Ranma 1/2 no me pertenece. Todos los derechos están reservados a su autor original, Rumiko Takahashi. Esta obra es escrita sin fines de lucro. Fanfic para participar en la Fiesta de Halloween de Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma con el tema #Leyenda. Relato basado en la leyenda mexicana de El callejón del beso.


Te besaré en el callejón.

Parte 2.- Tatsuo, el samurái sádico.

El mapa señalaba en dirección hacia el norte, al igual que la brújula que llevaba consigo. Veía las calles totalmente distintas a las que existían en Nerima, así que eso debía significar que estaba cerca de Yokohama. O eso quiso suponer, ya que apenas llevaba veinte minutos de trayecto. Aunque era justo decir que sentía su trasero ya entumecido por estar en la misma posición. Sonó su nariz, alejando los rastros de la gripa horrorosa que tenia.

—Que asquerosa. Ya no hay educación en este mundo. Si Ranma-sama estuviera aquí, vería con asco a alguien como tú.— Kodachi se encontraba en el asiento trasero, vistiendo su uniforme de la escuela a la que asistía. Retocaba su labial con mucha dedicación, queriendo lucir bella todo el maldito tiempo.

Palmeó su frente con frustración, harta de todo. —Lo que no entiendo es…¿Por qué diablos me siguieron todos ustedes?

Kuno Tatewaki peinó su flequillo, con el mismo porte egocéntrico de siempre. —Perdona, pero necesitaba dejarle en claro a Saotome que aunque yo vaya a salir de Furinkan, Akane es y siempre será mía.

Shampoo miró con gracia a Ukyo, burlándose de su nariz roja y de su aspecto deplorable. Esto no le hizo ni pizca de gracia a la cocinera, quien gruñó furiosa. —¿Y tú de que te ríes?

La joven china soltó una carcajada más marcada al escuchar la graciosa voz de la castaña. Cuando recuperó el aliento, la observó con mofa. —Airen no querer a chica con nariz roja. Verte mal, y ser fea en este momento. Además, ser asqueroso que tu sorber tu nariz en público.

—¿Y si mejor te callas, idiota?

Airen seguramente extrañar a Shampoo. Shampoo estar segura de que él me elegirá.

Rodó los ojos. —¿Y que te hace pensar que a ti si te querrá?

Con altanería se pavoneó frente a ella, moviendo grácil su cabello largo. —Yo ser atractiva, fuerte y sexy. Además, ser la mejor amazona del pueblo y tener una gran reputación allá.

—Y si es así…— Ukyo entrecerró los ojos y sonrió burlonamente, a pesar de que lo que iba a decir le dolía un poco. —¿Entonces por qué Ran-chan pareciera no querer despegarse de Akane? Y en todo caso, si estás tan segura de que el te escogerá, ¿Por qué decidiste pelear por el hoy?

A Shampoo, en el fondo le afectó lo que la castaña dijo. Debía aceptar que tenía razón en un punto. Después de lo ocurrido en Jusenkyo, Ranma parecía estar demostrando cierto interés por Akane. Todas las veces que hacía lo posible por intentar seducirlo, el la trataba de esquivar y se llevaba lejos a la chica de cabello corto. Estaba siendo frustrante el hecho de que, en cierto modo, Ranma si parecía estar tomando una decisión, pero nunca la decía en voz alta. Eso es lo que les daba esperanzas. Si fuese más directo probablemente entendería. O quizá no. No lo sabía.

No recordaba tanto de lo sucedido en China, porque al estar embrujada con los huevos de Kiima era como si se hubiese cegado y tuviera memorias un tanto borrosas, pero a palabras del propio Mousse, ese chico de trenza realmente estaba perdido en un mar de tristeza infinita al tener a Akane deshidratada y con pocas probabilidades de sobrevivir. Aún así, su orgullo amazona le impedía rendirse. Si o sí, debía cumplir la promesa del beso de la muerte que le había dado a Akane.

Con una sonrisa arrogante miró a la castaña. —Si tu ser amiga de la infancia, y ser más cercana a airen, ¿Por qué el no escoger a ti?

—Por la misma razón que nos une a ti y a mi. Akane Tendo. Ahora, si quieres eliminar ese obstáculo, deja de burlarte de mi nariz.

Mousse, quien acompañaba a Shampoo como una sombra, suspiró profundamente. Ella debía entender que ya no tenía oportunidad con Saotome. Y esperaba que en este viaje eso quedara claro.

Pero obvio, eso si llegaban a tiempo, porque el tráfico comenzaba a formarse y ahora el autobús estaba detenido en la carretera.

La búsqueda en el pequeño templo estaba siendo tediosa. Ranma y Akane habían decidido comenzar a buscar el pergamino en ese mismo lugar. Quizá podría estar oculto en alguno de los cofres de las miles de ofrendas que dejaban los habitantes y visitantes. Pero nada podían conseguir, y lo peor es que habían gastado al menos una hora en la búsqueda sin sentido.

—Es inútil. No está aquí.— Declaró Akane con un deje de derrota.

