Capítulo 7

Un gruñido salió de mi pecho y mis manos se cerraron en puños... ¿con qué derecho ella nos hablaba así?

— Jasper está en la sala de juego con mis hijos y mi marido —dijo Esme con educación, pero sin un solo atisbo de la dulzura con la que había hablado a lo largo de la noche.

— ¡Arg! —se quejó María—. Se pasa el día con ellos en el trabajo... ¿también tiene que traérselos a casa también? —preguntó a la nada alzando la mirada.

Intenté ponerme en pie para ir tras ella cuando se encaminó a la sala de juego, pero Alice se colocó a mi lado y tiró de mi brazo para que volviese a sentarme.

— Deja que Jasper lidie con ella él solo —dijo Esme mirándome.

— Pero... —intenté protestar.

— Edward nos contó lo que ha pasado con ella y opino igual que él, como su enemiga tienes las de perder, simplemente ignórala y que Jasper se haga cargo de todo —añadió Alice.

— Pero no puedo simplemente quedarme de brazos cruzados mientras esa furc... —miré a Esme que me miraba reprobatoriamente— basura —sonreí con inocencia—, se salga con la suya, Jasper tiene que ver quien es ella realmente.

— Llevo años intentándolo —habló Rosalie por primera vez desde que estaba sentada allí—, Jasper está cegado por ella, solo queda esperar que dé un paso en falso y se descubra ella sola.

— ¡Pero yo no puedo esperar! —me quejé casi en un grito.

— Pues lo que te queda… no puedes llegar y dártelas Matahari intentando golpear a todo el que no te cae bien —dijo Rosalie mirándome fijamente—, yo también la golpeé un par de veces y no he conseguido nada, ella fue llorándole a Jasper con el cuento, tal y como has hecho tú antes —me miró con suspicacia.

— Pero yo no...

— No importan los motivos —me interrumpió—, lo has manipulado para tu beneficio, no te hace mejor que ella.

— ¿Cómo te atreves? —pregunté poniéndome en pie de un salto—. Jasper es muy capaz de tener sus propios pensamientos sin que nadie tenga que decirle como pensar.

— Estoy de acuerdo con eso... ahora explícaselo a él con María a su lado a ver que te cuenta —Rosalie se puso en pie y pasó por mi lado hacia la salida—. Por cierto... por mucho que me niegue te quedarás aquí, así que...bienvenida a la familia, Matahari —un atisbo de lo que me pareció una sonrisa se asomó a sus labios, pero pudo ser solo producto de mi imaginación.

— Rose tiene razón —añadió Esme—, Jasper en tu contra por culpa de María... —negó con la cabeza.

— Esme, cariño —Carlisle cruzó la puerta de la sala con gesto serio—, se ha hecho tarde, es mejor que regresemos a casa.

— Carlisle tampoco la traga —susurró Alice en mi oído—, creo que nadie en la familia la soporta.

Esme asintió y se puso en pie, la imité y los acompañé hasta la mitad del camino hacia la puerta.

— Me alegro de haberte conocido, cariño —dijo Esme dándome un abrazo—. Eres maravillosa y por favor... escucha a Rosalie, ella habla desde la experiencia, no soportaría ver que Jasper se enfada contigo por su culpa.

— Lo intentaré... —mascullé frunciendo los labios— pero no prometo nada, si me toca mucho las narices...

— Yo me pondré de tu lado —añadió Alice con una sonrisa radiante esforzándose a duras penas desde su tamaño para pasar un brazo por mis hombros—, pero todo tiene un precio.

— ¿Qué? —pregunté confundida.

— ¿Qué numero de zapatos usas? —parpadeó con inocencia y Carlisle y Esme rieron a carcajadas.

— Alice... no hagas bromas cuando yo no pueda escucharlas... ¿de qué voy a reírme entonces? —preguntó Emmett entrando también en la habitación.

— ¿Tú también te vas? —pregunté haciendo un puchero.

— Sí... lo siento, pero alguien ha abierto la jaula de los buitres y me dan alergia —explicó con una sonrisa.

