Nota de autor:
Muchas gracias a todos los que leyeron el capítulo anterior :D En el final respondo comentarios
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CAPÍTULO VII
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• SESSHOMARU POV •
Vi que venía corriendo por el pasillo, dando pequeños brincos alegres absorta en su propio mundo. La sostuve del antebrazo y tiré de ella dentro del salón. Giró sobre sus propios pasos con descordinación, mirando hacia todos lados como no entendiendo lo que ocurría. Hasta que me miró y su figura se tensó tan semejante a la de un gato siendo atrapado.
—¡Príncipe Sesshomaru! —exclamó la joven bruja.
Entrecerré mis ojos y con voz gélida, demandé directo:
—Habla sobre lo que viste en mi futuro.
La sacerdotisa miró hacia todas partes, como cerciorandose de que no hubiese nadie más, luego me miró con determinación, ocultando muy miserablemente su nerviosismo.
—No sé de que hablas.
—No juegues conmigo.
—¡Estaba muy borracha! De verdad no lo recuerdo —respondió tratando de sonar convincente.
Entrecerré los ojos y la miré por algunos instantes. Ella apartó incómoda la mirada, analizando sus propios pies. Luego levanté mis ojos hacia el techo, fingiendo recordar.
—La joven mujer que estaba conmigo es atractiva, ¿no?
Kagome me miró con entusiasmo sin poder detener su lengua de serpiente:
—¡Sí, es muy linda!, ¿quién es?
La miré y ella se cubrió los labios con ambas manos, cayendo en mi trampa la supuestamente desmemoriada sacerdotisa.
En este reino, todos sabíamos que la mejor habilidad de esta mujer era su lengua rápida para inmiscuirse en los secretos ajenos. No importaba si el asunto no le concernía; siempre tenía que enterarse.
—Habla.
Negó con la cabeza sin dejar de cubrir su boca.
Suspiré con aburrimiento y de adentro de mi clamide saque un papelito. La miré. Ella parpadeó velozmente sin entender. Sonreí de medio lado y abrí el papelito, leyendo en voz alta:
—"Yo también te extraño... blah, blah, tus labios de abajo, dulces como el vino, tus senos como pasas de uvas... tu admirador" y otras tantas tonterías... —leí con voz neutra y sin emoción, saltando de un párrafo a otro. Kagome se sonrojó hasta la raíz del cabello—. Qué vulgaridad, y la caligrafía es deplorable.
Kagome no respondió.
—Es patético ¿no? —cuestioné irónico, y peiné mis largos cabellos plateados.
El silencio se retornó incómodo y tenso. La contemplé algunos instantes mientras ella parecía luchar por encontrar palabras.
Tenía que darme una buena excusa sobre esto. A fin de cuentas, Kagome fue hallada en las aguas de un río al nacer y entregada al templo como ofrenda. Sin embargo, los sabios del consejo pronto vieron en ella a la elegida, portadora de la gracia divina, bendecida con el don de la clarividencia de las pitonisas y la fuerza de Artemisa para proteger nuestras tierras. Apenas fue capaz de hablar, juró su vida al Imperio Espartano. Su pureza es sagrada, y su virginidad, el escudo que guarda nuestras fronteras. Pero si está carta, que encontré a las puertas del templo, era real, no solo la pondría en peligro a ella, sino también al destino de Esparta.
Sus labios titubearon otra vez y finalmente, otra vez cobardemente, negó:
—Esa carta no es mía.
Levanté una ceja.
—¿Entonces a quién va dirigida?
—Debe ser para la anciana Kaede.
El silencio fue mortal y creo que nuestros pensamientos estuvieron conectados por un instante.
Oh, por todos los dioses, no quise pensar en eso. Quiero volver el pasado atrás y borrar mi memoria en ese preciso instante.
Nos quedamos en un mutismo voluntario, ambos procesando la imagen. Finalmente me crucé de brazos y la miré, yendo directo al grano:
—¿Hablaste con mi padre sobre lo que viste?, ¿por eso esa extraña idea de irse durante un año a Fócide y Tesalia?
Ella negó, seria:
—No, no lo mencioné. Es un asunto que solo yo conozco.
Entrecerré los ojos.
