Se apoyó en el quicio de la puerta, con un pie cruzado contra el otro sin dejar de mirar al recién llegado. Hyoga se había detenido junto al tótem de Escorpio, ataviado con el uniforme de los guerreros de los Hielos y con una postura que reflejaba que las palabras de Milo habían impactado por completo en él.
—Mi…
Allí estaba, en mitad del pasillo, con los hombros apuntando al suelo, el mentón hundido y los brazos alrededor del cuerpo como si estuviera aterido de frío. El mocoso hedía a miedo y a baja autoestima. Una retribución perfecta para compensar sus crímenes.
"Vete antes de que la cosa se ponga peor, chaval. Vete antes de que no pueda controlarme".
Se mantuvo en silencio, apoyado en el quicio de la puerta y sin dejar de sonreír. La situación le producía una insana satisfacción: no le devolvería a Camus pero le concedería un nuevo juguete con el que experimentar sus capacidades de manipulación empática.
—Milo, soy yo… Hyoga —tartamudeó el joven, consiguiendo que la boca del Escorpión se abriera aún más, ampliando su sonrisa—. Estoy aquí por… la citación.
—Oh —contestó Milo—. Y yo que te creía en Japón, con tus cien hermanos….
—Me convocaron para…
—Ah, sí. La convocatoria —cortó con agresividad—. Esa puta convocatoria.
Hyoga cerró la boca y clavó la mirada en el suelo, sumiso. Parecía incluso más pequeño de lo que era. Infimo.
"Júrame que te harás cargo de él si algo me sucediera, Milo. Júramelo".
Las palabras de Camus retumbaron en su cabeza, como si el muy cabrón se las estuviera susurrando al oído en ese mismo instante.
"Sal de mi cabeza, jodido Acuario".
— ¿Te vas a quedar en el pasillo? —preguntó hastiado—. Hay temas que no se deben tratar en según qué lugares… niño.
Se giró sin importarle si Hyoga lo seguía o no. Al entrar en el área privada de su templo, se lanzó a la búsqueda de un cigarrillo. Abrió el paquete con urgencia, encendió uno y lo consumió en dos largas caladas. ¿Por qué se había puesto tan furioso? Ambos eran soldados y obedecían órdenes, y aunque Milo sintiera un odio incontrolable hacia todo lo relacionado con Acuario, estaba obligado a compartir estandarte con Hyoga y a protegerse si entraban en combate. Eran caballeros de una misma Orden, y por mucho que le doliera a Milo, Hyoga era el legítimo sucesor de Camus.
"Si un cruce de saludos me afecta de esta manera, estoy bien jodido".
Hyoga había llegado a la entrada del atrio cubierto del templo y permanecía de pie en la puerta, con la mirada baja y las manos hechas puños a cada lado del cuerpo. Milo reconoció que el cambio físico era considerable desde la última vez que se encontraron, en el puto castillo donde él mismo le ordenó que fuera en busca de Camus para protegerlo.
"Pero no lo protegiste. Lo dejaste ir mientras a mí me masacraban en el patio de armas".
El Escorpión tomó aire, lo expulsó lentamente y se centró en el momento actual. Regodearse en lo sucedido lo llevaría al abismo y se encontraba ya muy cerca de él. Lo mejor que podía hacer era que Hyoga se sintiera lo más incómodo posible en su presencia utilizando cualquier truco a su alcance. De esta manera el Cisne se marcharía de Escorpio y así Milo podría volver a disfrutar del silencio que tanto adoraba. Era difícil, pero debía hacer el esfuerzo. Sin embargo, y ese fue su primer error, no pudo evitar fijarse en sus ojos.
"Mierda".
Camus le confesó en una de sus cartas que la mirada de Hyoga resultaba inquietante porque desnudaba a su interlocutor. No se equivocaba. Sus ojos azules conservaban una inocencia que ni las guerras habían sido capaces de borrar aunque la ocultaba bajo una gruesa capa de cautela, posiblemente por el miedo que le producía la bestia que tenía ante sí.
Le costó salir del influjo de su mirada , pero cuando lo hizo, reparó en el resto de su cara; ahí fue cuando se dio cuenta de lo mucho que había cambiado. El cabello, que caía sobre sus hombros, tenía un tono más dorado del que recordaba. Los pómulos estaban mucho más altos y la mandíbula más marcada. La boca se había vuelto carnosa, con labios definidos y muy apetecibles y su cuerpo…
Hyoga era una absoluta belleza.
Milo tragó saliva tras echarle un último vistazo a la entrepierna del Cisne, o mejor dicho, heredero de Acuario. ¿Por qué cojones llevaban esos trajes tan ajustados? Para lo único que servían en Atenas era para revelar todas las curvas de su anatomía. ¿Lo hacían adrede, para que los caballeros de cosmos ardiente sucumbieran ante aquellos hombres sin corazón y se arrastraran por el suelo, suplicando por una mirada?
"Saga debió disparar contra tu puto templo monópteros y volarlo por los aires en vez de contra el del Patriarca. Así habría hecho un favor a la Humanidad, deshaciéndose de esa guarida de cabrones".
—No sabía si estabas ocupado, pero quería verte antes de la toma de posesión, o la investidura, o como quieran llamar a la farsa que la Fundación Graude quiere hacer conmigo —dijo Hyoga con temor.
—No estaba haciendo nada importante —contestó—. No hay cadáveres que enterrar en el día de hoy, así que eres bienvenido a esta mi morada, niño. Ven, adéntrate en la cueva y ponte cómodo —lo invitó con una sonrisa de oreja a oreja, que contrastaba con la dureza de su mirada.
Hyoga se mantuvo en su sitio, en la entrada del atrio cubierto, mientras que Milo continuaba apoyado bajo el arco de la puerta. Sin mediar palabra, el Escorpión hizo un gesto con la mano a Hyoga para que pasara a su área privada. El Cisne dudó, como si estuviera valorando el hecho de que debía rozarse contra el griego para cruzar el pórtico. y no tuviera otra opción de paso. El cosmos de Milo vibró de felicidad. ¿No quería hablar con él? Pues Milo se encargaría de que fuera a su manera, usando los trucos más sucios de su repertorio para ponérselo lo más difícil posible, probando cuánto de Acuario se escondía tras aquel delicado caparazón.
