Asalto 7.
Explosión de emociones.
(…)
Esto no debería ser posible.
Reforzando ese pensamiento, fui tragado por la desolación que se presentaba ante mí en forma de
una inmensa oscuridad que no tocaba fondo. Aunque tirara la vista, no hallaba un hálito de vida allá
dentro, totalmente silencioso y negro.
Mi primera impresión fue incredulidad, pero al estar aquí, y ver los innegables hechos, fui golpeado.
¿Cómo pasó esto?
Prefería no creerlo… que este lugar fue tragado por la tierra.
Una vez más, eché una mirada al fondo.
En medio de la tierra, se alargaba una boca que abría fondo hasta las profundidades de la tierra,
como si el espacio que una vez estuvo allí nunca hubiera existido en primer lugar. Era impensable,
por donde se viera, que las casas, las personas, y los animales que estuvieron aquí hace nada, ahora
ya no estuvieran.
Tragué saliva. Me sentía mareado. El shock fue considerable al tener esta vista.
(...)
Jeremy poseía una expresión difícil de analizar, dura e inamovible como una roca.
Los cuatro allí presentes, estaban de pie a unos metros de la gran e imponente fosa.
— ¿Qué ocurrió aquí…?
Uno de los subordinados de orejas puntiagudas hizo esa pregunta. Su comandante, King Zelote, no
dijo nada.
Esto no tenía precedentes.
Este lugar hace menos de tres días era un animado pueblo rural, gobernado mayoritariamente por
semi-humanos. No destacaba del resto, pero era un buen lugar para vivir. Pacífico y agradable.
Ahora no quedaba un vestigio de lo que fue.
Zelote se sintió perdido.
De su hogar no quedaron sobras. Desapareció de la noche a la mañana, como si nada.
Aquí nació y creció. También tenía muchos conocidos, viejos amigos, y gente que llegó a apreciar...
También sus padres...
Demonios...
Ya ninguno de ellos existía. Solo quedaba como prueba esa boca abierta de par a par que se tragó la
ubicación sin dejar otro rastro que sí misma.
Sus puños, duramente apretados, estaban con los nudillos blancos. Explicar sus emociones sería
inevitablemente doloroso. Estar aquí requería valor.
Fue notificado hace poco por el Rey de este "suceso", con el fin de comprobarlo. Aunque los
mercaderes daban fe de que este lugar desapareció sin dejar rastro, era imperante tener pruebas
sólidas de testigos fidedignos.
Ahora no nos quedaban dudas.
El pesar que abatía nuestros corazones no podría ser disipado de un día para otro.
— ¿Cómo pudo pasar esto…?
El semi-humano desfiló sus orejas hacia abajo.
— ¡Hace una semana estaba bien…! ¿Cómo es que…? Hk...
El mismo King no quería ahondar detalles.
Eclipse no tenía fama de ser una nación repleta de desastres naturales. Su problema eran las
quimeras salvajes, pero ellas tenían su territorio casi totalmente delimitado y no salían de allí. Esto
no tenía precedentes en ningún documento pasado. Algunos casos de la tierra abriéndose saldrían a
flote en una investigación a fondo, pero nada tan grave como tragarse un pueblo con todos sus
habitantes.
— Tendremos que iniciar las investigaciones respecto al terreno…
Dio mi opinión, guardando todo el pesar, pero vino Zelote y tomó control de una respuesta.
— No creo que ayude mucho. En todos los años que viví aquí, el terreno era estable y plano. Cosas
como deslizamientos o bases inestables no eran posibles. Primordialmente, la tierra de este
territorio es inusualmente dura, perfecta para construir viviendas, y se implementaron la obtención
de rocas para las construcciones de las bases.
Su propuesta fue rechazada.
— No creo que esto sea normal. – Murmuró Zelote, conteniendo su descontento. Ahora que su
desconsuelo tomaba algo de fuerza, su confusión se revolvía junto al llamado rencor.
Pero sería un reto conseguir a alguien a quién dirigirle ese rencor.
— Es una lástima que haya ocurrido esto. No hubo ni un sobreviviente… — El chico semi-humano dio
unos pasos a la orilla del precipicio. Pensaba dar una última mirada en busca de alguien vivo, aunque
sabía que sería en vano.
Y no debería acercarse demasiado. Si la tierra sucumbía sería su final.
Crack.
Se oyó algo.
— ¿Hm?
— ¡-! ¡CUIDADO!
La tierra abrió sus fauces, deseando engullirlo. Los pies quedaron en medio del aire, sin lugar donde
posar.
— ¡IDIOTA!
Su muerte se aseguró en el momento que el hoyo se abrió, pero un cambio repentino tergiversó su
destino inminente.
Una ráfaga huracana y violenta se contrajo, y de una saeta sórdida, golpeó y lanzó el cuerpo del
chico lejos de abismo.
— ¡UH!
Rodando y rodando por la tierra, se llevó de regalo heridas menores como rasguños y raspones. Se
detuvo, poniendo sus manos sobre la tierra, tosiendo fuerte.
King Zelote les ordenó a todos guardar distancia del siniestro acontecimiento. Su magia de viento
golpeó y salvó a Ben se caer a su triste final. Sus reflejos eran incomparables al de los seres
humanos. Él no pude hacer nada, pero él se movió en cuanto hubo en cambio en la tierra.
— ¡Cof, cof...! ¿¡Q-Que fue eso!?
La confusión de Ben era de esperar, más Jeremy se resguardó calmadamente.
— Esto es escalofriante… — Dijo Zelote, reprimiendo los labios.
— L-Lo siento. F-Fue culpa mía, Zelote-Sama. No debí acercarme de más cuando sabía que era
peligroso.
Ben inclinó la cabeza, poniéndose a los pies de su señor, más Zelote no cambió su expresión de
gravedad a ponerse a regañar al chico.
— No, no creo que sea algo causado por tu peso.
— ¿Señor…?
— Etanol-Kun estaba a dos metros de ti, pero si lo comparamos, estaba incluso más cerca, pero la
tierra se abrió cuando te acercaste específicamente. Es erróneo tomar eso como un desastre
natural.
— ¿E-Enserio?
Dando determinación a la posibilidad que propuso, cerrando y abriendo las manos, enfatizó un golpe
airado de huracán a los bordes de la tierra.
— ¿¡Wuah!?
¿¡Qué está haciendo!? Gritó Etanol a punto de arrancarse el cabello. ¿Quería que el hoyo se abriera
más y se los tragara a todos?
El temblor abatió sus piernas. Zelote no era consciente de que los débiles sufrían con las muestras
superfluas de poder.
El suelo tembló y repercutió en vibraciones desconcertantes… Pero, no sucumbió ni un trozo de
tierra.
— ¿E-Eh…?
El temblor se calmó, dejándonos con la cuestión.
Zelote se volvió a ellos.
— Si fuera cosa de la tierra, un derrumbamiento cerca de la fosa sería de esperar, pero nada ocurrió.
Si un golpe así no provocó nada, menos el peso de una persona de 90 kilos.
¿Cómo qué 90 kilos? ¿Me estás diciendo gordo?
— ¿Entonces esto no es un desastre natural, Zelote-Sama?
— Posiblemente. El hundimiento se activó con la venida explícita de Ben.
"Es como si…"
...Esto reaccionara solo ante semihumanos.
...
Si era así, que toda la ciudad fuera engullida podía explicarse.
Algo concretamente para ellos.
Su ceño se endureció más que antes de esto.
— No sé quién haya hecho esto, pero me aseguraré de darle una contribución de mi resentimiento.
Que miedo. Mejor no se ponía cerca de su mano.
— ¡Zelote-Sama!
Un grupo de tres personajes de orejas animales vinieron a la presencia de su señor. Todos se
centraron en ellos, dejado de lado un momento la embocadura abismal.
Todos, incluido Etanol, persiguieron un canasto en manos del que lideraba el pequeño grupo.
Llegaron a Zelote-Sama, inclinándose respetuosamente.
— Permítanos darles nuestro informe.
Con su mirada puesta sobre la canasta grande, dio su permiso.
— Permiso concedido.
— Tanto yo, como Mister y Felix, no encontramos indicios de personas por la zona, siquiera de una.
Y algo más escalofriante, es que todos los animales del bosque están muertos.
— ¿Los animales…?
Eso era un tema que podría tomarse como ajeno, pero descartarlo sería un error.
— Sí. Comprobamos personalmente, y no hay ni un insecto vivo. Cada animal, desde el principio
hasta el final, está muerto. No encontramos vida de su parte.
— ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué los animales están muertos…?
— ¿Una peste? – Ofreció Ben.
— No tenemos idea, Zelote-Sama, pero estoy seguro que no es una peste.
— ¿Entonces?
— Todos ellos mostraban signos de luchar hasta la muerte con otros animales. Prácticamente, por
los que vimos, todos y cada uno de ellos se enfrentó y dieron muerte.
— ¿Se mataron ellos mismos?
Para ser un comportamiento colectivo, no era nada normal.
Un enfrentamiento entre dos animales no sería raro, pero que todos sucumbieran ante un efecto de
cólera y se exterminaran debería ser un signo de anti-naturalidad.
Esto abría el horizonte de preguntas. Haciendo complicado dar una respuesta clara de lo que pasó.
— Ah, señor, pero tengo otra cosa que informar.
— ¿Qué es? Dila.
—Aunque no encontramos vida de los animales, sí vimos algo de vida semi-humana.
Los ojos de todos se abrieron. Esto era bueno.
— ¿Enserio?... – Inclinó la cabeza. – Pero, oye… ¿No dijiste que no encontraste señales de personas
por la zona? ¿Cómo explicas la contradicción?
— Bueno, no creo que cuente como persona, y dudo que sea útil como testigo.
— ¿A qué te refieres? ¿Está incapacitado, o no se encontraba cercano a este lugar cuando sucumbió
la tierra?
— No, y aunque estuviera al lado, dudo que pueda atestiguar algo.
— ¿Podrías explicármelo detalladamente? No encuentro lógica en tus palabras.
Esperaba algo más contundente.
— Con verlo podrá llegar a su respuesta, Señor…
El hombre, cogiendo la canasta, sacó una manta envuelta… No, envuelta en algo.
Unos cabellos blancuzcos como la leche, y manchas oscuras por todo su cabello salieron a flote de
las mantas blancas, sus orbes claros se desplazaron a Zelote.
— ¿Qué rayos…?
Ben boqueó. Jeremy hizo un "Que giro interesante", y Etanol solo pudo seguir mirando.
El niño de orejas perrunas olisqueó al aire cuando estuvo libre. No debía tener más de cinco años, o
siquiera tres. Sus cortas extremidades, y poco cabello era buen indicante de que no llegaba a esa
edad. La fragilidad de sus brazos era notable.
—… — Zelote mantuvo su distancia del niño perro, ahora consciente de lo que decía el hombre.
— Como puede ver… No tiene la edad para poder dar testimonio. Lo ubicamos abandonado bajo un
árbol, comiendo una manzana. Aunque no tiene edad, parece saber cómo conseguir comida.
El niño perruno miró sus alrededores, viendo a Zelote.
Éste frotó furiosamente su cabello.
— Tenía que ser un semi-humano tipo perro...
Para él, que odiaba los perros, esto era una pesadilla.
— Lo lamento señor, pero solo pude pensar en traerlo. Me daba un poco de…lástima.
— ¿Al menos sabe decir su nombre?
— Lo lamentamos, no pudimos hacer nada. No parece saber hablar, pero cuando le ofrecimos algo
de carne seca, la aceptó.
Tenía buena boca y mucha hambre si aceptaba lo que le dieran. ¿De dónde era este niño?
La especie canina no era su fuerte. Los odiaba, y ahora, tenía un niño pequeño desamparado.
— Tal vez fue abandonado por alguien del pueblo. – Dijo Etanol con empatía con el muchacho. – Si
alguien lo dejó, y al otro día fue presa del suceso, es posible que siga vivo.
El niño no se veía sucio, y estaba sano…
Claro… excepto por…
Sus pupilas, grises e incoloras, no fijaban ninguna imagen. Su ceguera era total y triste. Se guiaba
expresamente con su olfato, oído y otros sentidos.
— Su ceguera sería el detonante de su abandono. Cuidar un niño discapacitado no es fácil, y si era
una familia inestable…
El hombre tuvo una especie de camaradería con el muchacho, poniendo su mano sobre su cabeza. El
niño no se movió ante su gesto… O no sintió que tuviera malas intenciones.
Esto no tenía pies ni cabeza.
