Capítulo 25
— ¿Qué esperas que me ponga? —pregunté mientras estaba en mitad de la sala, con mi vestido de la noche anterior en la mano y solo cubierta con el enorme albornoz negro de Edward.
La cabeza de Edward se asomó por el hueco que era la entrada de la cocina y me miró sonriendo de lado.
— Por mi puedes ir desnuda, pero te detendrían allí donde vamos —dijo con diversión.
— ¿Y a dónde vamos? —pregunté tentativamente.
— Uhm... —pareció pensárselo unos segundos y después volvió a sonreír— ¡Sorpresa!
— ¿Por qué no me lo dices? —me acerqué a él haciendo un puchero, solo rio y me dio un suave beso en los labios.
— Eres demasiado curiosa... acaba de servir los restos de pavo que trajo mi madre mientras yo busco algo que puedas ponerte —y sin más me dejó sola en la cocina, confundida y... prácticamente desnuda.
Continué sirviendo los platos mientras escuchaba como abría las puertas de su armario y rebuscaba algo en él, era lo que tenían los apartamentos de soltero, eran pequeños y sin apenas intimidad.
— Toma —apareció de repente sobresaltándome y extendiendo un par de prendas hacia mí—, es lo más pequeño que he encontrado, espero que te vaya bien.
Sonreí cogiendo las ropas y corrí hacia su dormitorio para vestirme. Sin poder evitarlo, acerqué la ropa a mi nariz y aspiré con fuerza, creo que sería capaz de alimentarme solo del olor de Edward, eran tan embriagante...
— ¡Llegaremos tarde! —gritó desde la cocina.
Me puse el pantalón de deporte que me iba demasiado largo, así que tuve que darle unas vueltas a los bajos, y me se me caía por las caderas, por lo que tuve que ajustar la cinta de la cintura al máximo. Cuando conseguí que se mantuviese más o menos en su lugar me puse la camiseta, que me llegaba casi a medio muslo... si saliese a la calle así parecería un espantapájaros. Bufé e hice un nudo en uno de los laterales de la camiseta haciendo que se quedase un poco más corta y ajustada.
Un poco avergonzada salí hacia la cocina, Edward estaba sentado a la mesa con dos platos frente a él y esperándome con la cabeza apoyada en sus manos, cuando me vio aparecer una sonrisa relampagueó en sus labios y se puso en pie de un salto para recibirme envolviéndome entre sus brazos y besándome con urgencia.
— Sabía que esa ropa te quedaría malditamente bien —rugió con voz ronca sin alejarse demasiado de mis labios y aturdiéndome por completo—. Comamos antes de que cambie de planes... llegaremos tarde al aeropuerto.
Seguí su indicación y me senté en la mesa a su lado, dándole un mordisco asesino a mi pedazo de pavo a la vez que mi ceño se frunció y miré a Edward inquisitivamente.
— ¿Aeropuerto? — pregunté con la boca llena y haciendo un esfuerzo sobre humano para tragar cuanto antes—. ¿Qué mierda vamos a hacer al aeropuerto? —mi voz se alzó dos octavas.
— Te he dicho que era una sorpresa... come, que todavía tenemos que ir a buscar algo de ropa para ti a casa de Jasper —me instó sin levantar la vista de su comida—, no creo que quieras ir así vestida, aunque a mí no me importaría.
— Edward... —intenté protestar, pero una mirada suplicante de su parte me hizo desistir.
— Jasper me ha dado su permiso para llevarte de viaje y espero que lo disfrutes, por lo que no protestes más y acaba de comer para que podamos irnos.
— Pero... —me besó para silenciarme y sonrió de lado mirándome a los ojos.
¡Tramposo! Así sabía que quedaba prácticamente noqueada y su merced.
— Come —repitió una vez más con voz suave.
Bufé y comencé a comer mordiendo bruscamente mi comida una vez más, mientras murmuraba maldiciones por lo bajo.