Ranma terminó de sacar de uno de los cofres lo restante. Tiró los objetos, gruñendo por la frustración. —Maldita sea...

Akane miró a Ming Ue interrogante. —¿No tienes alguna pista de donde podría estar al menos una de las mitades del pergamino? Tal vez eso nos ayude demasiado.

El espectro comenzó a pensar, sin embargo, parecía no recordar absolutamente algo que les ayudase en la búsqueda. Hasta que un destello de recuerdo hizo eco en su memoria. —¡Lo tengo! Una de las mitades debe estar en la tienda de antigüedades de los Wang.

—¡¿Es en serio?! ¡¿Tanto estuvimos rebuscando como para que no te acordarás de que estaba en una maldita tienda?!— A Ranma se le estaban saliendo los humos del coraje ante la ligereza con la que la fantasma decía todo.

Ming Ue decidió ignorar olímpicamente la furia del de trenza. —Los Wang son conocidos por ser una familia de ladrones. Ellos roban pertenencias y objetos históricos desde que yo vivía. Seguramente su tienda sigue en funcionamiento.

—¿Y donde queda la tienda, Ming Ue?— Preguntó la chica de pelo corto.

Un pequeño mapa salió volando en dirección a Ranma, pegándole en la cabeza sin miramientos y dejándolo en el suelo por el impacto. Akane se agachó a la altura del chico y tomó el pequeño papel en sus manos, sin importarle el golpe que su prometido recibió. Lo examinó, dándose cuenta de que un par de puntos brillaban dentro del papel. —¡Estos somos nosotros!

—¡Eso dolió!— Se quejó Ranma mientras tocaba su frente adolorida por el impacto.

El espectro se acercó a ellos con total parsimonia. —Así es. Ese mapa es un poco antiguo, pero describe las locaciones importantes de los lugares en donde podrían estar los pergaminos. El único detalle es que al ser de hace años seguramente están desactualizados, por lo que algunos sitios ya no existen.

Para Ranma todo estaba siendo un poco caótico y absurdo. Sobretodo lo último. ¿Cómo iban a adivinar que malditos sitios seguían existiendo?. Crispó sus dedos en señal de la desesperación que le causaba esa fantasma. —Si tenías un mapa para buscar los pergaminos... ¡¿Por que diablos no lo hiciste por tu cuenta?! ¡¿Eres tan imbécil como para no poderlos buscar tu sola?!

—Ranma, ya te dije que no seas grosero.— Reprochó Akane.

—¡No me dices que hacer, boba!— Explotó de furia con su prometida.

Ella frunció el ceño e hizo un puchero. De verdad que a veces era un reverendo imbécil. —¡No me grites! ¡Idiota!

—¡Tonta!

—¡Bobo!

—¡Torpe!

—¡Estúpido!

No pudieron seguir discutiendo, porque sintieron como la temperatura del lugar volvía a bajar. Todo el oro a su alrededor comenzó a flotar, y un viento los envolvió, moviendo con fiereza sus cabellos. Voltearon a ver a la fantasma responsable de todo el caos, quien los miraba con la mayor de las furias impresa en sus orbes.

—¡Basta ya!— Exclamó con voz gutural, a la par que lanzaba un par de medallones de oro en dirección al de trenza, por ser una persona realmente grosera.

Ranma esquivó con rapidez el impacto del objeto saltando hacia atrás, y temiendo por su seguridad e integridad decidió disculparse. —Vale, vale. Ya lo he captado. Perdona por reclamarte, ¿Si?— Ese espíritu enojado era peor que Akane cuando se molestaba.

Ming Ue se tranquilizó, y los objetos dejaron de levitar, cayendo estrepitosamente al suelo. Luego de ello, el viento cesó y la temperatura volvió a ser la misma de antes. —Lo lamento. Es esa razón por la que debieron encerrarme en el espejo. Si mis sentimientos se desbordan causo un desastre. La última vez que vagué por este lugar fue el día que me encontré a ese anciano. Desde entonces me sellaron en un viejo espejo de la casona donde vivía. No pude buscar antes los pergaminos porque alguien me hechizó.

—¿Un hechizo?— Preguntó el de ojos azules.

—Debió haber sido un sacerdote o alguien que sabe de magia.— Dijo Ming Ue. —Es por eso que siento que mi pergamino está siendo manipulado. Si intento buscarlo por mi cuenta, el caos se desataría en este lugar.

—Ahora entiendo todo. Ming Ue, te debo una disculpa.— Se sinceró el chico, sorprendiendo un poco a Akane. Antes no era capaz de pedir perdón tan fácilmente, pero de un tiempo para acá no le costaba. Ranma miró a Akane con decisión. —Tenemos que ir a esa tienda primero.