—Tal vez deba preguntárselo a tu amiguita, la que no recuerdo el nombre..
—Solo lo sé yo —reiteró molesta—, y no puedo decírtelo.
—¿Y el admirador tal vez sí? —pregunté, señalando la carta.
—¡Ya te dije que no tengo ningún admirador! —replicó ruborizada.
Me acerqué, pegándole con un pequeño chasquido la carta en el entrecejo y murmuré:
—Nuestro imperio depende de tu silencio, vulgar sacerdotisa.
Sostuvo la carta pegándola casi en sus ojos.
Y me di la vuelta, escuchando su pensativo murmullo:
—Esa anciana puritana resultó ser peor que yo...
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Zero entró en la sala donde me hallaba descansando en completa armonía y soledad, luego de despedir a mi padre y la comitiva de hombres que lo iban a acompañar a Fócide y Tesalia.
—¿Qué quieres? —musité con suavidad, recostando con temple aburrido mi mejilla contra mis nudillos.
Ella sonrió irónica y los pliegues de su vestido dorado ondearon al compás de sus presumidos pasos. Detuvo su andar frente a mí e intercambiamos miradas. Yo, inexpresivo; ella, con carácter confiado. Sin ningún reparo en mi incomodidad y rechazo, se sentó con actitud dominante sobre mi falda.
—Sabía que iba a encontrarte aquí, mi adorado príncipe Sesshomaru.
La disonancia en su voz era lo suficientemente irritante para mis pobres oídos, y mucho más cuando mi nombre solía escapar de sus venenosos labios rojos.
—A tu esposo no le hará ninguna gracia vernos así... —afirmé con parsimonia.
—Siempre tan tímido mi hermoso príncipe —comentó ella con ironía, acariciando con sobreactuado cariño mis gélidas mejillas. La miré directo a los ojos. Ella inclinó su cabeza hacía un lado con intenciones de besarme y la empujé, levantándome de golpe.
—No me toques —advertí con templanza y ella me observó desde el suelo, ofendida y ofuscada. Caminé hacia una de las ventanas que daban al exterior, mirando el atardecer.
Zero suspiró.
—Siempre tan desamorado... —dio por hecho, ergiendose del suelo y caminando hacia mi lado.
Aproveché para mirarla de reojo, desde mis centímetros algo más alto y a través de los rayos del atardecer, los cuales se reflejaban azafranados sobre su nívea y perfecta piel. Así descubrí que en su femenino rostro ya se podía vislumbrar tímidamente algunas líneas de expresión. Al fin y al cabo, Zero ya tenía cuarenta y cinco años, y era extraño que su apariencia apenas reflejara su edad. Conociéndola, no me sorprendería que diera cualquier cosa por detener el paso del tiempo.
Ella me miró, sonriéndome con su perfecta hilera de dientes blancos.
—Me dijeron que estás algo atontado por una esclava... —comentó con timbre divertido, mirándome con picardía e inclinado su rostro hacia mí, y yo me mantuve analizándola algo más a fondo, porque me sorprendía lo adulta que comenzaba a verse.
—¿Atontado?
—Ya sabes, enamorado...
Alcé una ceja ante la curiosa palabra.
—¿Enamorado, yo? —repetí, lanzando una mirada pensativa hacia la luna llena que se alzaba en lo alto.
De pronto, una extraña inquietud se apoderó de mí, como si me hubieran descubierto en un acto imprudente. Quise negarlo, responderle con frialdad, pero las palabras se me quedaron atascadas, como si mi voz se hubiera extraviado junto a mis pensamientos, los cuales, sin querer, me llevaron de inmediato a pensar en Rin. Mis ojos se perdieron en el paisaje nocturno, recorriendo el brillo frío y lejano de aquel astro misterioso.
Y me sentí como un explorador frente a territorios desconocidos, como si estuviera a punto de ser el primer hombre en pisar la luna. Así me parecía el amor: una tierra extraña y llena de incógnitas.
Enamorado.
Resonó otra vez en mi cabeza, con un eco molesto.
Oh, de verdad... era eso; yo estaba enamorado de Rin.
Sentí mis mejillas acalorarse y creo que los latidos de mi corazón se dispararon.
