Capítulo 8

Fue una noche demasiado larga, me desperté varias veces después de soñar con el casi beso de Edward y otras cosas que prefiero no recordar. Finalmente tendría unas oscuras ojeras bajo mis ojos al día siguiente, pero sin saber muy bien como caí en un profundo sueño.

No sé exactamente el tiempo que había dormido cuando sentí un cosquilleo en mi cuello, era como si algo frío me estuviese rozando. Me removí entre las mantas y enterré mi cabeza bajo ellas. Me pareció oír la risa de Edward pero se lo achaqué a mi adormilamiento y a la falta de sueño, seguro que eso afectaba a mi imaginación.

Pero una fuerza que no esperaba me sacó las mantas de encima y me encogí de frío, me enderecé sobresaltada dispuesta a atizarle una buena patada en el culo al culpable o la culpable de semejante atrocidad y me quedé paralizada viendo los ojos verdes de Edward.

— En veinte minutos tendrás que estar entrando por la puerta del instituto —dijo con una sonrisa.

Mi cabeza se inclinó un poco hacia la izquierda mientras procesaba que él, el culpable de mi falta de sueño, estuviese en mi habitación después de la noche que había pasado.

— ¿Qué haces aquí? —susurré con voz ronca.

Edward volvió a reír y la cama vibró con su carcajada.

— Me encantaría secuestrarte toda la mañana, pero yo tengo que trabajar y tú tienes clase... —dijo frunciendo los labios para evitar volver a sonreír.

— ¿Clase? —pregunté con los ojos entrecerrados.

— Sí, pequeña... —en esa ocasión sí que sonrió y me quedé más embobada todavía mirándolo— te quedan poco más de quince minutos.

— ¿Para qué? —pregunté aturdida.

— Clase... instituto... —dijo abriendo sus ojos en exceso como si fuese lo más obvio.

Mi mente decidió conectarse en ese momento y me puse en pie de un salto, olvidándome completamente de su presencia en mi habitación abrí el armario y busqué el uniforme que había dejado perfectamente colgado el día anterior.

Me quité la camiseta de Charlie que utilizaba de pijama quedándome en ropa interior y comencé a colocarme las medias casi cayéndome en el proceso, intenté enderezarme pero mi equilibrio decidió abandonarme en ese momento y sentí como mi cuerpo caía hacia el frío y duro suelo sin que pudiese hacer nada para evitarlo. Pero sorpresivamente unas manos en mi cintura me sujetaron antes de que fuese demasiado tarde. En ese momento recordé la presencia de Edward en mi habitación y mi parcial desnudez, por lo que di un salto hacia atrás y me escondí literalmente dentro del armario.

— ¿Bella? —preguntó él con un deje de diversión en su voz—. ¿Qué haces?

— ¡Vete! —casi chillé—. ¡Estoy casi desnuda!

— Lo sé —rio sin ningún signo de vergüenza—, pero acabo de verte, no estás escondiendo nada nuevo.

Mi cabeza se asomó entre un par de vestidos y Edward estaba en pie frente al armario, vestido con un traje gris y una camisa azul con los primeros botones desabrochados, estaba apoyando su peso sobre un solo pie y tenía una de sus manos apoyada en su cadera. Creo que me quedé demasiado tiempo mirándolo porque volvió a sonreír y se rascó la barbilla algo avergonzado.

— Bella, termina de arréglate, iré a hablar con Sue para que te prepare algo rápido que puedas comer de camino —se dio media vuelta y salió del a habitación.

Me quedé unos segundos medio alelada mirando la puerta por donde había desaparecido, hasta que recordé que tenía pocos minutos para llegar al instituto. Me vestí apresuradamente y dejando mi cabello como caso perdido, lo sujeté en un moño con algunos mechones desordenados.

Bajé las escaleras la velocidad de la luz, Edward estaba esperando con la puerta abierta y mi mochila y mi abrigo en una mano, Sue estaba a su lado, tenía un jugo de brick y un par de tostadas preparadas para mí... menos era nada.

— Gracias Sue —espeté casi arrancándole la comida de las manos y dándole un enorme mordisco a mi tostada—, nos vemos después— añadí con la boca llena.

Edward me abrió la puerta de su coche y entré en él justo después de ponerme mi abrigo sobre el uniforme.

— Tenemos ocho minutos para llegar —dijo colocándose el cinturón de seguridad.

