Capítulo 24
El trayecto en coche se me hizo interminable, Edward no dejaba de mirarme de soslayo y, de vez en cuando, la mano que estaba sobre el cambio de marchas acariciaba mi rodilla sutilmente haciendo que mi cuerpo entero se tensase y las mariposas de la antelación revoloteasen en mi estómago.
Una vez en el edificio, casi me tropiezo al bajar del coche, los nervios me estaban jugando una mala pasada y eso sumado a los altos tacones que llevaba no era muy buena combinación. Caminé tras Edward hasta el ascensor, donde se detuvo para que entrase yo primero y cuando pasé por su lado no me pasó desapercibida la penetrante mirada que recorrió mi cuerpo de arriba a abajo.
Las mariposas de mi estómago decidieron poner el turbo en ese momento, cuando las puertas se cerraron lo vi acercándose a mí como un depredador dispuesto a lanzarse sobre su presa. Antes de que pudiese procesarlo sus labios estaban sobre los míos y una de sus manos acariciaba mi muslo bajo la falda del vestido. Mi corazón se aceleró a un ritmo alarmante y la respiración se me quedó atascada mientras intentaba digerir lo que estaba pasando. Pero mi cuerpo pareció reaccionar antes que yo, mis brazos se alzaron y se enredaron en su pelo, mi espalda se arqueó y mis caderas se inclinaron hacia delante buscando algo de contacto. La mano de Edward que estaba sobre mi muslo ascendió hasta una de mis nalgas y me apretó con fuerza contra el bulto de su pantalón que era más que evidente. Ambos gemimos ante el contacto y rompí el besó buscando aire. Edward comenzó a devorar mi cuello con ansias, mordisqueaba y lamía haciendo que todo mi cuerpo se estremeciese.
— Ropa… —mascullé— necesito ir a por ropa.
— Olvida la ropa —murmuró contra mi cuello dando un lametón en mi yugular y mis rodillas temblaron.
— ¿Mañana… mañana… —reordené mis ideas y volví a gemir al sentir su sexo de nuevo contra mis caderas— mañana que me pondré?
Edward se le alejó de mí solo lo suficiente para mirar mis ojos y me sonrió, esa sonrisa que hacía que mi mundo se tambalease y tuve que aferrarme a sus brazos para no perder el equilibrio en ese momento.
— Yo tengo mucha ropa, seguro que algo te sienta bien —me guiñó un ojo y contuve la respiración—, estarás muy sexy con una de mis camisetas.
Antes de que pudiese objetar nada las puertas se abrieron y fui arrastrada literalmente hasta la puerta del apartamento de Edward, que estuvo abierta en menos de un segundo y mi espalda contra ella del otro lado.
— Edward… —musité casi sin voz al ver como prácticamente se arrancaba la chaqueta que llevaba puesta y se quedaba solo con aquella ceñida camiseta negra.
Mordí mi labio inferior deseando poder mordisquear otras cosas y sentí como mi ropa interior volvía a mojarse de anticipación. Edward era capaz de excitarme con una imagen, una palabra… no sabía si eso era normal o algo extraordinario, pero no lo cambiaría por nada del mundo.
Edward se acercó de nuevo a mí, con esa mirada felina en sus ojos, con su sonrisa de lado brillando tentadoramente y su pelo más revuelto de lo habitual gracias a mis manos. Sin apenas tocarme y con deliberada lentitud, deshizo el nudo que tenía la cinta de mi vestido a la altura de mi cintura. Yo para ese momento, tenía la respiración acelerada y mi corazón amenazaba con explotar. Edward estaba tan cerca que podía oler su perfume, pero él apenas me rozaba mientras ahora buscaba la cremallera del vestido y la bajaba lentamente.
Estaba como paralizada, observando detenidamente las expresiones de su rostro, observando cómo sus ojos pasaron de la mera excitación a la lujuria cuando el vestido descendió acariciando mi piel hasta acabar desparramado en mis pies.
Uno de sus dedos acarició uno de mis costados a la altura de mi cintura, fue una caricia muy sutil, un simple roce que hizo que la piel de esa zona se pusiese de gallina.
