One and only kiss

Para esa hora del día, estaba sentado tras su escritorio, moviendo una pluma con tinta como se hacía desde antaño sobre el papel, dándole un par de indicaciones a Hyoga con respecto a Jacob, su pequeño amigo en Siberia, a quien debería entrenar en los días posteriores, como su sucesor a la armadura del Cisne.

—Maestro Camus—, una voz femenina y gentil se asomó por la puerta—, disculpe que interrumpa…

—¿Qué sucede, Portia?— Le preguntó a la doncella que acaba de hablarle, y que era quien limpiaba el templo por la tarde.

—Tiene una visita—. Anunció en el mismo tono. El aguador no retiró la vista de la carta.

—Estoy un poco ocupado, ¿puedes pedirle que regrese después?— Explicó con calma. La muchacha asintió, pero aunque estaba de acuerdo con el mensaje, supuso que sí anunciaba apropiadamente a aquella persona, el francés cambiaría de opinión.

—Dice que es su amigo de la infancia—. Acotó, tratando de no sonar entrometida.

Camus no levantó la vista, pero sí detuvo sus movimientos durante un breve momento.

¿Por qué Milo se anunciaría así?

Era un poco extraño, ya que conocía perfectamente al escorpión dorado, y entendía que era demasiado orgulloso como para no usar un título tan preponderante como el de caballero, en vez de amigo.

Camus aguardó un instante, y pensó que, si bien estaba ocupado en ese momento, podría dejar brevemente sus asuntos para darle un poco de espacio.

Además, si no aceptaba, después estaría ansioso preguntándose el porqué lo había ido a buscar.

—Dile que pase—. Solicitó Camus, volviendo a lo suyo.

Cuando quedó sólo, suspiró suavemente mientras trataba de recordar el hilo de sus propios pensamientos para plasmar estos en el papel, consciente de que el escorpión celeste avanzaría en el pasillo con ese caminar seguro de sí mismo, mientras se quedaba por ahí observando en silencio.

Intentó apurar la carta para Hyoga sin desestimar palabras, en el instante que sintió su presencia en la habitación.

—En un momento estoy contigo—. Le dijo, para asegurarse de no hacerle esperar demasiado; sin embargo, no fue la voz griega de Milo quien respondió eso.

—He esperado meses, ¿qué son dos minutos?— Camus reconoció, en sus palabras, al joven asgardiano con quién compartió en el pasado una promesa.

—¿Surt?— preguntó el aguador, levantando la vista hacia él. Dejó la pluma en el tintero, apoyó las manos en el escritorio para levantarse de la silla y dar la vuelta al mueble de roble para encontrarse con aquel amigo de su infancia.

—¿Interrumpo?— sonrió el pelirrojo. El galo movió ligeramente la cabeza, y le extendió educadamente la mano.

—Para nada. Me complace verte de nuevo—. Saludó formalmente. El asgardiano levantó la palma, y sostuvo entre la suya la del guardián del onceavo templo, cubierta por el guante metálico de la armadura de acuario.

Surt pensó que podría reclamar esa distancia que Camus interpuso entre ellos, escribiendo alguna carta o yendo a verlo; pero dejaría ese tema para después.

—¿Te gustaría beber algo?— preguntó el galo, soltando a su amigo para ofrecerle asiento en un sillón frente al escritorio.

—Creo que es muy pronto para servirme, pero temo que contigo debo ser directo—. Dijo el asgardiano con una pequeña sonrisa. Camus se extrañó ligeramente, y cuando estaba por responder, el otro se acercó, dándole un suave beso que apagó rápidamente—. Quiero beber tus labios…— anunció, y volvió a besarlo.

Estoico (pero interiormente confundido), el caballero de Acuario dio un paso hacia atrás, admirando la sonrisa confiada del pelirrojo, mientras se quedaba en silencio.

—¿Podrías darme un momento, Surt?— le pidió, elevando uno de sus dedos.

—Por supuesto—, dijo él—, ¿Quieres que te espere en otro lugar?— Camus no supo cómo responder.

—Yo…— por primera vez, sus pensamientos estaban más revueltos que una ensalada—... ya vuelvo…— divagó.