— ¡Emmett! —lo reprendió su madre—. No me gusta que le faltes al respeto a alguien, por mucho que lo merezca es ponerse a su nivel.

Al escuchar a Esme recordé las palabras de Rosalie en nuestro enfrentamiento de un par de horas atrás, ella simplemente me estaba provocando, ella solo insinuaba sin llegar al insulto, esperaba que yo contestase para después contratacar pero nunca poniéndose a mi nivel, siempre quedando un peldaño más arriba en saber estar y elegancia. Claro, todo eso hasta que se vio amenazada y ella también me lanzó los cuchillos. Me pareció un detalle importante que guardaría en mi memoria para un futuro.

— ¿Al... te llevo a tu casa o has traído tu coche? —preguntó Emmett mirando a Alice fijamente.

— Mi coche está en el taller —contestó haciendo un puchero—. ¡Ya lo sé! —lo interrumpió alzando una mano abierta en cuanto abrió la boca—. Pero esta vez no ha sido mi culpa, ¿a quién se le ocurre poner una boca de incendios en frente de un escaparate de Gucci? Es obvio que me empotraré contra ella por mirar los bolsos que han puesto de oferta para navidad.

Todos estallamos en carcajadas y en ese momento fue cuando me percaté de la presencia de Edward al lado de Emmett ¿cuánto tiempo llevaba allí?

— Bueno... —suspiró Esme— despídenos de Jasper si lo ves esta noche, si no mañana lo llamaré para explicarle lo sucedido. Dame otro abrazo pequeña —se acercó de nuevo a mí me envolvió en sus brazos, aquella sensación de paz que me embargó la primera vez se repitió, pero más intensa en esta ocasión.

— ¿Nos vemos mañana en la oficina cuando salgas del instituto? —me preguntó Emmett alzando una ceja—. Tienes que enseñarme como das los ganchos de derecha... tienes mucha fuerza en esos bracitos tan flacos, es inexplicable —sonreí y él me acompañó marcando aquellos perfectos hoyuelos en sus mejillas—. Al... ¿nos vamos? —le preguntó.

Ella asintió y echó a correr, en cuanto estuvo a su lado dio un salto y se subió a su espalda, ambos se fueron riendo hasta que desaparecieron al otro lado de la puerta.

— Espero volver a verte pronto, cariño —dijo Esme tomando una de mis manos—. Por lo pronto este viernes irás a cenar a casa, Edward... ¿la llevarás? —preguntó mirando a su hijo.

— No lo dudes —afirmó él con una sonrisa colocándose a mi lado y pasando un brazo de nuevo sobre mis hombros—, no perteneces a la familia Cullen hasta que no has compartido una cena en la casa familiar de los Cullen, lo de esta noche ha sido solo el aperitivo.

— Allí estaré —aseguré sonriendo—, no me lo perdería por nada del mundo.

Esme y Carlisle también se fueron, Edward y yo nos quedamos a solas y en cómodo silencio. Su brazo todavía seguía sobre mis hombros y podía sentir como cada segundo una corriente eléctrica nacía en su cuerpo y se pasaba al mío, haciendo que mis rodillas temblaran. El tiempo pasaba y pasaba y comenzaba a cansarme de estar en la misma posición sin moverme, pero la sensación de tener su cuerpo pegado al mío compensaba cualquier tipo de cansancio, además, su olor se colaba en mi nariz nublando mis sentidos y apenas era consciente de lo que nos rodeaba.

— ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó en un susurro rompiendo el silencio.

— No lo tengo muy claro... ¿por qué? —miré de reojo y él tenía la mirada clavada en mí.

— Si quieres... podemos ir al gimnasio para que des unos cuantos golpes —sonrió—, habría disfrutado mucho viendo como le rompías la nariz a Rosalie, es mejor que practiques por si vuelves a tener la posibilidad.

Una sonrisa se dibujó en mis labios.

— No me importaría practicar un poco... pero con esta ropa y estos zapatos no creo que pueda moverme muy bien —dije estirando un poco mi blusa para enfatizar más mis palabras.

— Bueno... —frunció los labios— ¿no se te ocurre nada que podamos hacer juntos? ¿Qué te apetece?