— ¿Confías en mí? —su voz sonó suave como el terciopelo, pero había una amenaza implícita en ella. Si contestaba que no, todo acabaría, si decía que sí, lo que mi mente estaba diciendo a gritos, la experiencia podría ser devastadora… devastadoramente intensa y placentera.
— Sí… —contesté con un hilo de voz.
Su sonrisa se amplió y la llama de deseo en sus ojos de hizo más amplia… por un momento sentí miedo al ver su determinación, pero estábamos hablando de Edward, del mismo Edward que me había regalado una pulsera llena de dijes y había revuelto su casa entera buscando mi colgante.
De nuevo demasiado lento, sus manos acariciaron mi abdomen subiendo hasta que llegaron a la altura de mi sostén, el lugar de acariciar mis pechos como yo estaba deseando, delineó esa fina línea que dividía esa estorbosa tela de mi piel hasta llegar al cierre, donde con un movimiento rápido de sus dedos lo abrió y sentí como mis pechos eran liberados al a vez que mi respiración se volvía jadeante.
— Perfecta… —susurró dejando que sus dedos acariciasen esa pequeña extensión de piel que siempre ocultaba el sostén y era más receptiva a las caricias.
Temblé cuando bordeó uno de mis pechos, sin apenas rozarme pero provocándome más que si realmente me tocara. Mis pezones se pusieron erectos y Edward no parecía poder alejar la vista de ellos.
Pude ver casi a cámara lenta como su lengua salía y humedecía sus labios, solo mi simple imaginación fue suficiente para ver esa lengua en otro lugar y tuve que cerrar los ojos ante un latigazo de placer que asoló mi vientre.
Cuando abrí ojos solo pude ver el pelo cobrizo de Edward a la altura de mi pecho y de golpe sentí como su lengua de daba un lametón a uno de mis pezones. Jadeé y me estremecí de la cabeza a los pies, la sensación de frescor que su saliva dejó sobre mi sensible piel me hizo retorcerme desesperada ante la necesidad de más.
Un gemido medio lloriqueo abandonó mis labios y Edward rio contra mi piel.
— Con calma… —susurró— no tenemos prisa.
Que fácil era decirlo para él, que no estaba medio desnudo y totalmente excitado, aunque… ¡oh! Excitado sí que estaba… aquel bulto en su pantalón era enorme y me descubrí relamiéndome los labios al imaginarme lo que haría si pudiese.
— ¿De verdad confías en mí? —volvió a preguntar con suavidad.
Asentí no confiando en mi voz, temía que al abrí la boca un gemido o una sarta de barbaridades brotasen de ella sin que pudiese evitarlo. Oí el susurro de su ropa mientras hacía un rápido movimiento, lo siguiente que sentí fueron sus manos en mis muñecas sujetándolas firmemente. Busqué su mirada esperando una explicación y solo me encontré con aquellos orbes verdes más oscurecidos de lo normal y nublados por el deseo.
— Solo confía en mí —susurró en mis labios dejando un suave beso justo después, pero se alejó cuando intenté profundizarlo y eso me hizo gruñir ganándome una risa ronca de su parte.
Alzó mis brazos por sobre mi cabeza y suspiré… lo que fuese que tenía pensado hacer estaba segura de que no lo olvidaría jamás. Algo suave y firme rodeó mis muñecas, miré hacia arriba sobresaltada, me encontré con la cinta de mi vestido inmovilizándome y abrí los ojos en demasía muy sorprendida.
— Ed… Edw…
— Shhhh —me silenció colocando un dedo sobre mis labios mientras su otra mano todavía sujetaba mis brazos contra la puerta—. Has dicho que confiabas en mí… y sabes perfectamente que no te haré daño.
Su aliento golpeó con delicadeza contra mis labios justo antes de sentir los suyos presionando con fuerza. Los entreabrí para buscar aire pero él aprovechó e introdujo su lengua que comenzó una danza enloquecedora en la que perdí la poca voluntad que pudiese quedarme. Su pecho desnudo… ¿Cuándo se había quitado la camiseta? Realmente no me importaba, su pecho desnudo se apretó contra el mío y gemí contra sus labios cuando pude sentir su piel rozando la mía.
