Hyoga sintió un horrible dolor de cabeza y un frío glacial que lo congelaba hasta los huesos. Milo estaba de espaldas, sus hombros subían y bajaban con violencia, y su respiración retumbaba en los oídos del Cisne como tambores de guerra. Ya no sabría lo que sería hundir la cara en la melena lujuriosa, agarrarse a las nalgas prietas del Escorpión y cabalgar sobre él como Europa sobre el toro de Creta, cerrando los muslos alrededor de sus caderas y gimiendo su nombre, mientras Milo lo llevaba al éxtasis.
"Maestro, yo… yo…"
Hyoga sabía que ese momento jamás llegaría. La tensión, los jadeos producto de los gritos y el sufrimiento latente entre ambos habían abierto una brecha imposible de salvar. Se llevó la mano a la frente y apretó el puente de la nariz, tratando de paliar el dolor que se extendía desde su nuca hasta sus oídos, que palpitaban al ritmo de los latidos de su corazón.
"Lo he intentado, Maestro, pero…"
Hyoga comprendió que había cometido una estupidez soberana al imaginar que podría hablar relajadamente con el Escorpión sobre lo sucedido tras la Batalla de las Doce Casas. Si antes Milo era casi inalcanzable, ahora no le cabía duda de que, hiciera lo que hiciera, no conseguiría enmendar el error de haberse enfrentado a Camus y haber salido victorioso de la confrontación.
Miró al techo y notó cómo la visión se volvía borrosa. Al llevar la mano a los ojos para limpiar las lágrimas, notó que estaban cubiertos de una película carmesí, como si alguien estuviera bañándolo con alquitrán rojo desde la cabeza a los pies. Se sintió mareado, presa de un ataque febril producto del calor, la excitación y el nerviosismo acumulados.
Cuando bajó la vista, descubrió que en su pantalón había gotas de sangre, así como una gran mancha en medio de su camiseta, justo a la altura del corazón.
—Mi… lo…
Se inclinó hacia el espartano y advirtió que estaba temblando; al intentar secarse el sudor de su rostro también se encontró con que había sangre en la palma, y descubrió, antes de que sus piernas flaquearan, que las cicatrices que le recordaban la confrontación en Escorpio se habían abierto y manaban enloquecidas por todo su cuerpo, pintándolo todo del color de la Aguja.
"Me muero, Milo. Me muero y ni siquiera te he dicho todo lo que siento por ti".
Cayó hacia delante como una marioneta rota a la que hubieran cortado los hilos. Hizo un último esfuerzo para atrapar la túnica del griego, pero falló. El deseo de acariciar la piel morena de los muslos que custodiaban la virilidad recia, que tan obscenamente le había mostrado el caballero de Escorpio, murió con Hyoga. Ya no podría averiguar a qué sabía su esencia, cuánto dolor podría aguantar por la fuerza de sus embestidas, o cómo sería tener un orgasmo al hacer el amor con él.
"Ni siquiera… he podido confesarte.. que…".
Esperó el impacto contra el suelo de Escorpio, las baldosas laconias que Milo había encargado para rendir homenaje a su ascendencia doria, pero el golpe nunca llegó. El aroma a jazmín del pelo del espartano inundó sus fosas nasales, y su cosmos, completamente desatado, reverberó contra el de Hyoga, colmándolo de calidez.
"Mamá. Ya voy, mamá, Isaak, Maestro."
Hyoga se sintió liviano, como si flotara en un estanque. Aunque su cuerpo se hundía en las profundidades de un infierno que él mismo había provocado al buscar una cura en la Casa de Escorpio, su alma alzó el vuelo libre de ataduras mortales. No le dolió que Milo golpeara su pecho, hundiéndole el esternón y las costillas, porque Hyoga se alejaba cada vez más de aquel saco de piel y huesos tirado en el suelo. Tampoco que Milo se subiera encima de él y lo montara como en un coito salvaje, mientras soplaba en su boca. Hyoga había caído, y las tres personas a las que amaba, lo esperaban al otro lado.
"Lo… siento, Maestro".
