Asold, un hombre de mirada severa y manos firmes, la observaba en silencio. El rey había gobernado Luviere con mano de hierro durante décadas, asegurando la prosperidad del reino a través de alianzas estratégicas y un liderazgo firme. Su cabello, que alguna vez fue oscuro, ahora estaba salpicado de gris, pero su porte seguía siendo imponente. A su lado, la reina Fiora, una mujer de gran belleza y elegancia, lo miraba con una mezcla de preocupación y resignación. Sabía que Charlotte no cedería fácilmente.

—Charlotte, por favor —intentó la reina, su voz suave, pero teñida de desesperación—. No entiendes lo que está en juego.

Charlotte lanzó una mirada furiosa a su madre, pero no respondió. En su mente, la idea de ser usada como una pieza en un juego de poder la llenaba de rabia. Desde que tenía memoria, había sido la niña mimada de la corte, la joya de Luviere, alguien a quien todos admiraban y obedecían. La posibilidad de ser enviada a un reino extranjero, para casarse con un hombre al que jamás había visto, era un insulto a todo lo que representaba.

—¡No soy un peón en tus juegos, padre! —exclamó, dirigiéndose al rey. Sus manos temblaban de furia, pero mantenía la compostura.

El rey Asold frunció el ceño, y el aire en la sala pareció volverse más pesado. Sin decir una palabra, golpeó el reposabrazos de su trono con fuerza. El eco de su golpe resonó en toda la sala, silenciando cualquier intento de réplica. Los guardias, inmóviles como estatuas, intercambiaron miradas de preocupación.

—Tienes 21 años, Charlotte —dijo el rey finalmente, su tono bajo y cargado de autoridad—. Ha llegado el momento de que entiendas tu deber para con este reino.

Charlotte apretó los puños, su respiración entrecortada por la rabia. Aunque su posición como princesa le había dado privilegios y poder, también significaba que su vida no le pertenecía por completo. Lo sabía, lo había escuchado incontables veces en las lecciones de protocolo y diplomacia, pero nunca había sentido el peso de esas palabras como en ese momento.

—No quiero oír más quejas —continuó el rey—. Irás a Blunt, te casarás con su rey, y darás honor a tu familia.

El nombre de Blunt cayó sobre Charlotte como un balde de agua fría. Ese reino, conocido por su frialdad y su enfoque militar, era casi lo opuesto a Luviere. Las historias que se contaban sobre Alexander, el joven rey de Blunt, eran variadas y ninguna lo mostraba bajo una luz favorable. Se decía que era un hombre duro, forjado en las batallas, alguien que no tenía tiempo ni interés en las sutilezas de la diplomacia. Para Charlotte, que había crecido rodeada de lujo y arte, la idea de ser enviada a un reino tan bárbaro era insoportable.

—¿Blunt? —preguntó, su voz goteando desdén—. ¿Quieres enviarme a un reino de bárbaros?

El rey no respondió de inmediato. En su mente, la decisión ya estaba tomada. La alianza con Blunt era crucial para asegurar la estabilidad de Luviere. A pesar de su desagrado por el joven rey Alexander, Asold sabía que esa unión era necesaria. Blunt poseía el ejército más formidable del continente, y con las tensiones crecientes en las fronteras, esa alianza podía significar la diferencia entre la paz y la guerra.

La reina Fiora intentó mediar, su voz calmada pero cargada de angustia.

—Hija, por favor, entiende... esta alianza garantizará la seguridad de nuestro reino. No es solo por ti, es por todo Luviere.

Pero las palabras de la reina no encontraron eco en Charlotte. A pesar de los argumentos lógicos, todo le sonaba a excusas para manipularla, para despojarla de su libertad. Había aprendido a manejar las cortes y a jugar el juego del poder desde temprana edad, pero esto era diferente. Esto no era un juego en el que ella tuviera algún control.

—Si sigues resistiéndote —interrumpió el rey Asold—, haré que te aten y te envíen en un carruaje de correos como un simple paquete.

La amenaza era real, y Charlotte lo sabía. Su padre no estaba bromeando. Un grito de frustración escapó de sus labios, resonando en la vasta sala antes de que pudiera detenerlo. No había nada más que pudiera decir o hacer en ese momento, así que giró sobre sus talones, sus pasos resonando con fuerza en el mármol mientras abandonaba la sala del trono.

A medida que caminaba por los largos pasillos del palacio, su furia no hacía más que crecer. Los retratos de sus ancestros, colgados en las paredes, parecían mirarla con desaprobación mientras pasaba junto a ellos. "¿Cómo podían hacerme esto?" Las imágenes de su vida en Luviere, rodeada de lujo y admiración, comenzaron a desmoronarse en su mente. Cada paso que daba parecía llevarla más lejos de la princesa que había sido.

Finalmente llegó a su habitación y cerró la puerta con un portazo que resonó en los corredores vacíos. A solas, la frustración y la humillación la consumieron por completo. Se arrojó sobre su cama, el rostro hundido en las suaves sábanas de seda. Lágrimas de rabia corrieron por sus mejillas, mientras en su interior, una voz repetía una y otra vez: "No dejaré que esto me derrote. No dejaré que me controlen".

Recordó a los nobles que había humillado a lo largo de los años, aquellos que habían caído a sus pies, rogando por su atención. Bill, el último de ellos, había sido el más insistente, y por un breve momento, Charlotte consideró que quizás había sido un error rechazarlo. Pero no, no lo había sido. Había jugado ese juego a la perfección. Sabía cómo manipular a los hombres y cómo hacerse respetar. Si debía ir a Blunt, lo haría, pero bajo sus propios términos.

—Nadie me controla —susurró para sí misma, mientras las lágrimas cesaban y su mente comenzaba a trazar un plan—. Ni mi padre, ni un rey bárbaro.

El destino que le habían impuesto no sería su final. Charlotte, la princesa de Luviere, no sería una simple pieza en el tablero de ajedrez de su padre. Si algo sabía, era cómo convertir las circunstancias en oportunidades. Si Blunt la esperaba, entonces Blunt conocería a la verdadera Charlotte, y no habría nada que pudiera detenerla.