Sus besos descendieron por mi cuello y acabaron una vez más en mis pechos, en el pedazo de piel que dividía uno de otro. Edward los observó tentativamente antes de abarcar uno de ellos con una mano mientras su lengua y sus dientes comenzaron a torturar a mi pezón libre. Gemí y me removí inquieta, si continuaba así me volvería loca, lo que quería era que me llevase a algún lugar, me quitase la ropa y me penetrase sin compasión, ni si quiera yo misma sabía de donde salía toda esa necesidad, pero realmente la sentía.
— Edward… —gimoteé con un hilo de voz.
Él alzó la mirada desde mi pecho, ver mi pezón entre sus labios casi me hace perder el equilibrio, me miró interrogante unos segundos y soltó mi pezón de golpe haciendo que un ligero "plop" rompiese el silencio de su apartamento.
— Por favor… —supliqué cuando simplemente me observó en silencio sin hacer ningún otro movimiento.
Sin decir ni una palabra volvió a enderezarse, pese a mis tacones, todavía tenía que mirar ligeramente hacía arriba para nuestras miradas continuasen unidas. Sujetó de nuevo mis brazos, que continuaban con las muñecas inmovilizas una contra la otra y levemente flexionados sobre mi cabeza, y los pasó por sobre su cabeza para que quedasen rodeando su cuello.
Suspiré antes de sentir sus labios sobre los míos en un beso fugaz y demasiado suave para mi necesidad, pero sonreí al escuchar como rasgaba el envoltorio de un preservativo y como sus pantalones caían desde su cintura hasta debajo de sus rodillas.
— Quería hacerlo lento y especial… pero contigo no se puede —dijo sonriendo de lado y minando el poco autocontrol que poseía en ese momento—, pero ya tendré tiempo después de deleitarme contigo.
Antes de que pudiese procesar sus palabras, una de sus manos viajó hasta la única prenda que cubría mi cuerpo y acarició mi sexo sobre ella. Cerré los ojos y dejé caer mi cabeza contra la puerta dándome un ligero golpe en el proceso. Edward gimió y haciendo a un lado el pequeño tanga negro que me había puesto, me acarició directamente y pensé que me moriría de placer. Había ansiado tanto esa caricia, tanto como el aire para respirar…
— Joder Bella… estás empapada —gruñó antes de lanzarse de nuevo contra mis labios a la vez que uno de sus dedos se introducía en mi interior.
Volví a gemir y mis caderas buscaron más roce desesperadamente, su mano abandonó mi sexo sin avisar y casi me pongo a llorar lo frustrada que me sentí. Pero su brazo rodeó mi cintura y de un solo movimiento me alzó unos centímetros del suelo. Rodeé sus caderas con mis piernas por instinto, perdiendo uno de mis zapatos en el intento, la otra mano de Edward pasó bajo mis nalgas y me elevó nos centímetros más hasta que sentí su miembro en la entrada de mi sexo. Volví a mover las caderas desesperada por más contacto, Edward dejó caer mi espalda contra la madera de la puerta y me penetró de una sola estocada.
Un grito ahogado abandonó mis labios y mis brazos se tensaron en torno a su cuello todo lo que la cinta en mis muñecas me dejó. En la siguiente embestida sentí la necesidad de sujetarme a sus hombros para no quedarme empotrada contra la puerta, pero me encantó esa sensación, ese Edward desatado y superado por la lujuria.
Podía sentir perfectamente como los finos vellos que apenas cubrían su pecho acariciaban mis pezones haciendo que se endureciesen todavía más, podía sentir el sudor que recorría su espalda y que también comenzaba a cubrir mi cuerpo. También podía sentir la desesperación por tocarlo, por abrazarme a él con más fuerza hasta que nos fundiésemos, quería poder marcar su espalda con mis uñas como había visto en alguna película y me había parecido tan exagerado, ahora veía que no, el placer que estañaba acumulando mi vientre en ese momento estaba a punto de hacerme perder la cordura, necesitaba exteriorizarlo de algún modo ya que no podía apenas moverme. Lo único que se me ocurrió fue gemir, gemí todo lo alto que pude ganándome un gruñido de parte de Edward que hizo hervir todavía más mi sangre.