El niño fue abandonado, e incluso si pudiera hablar sílabas, como no podía ver nada, no era de
ayuda.
— Esto es inútil. Mejor vámonos de aquí.
— Sí, señor.
Etanol se aventuró y fue a tomar al chico. Él no se movió, ni mostró rasgos de ser rencilloso,
mansamente se acunó en sus brazos. Su ropa era simple, como de campesino. Su familia debió ser
muy pobre.
— Pobrecito. Si ya decidieron abandonarte en el bosque, no tiene sentido dejarte una nota. Tal vez
tu madre guardaba algún tipo de odio por ti…
Miró a Zelote, ofreciendo al niño.
— ¿Qué haces, Conde Clover?
— ¿Qué más? Dándotelo.
— ¿¡EH!?
¿Y esa reacción?
— Eres un semi-humano ¿No? ¿Quién mejor para lidiar con este niño desamparado?
— ¡N-No bromees…! ¡Yo no…!
— Posiblemente es el único sobreviviente de este pueblo. Aunque no puede hablar, o no sepa nada,
sigue siendo importante como individuo.
— ¡P-Pero…!
— ¿Piensas abandonarlo? Ni el peor demonio podría…
— ¡Entonces cuídalo tú! ¿¡No te gusta adoptar gente de la calle!?
— No puedo traer a nadie hasta el mes que viene.
— ¿¡Entonces te pusieron límites!?
— Solo tienes que encontrarle un hogar, alguien que pueda cuidarlo, y que tenga la facilidad
económica. Conoces mucha gente ¿no?
Zelote chilló como alma en pena. Enserio debía odiar los caninos.
Y, no teniendo opción, sintiendo las miradas de sus subordinados, recogió al niño.
El pequeño dálmata, olisqueó la ropa de Zelote. Podía verse desde kilómetros que el contacto con el
niño desagradó a Zelote, pero se obligó a no tirarlo.
— S-Si te atreves a morderme, te tiró por ese hoyo.
El niño no contestó, y descansó su cabeza en su hombro. Concluyó que un reposo le vendría bien,
usando a Zelote de almohada.
— Engendro del mal…
Normalmente no se le llamaría así a un niño tan lindo, pero bueno...
— O-Ok, le encontraré un nuevo hogar. Por ahora, vámonos de aquí.
— Sí.
(…)
Sus extremidades, acalambradas de las 9 horas de sueño incesante, ahora se movían bajo la manta.
Los mechones rebeldes de cabello rozaban su frente, pero los dedos los apartaron. No provino luz de
ninguna parte, haciendo su mañana más pasadera.
La tentación de las sábanas fue difícil de pasar de largo, pero se obligó a salir de su colchón.
La tela oliva casi se desliza de su cuello, pero su mano la regresó.
Desde hace tres días, dormía con la bufanda puesta. Se vería ridículo, o insanamente apegado a su
posesión, pero no quería arriesgarse a que nadie viera sus cicatrices. Menos Urano y Mistic.
Bostezando, se revolvió el pelo, tomando impulso.
Saliendo de su habitación, su nariz recibió el dichoso olor de pan horneado, y cerdo frito.
De la cocina provenían sonidos. A Mistic le tocaba esta semana, pero desde el incidente en la
Provincia Zazaphe, Urano se sumó a ayudarlo.
Que se hiciera más consciente era una buena señal, por lo menos. Pero su trato con él era de un
doctor con un enfermo terminal que solo le queda una semana de vida.
Estaba perfectamente sano, fatigado, pero sano. Su peor herida era el orgullo destrozado luego de
ser salvado por Darkness. Eso sí tardaría en sanar, quizás nunca.
Franqueando por el pasillo, llegó a la sala. A esta hora, Urano estaría allí, esperando perezosamente
por la comida, pero ahora ayudaba activamente a la elaboración de desayunos, almuerzos y cenas.
Era una extraña vista, como el de un paralítico caminando de repente.
Poniéndose en la mesa, bostezó por segunda vez, llevando la mano a su boca. Entreabriendo los
ojos, notó algo que era algo preocupante.
— ¿Hm? ¿Y esto…?
Girando su palma, la puso, viendo sus dedos extendidos. Subiendo su mirada, fue a posarla sobre sus
uñas. Su largo se disparó hace unos días, y ahora contaban con un filo alarmante.
— Esto no se quedará así, ¿verdad?
Se dijo así mismo, mirando sus uñas.
Esperaba, como mínimo, que su fisionomía no cambiara por esa transformación.
Temía hacer algo insalvable de reparo, como asesinar a uno de sus camaradas.
Que la posibilidad de que eso ocurriera fuera alta, lo aterró, pero ocultó su preocupación dentro de
sí.
Pensaba, que si guardaba la calma de siempre, las cosas saldrían bien. Estresarse sin razón solo
traería dolores de cabeza, y no quería más angustias a su cuerpo aporreado.
Su base informática sobre esa transformación no era mayor que la de Mistic y Urano. Desde
pequeño, supo que no era enteramente humano, pero estos extremos eran insondables, y no sabía
nada. Mistic le informó que Darkness tenía cierta previsión de los hechos, pero sobre su cadáver iría
a preguntarle mansamente por una respuesta a sus preguntas. Y de todos modos, no le respondería
gratis.
¿Existía una forma de sonsacarle información a su hermano sin estar en desventaja? Ya le debían un
favor, y el momento y la magnitud del mismo no estaban en sus cálculos. Si viniera y les pidiera
hacer un golpe de estado, tendrían que dócilmente doblegarse y acatar sus órdenes.
(...)
— ¡Buen provecho!
Urano, dando gracias por la comida, y juntando sus manos, procedió a comer media tostada de pan
untada con mantequilla. Los modales en la mesa no aparecieron por donde deberían verse, y ella
siguió normal con su rutina. Para Orochi, que estuvo a punto de torcer el equilibrio del grupo, esto
se sentía agradable. La frescura que Urano traía al grupo era como un vaso de agua para un hombre
sediento perdido en el desierto.
— ¿Cómo has sentido tu cuerpo, Orochi-San?
El tema de discusión hoy fue Orochi, como los otros días. Mistic no se cansaba de preguntar por el
estado de su cuerpo, preocupado por efectos adversos. Si esto fuera una familia, Mistic sería la
mamá, y Urano y él, los hijos.
Orochi terminó de masticar, tragando.
— No ha habido cambios extraordinarios, además del crecimiento de mis uñas… Con contarlas
debería estar bien.
Urano, posando en segundo plano la comida, miró interesada las manos de su líder. Exaltó un
exagerado gesto de horror.
— Uwah, Oro-Kun, pareces listo para destripar a alguien.
— ¿Crees que realmente haría algo como eso?
— Buen punto.
— Hacerlo con las manos no es eficiente, y ensuciaría mucho. Sería mejor hacerlo con un arma de
mediano alcance, como una espada o un cuchillo.
— Retiro lo dicho.
— Recuerda la recomendación de Camelia-San, Orochi-San. Debes mantener reposo absoluto por
varias semanas.
—…Sí.
Camelia era la chica sirvienta que atendía al chico elfo que contrató a su hermano. Al igual que el
elfo, le era una molestia, pero entregó algo de información del chequeo que le dio, sobre que
debería guardar reposo por unos días, preferiblemente dentro de la choza.
Urano, terminando su comida, se estiró sobre la mesa, acción que en una mesa llena de nobles
aristócratas se vería limpiamente irrespetuoso.
— Uh, debido a eso no tomaremos trabajos por un buen tiempo. Bueno, tenemos dinero, así que
estaremos bien.
Orochi bajó la vista. Ese tema era duro de oír. Los miembros eran limitados por la incompetencia de
su líder.
Urano sonrió dulcemente.
— Ah, pero no es que te estemos culpando, solo eres el 90% de la razón de que no podamos salir ni
tomar trabajos. No tienes por qué sentirse mal.
— Eres pésima dando consuelo. Mejor quédate en silencio.
— ¿¡AH!? – El rechazo la golpeó en la cara. Su boca se colocó como una "V" invertida. — ¡Vamos,
Mistic! ¿Cómo lo harías tú?
El rubio se tocó la barbilla, viéndose inteligente.
— Hm, veamos… Supongo que diría "El peso recae directamente en todos los miembros, sobre todo,
en los que no mantuvieron la guarda". Así seria, creo.
— Urano, prueba el sabor de la derrota. Una inexperta insensible como tú no tiene oportunidad
contra alguien observador y amable como Mistic.
— ¡Buuuuu!
Urano terminó malhumorada y viendo la madera de la mesa. Ahora Mistic se dirigió al pelinegro que
abucheaba a la chica.
— Orochi-San, ¿Sigues teniendo hambre…?
— ¿Eh? ¿Qué te hace pensarlo?
— Aun cuando Urano comió como un ser inhumanamente hambriento, te terminaste tu comida en
tres minutos, mucho más rápido que ella. Aunque no te veías como ella en términos de
desesperación, parecías tener hambre. Usualmente comes despacio y con calma.
— Me gustaría una corrección de los términos para describirme.
—… Supongo que no puedo negarlo. Estos días, he tenido un apetito inmenso. Una ración no parece
ser suficiente…
— ¿Me están ignorando? ¿Es eso? ¿Enserio lo están haciendo? ¿A esta bella dama merecedora de
un premio de belleza? ¿A mí?
Ignoraron a Urano brillantemente. Esto molestó y ofendió a la chica, pero ninguno vio eso como una
catástrofe que destruiría al mundo, solo su tolerancia.
— En ese caso, por favor, acepta mi plato… — Mistic le pasó un plato a medio comer a Orochi. No…
En realidad, fue cuidadosamente separado en dos partes iguales, previniendo el futuro donde se lo
tendría que dar a Orochi.
— ¿Sabías que quedaría con hambre?
—Sí.
—…
Frente a esa amable sonrisa de Mistic, no podía rebatir nada, y tomó el plato resignadamente.
Los días transcurrían con una lentitud inimaginable. Orochi no podía salir, o siquiera ver el sol del
día. Caminar a la sala requería una cantidad arrolladora de esfuerzo, agotando su fuerza. Cuando
llegaba a su destino, el sillón, o la silla concerniente a la mesa, tenía que arrastrarse o sujetarse de
algo.
Los ancianos de 90 a 100 años se verían más enérgicos.
El tiempo que no dormía, el aburrimiento pasaba factura, causando ansiedad. En ese lugar no se
encontraban muchas actividades que estuvieran dirigidas al entretenimiento.
Ahora mismo, bebía café. Tenía los ojos cerrados, regodeándose en el olor fuerte de la bebida.
Envidiaba a Urano, que gozaba de una energía de origen cuestionable y que rara vez estaba libre. A
Mistic se le impartía el trabajo de amo de casa, pero era mejor que no hacer nada, y era un experto
en ello. Era el único allí que además de comer y dormir, no hacía nada más.
Ser el líder no aplacaba su descontento. Pasar tiempo de ocio, sin siquiera entretenerse, en algo era
como ver la grama crecer: infructuoso.
El crecimiento de su cabello se sumaba a los eventuales efectos que se plantaron en él. Ahora lo
tenía algo largo en la nuca, haciendo que su despeine fue más notorio.
Seriamente un fastidio.
Era más sensible a los sonidos y las vibraciones. A través de su pie, que tocaba el suelo, sentía los
pasos de Urano y Mistic, evitando ser tomado por sorpresa por alguno de estos.
Podía calcular la distancia. Era una habilidad sensorial útil, si no atiborrara su mente y lo mareara. A
veces sencillamente quería paz y desconectarse de su entorno.
Y ahora, podía sentir que alguien se acercaba a toda prisa. Ocultar el ruido de sus pasos no era
necesariamente efectivo cuando sentía sus pisadas.
Pero, igual fingió ignorancia.
Bajó la taza, si esta se derramara, sería todo un desastre.
Pisadas suaves y pomposas no sacaban un atisbo de ruido. Solo alguien entrenado podría prever su
aproximamiento.
Lentamente, avanzaba, llegando a la parte trasera de la silla.
— ¡Oro-Kun!
Una fuerza contraria embistió su espalda, predisponiendo un calor aromático detrás de su cabeza. La
suavidad cálida emanaba de esas dos colinas, y el calor de los brazos envolvió los hombros de
Orochi.
Pero no duró mucho. El paraíso de la comodidad se frustró a los milisegundos.
— ¡Qu—¡ ¡Que frío!
Urano brincó como alguien a quién le lanzaban piedras a los pies, retirando sus brazos de la espalda
de Orochi, rompiendo el abrazo.
