Análisis completo—expresó una voz salida de una máquina con forma de microondas, excepto que tenía una pantalla táctil donde deberían estar los botones y el temporizador.

El zorro pasó delante del artefacto sin mirarlo demasiado mientras bebía un líquido humeante y azul de una taza. Sólo movió su brazo para que lo que llevaba en su otra mano, un celular con carcasa amarilla, hiciera contacto con él y emitiera un sonido.

Tras girar su brazo con el propósito de que el aparente móvil estuviera frente a su cara, el extraterrestre comenzó a mover su dedo de abajo hacia arriba para leer la información que el dispositivo mostraba mientras caminaba hacia otro sitio del lugar donde se encontraba en el momento. Tras terminar su lectura y sentarse en uno de los muebles de la habitación donde obtuvo la información que lo llevó a aquel desierto.

—Como sospechaba, se trata de un zorro —dijo la criatura—. La pregunta ahora es ¿por qué un mobiano estaría interesado en despertar a las gemas corruptas de la Tierra?

Dejando su taza ahora vacía sobre una mesa al lado del mobiliario y con una nueva determinación en mente, se paró y se dirigió a un escritorio con tres monitores en el otro lado del cuarto. Se sentó en la silla con ruedas que yacía en frente de las pantallas, se puso un anillo que se encontraba sobre la mesa y comenzó a dar ligeros golpes con sus dedos al buró.

—No debería enfocarme en lo que no puedo saber a ciencia cierta —oprimió un botón tras una leve pausa—, sino en lo que puedo descubrir.

El zorro conectó sin necesidad de un alambre su teléfono a sus monitores y en monitor de en medio apareció un globo terráqueo y en él apareció un punto.

—Improbable pero no imposible —expresó el zorro—. La señal no coincide con ninguno de mis anteriores registros. No puedo probar que ese mobiano sea el que estoy buscando, pero no pierdo nada con investigar.

Moviendo su dedo sobre la mesa, el vulpino llevó el cursor en la pantalla al punto y cliqueó sobre él, abriéndose ventanas emergentes que mostraron paisajes de altos árboles con montañas a lo lejos.

—Parque nacional Bitterroot —leyó el canino—.

Unos minutos después de pararse de su asiento, la criatura había recobrado su anillo negro con una perla y su bolsa acordonada, de la que ya había sacado un anillo.

—Espero resolver esto pronto —manifestó el alienígena antes de lanzar el aro dorado.

Al igual que la última vez, el objeto creció y pudo ver en su interior un paisaje, en esta ocasión algo más verde.

Saltó a través del orbe agujereado y se aseguró de recogerlo una vez que se encogió, guardarlo en su bolsa marrón y hacerla desaparecer, como había hecho hace poco tiempo. El extraterrestre acercó una mano a su gema, y obtuvo mediante el brillo de ésta el aparato que había planeado utilizar con el querer de localizar a la bestia el otro día. Era igual en forma y funcionamiento a aquel del que había hecho uso para hallar el expansor de caos en ese lugar rocoso, con la única diferencia de que emitía un brillo verde en lugar de rojo.

—Ok, ¿dónde estás tú? —el zorro inquirió, en realidad sin quererlo, mientras giraba sobre sí mismo, intentando detectar un cambio en la frecuencia de su artilugio.

Tras dar una vuelta completa y encontrar un leve cambio, el zorro comenzó a caminar en la dirección que le indicaba su invención, aunque solo pudo dar unos cuantos pasos previo a que esta última titilara muchas veces en un único segundo.

—¡¿Pero qué?! —exclamó el alienígena justo en el instante anterior a aquel en que miró a su alrededor a medida que la luz disminuía sus intervalos—. ¿Se habrá dañado?

Aquel interrogante pronto fue respondido cuando el blondo vio con su aguda un punto azul que dejaba una estela en la distancia. Sintiéndose en peligro de ser visto, pronto apagó su detector, lo guardó e hizo uso de un truco que aprendió hace algún tiempo. Su cuerpo comenzó a brillar, al igual que la perla en su anillo oscuro, y en menos de un momento desapareció.

Ahora escondido a plena vista, el zorro esperó literalmente un segundo a que aquel borrón azul pasara junto a él.