El pelirrojo lo vio salir de la habitación, así que se sentó en el escritorio, ahí donde Camus estaba antes, pero de pronto tuvo una idea mucho mejor…

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Un suspiró hondo escapó de la boca del octavo guardián en ese momento, sentado al pie de la escalera mientras luchaba contra sí mismo por no andar hasta Acuario o dirigir siquiera su atención ahí; sin embargo, no podía dejar de torturarse con la idea de que ellos estaban juntos en ese momento, y que, como lo dijo Surt al pasar, venía por lo suyo.

—Camus no es una propiedad…— murmuró con enojo, mordiendo la protuberancia en su dedo pulgar.

En ese momento, Milo pensó que quizá debería haber tratado al galo como a una, quizá eso le hubiera gustado más, en vez de respetar sus deseos y cada maldita decisión; quizá debería haberle dejado en claro que era a Milo a quien le pertenecía cada latido y respiración que diera con esa nueva vida, y que no tenía derecho a dársela a él, otra vez.

Pero, conociendo a Camus, seguramente estaba esperando a Surt para hacerle otra promesa.

—¿Milo?— la voz del francés lo sacó de sus pensamientos, y lo sorprendió tanto, que le provocó ponerse de pie, para admirar al caballero de Acuario ante sus ojos azul celeste.

—Ah, Camus…— quería sonar feliz, y sonreír, pero la verdad es que en ese momento le dolía verlo, tanto como pensar en él—... ¿Qué haces aquí? ¿Necesitas azúcar o algo así?— bromeó estúpidamente, porque él rebasaba sus nervios, tomando el control de ellos hasta hacerlo decir cosas así.

En realidad solo quería escupir sus propios sentimientos y decirle que odiaba saberlo en Acuario con Surt, pero siempre había respetado tanto su espacio como sus decisiones, aunque muchas de ellas no le gustaban.

El galo, con aquellos ojos misteriosos a los que no podía definir como verdes o azules, mantuvo el contacto visual sin responder directamente, y Milo temió que fuera a decirle algo que rompiera todo entre ellos porque, aunque Camus no era de despedidas o explicaciones, había prometido no volver a guardarle secretos esta vez.

Quizá iba a anunciar su nueva relación con Surt…

¡Agh…!

¿Acaso debería decirle que se lo ahorre? ¿Debería pronunciar una despedida y simplemente decir que lo entendía?

Sin embargo, en ese pequeño mutismo, el aguador avanzó con lentitud hasta él. Milo sintió un ligero revoloteo cuando los dedos galos tocaron su mejilla con una pequeña caricia, y vio, como en una película muy lenta aquellos labios siempre herméticos, acercarse hasta tocarlo y expresar por primera vez una majestuosa revelación.

Los ojos griegos se cerraron, y sus propias manos ansiosas se aferraron al hombre ante él, con un suave contacto, mientras sentía el tibio e inexperto toque con la boca ajena, en un intercambio de sensaciones inexploradas.

Cuando Camus finalmente se apartó, tocó con ambas manos el rostro del escorpión, quien tenía la cabeza llena de tantas preguntas y el corazón repleto de emociones que amenazaban por hacerlo estallar.

—Surt me besó…— confesó el acuariano repentinamente, pinchando y rompiendo sus ilusiones como una frágil pared de cristal. Milo retiró las manos de aquella cintura gala para hacerse a un lado.

—¿¡Qué carajo me importa!?— bramó, fuera de sí. Quería pegarle un puñetazo por su atrevimiento y descaro, pero sobre todo, por ir ahí a darle un beso y luego salirle con algo así… ¿¡Por qué?!

—...— Camus despegó los labios para decirle algo, pero Milo volteó con furia hacia él y le pegó con el dedo en el pecho.

—¡No entiendo por qué crees que necesito saberlo!— gritó el griego tan frustradamente que Camus se obligó a cortar el hilo de sus propios pensamientos.

—Tienes razón… Disculpa…— el galo, aunque conocía al escorpión de toda la vida, no midió la potencia que tendrían semejantes palabras; y aunque no lo hizo con el afán de presumir o lastimar al escorpión, reconocía que su propia sorpresa y confusión lo había llevado con la única persona que podía ayudarlo a aliviar el dolor y pesar que sentía en ese momento.

Y no se equivocó.

—¡Lárgate, Camus!— bramó el escorpión, dispuesto a poner necesaria distancia entre los dos—. ¡Lárgate antes de que quiera hacer una locura…!— el aguador suspiró profundamente, pensando que era lo mejor; sin embargo, tenía una presión en el pecho que necesitaba aliviar, por lo que no podía irse sin pelear.

