Capítulo 9
— ¿Qué hacemos aquí? —pregunté con un hilo de voz y mis ojos extremadamente abiertos al ver lo que tenía ante mí a través de la ventanilla.
— Es tu sorpresa... —contestó Edward con total normalidad.
Mi cabeza se movió lentamente en su dirección hasta que nuestras miradas se encontraron, él me miraba con una leve disculpa en su mirada, a la vez que un brillo de diversión, yo lo miraba esperando que en cualquier momento dijese "¡Es broma!" pero eso no pasó, más bien todo lo contrario, se bajó del coche y lo rodeó hasta pararse frente a mi puerta, abrirla y esperar a que bajase también. Estuve a punto de hacer una rabieta, cruzarme de brazos y poner un puchero mientras negaba frenéticamente con la cabeza, pero Edward ya creía suficiente que era una niña como para encima darle más razones. Así que... simplemente tomé la mano que me extendía y puse mis pies sobre la fría nieve que cubría el estacionamiento.
— Me voy a matar —susurré cuando pasaba por su lado.
— No lo permitiré —contestó también en un susurro.
Lo miré entrecerrando los ojos y después suspiré, por lo poco que había llegado a conocer a Edward llevarle la contraria no me llevaría a nada, era tan testarudo como yo, así que simplemente me dejé llevar...
— ¿Dónde demonios estamos? —pregunté con voz cansada.
— Así me gusta, con entusiasmo —dijo él con una sonrisa forzada—. Venga Bella, lo disfrutarás —pasó de nuevo un brazo por mis hombros y me atrajo hacia él—. Estamos en Park District, ahora, como puedes ver, el lago está helado, pero en verano y primavera se está muy bien en estos jardines tumbado al sol, te traeré para que lo veas —prometió, a lo que mi corazón no puedo contestar de otro modo que dando un brinco ante la promesa de pasar más tiempo con él.
— Pesará sobre tu conciencia si me pasa algo —mascullé entre dientes.
Él soltó una risita y besó mi mejilla dejándome anonadada una vez más.
— Te prometo que no te pasará nada —aseguró.
Diez minutos después tenía puestas en mis pies dos armas asesinas y no me refiero a unos zapatos de tacón, no... Edward me había colocado unos patines... ¡unos patines de hielo! A su lado caminar con zapatos de doce centímetros de tacón sería lo más fácil del mundo. Esperaba que con el alquiler de esas cosas Edward también pagase un seguro de vida, porque a Jasper seguro que le gustaría ver mi cuerpo una vez estuviese muerta.
— Confía mí —dijo Edward con cara de borreguillo degollado extendiendo su mano hacia mí.
Miré su mano durante unos segundos con intención de ignorarla, pero sentía como si fuese una fuerza magnética que me impulsaba a sujetarla y además hacerlo con todas mis fuerzas. Fui débil y la tomé, su piel desnuda contra la mía envió miles de descargas eléctricas por mi brazo como ya era costumbre, es más, estaba segura de que de sujetar la mano de otra persona echaría de menos esa extraña sensación.
Intenté mantenerme en equilibrio mientras la imagen de Edward estaba cada vez más cerca, pero mis pies comenzaron a separarse y cuando estuve solo a unos centímetro de él casi pierdo el equilibrio, fue "casi" porque su brazo afianzando con fuerza mi cintura evitó que acabase de bruces contra el frío y duro hielo.
— Te prometí que no te dejaría caer —susurró cerca de mi oído.
— Aha —fue la único que mi atrofiado cerebro fue capaz de procesar mientras temblaba de miedo por la posibilidad de recibir un golpe que lo dejase más atontado de lo que ya estaba, pero sobre todo por la presencia de Edward tan cerca de mí... ¿es qué no se daba cuenta de que aunque tuviésemos ropa de por medio su pecho estaba rozando el mío?
Tragué en seco e intenté separarme de él, lo hice, pero su mano derecha continuó sujetando el lado derecho de mi cintura y la izquierda sujetaba mi mano izquierda también con fuerza, quedando prácticamente detrás de mí.
— Ahora vamos a deslizarnos lentamente —dijo todavía en un susurro cerca de mi cuello—, empuja tu pie derecho un poco hacia delante... así, muy bien —me apremió en cuanto lo hice—. Ahora prueba con el izquierdo pero con un poco más de fuerza... tranquila Bella, te estoy sujetando y no te caerás.
