Hyoga

Hyoga deseó que el mundo se abriera bajo sus pies y se lo tragara, aunque terminara en el maldito Cócito. Milo había averiguado la naturaleza real de su problema y no tenía manera de contraatacar. Su cuerpo estaba tan sobreestimulado que no era capaz de pensar. Solo deseaba sentir las manos de Milo una vez más sobre su piel y él se encargaría de arrancarle la toalla, meter la cabeza entre sus piernas y hacerle una mamada tan salvaje que el espartano no pudiera ni hablar.

"Para de una maldita vez, Hyoga. ¡Es el amante del Maestro! ¡El amante del Maestro!".

Amante. La palabra retumbó en su cabeza con un eco infinito. Quiso reír, gritar y por último llorar amargamente, pero lo único que consiguió fue experimentar un odio y una ira ingobernables. Acorralado, Hyoga reaccionó con una mirada repleta de hostilidad y su labio inferior tembló como si fuera de gelatina. Milo se levantó y se alejó de él unos pasos, momento que Hyoga aprovechó para tirar de la sábana y cubrirse con ella.

"Estoy a tu merced y tú te regodeas en tu posición de poder. Maldito seas".

El griego enarcó una ceja mientras lo observaba de pie, como una estatua de belleza inalcanzable. Hyoga volvía a estar en el suelo de Libra, pero esta vez no permitiría que Camus lo mirara con decepción. Sacudió la cabeza, furioso. Al diablo Camus y sus enseñanzas envenenadas. Estaba harto de humillaciones y así se lo iba a demostrar a Milo, aunque significara un nuevo enfrentamiento y volver a sentir las Quince en su cuerpo.

—¿Pero quién te has creído que eres? ¡Yo no estoy enamorado de ti! —vomitó sin control alguno—. ¡No tengo un gusto tan depravado!

—Escúchame bien, pequeño cabroncete insensible —Milo sonrió de medio lado con sus ojos brillando de furia—. Tienes un problema de cojones con el veneno —le escupió sin miramientos—. Si sigues perdiendo sangre, entrarás en shock y morirás. ¿Quieres volver a morir en mi Casa? Porque esta vez no habrá Kalb al Akrab que valga —clavó el dedo en el pecho, justo donde había impactado en aquella ocasión—. Estás más que jodido, ¡Y este depravado es el único que puede ayudarte!

El cosmos del Cisne estaba completamente enloquecido y aunque trató por todos los medios de tranquilizarse, no lo logró. El corazón bombeaba a gran velocidad, el torrente sanguíneo realizaba el intercambio de oxígeno más rápido y por tanto, el veneno se volvía más activo, elevando su temperatura corporal. No había victoria posible; Hyoga se vio obligado a recapitular y dejarse vencer por la situación.

—Lo… siento —susurró—. Perdóname.

—Esto será muy incómodo para ti pero para mí no es precisamente un regalo de los dioses —dijo Milo al sentarse a su lado—, así que tendrás que responder a todas mis preguntas para ver si se me ocurre algo que me dé una puta idea.

Hyoga se sintió viejo y derrotado. Volcó toda su frustración en su mirada, clavándola en la del Escorpión de una forma visceral, desnuda. Durante un instante, ambos guerreros hicieron contacto visual, y aunque Milo se mantuvo cerca del ruso, su aura cósmica viró de la preocupación a la desconfianza de forma radical.

"Me siento muy cansado para seguir luchando, Milo. No sé si voy a poder fingir mucho más".

La reacción de Milo era algo natural; Hyoga conocía el poder de su mirada. Camus se lo reprochaba cada vez que tenía ocasión. Le decía que sus ojos eran como el abismo de Nietzsche, capaces de desarmar a todo aquel que osara asomarse a ellos. No le faltaba razón; Hyoga podía exponer su alma desnuda dejando atrás preceptos y normas, permitiéndose mostrar por unos segundos su fuerza y su vulnerabilidad, su capacidad innata de entrega, su amor infinito y el deseo de pertenencia que hasta el momento le había sido esquivo porque todo lo que tocaba… moría.

—¿Qué preguntas quieres que te responda? —suspiró agotado.

—Quiero que me cuentes qué ha sido de tu vida desde que… ya sabes. Desde que nos encontramos frente al Muro de las Lamentaciones.

Hyoga frunció los labios intentando aguantar las ganas de llorar. El Muro de las Lamentaciones. El puto lugar en el que todo lo que amaba desaparecía una vez más. Tragó saliva y dirigió la mirada hacia las manchas en las sábanas. Las asfixió, en un acto estúpido de concentración.

"Céntrate, Hyoga. Céntrate o volverás al punto de partida".

Milo apartó la tela de los dedos del Cisne y apretó su mano con suavidad. La piel del espartano era suave y cálida, como la de su madre cuando lo acariciaba, en un tiempo en el que Hyoga aún no conocía el dolor de la pérdida.

—Vamos, Hyoga. Ino está acostumbrada a ver cosas aún más bizarras.

El ruso sintió un frío glaciar cuando Milo retiró la mano de la suya. Instintivamente, Hyoga buscó su piel de nuevo, porque necesitaba el calor que emanaba del cuerpo del espartano como el girasol necesita la luz del sol para vivir. Apretó los labios y suspiró, vencido. No podía quedarse a la deriva, o el griego se daría cuenta de su desasosiego corporal.

—¿Ino? —se atrevió a preguntar para cambiar de tema.

—Mi jefe de personal. Está asignada a Escorpio, como Teseo está asignado a Acuario. Ya los conocerás.

Hyoga asintió, tomó aire y comenzó a hablar. Ya investigaría más adelante, si lograba llegar vivo a la investidura.