— Llegaré tarde —gemí—, es mi segundo día y ya voy a llegar tarde.

— Hieres mi ego —se quejó con fingido dolor—, nos sobrarán... —pareció pensárselo— tres minutos... como muy poco solo dos.

— Permíteme que lo dude —dije divertida.

— Veremos —susurró guiñándome un ojo y quitando un copo de nieve que se había quedado enganchado en mi flequillo.

Sin previo aviso encendió el motor y pisó el acelerador a fondo haciendo que las ruedas chirriasen contra el pavimento. Del susto dejé caer mi brick de jugo intacto y casi me atraganto con el último pedazo de tostada que estaba masticando. Mis manos se aferraron al asiento de cuero y creo que la forma de mis uñas quedo grabada en él, mi cara de velocidad debió de resultar graciosa porque en un momento dado Edward, después de mirarme fugazmente, comenzó a reírse.

— No pasará nada —aseguró volviendo a mirarme.

— Ojos en la carretera —dije con voz temblorosa.

— Cogeremos un atajo —giñó un ojo de nuevo y yo no sabía si hiperventilar por lo que no dejaba de hacer o continuar aterrada porque los coches a los que adelantábamos solo eran borrones que dejábamos atrás.

Antes de que pudiese darme cuenta el coche frenó en seco en la puerta del instituto llamando la atención de algunos alumnos que todavía no habían entrado.

— Nos han sobrado dos minutos y treinta y ocho segundos —dijo comprobando su reloj de pulsera.

— Recuérdame que no vuelva a subir contigo a un coche si estás tras el volante —susurré mientras intentaba encontrar a tientas el jugo bajo el asiento.

— Creo que lo tienes difícil —chasqueó la lengua—, he de infórmate de que tendré que recogerte luego ¿podrás soportarlo?

— Haré un esfuerzo —murmuré rodando los ojos.

— Te espero a las cuatro —dijo mirándome intensamente.

Parpadeé repetidas veces para no caer en el embrujo de sus ojos y suspiré.

— Aquí estaré —musité.

Abrí la puerta y cuando estaba a punto de bajarme, Edward tiró de mi brazo para atraerme hacia él y besó mi mejilla.

— Sé una niña buena e intenta no golpear a Lauren... —dijo divertido.

Alcé una ceja desafiante y él sonrió ampliamente.

— Haré lo que pueda... que no será mucho, esa chica es... —fingí estremecerme.

— Al menos... si vas a hacerlo déjame estar cerca para grabarlo, a Emmett le encantaría ver eso —rio.

Gruñí y bajé del coche, cerré la puerta y me encaminé hacia las escaleras, allí estaba Tanya con su hermana esperándome ambas con una sonrisa.

— ¿Ese era el coche de Edward Cullen? —preguntó Irina a lo que yo asentí.

— ¿Edward Cullen te ha traído? —preguntó Tanya con los ojos muy abiertos.

— Sí —susurré con el ceño fruncido temiendo una sarta de adulaciones como las que Lauren tendría preparadas.

— Lauren echará humo por las orejas —se carcajeó Irina.

— Que pena que no lo haya visto... —Tanya hizo un puchero.

— Me vio ayer cuando vino a recogerme —dije con inocencia.

— ¿Viene a traerte y a recogerte? —preguntaron casi a coro.

— Jasper está ocupado y él es su... subordinado, por así decirlo, además, somos amigos, me está ayudado a adaptarme —expliqué.

Tanya me sujetó del brazo y me arrastró a lo largo del pasillo despidiéndose de su hermana con un gesto de su mano.

— ¿Sois... amigos? —me preguntó remarcando cada palabra.

— Sí... ¿qué pasa? —inquirí confundida.

— ¡Eres amiga de Edward Cullen! —casi chilló haciendo que varias miradas se clavasen en nosotros.

— Tanya no es tan extraño, Jasper está muy unido a su familia y es obvio que tengamos contacto —me excusé.

— ¿Qué tipo de contacto? —sus cejas estaban alzadas y tenía un brillo de ansiedad en sus ojos.

— Con... contacto... él me ayuda a sobrellevar a la "novia" de Jasper que es como un grano en el culo, el otro día me acompañó de compras y ayer... —mis mejillas enrojecieron— ayer vimos una película juntos.

— ¿Qué tipo de película? —su voz sonó ansiosa.

— Una muy normal... El club de los poetas muertos.