— No... tan solo me mataré —gruñí.
Edward soltó una risita y su mano derecha en mi cintura me dio un apretón.
— Lo estás haciendo muy bien princesa... tranquila —dijo de nuevo en un susurro, ¿es qué nadie le había enseñado a hablar más alto?—. Ahora vamos a girar para no estamparnos con la valla ¿de acuerdo? —asentí—. Alza un poco tu pie derecho, gíralo un poquito hacia la derecha y deslízalo.
— Edward —gimoteé—, no quiero hacer esto, me conformaba con una película y un chocolate caliente... el hielo y los patines no van conmigo —me quejé con voz temblorosa.
— Te prometo que la película y el chocolate lo haremos otro día, pero ahora ya estamos aquí ¿quieres irte sin intentarlo? —preguntó con diversión.
— Sí... —lloriqueé—, quiero irme a casa con mi culo intacto, no necesito un morado del tamaño de una pelota de baseball para adornarlo.
El sonido de sus risa se arremolino a mi alrededor enmarañando una montaña de nervios en mi estómago. La mano que sujetaba la suya tembló levemente y él apretó con más fuerza.
— Tranquila... todo irá bien —¿es que no se daba cuenta de que hablándome en susurros y tan cerca lo que hacía era totalmente lo contrario a tranquilizarme?
— Soy demasiado joven para morir —dramaticé.
Edward soltó una risita y el calor de su cuerpo estaba de repente más cerca del mío.
— Ya tienes dieciséis... eres toda una mujercita —bromeó.
— ¿Sabes que el término "mujercita" me resulta casi un insulto? ¿Qué mierda eso? —pregunté algo enojada.
— ¡Eh! Tranquila, solo bromeaba, eres joven, pero has vivido más que cualquiera de los que te rodean, incuso más que yo mismo —dijo con voz tranquilizadora.
— Dejemos el tema chiringuito en Hawái para cuando pueda mantenerme en pie sin tu ayuda... por favor —pedí.
— ¿Por qué?
— Así podré patearte el culo si dices alguna estupidez... siempre estás a tiempo de cambiar y vivir Edward... tienes solo veinticuatro —miré un segundo por sobre mi hombro y la cara de Edward estaba más cerca de lo que esperaba, su mirada tan intensa fue capaz de evadirme del lugar en el que me encontraba, sus labios entreabiertos enviaban golpes de aire templado contra los míos y con el olor de su aliento que me embriagaba por completo. Sentí la imperiosa necesidad de acercarme lentamente hasta acariciarlos con los míos, tenía tantas ganas de besarle... y Edward parecía quererlo también, su mirada estaba clavada en mis labios, y los suyos también se acercaban peligrosamente, pero...
— ¡Bella! —escuché una voz que gritaba mi nombre a lo lejos—. ¡Bella! ¿Eres tú?
Parpadeé sorprendida y a regañadientes rompí la burbuja que nos rodeaba y nos aislaba del resto del mundo. Recompuse mi semblante quitando todo rastro de embobamiento de mi expresión y busqué a la dueña de esa voz dispuesta a patearle el hígado hasta que pagase por romper ese momento tan... ¿a quién mierda quería engañar? ¡Edward no iba a besarme! ¿Cómo demonios pude pensar que haría algo así? Tuvo que ser mi imaginación... claro, tuvo que ser eso. Recompuse mi semblante una vez más, pero esta vez para tratar de ocultar mi desilusión ante lo que había deducido, y esta vez sí, busqué a la dueña de dicha voz.
A lo lejos vi una melena rubia que se mecía libremente, un abrigo negro muy parecido al que yo llevaba y una enorme sonrisa llena de dientes.
— ¡Bella! —gritó una vez más en cuanto llegó a mi altura y frenó en seco a la distancia justa para no estrellarse contra mí.
— ¿Tanya? —pregunté confundida.
— No, soy la madrastra de cenicienta... ¿qué haces aquí? —preguntó lo obvio y ella misma rodó los ojos—. De acuerdo... reorganizaré las palabras en mi mente para decir lo que realmente quiero decir —se detuvo a pensar—. No esperaba encontrarte aquí... y mucho menos patinando después de lo que he escuchado por los pasillos sobre la clase de gimnasia de esta mañana.