Ryoga caminaba en compañía de Akari por los alrededores del barrio chino de Yokohama. La joven le agarraba el brazo con total confianza, mientras que el chico de la bandana se sonrojaba furiosamente. Ya había un acercamiento más especial entre ambos, pero aún con todo eso, seguía siendo complicado para él dejar de sentirse avergonzado con el contacto femenino. Al menos podía afirmar, con orgullo, que había superado a Akane. Y no era para menos, después de ver como se puso el de trenza y el cómo ella se sacrificó, le quedó más que claro el hecho de que ambos se amaban mutuamente. No deseaba arruinar la felicidad de Akane, y ahora, él estaba alcanzando la suya propia.

—¿Qué deberíamos hacer?— Preguntó la joven con curiosidad.

Ryoga jugueteó con sus dedos sudorosos por los nervios. Akari si parecía tener un efecto más fuerte en él que Akane. —N-no sé que es lo q-que quieras hacer...

Akari sonrió alegremente. ¡Adoraba a Ryoga! Realmente pensó que no podría ganarse su cariño, pero ahora estaba disfrutando de los frutos de su insistencia. Katsunishiki, su cerdito, también estaba encariñándose con el chico de la bandana. Todo iba viento en popa, y esperaba que así fuera para siempre.

Se encontraban cerca de un restaurante de comida china. El estómago de Akari ya estaba gruñendo, clamando por un poco de alimento. —¿Y si comemos comida china?

El chico asintió, satisfecho con la propuesta. Él también se encontraba algo hambriento. Sin embargo, antes de entrar al lugar, por la puerta salió una figura masculina corriendo apresurada mientras empujaba a Ryoga con total violencia. Para que Akari no saliera lastimada, el joven la hizo a un lado, apartándola con total agilidad.

—¡Maldito! ¡Fíjate por donde vas!— Gritó enojado.

Akari notó algo extraño que estaba en el suelo. Con cuidado se agachó para levantar lo que sea que había caído en el piso. —Ryoga...— Dijo llamando la atención del chico.

El de los colmillos se quedó perplejo. —¿La mitad de un pergamino?

Miraban el mapa mientras caminaban hacia la dichosa tienda de antigüedades que Ming Ue les había comentado. El silencio en ellos se había instalado desde que salieron del lugar, y es que aunque Ranma se disculpó con la fantasma, no lo había hecho con Akane por decirle boba y otros insultos durante su pequeña discusión en el templo. La observó de reojo, y carraspeó un poco, tratando de disipar la tensión existente en él.

—Akane...

Ella le miró. Lo notaba rojo. —¿Estás bien?

—Estaba pensando…— Dijo sin apartar la vista del mapa.

—¿Aja?

Carraspeó, esperando poder alejar los nervios que crecían intensos. —Yo… bueno… perdona por decirte boba hace un rato. Y por todo lo que te dije. No debí enojarme con Ming Ue, ni tampoco contigo. Es solo que la situación me tiene algo tenso. Es todo.

—No te preocupes. Yo te dije idiota, así que estamos a mano.— Sonrió sincera, mientras observaba nuevamente el trozo de papel. No le daba peso a nada, porque entendía que estaban enojados. —Aunque no era la forma de dirigirse a alguien, entiendo que te hayas sentido un poco desesperado por la búsqueda.

Ranma apartó sus ojos del papel para poder fijarse en ella. No sabía que es lo que pasaba con él, pero ese lugar le instaba a confesarse en cualquier instante, como si un hechizo se hiciera presente en él. —Akane… tu me...

—¡Oh! Hemos llegado a la tienda.— Interrumpió Akane deteniéndose de forma abrupta.

Ranma sacudió su cabeza. No, no era el momento indicado para decirle lo que sentía por ella. Se fijó en el mapa, corroborando que, en efecto, habían llegado a la tienda de antigüedades. El letrero indicaba que era de la familia Wang, los mismos ladrones a los que se refería la fantasma.

Con precaución entraron al local, dándose cuenta de que, en realidad, estaba vació. Los estantes debieron de ser saqueados, porque todo gritaba desorden. Solo había unas cuantas cosas de pie, pero eran pocas.

—Está hecho un desastre…— Murmuró Akane extrañada de todo.

Antes de dar siquiera un paso, Ranma se adelantó a ella, poniéndose enfrente para protegerla. Parecía que alguien solo se había llevado una sola cosa, y no era difícil deducir cuál era el objeto. Los vidrios rotos indicaban que hubo fuerza física involucrada, pero lo extraño es que se notaba que una bestia lo había hecho, porque ningún ser humano cualquiera podría causar tales daños. Solo las bestias como el Yamata no Orochi, o los sujetos poderosos como Pantimedias Taro, Rouge, Herb o Saffron eran capaces de hacer ese tipo de desastres.

—¡¿Hay alguien ahí?!— Preguntó Ranma, tanteando el lugar. Al no haber respuesta decidió avanzar hacia adentro acompañado de Akane. Llegaron hasta el mostrador, buscando alguna señal de vida. Pero nada indicaba que hubiera alguien ahí.

Akane observó como en uno de los estantes que quedaban de pie se mantenía un medallón antiguo. Lucia hermoso, y por alguna razón, se sentía atraída hacia él. Tal vez si se lo probaba no pasaría nada. Con calma lo tocó, sintiendo un pequeño ardor en su mano que hizo que lo soltara de inmediato. —¡Ay!— Se quejó ella.