— Deja de refunfuñar... pareces una niña pequeña —lo miré y me echó la lengua provocando que riese sin poder evitarlo.
— De acuerdo —me detuve cruzándome de brazos, Edward también se detuvo y se giró para encararme—, ¿cuándo piensas decirme a donde vamos?
— Cuando estemos llegando —contestó sonriendo y sujetando una de mis manos tirando de mí—, ¿entiendes el termino sorpresa? Es algo que se hace para sorprender y si te digo lo que es, perderá todo el encanto.
— Pero... yo quiero saber... —gimoteé— ni si quiera me has dejado hacer la maleta, que por cierto, te has olvidado de meter ropa interior.
— No me he olvidado.
— Sí que lo has hecho, no te he visto abrir el cajón —continué con suficiencia.
— Pero no ha sido un olvido, cariño —me guiñó un ojo y me quedé con la boca abierta de la impresión.
Me arrastró de nuevo por la terminal del aeropuerto, hasta que llegamos al panel de información, lo miró detenidamente unos segundos y después murmuró un "puerta siete" demasiado bajo, cuando quise comprobar que vuelo embarcaba por esa puerta, volvió a tirar de mí para llevarme hacia allí sin permitirme ver nada.
— Al menos sé que no saldremos del país porque no traje mi pasaporte —murmuré para mí misma.
Edward solo soltó una risita y me llevó hacia la puerta donde entregó los billetes y la chica nos miró con una sonrisa deseándonos buen viaje.
— Continúo enfada contigo porque no me dices a donde vamos —refunfuñé sentándome en el asiento que él me indicó.
— No descansarás hasta que te lo diga... ¿cierto? —preguntó con un suspiro.
— No lo haré —aseguré.
— Ven aquí —abrió sus brazos y no dudé un segundo en acurrucarme en ellos y sonreír, ese era mi lugar—. ¿De verdad quieres saberlo? —me preguntó y asentí apoyando la mejilla sobre su pecho y conteniendo un suspiro—. Está bien... pero no quiero que te vuelvas loca ni comiences a protestar.
Fruncí el ceño y lo pensé durante unos segundos, si me pedía eso era porque se trataba de algo descabellado o demasiado caro y no podía prometer algo que, de antemano, sabía que no podía cumplir aunque quisiese.
— Lo intentaré —susurré no demasiado alto para que no me oyese.
— Vamos a Arizona —dijo sonriendo pero sus ojos denotaban precaución.
— ¿Arizona? —pregunté confundida—. ¿A qué parte de Arizona exactamente?
Edward me apretó un poco más contra su pecho y suspiró con nerviosismo.
— A... a Phoenix —murmuró. Mis ojos se abrieron por la sorpresa e intenté alejarme de él, pero me lo impidió afianzando más su agarre en torno a mí—. Me dijiste que no habías podido despedirte de tu madre, pensé que sería un buen regalo de navidad.
— Ya me has hecho un regalo de navidad —alcé mi mano derecha mostrándole la pulsera—, no era necesario que te gastases tanto dinero, yo... yo… hablaré con Jasper y te lo devolveré, en cuanto pueda buscaré un trabajo y... —me detuvo colocando una mano sobre mis labios.
— Un regalo es un regalo, no me tienes que devolver ni un solo centavo —dijo con voz dura sin dejar de mirar mis ojos— y si esperas que Jasper te deje trabajar... ¡ja! Me gustaría ver como intentas convencerlo —eso último lo dijo con burla.
— Si quiero trabajar él no podrá impedírmelo —sin querer mi voz denotaba desafío y mis ojos se entrecerraron.
— Bella... Jasper es un Hale de la cabeza a los pies, tiene rasgos Swan, sí... pero no permitirá que nadie de su familia trabaje mientras tiene que estudiar si él puede costear lo que necesite —explicó justo después de que nos pidiesen que nos abrochásemos los cinturones.