—¿No planeas decir nada? —cuestionó Zero, sacándome de aquella nebulosa en la que había entrado.
La miré con confusión.
—¿Sobre qué cosa? —pregunté con calma.
Zero abrió los ojos y sus labios se entreabrieron.
—Ya sabes, sobre mis cuestionamientos...
—¿Acaso tendría qué decir algo?
—¿No lo vas a negar?
Alcé las cejas y la vergüenza se hizo presente en cada punto de mi cuerpo. Jamás había sentido timidez o vergüenza, pero este nuevo descubrimiento me dejaba vulnerablemente al descubierto. Intentando mantenerme íntegro, me atreví a responderle sin siquiera pensarlo:
—¿Acaso tengo qué negarlo? —pregunté con tono inocente y titubeante, tan impropios de mi personalidad, y deseé golpearme a mi mismo por tan patética reacción.
¿De verdad esa es mi voz?, ¿de verdad soy esta persona?
Zero apretó con fuerza las manos y caminó directo hacia los sillones. Allí se dejó caer como una bolsa de papas y, colocando una mano contra su frente, comentó con desprecio:
—Debí suponerlo. ¡Por culpa de esa esclava rechazaste a mi pequeña hija Yura!
—Ah, en realidad esa no fue la razón principal...
Zero destapó su rostro y con palabras punzantes me rebatió con lo siguiente:
—Mi hija, entre todas las opciones, es la mejor. Aunque tal vez continues herido por el recuerdo de la princesa Rion —hizo una pausa venenosa y luego agregó—. Su suicidió al parecer todavía te afecta...
La mención de mi única y antigua comprometida me fue en absoluto indiferente.
Zero continuó con sus comentarios, como si estuviera buscando en mí alguna reacción negativa:
—Eres un hombre tan frío y desamorado, tal como lo era tu fallecido primer amor.
La miré de reojo, sin perturbarme por su comentario.
Yo jamás he estado interesado en Rion. Aunque crecimos de algún modo juntos, nunca hubo ningún tipo de acercamiento entre nosotros, porque desde temprana edad fui apartado de la familia real para ser entrenado como soldado y Rion murió siendo muy joven. Inclusive mi padre Kirinmaru fue el más afectado por el suicidio de esa niña, de un modo que nunca pude entender el porqué.
—Dile a tu pequeña mocosa Yura, que deje de esconderse detrás de las columnas para observarme. Me da vergüenza ajena —manifesté desdeñoso.
Zero arrugó el entrecejo y su boca se crispó hacia abajo.
—Te conozco desde que eras un maldito mocoso. Fui una madre para ti cuando eras un niño. Te enseñé a caminar, a leer, a escribir y cuando creciste y debía endurecer tu personalidad fui la primera mujer que te enseñó a follar, ¡mínimo me debes la vida!
La miré de lleno sin expresión aparente. Con toda la calma y frialdad del mundo le respondí:
—¿Por qué no mejor te matas?
La repulsión que siento por esta abusiva anciana es inmenso.
No haber tenido lazos maternales con nadie me ha sido indiferente, tanteando sobre el hecho de que jamás tuve añoranza por la progenitora que nunca conocí, además de que mi padre nunca la mencionó ni en el pasado y tampoco ahora en el presente.
Zero hizo caso omiso a mi comentario y continuó con su verborragia, poco interesante para mis pobres oídos.
—Este reino tiene un príncipe asexuado. Tu padre sabe que no visitas tu harem desde hace más de diez años, y que habiendo allí casi veinte prostitutas a tu servicio, sólo cuatro pueden decir que se han llegado a acostar contigo —ella hizo una pausa y la rabia se reflejó en sus facciones—. Ahora puedo decir que finalmente son cinco con la maldita infante que te regalaron los troyanos. ¡Al parecer te tiene agarrado de los testículos! Tres veces a la semana la llamas para que esté contigo en tu habitación y siempre la llenas de costosos regalos... , ¿y sabes qué significa eso en nuestras tradiciones?
Al parecer mis custodios estaban comentando muy deliberadamente mis movimientos a mi padre y ahora también a esta mujer inútil buena para nada.
—A ver, ilumíname con tu sabiduría...