Gruñí en su dirección, ya me había estropeado la tarde impidiendo que Edward me diese un beso, bueno… un no—beso y ahora tenía que estropearla más recordándome a Clark Kent y la clase de gimnasia.
— Estoy patinando —mascullé—, o algo que se le asemeja —fruncí mis labios—. Digamos que me mantengo en pie gracias a Edward.
— ¿Qué pasó en la clase de gimnasia? —preguntó el aludido con una nota de diversión en su voz.
— Que saludé al suelo unas cuantas veces, pero ya conoces mis problemas de equilibrio, no es nada nuevo para ti —le contesté—. ¿Y tú qué haces aquí? —le pregunté a Tanya.
— Yo también me alegro de verte amiga, te he echado tanto de menos —ironizó—, estoy patinando —remarcó cada sílaba—, yo sí puedo decir que patino.
Entrecerré los ojos en su dirección y la risa sofocada de Edward no ayudó a que me sintiese mejor.
— ¡Me voy de aquí! —espeté furiosa intentando girar sobre mí misma y acabando entre los brazos de Edward nuevamente y sonrojada hasta la punta del cabello.
— Ven conmigo —Tanya extendió su mano enguantada hacia mí—, sé un par de trucos que pueden ayudarte a mantenerte en pie.
Dudé en tomar su mano o no, Edward me miró y él tampoco parecía muy seguro, pero era Tanya... la única persona a parte de Jasper y los Cullen en las que sentí que podía confiar en Chicago, así que tomé su mano y ella tiró un poco de mí hasta que terminé a su lado.
— Te la devolveré de una pieza Cullen... no temas por ella —dijo Tanya con burla y guiñándole un ojo a Edward.
— Eso espero, Denali —gruñó él en su dirección.
Tanya y yo nos alejamos mientras ella hacía todo lo posible para que no me cayese.
— Ahora escúchame bien Bella, porque lo diré una sola vez —dijo en mi oído—, las puntas de tus pies hacia fuera y te mantendrás en equilibrio mientras yo te empujo.
— Tanya... ¿qué...? —intenté preguntar pero ella me calló con un chist.
— Escucha lo que te voy a decir y mantén tu sonrisa para que Edward no se preocupe —susurró.
— ¿Qué pasa? —pregunté.
— ¿Y te atreves a preguntarme qué pasa? —dijo con voz dura—. Estabas a milímetros de besar a Edward en un lugar público, da gracias de que te he salvado.
— ¿Gracias? Lo has estropeado Tanya, iba a besarme y tú... tú... —balbuceé.
— Yo te he salvado el culo a ti y de paso a él, eres una menor y si alguien se entera podrían acusarlo de pederastia o a saber que otra barbaridad.
La verdad me llegó de lleno y me recordó que Edward era ocho años mayor que yo y que un "lo nuestro" no sería posible para nosotros, ¡incluso eso iba contra la ley!
— Lo de él lo entiendo, ¿pero a mí por qué? —pregunté confundida.
— ¿Quieres ser una más de todas sus conquistas? —preguntó, supuse, alzando una ceja.
— ¿Qué? —pregunté más confundida todavía.
— Edward Cullen se cepilló a toda su promoción en el instituto, ni una se salvó, Edward Cullen trae de cabeza a todas las féminas del campus de Jale donde está estudiando y Edward Cullen tiene una lista de... "amiguitas" más larga que la lista de la compra de dulces de Homer Simpson.
Me detuve en seco y me giré para mirarla, sentí algunas lágrimas agolpándose en mis ojos pugnando por liberarse, pero ya casi no lloraba por la muerte de mis padres, mucho menos iba a hacerlo por un chico que utilizaba a las chicas como pañuelos de un solo uso.
— Pero... él... él me dijo que... —balbuceé incoherentemente.
— No digo que no vayas a gustarle Bells, conozco a Edward y lo que hace contigo no lo hace con nadie, pero... —sonrió— si quieres ser algo más que un nombre en su lista... tienes que jugar bien tus cartas.
— ¿Qué quieres decir con que lo conoces? —pregunté con el ceño fruncido y mis celos a flor de piel.