Con cada embestida de Edward dentro de mí era como si los hilos que me aferraban a la realidad se fuesen rompiendo uno a uno, todo a mi alrededor se fue volviendo rojo y abrasador. Tenía la sensación de estar encerrada en un horno, o en mitad del infierno.
Me quemaba…
Me asfixiaba…
Busqué sus labios esperando encontrar en ellos el aire que necesitaba, por el que mis pulmones ardían. Edward contestó mi beso de un modo frenético que me hizo temblar… pero embistió con más fuerza haciendo que mis paredes comenzasen a contraerse en torno a él.
— ¡Sí! —gruñó contra mis labios—. Córrete para mí, Bella —su voz sonó baja, profunda… tan oscura y sensual que no necesité más para llegar al límite.
Cerré mis ojos con fuerza y sentí como si una bomba de relojería explotase en mi interior. Mi boca se abrió jadeando, buscando más aire, mi corazón palpitaba en mis oídos haciendo que me fuese imposible escuchar otra cosa que no fuesen sus atronadores latidos. La sangre hervía en mis venas y casi hasta podía sentirla burbujear en la yema de mis dedos. Fue como si una oleada de placer recorriese mi cuerpo de arriba a abajo y solo dejase a su paso una sensación de calma, serenidad… relajación…
Mi cuerpo perdió toda su consistencia y sentí como Edward, sin salir todavía de mi interior me llevaba a otro lugar, también sentí la superficie fresca y mullida de su cama cuando nos dejó caer ambos de golpe sobre el colchón y sin darme tregua continuó embistiendo en mi interior mientras mis sentidos comenzaban a ponerse alerta de nuevo.
Intenté liberar mis manos, pero suponiendo mis intenciones, Edward las empujó contra el colchón y no me permitió moverme ni un ápice. Con su otra mano se alzó un poco y nuestras miradas se conectaron.
— No te muevas —susurró soltando mis manos.
Obedecí como una niña buena y el salió de mí dejándome con una sensación de vacío indescriptible, pero casi no pude apreciarlo, ya que me sujetó por los tobillos colocando mis piernas en sus hombros y volvió a entrar en mí de un solo golpe.
El nuevo ángulo le permitía entrar todavía más, podía sentirlo casi en las meninges, y eso era malditamente bueno. Me sentía completamente ensartada y rellena como el pavo que había servido Esme en la cena… pero estaba tan jodidamente bien que no pude evitar gemir como loca ante todas las sensaciones que mi sensitivo cuerpo logró procesar.
Los ojos de Edward quemaban sobre los míos, estaba soportando su peso sobre sus brazos estirados, y cada vez que entraba en mí un bufido salía de sus labios mezclado con un jadeo que me puso la piel de gallina.
No tardé demasiado en sentir aquella nueva sensación, todos aquellos nervios concentrados en mi vientre, toda esa vorágine de emociones y sensaciones a punto de explotar. Edward lo sintió y aceleró el ritmo mientras me dedicaba una sonrisa socarrona. Y ¡mierda! Esa sonrisa me hizo arquear la espalda a la vez que gritaba su nombre ante el primer espasmo que casi me hace convulsionar.
Su miembro comenzó a palpitar en mi interior y eso contribuyó a que mi orgasmo aumentase de intensidad y volviese a gritar sin control. Segundos después Edward se dejó caer sobre mí, jadeante, sudoroso. Con sus manos algo torpes buscó el nudo que ataba mis muñecas y me liberó con un solo tirón, salió de mí y después de desechar el preservativo se pegó a mi cuerpo tapándonos con un cobertor.
— Descansa… —susurró casi sin voz— en diez minutos volvemos a la carga.
No pude evitar reír y suspirar mientras me acomodaba en su pecho y cerraba los ojos completamente complacida. Había hecho el amor con Edward tres veces antes de esa, pero nunca me había sentido así, nunca la pasión me había cegado de ese modo. No sabía si era debido al saber que tendríamos varios días para nosotros solos, o si fue por la emotividad de su regalo, o porque esa aura de sensualidad y erotismo que parecía rodearlo siempre, se había vuelto el doble de poderosa y me había absorbido a su mundo dejándome noqueada y a su merced. Pero me sentía bien, incluso más unida a él que nunca.
