Continuación del anterior


Vestir de traje de alta costura no era algo nuevo para él, como guardaespaldas de la realeza debía vestir adecuadamente, a pesar que el traje no era el adecuado cuando requería usar sus habilidades de combate. Pero era algo que uno iba aprendiendo con el entrenamiento y en la práctica.

Vegeta, no quería que asistiera, y no iba a asistir si no fuera por la intervención de la novia. Si le preguntaba, está era la primera vez que asistía a una boda, como invitado. Su trabajo no le permitía tener un día de descanso, vivía para la realeza, eso significaba una vida de lujo y un pago jugoso, y el costo a pagar era que tu vida personal debía estar dirigida por tu protegido.

— Es un traje muy costoso — escucho la voz de Vegeta — será mejor que no lo ensucies.

Nappa hizo una mueca.

— No lo haré — tuvo que tragarse la bronca, más por costumbre que deber — Me ha indicado su padre que no asistirá tal evento, pero que le desea un buen —

— Realmente no me interesa su bendición — le interrumpe secamente.

— Hermano no debería decir eso — ambos giraron para encontrarse con el menor Ouji, detrás suyo estaba su guardaespaldas, el cual saludó con una inclinación a Vegeta, y a Nappa con una señal de respeto, después de todo aún conservaba su título de alto mando. Era una leyenda entre ellos.

— Pensé que no vendrías, que te ibas a ocultar entre las sábanas por temor a que padre se enoje.

Tarble titubea de la vergüenza, sabía que era cobarde pero no le agradaba que su hermano le recuerde siempre.

— El rey le dió la autorización — el guardaespaldas interviene, en contra de su protegido.

— ¡No digas eso! — suplicó.

— Era de esperarse, el príncipe Tarble no es de los que les gusta desobedecer — intervino Nappa con diversión.

— Oigan ustedes — Tarble hizo una mueca de disgusto.

La campana sonó, y pronto los invitados como ellos entraron a la enorme catedral El Duomo de Milán.

Vegeta con seguridad y clase caminó hasta el altar, seguido por su guardaespaldas que se puso a un lado, más por protocolo, casi oculto entre las cortinas blancas, tenía la intención de subirse al segundo piso, dónde sería más fácil realizar la vigilancia.

Sin embargo, antes de pisar el primer escalón, un par de manos lo detuvieron, y casi pudo saber de quién se trataba.

— Oh no Joven Nappa — su dulce voz le hizo sonreír — usted también es un invitado, no está de servicio — lo hizo girar, él cedió, cómo negarse a tan encantadora mujer.

Y sintió el suelo bajo su pies temblar, Panchy, la hermosa ninfa, vestida de un vestido rosa palo de seda, que se escurría en su silueta a la perfección. Su cuello era adornado por un collar de perlas azules, y su cabello ondulado rubio, que siempre lo llevaba en un alto moño, ahora iba suelto con una gracia envidiable.

La mujer hablaba, pero él ya no la escuchaba. Era la primera vez que la veía en un vestido de gala, y no era la primera vez que veía a mujeres con aquellos atuendos, pero estaba muy seguro que era la única que le quedaba tan bien. Se veía espectacular.

— Aquí tome asiento —Panchy le dió un pequeño empujón para que se siente, y ella tomó asiento a su lado — Mi esposo pronto entrará con mi preciosa Bulmita.

Nappa recobró la realidad, ella no era cualquier mujer, era alguien de clase. Elegante, hermosa, encantadora, y casada.

Dolorosamente se recordó. Al subir la mirada al frente se encontró con la filosa mirada de Vegeta. Se encontró con una mirada de reproche. Avergonzado apartó la mirada, aun así pudo sentir, juzgando su mirada, su deseo, sus pensamientos. Se sintió sofocado, el cuello del traje, recientemente, lo sintió apresar, como si fuesen cadenas por sus pecados. Alzó la mirada y se encontró con el rostro de una estatua, el rostro de roca, gris, parecía haber sido tallada específicamente para torturarlo.

Pronto, un sonido agudo resonó en la amplia sala, no solo cortando la conversación de los invitados, también de sus pensamientos. La melodía hizo eco en el lugar, entre notas agudas y graves daba inicio a la ceremonia. Los invitados tomaron asiento, en espera que la guardia del reino del rey Vegeta III otorgó junto con la disponibilidad de la iglesia para la realización de la boda en la fecha que la caprichosa novia deseaba.

La guardia estando a cada lado de la puerta, una vez que el salón se mostraba ordenado y en silencio, abrieron la enorme puerta de mármol.

Las damas con su acompañantes hicieron sus entradas, arrojando con deliciosa suavidad los pétalos en la alfombra roja; y de penúltimo tres guardias, el del medio con las manos extendidas llevaba un almohadón rojo que en el centro descansaba una caja ostentosa que aún cerrada, todos sabían, y Nappa podía asegurar, que se encontraba la sortija más cara.

Por último, la novia hizo acto de presencia acompañada del carcelero de su dulce y encantadora ninfa, de reojo la miro, sonriente, con los ojos azules cristalizados por la emoción. Nappa no pudo evitar sonreír también, contagiado por la emoción de aquella mujer.


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