—¿Cómo pude olvidarlo? —pensó el zorro mientras su materia se hacía visible otra vez— Él suele venir a correr por esta zona.

Tras recuperar el objeto luminoso de su gema y encenderlo, el zorro retomó el camino que había estado dispuesto a seguir.

Tras un recorrido de una hora, el extraterrestre de pelo dorado halló un sitio en que su dispositivo titilaba con ritmo constante, aunque no en la frecuencia máxima. Se alegró, pues tenía suerte de que el mobiano que su sistema había detectado no estuviera lejos, no obstante, la verdad es que no lo había encontrado aún, así que se dispuso a pensar en las posibles explicaciones para esta situación:

—Veamos, estoy en un bosque que a la vez está sobre una montaña —analizó el alienígena—, mi detector de gemas me indica que hay uno de mi especie aquí, pero yo no puedo verlo, ¿por qué?

El canino siguió pensando.

—Pudo hacerse invisible, como yo hice antes, pero esa técnica requiere mucha energía, se cansaría muy pronto y, hasta donde sé, la única forma de hacerlo sin agotarse es con mis anillos, que solo mis amigos y yo tenemos —descartó entonces el zorro esa opción y contempló otra—. Pueden formarse cuevas en medio de las montañas.

El raposo se agachó pegando su oreja al suelo, cerró los ojos, golpeó la tierra lo más fuerte que pudo sin lastimarse y se concentró en las vibraciones que produjo, formándose una imagen mental con lo que pudo escuchar. Pronto llegó a una conclusión.

—Está hueco —declaró el canino.

Cambió un poco su ubicación y repitió el proceso, obteniendo el mismo resultado. Tras una tercera repetición en un sitio distinto, determinó que su hipótesis era acertada.

—Espero que la entrada no esté muy lejos—expresó el vulpino previo a enfocarse de nuevo en el dispositivo titilante que había dejado cerca de sí, el cual había reducido la frecuencia se su brillo.

—¡Oh no! —expresó el inventor angustiado—. No puedo perderlo.

El raposo, desesperado, materializó una espada en su mano e hizo de sus apéndices posteriores aspas que comenzó a mover para elevarse en el aire y realizar un rizo, cayendo hacia el suelo sosteniendo su espada arriba de su cuerpo (abajo una vez que se dio vuelta) y comenzando a rotar su cuerpo sobre el eje de la misma, volviéndose una especie de taladro que comenzó a penetrar la tierra, creando una pequeña muesca en la roca que pronto se tornó en un gran agujero que dio paso al zorro hacia las túneles que había detectado, donde detuvo su excavación.

Pese a los rayos de luz que se colaban por el hoyo que había hecho, tras caminar unos pasos hacia adelante, oscuridad era lo que ahora veía el vulpino, mas la disipó con rapidez al presionar un botón de la lámpara pegada a su joya. El extraterrestre comenzó a mirar a su alrededor, notando ahora que más que en una caverna, se hallaba en un túnel subterráneo, empero, sabía que no debía perder tiempo. Recobrando su localizador, el alienígena se apresuró a saber si debía ir hacia adelante o atrás, escogiendo la primera opción, y se aventuró por los angostos pasillos de aquella gruta guiándose por la intermitencia de la luz escarlata. Pronto llegó a un sitio en que el camino se dividía en cinco, sin embargo, su dispositivo había llegado a la máxima frecuencia posible.

Extrañado por la situación, el zorro caminó hacia uno de los cinco senderos a loa que podía acceder, pero antes de que pudiera estirar su brazo, cayó boca abajo y pudo sentir como su mano era jalada con fuerza sobre su espalda. El canino dobló sus colas y centró su atención en lo que percibía con ellas, cuando pudo sentir un pelo diferente al suyo, las enroscó en lo que parecía ser otra cola y las desdobló, quitándose a su atacante de la espalda. Velozmente se volteó y pudo escuchar pisadas en uno de las túneles, aunque fue nada lo que vio.

—Si eres lo que creo que eres —anunció el extraterrestre parándose con determinación—, te advierto que no vas a durar mucho.