—¿Akane?— Ranma avanzó hacia ella, preocupado. —¿Qué ocurre?

—Ese medallón me quemó la mano.— Dijo mientras se la sobaba.

—Boba. Solo a ti se te ocurre tomarlo. A veces tienes la cabeza un poco hueca.— Tomó la mano de su prometida, pero ella la alejó.

—¡Estúpido!— Que le dijera cabeza hueca le hizo un poco de ruido. Si bien era cierto que solían discutir menos, aún a veces se les escapaban cosas un tanto hirientes.

—¡Oye! Me estoy preocupando por ti.— Iba a tomar nuevamente su palma, aunque de nueva cuenta Akane la apartó. Frunció el ceño, y con fuerza apretó la quijada —¡Deja de ser tan poco linda!

—¡Y tu deja de ser pesado!— Le mostró la palma. —¡Ahí está!

—No hay nada.— Miró perplejo la palma de su prometida, notando que, en efecto, ninguna marca se le había formado.

—¿Qué?— Observó su propia mano, corroborando. —Pero, esa cosa me quemó...

Sintieron, de nueva cuenta, el frío invadir ese sitio. Los vidrios en el suelo comenzaron a levitar lentamente, y en cuanto se encontraban suspendidos en el aire, se encaminaron rápidamente en dirección hacia Akane, con la intención de hacerle daño.

—¡Akane!— Gritó Ranma con todas sus fuerzas.

El de trenza tomó a la chica entre sus brazos y se tiró junto con ella al suelo, poniéndose de escudo encima de la joven. Escucharon los vidrios impactar contra el muro, y luego de eso, una risa macabra resonó en el lugar, como el eco de un trueno mortal. Un humo denso cubrió la zona, y el aire soplaba fuerte.

—¿De verdad creen que pueden ayudar a Ming Ue?

Era la voz más intimidante del mundo. Jamás habían escuchado algo así. Se equiparaba a una bestia salvaje, a un monstruo horrendo sacado de las peores pesadillas de los niños y, porque no, de los adultos. Con miedo en sus rostros levantaron la mirada.

Frente a ambos chicos se encontraba ese maldito samurái, enfundado en una armadura de color negro, y con una katana sumamente grande, enfundada en su cinturón de oro fino. Los ojos de aquel espectro eran rojos, demoníacos, y estaban cargados de pura maldad. La crueldad de su gesto resaltaba en la quietud del lugar. Su estatura era imponente, y a pesar de ser un fantasma, resultaba poderoso. Intimidante.

—Tatsuo…— Murmuraron un poco asustados.

Volvió a reír con estruendo. —Ming Ue consiguió a un par de debiluchos para ayudarle. Que ternura.

Los dos se levantaron enseguida, retrocediendo un par de pasos para evitar que ese espectro les hiciera algo. Akane se colocó al lado de Ranma, tomando su brazo, anticipando cualquier movimiento que pudiera hacer el samurái.

—Deja que Ming Ue se vaya.— Declaró Ranma con firmeza, adoptando una pose protectora con Akane. —No ganas nada con dejarla vagar aquí. Solo sufre.

—Humanos. Siempre tan sentimentales.— Hizo levitar un jarrón que aún quedaba en pie, y lo lanzó hacia un lado de Ranma, rozando la mejilla del chico. Este se rompió en pedazos muy chicos gracias a la velocidad y fuerza con la que impactó. —Es por eso que detesté ser uno. Si Ming Ue no se hubiera enamorado de ese inútil de Takahiro, nada de esto estaría pasando.

—Danos el pergamino, Tatsuo.— Retó la chica, intentando demostrar que no tenía miedo, cuando la realidad es que si lo tenía.

—Yo creo que será imposible. Mi secuaz, el hijo de mis sucesores ha resultado ser un buen títere. Ahora poseo una de las dos mitades del pergamino, y ninguno de ustedes dos podrá recuperarlo. Además, una niñita imbécil como tú no me dirá que hacer.— Tatsuo desenfundó su arma, y rápidamente la blandió, logrando cortar unas cuantas puntas del pelo corto de Akane. —Podría matarte ahora mismo. Aunque, tocaste ese medallón. Que bueno que no te lo pusiste, porque si lo hubieras hecho, te habrías rendido ante mi.

—Maldito idiota.— Gruñó el de trenza, furioso por el atrevimiento de Tatsuo hacia Akane.

El samurái sonrió con travesura. —¿Es tu novia? Vaya joya que conseguiste.— Con la punta de su katana acarició la barbilla de Akane, produciendo un tremendo repelús en ella, quien puso gesto de asco. —Hasta le hace competencia a Ming Ue. Pero bueno, ella no me gusta para mí. No soy de recoger la basura de otros.

Ranma se soltó del agarre de Akane, y con ira, se adelantó al fantasma, intentando atacarle con el tenshin amaguri ken. Pero claro, debió prever que no lo lograría. El espectro desapareció de su vista, reapareciendo por encima de él.

