Milo

"Lo sabía".

Separó las piernas sin pudor, exhibiendo su cuerpo desnudo bajo la túnica y sin dejar de mirar a Hyoga con una sonrisa desafiante. El Cisne emitió un gemido ronco en respuesta que puso en evidencia una realidad que Milo ya sospechaba.

"Lo sabía. Y tú también lo sabías, jodido Acuario. Casta de maricones".

El griego tenía la certeza de que Hyoga era homosexual, no porque fuera entrenado por Camus, el mayor cínico del Zodíaco, sino porque cada vez que Milo se acercaba, el Cisne alzaba su cosmos de inmediato. Conocía los trucos del francés a la hora de regular su termostato interno y estaba seguro de que el caballero de Acuario se los había enseñado a su pupilo de forma sutil, como si fuera una parte más del adiestramiento. Así que, en la ecuación mental de Milo, sólo existía una premisa: a más cercanía, más frío.

O mejor dicho, más ardor.

En su fuero interno, y a pesar del frío que empezaba a notarse en Escorpio, Milo se sentía pletórico, victorioso. Con una única artimaña había conseguido romper la concentración del ruso y lo había obligado a recalcular su estrategia, quedándose a su merced.

"Si al final… sois todos iguales".

La provocación, el coqueteo, la seducción y la insinuación funcionaban igual en hombres y en mujeres. Cuando el discurso se ponía tenso o tomaba un camino no deseado, Milo utilizaba estos trucos para decantar la balanza a su favor.

"Vamos, Hyoga. ¿Qué más ocultas bajo ese aspecto angelical?"

La copa de vino había comenzado a congelarse desde su base. De ambas bocas salía un vaho blanquecino y parte del sofá brillaba gracias a los cristales de hielo que flotaban en el aire, convirtiendo la Casa de Escorpio en una suerte de Cócito en miniatura. Milo observó al Cisne con frialdad, y aunque los deseos de echarlo de su templo crecían exponencialmente, sus palabras habían calado hondo en él. El muchacho podría haber luchado del lado de la diosa, sí, pero en el instante en que Milo tuvo datos suficientes como para saber que el Patriarca era un impostor, hincó la rodilla ante la auténtica divinidad y ésta le aceptó como custodio.

—La cuestión es que —Milo se apoyó en el brazo del sofá y estiró las piernas, sacando al Cisne del pozo congelado donde se había metido—, la historia está escrita y nada podemos hacer para cambiarla. Luchamos, nos enfrentamos, llegó la niña con su divino báculo y te resucitó del suelo. Esa es la realidad.

Hyoga tragó saliva y apretó los puños, cosa que hizo que Milo sonriera tétricamente. Lo tenía bajo su control; con sólo un par de trucos sucios, era fácil, muy fácil, quebrar su concentración.

—Respecto a lo que sucedió en Acuario, me gustaría añadir que yo…

Toda la felicidad que Milo había experimentado se convirtió en una amargura sin límites. Arrugó el rostro hasta convertirlo en una caricatura de sí mismo. ¡Hyoga seguía dándole vueltas al puto tema de los cojones! ¡La Casa de Acuario, las baldosas de Acuario, el caballero de Acuario! El Escorpión sintió cómo la ira se agolpaba en su estómago, lo impulsaba a levantarse para agarrar al Cisne de los pelos, arrastrarlo por el pasillo y por último, tirarlo por las escaleras hasta que rebotara contra los árboles de sal.

Debía mantener el control. No entraba en sus planes inmediatos quebrarse frente al mocoso, por mucho que le doliera el tema.

—Durante mucho tiempo permití que tu admirado maestro me manipulara como a un muñeco pero, por azares del destino, dejé de ser su juguete preferido. Te advierto —se incorporó en su asiento y lo miró con furia, elevando la voz a medida que hablaba— que no voy a repetir la misma historia contigo. Nos enfrentamos en combate, perdí, tú continuaste y te batiste con él, con el resultado ya conocido. ¡Fin de la discusión, cojones!

—No te haces una idea de lo mucho que me arrepiento —rebatió el ruso.

Milo meneó la cabeza, entre atónito y colérico. ¿Acaso quería morir? ¿No veía que si continuaba por ese camino, no llegaría a vestir la armadura de Acuario, sino una mortaja funeraria tejida por el propio espartano?

—¡No! ¡De lo que no te haces una idea es de lo mucho que me arrepiento yo! —gritó el griego fuera de sí, entre cansado y herido—. ¡No te bastó con joderla en Libra, poniéndote a lloriquear como el puto maricón de mierda que eres! —movió las manos, enfurecido—. ¡Te atreviste a salir del féretro de Hielo, llegar a Escorpio con el otro niñato, plantarte ante mí y retarme como caballero! ¡Así que todo lo que habíamos planeado la noche anterior se fue a la mierda, y tuve que enfrentarme en combate contigo! —lo señaló con el dedo—. ¡Y en la escalada de estupideces, me vi obligado a reconocer que habías ganado por un técnico! —se clavó los dedos en sus propios puntos estrellados—. ¡Un puto técnico! —gritó—. ¡Anda y que te den por el puto culo, cabrón hijo de la gran puta!