Guardó su localizador de gemas. La alhaja en la frente del zorro brilló y apareció en su mano una gran bombilla azul con un mango debajo destinado a sujetarla. Tras presionar un botón en el mango del foco, que hizo que este emitiera un brillo de su respectivo color el cual duró unos cinco segundos, el vulpino se introdujo en el túnel por el cual había escuchado las pisadas desvanecerse. Por suerte, la anchura era suficiente como para maniobrar, por lo que hizo de sus rabos una hélice y comenzó a volar, ganándole, esperaba, distancia a su adversario.

Al llegar a una bifurcación, el bombillo produjo otra vez un destello, que hizo que el lugar se pintara de azul, excepto por una sombra que se movió hacia uno de los caminos, por el cual también fue el inventor. Más adelante, la luz del color del mar centelleó en otra ocasión, viéndose entonces una silueta en el piso: una forma amorfa con lo que parecían ser orejas rectangulares. Encontrando allí su oportunidad el ser de dos colas hizo que su gema brillara y de ella saliera un palo negro, el cual tomó con su mano libre y jaló, mostrando que se trataba del asidero de un látigo muy largo. La luz azul liberó por cuarta vez su brillo cuando llegaron a un sitio en que el camino se ampliaba para recuperar su angostura unos metros hacia adelante. Ahí estaba la sombra de nuevo, corriendo con desesperación. Previo a que pudiera escapar, el zorro lanzó su látigo, el cual se enroscó en el tobillo izquierda del ser invisible.

—Se acabó —declaró el de pelo dorado descendiendo—. Muéstrame tu verdadera apariencia.

La criatura sin forma aparente pronto se volvió opaca, revelando una figura igual a la de su captor, excepto por algunos centímetros más en estatura, la falta de aquel mechón de pelo que sobresalía de su frente, unos guantes negros con detalles amarillos, unos zapatos con los mismos colores, unos ojos ambarinos, un pelaje más desaturado y espeso y una joya en forma de rombo en su pecho.

El zorro de pelo más descolorido trató de levantarse, pero el otro se lo impidió.

—¡Quieto! —ordenó el del látigo—. Te moverás cuando yo te lo permita.

—¿Cómo me capturaste? —preguntó el inmovilizado con un gruñido, quedándose sentado—.

—Pese a que podamos crear una capa de luz a nuestro alrededor para dejar pasar la que cae sobre nuestros cuerpos, el color de nuestro pelaje no puede evitar atraer hacia él la luz del color inverso —explicó el más bajo y a continuación resumió incluso más—. Nuestro pelaje amarillo absorbe la luz azul. Pero eso no es lo importante aquí.

Más calmado ahora, aunque todavía sosteniendo son fuerza su látigo, el zorro dio brillo a su gema con el din de desaparecer su bombilla azul y posteriormente la hizo brillar en forma diferente para crear una especie de proyección, en la cual se mostraba un modelo en tres dimensiones del objeto con forma de licuadora que halló en el desierto.

—Encontré este expansor de caos activo en un cañón al sur de aquí, tenía dentro lo que parecía ser un pelo tuyo —ilustró el de la joya en la frente—. Quiero saber si tú lo reactivaste.

—Sí —el atrapado respondió tras mantenerse en silencio unos segundos.

El del arma eliminó la proyección, siendo ahora la linterna en su cabeza la única fuente de luz.

—Eso causó que una gema corrupta despertara de su letargo, lo que podría hacer que los humanos se den cuenta de nuestra existencia.

—¿Gemas corruptas?¿De qué estás hablando?

—No finjas que no sabes de qué estoy hablando, todos en Mobius saben que al final de la guerra en la Tierra todas las gemas del bando de las diamantes, incluidas ellas mismas, fueron corrompidas por la onda de caos y, por tanto, desactivadas.

—¡¿Qué?! —exclamó el de ojos ambarinos—. ¡¿En verdad perdimos la guerra?!

—¿Perdimos? —respondió con una pregunta el del pelo más dorado.

Molesto por el numerito de su captura, el de ojos zarcos pensó en descartar el porqué de sus acciones y usar su aparato con forma de diapasón para acabar con esto, pero luego consideró la posibilidad de que el otro zorro no estuviera actuando.