— ¿Qué quieres decir con eso? —gruñí—. ¿Qué seré una mantenida hasta que haya acabado la carrera y tenga un trabajo?
— Básicamente —murmuró torciendo el gesto.
Gruñí y me enfurruñé en mi asiento, él besó mi sien y esperó a que se me pasase el enfado con Jasper, aunque realmente Jasper no había hecho nada... todavía.
Cuando llegamos al aeropuerto de Sky Harbor, en Phoenix, nada más bajar del avión el aire seco y cálido nos dio la bienvenida. Me alegré de sentirme un poco en "casa" aunque había tenido ya tres hogares y no sabía en cuál de ellos me sentía mejor, todos tenían sus partes buenas y sus partes malas.
Nos subimos a un taxi y Edward le dio la dirección de un hotel del centro, casualmente cerca de la guardería dónde mi madre trabajaba. Una vez en la habitación, nos cambiamos y pasamos la noche en la misma cama, abrazados y casi sin mediar palabra. A la mañana siguiente, justo después de desayunar, Edward me envolvió en sus brazos y me besó en la frente.
— ¿Todavía estás enfadada? —preguntó en un susurro.
— No estaba enfadada... solo un poco indignada —musité.
— Habla con Jasper cuando llegue el momento, quizás podáis llegar a un acuerdo —propuso sin dejar de sonreír ni de mirar mis ojos.
Y allí, mientras miraba esos pozos de color esmeralda me olvidé de todo, de donde estábamos, de lo que hacíamos allí y hasta de respirar. Edward parecía estar en el mismo estado de idiotez, porque no alejó su mirada de la mía, ni borró aquella sonrisa de sus labios. Solo cuando sentí que mi cabeza daba vueltas por la falta de oxigeno fue que desvié la mirada y tomé una fuerte bocanada de aire con las risas de Edward de fondo.
Sin mediar palabra sujetó una de mis manos y tiró de mí hasta que estuvimos en el exterior del hotel, donde se detuvo y me besó en los labios para después guiñarme un ojo y sonreír con picardía.
— Aquí nadie nos conoce y puedo besarte sin preocuparme de nada —dijo volviendo a hacerlo repetidas veces provocando que estallase en carcajadas—. Aquí eres tú quien tiene que guiarme —dijo alejándose y comenzando a caminar a un lugar indefinido.
Me detuve y cambié el rumbo al sentido contrario, directo al antiguo apartamento dónde nos mudamos cuando tuvimos que vender la casa para costear algunos de los tratamientos de Renée. Caminamos en silencio, tomados de la mano y yo intentando empaparme de todos los recuerdos que acudían a mi mente y me hacían sonreír para no olvidarme de ninguno de ellos.
Por suerte estaba cerca y en diez minutos estábamos frente al edificio de apartamentos, miré la puerta sin saber muy bien qué hacer. Me había dirigido hacia allí sin un motivo aparente, pero una vez que habíamos llegado... ¿qué se supone que debía hacer?
— ¿Algo va mal? —preguntó Edward dándole un apretón a mi mano que seguía entre la suya.
— No... es solo que... —la puerta se abrió de repente y aquellos ojos azules que tanto había echado de menos se me quedaron mirando fijamente.
Me quede paralizada sin saber muy bien qué hacer, si minutos antes los recuerdos me arrancaban sonrisas, verla a ella me trajo a la mente lo peor de mis días en Phoenix y comencé a temblar sin saber muy bien por qué.
— Bella... —dijo Kate en un hilo de voz.
Parpadeé sorprendida, era Kate... mi Kate, la misma que me ayudó cuando más lo necesitaba. No pude hablar, tampoco es que fuese necesario, sus brazos me envolvieron en un abrazo asfixiante en cuestión de segundos y no pude hacer más que devolvérselo con mi mano libre, la otra continuó aferrada a la de Edward sin fuerza para soltarla.