Quizás debería haberme sentido asustada por el modo tan rudo con el que me trató, pero no era así, podía decir que incluso eso nos había unido más, había hecho lo nuestro todavía un poco más real.
Estaba durmiendo plácidamente, tenía mi cabeza apoyada en una dura almohada pero estaba cómoda y un olor que conocía muy bien se colaba por mi nariz y me hacía suspirar entre sueños cuando un sonido molesto comenzó a hacerse notar más y más. Gruñí y pegué mi cuerpo más al de Edward, el contacto de nuestras pieles desnudas me hizo estremecer, pero todavía estaba algo atontada por el sueño y apenas pude abrir mis ojos para comprobar que había amanecido. Edward se removió cuando el sonido volvió a hacerse notar, deduje que era el timbre de puerta, que para confirmar mis sospechas volvió a sonar haciendo eco en todo el apartamento. No pude evitar gruñir de nuevo cuando Edward se alejó de mí y me dejó completamente sola en su cama.
— Sigue durmiendo princesa —susurró en mi oído dejando un beso en mi sien—, iré a ver quién es y ahora vuelvo.
Me acurruqué más entre las mantas, sintiendo adoloridas algunas partes de mi cuerpo, como había prometido la noche anterior Edward no me dio tregua y volvimos a tener sexo desenfrenado y sin límites, haciendo que ese día tuviese agujetas casi en cada músculo de mi cuerpo, pero no podía evitar sonreír cada vez que un latigazo de un leve dolor me recordaba todo lo que había pasado.
Abrí los ojos observando la habitación de Edward, las paredes granate oscuro estaban iluminadas por algunos tímidos rayos de sol que se colaban entre las cortinas. Sonreí enterrando la nariz en la almohada y aspirando con fuerza el olor embriagante de Edward que estaba impregnado en ella.
— ¿Mamá? —escuché la voz de Edward desde la distancia.
— Hola cariño… he venido a traeros algo de comer, supuse que Bella estaría cansada y como tú y la cocina no os lleváis del todo bien… —la voz de Esme sonaba divertida mientras hacía rabiar a Edward, casi podía imaginarlo poniendo los ojos en blanco y bufando bajito—. ¿Dónde está ella?
— Durmiendo —contestó con seguridad.
— Son las tres… sí que estaba cansada. ¿Tú también estabas durmiendo? —preguntó de nuevo.
— Nos quedamos jugando hasta tarde —contestó Edward y yo no pude evitar sonrojarme… realmente no estaba mintiendo, solo no especificó el tipo de juego que habíamos practicado.
— Esa videoconsola te freirá las neuronas algún día —murmuró Esme.
No pude evitar que una risita silenciosa escapase de mis labios al escucharla regañarlo como si fuese un niño pequeño. Me sentía un poco culpable por estar escuchando su conversación, pero no era como si estuviese escondida detrás de una puerta, no me había movido de la cama y no tenía la culpa de que sus voces se filtrasen hasta allí.
El silencio se hizo presente en la conversación, al no verlos comenzaba a ponerme nerviosa, no sabía si Esme estaba registrando la casa en busca de evidencias de lo que yo y Edward habíamos hecho realmente, si se había ido o que era lo que pasaba allá fuera. Pero no me sentía con fuerza de voluntad para salir de la cama, mucho menos para enfrentar a Esme desnuda o solo con una camisa de Edward ocultando mi cuerpo…
— Está bien… ¿me lo vas a decir de una vez? —la pregunta de Esme me cogió por sorpresa y fruncí el ceño.
— ¿Decirte el qué? —la voz de Edward sonó confundida.
— ¿Quién es ella? —mi boca se abrió y tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no dejar escapar un jadeo.
— ¿Ella? ¿Qué ella?
— Edward… soy tu madre y no puedes engañarme, estas últimas semanas has cambiado y no creo que sea un propósito de año nuevo… así que, no des más rodeos y explícame quien es la chica que te hace estar así.
No fue intencionado, lo juro, fue mi subconsciente que me obligo a hacerlo, y cuando quise darme cuenta estaba junto a la puerta prestando toda mi atención.