Ella rechinó los dientes ante mi irónica respuesta.
—La estás cortejando, ¡maldita sea!, ¡a una insignificante esclava! ¿Sabes cómo terminan ese tipo de mujeres? Son brutas en conocimiento y débiles en sus extremidades. ¡Se enferman de nada y mueren! ¿De verdad Sesshomaru te interesa una mocosa así de frágil para nuestro reino?, ¿quieres ver volar a tus hijos por un barranco?
No rebatí su comentario, por lo que la insoportable de Zero continuó hablando:
—No sé para que diablos tienes tu harem. Sólo por las malditas apariencias. ¡Todas esas prostitutas no hacen nada productivo! Comen, duermen, pasean por el patio exclusivo para esclavos, follan entre ellas y ahora están aprendiendo a escribir y leer. Tu reputación de semental la cuidan como oro ante los demás nobles, aunque a ellas no les toques un pelo. Mienten por ti. ¡Inclusive los hombres se te acercan y no ocurre nada!
Largue una carcajada sin poder controlarlo.
—¿De qué te ríes? —preguntó perpleja al escuchar mi risa por primera vez en toda su vida—, ¿acaso si te gustan los hombres?
Sonreí de medio lado. Soy consiente de todos los mitos que existen a mi alrededor, además de las historias que se inventan para justificar mi temple callado, frío e indiferente hacia todo lo que me rodea.
Así que está preocupación ya está recorriendo todos los rincones de mi reino y mi padre se fue, poniéndome a prueba.
Curioso.
—Ella es infértil —di por hecho, solo para limar asperezas.
Zero pareció calmar su temple.
Su lengua recorrerá con alivió cada rincón de Esparta, porque yo puedo tener sexo con quien yo quiera mientras no existan hijos de por medio. A los militares no les importan los celos de las mujeres y cualquier comentario que pueda hacer Zero frente a otros hombres vale lo mismo que la nada. La función de mi harem es ese, brindarme sexo, y yo no estoy incumpliendo ninguna regla. Es más, esta situación es mejor para mi reputación ante la platea masculina. Todo noble tiene su amante favorita...
Que la menarquia de Rin se haya atrasado tanto era favorable para mí. Tengo a las maias como testigos, responsables de ver y revisar a las mujeres del harem todas las semanas y Rin jamás ha sangrado.
Comencé a caminar hacia la salida. Zero se levantó de golpe de su lugar y exclamó:
—¡Espera!
No sé porque detuve mis pasos pero lo hice. Ella intercedió ante mi silencio y comenzó a hablar:
— Di la verdad Sesshomaru, ¿por qué te tomas tantas molestias con esa niña?, ¿acaso planeas casarte con ella?
—No es de tu interés —respondí directo y sincero.
—Ah, ya entiendo... —dio por hecho con algo de alivio—, lo haces por venganza porque fue la esclava con la que estaba obsesionado Menomaru.
—Piensa lo que quieras.
Y sin esperar ningún otro cuestionamiento de su parte, me fui del salón.
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Dos semanas después
Tras la partida de mi padre, múltiples asuntos políticos habían exigido mi atención, impidiéndome visitarla antes. Sin embargo, en su ausencia, aproveché para liberar a mi alrededor de la custodia que me seguía siempre, además de hacer algunas reformas en mis aposentos personales, preparando discretamente el terreno para lo que pronto planeo realizar.
Al caer el sol en el horizonte, llamé a Rin a mis aposentos. Cerró la puerta detrás de ella, hizo una reverencia y luego, desde el otro lado de la habitación, me dedicó una sonrisa. Pude notar la incertidumbre en sus pequeños pasos, mientras yo esperaba expectante. De repente, corrió hacia mí, y, en ese instante, supe exactamente lo que iba a suceder, como si nuestros pensamientos se hubieran sincronizado.
Me incliné un poco y de un saltó se me abalanzó, envolviendo sus frágiles piernas en mis caderas y sus gelatinosos brazos por encima de mi cuello. La abracé con fuerza y sus torpes labios se cernieron con necesidad contra los míos.
Apasionada, dulce y voraz.