Milo se levantó y le dio la espalda, buscando un poco de calma en la tempestad que se había desatado en su pecho. Creyó que Hyoga guardaría silencio tras todo lo que le había confesado. Se equivocó.

—¡Tenía que seguir avanzando! —protestó el Cisne, con ansias renovadas de vivir su último día—. ¡Era lo que Seiya y los otros esperaban de mí!

—¿Y qué esperaba Camus? —Milo lo agarró de la camiseta, con la rodilla apoyada en el brazo del sillón, muy cerca de los muslos de Hyoga. La posición de poder y la diferencia de estatura se volvieron palpables—. ¿Te lo has preguntado alguna vez? —lo soltó, alejándose de nuevo—. ¿Nunca te has parado a pensar en por qué yo no te ejecuté nada más verte entrar por la puerta en vez de dedicarme a disuadirte para que desertaras?

—¿A qué te refieres? —preguntó Hyoga, con los ojos muy abiertos.

—Oh, claro. Debe ser muy difícil de creer que tu adorado Maestro me hiciera rubricar que no te mataría, y que te obligaría a desertar, ¿verdad, Hyoga?

—El Maestro jamás te pediría algo así —replicó el Cisne, horrorizado.

—Tienes razón —sonrió Milo con crueldad—. Camus no pedía, porque no sabía pedir. Camus exigía —se señaló con la mano abierta—, mientras metía sus manos heladas bajo mi túnica y me acariciaba las pelotas. Grandísimo depravado.

—No… No puede ser, yo… yo —Hyoga tartamudeó con el rostro teñido de rubor y de rabia— no puedo, yo… todo eso que estás diciendo no es verdad. No. El Maestro no… no..

—Qué inocente eres —replicó Milo—. Deberías haber visto lo que tu maestro era capaz de hacer con la boca, niño.

Hyoga volvió a mirarlo y en sus ojos se percibía un destello de incredulidad mezclado con otro que Milo ya había visto en los ojos de Camus.

"Desprecio".

—El Maestro tenía razón —dijo Hyoga por fin—. Tú siempre… Tú…

—¿De qué cojones estás hablando, Hyoga?

El Cisne se estiró la camiseta, en un vano intento de poner distancia entre el Escorpión y él. Juntó las rodillas con fuerza, se recostó hacia atrás y miró al frente, con el rostro y el cuello enrojecidos.

—Todo lo salpicas de sexo. No se puede hablar contigo sin que hagas una maldita referencia sexual.

Milo se quedó estupefacto ante aquella audacia. ¡El muy cabrón se había erigido en juez, jurado y verdugo de las acciones de Milo, tomando como suyo el manto de cinismo que cubría a su maestro!

"Esto ya es lo último que me faltaba por oir".

—Así que todo lo salpico de sexo, ¿verdad, niño? —sonrió con sorna con las manos apoyadas en la butaca. La Aguja brilló en su dedo durante unos segundos—. Apuesto a que a tu adorado Maestro se le olvidó comentarte que este humilde servidor —se señaló— ya lo había salpicado con su sexo cuando vino a informar al Patriarca de la muerte de tu amiguito, el finlandés. ¿No te lo dijo? —preguntó con ironía—. ¡Qué descuido más tonto!

Hyoga apretó los dientes indignado. La temperatura de su cuerpo osciló y la del Templo bajó varios grados de golpe.

—Aún me hace pagar con sangre el que yo me quedara con su envenenada virginidad. Puto cabrón —susurró Milo para sí mismo con la mirada perdida, embebido en sus propios recuerdos.

—¡No puedes hablar así de un difunto! —se quejó Hyoga—. ¡Ten un poco de respeto por su alma!

El cosmos de Milo se disparó violentamente, coloreando gran parte del mobiliario de rojo carmesí. Se lanzó sobre el ruso a toda velocidad y agarrándolo de la pechera, lo elevó del suelo. Hyoga lo miraba atónito, sin poder defenderse o protestar.

—Tuve respeto, más que respeto —gruñó entre dientes, muy cerca de la cara del ruso—, devoción por él. ¡Me utilizó durante años hasta que en su búsqueda del Acuario Perfecto decidió morir entre tus brazos! ¡Dejándome a mí sin nada!