— Mamá… no tengo diecisiete años para tener que contarte todo lo que pasa en mi vida —protestó él.
— Pero seguirás siendo mi hijo aunque tengas cincuenta años y una madre no puede dejar de preocuparse por sus retoños, así que ya estás tardando en contarme lo que pasa o te lo sacaré a la fuerza y sabes que no estoy jugando —la voz de Esme en la última frase sonó baja y amenazante, y ahí entendí lo que me había dicho Edward sobre que ella era como la luna, con una cara oculta que no sería agradable ver, Esme enfada era algo que sería bueno evitar.
— Está bien —gruñó—, hay una chica, pero no voy a presentártela ni decirte quien es, solo estamos comenzando.
— ¿Comenzando? Estarás comenzando cariño, pero tienes una cara de enamorado que no puedes negarlo aunque quieras —su voz sonó medio entre la burla y la ternura y no pude evitar una sonrisa boba en mis labios… ¿De verdad Edward estaba tan enamorado? ¿Era tan evidente para las personas que lo conocían?
— Me gusta mucho, ella es… fantástica. Es guapa, inteligente, dulce, me entiende y no me juzga… estoy muy a gusto con ella —en ese momento tenía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar, esperaba que realmente estuviese hablando de mí.
— ¿Y por qué no me dejas conocerla? —preguntó Esme con un gemido—. No puedes ocultarle una chica así al mundo, todos tienen que saber que estás enamorado de ella. ¿Cómo se llama?
— Mamá… —lloriqueó— ya te he contado más de lo que tenía pensando, además… Bella continúa durmiendo y estamos haciendo mucho escándalo.
— Oh… tienes razón, dale un beso de mi parte —escuché como Esme besaba su mejilla—. La comida tienes que calentarla dos minutos en el microondas.
— Sé calentarme la comida al microondas mamá… desde que entré en la universidad que lo hago —se quejó Edward en tono divertido.
— Así estás de flaco… a ver cuándo aprendes a cocinar… —protestó de nuevo Esme.
— Mamá… no empieces de nuevo —su voz sonó derrotada.
— Es que un hombre no puede depender de una mujer toda su vida, estás viviendo solo y comes comida recalentada... eso no es sano.
— Haré lo posible por cambiarlo, te lo prometo.
— Le puedes decir a esa chica que se venga a vivir contigo, seguro que si es tan maravillosa sabe cocinar —dejó caer como una bomba.
— ¡Mamá! —el grito de Edward sonó contenido—. Tenemos una relación complicada, no es tan sencillo.
— ¿Por qué no me cuentas?
— Ya te he dicho que no… —bufó.
— Te desheredaré si no me dices nada —me resultaba extraño ese comportamiento en Esme, que la tenía por una mujer tranquila y sosegada, pero me gustó ver que tras la madre de familia abnegada había una mujer como otra cualquiera.
— No puedes asustarme con eso… ya tengo trabajo propio.
— Sí… de becario… ¿crees que podrás vivir el resto de tu vida con eso? —no pude evitar una risita al escucharla hablar así.
— Vas a despertar a Bella… ¿quieres irte ya?
— ¿Me estás echando?
— No… no… yo solo… ehm… mamá… ¿te invito a que te vayas…? —balbuceó.
— Está bien… me iré, pero porque dejé a tu padre horneando galletas y no quiero encontrarme la casa incinerada cuando regrese. Adiós cariño —se despidió de nuevo y solo escuché la puerta de entrada cerrarse.
Corrí de regreso hasta la cama y me metí bajo las sábanas justo a tiempo, ya que Edward entró en la habitación vistiendo solo unos bóxer y con una expresión difícil de descifrar.
— Siento que mi madre sea tan pesada —se disculpó frunciendo los labios.
— Es tu madre… solo se preocupa —contesté con voz ronca.
Edward sonrió y se volvió a meter en la cama a mi lado, se acercó todo lo que pudo a mí y me envolvió entre sus brazos.
— ¿No tienes nada que decirme? —preguntó en un susurro.
— ¿Buenos días? —contesté con otra pregunta.