—Déjame terminar—. Solicitó, tratando de tocarlo otra vez, pero él le dio un manotazo.

—No te atrevas—. Le advirtió lleno de rabia, de dolor y de ira, apuntando con Antares para soltar un pinchazo si continuaba ahí; sin embargo, él no se movió de su lugar.

Entonces, Camus decidió que sí le daba más vueltas al asunto, ninguno tendría sosiego y todo se iba a quebrar entre los dos.

—Pensé en tí…— declaró el galo con firmeza, suavizando el tono en su propia voz al dirigirse a él, sorprendiendo al griego con esas palabras tan inesperadas como el beso o su misma presencia—... Cuando él me besó, pensé en ti—. Milo notó que parecía confundido, y ligeramente perdido— ¿Tiene sentido para ti? Tú y yo nunca…

—¡Claro que lo tiene!— Volvió a gritarle el escorpión, creyendo en sus palabras, calmándose solo cuando comprendió que para Camus, el hombre de la cultura y las mil y una respuestas, debía ser difícil pensar en alguien a quien nunca había besado, y a quien siempre consideró su amigo, cuando una persona que se le estaba declarando no le hacía sentir lo que debería, sino la necesidad de estar con otra persona.

El aguador sonrió débilmente, y tomó nuevamente el valor para acercarse a él, y Milo, por supuesto, no esperó a que lo hiciera, en el momento que empalmó por segunda vez sus labios, dejando la inseguridad a un lado para demostrarle lo que sentía por él, y lo que Surt no podría despertar jamás.

Así, ambos compartieron un dulce beso en medio del ocaso.

—Perdóname—. Pidió el aguador, colocando su frente sobre la ajena—. No debí decirte… ya sabes… Es que no soy bueno con estas cosas…

"Lo noté…", pensó el escorpión, contemplando al hombre estoico y siempre seguro de sí mismo, con la lengua trabada al hablar.

—Podemos practicar…— sugirió el griego, sonriendo genuinamente. Camus le acarició los brazos, ya que era lo único que por ahora podía tocar de él, debido a la armadura de Escorpio.

—No me dí cuenta de que eres la única persona a quien quiero besar…— declaró con un susurro suave. Milo suspiró.

—Dices que no eres bueno con esto, pero me aceleras el corazón—. Se quejó con una sonrisa. El aguador se dio cuenta de que también sentía eso cuando estaba con él, incluso cuando no, porque mientras estaba escribiendo la carta y pensó que Milo aparecería por la puerta, solo quería terminar de escribir para poder estar con él.

—¿Así se siente?— le preguntó, tocándole el pecho

—Si, así me he sentido siempre—. Confirmó el griego con un suspiro. Camus quería pedirle perdón por no haberse dado cuenta de lo que sentía, y hacerlo sufrir así, pero no quería desperdiciar el tiempo haciéndolo ahora, cuando podía ocupar su boca para algo mejor.

—¿Y ahora qué?— preguntó el aguador con curiosidad.

—Damos el siguiente paso—. Respondió el heleno con obviedad, pero por la cara de Camus, sabía que no tenía ni idea de lo que hablaba.

¡Tantos libros y ninguno le había brindado las respuestas para una vida normal!

—Formalizamos una relación—. Soltó al final, saciando la curiosidad del aguador.

—Comprendo—. Dijo él.

—¡Di "sí", o "acepto"! No "comprendo"—. Lo retó el griego en modo de juego, imitando el tono parco de Camus, ya que no podía estar enojado con él, después de todo.

El francés movió ligeramente la cabeza, mientras sonreía con sutileza. Extendió una vez más los dedos hacia él, y tomó sus mejillas al mismo instante que reducía la distancia.

—Oui, ma moitié (si, mi otra mitad)—. Susurró sobre sus labios, cediendo al deseo que sentía por él, capturando aquella boca con la suya, delicadamente.

El griego tuvo que apretar los puños porque oírle con ese acento y sentir esa pequeña caricia lo había emocionado tanto como para darle más que ese beso pausado; pero necesitaba llevar las cosas con calma para que él fuera descubriendo a su propio ritmo las necesidades que Milo iría despertando en su cuerpo.

Cuando el aguador rompió el pequeño beso, el escorpión sonrió.