— ¿Tu no vas a unirte a la estampida? —pregunté con curiosidad—. No sé que tendrá esa mujer que en cuanto llega todo se van.

Edward sonrió y comenzó a caminar arrastrándome con él ya que todavía tenía su brazo sobre mis hombros.

— No quiero dejarte sola, si María intenta algo quiero estar cerca —susurró mirándome de reojo.

— Puedo cuidarme sola —refunfuñé.

— No lo dudo, pero no quiero que te enfrentes sola contra esa...loca, sus reacciones son demasiado impredecibles —explicó.

— ¿A dónde vamos? —pregunté cuando comenzamos a subir las escaleras.

— No preguntes y solo ven conmigo —su brazo bajó de mis hombros a mi cintura y me empujó un poco más cerca de su cuerpo. Mi respiración se entrecortó y estuve a punto de soltar un vergonzoso jadeo ante el escalofrío que me recorrió la espalda.

Subimos hasta el ático, que estaba en el segundo piso, el que el primer día Sue me había mostrado, entramos en una de las dos habitaciones, ya que el techo en pendiente no daba opción a más y Edward abrió las puertas mostrando una perfecta sala de cine. Ya la había visto una vez, pero me quedé igual de sorprendida que la primera.

Era amplia, en el fondo, donde estaba la parte más baja del techo, estaba todo repleto de estanterías llenas de DVD de películas de todos los tipos y épocas. En la pared frente a esa, había una tremenda pantalla blanca a la que se enfocaba un proyector, a un lateral había un mini bar y una pequeña nevera y justo en el centro un enorme sofá rojo sangre de tres plazas, pero que cabrían cinco personas en el perfectamente, a cada lado del sofá había una mesita, en una de ellas había varios mandos a distancia y la otra estaba vacía y por último, coronando el suelo una enorme alfombra dorada tan mullida que invitaba a tumbarte sobre ella.

Edward me llevó a empujones hasta el enorme sofá, me ayudó a sentarme y después se fue hacia el mini bar, lo oí trastear y segundos después se sentó a mi lado y me extendió un vaso con refresco.

— Lleva un poquito de ron, pero no se lo cuentes a nadie —me susurró a la vez que me guiñaba un ojo.

— Gracias —una sonrisa estúpida se colocó en mis labios y probé un poco de la copa que me había servido, sabía básicamente a refresco, pero tenía un punto amargo que deduje casi al instante que sería por el ron.

— ¿Qué te apetece ver? —preguntó mirándome de reojo mientras bebía de su vaso, era un líquido ámbar en el que había dos hielos flotando—. Creo que Jasper tiene todo tipo de películas, mira las que hay y pon la que más te guste.

Dejé mi copa sobre una de las mesitas y me puse en pie para rebuscar alguna películas entre las cientos que había en las estanterías. Miré varios títulos, pero algunas no las conocía y otras no me apetecía nada verlas.

— ¿Necesitas ayuda? —pregunto Edward en un susurro demasiado cerca de mi oído.

Cerré los ojos ante el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo y los vellos de mi nuca se pusieron de punta.

— No... no... no me decido —tartamudeé.

— Deja que te ayude —volvió a susurrar. Pasó un brazo sobre mi cabeza y cogió un DVD que estaba en el último estante— ¿Qué te parece... El club de los poetas muertos? —preguntó poniéndose a mi lado para poder mirarme.

— ¿No es un poco aburrida para estas horas de la noche? —pregunté frunciendo levemente el ceño—. Puede que me quede dormida.

— Correremos ese riesgo —sonrió—. Ven... —tiró de mi brazo y volvió a llevarme hasta el sofá, él se acercó al proyector y metió el disco en el lugar correspondiente, mientras lo hacía volví a darle un sorbo a mi refresco. Volvió y se sentó a mi lado—. ¿Palomitas? —preguntó, a lo que negué con la cabeza y le di otro sorbo a mi copa.