— ¡Cariño! —casi gritó Kate alejándose para mirarme—. Has crecido y estás... ¡preciosa! Hasta parece que has engordado un poquito... y lo necesitabas ¿Qué... qué haces aquí?
Sonreí sin poder evitarlo.
— Te... te he echado de menos... —susurré casi sin voz.
— Y yo a ti pequeña... ¿pero qué haces aquí? —preguntó de nuevo—. ¿Ha pasado algo con Charlie? —mi rostro se contrajo y Edward dio un paso para acercarse más a mí, lo que hizo que Kate se fijara en él por primera vez—. ¡Oh! Soy Kate Poulensen... ¿usted es...? —dijo extendiéndole su mano.
— Edward Cullen —contestó él estrechándosela—, soy amigo de el hermano de Bella.
— ¿Hermano? —preguntó ella frunciendo el ceño, pero poco a poco su expresión fue cambiando a una de sorpresa—. Tu hermano... —susurró pasándose una mano por el cabello con nerviosismo.
Fue mi turno de fruncir el ceño y dar un paso al frente.
— ¿Tú sabías sobre Jasper? —le pregunté sin ningún rodeo.
— Cariño... yo no... no soy la indicada para hablar de ese tema —balbuceó—, tu madre me lo confió y no soy nadie para explicarte nada sobre el pasado de tu padre, tiene que ser él quien te de las explicaciones necesa...
— Él no puede hacerlo —la interrumpí—, murió hace un mes.
Kate abrió los ojos desmesuradamente y me miró en silencio durante unos largos segundos.
— Kate... no he venido por eso, pero necesito respuestas... —casi supliqué— ¿Mamá conocía de la existencia de Jasper?
Ella suspiró y me miró a los ojos, después miró a Edward y nuestras manos todavía entrelazadas y suspiró.
— Vamos arriba —murmuró haciéndose a un lado para dejarnos pasar.
La casa de Kate estaba exactamente igual de lo que la recordaba. El suelo de madera con grietas, las paredes de un blanco amarillento envejecido, los muebles antiguos y alguno incluso desvencijado, el televisor antiguo sobre aquel aparador que apenas podía sostenerse en pie y la alfombra raída en el suelo de la sala.
Edward y yo estábamos sentados en el sofá beige, ese en el que dormí tantas noches cuando la casera nos echó del apartamento por impago. Renée dormía en el hospital y yo no tenía donde quedarme, pero no le había dicho nada a ella para no preocuparla, Kate me ofreció su sofá sin poder hacer nada más por mí, ella estaba tan necesitada como nosotras.
— Está bien...—Kate se sentó frente a nosotros, en aquella butaca verde que siempre crujía cuando lo hacías, la miré intentando dejar atrás de nuevo los recuerdos y centrándome en lo que tenía que decir.
Edward estaba en silencio, miraba todo a su alrededor sin ningún tipo de expresión en su rostro.
— ¿Dónde están Maggie y Mía? —pregunté recordando a su gemelas de cuatro años a las que adoraba.
— En casa de una de sus amigas, las traerán en unos minutos —hizo un gesto con la mano restándole importancia—. Bella... —suspiró— no sé más que la versión que Renée me dio, no sé si es la real o solo me ha contado lo que ha querido...
— Di lo que sea —la apremié.
Edward le volvió a dar un apretón a mi mano y le sonreí tímidamente.
— Charlie nunca le contó a tu madre sobre la existencia de tu hermano —comenzó a explicar ella—, por lo visto tu padre solo vio al pequeño un par de veces y su familia no le permitió ser parte de su vida.
— Eso es lo que Jasper me ha contado... más o menos —murmuré.
— Renée se enteró por un par de papeles que encontró en un cajón y le reclamó a tu padre, él no pudo negárselo y ella se sintió engañada. Se fue de Washington contigo en brazos y dos días después presentó la demanda de divorcio. Eso es todo lo que sé.