—Debo decírselo al maldito venado—. Sonrió triunfante, y, mientras tomaba al galo de la mano, dio algunos cuantos pasos para dirigirse a Acuario.

Camus pareció recordar que tenía una visita que atender, así que se frenó y detuvo a la vez al ansioso heleno.

—Lo haré yo—. Solicitó despacio, sabiendo lo que esa victoria significaba para él. Se acercó a Milo y le dio otro beso en los labios para despedirse.

Con Surt se había sentido tan raro e incómodo, pero con el escorpión le costaba no sentir deseos de repetirlo cada momento, como algún tipo de adicción.

—¿Cuándo volveré a verte?— preguntó el griego, disimulando su propia inquietud, sabiendo que con la visita del venado podría resultar complicado otro encuentro entre los dos.

—Vendré esta noche—. Respondió el aguador, sabiendo que sí Surt se quedaba en Acuario, lo mejor era pasar la noche con Milo. Después de todo, ahora eran pareja.

El escorpión volvió a sentir una ligera sacudida en el estómago, pero decidió no compartir esas sensaciones con él, para que sea Camus quien las descubra por sí mismo.

Finalmente, el acuariano plasmó una tibia despedida sobre sus labios y volvió al onceavo templo para terminar de aclarar los puntos con Surt.

Y esperaba que fuera rápido porque deseaba reafirmar con Milo, ese vuelco al corazón.

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Aunque la columna fuera fría, las manos que se filtraban por su playera eran tan suaves, como los besos que recorrían y se comían su cuello sin piedad, arrancando de su boca pequeños suspiros entrecortados, que lo llevaban por el sendero del pecado.

—¡Mu…!— pero la voz que entró en ese momento por el pasillo amenazó por arrebatar su momento, hasta que este se volvió un parpadeo— ¡Mu!— volvió a gritar Milo, encontrándolo enredado con Shaka contra una de las columnas del templo de Aries— ¡Te tengo noticias!— exclamó, ignorando el momento que estaban compartiendo.

—Estamos ocupados…— gruñó Shaka, mirando al alegre escorpión con frialdad. Mu sonrió divertido y se alejó del budista para observar a su amigo.

—¿Cuales son, Milo?

—¡Camus y yo estamos juntos finalmente!— gritó con emoción. Mu y Shaka se miraron al mismo tiempo, pero fue el ariano quien le dio una palmada.

—Felicidades—. Le dijo.

—¿Es en serio?— dudó el budista.

—¡Si!

—Hasta yo estoy sorprendido—. Dijo el rubio con los ojos abiertos. El ariano sonrió con regocijo, y Milo agradeció a ambos santos por igual.

—¡Gracias! Nos vemos después—. Y se fue tan rápido como llegó.

Shaka miró el pasillo por donde el escorpión desapareció.

—¿Deberíamos celebrar?—. Le preguntó a su novio. El lemuriano asintió, le tomó la mano y lo llevó al interior del templo para que no tuvieran otra interrupción.

Shaka pensaba en un brindis grupal, pero no se oponía a un festejo privado…

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El sol ya había caído entre las montañas cuando Camus arribó al onceavo templo, caminando por el pasillo que era alumbrado por las antorchas sobre las columnas, para dirigirse desde la entrada hasta la biblioteca.

Surt debería estar ahí, esperándolo. Tal vez había tomado algunos libros, y estaría tan enfrascado en ellos que no había notado su larga ausencia.

Sin embargo, cuando el aguador abrió la puerta de la biblioteca para disculparse por haberle dejado solo, descubrió que el guerrero no estaba ahí.

Extrañado, buscó a la doncella, que en ese momento debería estar preparando la cena.

—¿Portia, dónde está mi amigo?— preguntó, usando el título con el que Surt se había presentado ante ella.

—Su invitado mencionó que lo esperaría en la habitación, maestro Camus—. La joven se dirigió con propiedad hacia él. El aguador se sorprendió, pero evitó demostrarlo.

¿Por qué él iría…?

¡Ah! Surt debía estar cansado después de ese viaje tan largo, y entre lo que sucedió cuando llegó a Acuario y la reacción de Camus, ni siquiera pudo ofrecerle algo de comer, o la atención que una visita merecía.

Igualmente, el asgardiano no le avisó que llegaría, así que él no estaba preparado para recibirlo.