— No lo conozco de ese modo —aseguró con los ojos muy abiertos—, mi padre es cliente del bufete, hemos crecido juntos prácticamente y aunque él es seis años mayor que yo, siempre nos hemos llevado bien.
— ¿Y qué se supone que debo hacer según tú? —pregunté cruzándome de brazos.
— Por lo pronto seguir patinando y sonreír, Edward comenzará a preguntarse de que estamos hablando, así que gírate y abre los pies como te dije antes —me empujó de nuevo por la espalda y comenzamos a movernos—. Tienes que mostrarte disponible Bells, pero no al cien por cien, que sepa que te tiene a su merced pero que seas tú la que decide cuando y como. Que él lleve las riendas y se sienta orgulloso de ello, pero que en el fondo tú tengas la última palabra... ¿entiendes?
— No —dije con total sinceridad.
— A ver Bella —dijo con voz condescendiente—, ¿cómo ha sido tu relación con tus anteriores novios?
— ¿Mis qué? —pregunté un par de octavas más alto.
— ¿No has salido nunca con nadie? —preguntó totalmente sorprendida.
— ¿Eso es un problema? —pregunté con los labios fruncidos.
— ¿Al menos has besado a alguien? —preguntó con cautela.
— ¿Un beso en la mejilla cuenta? —pregunté—. ¡Ah no! También tengo uno en la comisura de los labios —sonreí.
Ella se colocó frente a mí y puso sus manos sobre mis hombros.
— ¿Nunca te han besado? —preguntó de nuevo a lo que yo negué y ella bufó—. Entonces la pregunta de si eres virgen está totalmente fuera de lugar —murmuró para sí misma.
— ¿Eso es malo? —pregunté en un susurro mientras analizaba mis opciones... que lamentablemente eran cero, a ninguno de los chicos que había conocido hasta ahora podría pedirle como favor que me diese un beso para probar... mucho menos para aprender... casi me estremecí al imaginarlo.
— No es malo... pero Edward puede tomarse eso como un trofeo —dijo con el ceño fruncido.
— ¿Te estás escuchando hablar? Edward no es así como me estás diciendo, él siempre me ha tratado bien, ha estado a mi lado cuando lo he necesitado y es de las pocas personas en las que puedo confiar sinceramente —protesté.
Una sonrisa adornó sus labios y me miró con ilusión.
— ¿De verdad Edward ha hecho todo eso? —asentí a su pregunta—. ¡Entonces es más sencillo de lo que pretendía!
— ¿De qué mierda hablas? —le pregunté yo.
— Tenemos que hacer que Edward se enamore de ti, será sencillo por lo que me has dicho, así que no tienes de que preocuparte —murmuró volviendo a patinar.
— Te estás olvidando de lo más importante Tanya —murmuré—, no sabemos si Edward quiere enamorarse de mí... y lo que es peor... él es mucho mayor que yo —mi ánimo decayó de repente y sentí como mis brazos pesaban más de normal.
— Ocho años no es nada Bella, ahora te parece mucho, pero cuando tú tengas veintisiete el tendrá treinta y cinco... ¿te parece mucho eso? —negué con la cabeza—. Solo tienes que tener paciencia, lo que ahora es un impedimento, mañana será beneficioso.
— ¿Qué quieres decir con eso? —volví a preguntar.
— Cuando él tenga la crisis de los cuarenta, tú tendrás poco más de treinta así que no se buscará a una niña para recuperar su juventud —rio.
— Estás loca... ¿lo sabes? —reí también.
— Me lo dicen a diario, pero nunca con tanto cariño como lo haces tú... eres especial Bella —bromeó.
Sonreí como estúpida cuando me di cuenta de que sí, lo que tenía con Tanya era algo especial, pese a sus bromas y que éramos tan iguales que en ocasiones me daban ganas de estrangularla, en solo dos días habíamos llegado a casi querernos como si nos conociésemos desde hace años.
Con esa nueva certeza, me giré para abrazarla con tan mala suerte que mis pies decidieron enredarse y acabé sobre Tanya mientras ella acaba golpeándose con el hielo. Coloqué mis manos para parar el golpe y un latigazo de dolor en la mano izquierda me hizo lloriquear como una niña pequeña.
— ¡Bella! —no tardé en escuchar la voz preocupada de Edward y tampoco sus manos ayudándome a levantarme—. ¿Estás bien? —asentí incapaz de hablar—. Tanya... ¿tú estás bien?