Me dejé caer derrotada en el sofá, no era mucha información, pero como sospechaba, ambos, Renée y Charlie, me ocultaron la existencia de Jasper.
— Kate... ¿sabes por qué nunca me dijeron nada? Tenía derecho a saberlo ¡es mi hermano! —protesté.
— Renée quería que fuese Charlie quien te contase todo, era su obligación y Charlie... bueno... supongo que le daría vergüenza o saber lo qué —se encogió de hombros y bufé—. ¿Todavía sigue con la mala costumbre de bufar? —le preguntó a Edward ignorándome por completo.
— Continuamente —aseguró él con una sonrisa.
Kate también sonrió y negó con la cabeza.
— ¿Dónde estás ahora? —me preguntó—. ¿Estás bien? Si lo necesitas yo podría... bueno quizás no ahora mismo, pero podría hacerme cargo de ti si es necesario.
— Estoy con Jasper en Chicago, él asumió mi tutela cuando Charlie murió —murmuré apesadumbrada.
— ¿No estás bien con él? —preguntó sobresaltada, supuse, que por mi estado de ánimo.
— Estoy bien... perfectamente —susurré lo último mirando a Edward y sonrojándome.
— Eso me deja más tranquila... no supe nada de ti desde que los servicios sociales te llevaron.
— Lo siento, no estaba muy centrada entonces, necesitaba asumir todo lo que estaba ocurriendo, siento haberme olvidado de ti —me disculpé totalmente mortificada.
— No te preocupes, entiendo que no es fácil, fueron demasiadas cosas en poco tiempo —Kate sonrió y palmeó mi rodilla con cariño—, ahora lo que... —fue interrumpida por unos golpes en la puerta y se levantó con una disculpa.
Unos pasitos cortos y rápidos me alertaron de que mis dos pequeños diablillos habían vuelto a casa, miré a Edward y le guiñe un ojo antes de ponerme en pie y esconderme tras la puerta para darles un susto, él solo negó con la cabeza y rodó los ojos.
—... espero que se solucione pronto lo de Cayo —escuché una voz de mujer.
Sabía que estaba mal escuchar conversaciones ajenas, ya era la segunda en veinticuatro horas, pero no pude evitarlo al escuchar el nombre del bastardo que era el padre de las gemelas.
— El abogado no me da esperanzas, Cayo tiene dinero y podrá quitármelas si se lo propone —la voz de Kate sonó temblorosa y asustada, tanto que se me heló la sangre en las venas.
Sin poder evitarlo salí de mi escondite y miré a Kate todavía sin poder creerme lo que había dicho, ella me devolvió una mirada llena de miedo, tanto que hasta yo temblé cuando ella comenzó a hacerlo.
— Muchas gracias por cuidar de las niñas —contestó con voz temblorosa a la mujer que estaba todavía en la puerta.
Me quedé mirando a Kate, la mujer que tanto había adorado. Tenía apenas treinta años si es que llegaba a ellos, pero su aspecto era desgarbado y delgado hasta ser casi enfermizo, su cabello rubio sin brillo y sin vida, su rostro envejecido y surcado por el miedo. No soportaba verla así... no... esa no era la Kate que me abrazaba cuando lloraba escondiéndome de Renée para que no se sintiese mal, no era la que a en ocasiones repartía la poca comida que tenía para que a mí no me faltase de nada.
— ¡Bella! —gritaron Maggie y Mía en cuanto me vieron.
Se abalanzaron abrazando mis piernas y sin poder alejar la mirada de Kate acaricié el cabello rubio de las niñas mientras un nudo se cerraba en mi garganta. Nadie podía hacerle eso a Kate, nadie debía alejarla de sus dos soles, sin sus dos únicos motivos para mantenerse en pie cuando no le quedaba nada. Ella se había esforzado en sacarlas adelante completamente sola, ya que Cayo, uno de los clientes de la cafetería en la que comenzó a trabajar en cuando llegó a Estados Unidos desde un pueblo cercano a Copenhague, la abandonó en cuanto supo que estaba embarazada.