—Gracias—. Respondió finalmente el aguador, antes de dirigirse hacia la habitación para comunicarle que era bienvenido a hospedarse en Acuario, pero que él pasaría la noche en el templo de Escorpio.

Con aquel pensamiento anduvo por el ya oscuro pasillo del templo, y cuando llegó a la cámara principal, abrió la puerta con calma.

—¿Surt?— lo llamó con suavidad, pero cuando entró en la habitación, descubrió que el Dios guerrero de Eikþyrnir se encontraba acostado sobre la cama, totalmente desnudo; en una posición realmente sugerente, cubriéndose con una rosa la virilidad.

—Vayamos al grano, Camus—. Le dijo al aguador, con una sonrisa confiada y arrogante. El nombrado tardó un momento en notar lo que estaba pasando.

—¿Qué estás haciendo?— inquirió con frialdad. El pelirrojo admiró a su amigo de la infancia ataviado por la armadura dorada con deseo.

—Estoy reclamando mis derechos como novio—. Explicó con sensualidad—. Toma la rosa con la boca y disfruta lo que quieras…

—No sé en qué estabas pensando, pero será mejor que te marches ya—. Lo interrumpió el caballero de Acuario, mirándolo desde la puerta con esos ojos fríos tan carentes de lo que Surt solicitaba de él.

—¿Qué?

—Has malinterpretado todo, así que te pido encarecidamente que abandones Acuario—. Ante las palabras de Camus, y esa expresión tan distante que en nada se parecía al hombre que amaba y que deseaba, Surt se sorprendió.

Se retiró la rosa del miembro con cuidado, y se sentó en la cama sin pudor para observarlo.

—Acabamos de besarnos—, dijo el pelirrojo, confundido—, ¿Dónde eso puede mal entenderse?— Camus movió la cabeza.

—No voy a negar mi responsabilidad en eso, porque no fui suficientemente claro contigo, pero Milo y yo estamos en una relación, así que te pido poner distancia—. La reacción del asgardiano no se hizo esperar cuando se puso de pie, exponiendo su cuerpo desnudo ante él.

—¿Por eso me estabas evitando, por el miserable ese?— inquirió el asgardiano, apretando los dientes.

Camus lo miró a los ojos mientras pensaba brevemente en esas palabras y se daba cuenta de que sí, que si había respondido escuetamente sus cartas o rechazado amablemente sus invitaciones a Asgard, incluso a Siberia, era porque había decidido no guardar secretos con Milo; porque no podía con el sentimiento de amargura que experimentaba cada vez que admiraba sus ojos azules plagados por la rabia cuando nombraba a Surt.

Por supuesto que Milo preguntaba una o dos veces si había mantenido contacto con él, y cuando respondía que sí, la conversación se volvía tensa y los ojos brillantes del escorpión se opacaban. Así que no podía mentirle, por lo que decidió poner distancia con Surt para no hacer sufrir a Milo.

Pensó al principio que era por amistad mezclada con culpa, pero ahora, gracias a Surt, sabía que lo amaba, y cuánto más pensaba en él, mayores deseos tenía de verlo y estar con él.

Era tal su anhelo, que el cuerpo de Surt no le incomodaba, ni le atraía. Podía estar con ropa ante él, y la emoción sería la misma.

—Te concedo la razón. Fue mi error no decirte la verdad…— aunque él mismo no la conociera.

Surt colocó una sonrisa torcida en sus labios mientras se acercaba a él, pero el galo no se movió.

—Vamos, Camus, yo te conozco. Estás intentando ser leal con él como lo fuiste conmigo—. Los dedos del asgardiano se movieron hacia el mentón galo, pero fue la mano de este quien frenó el contacto al tomarlo por la muñeca.

—Hay una asombrosa diferencia entre lo que me mantenía contigo y lo que me lleva a acercarme a Milo.

—¿Tus promesas vacías?— se burló el pelirrojo. Camus lo soltó con desprecio, y, manteniendo su postura respondió.

—Él no necesita obligarme a nada, y aprecia cada momento que estamos juntos, mientras que tú me llevas a hacer cosas que no deseo y no me respetas—. Ante las palabras del aguador, Surt se rio.

—Yo no te obligué a traicionar a tu Diosa.

—Pero sí a mis compañeros.

—¡Puff! ¿Tus compañeros o el hombre a quien traicionaste por mí?— Camus apretó los puños, pero mostró una sonrisa vacía.