Un toque a su piel pálida y el calor de su metabolismo palideció ante el frío abrumador. El contraste
causó su respingo instintivo.
Urano no podía creer que un ser humano estuviera a esa temperatura y siguiera vivo. El hielo
debería tener más calidez.
Orochi se giró. Haría como que la suavidad del busto de Urano no le causó reacción favorable.
— ¿Qué estás haciendo? Te agradecería que no me tocaras despreocupadamente. Si tan necesitada
estás, puedes buscarte un novio en la ciudad.
Palabras frías para cuando quería seguir estando hundido en esa calidez. Los seres humanos no son
honestos.
— ¡Oro-Kun! Estás helado. Un cadáver tendría más vida que tú.
—… — Tres parpadeos siguieron su desconcierto. — ¿En verdad?
El mismo Orochi no lo creía posible, tocando su cuello. La sensación como un frío anormal no llegó a
su mano.
— Perdón, pero no percibo que sea así. Me siento como de costumbre.
— Da más miedo que no lo creas.
Urano tuvo miedo de que un día sus temores se hicieran realidad y Orochi ciertamente fuera un
cadáver.
Urano suspiró, regresando a la cuestión por la que vino a Orochi. Se tiró y tomó una de las sillas,
mirando tiernamente a su jefe.
— Oye, Oro-Kun, estos días has estado aburrido ¿no es cierto?
— Me sorprende tu perspicacia, deberías ser detective.
— No siento nada de sinceridad en ese elogio, pero lo dejaré pasar. – Asombrosamente bandeó su
mano, agitando la punta de su cabello rosa pastel, su mayor punto fuerte. – Creo que puedo
ayudarte.
— Que lasciva.
— ¿¡Qué!? ¿¡Por qué vienes y tiras esa palabra!? ¡N-No hagas como si esto fuera la escena de un
chico pidiéndole un favor indecente a su compañera!
Orochi tomó un sorbo de su café, prosiguiendo con sus saetas.
— ¿Entonces? Lamento decirte que mi cuerpo apenas se mantiene funcionando, dudo que pueda
ponerme a pensar en pasar mi noche con alguien.
— Creo que mejor me retiro. Hasta aquí llegó mi paciencia.
—… — Presionándose, dijo – Ahhh… Ok, ¿Qué quieres? Te escucho.
—…
La pose inamovible era absoluta. A menos que Orochi hiciera "eso", no saldría de este punto
muerto.
— Ok… Lo siento. Creo que me pasé esta vez…
Una sonrisa diminuta dibujó los contornos de la cara de Urano, que relajó sus hombros tensos.
— Vine a decirte sobre algo que podrías hacer para desplazar tu aburrimiento.
— ¿Y eso es?
— Libros.
— Iré a pegarme un tiro.
— ¿¡Eek!? ¿¡Por qué ese rechazo!? ¡Tenemos un estante con libros!
Orochi requirió paciencia para oírla, pero con una palabra de ella, procedió a rendirse en la
búsqueda antes de comenzarla.
— Mistic los lee, pero no soy partidario de los lectores, y son muy caros.
— Más que odiar leer, odias gastar dinero.
— Exacto.
— ¡Al menos niégalo! – Urano, bufando, levantó un libro de tapa negra café, poniéndolo en la mesa,
empujándolo hacia él, simulando un pago ilícito. – Aquí tienes tu salvación. De la serie de Los
hermanos Nordikus en la isla deshabitada.
— Suena a estafa solo leer el título.
— ¡No seas así! Es muy interesante… Tiene acción, misterio, romance, bueno… romance, y más
romance.
— ¿No que son hermanos los protagonistas?
— Sí, pero uno muere al principio, así que el otro queda con una chica nativa de la isla.
— Eso fue un dato que mataría a un partidario de la lectura, y ¿no se supone que la isla es
deshabitada?
— Eh, es que… el padre de los hermanos, Aramasto Sicyclon, exterminó las personas de allí.
— ¿No que los hermano se llamaban Nordikus?
— ¡E-Es que…! Pues… ¡AHH! ¡Tan solo léelo y dime qué te pareció!
Harta de sus rebatimientos lógicos por la trama, ella desplazó un golpe de su mano a la tapa del libro
(Algo que un amante de los libros no haría aunque lo amenazaran) y se marchó molesta.
Orochi mira el libro, como quien mira un animal muerto en el bosque, y piensa si seriamente
comerlo, pero toma en cuenta por qué no ha sido comido por otro animal, o si puede ser venenoso,
y cosas así. Podría ser una decisión de la que se arrepentiría, o algo que lo bendeciría con buena
fortuna.
—…
Pensándolo a futuro, tardaría semanas encerrado hasta que pudiera llegar a la sala sin sentir su
mundo dar vueltas y sus extremidades pesarse. Las probabilidades de encontrar algo que hacer eran
bastante bajas. A menos que aceptara esta proposición, estaría aburrido el resto de sus días.
— Supongo que no tengo nada mejor que hacer… Aunque preferiría otro libro más acorde al título y
que tuviera más sentido.
Teniendo ese monólogo plano, tomó el libro.
(…)
— ¿A qué precio tiene las zanahorias?
— Dos de bronce por cada una.
— En ese caso, deme 30.
— A la orden.
La transacción de bienes alimenticios se dio perfectamente, pasando unos kilos del tubérculo
naranja a manos de la chica, que la guardó en una bolsa de tela especializada en cargar cosas.
El tumulto de gente hacía ruido y algarabía, dado la hora que era. Algunos hombros se apretaban
unos a otros, y los pies removían el polvo del piso. La fortuna les sonreía, y al menos no había mucho
sol, que calentara sus cabezas, y en vez de eso, había un puñado de nubes blancas que impartían
sombra grata a los paisanos.
Lo vendedores recibían de cinco a ocho personas en su negocio, procediendo automáticos a
asegurar las ganancias del día.
Entre las personas que iban y venían, buscando hacer unas compras específicas, una joven de tierno
cabello rojo, y un chico de pelo negruzco como la noche más oscura, terminaban su compra en uno
de los negocios abiertos por un hombre barbudo.
La chica traía traje de mucama, uno de colores contrarios, y el otro joven traía un traje negro, bien
ceñido y limpio. Ambos no pegaban con las pintas algo relajadas y pueblerinas del entorno. Se veían
solemnes, como menos. Servidores de un señor competente de mucho poder… Y era cierto.
Etanol Clover era miembro del Consejo que respaldaba las decisiones más importantes del rey,
primer patriarca que comenzó la línea de nobleza de los Clover, que antes no existía. El rey lo
reconoció y le dio el título.
De los labios de Camelia escapó un triste y pesaroso suspiro. No temía demostrar su descontento a
quien tenía a su costado, que solo veía como una espina clavada bajo su costilla.
Y ese descontento era nada menos que por tener que estar con Darkness, su archienemigo jurado. A
él tampoco le parecía divertido ir de aquí para allá con ella, pero como este trabajo era parte de sus
responsabilidades como mayordomo (¿En qué momento pasó a serlo?), no tenía otra opción más
que obedecer dócilmente.
Actualmente estaba en el pueblo más cercano, Aprhil, recargando suministros alimenticios.
El reabastecimiento consistía en verduras, carnes, agua, productos animales, etc, cosas que podían
conseguirse fácilmente. Ir al pueblo a conseguirlo no demostraba ser un problema, y de tiempo en
tiempo se enviaban dos personas que trajeran a la mansión los suministros. Cosas caras y raras,
como ropa, seda, compras de artículos como porcelana y cerámica, eran traídas de Redricks, la
capital.
Asura, el mayordomo en jefe, los envió en la misión al pueblo de Aprhil. Camelia iría con Jeremy,
pero hoy el anciano no estaba disponible. Se fue a un viaje con el señor de la casa, Etanol, quien
tenía un trabajo que hacer, así que el compañero de Camelia no pudo ser nada menos que él mismo.
Que mala suerte. De todos los sirvientes allí, le tocó la pajita corta a Darkness.
Stone lo felicitó secretamente por tener la oportunidad gloriosa (¿Por qué lado?) de estar con
Camelia, la belleza pelirroja.
Link hubiera asesinado (Literalmente) para venir con él, pero tuvo que llevar a Jeremy y Etanol por
su trabajo de chofer. Maldijo su suerte, despidiéndose.
No se encontraban alegres por ese giro que los marcó como compañeros por más de una hora.
Eran veinte minutos de camino a este pequeño pero surtido pueblo.
700 habitantes, nada más, pero era un lugar pacífico, que tenían al cabecilla elfo en alta estima.
Camelia pidió otros tubérculos, como yuca y papas. El hombre hablaba alegremente, más ella no
cambiaba su expresión rígida, manteniendo su distancia.
Cualquiera diría que desayunaba hielo.
— Ah… Cierto… Hoy habrá una venta especial de faisán. Quédate aquí, mientras voy a conseguirlo.
Y con esa orden, Camelia lo dejó a cargo de las demás compras, para ir por una oferta.
Miró la lista… Faltaba conseguir manzanas y otras frutas dulces, que serían utilizadas en postres o los
nuevos inventos de José, el cocinero.
Esa parte no sonaba mal.
— Disculpe, quisiera comprar manzanas, melones, fresas, peras y uvas, si no le molesta.
— Ok, a la orden.
El hombre comenzó a buscar en su estante las frutas. Este negocio era especializado en la
comercialización de frutas de todo tipo. En bolsas ponía el surtido y se las pasaba a Darkness.
En medio del trabajo, apareció una pregunta suya.
— ¿Cómo te llamas, joven?
—… — Esta pregunta podría ser malintencionada, hecha por un asesino a sueldo que lo buscaba
para matar, pero eso sería poco probable viniendo de un vendedor de hace años. No lastimaría decir
su nombre. – Darkness.
— Oh, ya veo, Dark-Kun. Debo decir, que estoy sorprendido de que puedas estar hombro a hombro
con esa chica.
— Esa chica… ¿Hablas de Camelia?
— Claro. Aunque viene a menudo, no la he visto confraternizar con nadie, mantiene un muro
invisible que mantiene a los demás alejados… Incluso sacarle una palabra como "buenos días" es
inalcanzable.
—…
Camelia, en palabras llanas, detestaba a los extraños. Su actitud podría tomarse como altivez con sus
semejantes o los plebeyos. Sería una sirvienta que se creería por encima de todos los mortales por
trabajar para un noble. La parte de la altivez era cierto, pero su caso era más de desconfianza
extrema. Además de Jeremy, ¿Camelia confiaba en alguien para creerlo su igual?
El hombre de penacho marrón sonrió pícaro, sacando otro tema a colación.
— Pero puedo ver, al menos, que usted es cercano a ella…
— Más que cercanía, diría que nos sobrellevamos con una ligera línea de tolerancia. No somos
cercanos en absoluto.
— Sin embargo, que tengas menos distancia que nosotros es un hecho incuestionable. Tal vez tengas
una oportunidad con ella…
— Esta conversación se ha hecho irreversiblemente desagradable.
— Hey, aunque es algo arisca, sigue siendo bella. No te cortes y piensa en tu estrategia.
— Comienzo a entender por qué Camelia no desea entablar una conversación con los lugareños de
aquí.
Y si fuera a desarrollar una estrategia, sería una para deshacerse de ella.
El hombre se rio jocosamente sin pensar mal de sus palabras. Como disculpa a sus burlas, le hizo un
descuento.
El día continuaba sin interrupciones de mal tiempo o malas pericias. El sol brillaba con todo su
esplendor y el cielo azul cantaba una melodía tropical.
(…)
— Te tardaste un minuto. ¿Qué actos malévolos has efectuado en ese tiempo?
— Es la primera vez que recibe un saludo como este.
— Muy gracioso. No tengo intenciones de resguardar a un criminal.
— Supongo que conseguiste lo que querías.
— Por supuesto, ¿por quién me tomas? Arrebaté la victoria sin pestañear. Mejor regresamos. Estar
contigo es un calvario que no pienso soportar un minuto más.
Eso no requería una respuesta. Era el mismo caso para él, que prefería la compañía de Sylph, o de
otras personas.
La bienvenida de Camelia fue sazonada de desprecio y burla, propio de ella. Si fuera y lo recibiera
con un alegre "¡Bienvenido, Darknes-Kun! ¿Quieres que te ayude con eso?" sabría de inmediato que
es una impostora.
Camelia ajustó la cuerda sobre el manto que arropaba los productos. El resguardo del suministro fue
completado, y estuvieron listos para partir.