— ¿Y no habéis hecho nada más... que ver una película? —me preguntó casi en un susurro.

El recuerdo de su beso de buenas noches acudió a mi mente y mis mejillas enrojecieron todavía más.

— N... n... no —tartamudeé.

— ¿Seguro? —insistió.

— Tanya... Edward es ocho años mayor que yo, ¿en qué mundo paralelo alguien como él se fijaría en mí? —pregunté apuntando lo más obvio.

— ¿Qué tienes tú? —preguntó frunciendo el ceño.

— Soy solo una niña a su lado —susurré entrando en la clase de filosofía y después sentándome en la silla libre al lado de ella.

— Tú no eres una niña Bells... mira, yo he perdido dos años de clase por una enfermedad y soy dos años mayor que tú y todas estas niñatas, pero para mí no eres una niña si te comparo con Lauren o con Jessica... —comenzó a explicar— ellas sí que les falta un par de primaveras para poder aparentar la edad mental que deberían. Pero tú Bella, tú incluso pareces mayor que yo, no por tu aspecto si no por cómo eres en tu cabeza. No sé cómo ha sido tu vida hasta que has llegado aquí, pero estoy por apostarme hasta mi coche, y eso que apenas nos conocemos desde ayer, que eres mucho más madura —hizo un gesto de su mano abarcando todo a su alrededor—, que todas estas niñas juntas.

La miré con la boca entreabierta por lo que acababa de escuchar y sin saber muy bien que decir. Me había dejado descolocada con su argumento, no encontraba las palabras exactas y mucho menos mi cerebro era capaz de procesarlas.

— Si yo soy capaz de ver eso en solo unas horas a tu lado, imagina lo que ha podido ver Edward siendo tu "amigo" durante los días que llevas en Chicago —añadió en un susurro porque el profesor ya había entrado en el aula.

— ¿Qué quieres decir con eso? —pregunté en un susurro yo también.

— He visto ese besito de despedida que te ha dado, ok, fue en la mejilla pero seguro que no ha sido el primero por muy pegada que te haya dejado —dijo con una sonrisa maliciosa—. Edward Cullen no va repartiendo besitos por ahí, desde que lo conozco es la primera vez que lo veo actuar así.

— No sabes lo que estás diciendo —mascullé molesta—, me verá como su hermana ya que es amigo de Jasper, además... él mismo me dijo que no se enrollaba con niñas cuando le pregunté si había tenido algo con Lauren.

— Volvemos a lo mismo —rodó los ojos—, eso lo dijo hablando de Lauren, no de Isabella... ¿Cómo era tu apellido? —se me escapó una risita nerviosa ante su gesto de frustración—. ¡Ah claro! Swan, como tu hermano —sonrió.

— ¿Quién? —pregunté confusa.

— Jasper... tu hermano ¿no me habías dicho que era tu hermano? —sus ojos se entrecerraron.

— Ah... sí, claro... es mi hermano —confirmé incómoda.

Ella frunció el ceño mientras analizaba mi gesto y la conversación se quedó ahí porque el profesor llamó la atención de toda la clase.

Cuando el timbre que indicaba el final de la clase sonó, salí del aula despidiéndome de Tanya, me encaminé al lado contrario al que se dirigía ella, la única clase que no compartíamos y la que terriblemente compartía con Lauren. Un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de que tendría que compartir con ella los próximos cincuenta minutos y fui a mi taquilla a buscar la ropa de deporte que Edward había colocado en mi mochila esa misma mañana. Volví a sonrojarme recordando todo lo que había pasado la noche anterior y las palabras de Tanya... esa chica estaba realmente loca... ¿Edward interesado en mí? Bufé y negué con la cabeza.

Fui hacia el vestuario de las chicas y me cambié con el pequeño short y la camiseta ajustada que dejaba tan poco a la imaginación. Por suerte, era una profesora la que impartía las clases y no tendría que soportar miradas lujuriosas sobre mí o sobre cualquiera de mis compañeras. Mientras caminaba rumbo al gimnasio intentaba estirar un poco mis short y maldecía al culpable de diseñar esos malditos uniformes, estaba segura de que había sido un hombre y uno muy frustrado sexualmente para hacer que niñas de dieciséis años se vistieses así.

— ¡Issie! —escuché en un grito justo al entrar en el gimnasio.

Mi cuerpo quedó congelado y cerré los ojos con fuerza esperando que fuese tan solo un sueño.