Edward puso el DVD en marcha y casi por arte de magia las luces bajaron haciéndose más suaves. Mientras pasaban los créditos Edward me agarró por los tobillos y puso mis piernas sobre sus rodillas, lo miré con la boca entreabierta y totalmente sorprendida, era increíble la sensación que dejaban sus manos sobre mi piel, ardía, estaba por apostar que allí dónde me tocaba quedaba su marca grabada a fuego.

Con deliberada lentitud me quitó los zapatos uno a uno y los dejó caer al suelo provocando un sonido seco. Sus manos comenzaron a acariciar mis pies y di un respingo ante la sorpresa, él miró interrogante, en la penumbra de la habitación sus ojos parecían negros y tenían un brillo que no supe muy bien como descifrar.

— Tengo cosquillas —susurré con voz trémula.

— Tendré cuidado —susurró sonriendo de lado y haciendo que mi corazón diese un brinco.

Mientras Edward masajeaba mis pies tenía la mirada clavada en la pantalla, era incapaz de mantener mi atención más de cinco segundos en aquella maldita película y eso que me gustaba, era de mis favoritas, pero los dedos de Edward haciendo suaves movimientos en mis pies me desconcentraban hasta tal punto que no sabía realmente donde estaba.

Cada pocos minutos bebía de mi copa, tenía la garganta reseca por todas las sensaciones que provocaban las simples caricias de Edward en mis pies, ¿cómo era eso posible?

— Mañana tienes clase —aseguró en un susurro.

Desvié mi mirada de la pantalla donde fingía prestar atención y lo miré a él, mi cabeza dio vueltas por lo que supuse que el poco ron que Edward había añadido a refresco me había afectado, pero no lo suficiente para que percatarme de que tenía sus ojos clavados en mí y la intensidad con la que lo hacía me puso nerviosa.

— Sí... —musité.

— Es un poco tarde —concluyó.

— Pero... la película... está interesante —protesté no queriendo separarme de él tan pronto, aunque realmente no sabía muy bien porque, pero no quería que se fuese ya.

— Bella... es tarde, mañana será otro día —insistió.

— Pe... —colocó un dedo sobre mis labios y me silencio.

— A dormir —dijo una vez más.

Suspiré derrotada y asentí. Edward detuvo la película y las luces subieron de intensidad provocando que entrecerrase los ojos y casi no pudiese ver. Iba a ponerme en pie cuando sentí sus brazos en mi cintura y como mi cuerpo se alzaba en el aire.

— ¡Edward! —grité sobresaltada aferrándose a su cuello para no caer—. ¿Qué haces?

— Estás descalza y el suelo muy frío, no quiero que te enfermes —dijo mirándome directamente a los ojos.

Bajó las escaleras conmigo en brazos como si realmente solo pesase dos gramos. Él no parecía cansado, bajó los escalones uno a uno a velocidad quizás demasiado lenta, no era capaz de procesar nada más que sus mano izquierda tocando mi muslo desnudo, la electricidad que procedía de su mano y que se liberaba por todo mi cuerpo me tenía totalmente atontada. Mi cabeza daba vueltas todavía, por lo que la dejé caer sobre su hombro con mi nariz enterrada en su cuello. Me sentía como flotando en una nube y el olor de su loción envolviéndome en el aire que nos rodeaba me atontaba todavía más de lo que ya me tenía el alcohol.

Antes de lo que hubiese querido, y lo que me hubiese gustado, llegamos a mi habitación que tenía la puerta entornada, Edward la abrió con un pie y se internó en ella hasta dejarme sobre la cama, se sentó a mi lado y suspiró.

— Mañana estaré aquí la siete y media —dijo con una sonrisa sin dejar de mirarme a los ojos.

— ¿Por qué? —pregunté confundida.

— Soy el chico de los recados... ¿recuerdas? —sonrió y sus ojos se achicaron—. Jasper tiene una reunión importante a primera hora y no puede acompañarte al instituto.

— Pero... puedo ir sola... —protesté.

— No conoces Chicago, no tienes coche y Jasper solo tiene un chofer... —relató.

— Eso no son inconvenientes, existe el transporte público o los taxis —refunfuñé.

— ¿Te da vergüenza que te vean con alguien tan mayor? —preguntó divertido pero sus ojos mostraban seriedad.

