Capítulo 39

Cumpleaños.

Era mi maldito cumpleaños…

Esa simple palabra me hacía sentir mal con solo escucharla.

Cumplía los diecisiete por fin, aunque para mí era como si estuviese cumpliendo cuarenta, había pasado tanto en tan poco tiempo... era mi primer cumpleaños sin Charlie y el segundo sin Renée y con solo pensar en eso mi garganta se cerraba con fuerza y apenas podía respirar. Aunque mi cumpleaños también tenía una parte buena, cumplía diecisiete, solo quedaban doce meses más para que Edward y yo pudiésemos estar juntos con libertad. No es como si ahora nos escondiésemos mucho, al tener el apoyo de la familia Cullen casi al completo, así como Rosalie y Alice todo parecía más fácil, al menos lo parecía, porque en el fondo continuaba siendo igual de complicado.

Volví a remover el bizcocho que estaba preparando y miré Edward que estaba frente a mí, tenía el ceño fruncido y sus ojos estaban clavados en mí aunque parecía estar perdido en cualquier parte menos en el lugar donde estaba sentado. Últimamente eso le pasaba mucho, intentaba no darle más importancia de la que tenía, pero sabía que algo se estaba cocinando dentro de su cabeza y podía ser tan malo como bueno, era tan impredecible...

— No hagas eso —lo regañé cuando introdujo en dedo en la mezcla del bizcocho y después se lo llevó a los labios. Mi mente dejó de pensar con racionalidad cuando su lengua salió a limpiar un par de gotitas que le habían quedado en las comisuras.

— Tú deja de hacer eso... —me advirtió en un susurro ronco.

Cabeceé y fruncí el ceño mirándolo a los ojos.

— ¡Eres tú el que está haciendo cosas! No me regañes a mí —protesté.

Edward comenzó a reír y se puso en pie, se inclinó sobre la encimera sobre la que tenía todo y me besó en la frente a la vez que inspiraba profundamente.

— Iré a hacer algo por ahí... si continúo aquí no sé qué podría pasar... —murmuró alejándose un par de pasos de mí.

— ¿Eso es una advertencia o un hecho? —pregunté mordiendo mi labio inferior.

Edward sonrió, alzando tan solo una de las comisuras de sus labios y me estremecí, conocía esa sonrisa cuando iba acompañada de una mirada tan intensa como la que me estaba dando en ese momento y lo que presagiaba podría ser explosivo.

— Créeme... será mejor que me vaya ahora mismo —susurró justo antes de dar media vuelta e irse, irse dejándome sola...

Él sabía lo difícil que estaba siendo para mí este día, sabía que mi cabeza durante los últimos días no había dejado de desconectarse e, inconscientemente, acababa acariciando el colgante que me había regalado Charlie solo un año atrás. Edward comprendía lo duro que estaba siendo para mí todo aquello y estaba a mi lado para traerme de vuelta al presente y hacerme olvidar durante unos minutos que los había perdido a ambos. Pero como él decía, había ganado otra familia mucho más numerosa.

El sonido de una fuerte carcajada anunció que Rose y Emmett habían llegado ya, después le siguió el típico chillido de Esme en cuanto veía a Ethan y los gorgogeos del pequeño que adoraba que su abuela le hiciese carantoñas, ya casi podía imaginar el puchero de Emmett en cuanto perdía la atención de su hijo... sonreí sin poder evitarlo, Edward tenía razón, había ganado una nueva familia, más grande y quizás un poco más loca, pero sabía que ellos me querían a su modo y no podía evitar quererlos al mío.

— ¡Bella! —El chillido de Alice al entrar en la cocina casi me hace dar un brinco—. ¡Felicidades!

— Alice... —me quejé— llevas todo el día diciéndome felicidades, me has llamado cuatro veces y me has enviado siete mensajes de texto.

— Es el primer cumpleaños que pasas con nosotros y no quiero que lo olvides nunca —dijo sonriendo y dándome un abrazo—. Espero que Edward ya te haya dado tu regalo —la miré frunciendo el ceño y ella me miró a los ojos unos segundos antes de sonreír ampliamente—. ¡Oh sí! Ya veo que te lo ha dado ¡estás resplandeciente!