—¿Sabes qué es lo peor de esto? Que podría haber cometido un terrible error contigo si respetaras mis deseos, si en vez de tomar mi promesa me hubieras dicho que estaba bien, y que seríamos rivales formidables—. Surt se quedó callado, asimilando aquellas palabras que proponían una oportunidad que él había perdido—. Deberías haber peleado contra mí como lo hizo Shura, incluso Milo intentando librarme de tí.

—Qué estupidez…— escupió el otro, dándole la espalda. Camus, sin embargo, lo tomó con brusquedad del brazo para obligarlo a mirarlo mientras continuaba su razonamiento.

—Si después de eso hubieras venido aquí a decirme lo que necesitabas de mí, habría cometido la soberana estupidez de aceptarte—. Al decir eso, Camus lo soltó con desprecio—. Así que te agradezco profundamente por ser quien eres.

Surt mantuvo los ojos fijos en la mirada del aguador, y por primera vez abandonó su sonrisa cínica para mostrar sus verdaderos sentimientos ante él.

—¿Eso es lo que soy para tí? ¿Un error?— preguntó con el dolor fluyendo por su voz. El galo mantuvo los puños apretados y la rigidez en su semblante.

—Ya no hay nada que pueda ofrecerte, Surt, ni siquiera mi amistad—. El asgardiano lo tomó por los hombros.

—¿Cómo puedes renunciar a todo lo que tenemos juntos?— Camus ni siquiera se movió.

—Ya te expliqué el porqué…

—¿Por él? ¿por qué él te pidió…?— gritó con rabia. El aguador se liberó de su agarre.

—Ya te lo dije, Eikþyrnir. Milo no necesita pedirme nada.

—Mentiroso.

—¿No lo viste luchar contra mí, aceptando la promesa que te hice? Incluso ahora estoy hablando contigo, aunque como dije, tú osas insultarme—. Surt intentó no sentir vergüenza, pero era humillante la forma en que Camus lo miraba.

—Hemos sido amigos desde niños…

—¿Lo somos, Surt?— El asgardiano tragó saliva con dificultad.

—Tú sabes la respuesta…

—Y tú también, pero mientras no la comprendas, no eres bienvenido en este lugar.

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Así como vino con el sol de la tarde, al caer de la noche, Eikþyrnir se marchó.

Milo lo vio pasar directamente hacia Libra sin dirigirle atención alguna al descender las escaleras para abandonar el Santuario.

Camus apareció un poco después, vistiendo las ropas normales que usaba cuando no portaba el brillante Acuario.

El francés había decidido que el metal era demasiado estorboso para repetir ese vuelco al corazón, así que Milo también dejó la armadura a un lado y ambos se sentaron al pie del escalón a observar la noche.

Sus manos estaban unidas sobre la pierna francesa, mientras los hombros se rozaban gentilmente transmitiendo calor.

—¿Estás bien?— inquirió el escorpión, mirándole de lado. El galo movió los dedos sobre la piel entre ellos con finura.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque te ves… triste—. Mencionó con un deje de preocupación.

—Para nada…— respondió él, moviendo la cabeza.

—Camus…,— insistió Milo, porque ya le había dicho que no quería más mentiras; pero la verdad es que el francés no podía definir cómo se sentía, aunque definitivamente no estaba triste por eso. Si bien lo sentía como una pérdida, al final las cosas que lo unían a Surt no existían más.

Él no lo amaba y no lo amaría jamás además, Milo no la pasaría bien, aunque no se quejara o no expresara abiertamente nada.

—Después de confesarle que tú y yo teníamos una relación…

"Me hubiera encantado verle la cara", pensó el escorpión con satisfacción.

—... Le dije que no volveríamos a vernos—. Milo se sorprendió porque sabía y entendía bien que Surt era una persona importante para él, y que quizá estaba haciendo ese sacrificio para no tener problemas de pareja.

—No tienes que dejar de ser su amigo, Camus. Yo entiendo…— El aguador volteó hacia él, y, con esa mirada que derretía hasta al guerrero más valiente, lo silenció.

—Y esa es la razón por la que no puedo volver a verlo—. Explicó con suavidad. Milo tragó saliva con dificultad, y aunque quería preguntar algunas cosas, Camus lo silenció con un beso.

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Fin