—La energía cósmica que desatásteis en la flecha de Sagitario atravesó el Muro de las Lamentaciones y abrió un corredor interdimensional entre el Inframundo y los Elíseos. Minos de Grifo trató de detenerme, pero yo me lancé a través del portal sin dudar.

"Porque todo me importaba una mierda".

—Para mi sorpresa, la energía cósmica latente en los campos interdimensionales unidos a la sangre que el caballero de Aries arrojó sobre nuestros petos hicieron que a Cygnus le nacieran alas, cosa que me ha sido de gran utilidad en Siberia.

Milo guardó silencio y le indicó que continuara con un movimiento de su cabeza.

—Una vez en el Elíseo, pelear contra Hades ya fue otra historia. Su cosmos era poderosísimo. Aunque luchamos con todas nuestras fuerzas, él era un dios, y nosotros solo unos pobres caballeros. Cuando todo parecía perdido —relató mirando al frente—, Seiya le entregó a Saori la armadura de Atenea.

Milo asintió, animándolo a proseguir.

—Saori, ya convertida en Atenea, peleó contra él y detuvo el eclipse. Su cosmos nos envolvió y nos trajo de vuelta, en un estado… lamentable, si te soy sincero.

—Mejor en una cama de hospital que en un monolito —dijo Milo con amargura—. Al menos, no fue un castigo permanente y algunos de nosotros volvimos al mundo de los vivos. El resto estará ante las Parcas, confesando sus pecados. Somos los bufones de los dioses.

Hyoga comprendió en ese momento el hastío del Escorpión, su decepción con la Orden, con la investidura y con su propia presencia. El griego estaba haciendo un esfuerzo extraordinario al permitirle estar allí, en su propio dormitorio, hablando de temas que aún eran dolorosos para él.

—No eres un bufón para mí —dijo Hyoga apretándole el brazo. Quería darle énfasis a sus palabras con un gesto, pero temía que si lo tocaba, no podría despegar las manos de su cuerpo.

El griego alzó el rostro y sonrió de medio lado. Sin embargo, no dijo nada. Se levantó y se encaminó hacia la cocina. Cuando volvió, traía un par de brebajes de colores. Uno de ellos era para Hyoga.

—Bebe —le ordenó mientras buscaba algo con lo que vestirse—. Con lo que estás sangrando, tu médula tiene que estar loca de trabajar. Prosigue.

—Volvimos a Tokio —dijo Hyoga sin mirar el apetecible cuerpo del espartano, que se vestía sin pudor alguno frente al armario—. Mi paso por los Elíseos debió desencadenar algo en mi organismo ya que la teórica vuelta a la normalidad —ironizó—, se convirtió en un suplicio. Saori insistió en que me operara del párpado. Lo hice y en el quirófano…

—Lo que estaba latente se activó —dijo el griego, apurando un brebaje de color verde.

Hyoga asintió mientras degustaba el batido de proteínas.

—Me indujeron un coma al ver que las heridas no dejaban de sangrar. Mi cuerpo solo reaccionaba ante el frío, así que lo único que se les ocurrió a las grandes cabezas pensantes de la Fundación Graude fue enviarme a Siberia. Y allí estuve —suspiró—. Desahuciado.

—Dijiste que eras virgen, ¿Cuántas veces te masturbas al día? —preguntó Milo.

El rostro de Hyoga se inflamó de pura ira.

—¿Pero qué clase de pregunta es esa? —bramó colérico—. ¿Siempre tienes que llevarlo todo al mismo terreno?

—Sangras cuando aumenta el calor corporal.

—¿Y qué?

—¿Camus te hizo jurar el voto? —continuó el griego.

—¡No es asunto tuyo, maldita sea! —gritó Hyoga, fuera de sí—. ¡Contestaré a tus preguntas, no a tus humillaciones!

—¡Qué necio eres, joder! —Milo estaba tan cerca de su rostro que veía las chispas salir de sus ojos azules—. ¡Has aprendido bien las lecciones de ese cabrón!

—¡Deja de insultar su memoria! —la voz de Hyoga comenzó a quebrarse—. ¿Qué importancia puede tener el voto cuando mi vida es un desastre? ¡Un puto desastre donde todo me deja indiferente!

Se tapó la cara con las manos, ahogado en la vergüenza. Le ardía el pecho y tenía unas enormes ganas de llorar. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal cuando Milo apretó su hombro con suavidad.

"Estoy perdido".

Sollozó en silencio, ovillado sobre la cama del griego mientras éste permanecía sentado a su lado. Temblaba como una hoja, harto de humillaciones, secretos y mentiras.

Cuando notó la mano de Milo en su espalda, se tensó de forma instintiva. No quería que su cuerpo tomara conciencia de la cercanía del espartano y decidiera erguirse en su honor. Sin embargo, Hyoga se relajó de inmediato cuando sintió la mano del griego recorriéndolo con cuidado. Se quedó quieto al experimentar por vez primera en muchos años la caricia protectora de alguien a su lado, la promesa implícita de una seguridad que las guerras de los dioses le habían arrebatado.

—Buscaremos una solución —susurró el Escorpión.

Hyoga se retiró las manos de la cara y lo miró, con los ojos llenos de lágrimas. Se sentía un extraño en su propio cuerpo, sobrepasado por la situación. Solo necesitaba un poco de tiempo para recomponerse. Tenía el resto de su vida para soñar con Milo, en la soledad de Acuario.

—Estoy condenado —gimió el Cisne—. En Siberia podría soportarlo, pero aquí… aquí…

—¿No confías en mí? —cortó Milo, tomándolo por el mentón y obligándolo a mirarlo.

Hyoga suspiró, mostrando una fiera determinación en sus ojos.

—Más que en mí mismo.