— No sé de qué hablas —me alejé de ella y la miré confundida.

— Ay Bella... —Alice sonrió con comprensión y me guiñó un ojo— seguro que esta noche te regala un par de orgasmos más sin que se los pidas...

— Alice... —susurré avergonzada.

— Tonta Bella... —rio— deja lo que estás haciendo y ve a vestirte... pronto llegarán todos —me dio una mirada significativa y dejé mi bizcocho en el horno antes de salir rumbo a mi habitación.

Me di una ducha rápida y me puse el vestido que Esme me había regalado esa misma mañana, era negro, ajustado y corto, demasiado corto... me miré al espejo e intenté estirar la falda todo lo que pude, pero no pasó de medio muslo sin que el escote se bajase y enseñase casi el ombligo. Por lo que simplemente desistí, dejé el vestido donde debería estar, que era tapando mis pechos, y me puse un culotte por si con un descuido se levantaba demasiado, así mostraría lo menos posible. Me puse unos zapatos con un tacón de vértigo y suspiré ante la imagen que me devolvía el espejo.

Un año atrás, a esa misma hora, estaba en mi casa de Forks, vistiendo unos jeans y una camiseta de Charlie que me iba demasiado grande. Me había acurrucado en el sofá e intentaba ver una película en la televisión por cable, habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo...

Unos golpes sonaron en la puerta justo antes de que se abriese un poco y la cabeza de Edward asomó por la rendija entreabierta.

— Bella ¿estás...? —se le abrió la boca y me miró de arriba a abajo mientras se humedecía los labios con la punta de su lengua. Algo hormigueó en mi vientre y me removí incómoda ante su escrutinio.— Estás... —gesticuló en exceso con sus manos e infló las mejillas soltando el aire de golpe después— menos mal que solo seremos la familia esta noche, me volvería loco si tuviese que alejar a todos los chiquillos hormonados de tu alrededor.

—Exagerado —murmuré acercándome un paso a él.

Edward entró en mi habitación y cerró la puerta detrás de él, avanzó hasta quedar frente a mí y pasó los brazos por mi cintura acercándome por completo a su cuerpo, encajando perfectamente sus caderas con las mías.

— Puedes creerme, estás simplemente deslumbrante —murmuró contra mis labios y me besó intensamente haciendo que mis piernas temblasen. Se alejó jadeando y descansó su frente sobre la mía—. Si Alice no hubiese amenazado con matarme si no te bajo en cinco minutos, no estarías vestida todavía.

— ¡Edward! —gemí ocultando mi sonrojo en su cuello.

—Solo me llamas Edward cuando te hago el amor o cuando estás enfadada... ¡ah! y también cuando te avergüenzo... ¿qué he hecho esta vez? —preguntó con burla.

— No seas idiota y vamos abajo, Alice te matará y yo te remataré si continuas diciendo esas cosas —lo golpeé suavemente en el pecho y él fingió encogerse de dolor—. Ven conmigo y dame le mano —lo apremié—, si no me sujetas llegaré al salón rodando por las escaleras y enseñándoles a todos mi ropa interior.

— Eso sí que no puede ser señorita —dijo serio extendiéndome la mano para que la sujetase—, tu ropa interior solo puedo verla yo y si es en el suelo de mi habitación... mucho mejor —lo último lo susurró en mi oído haciendo que me estremeciese de pies a cabeza.

— Ed... —musité con voz temblorosa.

— Será mejor que vayamos abajo... —murmuró negando con la cabeza teatralmente— mira en qué estado estás y ni si quiera te he tocado.

Apreté la mandíbula con fuerza ante la necesidad de golpearlo por intentar tomarme el pelo, pero decidí jugar su mismo juego y lo miré entre mis pestañas.

— Seguro que el encaje negro combina a la perfección con la alfombra blanca de tu habitación —susurré cerca de su oído.