—Fallaste. Pero no te preocupes. Seré misericordioso. Tienes otro intento.

Tatsuo levantó nuevamente trozos de vidrio, los afiló con destreza y los lanzó hacia ambos chicos. Ranma corrió rápidamente y levantó a Akane del suelo, cargándola en brazos, aterrizando cerca de la entrada del lugar. La dejó en el suelo, posicionándose para pelear. Luego de ello, el samurái levantó unos cuantos jarrones, arrojándolos en su dirección.

Akane tomó un par de lanzas cercanas y con ellas bloqueaba cada pieza de cerámica que podía, intentando que su velocidad no decayera. Agradecía el hecho de haber estado entrenando durante esos meses posteriores a lo ocurrido en China, de otro modo, no podría seguir la corriente al fantasma. Ranma, por su parte, las golpeaba, deshaciéndolas en pedazos y tratando de evitar que algún pedazo saliera volando en dirección a su prometida.

—Vaya, vaya. Las nenitas saben pelear. Veamos si pueden seguirme el juego.

El de trenza, molesto, volvió a querer atacar con patadas y golpes, moviéndose lo más ágil que podía para luchar contra ese maldito bastardo. No podía aplicar el hyryu shoten ha por el poder tan excesivo que representaba. Si se le ocurría hacerlo, podría poner en peligro a Akane, cosa que no deseaba en ese momento.

—¡Maldito! ¡Pelea bien!

Tatsuo carcajeo fuerte.—Soy un fantasma, ¿Lo olvidas? No puedes darme ni un solo golpe.

Se detuvo, atónito por lo obvio de la situación. —Rayos.

El samurái hizo algo que no le pesaba en lo absoluto. Las dagas de cientos de años de antigüedad que se encontraban ahora desperdigadas por el suelo comenzaron a flotar. Y con rapidez, se dirigieron en dirección al par de prometidos, tratando de herirlos.

Ranma saltó hacia atrás y hacia los lados para intentar evitar que alguno de los trozos le infringiera daño, y con algunas patadas logró que unos cuantos se desviaran del camino. Akane pudo esquivar las armas, aunque un par le rozaron por debajo de su falda del uniforme y la manga derecha, rasgando levemente la tela.

Las carcajadas sonaron más imparables que nunca. —Mocosos. Será su fin.— Aumentó el ataque, esta vez lanzando las katanas que salieron vigorosas de la bodega del lugar.

El de ojos azules se quedó pasmado sin saber que hacer. Claro que su prometida fue más lista. Akane rápidamente tomó un enorme gong cercano y lo usó como escudo para ambos, haciendo que las katanas rebotaran en el objeto metálico, provocando un ruido estridente. Esto pareció aturdir al espectro, por lo que Ranma aprovechó la distracción de Tatsuo y el cese del ataque de las katanas para tomar a la chica de la mano, saliendo de la tienda de antigüedades con total rapidez.

Corrían tanto como sus piernas se los permitían, pasando a través de las personas que se preparaban para el festival. Sus alientos se volvían erráticos, y sentían un temblor indescriptible, fruto de lo asombrosamente hábil que resultaba el espectro.

Se estaban enfrentando al poderoso Tatsuo, el samurái más sádico que jamás haya existido. Y esperaban sobrevivir ante él.

Llevaban ya una hora atascados en el tráfico, y no lograban avanzar. Su desesperación era enorme, y lo que era peor es que ninguno se soportaba. Kodachi ya estaba discutiendo con Shampoo sobre quien era más refinada para Ranma. Kuno le daba un sermón a Mousse recalcando que el y solo él podría derrotar a Saotome. Y ella... bueno, ella lidiaba con su estúpida gripe. Para rematar, los pasajeros comenzaban a reclamarles por el escándalo que estaban armando. Con furia apretó su espátula gigante, decidiendo hacer un movimiento para zafarse del caos.

—¡Ya dejen de hacer tanto lío, maldición!— Sin reparos, Ukyo blandió su espátula en el aire, destrozando un poco de la puerta del autobús. Respiró agitada, siendo observada con miedo por el chofer y los pasajeros, y con sorpresa por la banda de locos.

En cuanto se calmó, decidió salir del transporte. La castaña caminaba furiosa por toda la carretera, notando que en serio había un embotellamiento muy grande. Tendría que caminar para llegar a tiempo, aunque eso no importaba. Eso sería mejor que estar con la pandilla de mequetrefes de siempre. Al menos no estaba tan lejos de Yokohama. Pero claro, pedía mucha paz para lo que el universo le ofrecía.

—¡Aiya! ¡Cocinera esperar!

Shampoo corría, arrebasando a Ukyo, llevando los bomboris en sus manos. Kodachi hizo lo mismo, mientras agitaba su listón y derramaba pétalos de rosas negras por doquier, dando un espectáculo único a las personas atoradas en el tráfico. Mousse, quien clamaba por amor, seguía a Shampoo como un perrito faldero, y el idiota de Kuno corría soltando mil maldiciones hacia Ranma.