— Tú no eres mayor... tienes solo veinticuatro, en seis... —me detuve a pensar pero mis neuronas estaban más embriagadas que yo— no, en ocho años tendré tu edad... eso pasa muy rápido —hice un gesto con la mano para restarle importancia y Edward la capturó en el aire haciendo que mi respiración se detuviese de golpe.

—Me alegra que pienses así —susurró mirándome fijamente.

Pasaron unos segundos en los que no nos movimos ni un ápice, hasta que sentí como mi cabeza daba vueltas mucho peor que antes y cerré los ojos con fuerza.

— Respira, Bella —dijo divertido.

Tomé aire con un fuerte jadeo y me dejé caer de golpe sobre la almohada, Edward tardó solo unos pocos segundos en moverse y colocarse justo al lado de mi cadera, inclinándose un poco hacia delante entró en mi campo visual y sonrió.

— Nos vemos en unas horas —susurró—, que descanses —se acercó a mí lentamente, tanto que creí que lo hacía a cámara lenta.

Sus labios se veían brillantes, como si acabase de humedecerlos en ese mismo instante me maldije por perderme tremendo espectáculo, le lengua de Edward acariciando sus labios debía de ser algo digno de ver. Mi estómago de cerró y mis manos comenzaron a temblar, me aferré a la colcha que cubría la cama cerrando mis puños con fuerza para detener los temblores, pero no funcionó como esperaba. Edward estaba cada vez más cerca y yo cada vez más nerviosa y sin saber muy bien qué hacer ni lo que él pretendía... ¿me besaría? "¡No Bella! ¿Cómo va a besarte? Te ve solo como a una niña" gritó mi conciencia.

Cuando Edward estuvo prácticamente sobre mí, inhalé profundamente y su olor inundó mis pulmones una vez más obligándome a cerrar los ojos, su respiración chocó contra mi mejilla provocando un leve cosquilleo, esperaba sentir el roce de sus labios, pero solo su nariz me rozó haciendo que casi jadeara. Un cosquilleo fuerte y abrasador comenzó a formarse en la parte baja de mi estómago, un sudor frío cubrió mi espalda y tenía los ojos cerrados con tanta fuerza que comenzaba a ver lucecitas de diferentes formas y colores.

Los labios de Edward rozaron primero mi mejilla y dejando un par de besos hasta que finalmente se detuvieron en la comisura de los míos durante unos segundos. Mi corazón se saltó dos latidos y respiración se volvió errática. Sentí la ausencia del cuerpo de Edward sobre mí y abrí los ojos, en cuanto lo vi a mi lado, sonriendo de lado y pasándose una mano por sus desordenados cabellos mis mejillas de cubrieron de un rojo cereza que sería visible a kilómetros.

— Buenas noches —dijo una vez más.

— Bue... buenas... buenas noches —balbuceé.

— Que sueñes bonito —recolocó un mechón de mi cabello tras mi oreja y sin perder la sonrisa se puso en pie y caminó hacia la puerta.

Me enderecé apoyándome en mis brazos para mirarlo y justo antes de que saliese, se giró nuevamente para mirarme una vez más y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Me dejé caer sobre la cama y suspiré... ¿qué me había pasado? Pasé una mano por mi cabello y esta todavía temblaba.

Cerré mis ojos e intenté respirar profundamente para tranquilizarme, conseguí que mi respiración volviese a su estado normal, mi corazón latió más despacio pero su ritmo todavía era un poco más acelerado de lo habitual, el problema era aquel cosquilleo en mi estómago que no parecía mitigarse.

Me puse en pie y me dirigí a mi baño para darme una ducha a ver si así me relajaba del todo. Pero media hora después, estaba tumbada en mi cama, con mi cabello todavía húmedo y aquel cosquilleo en mi vientre que no cesaba por más que lo intentase.

¿Por qué la cercanía de Edward y sus actos me hacían reaccionar así? ¿Qué era todo eso que sentía en cuanto estaba cerca? No entendía nada... y con ese pensamiento me quedé profundamente dormida, con Edward como único protagonista de mis sueños.