Lo escuché tragar en seco y se acomodó la chaqueta que llevaba, en la parte central y un poco más abajo de la hebilla del cinturón... sí, había conseguido ponerme a su mismo nivel y ahora estaba tan nervioso como yo, a ver si eso le enseñaba a no tentarme cuando sabía que no podríamos llegar a acabar.

Bajamos las escaleras lentamente y al llegar al piso inferior no me sorprendió lo que Esme y Alice fueron capaces de montar en el poco tiempo que tardé en cambiarme. La mesa del comedor desapareció, así como las sillas, dejando un espacio amplio y libre, la sala que estaba contigua al comedor, tenía las puertas abiertas haciendo como si todo fuese una única estancia, pero con la distinción de que una era para sentarse y charlar y en la otra se podría bailar con la suave música que sonaba desde el hilo musical. Todo estaba ligeramente decorado, había unos pequeños de grupos de globos flotando en las esquinas y un enorme pastel de cumpleaños en la mesa de los aperitivos.

Podría parecer un poco extraño que mi fiesta de diecisiete fue tan solo con la familia, Alice y Esme habían insistido en que invitase a algunos compañeros de instituto e hiciese una fiesta más acorde con mi edad, pero, además de Tanya e Irina no tenía más amigos, no creía necesario siquiera montar un fiesta, mucho menos con personas con las que no me apetecía estar. Por suerte ambas entraron en razón, pero aun así lograron convencerme de hacer una pequeña reunión con la familia y también con los Denali, eso sí, después de prometerles que en mis dieciocho sería un fiestón por todo lo alto.

Avancé con paso seguro del brazo de Edward hasta que fue arrollada por un convoy, o lo que es lo mismo, Tanya se colgó de mi cuello y comenzó a besarme repetidas veces en las mejillas a la vez que me felicitaba a voz en grito haciendo que la atención de todos los presentes recayese en nosotras. Edward, que se hizo a un lado elegantemente, me guiñó un ojo y se colocó al lado de su padre que me miraba divertido, ese hombre quería volverme loca, no entendía su humor y mucho menos cuando yo era blanco de él.

— Jacob está enfadado contigo —el comentario de Tanya me trajo a la realidad y giré bruscamente mi cabeza para mirarla a los ojos.

— ¿Qué mierda le pasa a 'ese' conmigo? —pregunté en un gruñido.

Tanya rio disimuladamente y tomándome de un codo me arrastró a una de las mesas donde estaban las bebidas.

— No sé qué es lo que le pasa contigo —susurró como si me estuviese confesando un crimen—, solo sé que cuando se me escapó si querer que era tu cumpleaños y que venía a tu fiesta, comenzó a ladrar sandeces y se fue con el ceño fruncido.

— ¿A él que le importa eso? Nunca nos hemos llevado bien, es más... ¡nunca nos hemos llevado! ¿Qué le pasa conmigo? —pregunté exasperada.

— No lo sé... —suspiró— pero ahora no hablemos de eso —su tono de voz cambió drásticamente—. Tienes que contarme como te han ido estos dos días al lado de tu hombre… por la sonrisa que traes puedo suponer que te ha ido muy, pero que muy bien.

Mis mejillas se colorearon casi el momento y Tanya comenzó a reír escandalosamente.

— Tienes la palabra "bien follada" escrita en la frente —dijo entre carcajadas.

— Eso son dos palabras Ta… —gruñí en respuesta.

— Las que sean… pero tú pareces gritarlo a los cuatro vientos —dijo alzando y bajando las cejas sugestivamente.

— Busca a Felix y que él te dé lo tuyo… a ver si así me dejas en paz —murmuré girando sobre mí misma y comenzando a caminar.

— ¡Oh! No te preocupes cariño, Felix me tiene muy satisfecha… ¿nunca te han hablado de los italianos? Todos los rumores son ciertos… todos, todos…

Negué con la cabeza y sonreí antes de apurar el paso para escapar de mi amiga, los comentarios sobre lo bueno que era su novio con ella en la cama no eran de mi incumbencia. Con un refresco en la mano avancé hacia Esme, que me sonreía mientras hablaba sobre algo con Rosalie y Alice.

