Instinto

Del lat. instinctus 'impulso', 'inspiración'.

1. m. Conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie.

2. m. Móvil atribuido a un acto, sentimiento, etc., que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o siente.

3. m. Facultad que permite valorar o apreciar ciertas cosas.

4. m. Rel. p. us. Impulso o movimiento divino, referido a inspiraciones sobrenaturales.

5. m. desus. Instigación o sugestión.

1. loc. adv. Por un impulso o propensión natural e indeliberada.


Milo

—Necesito que firme usted aquí, aquí y aquí, señor Alkaios.

Milo expulsó el aire contenido en sus pulmones con un soplido largo y suave, estiró la mano y acarició con los dedos la pluma, una estilográfica con el símbolo de Atenea grabado en el nácar. El Administrador de la Corporación Kido esperaba impaciente a que el Escorpión garabateara su nombre en cada uno de los documentos para dar carpetazo al asunto y salir del templo a toda velocidad. Milo sabía que el hombre se sentiría más cómodo en su despacho en la calle Dionisius que en la Octava Casa, pero la farsa que habían montado su Administración y la propia diosa requería una retribución. No se molestó en leer las páginas del dossier, escrito en griego, inglés y japonés, porque ya sabía lo que contenían. Así que, sin dejar de mirar a su interlocutor, estampó su rúbrica en los lugares indicados y depositó la estilográfica en la mesa, como un caballero obediente y servicial.

—Todo esto me parece una soberana estupidez, señor Ishikawa —dijo Milo en un depurado japonés, señalando las páginas ya firmadas—. La decisión de nuestra señora Atenea de abrir las puertas del Santuario emulando el espíritu del fallido Torneo Galáctico podrá parecerme un movimiento arriesgado, pero no me corresponde a mí opinar sobre estrategias políticas —continuó, señalándose a sí mismo—. Si su intención es la de ampliar la plantilla, esta es una maniobra tan lícita como cualquier otra. Yo solo soy un soldado y como tal mi cometido es el de cumplir órdenes, me gusten o no. Si nuestra señora Atenea ha decidido que lo convoquen para el cargo de custodio —añadió, apuntando con el dedo el nombre del caballero en cuestión—, sus razones tendrá para traerlo de vuelta; en lo que a mí respecta, será uno más —finalizó, encogiéndose de hombros.

El Administrador Ishikawa asintió con gravedad, con un nerviosismo palpable. El que Milo fuera uno de los pocos resucitados —renacidos— tras la reciente Guerra Sagrada podría ser un motivo de peso para cualquier ser humano normal, pero la realidad era que desde que el pobre hombre puso los pies en el pórtico de Escorpio, el caballero custodio se había dedicado a mantener su cosmos explosionado, como venganza por su osadía.

"Así te lo piensas dos veces cuando tengas ganas de traerme más papelitos para que los firme, hijo de puta".

Makoto Ishikawa recogió los documentos y los colocó con cuidado en una carpeta. La estilográfica resbaló de entre sus dedos regordetes y sudorosos, rebotó en las baldosas y rodó hasta los pies de Milo. El hombre se agachó para recogerla, pero el griego fue mucho más rápido. Se inclinó y se la tendió, clavando sus ojos azules al devolvérsela.

—Disculpe mi torpeza —se excusó el hombrecillo, frente a la anatomía desnuda de un Escorpión que mantenía sus piernas separadas debajo de la túnica—. Lo siento.

"De eso me encargo yo. De que lo sientas".

El hombre se incorporó, jadeó y se agarró al portafolios como si le fuera la vida en ello. Sacó un pañuelo de su elegante y caro traje de diseño, y se secó el sudor. Milo disfrutó de su venganza sin decir ni una sola palabra.

—La señora Kido expresó su deseo —añadió el Administrador tras tragar saliva—, de que usted fuera informado personalmente acerca de los detalles de la nueva incorporación a la Orden. Recalcó que había sido el único de sus adversarios en la Batalla de las Doce Casas que decidió perdonarle la vida. La señora Kido puso mucho énfasis en la importancia de ese hecho, señor Alkaios.

Milo guardó silencio. Estaba demasiado ocupado en minimizar el impacto que le producían esos recuerdos: el puto momento en el que decidió llevar a la práctica el Juicio de Kharthian, convirtiéndose en el brazo ejecutor de una sentencia que no terminó en muerte, sino en locura. El puto momento en que supo que el mocoso se había convertido en un rival digno, y que como tal, debía perdonarle la vida. El puto momento en que la fe de Hyoga, que había quebrado la suya, se llevó por delante a Camus y dejó a Milo con un millón de preguntas sin responder. Sin embargo, el Escorpión no mostró ni un ápice de la marejada mental que amenazaba con ahogarlo. Sonrió de medio lado, se levantó de la silla y le señaló la puerta a Makoto Ishikawa, que ardía en deseos de huir de aquel tenebroso lugar.

—Le agradezco la deferencia, pero tengo que decirle que todo lo sucedido forma parte del pasado, un pasado que ha quedado atrás —el espartano sacó un cigarrillo de la protección de combate de su pantorrilla y lo encendió, mostrando una tranquilidad que no sentía. Cada vez se le daba mejor mentir: se había convertido en un cínico redomado—. Enterramos a los caídos y continuamos matando por la gloria de los dioses. Para eso nos pagan, ¿no es así, Ishikawa-san?