— Venga Iss, te he guardado un lugar a mi lado —continuó gritando Lauren.

La ignoré completamente y me senté en las gradas todo lo más alejada de ella que pude. Solo pensar en su nombre me daba escalofríos, no podía ni imaginar lo que pasaría si tuviese que sentarme a su lado y escuchar su voz estridente durante los próximos cincuenta minutos... ah no, ya solo quedaban cuarenta y cinco.

— Hola —oí la voz de un chico que me sacó de mis pensamientos. Giré mi cabeza hacia el sonido de esa voz y me encontré con un par de ojos azules que me miraban fijamente—. Isabella ¿cierto? —preguntó, lo miré de arriba a abajo, parecía alto, pese a estar sentando a mi lado, era rubio y no era flaco, pero tampoco tenía músculos como Ed...— Me llamo Mike Newton —se presentó extendiendo su mano hacia mí.

Miré su mano fijamente durante unos segundos y después volví a mirarlo a los ojos.

— Isabella Swan —dije en un murmullo pero sin tocar su mano, algo en él no acababa de convencerme del todo.

No tardé en sentir varias risas desde el otro extremo de las gradas, miré hacia allí y un grupo de chicos nos miraban y se reían entre ellos. Mi ceño se frunció y miré a "Mike" con los ojos entrecerrados.

— ¿Los conoces? —pregunté en un gruñido señalando con un movimiento de cabeza hacia el grupo de chicos.

— S... sí... —balbuceó— son mis amigos.

Bufé y me crucé de brazos, estúpidos niñatos. ¿De qué mierda se estaban riendo? Estaba por levantarme y acercarme al grupo de "niños" y dejarles claras un par de cosas cuando una mano morena agarró a Newton por la camiseta y lo alzó en el aire como si solo pesase dos gramos.

— No molestes —gruñó una voz ronca.

Busqué al dueño de esa voz y me encontré con un chico alto, incluso podría decir que casi tanto como Edward, parecía fuerte aunque su gesto era infantil. Tenía el pelo corto y negro, sus ojos marrón oscuro relampaguearon mientras miraba a Mike fijamente y sus labios se separaron lentamente mostrando sus blancos dientes, que contrastaban con el color tostado de su piel.

— Dile al gallinero que te acompaña que si quieren reírse a costa de alguien que se miren al espejo, tendrán el trabajo solucionado —masculló acercando tanto su cara a la suya que sus narices se rozaron.

Sentí como comenzaba a enfadarme, yo podría haberme hecho cargo de cualquier problema que hubiese tenido con Newton o con cuarenta como él, no necesitaba que un adolescente hormonado con ínfulas de súper héroe me salvase pensando que era una damisela en apuros.

Newton echó a correr como un cachorrito asustado con el rabo entre las piernas, me puse en pie y encaré a mi "salvador" para darle las "gracias", aunque creo que mi gesto no le agradó del todo porque me miró de un modo extraño.

— ¿Estás bien? —preguntó con evidente preocupación.

— ¡Por supuesto que estoy bien! —espeté—. No era necesario que actuases como Clark Kent para salvarme, tenía controlado a ese baboso.

— Pero yo pensé... —intentó excusarse.

— Me da igual lo que hayas pensado —lo interrumpí—, no te había pedido ayuda y puedo cuidarme bien solita... gracias.

Sin esperar contestación, me giré y me alejé también de él. La hora de gimnasia me pasó demasiado lenta, la entrenadora nos hizo correr y me tropecé unas cuantas veces, el chico moreno me miraba e incluso en una ocasión intentó ayudarme a ponerme en pie, pero rechacé su ayuda haciéndolo yo sola. Cuando el timbre sonó casi doy gracias al cielo, apenas podía respirar, había sudado más que en toda mi vida y me sentía sucia y pegajosa.

Corrí de nuevo al vestuario y me metí en una de las duchas relajándome casi al instante. Lavé mi cabello y enjaboné mi piel a conciencia hasta que salí y me puse de nuevo el uniforme dejando mi cabello suelto para que se secase.

— Issie —pero nada seria tan fácil, Lauren tenía que interponerse en mi camino una vez más—, te hemos guardado un lugar en nuestra mesa para el almuerzo, espero que dejes a ese par de perdedoras y te sientes con nosotras —sonrió mostrando un pequeño brillante pegado a uno de sus dientes y parpadeé confundida.