Ella se quedó en silencio mirándonos fijamente, después asintió y comenzó a reírse como si estuviese completamente loca.
— ¿Tanya? —preguntó una voz grave, al alzar la mirada vi a un hombre... bueno, hombre... eso no podía definirse como humano, si la primera vez que vi a Emmett me dio miedo su tamaño, ese... edificio de tres plantas, me aterraba hasta hacérmelo encima—. ¿Te encuentras bien, cielo? —preguntó endulzando la voz y mostrando un acento extraño que no había escuchado nunca.
— Perfectamente —canturreó mientras se ponía en pie—, Bella... ¿tú estás bien? —volví a asentir, aunque mi mano ardía y comenzaba a sentir como la sangre latía en la punta de mis dedos, ella rio—. Solo me dolerá el trasero un par de días —le restó importancia y miró al chico—, pero sé cómo puedes ayudarme a aliviarlo —susurró en voz sugerente.
— Tanya... ¿podrías...? —pidió Edward poniendo cara de asco.
— ¡Oh sí! Lo siento —sonrió ampliamente—, él es Felix Rosso, mi novio, es italiano y ha venido a vivir a Chicago hace unos meses.
Edward suspiró, no era eso lo que quería de Tanya, lo que él esperaba es que dejase sus demostraciones de afecto, no que le presentase a su novio.
— Él es Edward Cullen, trabaja en el bufete de abogados que tiene contratado mi padre y ella es Bella... ya te he hablado de ella —continuó Tanya.
Después de una presentación formal, Felix y Tanya se excusaron y se fueron dejándonos solos, Edward suspiró pesadamente mientras los veía irse y después me miró a mí.
— ¿Seguro que estás bien? —preguntó con una ceja alzada.
— Sí... —mentí una vez más, esperaba que pudiese creerme— pero... ¿nos podemos ir ya? Creo que ya he patinado para el resto de mi vida.
— De acuerdo —sonrió—, la próxima vez tendré un poco más de cuidado al elegir cuando quiera sorprenderte —ante la mención de esa frase solo quise ponerme a saltar como loca, él quería volver a estar conmigo, quería sorprenderme una vez más.
Después de quitarnos los patines caminamos hacia el coche y Edward abrió mi puerta para que entrase, lo hice y al intentar colocarme el cinturón de seguridad siseé entre dientes por el dolor en mi mano.
— ¿Ocurre algo? —me preguntó con el ceño fruncido.
— Nada —me apresuré en contestar.
— Bella... ¿por qué te has quejado? —insistió.
— No es nada Edward, entra en el coche —dije cruzando los dedos mentalmente para que me creyese.
— ¿Sabes que mientes fatal? —murmuró sentándose en el asiento del conductor.
— Vamos a casa... —hice un puchero y él sonrió.
— De acuerdo —sonrió y comencé a tranquilizarme al ver que me había creído—, pero antes... —sujetó mi mano izquierda con dulzura haciendo que me tensase, pero se la llevó a los labios y la besó dulcemente haciendo que me tranquilizase de nuevo—. No me gustó nada verte en el suelo, podrías haberte hecho daño —susurró clavando sus ojos en los míos.
— No... no ha sido nada —intenté sonreír, pero el giró mi mano provocando una mueca de dolor.
— Si no ha sido nada... ¿por qué tienes los dedos hinchados? —preguntó endureciendo la voz—. Bella tendrías que habérmelo dicho antes —murmuró subiendo la manga de mi abrigo y mostrando mi muñeca que era casi el doble de su tamaño habitual. Besó mi mano dulcemente una vez más y la dejó con cuidado en mi regazo, después puso en coche en marcha y condujo casi como demente entre el tráfico.
— ¿A dónde vamos? —pregunté en un murmullo.
— Al hospital, un médico tiene que revisarte la mano —contestó con voz seria sin quitar la vista de la carretera.
— Pero Edward... yo... no es nada —protesté.
Me dedicó una mirada severa que duró solo dos segundos, pero fue lo suficiente para silenciarme. Me mantuve en silencio el resto del trayecto, hasta que Edward estacionó el coche y me ayudó a bajarme de él todavía con su gesto crispado. Pasando de nuevo una mano por mis hombros me condujo hasta la entrada de urgencias, donde habló con uno de los celadores y directamente me llevaron a un box sin pasar por la sala de espera.