Acarició sobriamente la cabeza del caballo de fuerza. Apenas le sacaba una cabeza de altura, y era
pequeño, como un potro. Era un animal de carga tan bueno como la mula o el burro, solo que, no
aceptaba que nadie se montara sobre su lomo. Era estrictamente de carga. En el pasado, los que
intentaron montarlos como simples caballos, la pasaron mal.
Toto (Cómo Link llamó al caballo) relinchó, zapateando sus pezuñas. Camelia se aseguró de que la
carreta estuviera bien fijada a él, asintiendo para dar comienzo al viaje de vuelta.
Unos minutos de camino sería fácil, y gracias al carro, no tendrían que llevar peso.
El avance se vio interrumpido por un ruido de tierra removida, y un grito agudo.
— ¡Kuah!
— ¿Hm?
Un niño se desplomó en tierra. Gracias a sus pantalones, no se raspó ni lastimó las piernas, pero una
caída es una caída. Seguro estaba corriendo y de manera torpe, tropezó con sus pies y acabó así.
Sería cuestión de tiempo para cuando comenzaran las lágrimas.
No guardaba ni tres metros de lejanía. Era visible a sus ojos, así que no podrían dar la excusa de que
no lo notaron.
Si anduvo por las zonas irregulares del camino se explicaría de caída.
Y justo ahora, Camelia abandonó su lugar a un costado del carro amarrado al caballo pequeño, y se
colocó frente al niño, tomándolo bajo sus brazos, y poniéndolo de pie. El chico no tuvo tiempo de
llorar. La rapidez de Camelia daba miedo.
Ella amablemente sacudió el polvo de sus ropas, y peinó su cabello revuelto. Todo esto se hubiera
visto adorable si no tuviera esa cara de póquer. Finalmente, ella dejó de estar en cuchillas.
— Ten más cuidado. Agradece que no te lastimaste…
— S-Sí.
El chico asintió algo atemorizado. Incluso los pequeños sabían de la pared invisible de desconfianza
que llevaba alzada Camelia, pero no tenía desagrado en su voz.
— Ok, puedes irte. Cuídate. – De un golpecito en su espalda, lo envió de vuelta con sus amigos, que
miraban todo esto. Ellos le preguntaron por su salud, y él asintió positivamente que se encontraba
bien.
Camelia regresó con Darkness.
— ¿Podrías parar de clavar tu sucia mirada en mí, si no te importa? No figuro agradable ser el tema
de tus fantasías.
— Si tuviera fantasías contigo, mi vida sexual llegará a su fin sin haber comenzado. Solo me
preguntaba por qué ayudaste al niño.
— ¿Es tan raro…?
Si lo dejara tirado y diera la media vuelta los sirvientes del noble Etanol serían catalogados de
desalmados.
— Hacerlo no, pero que tú, de entre todas las personas, lo haya hecho, sí.
— ¿Qué piensas de mí exactamente?
— Tomando tu palabra, creí que lo mirarías desde arriba, formulando crueles palabras de burla por
caer patéticamente, "¿Ni siquiera puedes caminar decentemente, mocoso? Deja de ensuciar mi
visión con su patética caída" y le tirarías algo de polvo.
— Eres despreciable.
— Eso debería decirlo yo. La imagen que me has dado no es una benevolente.
— No me agradan particularmente los niños, pero tampoco me desagradan, solo no confío en ellos
como para abrírmeles.
— Si hubieses dicho que odiabas los niños habría tenido menos impacto negativo que lo que dijiste.
— Es imposible y desagradable mantener un diálogo contigo más de cinco minutos.
— Lo mismo digo. Estar en silencio por la eternidad es mil veces mejor que hablar contigo.
Cerrando la tapa de la conversación, se dispusieron a machar por el camino de regreso.
Darkness se detuvo.
— Espera…
Camelia rezongó un mohín. ¿Cuánto más tendrían que esperar?
Pero la seriedad austera que Darkness irradiaba congeló su aliento.
Darkness se viró, y rápidamente va y tomó el brazo de un pasante.
— ¿-? – Camelia no tiene idea de lo que intenta, que no se interpone. Es de las personas que aman
ver el desenlace.
El muchacho, no más de 17 años, frunce las cejas. La vista de un extraño tomando tu brazo sería un
mal augurio.
Pero Darkness no mostró duda cuando formuló la siguiente pregunta.
— ¿Te importaría decirme que es eso que pusiste en nuestro carro?
El calor se drenó, quedando restos helados flotantes en el aire. La voz del chico se atragantó, y
perdió el color de su piel. La tensión tiró de la cuerda, posando las tres personas en un río turbulento
de emociones indescriptibles.
Darkness, no se movió una pulgada, pero los músculos que recubrían el brazo del muchacho se
endurecieron tensos.
Solo podía indicaba que era plenamente consciente.
— ¿Qué…?
Camelia llevó su mano a sus labios, en un gesto de zozobra. Conmoción salía de sus poros, y su
mente trabajó brillantemente. Concluyó poner manos a la obra.
No reportó vacilación y corrió al carro, retirando los nudos de las cuerdas. Quitando la sábana,
rebuscó entre las cosas.
Moviendo esto y lo otro, y estando de espaldas, sus manos se detuvieron, para luego alzarse.
A la luz del día, encontró algo. Algo que no encajaba en la lista que hicieron.
— ¿Q-Qué es esto?
Ella encontró una pequeña caja marrón, su color ceniciento pegaba con la madera del carro, además
de que su escondite fue hecho cuidadosamente entre las verduras y las otras compras.
El aire se enfrío aún más, pareciendo hielo. El suave susurro de la chica no podría ser comparado con
su edad, rayando el terror.
— ¿Qué es esto?
Se requería valor para enfrentarla de pie.
Darkness mira de vuelta al chico.
— ¿Con qué propósito plantaste esa caja? ¿Qué trae dentro?
No era necesario mencionar que las plantaciones de cajas misteriosas no deberían tener una buena
intención de base. La gente no andaba regalando cajas llenas de oro o algo por el estilo. Las acciones
del muchacho solo podían tomarse como sospechosas. Hacerlo confesar entró en las prioridades de
Darkness, que mantenía el agarre sobre su brazo firme.
Terror y desesperación consumirían su ser, se retorcería por escapar, no obteniendo el más mínimo
resultado, al final, debería confesar sus crímenes. Ese sería la consumación para esta historia de
paso, pero el joven despotricó sus visiones futuras.
Miedo o espanto. No vio ninguno reflejado en su rostro. Comparado a sus reacciones hasta ahora,
parecía un chico normal, pero ahora que su treta fue descubierta, desplazó su máscara, exponiendo
nada más que una sangre fría agobiante.
Y eso no era nada bueno.
Sus alertas subieron en picada.
Esto solo sucedía cuando su vida era puesta en peligro. Su cuerpo no mentiría con cuestiones sobre
supervivencia.
Y a continuación, el muchacho se despoja de unas palabras carentes de emoción.
— Ya veo… Fallé…
La oscuridad de sus ojos tuvo más firmeza.
— ¡-!
Ni un segundo más ni menos, Darkness se apartó de un ágil salto evocando toda la fuerza de sus
piernas.
El chico, de emociones caídas, azotó su mano contra el pecho, con una fuerza abrumadora. Una luz
provino de él, tergiversándose en una poderosa onda que barrió el lugar. El fuego se sacudió y
creció, provocando una destructiva explosión.
El aire se retiró, dando paso a la luz naranja y dorada.
Un río de humo subió al cielo.
Las chispas volaban de un lado a otro, el calor intenso del fuego refregó su daño a todo lo que
estuviera cerca. Un respiro, y las gargantas se quemarían con el mismo aire. El calor era más que
sofocante. La oleada de destrucción, sin el menor reparo hizo pedazos la paz del día, y el agradable
entorno que flotaba en el aire.
La humareda no se disipó a paso rápido, requirió tiempo que hiciera espacios e intervalos para la
vista del suceso.
Las personas no fueron llevadas por la explosión, tenían expresiones asustadas y aterradas, viendo el
siniestro. Como el estacionamiento de carros, carretas y carrozas estaba ese día inusualmente vacío,
no hubo un desafortunado que estuviera cerca del estallido y perdiera la vida.
Pero los carros que fueron dejados a unos metros fueron afectados, de algunos quedó la mitad, y de
otros solo quedaron astillas.
El terror viajó de persona en persona, como una enfermedad contagiosa. Los valiente, fueron a
buscar indicios de actividad de los que estuvieron en medio de la detonación.
El aire oscuro se contorsionó, apareciendo una figura ilesa.
— ¡Guaw!
Como el chico intentaba ver de cerca, que apareciera alguien justo frente a él le sacó un grito nada
varonil.
Darkness desvió su atención del chico y se fijó de donde salió. Algo más de tiempo y vio el cráter
puesto lindamente sobre la tierra.
No presentaba heridas, quemaduras u otro signo de daño. Se apartó en cuanto sintió el peligro y se
protegió con su magia, usándola de escudo. Ni siquiera él estaría bien si recibiera una explosión a
menos de un metro. Esto explicaba un poco que Orochi evolucionara a esa misteriosa forma con tal
de seguir viviendo.
Pero eso no hará que obvie su deficiencia. Pude salir bien, al fin y al cabo.
El aire no pudo desviarlo, y por eso su cabello ahora estaba desarreglado.
¿Cómo explicaría esto? Le costó mantenerlo así aun con el calor.
¿Eh?
¿Fue casi asesinado por un terrorista demente y está pensando solo en la imagen?
Se rio de sí mismo.
Estar mucho tiempo de mayordomo tal vez lo esté influenciando.
Debería comprobar cómo está su compañera, Camelia. Si murió por la explosión, podían tomarlo
como quién le hizo algo, o que no la cuidó bien.
Sylph se pondría triste, supongo.
Aunque él estaría algo feliz por quitarse el peso de ella de encima.
Barriendo el humo, entró a la fortaleza nebulosa. Cerrando los ojos, dentro de sus párpados se grabó
una imagen diferente a la vista humana.
Visión infrarroja.
Esto no era magia, tampoco una habilidad, solo era algo con lo cual nació. Un cariz natural de su
provecho.
Las partes calientes le dificultaban encontrarla, pero el calor iba disminuyendo, y encontró una
figura moviéndose.
Tocó su hombro. La suave piel rozó la yema de sus dedos.
— ¡Hyaa!
Un alarido adorable para una mujer terrorífica. El pánico acusó su pose defensiva.
— Soy yo, Camelia.
Y el remate sobrio le regresó la calma. Ella bajó sus hombros tensos, palmeando su pecho.
— ¿Darkness?
El humo se disipó un poco para que ambos se vieron las caras.
¿Pero qué…?
Fijándose mejor, no encontró defecto en el cabello de Camelia, ni su ropa. Todo en ella estaba en su
lugar. ¿Esto era el misterioso poder de las mujeres?
Estaba más lejos, pero al menos podía haber estado despeinada.
Esto demuestra su nivel como sirvienta. Incluso cuida su aspecto en estas situaciones.
Camelia lo miró menos recelosa, guiando sus ojos bicolores atrás. Él la siguió.
Allí yacía el carro, destruido.
Sería el resultado obvio, pero el carro que prepararon estaba ileso, sin mancha.
— Lo protegí con una barrera de mi magia de agua.
Dando respuestas a sus dudas, ella contesta.
Entonces su magia era tipo agua. Dependiendo del clima podía estar embravecida como un tifón, o
calmada como las aguas de un estanque.
— ¿Exactamente cómo lo hiciste?
Si lo protegiera un poco del daño, ok, pero el carro no mostraba siquiera haber movido una pulgada.
Camelia procedió a hacer un gesto que no vio en ella desde que la conoció. Una sonrisa traviesa y
jactanciosa.
— Simple, querido Darkness, evoqué un muro de agua, y lo engrosé poderosamente como para que
el calor hiciera vapor y no pasara de allí, claro que el aire salió despedido al otro lado, pero no
importa, si puedo proteger los bienes de mi Señor Etanol.
Esto explicaba el despeinado que se llevó. Si la estrategia de Camelia hubiera dado un paso en falso,
él mismo hubiera sido despedido de vuelta a la zona de la explosión.
Pero no servía mencionarlo. Ella solo lo refutaría eficazmente, "Si fueras a morir por algo tan ridículo
como eso, no mereces el papel de servidor de Etanol-Sama"
— Lo presentía, pero protegiste el carro…
Se le pasó por la mente, pero no esperó que una persona con los pies sobre el suelo se dispusiera a
arriesgar su vida por algo material.