— Gracias... Laura —dije con una sonrisa falsa—, me sentaré contigo y tu panda de... recauchutadas, el día que tengas un poco más de cerebro.

Sin esperar su contestación y sonriendo internamente ante su cara de desconcierto, pasé por su lado y me encaminé a la cafetería para mi hora del almuerzo donde esperaba poder descansar y quitarme toda la rabia que brotó en mí durante la última clase. Solo cuando tuve mis dos porciones de pizza con extra de champiñones, mi refresco de cola y estaba sentada todo lo lejos que podía de las mosqueperras y Superman pude respirar tranquila.

— ¿Una clase dura? —preguntó Irina sentándose frente a mí.

— Ni te lo imaginas —murmuré alzando la mirada—, la líder de las muñecas hinchables me ha pedido, bueno no... pedir no sería la palabra, me ha concedido el honor de poder sentarme con ella y sus otras amigas con el cerebro lleno de aire. Y después un tipo cuatro por cuatro me ha quitado de encima a un tal Newton, que por lo visto solo estaba siendo el mensajero de una pandilla de chicos que se podrían llamar simplemente testosterona con patas.

— Un día completo —dijo entre risas.

Tanya llegó con su bandeja y se sentó a mi lado.

— ¿Qué tal lleva la mañana la solo "amiga" de Edward Cullen? —preguntó parpadeando con inocencia.

Gruñí en su dirección y la miré con los ojos entrecerrados.

— ¿Cuál es tu problema? —pregunté medio en serio medio en broma—. Creo que dejé claro que Edward nunca me verá como algo más que la medio hermana de su amigo que es ocho años menor que él.

— ¿Medio hermana? —preguntó con el ceño fruncido.

— Solo compartimos padre, pero ese no es el punto... —bufé— para Edward nunca seré más que eso, no sé porque insistes en buscar cosas donde no las hay.

— Sé, y escúchame muy bien lo que te voy a decir, que te tragarás tus palabras —enfatizó cada palabra.

— Yo no estaría tan segura —murmuré dándole otro mordisco a mi pizza.

— Edward vendrá a buscarte en unas horas, seguro que después te llevará a algún lugar bonito y después hará algo que te hará pensar en todo lo que te he dicho —sonrió y comenzó a comer su hamburguesa.

— Estás loca —dije divertida.

— Y tú ciega —contestó con la boca llena.

Una risita por parte de Irina nos obligó a mirar en su dirección.

— ¿Qué? —preguntamos Tanya y yo a la vez.

— ¿Cuánto tiempo hace que os conocéis? —preguntó retóricamente—. Sé que hace solo un día, pero quien os escuche hablar pensará que hace años... —se detuvo unos segundos y al ver que nadie decía nada suspiró—. Pero Bella... por lo poco que he escuchado, creo que mi hermana tiene razón, Edward no puede verte como una niña simplemente porque no lo eres.

— ¿Qué mosca os ha picado a las Denali? —pregunté alzando la voz dos octavas.

— La mosca de la obviedad —rió Tanya—. Recuérdalo, te tragarás cada una de tus palabras y yo... estaré ahí para meterlas una a una en tu boca.

Negué con la cabeza y la dejé murmurar a ella sola.

Cuando las clases acabaron no me lo podía creer, en las clases restantes tuve que aguantar la mirada de odio de Lauren y su séquito y la de reproche de Superman, era totalmente increíble cómo me había ganado tantos enemigos en un solo día. Salí hacia el exterior casi arrastrando los pies, había sido una mañana larga y solo quería una larga ducha de agua caliente, un chocolate humeante y una tarde tirada en el sofá, a ser posible acompañada de Edward y con masaje en los pies incluido... suspiré y en cuanto puse un pie en la escalera el viento azotó mi cabello, escaneé el estacionamiento buscando el Volvo de Edward y lo vi al fondo de todo, con su dueño apoyado en la puerta esperando por mí. Comencé a caminar en su dirección hasta que nuevamente Superman tuvo que meter las narices en medio e interponerse en mi camino.

— ¿Qué quieres? —pregunté con el ceño fruncido.

— ¿Siempre eres así de borde o es que tienes la menstruación? —preguntó con una mueca en su rostro. Mi mirada se estrechó y de ser posible lo mataría solo con ella y lo dejaría tres metros bajo tierra. Él pareció asustarse y se aclaró la garganta—. Lo siento... —se disculpó— creo que no hemos empezado con buen pie. Me llamo Jacob Black —extendió su mano hacia mí y me quedé mirándola tal y como lo había hecho con Mike Newton unas horas antes.