Suspiró rendida. —Al mal paso darle prisa.— Aceleró su paso para alcanzar a sus rivales, y con suerte llegar a Chinatown antes del anochecer.

El hombre encapuchado llegó a la tienda de antigüedades destruida, luego de haber intentado sellar el pergamino para evitar su unión. Tuvo que ir con el hechicero de la zona, quien le aseguró que nada podría romper ese candado que le colocaron. Sostenía su capa fuertemente, queriendo ocultar el tan preciado objeto dentro de esa tela. Con fervor se anunció, y el gesto triunfante en su rostro solo denotaba la confianza que le avasallaba.

—¡Mi señor Tatsuo!— Se inclinó hacia enfrente, reverenciándose ante su amo.

La entidad se manifestó entre un espeso humo negro y destellos verdosos. Las armaduras se hicieron presentes de nuevo, y los ojos rojos acompañaban muy bien la sonrisa sardónica del espectro. —¿Y bien? ¿Dónde está la mitad?

El hombre intentó sacar algo de su capa, pero fue inútil. Sintiendo los nervios crecer dentro de sí, esculcó su ropa. Todo había resultado en vano. No tenía el objeto prometido a su señor.

—¡Oh, mi amo!— Se arrodilló totalmente, temiendo despertar la furia del ente. —Lo lamento. La mitad del pergamino la he perdido.

Tatsuo, con el mayor de los corajes, levantó al pobre hombre del suelo. Apretó fuertemente el cuello del individuo, cortando su respiración. Mientras tanto, este se retorcía, intentando suplicar por piedad que le devolviera el aliento. —¡Maldito imbécil! ¡Solo un trabajo tenías por hacer!

—Mi... señor... no... perdone...

Tatsuo terminó apretando más el cuello del hombre, hasta que este dejó de moverse, adoptando un aspecto pálido en su piel. Fue entonces que, sin miramientos, el samurái devoró los restos del alma. Y luego, desvaneció el cuerpo en puro polvo, tal como lo había hecho con los dueños de esa tienda de antigüedades. Una técnica que había aprendido en el inframundo para hacerse más poderoso.

—Es una pena. Pero, en fin. Encontraré esa otra mitad y exterminaré a esos mocosos a como dé lugar.

Ranma y Akane se sentaron en una de las bancas del parque cercano al barrio Chino. Habían decidido salir de ahí para poder pensar que hacer, porque el monstruo de Tatsuo resultó ser un enemigo a la altura de Saffron. Despiadado, tan cruel y frío, sin consideración en los demás. Más bien, era peor que ese crío mimado de alas gigantes, porque Saffron al menos podía jactarse de que lo hacía por su tribu. Tatsuo, por el contrario, simplemente buscaba perjudicar a una sola presencia, y no le importaba nada ni nadie. Ni siquiera se doblegaba de piedad ante la que alguna vez fue el amor de su vida.

—Intentó hechizarme.— Declaró Akane atónita. —Debí suponerlo.

—No lo hubieras sabido. Deja de ser dura contigo misma.

Suspiró. —Ming Ue no mentía. Ese hombre debió ser peor en vida.— Dijo Akane un poco preocupada. —Ranma, tenías razón. Happosai nos metió en un lío bastante gigante.

Tenía ganas de gritar un gran y enorme "te lo dije", pero se contuvo. No era el momento de ser infantiles. —Bueno, ahora estamos dentro. No podemos retractarnos.— Se giró hacia ella, corroborando que no tuviera alguna herida gracias al ataque de Tatsuo. —¿Estás bien? ¿No te hiciste daño?

Akane observó la falda de su uniforme. Ya estaba un poco sucia, rasgada de una parte, y encima, algunos trozos microscópicos de vidrio y cerámica se le habían atorado en las telas. Además, su manga derecha ya presentaba el efecto del ataque de Tatsuo. Sonrió, tratando de tranquilizar a Ranma. —Descuida, estoy bien. Las dagas solo me rasgaron la ropa.

Imitó a su prometido, buscando señales de alguna herida que le hubiesen causado durante la pelea. Pero no había nada, salvo un pedazo de uno de los jarrones en el pelo del chico. Con parsimonia retiró el pedazo, tocando el suave y sedoso pelo de Ranma. Le encantaba, cada vez que tenía oportunidad lo acariciaba con suavidad.

—¿Todo bien?— Preguntó el de ojos azules con gentileza.

—Si.— Afirmó sonriente.

Ranma le correspondió la sonrisa, totalmente aliviado. Se miraron por unos segundos, comenzando a sentir una especie de calidez en sus corazones. Remojó sus labios, tratando de decirle algo lindo. Aunque las palabras se le estaban quedando atascadas, porque su mente no pensaba en nada más que en ella. En sus labios. Precisamente en como sería besarlos.

Akane estaba igual. A pesar de que ahora estaban metidos en un caos, ella no dejaba de darle vueltas a lo que planeaba hacer en el viaje. Si, seguía planeando la forma correcta en como decirle directamente lo que sentía. Sería un desafío hacerlo en esas condiciones, pero, ¿Qué más daba? La valentía se le estaba presentando en ese momento, y si no lo hacía ahora, ¿Cuando?