Lo tiró sobre el sillón y puso distancia entre los dos. Le temblaban las manos de ira, la Aguja aún brillaba en su índice derecho y el corazón bombeaba a toda velocidad. Buscó un cigarro para llevarse a la boca, más para calmarse que para disfrutar de su sabor. Encontró una cajetilla abierta, pero el mechero se escurrió entre sus dedos y cayó al suelo, rodó por las baldosas y terminó debajo de la mesa.

—Todo esto es una mierda, ¡una puta mierda! —se quejó.

Hyoga jadeaba por la impresión, con la camiseta arrugada todavía.

—No —replicó el Cisne—. No te creo. Todo lo que me estás diciendo no es verdad —continuó, seguro de sus palabras.

El griego, que estaba de rodillas en busca del mechero, sintió como el cigarro se le partía entre los dedos. Se levantó a gran velocidad, con los ojos rebosando dolor y odio a partes iguales, y se subió a horcajadas sobre Hyoga.

—Repíteme eso si tienes cojones, cabrón.

Tenía la mano izquierda rodeando el cuello del ruso y la mano derecha apoyada al lado de su cabeza. El cosmos de Hyoga explotó con violencia, chocando contra el de Milo. Generó un anillo de hielo alrededor suyo —un Koliso en miniatura—, pero el Escorpión lo destruyó con su Restricción. No volvería a cometer el mismo error que en el anterior combate.

—¡Te he hecho una puta pregunta! —le increpó.

—El maestro tenía… un voto de celibato.

El griego sonrió macabramente mientras se levantaba y se quedaba de pie ante el Cisne. En aquella posición, Milo parecía el Coloso de Rodas, con antorcha incluida.

—Sí. El voto —sonrió—. Pues para que te enteres, niño, cuando te follas a un caballero con voto de castidad, celibato o su puta madre, ¡te dan puntos extra!

—¿Por qué quieres destruir su recuerdo? —preguntó indignado Hyoga, recomponiéndose—. ¿Por qué hablas así de él? ¿Por qué… le odias tanto?

La voz de Milo amenazó con quebrarse y por un instante creyó que se echaría a llorar. No era capaz de odiar a Camus, por mucho que lo intentara. Lo que realmente odiaba era el agujero que Camus había dejado con su muerte y que solo se cerraría con la vuelta del francés.

—¡Porque sigue manipulándome desde el Hades o desde dónde cojones esté escondido! —le increpó—. ¿No lo ves? ¡Da igual los meses que hayan pasado, el muy hijo de puta continúa jodiéndome la vida! —señaló a su alrededor, fuera de sí—. ¡No solo me ha dejado un dolor inmenso que me convierte en una especie de monje amargado! ¡Ahora, en su plan para destruirme envía a su pupilo más amado recurriendo a una puta promesa que le hice y que apela directamente a mi honor como caballero! —gritó— ¿Sabes por qué, Hyoga? ¡Porque lo único que quiere es que yo siga escupiendo trozos de corazón por la boca, y ya no puedo más!

Se giró, jadeando por la fuerza de sus gritos, intentando aplacar su ira. Buscó un remanente de paciencia pero lo único que encontró fue la necesidad de estar solo, ovillarse tras la puerta y sollozar amargamente.

—Camus… Camus —tartamudeó el Cisne— está… está muerto.

—Volverá. No le conoces —sonrió, y su timbre de voz falló por primera vez—. Se presentará aquí un día de estos, y empezaremos desde el principio. Me dirá "Hola, soy Camus, el caballero hijo de puta que te va a arrancar las entrañas" y yo lo aceptaré, porque eso es lo que hacemos los caballeros de cosmos ardiente frente a vosotros, los caballeros de los Hielos.

Se dio la vuelta y lo encaró, con los ojos brillantes, una mueca obscena en su rostro.

—Y te mirará y te felicitará por el excelente trabajo que has hecho al cuidar de su mascota durante su ausencia —sonrió con infinita tristeza—. ¡Así que no me hables de tener respeto por su maldita conciencia porque siempre fue un manipulador hijo de la grandísima puta, y lo único que le divertía era hacerme vomitar el alma después de correrse encima de mí! —se señaló con asco y con desesperación, la misma que reflejaban sus palabras—. ¡Reprochándome que yo le había obligado a violar su puto voto de mierda!

Ya estaba dicho. Lo único que faltaba era expulsar a Hyoga de su Casa y enterrarse en lo más hondo de su cueva para no salir jamás porque si lo hacía, si se dejaba llevar por sus instintos, todo se traduciría en una gran cantidad de problemas internos que Milo no estaba dispuesto a asumir. Así que se limpió las lágrimas con furia, y ahogó las ganas de llorar apretando los párpados mientras buscaba refugio en la cocina.

No le daría la satisfacción de quebrarse ante su alumno. Antes, se arrancaría los ojos.