— No tengo tiempo para estupideces... Black —mascullé—, si me disculpas, me están esperando.

Pasé por su lado a la vez que escuchaba un bufido, pero no me importó y continué con mi camino. En cuanto estuve frente a Edward sonreí como no lo había hecho a lo largo de la mañana, él me devolvió la sonrisa y todo lo que había pasado pareció desaparecer de mis recuerdos y solo estaba su sonrisa y el brillo de sus ojos registrados en mi memoria.

— ¿Qué tal la mañana? —preguntó con voz suave, quizás más suave de lo que acostumbraba.

— Horrible —gemí—, pero no quiero hablar de ello, Lauren morros de plástico se quedará en el instituto y no me llevaré los problemas a casa.

— Muy buena filosofía —susurró con el ceño fruncido y mirando algo sobre mi cabeza—, ¿quién era ese? —preguntó endureciendo un poco la voz.

— ¿Quién? —pregunté confundida.

— El... el chico con el que hablabas.

— Un imbécil —espeté frunciendo los labios—, el muy estúpido se atrevió a interceder cuando me estaba deshaciendo de un baboso.

Una sonrisa surcó sus labios y pareció que su rostro se relajaba un poco.

— ¿Hay muchos babosos en este instituto? —miró a su alrededor como evaluando a los pocos alumnos que quedaban por allí.

— Nada contra lo que no pueda lidiar — sonreí—, y ahora... ¿podemos irnos? No me apetece ver como Lauren babea por ti.

— ¿Celosa? —preguntó divertido.

— Un poco... digo... ¡no! —negué efusivamente con la cabeza—. Es solo que... ¡es tan obvia! Solo le falta un cartel en la frente que ponga "Me quiero follar a Edward Cullen". Es peor que su hermana.

— Permíteme dudar de eso —se estremeció—, Victoria es mucha Victoria.

— Como sea —dejé caer mi mochila al suelo—. ¿Nos vamos ya? —pregunté repentinamente molesta y con los brazos cruzados.

— No —dijo sonriendo.

— ¿Cómo que no? —mi sorpresa era descomunal.

— No nos iremos hasta que cambies esa cara —aseguró.

— ¿Qué tiene mi cara? He nacido con ella, no es intercambiable —ironicé.

— Boba... pareces molesta por algo y no quiere que te sientas mal... sea por lo que sea —una sonrisa ladeada adornó su rostro y mis rodillas temblaron—. Ven aquí pequeña —sujetó mi mano y me dio un tirón hasta que acabé con el rostro enterrado en su pecho y con sus brazos alrededor de mi espalda.

Su olor me envolvía de tal modo que mi cabeza casi daba vueltas, tenía la oreja pegada a su pecho y podía oír con claridad los latidos de su corazón, que no sabía porque pero latía casi tan rápido como el mío. Mis rodillas flaquearon y temí perder el equilibrio, pero un beso suave sobre mi cabello me hizo perder el hilo de mis pensamientos y quedarme completamente paralizada.

Edward se alejó y acarició una de mis mejillas hasta que este se tornó completamente roja. Sonrió y no pude evitar sonreírle también...

— Así está mejor —murmuró agachándose para coger mi mochila y tirarla en el asiento trasero del volvo—, ahora vamos... tengo una sorpresa para ti.

— ¿Una sorpresa? —pregunté a lo que él asintió—. No me gustan las sorpresas.

— ¿Por qué no? —preguntó él confundido.

— A mi madre le encantaba darme sorpresas, un día me apuntaba a un gimnasio, al otro a clases de canto, otro día a clases de ballet o de baile moderno... nunca sabía lo que esperar de sus "sorpresas", pero siempre acababa con un hueso roto o dislocado.

Edward rio y colocó una mano en la parte baja de mi espalda enviando cientos de descargas eléctricas a lo largo de mi columna, lo hizo para guiarme hasta que entré en el Volvo. Él lo hizo tras el volante y me miró antes de arrancar.

— Esta sorpresa te gustará y te prometo que haré todo lo posible para que no te lesiones —me giñó un ojo una vez más y sentí como si corazón se hubiese vuelto loco y quisiese salirse de mi pecho de lo rápido que latía.