— No quería que lo supieses así —murmuró Kate cuando se acercó a mí—, no puedo hacer nada... él tiene un bufete de abogados y yo uno de oficio. Me las quitará... solo tienen que venir y ver las condiciones en las que están viviendo, pero no puedo darles nada mejor.
No pude hacer más que intentar abrazarla, mientras las dos niñas todavía continuaban aferradas a mis piernas sin apenas permitirme movilidad.
— Yo puedo... buscaré trabajo... te enviaré algo de dinero... y... y podrás encontrar un apartamento mejor... y en un mejor barrio... —comencé a balbucear.
— No puedo aceptar tu dinero cariño, es muy noble pero...
— Kate... no puedo permitir que se las lleven, no... no te las pueden quitar —gimoteé.
— Estoy haciendo todo lo posible por evitarlo, pero...
— También podría hablar con Jasper y que él lleve tu caso, que te defienda, él es abogado, es de los mejores de Chicago, incluso es socio en un bufete —dije atropelladamente.
— Bella... ¿yo...? ¿Qué... puedo hacer algo? —intentó decir Edward colocándose en pie a mi lado.
— ¡Tú puedes ayudarme! —exclamé soltando a Kate y aferrándome a sus brazos—. Tú puedes convencer a Jasper para que ayude a Kate, Edward no... no ... —sentí una lágrima en mi mejilla y él colocó la palma de su mano sobre ella.
— Eh, eh... tranquila princesa... explícame lo que pasa y haré lo que pueda —dijo con voz tranquila.
— El bastardo hijo de pu...
— ¡Bella! —exclamó Kate con los ojos muy abiertos—. Están las niñas, modera tu vocabulario... ¿dónde has aprendido a hablar así?
— Lo siento —murmuré ruborizada levemente y volví mi atención a Edward—, el pa... —bufé— el donador de esperma de la hijas de Kate quiere quitárselas, él tiene dinero y puede hacerlo... Edward tenemos que hacer algo, Jasper tiene que hacer algo. Kate me ayudó mucho cuando Renée enfermó y se lo debo, además no puedo dejar que estos angelitos vivan al lado de alguien tan insensible como el pedazo de cab... —me detuve y miré a Kate con una disculpa— con lo mala persona que es ese hombre.
— Necesito más datos... —murmuró Edward frunciendo el ceño.
Una hora después Maggie y Mía se habían dormido a una a cada lado de mí sobre el sofá. Kate me miraba mientras lloraba en silencio y rezaba con un hilo de voz. Edward hablaba por teléfono con el bufete, contrastando datos y dando información sobre el caso.
— Todo irá bien... —aseguré más para convencerme a mí misma.
— Emmett vendrá en unas horas en el jet del bufete —dijo Edward regresando a dónde estábamos.
— ¿Emmett? Yo creí que Jasper... —pregunté sorprendida.
— Jasper es abogado penalista, Emmett es abogado familiar, es el más adecuado para esto, además... Jazz está México con María —una sonrisa tranquilizadora se posó en sus labios, pero no me tranquilizó, conocía a Emmett y no aparentaba ser un abogado serio y capaz de ganar un juicio—. Confía en él, hace cuatro generaciones que los Cullen nos dedicamos a esto, somos buenos... lo llevamos en la sangre.
— Engreído... —dije bajo mi aliento.
— Te he escuchado —entrecerró los ojos y una sonrisa amenazante se dibujó en sus labios—, con el caso no habrá problemas... ya lo veréis. Emmett es muy bueno y tenemos casi un mes para prepararlo, lo ganaremos —aseguró con convencimiento.
Kate se puso en pie de un salto y rodeó su cintura con sus delgados brazos mientras le daba las gracias entre sollozos.
Unos minutos después Kate me miró y sonrió.