—Ranma... yo... tengo algo que decirte...— Su nerviosismo disminuyó un poco. Mágicamente era como si en ese lugar se sintiera en paz como para confesarse. Algo parecido a estar bajo un efecto de algún hechizo.

El de trenza asintió. Era Ranma Saotome, y si acababa de enfrentarse a un espectro demoniaco antes, era capaz de decirle a Akane la verdad de su corazón. —Yo igual. Verás... yo... estaba pensando... en que si... cuando acabemos esto, qui-quisieras t-tener u-una... una ci...

—Hola.— Pronunció una voz de ultratumba detrás de los dos.

—¡Aaaahhhhhh!— Akane se sobresaltó y terminó abrazando nuevamente a Ranma, enterrando su cabeza en el pecho fornido de él. Hipeaba por el susto, mojando un poco las ropas de su prometido.

—¡No tienes por qué hacer eso cada vez que aparezcas!— Gritó el joven ofuscado. Siempre tenía que comportarse tan misteriosa con ellos.

Ming Ue se inclinó con respeto. —Lo lamento. Quería jugarles una broma.

Akane se separó de Ranma con los ojos llenos de lágrimas y temblando. Trató de sonreír para quitarle peso a la acción sorpresiva de la fantasma. —No... te... preocupes...

—¿Qué sucedió? ¿Lograron encontrar el pergamino?

Ranma negó. —Ese cabrón lo tiene. Y del otro no tenemos ni idea de donde podría estar. Además, Tatsuo estuvo a nada de asesinarnos.

—¡¿Asesinarlos?! ¿Cómo?

—Nos lanzaba dagas, vidrios y objetos afilados. Si Ranma y yo no supiéramos artes marciales no habríamos sobrevivido a nada.— Declaró la joven de pelos cortos.

Ming Ue miró los anillos en los dedos de ambos, notando que aún no se habían usado. —Pensé que los usarían, ¿No han activado el escudo?

Akane lo tocó, y negó con su cabeza. Ranma frunció el ceño. —Nunca nos dijiste cómo se activaban.

La fantasmagórica mujer sonrió con pena. Lo que iba a decirles no les iba a agradar. O, más bien, les daría vergüenza. —Lo lamento, fue mi error. Verán, para que sirva el escudo, tienen que besarse.

¿Habían escuchado bien? ¿Besarse? Enrojecieron de golpe. Tragaron saliva, y se observaron de forma fugaz para luego ver a Ming Ue. —¡¿Qué?!— Preguntaron al unísono.

—Así es como los programé. Tengo unos cuantos poderes, pero no son los suficientes para derrotar a Tatsuo por mi cuenta. Es por ello que usé la poca magia que poseo para crear un escudo que los protegiera. Pero la condición es que deben besarse. Solo así lo activarán.

Se miraron de nueva cuenta. Luego a Ming Ue. Y luego, regresaron sus ojos hacia el otro. Bajaron sus cabezas, avergonzados, y juguetearon con sus dedos. Todo les había parecido lo más extraño del mundo. Jamás, ni en sus más locas aventuras les habían dicho algo como eso. Deberían de escribir una novela y publicarla, solo así la gente les creería por todo lo que pasaban.

—¿P-por que todo tiene que ver con besos aquí?— Preguntó el joven de trenza, ofuscado.

—¿Ranma? ¿Akane?

La voz conocida para ellos se hizo presente en forma de cierto jovencito de colmillos prominentes, quien caminaba junto a una chica a quien también podían recordar.

—¿Ryoga? ¿Akari?

Dentro de una mansión abandonada en las afueras del barrio chino, un cofre comenzó a brillar con fuerza. En su interior, algo extraño parecía moverse. Se tambaleaba de un lado a otro, intentando liberarse de la prisión de esas paredes de madera finamente decorada con motivos de serpientes. Todo el aire se enturbió, y las velas del cuarto se encendieron, además de presentarse un olor almizclado. Las personas que pasaban cerca de la propiedad parecían no inmutarse ante lo que sucedía, acostumbradas a la magia extraña de esa gran mansión.

—Entonces están en un viaje escolar, pero ahora deben ayudar a esta fantasma gracias al anciano pervertido de Happosai.— Dijo Ryoga, atando cabos sobre la situación de sus amigos.

Ranma asintió, y luego señaló al pergamino que ahora tenía Akane en sus manos. —¿Dónde lo encontraron?

—Un hombre extraño lo tiró mientras salía de un restaurante de comida china.— Respondió Akari. —Lo intentamos abrir, pero no nos deja. Es como si estuviera sellado.

Ming Ue abrió los ojos con sorpresa e impacto. Se acercó aún más para observar el objeto resguardado con Akane, y solo así pudo corroborar que se trataba de la mitad que más anhelaba encontrar. —Takahiro...— Murmuró con anhelo.

—¿Es de Takahiro?— Preguntó Akane.