— Muchas gracias por la fiesta, es fantástica —le agradecí en cuanto llegué a su lado.

— Dale las gracias a Alice, yo solo he colaborado, las ideas son todas suyas —contestó ella devolviéndome el abrazo.

Me giré hacia Alice que me miraba sonriendo, me acerqué para abrazarla también a ella.

— Gracias Alli —medio gemí ante la fuerza de su abrazo.

— No necesito las gracias, solo que te lo pases de miedo… —dijo con diversión— y ahora vete con Edward, que está solo y no te quita los ojos de encima.

Sonreí y me giré para ver a Edward justo en el momento en el que comenzaba a caminar hacia mí, me quedé paralizada viéndolo avanzar casi a cámara lenta, o al menos me pareció que iba demasiado despacio ¡yo solo quería abrazarlo ya! No tardé en sentir sus brazos rodeando mi cintura y enterré la nariz en su pecho inspirando con fuerza, el olor de su loción se coló en mis sentidos y me hizo sonreír, podría pasarme toda la vida pegada a él y esnifando su perfume como una yonki.

— No me cansaré de repetirte lo deslumbrante que estás con ese vestido —susurró en mi oído provocando que me estremeciese.

Me alejé un poco de él, solo lo justo para mirarle a los ojos y sonreí sin poder evitarlo, aunque se me estrujó un poco el corazón al imaginarnos volviendo a estar separados durante tanto tiempo, no estaba segura de poder soportarlo de nuevo…

— Prométeme que no te irás más… o al menos que no lo harás por tanto tiempo —supliqué con voz ahogada.

Por el rostro de Edward desfilaron varias emociones, su ceño se frunció, el brillo de sus ojos se opacó y sus labios se tensaron en una fina línea. Sin hablar, sin decir una sola palabra, fue capaz de transmitirme todo lo que estaba pasando por su cabeza. Pude percibir el dolor que también había sufrido él en nuestra separación, casi pude sentir la misma desesperación que me explicaba cuando hablábamos por teléfono en mitad de la noche porque nos habíamos despertado después de un sueño maravilloso y estábamos solos en la cama. Edward había sufrido tanto como yo durante esos meses y en lugar de explicarme todo eso con palabras, simplemente me abrazó con fuerza y me prometió en silencio que eso jamás volvería a pasar, que estaría a mi lado como fuese y en cualquier situación.

— Te amo… —susurró con un jadeo.

Solo pude aferrarme con fuerza a su cuello, sintiéndolo cerca, tratando de convencerme de que realmente estaba allí y podía tocarlo, tal y como llevaba dos días haciendo.

— ¿Quieres soltarla ya? —gruñó Emmett a nuestro lado.

Asomé un ojo por sobre el hombro de Edward y lo vi observándonos con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Edward soltó su abrazo pero dejó una de sus manos rodeando mi cintura, se giró hacia su hermano y sonrió ampliamente.

— ¿Dónde has dejado la correa? —la preguntó con una sonrisa, Emmett ladeó la cabeza y sus ojos se achicaron más—. No puedo creer que Rosalie te haya dejado suelto y sin supervisión —la voz de Edward sonó divertida, pero para mí, que lo conocía muy bien, no pasó desapercibido el nerviosismo con el que iba teñida cada palabra.

Emmett bufó y sus bíceps se tensaron amenazadoramente bajo la chaqueta de su traje azul cuando cruzó los brazos sobre su pecho.

— ¿Me puedes explicar lo que estás haciendo? —gruñó arrugando la nariz.

— Emmett… —intenté hablar, pero él no me lo permitió.

— Le estoy preguntando a Edward —me interrumpió—. Estoy esperando… Edward.

Él tragó en seco y su agarre en mi cintura se apretó un poco.

— ¿No te he dicho que los dejases tranquilos? —chilló Rosalie apareciendo de la nada y golpeando a Emmett en un hombro, él no se movió de su lugar, pero la miró confundido y su boca se abrió y se cerró varias veces sin decir una sola palabra.