Fijándose en el corte de la piedra en el pecho de su congénere e ignorando sus preguntas, se dio cuenta de algo:

—¡Eres de la era uno! —confirmó con sorpresa— ¡Fuiste desactivado pero no corrompido!

—¡¿Hay más eras?! —preguntó asustado el de una sola cola.

—¡Sí! —exclamó el de dos colas—. ¿Cómo sobreviviste a la onda de caos? Mejor dicho, ¿dónde estabas cuando fuiste desactivado?

—Estaba en la inspección de una mina que pensábamos utilizar como guardería.

—Mmm, las capas de tierra y las gemas naturales que se hallaban allí debieron absorber el caos, impidiendo que te corrompieras, pero el rayo de desactivación estaba hecho de partículas que atraviesan casi toda la materia.

—¿Quién lanzó ese rayo de desactivación?

—Las Gemas de Cristal.

—¿Cómo es que a ellos no les afectó la onda de caos?

—Lograron destruir los sensores de caos de casi todo el bando de las diamantes y cortar la comunicación entre sus campamentos y con Mobius, de modo que huyeron antes de que el caos atravesara la tierra y cuando las gemas fueron corrompidas regresaron a terminar el trabajo. Después bajaron sólo por las diamantes y se las llevaron para utilizar el poder contenido en sus piedras.

—Espera, ¿qué pasó con Mobius y las demás colonias?

—Las Gemas de Cristal fueron de colonia en colonia cortando la comunicación con el resto y conquistándolas, hasta al fin llegar a Mobius. La mayoría de mobianos realmente anhelaban la libertad, por lo que se les unieron. Los que no tuvieron que aceptar o serían burbujeados.

—¿Y qué pasó con nuestro imperio? —preguntó el de la era uno con voz quebrada y lágrimas en los ojos.

—Dejamos de expandirlo. Ahora cada mobiano vive su vida como desee en su respectivo planeta.

El fin de la historia hizo que el extraterrestre más antiguo rompiera en llanto, al punto que despertó la empatía del más joven:

—Oye, no puedo imaginar cómo se debe sentir despertar y saber qué todo por lo que luchabas ya no existe, pero no puedes hacer nada por resolverlo, solo puedes hacer lo mejor por seguir adelante, y, tal vez, darle un intento a esta nueva libertad que tienes.

El zorro más amarillo descendió para poner una mano sobre el hombro del más pálido, pero el último lo rechazó.

—¡No me toques! —gritó empujándolo y retrocediendo—. Estás loco si crees que viviré en un universo tan imperfecto. Sin forma ni organización. Uno que permite que seres como tú vivan en él.

El de pelaje dorado notó como apuntaba a sus dos colas, por lo que puso los ojos en blanco.

—Sí, sí, lo que digas —expresó el vulpino con desinterés, aunque su similar no pareció entender—. De cualquier forma, ¿en serio crees que forzar a alguien a hacer o ser algo es correcto? ¿En realidad nunca quisiste tratar de hacer algo más?

El capturado nuevamente mantuvo sus labios cerrados por varios minutos, pero respondió:

—Servir a las diamantes ha sido el único propósito que conocí durante toda mi vida, jamás querría hacer algo más.

—Ellas ya no están —respondió el captor.

—Puede que no, pero viven a través de mí y todos nosotros quienes seguimos honrando su memoria.

—¿Nosotros?

—Por supuesto, no estaba solo supervisando esas minas. Mis compañeros y yo completaremos el plan de las diamantes en este planeta, reconquistaremos las colonias y expandiremos el imperio cuando despertemos al Cluster.

—¿El Cluster?

Fue entonces que el zorro dorado unió los puntos y se dio cuenta de por qué el otro había reactivado el expansor de caos. El caos podía corromper a los de su especie, eliminarlos de toda racionalidad y transformarlos en criaturas como aquel felino gigante al que derrotó en el desierto, pero en las cantidades adecuadas, podía despertar de su letargo a las gemas desactivadas sin causar más daño. El Cluster era una gema gigante incrustada a varios kilómetros de la superficie, en la corteza terrestre, si emergiera y materializara su cuerpo destruiría el planeta desde adentro hacia afuera. Si tal ser pudiese ser manipulado, sería el arma bélica más poderosa, no les sería difícil hacerse amos del universo, no obstante…

—El caos contenido en las esmeraldas que quedaron en la Tierra no es suficiente como para atravesar la corteza terrestre y llegar al Cluster. Su plan falló antes de comenzar.