—¿Takahiro?— Cuestionaron Akari y Roga. Realmente no es que entendieran algunas cosas, así que por ello es que preguntaban.

—Mi ser amado. Con quien me debo encontrar en el más allá.— Ming Ue adoptó una pose soñadora.

Akane miró a Ryoga y a Akari. Tal vez necesitaban más ayuda para resolver el gran problema en el que se metieron. Aunque claro, no quería arrastrarlos a lo que tuvieron que enfrentar con ese ser, pero de verdad lo requerían. —¿Podrían ayudarnos? Solo tenemos hasta el anochecer del día de hoy para ayudar a Ming Ue.

Ambos chicos se miraron, y luego, asintieron. —Cuenten con nosotros.

El espectro de la mujer intentó tocar el sello que se encontraba incrustado en el pergamino, pero en cuanto lo hizo, salieron unos cuantos chispazos y sintió un peso gigante. Reconoció el tipo de magia que habían usado para bloquear el pergamino. —Esa magia es usada por la familia Xu. Su tienda de hechicería está cerca de aquí, a unas dos cuadras. Debemos volver al barrio y pedirles que reviertan el hechizo.

Todos habían llegado, por fin, a Yokohama. Si de por si era extraño ver a dos chicos corriendo en las calles aledañas de la zona, peor lo era el ver a una manada de jóvenes con armas y lanzando quien sabe que tantas cosas al aire. Además, gritaban el nombre de un desconocido en específico. Un tal Ranma Saotome.

—¡Saotome! ¡Ven aquí! ¡No te escondas, cobarde!— Gritó Kuno, espantando a algunas personas que caminaban por la zona. Con fuerza movió su boken, partiendo a la mitad una banca de concreto de ese parque en el que buscaba.

Kodachi, mientras tanto, lanzaba somníferos a diestra y siniestra por el centro comercial cercano a Chinatown, con la esperanza de que su querido cayera en el efecto. Lastima que quienes caían eran los presentes que no pudieron esquivar los trucos sucios de la denominada rosa negra. —¡Ranma-sama! ¡¿Donde te encuentras, amor?!

Ukyo se aseguró de que el par de prometidos no estuvieran escondidos en esa zona. Brincaba y corría, buscando a quienes debía encontrar para evitar que se besaran. Mientras tanto, la nariz le escurría momentáneamente por el esfuerzo de sus movimientos. —¡Ran-chan! ¿Dónde podrás estar?

—¡Airen! ¿Dónde estar?— Gritó Shampoo mientras inspeccionaba el restaurante al que había llegado a irrumpir, destrozando la pared con sus bomboris coloridos. Al no tener respuesta de su futuro esposo, decidió moverse a otro lugar. Claro estaba que, los meseros del restaurante y los comensales simplemente se quedaron pasmados ante la escena extraña que presenciaron.

Mousse, por su parte, con la ceguera en sus ojos no sabía a donde había dado. De pronto la ciudad común y corriente se había transformado en un paisaje lleno de casas tradicionales chinas. Caminó, tratando de afilar su mirada para encontrar a la chica de la cuál seguía enamorado, pero no lograba distinguir bien.

—Necesito mis lentes.— Murmuró colocando el artefacto en sus ojos. Cuando finalmente lo hizo, se dio cuenta de que estaba a las afueras de una mansión extraña.

El aire se enturbió, y pudo sentir unos escalofríos recorrerle su piel entera. Algo no estaba bien, sentía el peligro ahí, acechando.

Se colocó en posición defensiva para poder atacar, sin embargo, poco pudo hacer. Un dolor de cabeza horrendo le invadió, haciendo que cayera al suelo mientras tocaba su cabeza desesperadamente. Cerró los ojos, con la esperanza de que el dolor cediera solo. Pero gracias a esto no vio el humo negro acercándose hacia él. Solo sintió un frío congelante, y una voz macabra susurró a su oído.

Mousse. Mi estimado amigo. Me ayudarás a recuperar el pergamino, y a cambio, te prometo que destruiremos a Saotome. Shampoo será solo tuya.

Finalmente abrió los ojos, que ahora eran de un color rojo fuerte.

—Si, Tatsuo.


¡Hola a todos!

Ya tenemos el segundo capítulo de esta intrigante aventura. Espero les esté gustando. Siendo sincera, solo serán alrededor de cinco capítulos los que escriba, porque no quiero hacer la aventura demasiado grande. O puede que si me salgan hasta seis, nunca diré que de esa agua no beberé porque me conozco, me pasa que a veces mi imaginación vuela alto y me explayo. Pero de diez no pasa, lo juro.

Obviamente el fantasma del samurái, los pergaminos, los anillos y la magia no son parte de la leyenda del callejón del beso, pero es para que la aventura fluya mucho mejor. Para que sea algo estilo Rumiko Takahashi. Espero que logre ese efecto, o algo similar.

Les agradezco mucho su apoyo. No esperaba la buena recepción. Me da gusto, y de todo corazón, deseo que les esté encantando esta historia que estoy desarrollando.

¡Que tengan un gran y excelente día!

Con amor, Sandy.