Una fecha como esta.
.
.
.
—¡Deja de moverte!— El grito de mi "pequeño" hermano casi me deja sordo, por lo que me llevo las manos a los oídos con la esperanza de proteger mis tímpanos. Él gruñe y me baja los brazos mientras continúa acomodando mi traje.
—Perdóname, Aioria… Es que…
—Sí, sí, está bien—. Me interrumpe con fastidio—. Pero en serio, Oros, deja de moverte o no voy a terminar—. Mi cabeza se mueve en señal afirmativa, de acuerdo con su aseveración.
Tras un breve momento, vuelvo a hablar.
—Lamento que seas tú quien…
—Papá lo hubiera querido así—. Sonríe suavemente, a pesar del dolor que siente al hablar de él, frenando mis palabras.
Mi cabeza vuelve a inclinarse con suavidad y, tras otra pausa, mis labios exponen las dudas que circulan dentro de mi cabeza.
—¿Crees… que debería casarme?— Aioria lanza un bufido.
—¡Sí, carajo, sí!— exclama con desesperación. Mi ceño se contrae.
—No es necesario maldecir…
—¡Pues no me rompas los nervios!— me regaña—. Has estado enamorado de él toda tu vida e hicieron planes para casarse justamente hoy. ¿Crees que a nuestro padre le gustaría detener tu boda? ¡No, señor!— la voz se le rompe y se limpia las lágrimas que han traicionado su valor. Yo muevo la cabeza en señal afirmativa por tercera vez, y relajo mi cuerpo para permitirle acomodar la corbata y hasta el último detalle en mi vestuario.
En medio del silencio entre ambos, mi boca suelta una pequeña exhalación al admirar al adolescente crecer ante mis ojos, con su cabello castaño claro y su rostro otoñal perdido entre el estrés y la ansiedad por la boda.
Debería ser yo quien esté nervioso; pero en mi lugar, Aioria se ha ocupado de hasta el más mínimo detalle. Podría jurar que incluso él está más desesperado por verme en el altar que mi futuro esposo.
La verdad es que cuando Saga y yo nos prometimos aquella tarde de otoño, ambos éramos dos jóvenes ilusos a punto de tomar caminos separados en nuestras vidas; mientras que él era un niño de cinco años riéndose de la vida y tratando de atrapar mariposas, sin imaginar que nuestra progenitora moriría el siguiente verano, o que casi nueve años después, papá la seguiría.
No quiero arrepentirme de casarme porque amo a Saga con mi vida, pero me pregunto si es correcto hacerlo cuando estamos afrontando una pérdida así.
¿Es natural planear casarse cuando el luto es el protagonista en estos días?
"Podemos posponer la boda". Las palabras de mi futuro esposo resuenan en mi cabeza, con su tono comprensivo y su sonrisa amable; pero hemos pausado estar juntos durante tantos años, que volver a esperar un 17 de octubre sería injusto para él.
Deberíamos poder decidir celebrar nuestra unión en una fecha cualquiera, pero el acuerdo es que sea exactamente un día como hoy…
.
… Flashback …
.
Aioros trataba de estar tranquilo pese a la discusión que recientemente había tenido, primero en la preparatoria y después por teléfono, con Saga, su novio desde hace tres años.
¿De verdad tenían que pelear así?
Bueno, la razón no era absurda; pero Aioros consideró en ese momento que podrían disfrutar su tiempo juntos en vez de pelear siempre por lo mismo.
Saga quería dedicarse a la hotelería porque amaba su país, en cambio, Aioros deseaba estudiar en el extranjero y convertirse en un buen abogado; quizá en un buen político. Por eso, cuando hablaban de su futuro, los choques de personalidades e intereses eran demasiado evidentes.
¿Cómo podría la distancia fortalecer su relación?
Aioros, pensativo, admiraba a su pequeño hermano jugar en ese momento. Sus padres esperaban darle hermanos cuando él tenía cinco años, pero aunque trataron durante mucho tiempo, su madre nunca logró quedar embarazada; hasta que un día, llegó la noticia. Aioria tenía trece años menos que su hermano, por lo que era ajeno a sus preocupaciones y necesidades.