— Esto es demasiado —murmuré mientras me sentaba en la camilla con su ayuda—, no es nada Edward, podía haber esperado en la sala de espera, es más, incluso podría haber venido mañana.
— ¿Eres médico? —preguntó con su ceño fruncido, yo negué con la cabeza—. Si no eres médico no tienes ni idea de si es grave o no, así que... solo cállate.
— No me pidas que me calle —mascullé con los dientes apretados.
— Pues deja de comportarte como una niña, porque sé muy bien que no lo eres —su mirada era desafiante y tenía mucha fuerza, tanta que me obligó a bajar la mía y mostrarme sumisa ante él.
Unos cuarenta minutos después estábamos saliendo del hospital, el doctor me puso un cabestrillo y me dijo que en una semana estaría perfectamente, mientras lo decía miré a Edward dándole a entender que podría haberme puesto un vendaje compresivo en casa y habría tenido el mismo resultado. Había tenido tantas lesiones a lo largo de mi vida que sabía exactamente cómo actuar, pero "esquizofrénico Cullen" no podía dejarlo pasar y tuvo que hacerme ir al hospital cuando realmente no lo necesitaba.
— ¿Estás contento ahora? —le pregunté mientras él… sí, sí él, me colocaba el cinturón de seguridad.
— Sí, al menos me he quedado tranquilo —contestó con voz tranquila—. Si te llevo a casa en el estado en que estabas, Jasper me mataría.
— ¿Jasper...? —pregunté en un murmullo.
— Me cortaría los huevos si no te cuido bien —explicó.
Si me hubiese golpeado no me habría quedado más impresionada. ¿Solo estaba actuando así por no tener que darle explicaciones a Jasper? ¿Dónde quedaban el casi no—beso? ¿La ternura con la que sujetó mi mano para besarla? ¿La preocupación que mostraban sus ojos? Solo era por Jasper...
Bufé y desvié mi mirada a la ventanilla evitando que se cruzase con la suya, no sabía si confiar en él, no sabía si creer a mis instintos o a sus palabras... incluso todo lo que me contó Tanya comenzaba a cobrar sentido y solo me sentí como un juguete en sus manos, ¿por qué simplemente no decía lo que pretendía comportándose conmigo como lo hacía? Parecía un maldito bipolar, un momento era negro y al siguiente todo era color de rosa. Un momento era un chico impresionante y al siguiente se mostraba totalmente indiferente.
En cuanto llegamos a casa de Jasper, me bajé del coche sin esperar a que me abriese la puerta, tampoco estaba segura de si querría hacerlo, así que simplemente yo la abrí y me ahorré la vergüenza si él finalmente no lo hacía. Abrí la puerta trasera para coger mi mochila pero Edward ya la había cogido y la tenía colgada en su hombro.
— ¿Te ayudo a subir las escaleras? —preguntó de nuevo con voz dulce.
Me ahorré las ganas de soltar un bufido y simplemente pasé por delante de él sin siquiera mirarlo.
— Puedo caminar, lo que tengo "lesionado" es la mano —dije con tono monocorde intentando no reflejar ni ápice de la contrariedad de sentimientos que me asolaban.
Edward se quedó con la boca abierta mientras yo subía las escaleras hacia el portón principal, pasé por la sala, donde estaba Sue recolocando algunas cosas, llegué hasta el despacho de Jasper con Edward en mis talones, que me seguía todavía con la mochila en su hombro y el ceño fruncido. Llamé a la puerta del despacho y después de oír un "pase" abrí la puerta y él casi dio un brinco al ver mi brazo en un cabestrillo.
— ¿Qué... qué diablos ha pasado? —preguntó con nerviosismo mientras revoloteaba a mi alrededor.
— Me he caído —sonreí con ironía—, no ha sido nada del otro mundo, pero no te preocupes —le resté importancia y clavé mis ojos en Edward—, Edward no ha tenido nada que ver con mi caída y se ha portado súper bien conmigo.
Sin esperar más me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida, pero recordé mi mochila y me giré de nuevo mirando a Edward a los ojos.
— ¿Podrías subir la mochila a mi habitación? Tengo tarea —sonreí de nuevo sin mirarlo demasiado y continué con mi camino.