— Pero… ¡Rosie! —refunfuñó.

— Lo que ellos hagan tiene que darte igual, tú no le has pedido permiso a nadie para casarte conmigo —refutó la rubia.

— Ellos no van a casarse… —se excusó él y después miró a Edward— ¡No vas a casarte con ella! —lo amenazó señalándome con un dedo.

— Lo que vaya a hacer no, no es de tu incumbencia y no tengo que darte explicaciones —masculló Edward molesto y con el ceño también fruncido.

— ¡Mierda Edward! —Susurró Emmett airadamente—. Es una niña… ¿no la estás viendo? Acaba de cumplir los diecisiete y tú estás jugando con ella a decirle palabras bonitas al oído.

— No tienes ni idea de lo que estás hablando —contestó él malhumorado.

— Tienes veinticinco años… ¿Te has olvidado de eso? —le preguntó Emmett dando un paso al frente—. Es menor de edad, eso que le estás haciendo es un delito y yo…

— ¿Tú qué? —Preguntó Edward—. ¿Me vas a denunciar? ¿Se lo vas a contar a Jasper? Pues asegúrate de decirle también que antes de hacerle daño a Bella me mataría a mí mismo y que si estar enamorado es un delito, soy completamente culpable.

Mi corazón se estrujó y me estremecí, Edward me apretó más contra su cuerpo y su calor me relajó un poquito.

— No me lo puedo creer… —murmuró Emmett negando con la cabeza— ¿esperas que me crea eso?

— No me interesa que tú te lo creas o no… con que Bella sepa que soy completamente sincero es suficiente.

— Emmett… —lo reprendió Rosalie tomándolo del brazo cuando intentó dar otro paso en nuestra dirección.

— Cuando no estemos en casa de mamá y papá te voy a…

— ¡Esme y Carlisle se dan masajes con final feliz! —espeté sin saber muy bien por qué.

A Emmett se le salieron los ojos de sus orbitas y me miró con la cara completamente desconcertada, Rosalie escondió el rostro entre sus manos y negó mientras sofocaba sus carcajadas y Edward, desvió la mirada y comenzó a maldecir entre dientes.

— ¿Qué… cómo… pero…? ¿Qué? —balbuceó Emmett.

— A veces lo hacen… no es que yo busque escucharlos, pero es inevitable… no son nada discretos y sus gritos y risitas atraviesan las paredes en ocasiones… —divagué gesticulando con mis manos nerviosamente.

Edward se estremeció y se pasó una mano por su cabello repetidas veces, Rosalie intentaba coger aire porque se estaba ahogando entre sus carcajadas y Emmett continuaba mirándome fijamente y casi sin parpadear.

— ¿Qué? —preguntó Emmett poniéndose cada vez más pálido… o verde según lo mirases.

— Vamos… vamos a sentarnos cariño, creo que lo necesitas… —susurró Rosalie tomándolo del brazo y arrastrándolo mientras él no dejaba de mirarme y balbucear cosas incoherentes.

— Bueno… no ido tan mal… —murmuré distraídamente balanceándome sobre mis pies.

Escuché una risita de parte de Edward y sentí sus labios sobre mi cabello.

— Solo ha querido matarme durante… un minuto, hasta que le dijiste que nuestros padres mantienen relaciones sexuales y ya perdió la consciencia… ¿te has dado cuenta de lo cruel que has sido? —Me preguntó con el ceño fruncido— Además, te supliqué que no me recordases eso nunca más.

Se me escapó una risita y Edward me sonrió haciendo que toda la tensión de minutos antes se desvaneciese por arte de magia.

— ¡Mi regalo ha llegado! —se escuchó la voz de Alice por encima del murmullo de las personas que nos rodeaban— Bella… ¡ven aquí!

Sonreí mirando a Alice y antes de caminar en su dirección me puse de puntillas y besé la mejilla de Edward.

— Yo también te amo… —susurré cerca de su oído y provocando que también me sonriese.