Él solo sonrió y comenzó a besarme el cuello, mientras dejaba salir algún que otro gruñido y algún gemido.
— Ed… Edward —logré articular con voz temblorosa.
Se alejó de mí lo suficiente para mirarme a los ojos y sonrió haciendo que todo a mi alrededor desapareciese por completo.
— Gracias por darme la mejor noche de mi vida —susurró contra mis labios justo antes de besarme.
Contesté a su beso envolviendo su cuello con mis brazos y enredando una de sus piernas con las mías, Edward comenzó a reírse y se alejó antes de lo que me gustaría.
— Si no te detienes no saldremos de la cama —lo dijo, yo realmente lo escuché… ¿pero que había dicho exactamente? Comencé a besar su cuello, la suave piel de esa zona se puso de gallina y sonreí ante lo que había conseguido—. Bella… tengo planes para hoy… si no… si no te levantas de la cama no dará tiempo.
— ¿Qué importa? —murmuré contra su piel—. Estoy muy bien aquí —mordisqueé su piel y él siseó entre dientes.
— Bella… no me tientes… —susurró.
Como respuesta volví a morderle y sentí como su mano abarcaba uno de mis pechos y gemí sin poder evitarlo cuando pellizcó mi pezón. Antes de que pudiese asimilarlo lo tenía sobre mí, entre mis piernas abiertas y con una determinación muy clara en sus ojos. Y, adolorida o no, era incapaz de negarme a lo que él pudiese pedirme, aunque en este caso quien forzó el límite fui yo, pero alguna vez tendría que ser.
Edward comenzó besando mi cuello y haciéndome temblar, sus besos descendieron a mis pechos, y entre lametones y mordiscos consiguió que cavase gimiendo y removiéndome bajo su cuerpo. Mis caderas buscaban algún tipo de fricción, sentía mi sexo palpitante y húmedo, tanto que era casi vergonzoso. Uno de sus hábiles dedos se abrió paso entre mis pliegues y me aferré a las sabanas con fuerza cuando me penetró lentamente.
— ¿Sabes lo que le pasa a las niñas traviesas? —preguntó con voz ronca, intenté decir que no pero solo un leve quejido salió de mis labios—. No se puede tentar al diablo y esperar salir victoriosa de ello.
— Edward… —murmuré aunque de nuevo mi voz sonó como un quejido.
— Tranquila Bella… te gustará… aunque yo también lo disfrutaré —antes de que pudiese contestarle sus labios se posaron en mi abdomen haciendo que temblara como una hoja.
— Edward… —musité cuando sus besos descendieron poco a poco hasta que se enredaban en los rizos de mi pubis—. Ed… Edward… —gemí cuando su lengua se abrió paso y comenzó con la exploración.
Varios gemidos incontrolables salieron de mis labios, mientras sus manos asían mis caderas con fuerza para que no las moviese. Su lengua, tan húmeda… tan cálida… estaba haciendo estragos en la poca cordura que me quedaba y la perdí completamente cuando uno de sus dedos me penetró sin aviso.
Mis pulmones se quedaron sin aire y mis dedos se enterraron en su pelo empujando su cabeza más contra mí. Estaba en el paraíso… ¿este era el castigo a las niñas traviesas? ¡Sería traviesa con él lo que me restaba de vida!
Podía comenzar a sentir como todo se acumulaba de nuevo en mi vientre, como el calor arrasaba mis venas y como mi corazón aumentaba el ritmo desesperado, pero cuando estaba justo al borde, Edward se alejó de mí dejándome frustrada y lloriqueando.
— Edward… —gimoteé.
— Has sido una niña traviesa Bella —susurró en mi oído—, ahora tendrás que complacerme tú a mí.
Abrí los ojos para encontrarme con los suyos, y aquella llama de lujuria brillaba en ellos más que la noche anterior.
— ¿Qué…? —intenté preguntar, pero colocó un dedo sobre mis labios y me detuvo.