En ese momento, el muchacho miraba a su consanguíneo con ternura y envidia porque a esa corta edad su mayor problema era mudar los dientes de leche y dormir la siesta.
Estaba abstraído en el pequeño niño cuando su teléfono sonó.
Al principio pensó que podría desistir de la llamada; sin embargo, tras dudarlo, finalmente respondió.
—No quiero pelear…— Advirtió con cansancio, deduciendo el motivo de la misma.
—¿Podemos vernos?— la voz varonil en una suave petición del otro lado lo dejó mudo.
—¿Ahora?— vaciló al recuperarse.
—Tengo algo importante que decirte—. Tal vez Saga pensó que ese sería un incentivo lo bastante convincente para hacerlo salir; no obstante, los ojos de azul profundo de Aioros enfocaron al pequeño castaño que jugaba sobre la alfombra con su diminuto auto de bomberos.
—No puedo ir. Aioria y yo estamos solos—. Tampoco es que tuviera muchas ganas de verlo. No con todas las discusiones de esos días y particularmente de esas semanas.
Hubo un pequeño silencio del otro lado, un mutismo en el que Aioros pensó que su novio colgaría el teléfono.
—Vamos al parque. Te ayudaré a cuidarlo—. Propuso todavía con suavidad. Empero, Aioros había tenido que soportar su carácter voluble toda la semana, sus arranques e incluso sus palabras hirientes… ¿Por qué hacer que Aioria pasara por una situación así de incómoda?
—No lo sé…— vaciló nuevamente.
—Te veo en diez minutos…— Dijo el otro, terminando la llamada.
El muchacho miró el teléfono con sorpresa, y mientras pensaba en lo absurdo que sería obedecer esas demandas, notó que el amor que sentía por él le daba más curiosidad por escucharlo de la que hubiera esperado.
Finalmente, suspiró y subió a la habitación por una chaqueta para Aioria, lo tomó entre sus brazos y caminó rápidamente hacia el parque.
Cuando llegaron, Saga estaba sentado en una banca al lado de su hermano gemelo y un tipo con cejas muy tupidas.
Aioros dejó en el suelo al niño y lo llevó hacia donde estaban los tres. No habían dado ni tres pasos cuando el castaño pequeño se soltó y fue corriendo hacia Saga, quien se levantó de su asiento y lo cargó con alegría.
—Gracias por venir—, le dijo al niño— ¿me prestas a tu hermano?— señaló al joven alto y atractivo que venía con él. Por respuesta, Aioria hizo un movimiento para saltar de sus brazos, por lo que Saga lo bajó.
—¡Te lo regalo!— Exclamó sacándole la lengua antes de salir corriendo lejos de ellos.
—¡Oria!— lo reprendió su hermano mayor, haciendo un movimiento para ir tras él.
—Yo me encargo—. Anunció el otro gemelo. De esa forma, él y su novio fueron tras el infante y lo llevaron a comprar un helado, dejando a la pareja a solas para hablar.
Aioros, ligeramente preocupado, se quedó viendo en su dirección, ya que al rubio no lo conocía tanto.
—Cejamanthys es bueno con los niños—. Le dijo Saga para calmarlo. El castaño no se sorprendió de que él le hubiera leído el pensamiento porque de hecho se conocían perfectamente.
—¿Así llamas a tu cuñado?— se extrañó, entrelazando los brazos mientras se sentaba en la misma banca en la que su cita lo había esperado antes, pero poniendo fría distancia entre ambos.
—Así lo llama mi hermano—. Contestó el peliazul con una sonrisa.
—¿Y cómo me llama a mí?— preguntó por curioso, cruzándose de piernas para mover la derecha de forma inquieta.
—Cuñado—. Respondió Saga, manteniendo el gesto inicial en sus labios. Aioros le dirigió una mirada inquisitiva.
—No mientas…— gruñó. El gemelo no se extrañó ante esa actitud, después de todo, habían peleado demasiado y se habían dicho tantas cosas que algunas todavía dolían; pero el tiempo que iban a estar juntos era tan breve que ya no quería perder la oportunidad en más palabras innecesarias.
