Tras la conversación con Milo, Hyoga ya había entendido que el Escorpión lo veía como un ser despreciable y sin redención. Alguien obsceno, con el cabello amarillento y lacio, uno de sus párpados marcado por una asquerosa cicatriz, escuchimizado, desgarbado y lleno de complejos. Alguien que cuando vistiera la armadura de Acuario siempre sería recordado por ser el asesino de su amado Maestro, el que sobrevivió por la compasión del perfecto Camus de Martignac.
Sus músculos gruñeron, agarrotados. Hyoga notó que le faltaba el aire mientras mantenía la mirada clavada en el suelo, completamente abatido. Sí, Milo podía odiarlo, aborrecerlo, ignorarlo o despreciarlo, el resultado seguiría siendo el mismo: El Escorpión no le ofrecería la cura para su dolor.
Buscó fuerzas para levantarse, agradecer la hospitalidad que Milo había tenido con él y desaparecer bajo las losas de Acuario. Todo le daba igual, y poco le importaban ya las reacciones del espartano.
—Entonces, supongo que es verdad. Lo acepto, Milo.
Cuando reparó en el rostro crispado del Escorpión, notó cómo se le secaba la boca. Milo lo miraba con tanto odio que apenas se veían sus pupilas. Hyoga sintió deseos de salir corriendo, dejar atrás todo aquello y olvidarse de la citación, la orden directa de la propia Atenea y de la armadura de Acuario pero no fue capaz de moverse. Estaba, más que helado, petrificado, y aunque intentó por todos los medios calmarse y tomar las riendas de su propio cuerpo, este se negaba a obedecerle, dejándole a merced de un depredador del calibre del guerrero de la Octava Casa.
—Ni siquiera te conozco, niño —gruñó el Escorpión—. Eres demasiado poco para que vierta mi odio o mi desprecio en ti.
Lo dijo con tanta tranquilidad que el labio inferior de Hyoga bailó ligeramente. Si el deseo del griego era herirlo a conciencia, lo estaba logrando. El maltrecho estado de ánimo del ruso ya no era capaz de aguantar ni un ataque más, por mucho que los mereciera. Dudó en levantarse y tomar el camino de Siberia o por el contrario, quedarse allí esperando que Milo lo rematara, así que aguantó con resignación, sintiendo cómo su corazón se desangraba poco a poco.
—Por eso decidiste salvarme —musitó, con la cabeza baja—. Para tenerme a tu merced. Para castigarme durante toda la eternidad, por haber…
Milo estrelló la copa contra la pared. Los restos del vino y del cristal resbalaron por el mármol blanco hasta llegar al suelo. Hyoga expandió su cosmos, asustado, bajando varios grados la temperatura de la estancia.
—Que nos matemos entre nosotros, ¿crees que le importa a alguien? —replicó el griego en carne viva—. Da igual lo que yo hiciera en la Batalla de las Doce Casas. Estás aquí, y ante los ojos de la Historia, tú luchabas en el bando correcto, protegiendo a la auténtica Atenea. Era yo, y solo yo, el que estaba equivocado. Todas esas muertes por seguir al impostor, a ese pedazo de hijo de pu…
Milo cerró la boca durante unos breves instantes. Hyoga sintió que el mundo temblaba bajo sus pies.
—Nadie tiene en cuenta a estas alturas en qué bando luchaste, o a qué Patriarca seguiste —respondió al fin, sorprendiendo al Escorpión a juzgar por la expresión en su rostro. Milo se agachó para recoger los restos de la copa, dándole la espalda de nuevo. Hyoga respiró, con aire en los pulmones de nuevo.
—Algún día conseguiré controlar mi puto mal genio —dijo Milo, llevando los cristales rotos al cubo de basura.
Hyoga utilizó ese impás para calmarse y diseñar una nueva estrategia. Necesitaba convertir aquella derrota en un empate, ya que una victoria ante Milo era algo casi imposible. Sin embargo, el momento duró poco. El espartano volvió, se sentó de nuevo frente a él y abrió las piernas.
Hyoga sintió como se le escapaba un gemido sin poder evitarlo. Aquella imagen lo estaba volviendo loco.