— Solo haz lo que yo te diga —dijo incorporándose hasta quedar de rodillas entre mis piernas abiertas—. Dame una de tus manos —alcé mi mano temblorosa hasta que la sujetó con la suya y besó mis dedos sin dejar de mirarme—. Sé que te gusta lo que yo te hago, ahora… quiero que te lo hagas tú… —abrí los ojos sorprendida pero por sus sonrisa supe que no estaba bromeando— yo te enseñaré…
Llevó mi mano con la suya hasta mi sexo, donde utilizando mis propios dedos separó mis pliegues y rozó mi clítoris haciendo que me estremeciese. Continuó acariciando esa protuberancia en forma de círculos haciendo que comenzase a gemir pese a la vergüenza que estaba sintiendo.
— Vas muy bien princesa… sigue así… —me apremió— ahora te dejaré sola.
— ¡No! —negué con la cabeza.
— Lo haces muy bien, cariño… yo estaré mirando, no me iré a ningún lugar —susurró con voz dulce al a vez que su mano abandonaba la mía.
Continué acariciándome a mí misma en silencio, un poco más intimidada al hacerlo yo sola, busqué a Edward con la mirada y lo encontré mirándome atentamente, ampliando un poco más mi campo de visión pude ver que él tenía su miembro entre su mano y hacía movimientos ascendentes y descendentes sobre él.
No pude alejar la mirada de allí en ningún momento, e inconscientemente mis movimientos aumentaron de velocidad.
— Un dedo… —jadeó Edward— con tu otra mano… mete un dedo.
Gemí al escuchar el tono de su voz, pero sin dudar un momento y recordando tal y como él lo hacía, busqué mi entrada e introduje un dedo haciendo que mi espalda se arquease. Casi un alarido salió de mis labios y tuve que esforzarme en no cerrar los ojos para no perderme nada de lo que Edward hacía.
Solo la simple visión de su miembro, completamente erecto y entre sus manos, con esas venas fuertes que lo rodeaban y esa punta brillante que te invitaba a probarlo… solo con eso estaba llegando al límite de mis fuerzas, sumado a la expresión de delirio de su rostro y a la oscuridad de su mirada que viajaba de mis manos a mis ojos intermitentemente.
— Más Bella… —gimió— otro dedo.
Hice lo que me pidió y comencé a ver lucecitas de colores, todo a mi alrededor comenzó a arder y hasta por un momento llegué a creer que estaba flotando. Las sensaciones que poseyeron mi cuerpo en ese momento eran conocidas pero a la vez totalmente nuevas ya que era yo misma la que me las proporcionaba. Intenté abrir mis ojos mientras me quemaba y lo que vi me hizo aumentar la temperatura mientras mis dedos bombeaban frenéticamente en mi interior.
Edward tenía los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos y jadeaba mientras no me quitaba la mirada de encima, pude deleitarme con su expresión antes de que cambiase y se distorsionase por completo en una mueca de placer. Un gruñido ronco salió de su pecho y una punzada llegó de nuevo a mi vientre al escucharlo, gemí de nuevo y me dejé caer sobre el colchón derrotada.
Cerré los ojos e intenté recuperar el ritmo normal de mi respiración, y al hacerlo sentí algo húmedo y cálido sobre mi pecho y estómago. Abrí los ojos para comprobar que era y me sorprendí al ver que el semen de Edward había aterrizado sobre mí.
Miré fijamente aquellas manchas sobre mi piel, sin poder evitarlo uno de mis dedos removió la mancha más grande y después lo llevé a mis labios para comprobar su sabor. No era especialmente agradable pero podía soportarse. Edward observó mis movimientos en silencio, evaluando mi reacción y cuando le sonreí como única respuesta solo negó con la cabeza y esa sonrisa torcida que tanto me encantaba se dibujó en sus labios.
— Creo que necesitamos una ducha —dijo con diversión— y como somos consecuentes de nuestras responsabilidades, lo haremos juntos para ahorrar agua —me alzó en brazos y entre risas me llevó de nuevo al baño.
— ¿Sabes que siempre pones la misma excusa? Al final no será creíble —bromeé.
— ¿Alguna vez te la has creído? —negué con la cabeza—. Mejor así, porque solo quiero verte desnuda y mojada.
"Si no estás mi alma se encoje, al pensar que muriendo sin ti, tengo que empezar a vivir" Belén Arjona —Si no estás.