—Potro—, confesó Saga—, pero es…
—Sí, porque soy Sagitario, ¡qué original!— Refunfuñó apoyando el codo en su pierna y el mentón sobre la palma abierta.
El gemelo guardó un momento de silencio mientras ambos observaban a Aioria disfrutar de los juegos a lo lejos, siendo vigilado por ambos muchachos.
—¿Aún estás molesto?— se atrevió el geminiano a indagar.
—¿Sí?— vaciló —No sé, Saga, ha sido extenuante para ambos.
—¿Tanto deseas ir a Oxford?
—No voy a…
"Discutir otra vez", quería decir.
—Yo tampoco…— lo interrumpió el peliazul, sabiendo cuáles eran las palabras que iba a pronunciar— ...pero no puedo ir contigo.
Aunque el castaño sabía que esa sería su respuesta una y mil veces más, no dejaba de doler. Exhaló con cansancio y se puso de pie colocando las manos en sus bolsillos.
—¿Por qué, Saga? ¿Por qué es tan importante permanecer aquí?
—Alguien tiene que cuidar de Aioria mientras no estás—. La suave respuesta del gemelo sorprendió a Aioros, quien admiró el perfil ajeno sin dar crédito a lo que oía—. Él necesita un buen ejemplo, y no creo que Kanon se lo dé.
El centauro apretó los labios y volteó hacia donde estaba su pequeño hermano corriendo alrededor de Radamanthys, mientras el otro gemelo trataba de alcanzarlo.
Aprovechando lo distraído que se encontraba, Saga se levantó también y le dio un beso en la mejilla.
—Te esperaré el tiempo que necesites—. Susurró sobre su piel.
—Basta—. Aioros lo empujó con delicadeza—. Yo no…
Inesperadamente, Saga colocó una rodilla en el suelo, y tomando con suavidad su mano, le ofreció un pequeño anillo.
—Cásate conmigo—. Pronunció haciendo a un lado su nerviosismo. El castaño se sorprendió otra vez, y aunque una parte de su alma lo invitaba a corresponder, su parte racional decía que no.
—Solo lo haces para que no me vaya…— trató de soltarse, pero Saga afianzó el agarre de su mano, manteniendo la postura en el piso.
—Nos conocemos muy bien, Aioros, y sabes que no haría algo así—. El castaño tragó saliva con dificultad, mas no respondió.
Hubo un breve silencio en el que sus propios corazones latían al unísono, y era la risa lejana de Aioria el único fondo en ese pequeño escenario.
—Saga… es que…
—No te pido que te cases conmigo mañana, solo dime que sí lo harás.
El ojiazul volvió a vacilar, contemplando la idea de pasar toda su vida al lado de ese hombre. Eso es lo que quería de cualquier forma, por eso había planeado irse al extranjero con él y compartir su juventud viajando, teniendo sexo, yendo a fiestas universitarias y creciendo juntos; sin embargo, Saga también tenía sus propias necesidades, e irse de Grecia no era una de ellas.
Pero, ¿cómo podía prometerle algo que no sabía cuándo iba a cumplir? ¿Cuánto tiempo le tomaría estudiar, y cuántas veces al año podrían verse? ¿El amor que ahora se tenían era tan fuerte para aguantar el tiempo y la distancia?
—¿Aioros?
—¡Estoy pensando!— Exclamó con frustración, poniendo los pros y contras en una balanza.
—No quiero sonar poco romántico…— comenzó a decir el gemelo. El castaño elevó una ceja.
—¿Me vas a presionar?
—No, yo…— Saga movió la cabeza, pero él continuó mostrándose ofuscado.
—¿¡Por qué no puedes ser más paciente!? Todo siempre se trata de tus necesidades y…
—Es que me duele la rodilla—. Señaló el geminiano, con una sonrisa nerviosa, su pierna. El castaño explotó en carcajadas involuntarias y lo ayudó a levantarse—. Arruiné el momento… Disculpa…
Aioros trató de no reírse, pero el bochorno de Saga le bastaba para perder la consideración hacia él.
—Creo que ya estás demasiado viejo para esto—. Lo molestó ligeramente.