El asiático suspiró exasperado. Tenía la camisa empapada en sudor y la calva brillaba a la luz de las antorchas del pasillo.

—Nos gustaría que fuera un poco más comedido, tanto en sus comentarios como en su actitud, en la medida de lo posible, señor Alkaios. La señora Kido tiene grandes proyectos para modernizar la Fundación y por ende el Santuario. Desde esta Administración velaremos escrupulosamente por sus intereses y confiamos que las esperanzas que la señora Kido tiene puestas en ustedes estén a la altura. Le ruego que medite al respecto —dijo el hombre, realizando una reverencia a modo de despedida.

—No sea tan inflexible conmigo —rió el griego, enseñándole los dientes. Sabía que tal comportamiento era harto desagradable para el japonés—. Yo también velaré escrupulosamente por los intereses de nuestra señora Atenea. Ya sabe, la diosa de la Guerra Justa —recalcó el título de Saori Kido. Le parecía una impiedad llamarla por su apellido, como si fuera una humana normal y corriente—. Sin ir más lejos, he aprendido a expresarme en su idioma para que no haya necesidad de un intérprete y puedan destinar esa partida presupuestaria a otro tipo de fines más… lúdicos. ¿Cree usted que es suficiente compromiso, Ishikawa-san?

El señor Ishikawa apretó con fuerza el portafolios ocultando su irritación y avanzó por el pasillo del Templo hasta llegar a la altura de la armadura dorada. Durante unos instantes la miró con fascinación, hasta que volvió a centrar su atención en el hombre de larga cabellera y vestimenta arcaica que lo observaba como si fuera una rata de laboratorio.

—Le avisaremos cuando sea la toma de posesión —le indicó.

—Por supuesto, señor Ishikawa. Me vestiré con mis mejores galas, me acicalaré mi espartana melena y saldré a saludarlo con una amplia sonrisa. Hasta la vista, Administrador —gruñó, señalándole la salida—. Ya veo que ha encontrado la puerta.

Milo lo vio desaparecer entre las sombras de Escorpio y aún sin alzar su cosmos podía seguir sin dificultad el rastro de calor que emanaba del cuerpo del japonés, fruto de la ira que había provocado con su actitud y sus palabras.

"Anda y jódete, viejo cabrón. Las armaduras se ganan en combate, no en una puta rifa".

Apagó el cigarro y lo guardó para una mejor ocasión. Estaba seguro que el señor Ishikawa en persona trataría de recortarle parte de las prebendas económicas de las que disfrutaba como castigo por su irreverencia, aunque a Milo eso le daba igual. El hecho de conseguir sacar a la cúpula administrativa del Templo del Patriarca y hacerles bajar en procesión hasta su Casa era su forma de reafirmar su posición dentro de la jerarquía del Santuario. Y a pesar de las ofertas con las que lo tentaban —tomar un discípulo o, al menos, organizar una escuela de combate—, él siempre se negaba en redondo, arguyendo que era un comando, no una institutriz.

Avanzó por el pasillo de la Casa y bajó la intensidad de la iluminación. En realidad, sí que había barajado la posibilidad de impartir clases de lucha, de historia griega o de métodos de supervivencia, pero no se sentía con fuerzas como para estar más de dos horas rodeado de cadetes a plena luz del sol, lejos de la oscuridad de su cueva. Aristarco, el médico sanador del Santuario, le había insistido en realizarle una serie completa de pruebas físicas y mentales, pero Milo sabía que no era un problema metabólico u hormonal lo que le convertía en un ermitaño.

Tenía la certeza de que algo en su interior se había partido —o convertido en piedra— cuando emergió del monolito en el cual había sido condenado por herejía.

Una herejía que aún continuaba pagando, tanto tiempo después.

Volvió a mirar la carta, releyendo el nombre y el rango dorado al que iban a ascender al mocoso en una investidura sin precedentes en la Orden. Meneó la cabeza, apretó los dientes y la arrugó, dejándola sobre el cubo de la basura. Su corazón latía desbocado con una cadencia arrítmica, debido a todos los recuerdos que el cabrón del Administrador se había encargado de traer al presente desde el averno donde Milo los había sepultado.

"Estás viejo, Milo. Viejo para tropezar otra vez contra la misma puta piedra".

El sonido del teléfono móvil lo sacó de sus pensamientos. Le requerían para la entrevista que vería la luz en un número especial del National Geographic. Debía comparecer al lado de Atenea, como si se tratara de una vieja gloria de los tiempos de Homero, en una exhibición que los antiguos Patriarcas habrían condenado sin contemplaciones.

"Saga debe estar revolviéndose en su tumba".

Masculló y tiró el aparato sobre la cama. ¿Cuándo lo dejarían en paz? Aioria se prestaba mejor para aquella pantomima, sonreía con más franqueza. Él sólo quería dormir, pero no se lo permitían.

Se miró la melena, buscando canas entre sus rizos. Sus ojos brillaron al no encontrar ni rastro de ellas.

—Quizás… quién sabe —susurró.

Y con estos pensamientos, se dirigió al templo del Patriarca a atender a la prensa.

Ya pensaría en la investidura cuando llegara el momento.