— Un sirviente ejemplar protegerá las pertenencias de la mansión de su señor con su propia vida.
¿Qué habrías hecho tú?
— Si mi vida peligraba, abandonar todo lo demás.
— Eres un bastardo. Por eso no soporto los novatos.
Esta mujer...
— ¿¡Qué rayos pasó aquí!?
El timbre, ajeno a la pareja, resonó por todo el lugar. Como el humo se iba degastando, vieron
claramente la figura de alguien parado a unos metros.
El disgusto debería salir de la enunciación de su expresión.
Parado allí, un hombre se cruzaba de brazos como una estatua de cemento.
Edad: desconocida. Nombre: desconocido. Intenciones: desconocidas.
En resumen, no sabían si era amigo o enemigo.
Camelia dio un paso a expresar algo de sorpresa, poniéndose como si hubiera manchado su vestido
favorito con café del oscuro.
Lo conocía. Profundamente, no.
El hombre altísimo, de torso ancho, y músculos equiparados formados en brazos y piernas, cabello
marrón común y con el sobrante amarrado tras la nuca, desvió su mirada a Darkness, y Camelia, y
repitió el proceso al inverso.
El conocimiento público de Darkness le indicó que era una autoridad inmediata. Una prueba sólida
era la gente que lo miraba aliviada.
Surrealista, apareció detrás del gigante hombre. El ancho del mismo evitó que fuera vista con
anterioridad.
Su cabello verde y ojos avellana y coletas, escupe su exaltación severa.
— ¿¡Qué piensan que hacen en mi pueblo, alborotadores!? ¡No quedarán absueltos de esto con
pagar unas monedas!
—…
¿Exactamente cómo tomaban esto?
(…)
La mala suerte les sacó los dientes una vez más al dúo. Ahora, sentados en los asientos de cara al
escritorio de ébano, miraban las tazas de café que les eran servidas, como unos postres.
— Muchas gracias…
La pequeña chica que podría tener 16 años, a lo mucho, agradeció adorablemente a la chica
asistente. Detrás de ella, tenía de respaldo, un enorme hombre de gran altura, apuesto, y
corpulento.
Esta situación surrealista, no era fácil de tragar. Resulta, que esta niña era la oficial que impartía
justicia al pueblo cuando los criminales se querían salir con la suya, el hombre, era de menor rango
que seguía directamente sus órdenes.
¿Quién adivinaría que esta mocosa tenía tal cargo importante? El mundo iba a la ruina si permitía
que ella tuviera ese papel.
No se veía nada intimidante.
El hombre detrás tendría más impacto, y estaría de acuerdo a las expectativas.
— Supongo que no debo presentarme, así que proseguiré…
La niña estuvo a punto de saltar al tema principal, pero Camelia levantó su mano.
El silencio se deslizó mansamente por el cuarto.
— Si permite mi grosera interrupción, no contamos con su información personal.
La cruda verdad alcanzó el desconcierto de la chica, viéndose genuinamente como una chica
confundida.
— ¿Eh? ¿Enserio? Estaba segura de que al menos sabrían quién soy. ¿No saben nada?
— Todo este tiempo creí que el hombre que tiene detrás era la figura central.
Era claro su papel, más no su nombre.
— Ok, les diré mi nombre. – Rascándose pesarosamente el pelo, dice – Watson Texas, oficial. Quién
tengo detrás es mi subordinado, Misla Tennessee.
Los nombres deberían ser al revés, pero era un detalle menor a probar. Inclinaron sus cabezas en
signo de respeto pasajero, procediendo a dar sus nombres.
— Camelia Garzuoka, sirvienta de la casa principal del Conde Etanol-Sama.
— Darkness, lo mismo.
Ella le recriminó una mirada hosca, pero fue sencillo de omitir. Ahorrar palabras era una buena
forma de ahorrar tiempo.
— Ya veo. Entonces vayamos al tema que se nos presenta…
Balanceando las piernas, tiró sus pies sobre el escritorio, inclinando la cabeza. Si no fuera una niña,
se podría ver como un mafioso pidiendo la vacuna del mes.
— ¿Y bien?... – Tildó su voz de gravedad. — Sé que ambos pertenecen a la facción del conde Clover,
así que oficialmente, no puedo ponerles un dedo encima, pero al menos me gustaría una clara
explicación de lo que sucedió para que ocurriera esa explosión. Agradezcamos a Dios que no hubo
víctimas esta vez, pero no quiero volver a repetir este desfavorable escenario.
Pertenecer a la facción de un noble aristócrata era sin duda una buena ventaja contra la ley.
— ¿Podrían decirme lo que saben?
La carencia de ruidos y sonidos tragó al cuarteto, que medía a sus contrarios con miradas afiladas.
Los sirvientes llevaban una máscara helada de pasividad que no tenía fisura. Sacar a relucir la
historia sin pensar en la imagen que darían sería un movimiento estúpido.
Un codo golpeó la costilla de su acompañante, que no le quedaba muy lejos. Esta señal fue hecha
por la pelirroja.
— ¿Qué? Quién estuvo más implicado fuiste tú. Hazte responsable.
Le lanzó la pelota de la responsabilidad. Si fallaba aquí, sería la vergüenza de su familia, y ella bajaría
la opinión de él hasta el abismo.
Apartando sus ojos verdes de la mujer, encaró a la niña (Tenía que bajar la mirada). Era un maestro
de no mostrar emociones, se dispuso a explicar lo que pasó.
— Vinimos al pueblo a reabastecernos, como muchos pueden saber. Una vez que terminamos
nuestros asuntos aquí, empacamos nuestras cosas para partir de vuelta a la mansión.
Ella asentía, oyendo atentamente la historia. De momento sorbía ruidosamente su bebida. Darkness
no dejaba que el "Glup, glup, glup" molestara su relato.
— Cuando nos dispusimos a marcharnos, detuve a un joven cercano. Aunque no era consciente de
toda mi atención, avizoré que metía entre nuestras cosas algo desconocido, disimulándolo con los
demás enseres.
La chica y el hombre estaban interesados. Los tenía fijos. Solo quedaba continuar.
— ¿Y qué hiciste?
— Pensaba sacarle la verdad, pero estuve en peligro de morir. Al parecer, el chico tenía instalada
una bomba. La activó, y como pueden saber, ocurrió el desastre que todos conocen.
Ella asintió.
— ¿Dices que se suicidó?
— Exacto. ¿Para qué? No sé, pero pude asegurar mi seguridad al evocar un escudo.
Ella entrecerró los ojos. No encontraba atisbo de mentira y engaño.
— Es la primera vez que sucede algo así durante mi venida a Aphril. – Dijo Camelia incitando los
hombros. – Me gustaría saber con qué intenciones nos plantó ese objeto.
— Ya veo. Lo lamento profundamente por confundir los roles. Ahora habrá que comprobar la
identidad del chico… Me pregunto si era de por aquí o un extraño.
— Creo que tenía un cabello marrón claro, y ojos pequeños e inclinados.
— ¿Ah? Espera… ¿Hablas en serio?
El hombre corpulento y la muchacha intercambiaron miradas de zozobra.
— ¿Ocurre algo con eso? – Indagó Camelia.
— S-Sí. Creo saber quién era. Shimari Rio. Hace años que vivía aquí, y nunca mostró un
comportamiento sospechoso o problemático.
— Pues no dudó en tratar de volarme en pedazos. – Recalcó Darkness. El hecho recaía ahí.
— Me cuesta creerlo. No tenía familia, pero era bien conocido por la gente de aquí. Tendré que
hablar con los testigos. ¿Seguro que era él?
— Si me equivoco no creo reconocerlo. No conocí personalmente a Shimari para saber si era él o
alguien más.
— Ya veo. Entiendo. Consultaré con los lugareños. – Cerró los ojos, frunciendo los labios. Si la
identidad del criminal era cierta, entonces alguien que conocía murió y causó un disturbio.
Querría asegurarse de los hechos antes de aceptarlo.
— En ese caso, ¿pueden entregar la evidencia de lo que les plantó en el carro? Supe que Camelyn lo
pudo salvar de salir destruido. Si analizamos el objeto, podríamos tener una idea de sus planes.
Darkness bajó la mirada. Camelia no discernió que seguiría.
— Lastimosamente, no contamos con él.
Lo confesó. Allí, Camelia y Watson boquearon.
— ¿Por qué? ¿No lo tenías? – Camelia brincó, portando un ligero matiz de molestia.
Darkness emancipó su mano a su cabello, como quien tiene que explicarle algo de sentido común a
un niño ignorante.
— Aunque pude salvarme el pellejo, el paquete se escapó de mis manos y pereció en la explosión.
No pude cerciorar su contenido ni una vez, ya que, ¿Cómo sabría que el chico se suicidaría en un
arrebato como ese?
Un brillo indescriptible emanó de los ojos de Camelia, que se tragó lo que iba a decir.
—… — Mirándolo fríamente, asiente. – Si eso es verdad, supongo que de nada sirve mantenerlos
aquí. Si me pongo en malos términos con los Clover, puede que no dure mucho.
Enemistarse con una familia poderosa era la fórmula de la ruina. No quería entrometerse y causarse
problemas, pero no eludía su papel.
— Pueden irse. Desde aquí investigaré más sobre el incidente.
— Gracias. Nos vemos.
Camelia, levantándose, se despidió, dando una suave reverencia.
El hombre, que hasta ahora no había abierto la boca, los acompañó a la puerta. No era de muchas
palabras este tipo, pero tuvo la amabilidad de darles una bolsa de manzanas rojas y jugosas, por la
molestia de quitarles su tiempo.
(…)
Toto avanzó mansamente hacia adelante, con la guía de Camelia. Detrás, llevaba la carga de las
compras en el pueblo.
A la pareja la envolvía una preocupante afonía. Cosas como charlas en medio del camino, eran
imposibles desde un principio. Su relación, desde que tuvo comienzo, no fue buena. Mejorarla
llevaría tiempo y esfuerzo, pero no estaban dispuestos a invertirlo ya que su odio era mutuo. Pero en
este momento, la tensión se debía del lado de Camelia, que iba detrás de la espalda de Darkness, sin
desviar la vista de izquierda a derecha.
Relegando la vacilación, detuvo sus pies.
Subió los ojos bicolores.
— Espera…
— ¿Hm?
Como campanas de luto, ella habló, deteniendo el paso que hasta ahora tenía constante. La
gravedad restó la velocidad de Darkness. Despreocupado giró a medio camino su talante.
El camino, alinderando con árboles de copas naranjas, detuvo el paso del tiempo. La brisa desató
algo de frescura, pero el mover de las hojas no redujo la opresión sobre ellos.
La suavidad de los contornos tiernos de Camelia resaltó bajo la sombra y las hojas que bailaban en el
aire, guiados por la brisa.
Pero su grado de sospecha por Darkness era mayor que el de todos los demás.
Fijaron sus ojos, hundiéndose en los colores propios del otro.
— ¿Qué?
Darkness esperó a que hiciera otro movimiento. Sus pupilas esmeraldas clareaban levemente en la
sombra de los árboles.
Si iba a decir algo, que lo dijera ahora.
El sello fue quitado, y Camelia habló libremente, lejana de ojos ajenos a esta futura conversación.
— ¿Por qué lo hiciste?
— ¿Hacer qué?
Se hizo el desentendido, pero no mostró estarlo.
Las cejas fruncidas de Camelia le vinieron como una bebida fría. Ella se indignó de su disfraz.
— No me tomes por una ignorante. En la comisaría, cuando éramos interrogados por Texas-San,
omitiste… No, inventaste información falsa.
Esperar que se lo guardara más tiempo era pedir mucho. Que se tardara medio camino de aquí a la
mansión era todo un milagro de su paciencia. Seguro estuvo pensando cómo abordar el tema, o que
él hablara por su cuenta. Como no llegó el segundo, decidió entablar una pesquisa ella misma.
Darkness se llevaría un premio por estar calmado y pasivo cuando era interrogado.
— Mentiste cuando dijiste que tenías la caja. Quien la tomó fui yo, y gracias a mi asistencia, la caja, y
el carro no sufrieron daños.
—…
— ¿Por qué mentiste? Entregar la casa nos habría venido bien, y relajaría algunas sospechas.
—…
— ¿No tienes nada que decir? ¿Por qué decidiste no entregar la casa? ¿No habría sido mejor?
— Todo lo contrario. Desataría polémica en el pueblo y los ciudadanos. Es algo que raya la ilegalidad
y la violación de la ley en Eclipse.