— Todavía no me has dicho a que has venido a Phoenix —dijo con voz tierna.
— Quería ver la tumba de mamá —susurré bajando la mirada.
— Y es mejor que vayamos a comer algo antes de ir... ¿vamos ya? —preguntó Edward.
Asentí y, con mucho cuidado de no despertar a Maguie y a Mía, me puse en pie y tomé la mano que me extendía. Kate volvió a mirar nuestras manos unidas y una pequeña sonrisa curvó la comisura de sus labios.
— Volveremos mañana —le aseguré con una sonrisa.
Acaricié el cabello de las pequeñas y besé su frente antes de girarme hacia Edward y sonreírle.
— Muchas gracias —susurré mientras caminábamos de vuelta hacia el hotel para el almuerzo.
— Haré cualquier cosa que te haga feliz —murmuró pasando un brazo sobre mis hombros y acercándome a su cuerpo.
— En serio... no tenías porqué hacerlo y tú... te has portado genial.
Edward se detuvo y se colocó frente a mí, me sujetó por la cintura y me acercó a él lo suficiente para poder embriagarme de nuevo con su olor.
— No me des las gracias porque no he sido altruista, he pensado más en ti que en esa mujer. Eres una parte de mí, si tú sufres yo sufro viéndote sufrir... y haré lo que sea necesario para ver siempre una sonrisa en tus labios... y si ello incluye ayudar a Kate, lo haré sin objeciones.
Se acercó a mí lentamente hasta fundir sus labios con los míos, un beso lento y tranquilo... sin importarnos si alguien podía vernos, sin preocuparse nada... Edward era maravilloso, me hacía sentir bien en todos los sentidos y eso... eso hacía que cada día lo quisiese más.
Comimos algo y tomamos otro taxi para que nos llevase al cementerio. Durante el trayecto Edward sujetó mi mano y hacía dibujos con su pulgar en el dorso de mi mano para intentar tranquilizarme, ya que no dejaba de morderme el labio inferior y repiquetear insistentemente el pie contra todo lo que podía.
— Todo irá bien —murmuró antes de besar mi sien, cerré los ojos y disfruté del aturdimiento de su cercanía, necesitaba desconectar al menos unos segundos para no volverme loca.
Cuando el taxi se detuvo frente al camposanto se me hizo un nudo en la tráquea, penas podía respirar y mis manos temblaban. La última vez que había visto a Renée estaba más muerta que viva, totalmente consumida en una camilla de aquel hospital. En ese momento, ocho meses después, ya no quedaría prácticamente nada de ella... se había ido.
Mis piernas temblaban mientras avanzábamos por el sendero rodeado de lápidas, seguíamos la dirección que Kate nos había dado, bueno... Edward la seguía y yo caminaba en trance a su lado. Cuando se detuvo no me atreví a alzar la mirada, todo ese tiempo que había estado lejos sabía que mi madre había fallecido, pero no es lo mismo confirmarlo que cerciorarte de ello al ver su nombre escrito sobre el mármol. Un suspiro trémulo abandonó mis labios y Edward, soltando mi mano, pasó un brazo tras mi espalda e hizo que avanzase un paso más.
El verde del césped contrastaba con el negro de mis zapatos, el sol, en lo alto del cielo, me hacía sudar provocando que la ropa se pegase a mí como una segunda piel. Edward acarició mi espalda sobre la fina camiseta de algodón que me cubría y un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
— Estaré contigo si me necesitas —susurró Edward en mi oído.
Negué con la cabeza sintiendo como el nudo de mi garganta se afianzaba más. Él dio un paso atrás soltándose y de repente me sentí muy sola. Con un esfuerzo sobre humano alcé la vista y la clavé en aquel mármol blanco que brillaba con los rayos del sol.