Me alejé de él lentamente, sintiendo como las palabras de Emmett comenzaban a pesar sobre mis hombros… no se lo había tomado nada bien y sabía que algo así podía pasar, estaba segura de que no todos estarían de acuerdo y nos ayudarían, pero Emmett... él que siempre estaba de broma o con una sonrisa en sus labios que marcaba sus hoyuelos y lo hacía parecer tan tierno… verlo enfadado por algo así…

— Se le pasará y lo entenderá… —susurró Alice pasándome un brazo por los hombros—, todos entenderán que os queréis y no lo verán mal, pero eso necesita tiempo.

— No sé si tendré paciencia para esperar tanto… —murmuré bajando la mirada.

— La tendrás… la encontrarás por él, porque sé que estaréis juntos, tiene que ser así… —aseguró—. Pero ahora… basta de malas de caras, quiero ver una sonrisa en tus labios y que disfrutes de mi regalo.

— Te dije que no necesitaba nada… —rezongué haciendo un puchero.

— No me he gastado ni un solo dólar, así que no te quejes.

— Alice… no necesito nada, de verdad… —mientras hablábamos me fue arrastrando lejos del salón donde estaban todos y por el pasillo que llevaba a donde Edward tenía su piano. Alice abrió la puerta de este y de un empujón me metió dentro, antes de cerrar la puerta me guiñó un ojo y se fue sin decir nada.

Miré a mi alrededor sin saber muy bien cual sería mi regalo, pero no tuve que buscar demasiado, mis ojos se quedaron trabados en la figura de su cuerpo apoyada en la pared y una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios sin que pudiese evitarlo.

— Has venido… —susurré con un nudo en la garganta ante la emoción de ver a Jasper después de semanas sin hacerlo.

— No podía perderme esto… —su voz sonó ronca y cansada y me fijé en la expresión de su rostro, pese a su mirada brillaba y sonreía, no parecía la misma persona que había conocido meses atrás.

— ¿Cómo… cómo estás? —murmuré sin poder evitar mirar sus ojeras de un tono morado casi enfermizo.

— He tenido días mejores… —suspiró y se pasó una mano por su cabello, despeinado y para nada semejante al aspecto impecable que solía llevar— pero no he venido a contarte mis penas ¡es tu cumpleaños! Felicidades... —abrió sus brazos y no pude evitar avanzar hasta que nos fundimos en un abrazo.

— Te echo de menos —susurré sin pensar con la barbilla apoyada en su hombro.

— Y yo a ti pequeña… —suspiró y me apretó con más fuerza—. Te he traído un regalo…

— No era necesario —me quejé con un gemido— ¿Por qué todos os empeñáis en regalarme cosas? No necesito nada más…

— Tarde para devolverlos —sonrió extendiendo un sobre hacia mí.

Lo tomé con temor y lo abrí mientras lo miraba de reojo, él me observaba fijamente y tenía una pequeña sonrisa en sus labios. Saqué el contenido del sobre y mi corazón comenzó a bombear a toda velocidad.

— ¿Seattle? —pregunté con voz temblorosa.

— Hace casi un año que no vas a Forks, pensé que te gustaría —contestó encogiéndose de hombros.

— Pero… Jazz… yo… ¿por qué hay dos billetes? —sorbí por la nariz y me tragué las lágrimas que quería salir de mis ojos.

— Para que vayas con quien quieras, una de tus amigas, tu novio… quien tú elijas…

— Gracias… —gimoteé ya sin poder controlar las lágrimas y agradeciéndoselo con otro abrazo.

Nos quedamos en un cómo silencio durante unos minutos, pese al tiempo que hacía que no nos veíamos y el distanciamiento que teníamos por culpa de su mujer, estar con Jasper era fácil, nuestra relación siempre había sido natural y sencilla, nunca necesitamos forzar las cosas por muy extraña que fuese nuestra situación.

Un bostezo por parte de mi hermano me hizo mirarlo preocupada… ¿qué estaba pasando para que estuviese en ese estado? Ya no solo por las ojeras y el cabello alborotado, también tenía una leve sombra de barba y su traje estaba desarreglado y sin corbata, algo que era muy extraño en él, que siempre iba arreglado y bien vestido por culpa de su trabajo.