Aparté mi rostro y le miré con calma, para luego besarla con la misma pasión que Rin irradiaba: brutal y adolescente, pero sin perder la ternura e inocencia, con esa tendencia tan propia de ella de sonreír y reír dulcemente cuando nos besabamos. Caminé hasta la orilla de la cama, donde me senté y continúe con nuestro arrebato de cariño desmedido que poco a poco iba perdiendo intensidad.
—¿Por qué no volviste a llamarme? —preguntó con sus tiernos ojitos tristes.
La contemplé unos segundos totalmente cegado por la belleza de su rostro a centímetros del mío y le robé un beso fugaz, que derivo en otros tantos entre diminutas risas.
Omití responder su pregunta, y le dije con falsa seriedad:
—¿Todos los besos que te he dado que nuevo trato me costaran?
Rin sonrió ampliamente.
—Quiero un canasto con muchos melones —confesó con sinceridad, sin ningún tipo de pretención. Algo tan sencillo y simple, típico de su personalidad.
—Te daré una parcela sembrada de melones.
Y sus ojos se abrieron emocionados y me abrazó.
—¡Muchas gracias príncipe Sesshomaru!
—No agradezcas tanto...
Entonces sin darle tiempo a reaccionar, la recosté sobre la cama, quedando ella debajo de mí. Coloqué mis dos manos sobre sus pequeñas caderas y le di un beso de adulto, dejando de lado los roces inocentes y picaros entre nuestros labios y adentrándome más a redescubrir lo interno de su boca. Eramos tan disimiles sobre la cama. Yo, adulto, fornido y militar; ella, pequeña y quebradiza, típica mujer de baja casta. Empujé mi abuldata entrepierna contra su paraíso sellado y la sentí respingarse, mientras de sus labios escapó un pequeño grito sorprendido. Sonreí de medio lado.
—¿Y qué me pedirás a cambio de que me entregues mucho más que un beso...?
Sus mejillas se encendieron pero no se achicó ante mi dominante figura:
—Quiero un árbol de uvas...
¿Uvas?
Oh, no.
No pude evitar pensar en la carta de la anciana Kaede.
Se murió la calentura, la pasión, todo se arruinó dentro de mí. Deseé poder arrancarme los pensamientos pero eso es lógicamente imposible.
Me aparté de Rin, sentadome a su lado. Ella me imitó, curiosa, acomodando sus ropas y peinando sus cabellos que se habían desordenado.
—¿Algo lo incómodo? —preguntó inocente.
Nos miramos unos instantes. Y lo supe. Este era el momento para hablar con la verdad.
—Rin —susurré con suavidad su nombre—, quiero darte la oportunidad de elegir.
—¿Elegir?
—Ahora soy más libre de poder tomar algunas decisiones.
Ella me miró confundida.
—Quiero que seas honesta acerca de tus deseos. Aunque esta vida sea mejor que la que alguna vez conociste, sigue sin ser una vida realmente plena...
—¿Te refieres a casarnos? Todavía faltan alrededor de tres o cuatro años para que tengas la edad permitida.
La contemplé un segundo, su rostro estaba iluminado ante la idea.
—A partir de este momento, ya no serás una sierva.
—¿Eso significa que nos casaremos ahora?
Ignoré su pregunta y continué:
—Podrás llevarte tus vestidos, joyas, dinero… todo lo que necesites. Si prefieres vivir en la polis, conseguiré una hermosa casa para ti —hice una pausa—. Lo que intento decirte es que existen opciones más allá de unirte en matrimonio conmigo, y debes considerarlas también...
—Pero... ¿y tú?
Finalmente la miré no comprendiendo su pregunta. Sus vidriosos y tristes ojos me analizaban con curiosidad.
—¿Yo?
—¿Tú no iras conmigo? —preguntó con ingenuidad.
—No, Rin, yo vivo en el castillo...
—Pero... —otra vez sus labios titubearon, como si fuera a sollozar—, si me voy, ¿podrías vivir conmigo?
Parpadeé.
—Rin, ¿entiendes quién realmente soy y qué te estoy concediendo la libertad de hacer lo que quieras? —pregunté con tiento.
Ella asintió.