Camelia se colocó cerca, mirándolo.
— ¿A qué te refieres? ¿Qué era? ¿Una bomba, quizás?
— Entonces lo hubiera entregado. Es algo mucho peor.
— ¿Q-Qué es?
Moviéndose, Darkness extrajo la caja pequeña. Camelia relajó sus hombros, viendo su cooperación.
Si se diera un episodio donde él se negara a mostrársela, recurrir a la violencia estaba entre sus
primeros planes a tomar.
— Esto podría ser más serio de lo que piensas.
La caja se abrió sin mayor resistencia. Presumiblemente lleno de calma, estiró una prenda que
guardaba en su interior.
¿Ropa? ¿Por qué se preocupó tanto, entonces? La ropa no necesariamente era algo ilegal.
Ah...
— ¡-! ¡Eso es…!
El estupor encontró a Camelia, que retrocedió espantada. Esto no era algo sencillo se digerir. Si los
encontraran con eso, serían arrestados e interrogados aunque sirvieran a una casa noble. Darkness
tenía razón cuando dijo que era serio, pero no esperó que llegara al extremo de ser severo.
Recuperando algo de su temple, avanzó de nuevo, tocando la prenda. La suavidad daba credibilidad
a donde pertenecía la materia prima. ¿Quién haría algo como esto?
— N-No puedo creerlo…
Exhaló agitada, sudando frío.
Darkness asintió, mirando desdeñosamente la ropa.
— En el pueblo viven mucho semi-humanos. Esto alzaría desconfianzas y recelos, que a la larga
podrían volverse graves, ¿lo entiendes?
Asintió. No tenía nada con qué refutar.
La prenda que Darkness sostenía con cuidado, era algo que no debería ser visto por nadie. Surgía la
pregunta, naturalmente, de a quién utilizaron para esta acción perversa.
El suave pelaje era agradable al tacto de su mano, y era de un bonito color crema. La especie no era
segura, pero quizás provenía de un tipo de felino.
Lo que tenía Darkness, era piel de semi-humano, la cual, transformada en un abrigo, iba en contra
del decreto de protección de semi-humanos. Era impensable que existiera.
Era un grave crimen utilizar semi-humanos para fechorías como crear ropas. Los que apenas
mostraban cambios de un ser humano, no serían objetivos, pero los semi-humanos bestias, serían la
materia prima principal.
— ¿Cómo puede estar esto aquí?
¿Quién sería el desafortunado que fue desprovisto de su piel para hacer una pieza de ropa?
Una punzada de lástima atravesó su pecho.
— Fue cuidadosamente estilizada, no fue hecho por medios ilegales de poca monta.
— ¿Dices que alguien poderoso podría estar detrás de esto?
— Quizás. Si encontraran esto, y se regara la noticia por el pueblo, sería motivo de recelos en los
semi-humanos. Si alguien planeó plantar esto, podría difundir rumores como que los Clover trafican
piel de semi-humanos. No es seguro, pero es una posibilidad.
— No puede ser, ¿enserio?
Mostró una genuina ansiedad. Sus amos serían tildados de criminales, y el gobierno alzaría una
investigación que podría poner por el suelo su reputación como gente digna.
— ¿Qué dices?
— E-Esto es ilegal. El bisabuelo del rey expidió una ley de protección a todos los semi-humanos en el
territorio de Eclipse.
Un crimen como este sería penalizado con la muerte, o prisión. No cualquier se arriesgaría a esos
castigos.
Daskness ladeó su mentón.
— Aunque sea ilegal, habrá gente que pase de largo de las leyes, pero por qué nos plantaron esto es
otra cuestión. La comercialización de piel de semi-humanos en Eclipse no es fructífera. Sería más útil
ir a otros países a comercializar pieles, garras, ojos, y otras partes. No tiene sentido que nos planten
esto solo por capricho.
— ¿E-Entonces?
— No estoy seguro de dar una respuesta acertada. Podría ser lo que dije antes, u otros planes más
complicados. Como el chico se suicidó, dudo que pudiéramos obtener información de él aunque
estuviera vivo.
— ¿Entonces qué hacemos?
Normalmente no le pediría su opinión, pero esto no era algo con lo que pudiera lidiar. En términos
de código, era una novata, que no podía lidiar brillantemente con cuestiones civiles.
— Camelia…
— ¿Hm?
Redirigiendo sus ojos a los de Darkness, fue atrapada por una oscuridad inmensa. Él no la dejó
escapar de su dominio y presionó un aura atemorizante que la paralizó.
— Quiero que guardes silencio sobre esto.
—… ¿Qué?
— Sabes a lo que me refiero. Será mejor que esto no se sepa ¿Entendiste? Sería como ahorcarnos a
nosotros mismos.
—…
Esto, más que una petición, era una orden.
Pero, Darkness tenía razón sobre guardarlo como algo que nunca ocurrió. Mover las aguas sin
necesidad solo atraería los cocodrilos.
— ¿Dices que no hable sobre esto?
— No totalmente, solo a Sylph, sus hermanos, y los sirvientes.
— Si te molestaste en mencionarlos, significa que hay alguien a quién puedo contárselo, ¿cierto?
—Sí. Se lo contaremos a Etanol.
— "Sama".
— Cuando llegue, hablaremos con él. Pero de cualquier otra persona, guarda silencio.
— De todas formas, mejor escondámoslo. Si alguien nos ve con esto, perderemos todo el trabajo de
esconderlo.
Camelia elevó ambas cejas.
— ¿Esconderlo? ¿No sería mejor quemarlo y deshacerse de la evidencia? Como dijiste, si nos
encuentran con él, solo nos traería problemas. En ese caso, lo mejor es quemarlo.
— Estoy de acuerdo, pero necesitamos evidencia para hablar con Etanol. Luego de eso, creo que
podremos quemarlo.
—…
Era un genio contradiciéndola.
— ¿Cómo piensas guardarlo? ¿En el carro?
— ¿Estás demente? Si lo dejo allí, tarde o temprano uno de los idiotas lo conseguirá.
Por idiotas, se refería al trío se sirvientes que andaba juntos.
Él, tomando el abrigo, abrió su mano. Un orbe negro y nebuloso apareció en su palma.
— ¿Qué es eso?
— Mi almacén.
— Estoy hablando enserio.
— Yo también. Aquí guardo algunas cosas importantes.
— ¿Enserio?
Su tamaño no pasaba de tres centímetros. ¿Cómo podría usarlo de almacén?
Algo confusa, ella no avizoró bien cuando el orbe, succionando el aire, se tragó el abrigo entero, no
dejando nada a la vista. Era como un pequeño hoyo negro.
— ¿Qué hiciste?
— Lo guardé.
— ¿Cómo? Eso no es más grande que una mano.
— Mi almacén tiene suficiente tamaño para resguardar a otra persona.
— ¿Hablas enserio?
— Sí, pero es más difícil caminar, ya que debo lidiar con la mitad de su peso.
Cierto.
—… Siento que este poder es beneficioso si quieres esconder un cadáver.
— ¿Ahora lo notas?
(…)
Prosiguieron, saltando el contratiempo de la charla, ahora llevaban más de una hora retrasados.
Recibirían un regaño del bueno.
— ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Una carpa?
A unos 20 metros, una campaña de guardias fue instalada hace algo de tiempo, con 7 personas
cuidando la seguridad del camino. Cuando fueron al pueblo, no vieron que estuviera allí. Tuvo que
ser plantado luego de que pasaran.
¿Control se peaje, quizás?
Pronto estaría allí, así que ambos pusieron caras nobles y fuertes.
Un control de peaje… ¿A qué se debía?
Darkness le transmitió el mal presentimiento a Camelia, que asintió.
Estuvieron allí en poco tiempo. Uno de los guardias, los paró de caminar.
— Esperen.
— ¿Qué necesita?
Camelia, evocando todo su encanto femenino, le dirigió la palabra. El hombre se vio opacado por
unos segundos, pero regresó de su letargo y pronunció una orden.
— Antes de que pasen, tenemos que revisar el carro.
— No tengo problema con ello, pero ¿podría preguntas a qué se debe? Este control no había estado
aquí cuando vine…
— Ah, pues… — Rascándose la nuca, suspiró. – A-A decir verdad, se han avistado traficantes de piel
semihumana.
La sangre de Camelia se heló, repercutiendo en la falta de oxígeno. Sus labios se resecaron.
— ¿De verdad?
Darkness dominó el hilo de la conversación, simulando sorpresa. Nadie diría que era el inexpresivo
Darkness de siempre. Ella solo podía boquear por su gran talento de actor.
— Sí. No sabemos por qué, así que se ha mandado establecer puestos de control en las vías a revisar
el equipaje y los bienes.
Dijo esto mirando el carro cubierto por una tela gruesa.
Camelia regresó, poniendo una mirada solemne.
— Comprendo. En ese caso, puede revisar todo lo que quiera. Pero le aclaro que lo haga deprisa,
que vamos atrasados con nuestro señor, Etanol-Sama.
— ¡Ekk! ¿Le sirven al conde Etanol Clover?
Etanol debería ser famoso si el hombre actuaba así. Darkness no comprendía que lo fuera, con esa
cara de chico común que encuentras en cualquier lado.
La revisión del carro no duró ni cinco minutos. El guardia le agradeció por su paciencia, y los
despachó. Detrás de ellos venía una carreta de un campesino, que se vio obligado a parar para la
revisión.
Continuaron su camino con poses altivas y dignas.
A cincuenta metros de allí, Camelia detonó.
— Fuu… Si hubiéramos guardado la piel en el carro, ahora estaríamos arrestados.
Palmeó se pecho, suspirando de alivio. Su otra mano rozó sus mechones rojizos, como un hábito
usual de su persona.
— Te lo dije. Aunque mi preocupación no era por el control de peaje…
— Pero quién diría que estaría uno allí. Cuando vinimos, no había nada. Tuvieron que instalarlo a un
ritmo veloz.
— Puede ser, pero… Es demasiado conveniente.
— ¿Hm? – Ladeando su barbilla, se adelantó a mirar a Darkness. — ¿Qué dices sobre eso?
— Nos plantan una piel de semi-humano, y en el camino aparece un control de peaje. Si todo
hubiera ido con viento en popa para el chico, ahora estaríamos en problemas.
—… — Esa posibilidad no pasó por su cabeza. Darkness tenía una agilidad mental aterradora. —
¿Dices que ese era su objetivo?
— Podría ser. Solo explotó cuando fue descubierto. ¿No oíste lo que dijo el guardia? Se han
encontrado casos de tráfico de pieles y partes semi-humanas. ¿Es oficialmente que el tráfico ha
crecido, o que han sido plantadas esas evidencias?
— ¿Entonces, íbamos a ser parte del plan malévolo de alguien más?
— Gracias a la luna que se evitó una desgracia. Cuando lleguemos, y Etanol esté en casa, hablaremos
con él.
— Entendido.
En estos momentos, cuando Camelia no gozaba de confianza, era bastante dócil a sus mandatos.
— Ah…
— ¿Qué?
— No, nada…
La mujer, de forma inconsciente, ahora caminaba a su lado, a unos centímetros de separación,
cuando antes iba por delante, alegando que un novato como él tendría que estar detrás. La cercanía
provocaba que un dulce aroma, propio de Camelia, acariciara la nariz de Darkness, principalmente
de su cabello rojo y lacio.
Si la belleza de su madre se catalogaba de misteriosa y venenosa como una serpiente, la de Camelia
sería tierna y gentil como de una flor.
Ambas comparaciones gozaban de encanto, pero dependiendo del gusto, podría ser cuestionable la
elección.
¿Estaría consciente de que caminaba en igualdad?
— ¿Qué? Me comienza a desagradar tu mirada.
— Hmm…
— Si esto continúa me enojaré.
Si ya lo estaba. No podía ocultar su ceño fruncido.
— Es que ahora caminas junto conmigo. Antes no lo hacías…
Soltó la sopa sin enfriarla primero, a ver cómo reaccionaba.
Algo de aturdimiento, pero que no se condensó a rotundo rechazo.
— Hmm, supongo que es porque el día de hoy has demostrado ser competente.
— ¿Tu opinión de mí ha subido algunos grados?
— Menos que eso, diría la mitad de un grado.
—Entonces la mía de ti nunca subirá.
— No me importa si no lo hace.
Estos intercambios agrios y antipáticos eran el pan que compartían todos los días, pero que de
alguna suave manera, exhortaba la colaboración y tolerancia.
— Camelia.
— ¿Qué?