— ¿Qué pasa Jazz? —me descubrí preguntando.

El parpadeó sorprendido y me miró durante unos segundos, en sus ojos se podía percibir el debate interno por el que estaba pasando.

— No te preocupes por eso… podré solucionarlo —contestó intentando restarle importancia con una sonrisa.

— Puedes confiar en mí… —musité.

— No es que no confíe en ti, es que no quiero preocuparte. Lo mejor es que sigas aquí con Esme y Carlisle mientras yo soluciono lo que tengo que solucionar.

— ¿Hay problemas en el bufete? Carlisle no ha dicho nada, seguro que cuando Esme se entere se pondrá hecha una furia y con razón, él debía…

— No hay problemas en el bufete, todo va más que bien con los clientes y en los juicios… —me interrumpió sonriendo con diversión.

— ¿Entonces? —insistí.

— Bella…

— No soy una niña Jazz, podré entender lo que sea… —se quedó en silencio, solo mirándome—. ¿Es sobre María? —pregunté, él desvió la mirada y no contestó—. Es sobre María… tenéis problemas —afirmé.

Jasper comenzó a dar vueltas como un león enjaulado, revolviendo más su cabello y respirando tan fuerte que las aletas de su nariz se dilataban al ritmo de su respiración.

— Me está volviendo loco —gimió frotándose el rostro con frustración—. No sé qué pensar ni que más hacer, estamos en una situación tan… insoportable.

— Te mereces un 'te lo dije' pero me lo voy a callar… —murmuré.

— Lo merezco… —susurró abatido y se dejó caer en el banco del piano, me senté a su lado y palmeé su rodilla.

— Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea… soy tu hermana después de todo.

— Gracias Bells… —sonrió con tristeza y se acercó lo suficiente para besar mi sien con cariño.

— Jazz… pase lo que pase, no quiero perderte… no dejes que María te arranque de mi lado. Porque lo está consiguiendo —susurré sintiendo como mi estómago se encogía por el temor—. Te siento cada vez más lejos y más perdido… no dejes que te lleve.

Él me miró fijamente, de nuevo sus ojos reflejaron muchas cosas, temor, esperanza, una pizca de alegría y algo que no supe interpretar del todo, pero no quise pensar demasiado sobre ello, solo me deje envolver por sus brazos y suspiré complacida a sentirlo cerca… hasta que la puerta se abrió de golpe y chocando contra la pared, haciendo que nos alejásemos sobresaltados.

— ¡Sabía que estarías aquí! —esa voz chillona se me coló en los oídos y me taladró el cerebro… ¿qué hacía ella allí?

— María… ¿qué haces aquí? —preguntó Jasper haciéndose eco de mis pensamientos.

— ¿Y te atreves a preguntarme que qué hago aquí? ¡Buscar a mi marido! —chilló avanzando a toda velocidad hasta donde nos encontrábamos.

— Lo siento… —se disculpó Esme—, intenté detenerla pero…

Negué con la cabeza restándole importancia y ella entendió yéndose y cerrando la puerta.

— Te dije que vendría a ver a Bella el día de su cumpleaños, ¿a qué viene esta escenita? —preguntó molesto y alejándose un paso de ella.

— Prometiste estar conmigo hoy… —murmuró con voz melosa—, me has dejado sola en casa y sabes que me dan ataques de pánico cuando no estás.

Jasper bufó casi imperceptiblemente.

— Vamos a casa —susurró colocando una mano en su espalda.

María sonrió triunfal en mi dirección y yo entrecerré los ojos, comenzaron a caminar hacia la puerta y Jasper se giró antes de salir.

— Te llamaré uno de estos días y Bella... feliz cumpleaños —dijo mirándome con una sonrisa triste.

Algo se removió en mi interior y sentí que sería capaz de matar a esa mujer con mis propias manos solo por no ver ese rastro de tristeza en la mirada de mi hermano.

— Jazz… —susurré al ver que se iba, él se detuvo y me miró de nuevo—, siempre puedes dar marcha atrás, los errores están para aprender de ellos.