— ¿Qué le pasa? —oí que le peguntaba Jasper a Edward.
— No tengo ni idea —contestó él—, venía bien en el coche y de repente...
Dejé de escuchar y me apresuré en subir a mi habitación, una vez allí me quité el cabestrillo casi de golpe y comencé a desnudarme. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo fría que me sentía. Me puse un pantalón de deporte y una sudadera que me quedaba un poco grande, ropa que había traído de Forks y que todavía olían al suavizante que Charlie compraba. Me acurruqué en una esquina de la cama y abracé mi almohada mientras sentía como las lágrimas se agolpaban en mi ojos, de un momento a otro fue como si se desbordase un manantial porque comencé a llorar desconsoladamente.
Después de unos minutos no sabía si lloraba por lo estúpida que me sentía por malinterpretar el comportamiento de Edward, o porque echaba tanto de menos a Charlie y a Renée que ya no pude pasar más días sin llorarlos.
Pasados otros minutos la puerta se abrió, en el fondo de mi alma esperaba que fuese Edward, que viniese con sus ojos verdes brillando como siempre y también un poco preocupados, que me abrazase como solía hacerlo cuando me veía llorando... pero al alzar la mirada para comprobarlo me encontré con los ojos marrones de Jasper mostrando la preocupación que esperaba encontrar en otros.
— ¿Te encuentras mal? —preguntó en un susurro sentándose en una esquina de mi cama, asentí mientras intentaba sorber mi nariz y secar alguna de las muchas lágrimas que había derramado—. ¿Te duele mucho la mano? Edward me explicó como sucedió, si lo necesitas puedo llamar a un doctor y que te revise en casa, en ocasiones es tipo de lesiones pueden...
— La mano no me duele —lo interrumpí con voz ahogada.
— ¿Qué pasa entonces? —preguntó nervioso y jugueteando con sus dedos tal y como lo hacía Charlie cuando sentía la necesidad de mostrar sus sentimientos y no sabía cómo hacerlo.
— Yo... —suspiré— echo de menos a Charlie... y a Renée...
Un gesto de comprensión cruzó su rostro y una pequeña sonrisa adornó sus labios.
— Sé cómo te sientes —dijo después de unos segundos de silencio—, yo también lo pasé mal cuando mi madre falleció. Sé que quizás es duro decirlo así, pero con el tiempo lo olvidarás, no a ellos pero sí el dolor.
— ¿Nunca lo conociste? —pregunté en un susurro.
— ¿A Charlie? —preguntó a lo que yo asentí, él suspiró y se removió en la cama poniéndose más cómodo—. Lo vi unas cuantas veces cuando era pequeño, pero apenas me acuerdo. Sé que me enviaba regalos por mi cumpleaños y por navidad, lo pasé muy mal de niño, con el tiempo lo culpé a él de todo, de abandonarme, de no venir a verme... pero cuando cumplí dieciocho mi madre me confesó que era ella la que no le permitía que me visitase.
— Lo siento —murmuré.
— Es pasado Bella —dijo sonriendo tenuemente—, como pasado quiero dejarlo allí, guardarle rencor a mi madre por algo que ya no tiene sentido, no me hará sentir mejor.
— ¿Cuándo pasará el dolor? —pregunté con voz rota.
— Bella... —susurró.
— Es que... cuando estaba comenzando a quererlo, cuando estaba sobreponiéndome de lo de Renée... —sollocé— ¿por qué Jasper?
Él avanzó algo titubeante hasta colocarse a mi lado y posó una de sus manos en mi hombro, parecía nervioso y casi a punto de echar a correr, en lo que me di cuenta de que él y Charlie se parecían muchísimo, en cuanto veían una lágrima se bloqueaban y no sabían muy bien qué hacer.
— No estás sola, si es eso es lo que te preocupa —susurró.
— Lo sé —medio sonreí entre lágrimas—, gracias por dejarme venir a vivir contigo.
— Soy yo quien debe darte las gracias por aceptar mi propuesta —secó una de mis lágrimas con su mano temblorosa—, me alegro de tenerte aquí... aunque si tengo que confesarte algo, no sé muy bien qué hacer cuando te veo llorar.
Ambos reímos y nos quedamos en un cómodo silencio segundos después.