— Creo que pronto iré a visitar a mi madre.
— ¿Madre? ¿Tienes madre?
— Tuve que ser dado a luz por alguien.
— La madre de un ser malévolo como tú debe ser un monstruo.
— No lo negaré.
— ¿Eres del tipo de persona que visita a su madre?
— De vez en cuando. Pero desde que acepté este trabajo, no la he visto. Pienso que ya es tiempo.
— Eso lo comprendo, pero, ¿era necesario decírmelo?
— Si desaparezco en mi día libre, pensarás que hago algo perverso.
— Ciertamente, pero lo que dices puede ser una invención y planeas hacer algo cuando baje la
guardia.
— Si tanto te preocupa, ven y vigílame.
— ¿Eso es una invitación?
— No.
— Lo tomaré en cuenta.
— He dicho que no lo es.
Así acabó la charla corta del dúo, que llegó a su destino.
— ¡Llegan tarde! ¿Qué hicieron en su cita? – Los abordó Stone, no viendo que Link se mordía la
mano.
— No digas estupideces, Stone-Kun. Solo nos retrasamos un poco.
— Una hora no es un poco.
— Lo hago todo a tiempo y perfecto, pero cuando me retraso una vez, ya soy martirizada.
— Ah, pues, no… Es que yo…
Stone se vio abrumado por la queja afilada de Camelia, pero le indicó a un molesto Link que
guardara a Toto.
Antes de marcharse, se giró por unos segundos, encontrando la mirada de Darkness.
— Nos vemos luego, Darkness.
Abriendo la mano, se despidió. Las esquinas que pertenecían a sus rasgos faciales, a su boca rosada
naturalmente, coronaron, dando la visión de un milagro que Darkness no creyó ver en vida.
Pero se esfumó cuando abrió la boca. El efecto de su gesto solo duró menos de dos segundos,
regresando la Camelia retraída.
Creo que vi algo sorprendente.
Pensando en esto, la campana alegre sonó por todo el lugar.
— ¡Darkneeeeeess! ¡Volviste! ¡Mira el nuevo hechizo que desarrollé! ¡Lo llamo, Alu brizna! ¡Puedo
coger lo que sea con esto!
El chico elfo se encontró con él, pavoneando su felicidad por desarrollar algo sencillo. Su tiempo
ahora era ocupado por Sylph, que feliz lo jalaba del brazo a su habitación para la muestra.
— Joven Sylph, tiene clase de piano.
Yuria, la muchacha de más de veinte, le recordó a Sylph su agenda.
— Ah, no importa si me la paso. Y hace rato ya lo he superado...
— ¡Joven Sylph!
El profesor, que estaba buscando al joven elfo para la práctica, fue herido de gravedad. Por esto el
grito de Yuria, que se sintió mal por el hombre de mediana edad.
(…)
¿Ahora qué se traerá padre entre manos?
Pensaba relajadamente el unigénito del rey, Allen Pendragon, luego de que su padre lo llamara a su
oficina. Tenía la noción de darle la notificación sobre algo, pero quiso llamarlo explícitamente para
ello, haciendo que tuviera que caminar hasta allá.
Franqueando de pasillo a pasillo, estuvo parado a la puerta dos cabezas más altas que él. Templó
una sonrisa, y giró la manija. ¿Qué le presentaría su padre el día de hoy?
(…)
Avisté el café que las sirvientas trajeron a nuestras manos. Ellas dejaron en la mesa un envase de
miel para quien deseara un toque extra de dulzura, y otro de crema de leche. Quedé prendado de
esa posibilidad, pero no tenía confianza de moverme libremente al tener al rey presente.
El rey, el monarca supremo de Eclipse, me solicitó para un puesto, el de futuro secretario del
próximo rey, Allen Pendragon.
Cuando mi padre, el barón Meyer Tundra, oyó esta noticia, me motivó con estas grases animadas:
"¡Mira el lado bueno, estarás codo a codo con el futuro rey!".
"Aunque su personalidad no sea la mejor, tendrás un importante puesto".
"¡Tienes un futuro muy brillante si el rey te ha concedido ese puesto!".
"¡Propio de mi hijo! Supongo que tu hermana heredará el puesto en el Parlamento. No pasa nada".
"Recuerda tratar bien al príncipe. Confío en tus paciencia casi infinita".
Todo lo que dijo pintó al príncipe como un monstruo… No era del todo mentira. Mientras que uno
sabían poco sobre el carácter espinoso del heredero al trono, otros tenían las bases sembradas de lo
terrible que podía ser si se enojaba y ofendía.
No quería decepcionar a mi padre, y era una buena oportunidad concedida por el rey. Acepté de
buena gana sus consejos e instrucciones, saliendo a encontrarme con el monarca.
Hasta allí todo bien, pero me encontré abrumado al poco tiempo por el mismo Edgar Pendragon,
que felizmente le pedía a un sirvienta algo de pastel de chocolate. En otra silla, estaba sentado otra
persona de renombre, Michell Letter, hijo único del Duque de Alucart, Felipe Letter. Otro pez gordo,
muy reconocido por sus méritos personales. Aun con la pérdida de su esposa con el nacimiento de
su único hijo, su liderazgo en el ducado no flaqueó, sino que se hizo más sólida.
Su hijo heredó el título nobiliario, pero hace un tiempo no figuró mucho en las bocas de otros
nobles, sino hasta que ascendiera al puesto 10 de los Caballeros Astrales, nombrados explícitamente
por el rey. No solo dotado de inteligencia, sino de fuerza, fue reconocido por Edgar, y ahora bebía
café junto a él y el rey en esta mesa.
Era irreal, aunque respirara normal. ¿Cómo podría dar la cara y permanecer orgulloso?
No, no. Afuera pensamientos pesimistas. Mi padre me envió de buena fe para encontrar mi futuro,
debo darlo todo y dar una buena impresión.
No tenía el mismo rango, pero podía compensarlo con agudeza.
Me enderecé, tomando mi taza de café negro. Al sorber un poco, hice una mueca ligera.
Como pensé, es endiabladamente amargo. Quiero la miel y la leche, ahora.
Miré por el rabillo del ojo mi objetivo, rompiéndome la cabeza por estrangular mis deseos de ir y
tomarlos. El miedo, que igualaba la incomodidad, era enorme, sino, ya había endulzado mi café.
— ¿¡-!?
— ¿Hm?
— Ah, n-nada.
El grito no vino por nada. Cuando pensaba en tragarme todo el líquido sin miramientos para
terminar con esta tortura, vi al hermoso hombre andrógino tomar su café, y endulzarlo hasta hacerlo
irreconocible del material original. Procedió natural, como si se sirviera en su casa. O ignoró la
compañía del rey, o no le importó. Si era la segunda, tenía gran nivel de tolerancia a espacios
incómodos.
Si él lo hace, supongo que también puedo.
Dejándome llevar, fui e hice lo mismo que él, regodeándose por dentro por cumplir mis estatutos de
no tomar un café amargo.
Solo el rey se quedó con el café igual a cómo lo trajeron.
Wow. Se bebe el café sin desagradarse. Debe estar acostumbrado a ello. Se nota que es un adulto.
Comparado con él, que no puedo beberme mi café sin azúcar, soy inmaduro.
¿Qué pensaría ese gran hombre mientras bebe en silencio?
Desviando el foco del chico peli-celeste al monarca peli-gris, la discrepancia se hizo notoria.
¡Puaj! ¡Esto está horriblemente amargo! ¡Que alguien me dé la miel y la leche, pronto! ¿¡Cómo existe
gente que puede beber esto sin nada más, eh!? ¡No le encuentro nada de genial!
Se fue a mirar de reojo a los chicos jóvenes.
¡Uhhhhh! Ellos pueden endulzarlos todo lo que quieran sin verse mal. Tienen tanta libertad. ¡Qué
envidia! Si comienzo a poner endulzar mi café, perderé la imagen de hombre maduro… Estoy
forzándome a beberlo así solo por eso… Tendré que seguir con esto un poco más. Espero que Allen no
mencione nada.
(…)
Dejándome iluminar por la madurez del rey, no oí el chirrido de la puerta. Solo cuando Michell-San y
el rey levantaron sus miradas, pude cerciorarme de mi lentitud y fui a mirar a donde lo hacían ellos.
Entrando por ella, la figura de un joven apuesto como un ángel caído se emitió en mis ojos.
Cabello pajizo pero lustroso, ojos de colores contrarios, rojo y verde, y mueca burlona que se
extendía por toda su cara. Un joven bendecido por la luna con buen aspecto, inusual, pero
sobresaliente. Sacar esos extraños rasgos como ojos bicolores, cuando su padre era un tipo común
de cara, era algo que algunos nobles tenían en duda.
Era alabado por ser un genio en casi todo, inteligente y hábil. Algunos pensaban que no era hijo del
rey, pero igual no creían que eso fuera problema aunque fuera verdad.
El único problema…era su personalidad.
Si fuera más pasivo, o comedido, sería puesto en primera línea sobre las personas en alta estima por
el pueblo.
Este joven era altivo, y no medía sus palabras. Muchos nobles no pudieron soportar estar con él más
de diez minutos.
¿Podré estar a la altura?
El rey estará bien, se trata de su hijo, y él de su padre. De Michell-San no tengo dudas de que podrá
manejarlo, pero me falta confianza cuando pienso de mí.
En medio de mis soliloquios a toda velocidad, las esquinas de la boca del príncipe subieron.
— ¿Puedo sumarme a la fiesta del té?
Su ironía golpeó con dardos venenosos, pero el rey y Michell-San supieron manejarlo, no cambiando
su expresión.
Auch. ¿Nos acabamos de ver y ya suelta un insulto?
El rey bajó la taza que tenía elevada, mirando seriamente a su heredero.
— Allen, al menos asegúrate de saludar correctamente.
Allen, como si no oyera a nadie, se alzó de hombros, y se paseó por toda la habitación, buscando un
asiento. La silla que ocupó llegó a ser una colindante con la del pelambre negro.
Michell-San no le prohibió tomar ese puesto, pero pude notar, al menos, un poquito, cómo sus cejas
se curvaban en una mueca recelosa.
Este príncipe, se agazapó, inclinado sobre Michell-San, susurrando irónicamente.
— ¿No me dirás tu nombre, dama que viste de hombre?
…Ah.
Sin quererlo, me quedé petrificado en mis laureles. El príncipe llegó muy lejos evocando el aspecto
hermafrodita del caballero. Incluso si consideraba algo largo su cabello, no iría tan lejos como
saludarlo con un insulto en la cara.
Las críticas a Michell-San eras abundantes, pero nadie tuvo el valor de decírselo en la cara.
¿Cómo pudo hacerlo el príncipe? ¿Cómo reaccionará él? Uhhh… Me siento mal. Esto está a otro
nivel.
— ¿Eh
~
?
El murmullo entonado, desprovisto de enojo, resonó por la habitación, saliendo de los labios del
chico pelinegro. Un movimiento seductor, si fuera de una mujer.
Levantando su mentón, superponiéndose a la mirada inquisitiva del príncipe, Michell-San se
aproximó. Su cabello de espléndido brillo resbaló de su hombro, quedando suelto en su espalda.
Sigo pensando que lograr ese nivel de esmero era imposible para un chico que no viera su cabello
como lo más importante para su vida.
Michell-San sonrió zorrunamente, inyectando sus ojos en fascinación.
— Si no reconoce a un hombre cuando lo ve, entonces su vista ya debería estar fallando, príncipe…
No creí oír "príncipe" con ese nivel de sugestión dudosa.
¿¡Ah!? ¡Le devolvió la pelota! ¿Enserio? ¿Eso está bien? Ese chico sigue siendo un príncipe.
Miré al rey, buscando descontento, pero estaba paralizado a medio beber su café.
¿No será…? ¿Esto lo asustó también…? ¿El rey no esperaba esta confrontación de dos frentes?...
Repensando a toda velocidad, cedí a la prudencia.
No, no… Estamos hablando del rey. Él no estaría sorprendido por algo así. Si lo miro bien, está
quieto, viendo el desenlace sin mover un dedo, porque esto estaba dentro de sus planes, y está
permitido.
Eso tiene que ser. Casi pienso en él como un donnadie sentimental.
Pasando a los pensamientos erráticos del rey…
¿¡Eh, eh, eh, eh!? ¿Michell-Kun acaba de insultar a Allen? ¿El mismo Michell-Kun que nunca habla?
¿El mismo Michell-Kun que prefiere la paz? ¿Esto está bien? Aunque Allen merece una pronta
corrección a su actitud, que un súbdito mío lo encare así, no debería ser aceptable. Tal vez tenga que
intervenir.