— Quizás ya sea tarde aunque le ponga remedio, he perdido demasiado… —dijo con un hilo de voz— Rosalie, Emmett… Alice… —su voz tembló al nombrar a la última y María lo miró de un modo desafiante.

— Nunca es tarde… ellos entenderán —aseguré.

— Han sido muchas cosas, no sé si…

— No pienses en eso Jaspy… y vámonos ya, que no me encuentro a gusto en esta casa.

Y lo juro, fue imposible detener el borbotón de palabras que salieron de mis labios en ese momento.

— Obvio María, este no es tu ambiente. Pero si quieres buscamos la dirección de un burdel y allí te sentirás mejor —Jasper me miró con los ojos muy abiertos y María se quedó muda, no sé si de la impresión o porque realmente no tenía nada que decir.

— Bella… —Jasper intentó reclamarme, pero le salió mal porque una pequeña sonrisa quiso asomarse a sus labios.

— No voy a disculparme por decir lo que pienso. Al menos no con ella, las prostitutas son otro cantar, no creo que les guste que las haya comparado con esta escoria —rodé los ojos para dar más dramatismo a mi frase y él comenzó a toser de repente, ocultando una carcajada, sospeché.

— ¡Jasper! —chilló ella—. ¿Cómo puedes… cómo le dejas que me hables así?

— María… vámonos… —dijo él simplemente empujándola para que saliese.

— ¿No vas a decirle nada? —le reclamó mientras prácticamente la arrastraba hacia la salida.

— María… nos vamos —repitió.

— ¡Jasper! Pero…

— Nos vamos… —sentenció con voz dura, después me miró por sobre el hombro y me guiñó un ojo—. Te llamo —susurró antes de desaparecer por el pasillo con los continuos reclamos de María de fondo.

Cuando ya todo se quedó en silencio me quedé sola en el estudio de música, todavía sentada sobre el banquito del piano y con los billetes de avión para Seattle todavía en mis manos, no sé el tiempo que estuve allí sola repasando la conversación que acabábamos de tener, hasta que alguien tocando suavemente mis manos me hizo mirar a mi derecha. Y allí estaba Edward… sonriéndome y a mi lado.

— ¿Todo bien? —preguntó en un susurro.

Asentí ligeramente y volví la mirada a mis manos.

— Jasper me regaló un viaje a Forks… ¿quieres venir conmigo? —pregunté para pensar en otra cosa y así olvidar lo que había pasado.

— Uhm… —fingió pensárselo unos segundos y después sonrió caldeando mi pecho— me encantará.

Me acerqué a él, buscando su calor, necesitaba sentirlo aunque no sabía muy bien el motivo. Encontré sus labios y los devoré con necesidad dejando caer los billetes de avión al suelo y enredando mis manos en su cabello. Edward gimió contra mis labios y enseguida sentí como me sentaba en su regazo y sus brazos me envolvían. Los besos de Edward tenían un poder calmante y a la vez abrasador en mí, me olvidaba de todo lo que nos rodeaba y mi sangre comenzaba a hervir.

Nos alejamos unos minutos después y yo apoyé mi frente en uno de sus hombros mientras intentaba regular el ritmo de mi respiración, estaba jadeando vergonzosamente y él hacía lo mismo.

— ¿Seguro que estás bien? —preguntó un par de minutos después cuando no me moví de mi posición.

Lo miré a los ojos con detenimiento y el color verde mar de su iris casi me hace ahogarme en mi propia saliva.

— Mientras te tenga cerca todo estará bien —y no había mayor verdad, lo necesitaba mi lado y él parecía saber eso también, ya que siempre estaba cuando lo necesitaba, cuando me sentía derrumbarme o cuando el dolor me sobrepasaba. Pese a la distancia que nos había separado los meses anteriores, Edward estaba allí para mí sin importar el qué, el cómo o el cuándo.

— Estaré a tu lado mientras me quieras —susurró antes de besarme de nuevo… y me dejé hacer y correspondí porque lo amaba… y estaba segura de no querer tenerlo lejos nunca.