—Sí, lo entiendo, pero ya te lo dije hace meses atrás, yo quiero ser libre a tu lado, no lejos de ti... —confesó.
La miré con seriedad y luego observé los alrededores que nos mantenían todavía atados a la cruenta realidad. Volví a mirarla.
—Rin, ¿estás segura de que eso es lo que quieres? —pregunté.
Ella asintió.
Me levante de la cama, tendiendo mi mano hacia ella.
—Ven conmigo —musité.
Rin colocó su mano sobre la mía y se levantó de la cama. Caminamos hacia el otro extremo de mi amplia habitación, donde se hallaban unas cortinas. Ella me miró dudosa como pidiendo aprobación, y asentí, incitándola a hacerlo. Movió las cortinas y sus bonitos ojos se abrieron iluminados.
—Este dormitorio que ves aquí es para la futura consorte del príncipe de Esparta.
Ella me miró con sorpresa. Sostuve su mano y entramos en su dormitorio, amplio como el mío y con las mismas comodidades, pero decorado de forma más femenina y delicada, tal como pensé que le agradaría. A un lado de la habitación estaban todos los instrumentos musicales que le había regalado, sus vestidos, una estantería con pergaminos, otra con artículos de belleza y con las joyas de la reina y un enorme espejo de bronce de cuerpo entero. Había también una zona apartada por una cortina, destinada a su aseo personal. Caminamos hasta el centro de la habitación mientras ella, aún asombrada, miraba a su alrededor sin terminar de asimilarlo, hasta que sus ojos se posaron en los míos, llenos de incredulidad.
—Esto es todo tuyo.
—Pero… —titubeó finalmente luego de unos segundos en completo silencio.
—¿Pero qué?
—¿Los demás nobles…?
—Nadie te hará daño Rin, no lo permitiré.
—Pero ellos no me aceptaran…
No entendí su inseguridad repentina, cuando hace unos instantes estaba encantada con la idea.
—No me importa si no te aceptan —dije con firmeza—. Escúchame bien porque solo lo diré esta vez: eres la única por quien he sentido amor —confesé, dejando de lado mi orgullo.
Rin me miró, atónita por unos segundos, y la mejor sonrisa que le ví iluminó su precioso rostro, como si la felicidad llenará cada rincón de su cuerpo. De pronto, me abrazó con fuerza.
—Te amo principe Sesshomaru —susurró con su mejilla ruborizada contra los latidos de mi corazón—, y me quedaré a tu lado, no quiero irme a ninguna otra parte…
Era la primera vez en mi vida que me sentía sinceramente amado por alguien, pero no quería que las emociones me sobrepasaran. Sostuve sus frágiles hombros, separándola de mi cuerpo.
—A pesar de lo que acabas de decir recién, deseo que te tomes está noche para pensarlo detenidamente, Rin —enfatice—, tienes que ser realmente conciente de tu destino.
Hice una pausa y me aparté de ella. Mis facciones se retornaron duras y gélidas, como el mercenario que soy, y le confesé sin más:
—Soy un hombre que calcula cada movimiento. No cometo los mismos errores de Menomaru. Él intentó controlarte en un encierro opulento lleno de soledad, mientras yo te ofrezco libertad dentro de los límites de Esparta. Puedes decidir no estar a mi lado, pero no puedes abandonar estas tierras. Y algo más —hice una pausa, el peso de las palabras firme en mi voz—: sé que aún no has alcanzado la menarquia, pero deseo un heredero para el reino. Cuando nos unamos en matrimonio, toda posibilidad de escapar se evaporará. Como reina de Esparta, si alguna vez llegas a huir con mi hijo, tu acto se considerará traición al reino, y la traición se paga con la vida.
Rin me miró, seria y desafiante.
—¿De verdad serías capaz de asesinarme?
—Jamás te haría daño —le aseguré, dejándome ver vulnerable por un instante—. Pero Esparta sí lo haría. El amor no se interpone en el deber hacia Esparta. Y aunque lo que sentimos rompa paradigmas, yo también tengo mi juramento para mí pueblo. No puedo abandonar a Esparta por ti, y sin embargo, no quiero dejarte. Pero te protegeré, incluso de mí mismo cuando sea necesario. Si rompes las reglas sagradas, perderemos todo… y yo caeré contigo. Quiero que lo entiendas bien.