— ¿Me... me das un abrazo? —pregunté con un hilo de voz mientras sentía mis mejillas enrojecerse.
Un gesto de sorpresa cruzó su rostro pero lo ocultó casi al instante, después extendió sus brazos con una sonrisa ladeada que me llegó al alma, era una de las pocas sonrisas sinceras que le había visto esbozar. Sin pensarlo mucho me acurruqué en su pecho y dejé que me consolase, sorprendiéndome a mí misma de que una desilusión con Edward me ayudase a sentirme sola y a la vez más cerca de Jasper.
Jasper se fue unos minutos después, diciendo que Sue subiría mi cena, que no necesitaba bajar y enfrentarme a los comentarios sarcásticos de Rosalie tal y como estaba. Lo agradecí, sobre todo cuando dijo que también Edward se había quedado a cenar porque Emmett también lo haría y tenían que discutir sobre un caso del trabajo.
Cené en mi habitación, mientras devoraba uno de los muchos libros que había subido de la biblioteca y que ahora estaban regados por mi habitación, cuando acabé me estiré sobre la cama y me quedé mirando al techo mientras los recuerdos de lo que había acontecido a lo largo del día pasaban uno a uno por mi mente. No era capaz de entender como pude ser capaz de mal interpretar las acciones de Edward, como pude pensar que tendría al menos un mínimo de interés en mí cuando realmente lo que hacía era un favor a su amigo cuasi jefe.
Suspiré y cerré los ojos cuando llegó el turno del recuerdo de aquel no—beso, todavía podía sentir mi piel de gallina y recordaba perfectamente el sabor del aliento de Edward en mi lengua. Solo si Tanya no nos hubiese interrumpido, solo si hubiese esperado unos segundos más... al menos tendría el recuerdo de sus labios contra los míos, al menos mi primer beso sería algo memorable y no algo asqueroso en la parte de atrás del gimnasio con el Mike Newton o el Clark Kent de turno...
La puerta de mi habitación se abrió lentamente, suponía que sería Jasper por lo que seguí en mi posición fingiendo estar dormida esperando que se fuese, nuestra relación estaba avanzando, pero una charla de hermano a hermana por día era suficiente, tenía un límite y con Jasper lo había sobrepasado esa misma tarde.
Me removí inquieta después de unos largos segundos, Jasper era más insistente de lo que parecía, ¿por qué no se iba ya y me dejaba regodearme en mi miseria de adolescente enamorada de un imposible?
La cama se hundió a mi lado y comencé a ponerme nerviosa cuando en lugar de oler el aroma afrutado y cítrico de Jasper, a mi fosas nasales llegó otro muy distinto, lavanda, cedro... incluso podía oler a día de sol, todo mezclado con una loción que me hacía suspirar...
— Sé que estás despierta —susurró Edward haciendo que el sonido de su voz en el silencio de mi habitación fuese casi como una alucinación.
— Si finjo estar dormida es porque no quiero hablar contigo —contesté enfurruñada.
— ¿Por qué no quieres hablar conmigo? —preguntó.
— Edward... yo quiero que te vayas, estoy cansada y...
— No voy a irme hasta que me digas porque no quieres hablarme —me interrumpió.
— Soy una niña después de todo, solo tengo una rabieta —abrí mis ojos y encontrarme con el poder de esas dos esmeraldas me produjo en escalofrío a lo largo de mi espalda.
— No eres una niña y lo sabes... —dijo con voz dura— sólo habla conmigo como lo has hecho hasta ahora.
— Estoy cansada Edward... ha sido un día muy largo —me excusé... patéticamente, debo añadir.
— ¿He hecho o dicho algo que te molestase? —preguntó en un susurro.
Me quedé en silencio sin saber muy bien que decir... ¿le admitía que había pensado que él quería más de mí cuando no era así? ¿O ignoraba eso y continuaba como si no hubiese pasado nada?
— Está bien... —susurró poniéndose en pie— te dejaré descansar, pero esto no se queda así, mañana no vendré para llevarte al instituto pero sí que iré a recogerte y hablaremos largo y tendido sobre lo que ha pasado esta tarde.
— Yo...
— No aceptaré un no por respuesta Bella, no puedo soportar que estés molesta conmigo por algo —sin más besó mi frente y salió de la habitación dejándome todavía más confundida de lo que ya lo estaba.