—Estaba encima de una piedra—. Explicó el peliazul, pateando el piso.
Aioros no dejaba de reírse y Saga aprovechó esa oportunidad para darle un beso en la boca, ya que hacía días que no lograba verlo feliz. El castaño, silenciado, se dejó envolver por su amor, sintiendo sus dedos sobre el cuello y su respiración pausada volverse ansiosa entre aquel intercambio de sutil pasión.
—¿Me dirás que sí?— susurró sobre sus labios.
—Saga…
—Espera—. Se apartó de él—. Lo preguntaré otra vez—. Hizo un movimiento para hincarse nuevamente ante él, cuando el castaño lo detuvo.
—Déjame limpiar el piso; no queremos que te lastimes.
—Iba a usar la otra—. Acotó, señalando la izquierda. Aioros se rio, y antes de que él tocara el suelo con la pierna, el castaño exclamó:
—¡Basta! ¡Lo haré! ¡Sí me casaré contigo!— Saga sonrió y le colocó el anillo; Aioros sonrió y cuando él se enderezó, lo abrazó profundamente mientras se fundían en un beso apasionado que era un festejo y reconciliación a la vez.
A la distancia, y tras haber escuchado el grito del centauro, Kanon comenzó a aplaudir mientras Aioria gritaba de alegría.
Cuando la emoción pasó, ambos volvieron a sentarse en la banca, entrelazando sus dedos.
—Lamento no haberte dicho que planeaba irme a Oxford—. Se disculpó el castaño por fin, después de tantas discusiones, al reconocer que fue egoísta por planear una vida para ambos sin considerar que Saga tenía sus propias ambiciones.
—No importa. Lamento dejarte ir y no acompañarte…— el arrepentimiento y dolor en su voz fue tan evidente que Aioros lo besó para darle consuelo.
—Volveré pronto para casarme contigo—. Decidió el ojiazul; sin embargo, el otro había pensado en una propuesta mucho más elaborada.
—Estaba pensando que podíamos casarnos un día como hoy, un viernes 17 de octubre.
—¿Qué?— Se sorprendió el sagitariano. Saga sacó su teléfono para observar el calendario y se desplazó desde aquel viernes 17 de octubre del 2014 hasta el 2025—. Son nueve años…
—Es el tiempo suficiente para tomar una decisión importante.
Si bien Saga tenía un buen punto, Aioros tenía algunas inquietudes poco típicas en él.
—¿Qué pasa si nos peleamos y salimos con otras personas?
—Es raro verte dudar tanto. Generalmente, soy yo quien vacila en estas cosas—. Marcó el geminiano, consciente de que era normal lo que él preguntaba. Aioros sonrió suavemente.
—Porque quiero hacer una promesa sincera, pero ambos somos demasiado jóvenes para tomar una decisión así.
—Son nueve años, Oros. Tenemos tiempo suficiente para pensarlo; pero no voy a dejarte ir sin saber que serás mío al final—. El castaño asintió.
—De acuerdo. Sin importar lo que pase, nos casaremos un día como hoy.
—Eso es lo que deseaba escuchar—. Se prometieron los dos al atardecer.
.
… End of Flashback …
.
Después de algunas peleas que removieron los cimientos de nuestra relación, como rupturas y relaciones sin importancia, la vida nos hizo madurar, de forma que encontramos el camino para estar juntos de nuevo.
—¿Vamos?— Aioria me ofrece el brazo y yo lo tomo con una sonrisa suave que pretende ocultar mi nerviosismo.
Ambos caminamos hasta la carpa del jardín donde se celebrará nuestro casamiento, y mientras avanzamos, noto que todos tienen puesta la mirada en mí. Ansioso, afianzo el agarre en mi hermano, quien me regala una suave palmada para calmarme.
De pronto todo desaparece y Saga queda ante mí con su traje de boda, tan elegante y exquisito que aún no puedo creer que vaya a casarse conmigo.
Debería haberle pedido matrimonio yo porque esto es lo que anhelaba; pero en su lugar, él lo hizo primero y se aseguró de recordarme siempre que, pasara lo que pasara, llegaríamos a este momento, en una fecha como esta.
.
.
.
Fin