Rin permaneció en silencio, sus ojos fijos en los míos, como si esperara descubrir respuestas que yo no sabía cómo expresar.
—Esta noche te quedaras aquí, en tu dormitorio. Yo dormiré en el mío. Si al amanecer decides marcharte, no trataré de impedirlo. Podemos poner fin a esto sin resentimientos. Cuidaré de ti a la distancia, aunque te prohibiré acércate nuevamente a mí —admití y mis ojos se apartaron de los suyos, sin poder resistir la idea—. Incluso en la madrugada, los guardias que vigilan bajo la ventana tienen un momento de descanso. Tienes todas las oportunidades para escapar, aunque realmente no quisiera que lo hicieras...
Sin esperar su respuesta, me di la vuelta y salí.
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•RIN POV•
Recosté mi cabeza sobre la almohada, tapándome hasta la nariz. Me di media vuelta sobre el colchón y abracé con fuerza al peluche con forma de sapo entre mis brazos. Podía escapar pero no quería. Deseaba estar acá. Tenía un techo donde dormir, ahora una cama muy cómoda, me alimentaban todos los días, jugaba con las demás esclavas en el patio trasero del palacio, y no recibía maltratos de nadie, inclusive los soldados me respetaban mucho cuando se cruzaban en mi camino...
Pero ese es mi presente. ¿Cuál será mi futuro?
Aunque Sesshomaru me confesó abiertamente que me amaba, ya lo sabía. Él siempre lo demostraba con pequeños detalles que me hacían sentir especial. No me refiero a los regalos materiales, que aunque me gustaban, no eran suficientes para hacerme sentir querida. Cuando estábamos solos, Sesshomaru era un ser completamente diferente: más cálido, tranquilo y comprensivo. Había amor entre nosotros cuando nos besabamos.
Pensar en ser reina de Esparta me daba pánico. ¿Es suficiente el amor que siento por Sesshomaru para enfrentar todo lo que conlleva el trono? Desde la primera vez que lo vi, quedé hechizada por su figura y belleza. Pero al conocerlo más, me enamoré perdidamente, tanto que eso me asusta.
Observé con melancolía la ventana. Las sombras de las afueras se proyectaban en las paredes, dándole un aspecto tenebroso al dormitorio. Me generaron pánico esas oscuras figuras. Nunca les he temido viviendo en las profundidades del bosque pero ahora que me hallaba rodeada de personas, me atemorizaba volver a esa soledad.
Escuché el sonido de un rayo que de repente iluminó la habitación. Abracé con más fuerza el muñeco con forma de sapo que me había regalado Sesshomaru, muñeco que también me había acompañado durante los meses que he dormido en el harem. Comenzó a llover fuertemente y más atemorizada me sentí. Recuerdos fugaces de las muertes de mis hermanos pequeños regresaron a mi memoria, recuerdos que quería dejar en el completo olvido. Otra vez un rayo. Salté junto con mi muñeco fuera de la cama, envolví torpemente mi quitón sobre mi cuerpo desnudo y corrí hasta la cortina que me separaba de la habitación de Sesshomaru. Mis dedos titubearon pero finalmente moví la tela.
—¿Necesitas algo? —lo escuché preguntar con suavidad.
Me armé de valor y con pasos tímidos me acerqué hasta la cama. Él movió la cortina de tul. Lo divisé más claramente entre esa tenue iluminación, con el dorso desnudo, tapado hasta la cintura y hallándose sobre su falda un pergamino.
Otro trueno. Salté por inercia, por el miedo.
—¿Puedo dormir contigo...?
Sesshomaru parpadeó suavemente unos instantes. Luego se movió un poco hacia la orilla y movió un trecho de sabanas, descubriendo el colchón. Colocó su mano en ese lugar.
—Ven —simplemente ofreció.
Tímidamente me subí sobre el colchón, recostándome a su lado. Él acomodó mis almohadas y luego me tapó. Me recosté en posición fetal en dirección a él, abrazándome a mi muñeco y cerré los ojos.
Otro trueno.
Me acerqué más a Sesshomaru, hasta sentir su calor corporal.