Oh, espera…
Taylor-Kun me está viendo, ¿por qué?
¿Acaso…piensa que si intervengo, es porque no soporto que traten mal a Allen, y lo malcrío? "Un
padre que no puede soportar siquiera que alguien reprenda a su hijo es un mal padre" deberá
pensar. ¡No! ¡No soy un mal padre!... Eso quiero pensar, pero que Allen sea así no es un buen
indicador de que lo he criado bien.
Si intervengo, puede que se vea como que lo sobreprotejo, en vez de que cuido su estatus.
Eso no puede ser. No haré nada, así Tayor-Kun no me verá con esos ojos acusadores.
En términos de pensamientos, ambos mostraban pánico, pero no se movían para detener las chispas
voladoras del bando de Michell y Allen.
Allen sonrió más grande, mirando al chico como una animalito venenoso.
— Oh, conque la dama puede hablar. Creí que eras una muñeca de porcelana que podría romper con
un dedo. Ah, perdón… Eres un chico ¿cierto? No sé desde cuando el término 'chico' se volvió
'afeminado'.
— Oh, si yo soy un afeminado, tú eres un indigente con cabello paja que no puede decidirse por un
color de ojos. Puedo presentarte a un tipo que puede domar esa cosa que tienes en la cabeza
llamada cabello.
— Quien necesita una urgente revista a su cabello eres tú, princesa. ¿Acaso estás aquí para seducir a
todos los hombres con tu encanto engañoso? Si quieres, te presento un hombre maravilloso, aunque
no estoy seguro que le vayan los chicos… Aunque seguro que no lo notará hasta que contraigan
matrimonio.
— Lastimosamente, dudo poder responder a su gran amabilidad, cabello paja. No creo que exista
alguien capaz de verlo como un "amigo".
—Tienes una lengua desprovista de vergüenza. Me preguntó qué elementos estuvieron presentes en
la crianza de un niño para que terminara siendo tú.
— Lo mismo me pregunto, pero dudo que sea culpa de Su majestad. Seguro eres un error entre los
errores.
— Me halagas, no hay nada mejor que te digan que eres sobresaliente.
— Será en insensatez.
— Ajajajaja.
Los chicos se rieron naturalmente, mirándose fijamente. Este intercambio dejó helados a Taylor y
Edgar, que no pudieron meterse en ningún momento.
(…)
El enfrentamiento entre titanes finalizó antes de que el rey y el chico de buen carácter pudieran
mover un dedo.
Aunque era cierto que ahora no hablaban entre sí, las llamas del odio ardían secretamente dentro
de sus ojos, midiendo el alcance de su rival.
El carraspeo provino de Edgar, que sentía su café amargo con el ajenjo. Procedió a tomar control de
la mesa, que hasta ahora solo fue el debate de dos bestias sedientas de sangre.
— Ya que todos estamos reunidos, daré comienzo a este debate.
Taylor, el buen chico de orbes azul marino, y Michell, una belleza andrógina, asintieron dócilmente.
Allen no se molestó en mover la cabeza o la boca.
— Espero que no sea un matrimonio obligatorio con la princesa.
Se ignoraron sus burlas.
— Allen, desde ahora serás sometido a un entrenamiento… No, será mejor exponerlo como examen
de campo. Hay cosas que no puedes aprender estudiando de un libro, la experiencia no se puede
conseguir con trampas. Por eso viajará alrededor de Eclipse con tal de recolectar valiosa experiencia.
Los presentes lo miraron como a un loco que perdió la noción de la realidad.
— Claro, que llevarás guardas, entre ellos, el principal será Michell-Kun, un caballero astral. Claro
que llevarás otros, pero prefiero tenerlo como respaldo en caso de que algo malo ocurra. Respecto a
por qué traje a Taylor-Kun, él será tu secretario, responsable de ordenas, administrar y sobrellevar
los gastos, la logística, etc.
— ¿Esto es por esa profecía de pacotilla?
Hizo como que no oyó nada.
— Podrías catalogar esto como un viaje, o misiones que cumplirás. El tiempo se prolongará
dependiendo de tu crecimiento.
— ¿Enserio confías en que esta princesa pueda protegerme?
— Completamente.
— Y respecto a lo otro…
Su visión atrapó al indefenso peli-azul celestino. Un chico manso y correcto.
— ¿Este niño bonito será mi secretario? ¿Soy yo, o todos los elegidos son basados en la apariencia?
— Coincidencia, Allen. Hubiera sido bueno elegirte personas mayores, sin embargo, cuando llegue tu
tiempo de reinar, tendrás que tener a gente de confianza a tu lado. Para ese tiempo, la mayoría de
mi gabinete estará retirado, o no durará mucho. Por eso debes conocer personas de más o menos tu
edad para el futuro.
— Oh… Supongo que puedo aceptarlo. – Altivamente incitó su barbilla. – Ya me aburría de este
castillo. Salir no suena mal. El único problema es andar para arriba y abajo con este afeminado.
Temo que se me pegue la rareza y me dé por hacerme crecer el cabello.
— A mí me da temor que mi cabello termine como el forraje de su cabeza.
—…
Edgar no podía meterse ahora. Que horrible.
— Bueno, al menos agradeceré que tuviste la mentalidad correcta de no poner una mujer en el
grupo.
— Me sentiría mal por ella.
— Debería ser al revés, hacerme aguantar las tonterías del sexo opuesto… Aunque viendo a esta
princesa, casi no hay diferencia.
— Se nota que no puedes mantener la boca cerrada, granuja.
— ¡Gulp!
Taylor no pudo soportarlo más, tragando saliva, y desconectando sus ojos y mente.
¡Taylor-Kun, no me dejes! Suplicó Edgar triste.
Las chispas sobrevolaron la mesa, vinieron del dúo problemático. Ambos contaban con el defecto del
orgullo. No cederían frente al otro aunque le cortaran las cabezas.
¿Habrá sido lo mejor poner a Michell para el puesto?
Uh, de todos modos, no puedo retractarme. Un rey no puede retractarse a menos que su decisión sea
un completo error y traiga sufrimiento a su pueblo. Veamos cómo evoluciona este trío.
Confesaba estar preocupado por abandonar a su hijo en el reino, pero no había de otra. Gracias a
Michell, estaría seguro de que estaría a salvo, pero un padre seguía siendo un padre. Un tinte de
preocupación y angustia teñía su corazón, pensando si debería darle un ejército de protección.
(…)
Mi familia solo contaba únicamente de mi padre y yo. Mi madre falleció al darme a luz. Drené toda
su energía, arrebatándole las escasas posibilidades de vivir.
Aunque es cierto que por mí ella murió, no me siento enfermamente culpable o algo por el estilo. No
es por ser frío, sino que comprendo que ella quería traerme al mundo aún si tenía que irse. Por
asumí la responsabilidad de cuidar a mi padre y asistirlo.
Es un hombre prudente y muy bueno, pero como tiende a descuidar su salud con el trabajo, su
alimentación no suele ser muy buena. Se desgasta por perder horas se sueño y a veces siquiera toca
la cama por varios días. Es sin duda la encarnación de la diligencia.
A los 6 años llegué a mi límite. Amaba su lado diligente, que lo daba todo por mí y el trabajo, pero
tampoco quería que entregara todo su ser a ello y que terminara sucumbiendo.
Me decidí, desde ese día, a atenderlo en todo lo que necesitara.
Me aseguré de que durmiera, que se cuidara de las enfermedades, que no trabajara de más. Cuidar
un ducado es un trabajo sencillamente pesado, pero junto con los sirvientes, pudimos sobrellevar un
poco su carga.
En lugar de mamá, quien veló por él, asumí el papel de su guarda, instruyendo a los sirvientes.
Poco me importaron las críticas a mi cabello y aspecto. No puedo cambiarme la cara por otro, y
aunque pudiera no lo haría. Soy simplemente fabuloso, la gente está celosa, nada más.
Wow, eso sonó terriblemente petulante. No fue mi intención.
Ahora, debo cuidar de un príncipe que se cree genio y tiene paja en vez de cerebro, en vez de estar
tomando chocolate caliente con mi padre acurrucado frente a la chimenea. Envidio esos días, pero
sé que debo tomar vuelo tarde o temprano. Sé por las cartas de Quelión, que hacen un buen servicio
cuidándolo, así que no estoy preocupado, solo nostálgico.
Pero debo poder sobrellevar al príncipe. Nuestro primer encuentro soltó chispas y no fue positivo.
No tengo palabras para describir su molesta actitud.
Dejándolo de lado, será el obstáculo más grande para mi tolerancia. Debo desempeñarme bien, con
tal de no avergonzarme frente a mi padre por hacer un trabajo a medias.
El otro chico que iría con nosotros en andanzas era un apuesto joven de cabello largo y liso, azul
claro y bello, de ojos lavandas y perfumado de sobriedad. A diferencia del mocoso heredero, se veía
maduro y no profirió palabras tontas e innecesarias. Bastante educado. Al menos no esperaré un
enfrentamiento con él por el momento.
Tendré que confiar en mi adaptabilidad.
Me disgusta no estar al lado de mi padre, pero haré mi mejor esfuerzo. Ruego por tolerancia.
Dos días después, nos enfrascamos nosotros en un viaje a la aldea de Merari, ubicada en el territorio
desértico de Eclipse, no tan lejos de la capital. Por supuesto, llevamos al menos 15 guardias
experimentados para la seguridad.
La razón del viaje recayó en resolver un asunto sobre un pozo de agua. Veríamos los detalles una vez
estuviéramos allá.
Quería ver con mis propios ojos si este genio podía hacerle frente a su primera misión.
(…)
El cansancio se apegó a la superficie de sus agotados huesos. Sus extremos pesaron un kilo de más,
haciendo cada paso como plomo pesado. El entumecimiento tardaría en difuminarse correctamente,
y la carga del sueño amenazaba sus párpados. Su cabello verde carecía de pulcritud, y su rostro
respaldaba su sensación de colapso.
Toda esa investigación, para no encontrar una miserable pista sobre lo ocurrido en la Precipitación
del pueblo de Teocat, como denominaron ahora el desastre de hace dos días, que se hizo novedad.
Esto fue obra de alguien. Algo tan anti-natural no podía ser cosa del ambiente embravecido.
Buscaron todo lo que pudieron, para solo encontrar que la circulación de comerciantes fue más
abundante una semana antes del suceso, y testimonios de comerciantes que el ambiente del pueblo
era preocupante y tenso, más las razones no salieron a la luz.
El pueblo era casi retirado por un largo camino empinado, así que las noticias de allí tardaban en
abrirse paso.
El único sobreviviente, un niño ciego, quedó a cargo de King-San. Recalcó con uña y diente que no se
lo quedaría.
Retiró esos vagos pensamientos y despejó la mente. Ahora, lo único que quería, era comer, tomar
un baño, y acostarse y usar su mujer de peluche.
Franqueando por su casa, que ahora le parecía muy grande solo para poder llegar a ver a mi mujer,
apareció frente a sus dos sirvientes que eran como la uña y el dedo.
— ¿Es necesario tu presencia cada vez que limpie la habitación de alguien?
— Podrías robar algo, o plantar algo peligroso.
— Que sepas que Asura me encarga estos trabajos, no yo.
— Sigues siendo sospechoso.
Esos dos se llevaban tan bien, hablando familiarmente como hermanos todos los días.
Pasó por otro pasillo, yendo directamente a la cocina. A estas alturas, no le importaba la etiqueta,
buscando nada más algo que pudiera comer.
Este país cada vez tiene menos paz. Ahora en la carretera que da al pueblo de Aprhil, han puesto un
control de peaje. Los casos de pieles semi-humanas han sido un dolor de cabeza para las
autoridades, que buscan el extraño incremento de estos delitos.
La mente maestra que podría estar dirigiendo todo esto no se ve.
Tampoco parece que se muestre pronto.
Solo esperaba, que no afectara su estilo de vida ni a su familia.
Haría todo en su poder para evitar que se derrumbara.
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Buenas a todos. Las correcciones pude hacerlas en unas pocas horas. Supongo que los primeros
capítulos eran los más necesitados de arreglos, pues estaba nerviosa, y puse muchos detalles
inútiles. Incluso puede que queden muchos aun, pero bueno... Nadie es perfecto.
Si pueden comentar, háganlo. Me gustaría saber qué piensan, o si hay algún personaje que les guste,
dado que aparecerán más a partir de ahora.