Renée Swan
Podía leerse, como yo imaginaba, en letras doradas. Sentí como mis rodillas flaqueaban, los recuerdos de las tardes que pasamos juntas tiradas en el jardín de nuestra casa simplemente mirando las nubes que surcaban el cielo, las galletas quemadas y los filetes medio crudos, las veces que se despertaba con insomnio y se ponía a ver telenovelas en el canal por cable, o cuando tenía ocho años que me dio la primera charla sobre sexo. Las cenas con comida china mientras veíamos juntas una maratón de capítulos de Friends, los consejos, los te quiero...
Todo eso quedaba atrás... para siempre. No volvería a verla sonreír, aun con los labios agrietados por los medicamentos y los ojos enrojecidos de sufrimiento. No me abrazaría de nuevo, no volvería a bromear y a decirme que me buscaría novio cuando ella ya fuese una anciana y no podría salir con él porque tendría que cuidarla.
Cuando pude darme cuenta estaba de rodillas en el suelo, aferrándome a las briznas del césped como si la vida se me fuese en ello y llorando en completo silencio con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes.
Cuando dejé Forks prometí ser fuerte, prometí no llorar e intentar ser feliz, pero allí, frente a su tumba la promesa no era más que eso... una promesa incapaz de cumplir porque mis fuerzas flaqueaban y no podía evitarlo.
Era mi madre la que estaba allí enterrada, la que había dejado de sonreír y respirar. Era mi madre y yo no tenía más que dieciséis años y la necesitaba como nunca sentí que podría necesitarla antes.
Quería hablarle de Jasper, contarle lo maravillosos que era él y lo zorra que era su novia, estaba segura que me ayudaría a despellejarla si algún día fuese necesario. Quería hablar de Tanya y decirle que por fin había encontrado a una amiga de verdad. Quería hablarle de Edward y preguntarle tantas cosas de todos los sentimientos que me embriagaban cuando lo tenía cerca...
Eran tantos "quería" que se resumían en un solo imposible...
Eso no volvería a pasar.
No podía pasar.
Me sentía tan sola y tan... frustrada. La necesitaba y la vez la odiaba por no poder estar ahí a mi lado... odiaba a esos malditos doctores que no supieron como salvarla, odiaba al sistema porque tuvimos que sacrificarnos para que ella pudiese tomar la medicación que necesitaba... y me odiaba a mí misma por ser tan débil de no soportar si quiera ver su tumba sin echarme a llorar.
— Mamá... —susurré con voz ahogada.
Necesitaba más que nunca uno de esos abrazos que solo ella sabía darme, aquellos que me recargaban las baterías y me ayudaban a sonreír con más ganas. Sentí las manos de Edward sobre mis hombros y jadeé sorprendida mirándolo a los ojos, él me devolvió la mirada un poco preocupado y con una triste sonrisa en los labios.
— Princesa... no quiero meterte prisa, sé que necesitas tu tiempo, pero llevamos aquí una hora —susurró secando las lágrimas de mis mejillas con sus pulgares.
Miré a mi alrededor desorientada, volví a clavar la vista en el mármol blanco y con un suspiro me despedí en silencio de ella. No me quedaba otra opción, no podía esperar que regresase, o simplemente escuchar su voz.
Hice un esfuerzo sobrehumano para tragar las lágrimas, busqué toda mi fuerza de voluntad para que mis músculos obedeciesen y comenzasen a moverse para ponerme en pie y alejarme... y Edward estaba allí, como prometió que estaría...
— Vamos... —murmuré con una sonrisa triste.
Me besó en la frente y pasando una de sus manos por mis hombros comenzamos a caminar cada vez más lejos de Renée.
"Se fue sin más, la vida cruje en su elixir. Se empapa el dolor, de tus cenizas.
No volverán, aquellos días atrás, donde tu alma y mi ser estaban unidas.
Nunca pensé que pudieras marcharte, vuelve, ángel guardián.
Nunca pensé, no escucharte ni hablarte y me rompo y me caigo.
Y no puedo avanzar…" Belén Arjona — Si no estás.