—No tengas miedo —lo escuché susurrar aterciopelado.
—Principe Sesshomaru... —susurré con la voz quebrada al escuchar otro fuerte rayo.
Él paso su brazo por mi espalda arrastrándome hacia su desnudo pecho. Sentí su completa desnudez bajo las sábanas, pero no había ningún tipo de inclinación sexual en sus intenciones. Recostó su mejilla contra mi nuca.
—Te protegeré con mi vida...
Nuestras miradas se encontraron, y en un impulso, sus labios encontraron los míos, y un estridente rayó iluminó la habitación, presagiando todo futuro que nos esperaba. Pero no me importaba, siempre que estuviera a su lado.
—Te amo —susurré sin poder ocultar mi afecto.
Sesshomaru me sonrió con cariño con los ojos brillantes en felicidad.
Los latidos de mi corazón se dispararon y me sentí acalorada con su cercanía. Él siguió leyendo el pergamino. Después de un rato, yo también empecé a prestarle atención a ese papel desgastado, aunque mucho no entendia lo que decía ahí.
—¿Qué quiere decir esta palabra? —pregunté mirándolo y ahí fue cuando caí en cuenta que Sesshomaru se había dormido profundamente.
Se veía tan sereno y dulce, tan distinto a la imagen que los demás tenían de él. Pero yo lo conocía más allá de su oscuridad; podía percibir la luz que brillaba dentro de esa coraza de frialdad e indiferencia.
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NOTA DE AUTOR FINAL:
Inuyasha escribiendo una carta de amor secreta a Kagome:
"Tus ojos son como dos piedras mojadas, redondos y duros, pero brillantes. Me gustan tus labios, parecen una hoja seca, con la raíz al medio. Tu pelo es largo y... Te peinas bonito. Me gusta tu carcaj, lleno de flechas y tu arco... se ve bonito. Yo también tengo una enorme espada. Puedo mostrartela si en algún momento nos vemos. Tu admirador, Inuyash... *rayando con tinta sobre el nombre* SECRETO *subrayandolo*.
Respuesta de Kagome:
"Hola príncipe troyano Inuyasha. La próxima vez intenta tapar bien tu nombre. ¿Quién quiere ver tu enorme espada? Eres un maldito pervertido. El que mucho presume poco tiene"
Inuyasha leyendo la carta y mirando a colmillo de acero sin entender que dijo mal.
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Respuestas
Lucip0411:
¡Muchas gracias por tu comentario! Me alegra que hayas disfrutado del capítulo y de la "cita" entre Sesshomaru y Rin. En cuanto a lo que vio Kagome en sus manos, lo que vio fue *mientras Toko relata lo que vio Kagome, pasa un camión ruidoso por detrás, se escuchan fuegos artificiales, pasa una marcha militar con tambores, perros ladrando, una moto a toda velocidad*... y eso fue lo que vio Kagome. ¡Muchas gracias por leer el capítulo anterior !
Starlight Saint Lu : Hola, Starlight! Gracias por tus comentarios. Me alegra que te haya gustado la idea de que los labios de Rin son la debilidad de Sesshomaru. Coincido contigo, Sesshomaru cae hechizado primero por su sonrisa en la historia original y después a medida que ella fue creciendo, hasta ser una joven, seguramente eso fue lo primero que contempló. Me gusta eso que mencionas sobre el sexo y la época que está ambientada, esa perspectiva que se tenía a través de la historia. Podríamos decir que Rin es quien domina jajajaja me gusta la idea de que ella pueda decidir cuándo y cómo, frente a alguien que tiene todo el poder para hacer lo que quiera. La escena con Kirinmaru fue dura pero necesaria para mostrar la realidad de la época. ¡Qué bueno que disfrutaste el capítulo! La clandestinidad del beso en el callejón fue necesario para que ellos liberarán esa tensión que existía. Quería que fuera en libertad, siendo solo ellos, sin el peso de ser el príncipe y ser ella la sierva.JAJAJAJAJ Jaken leyendo esto, muero, no me lo puedo imaginar JAJAJKAKAKA ¡Gracias por tu sincero apoyo!
Próximo capítulo Lemon de Kaede x Sesshomaru
