Atenas, 1974.
Hacía ya varias horas que el sol se había escondido tras el monte Penteo. Las Investidas, tres mujeres de avanzada edad que vivían en un recóndito pueblo de la región de la Fócida, habían llegado al Santuario a petición de la doncella que vigilaba a la Presagiadora de Eventos. Escoltadas por dos caballeros de plata, se dirigieron al Monte de las Estrellas a gran velocidad. Pocas veces salían de su santuario en Delfos, pero cuando lo hacían, significaba que la Guerra Sagrada estaba a punto de desatarse.
Shion las estaba esperando con el corazón en un puño en la base de la Torre. La Presagiadora continuaba sumida en un estado onírico, vomitando frases sin sentido que tardaría días en interpretar.
—¿Dónde está? —preguntó la primera de las viejas, cubierta con un velo oscuro, como si anunciara una calamidad.
—En el observatorio —dijo el caballero de Aries—. Mi pupilo no ha dejado de recoger sus predicciones. Algunas son… escalofriantes.
—Nosotras decidiremos —replicó la segunda de las viejas, que llevaba la cabeza descubierta y un moño tradicional recogiendo su cabello lleno de canas.
Subieron en silencio por la escalera de caracol, iluminada por antorchas. Cuando llegaron a lo alto de la Torre del Monte de las Estrellas, las viejas se dirigieron raudas al pequeño dormitorio donde la Presagiadora estaba tendida en una humilde cama, como si fuera una joven normal y no la voz de Apolo en la Tierra. Mu se apartó y dejó que las tres mujeres rodearan a la muchacha, que sollozaba y jadeaba en sueños.
—Presagiadora, besada por Apolo, nos postramos ante tí porque has visto los hilos del Destino que debemos tejer. Haznos partícipes de tu saber, hija de Cassandra, y muéstranos. Nosotras recogeremos en nuestro libro las palabras del dios que salen por tu boca y las transmitiremos. Dinos, hija de Cassandra, elegida por Febo, ilumínanos con tu saber.
La muchacha se retorció y susurró frases inconexas, que la vieja de ojos grises anotó con cuidado en un libro con una tijera grabada en su lomo. La vieja de ojos verdes quemaba inciensos y untaba con ungüentos a la Presagiadora para aliviar su dolor. La de ojos azules recitaba mantras calmantes, mientras tejía una mortaja con un hilo rojo que extraía de su propia vestimenta.
Shion cerró la puerta y se retorció los dedos mientras Mu observaba a través del telescopio las variaciones cósmicas y anotaba la ascendencia y declinación de las estrellas. Todas ellas brillaban como nunca, indicando que se estaba preparando un desastre a nivel global.
—Pronto me entregarán las profecías —dijo el caballero de Aries a su discípulo—. Tendrás que anotarlas en la ficha de cada caballero, y cuando lo hayas hecho, las firmaré. Luego, las guardarás aquí, en la sala que te he enseñado y no revelarás absolutamente nada. ¿Lo has entendido, Mu?
El joven tibetano asintió con gravedad y continuó con la observación de las estrellas. Su corazón se encogió de miedo. El futuro se mostraba incierto.
La realidad, tal y como la conocían, estaba a punto de cambiar.
Habían pasado varios días desde que las Investidas partieron hacia Delfos, dejando un montón de profecías que Mu debía transcribir en cada una de las fichas de los que, sí Atenea era misericordiosa, serían los próximos caballeros dorados de la Orden y sus compañeros. Cuando llegó a la del dorado de la Octava Casa, tomó la cartulina y redactó, con su caligrafía limpia y ordenada, el texto. Escribió cada palabra con cuidado, sin valorar su contenido.
Ya lo descubriría, si llegaba a conocer al caballero de Escorpio de la Guerra Santa que se aproximaba.
Tres caminos se abren ante el guerrero cuando la luz no ha reclamado el horizonte y el albor esconde la sombra de la duda. El primero será de gloria. El segundo, de pérdida y el tercero, de redención. ¿Cuál será su elección, cuando lo firme se vuelva frágil al ser tocado y lo que parece frágil sostendrá el peso de su futuro?
La verdad se reflejará en lo que teme ver, y solo en el momento de mayor oscuridad, el guerrero comprenderá que la batalla más importante no se lucha con el cuerpo, sino con el alma desnuda, quebrada toda fe. El guerrero confiará entonces en lo que sus ojos no pueden ver, porque su debilidad y su propia fortaleza, provendrá de lo que esconde su propio corazón.
Solo cuando alma y cuerpo, carne y corazón resuenen en armonía, el guerrero será uno.
Dejó la ficha sobre una pila, y continuó con la siguiente. Tenía mucho trabajo por delante y una guerra sagrada se aproximaba. Esperaba ser uno de los supervivientes y continuar con su labor, si Atenea lo permitía.
Ese era el cometido de todo caballero y la Casa de Aries lo sabía. Vivir para servir. Servir para ayudar.