—Tienes razón —dijo el zorro más descolorido con una sonrisa—. Pero ya encontramos otra fuente, la que nos despertó.

El zorro capturado puso una mano sobre su pelaje y sacó de éste un objeto largo, delgado y cerúleo: una espina.

Previo a que el más amarillo pudiera hacer algo, el otro le lanzó con velocidad y fuerza el objeto puntiagudo, de lo que el primero se defendió poniendo su brazo libre frente a sí, aprovechando el segundo su baja de guardia para romper el látigo con sus garras y dientes y correr.

El dorado no perdió tiempo y comenzó a perseguirlo de nuevo tras recoger el objeto punzante y se deshizo con el resplandor de la roca en su cara de su arma deshecha. Era malo para él, pues no podía volar en ese espacio tan cerrado, no obstante, ahora parecía haber una única dirección y tenía algo mejor en mente.

Invocó aquel aparato que llamaba desestabilizador y dio a sus colas forma de hélice, usándolas no con la pretensión de volar, sino la de propulsarse hacia su víctima, ganando así la suficiente cercanía como para alcanzarlo con el rayo de su arma.

—Te desintegrarás dentro de poco. ¿Últimas palabras? —preguntó el menos pálido con un aire de triunfo.

—¿89MK? —el garzo reparó entonces en una zorro hembra que usaba un vestido, zapatos y guantes color negro y tenía una piedra en la frente igual que él, diferenciándose sólo en su única cola.

La chica estaba junto a una plataforma hecha de una piedra azulada que podría haberse visto bastante bien bajo la luz adecuada, pero que se veía muy ordinaria en medio de la oscuridad del sitio.

—¡Huye, 14NT! —instó el raposo sometido antes de volverse hacia su captor—. Podrás meterme en una burbuja o hacerme pedazos —respondió el de pelo más pálido con un particular esperanza mientras las líneas brillantes se esparcían a lo largo de su cuerpo—, pero no podrás derrotarnos a todos. Reharemos el imperio de una forma u otra.

El cuerpo del más vetusto se deshizo, cayendo parte por parte hasta que explotó y solo quedó de él la gema de su pecho, guantes y zapatos.

El ahora único zorro macho apuntó su arma hacia su semejante y oprimió el botón en ella, mas nada ocurrió, lo que le dio tiempo a la raposa de pararse en la plataforma, para después mirar fijamente al de su misma especie con gran determinación y odio previo a que la piedra bajo ella se iluminara y emitiera un fuerte rayo, que tras ceder reveló la ausencia de la fémina.

Estando ya solo el de dos colas, éste miró como el dispositivo con que había recién acabado a su enemigo chisporroteó, lo que lo llevó a verlo con detenimiento, notando entonces las grietas y negrura que tenían sus puntas.

—Rayos, me tomará un tiempo encontrar los materiales para hacer otro -dijo para a continuación invocar una lanza cuya punta clavó en la plataforma de color claro, resquebrajándola -Tienen que saber de esto en Mobius -añadió tras completar la destrucción-, y tendré que mantener mis ojos en Sonic más a menudo de ahora en adelante, pero ¿será eso suficiente?

El vulpino observó las púas en sus manos y tomó una decisión.

—No —dijo cerrando los ojos para abrirlos sólo unos instantes después—. Tendré que mudarme a Green Hills.

Tal vez debí haberlo explicado dentro del manuscrito, pero por si alguien se lo pregunta, los pelos, escamas, plumas o cualquier parte del cuerpo de los mobianos pueden caerse y desaparecen una vez que su dueño se desintegra y no vuelven aparecer después de que recupera su forma física.

Por favor díganme si les gustaría que especifique qué capítulo es del pasado y cuál del futuro.
Si les ha gustado hasta ahora, por favor compartan mi fanfiction.