Capítulo 12: El cáliz de fuego


Harry se sentía extrañamente distante de todos cuantos lo rodeaban, ya le desearan suerte o le dijeran entre dientes al pasar a su lado: «Tendremos listo el paquete de pañuelos de papel, Potter.» Se encontraba en tal estado que ni siquiera le importaba mucho la prueba.

El tiempo pasaba de forma más rara que nunca, como a saltos, de manera que estaba sentado en su primera clase, Historia de la Magia, y al momento siguiente iba a comer... y de inmediato (¿por dónde se había ido la mañana, las últimas horas sin la presencia consoladora de Ginny?) la profesora McGonagall entró en el Gran Comedor y fue a toda prisa hacia él. Muchos los observaban.

–Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio... Tienes que prepararte para la primera prueba.

–¡Bien! –dijo Harry, poniéndose en pie.

–Buena suerte, Harry –le susurró Hermione–. ¡Todo irá bien!

–Sí –contestó, con una voz que no parecía la suya. Salió del Gran Comedor con la profesora McGonagall. Tampoco ella parecía la misma; de hecho, estaba casi tan nerviosa como Hermione.

Al bajar la escalinata de piedra y salir a la fría tarde de noviembre, le puso una mano en el hombro.

–No te dejes dominar por el pánico –le aconsejó–, conserva la cabeza serena. Habrá magos preparados para intervenir si la situación se desbordara... Lo principal es que lo hagas lo mejor que puedas, y no quedarás mal ante la gente. ¿Te encuentras bien?

–Sí –se oyó decir Harry–. Sí, me encuentro bien.

Harry vio que habían levantado una tienda que lo ocultaba a la vista.

–Tienes que entrar con los demás campeones –le dijo la profesora McGonagall con voz temblorosa– y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer... Buena suerte.

–Gracias –dijo Harry con voz distante y apagada: Ella lo dejó a la puerta de la tienda, y Harry entró. Fleur Delacour estaba sentada en un rincón, sobre un pequeño taburete de madera. No parecía ni remotamente tan segura como de costumbre; por el contrario, se la veía pálida y sudorosa. El aspecto de Viktor Krum era aún más hosco de lo habitual, y Harry supuso que aquélla era la forma en que manifestaba su nerviosismo. Cedric paseaba de un lado a otro. Cuando Harry entró le dirigió una leve sonrisa a la que éste correspondió, aunque a los músculos de la cara les costó bastante esfuerzo, como si hubieran olvidado cómo se sonreía.

–¡Harry! ¡Bien! –dijo Bagman muy contento, mirándolo–. ¡Ven, ven, ponte cómodo! De pie en medio de los pálidos campeones, Bueno, ahora ya estamos todos... ¡Es hora de poneros al corriente! —declaró Bagman con alegría—. Cuando hayan llegado los espectadores, les ofreceré esta bolsa a cada uno de ustedes para que saquen la miniatura de aquello con lo que les va a tocar enfrentarse.

Y tengo que decirles algo más... Ah, sí... ¡su objetivo es tomar el huevo de oro!

Harry miró a su alrededor. Cedric hizo un gesto de asentimiento para indicar que había comprendido las palabras de Bagman y volvió a pasear por la tienda. Tenía la cara ligeramente verde. Fleur Delacour y Krum no reaccionaron en absoluto. Tal vez pensaban que se pondrían a vomitar si abrían la boca; en todo caso, a Harry no le importaba. Seguía demasiado entumecido por la situación con Ginny

Y enseguida se oyeron alrededor de la tienda los pasos de cientos y cientos de personas que hablaban emocionadas, reían, bromeaban... Harry se sintió separado de aquella multitud como si perteneciera a una especie diferente. Y, a continuación (a Harry le pareció que no había pasado más que un segundo), Bagman abrió la bolsa roja de seda.

–Las damas primero –dijo tendiéndosela a Fleur Delacour. Ella metió una mano temblorosa en la bolsa y sacó una miniatura perfecta de un dragón: un galés verde. Alrededor del cuello tenía el número «dos».

Y Harry estuvo seguro, por el hecho de que Fleur Delacour no mostró sorpresa alguna sino completa resignación, de que no se había equivocado: Madame Maxime le había dicho qué le esperaba. Lo mismo que en el caso de Krum, que sacó el bola de fuego chino. Alrededor del cuello tenía el número «tres». Krum ni siquiera parpadeó; se limitó a mirar al suelo. Cedric metió la mano en la bolsa y sacó el hocicorto sueco de color azul plateado con el número «uno» atado al cuello. Sabiendo lo que le quedaba, Harry metió la mano en la bolsa de seda y extrajo el colacuerno húngaro con el número «cuatro».

–Diggory, eres el primero. Tendrás que salir al cercado cuando oigas un silbato, ¿de acuerdo?

El silbato sonó y Cedric salió, unos segundos después oyeron el bramido de la multitud, señal de que Cedric acababa de entrar en el cercado y se hallaba ya frente a la versión real de su miniatura. Sentarse allí a escuchar era peor de lo que Harry hubiera podido imaginar. La multitud gritaba, ahogaba gemidos como si fueran uno solo, cuando Cedric hacía lo que fuera para burlar al hocicorto sueco. Krum seguía mirando al suelo. Fleur ahora había tomado el lugar de Cedric, caminando de un lado a otro de la tienda. Y los comentarios de Bagman lo empeoraban todo mucho...

En la mente de Harry se formaban horribles imágenes al oír: «¡Ah, qué poco ha faltado, qué poco...! ¡Se está arriesgando, ya lo creo...! ¡Eso ha sido muy astuto, sí señor, lástima que no le haya servido de nada!» Y luego, tras unos quince minutos, Harry oyó un bramido ensordecedor que sólo podía significar una cosa: que Cedric había conseguido burlar al dragón y coger el huevo de oro.

–¡Muy pero que muy bien! –gritaba Bagman—. ¡Y ahora la puntuación de los jueces!

Pero no dijo las puntuaciones. Harry supuso que los jueces las levantaban en el aire para mostrárselas a la multitud.

–¡Uno que ya está, y quedan tres! –gritó Bagman cuando volvió a sonar el silbato—. ¡Señorita Delacour, si tiene usted la bondad!

Fleur temblaba de arriba abajo. Cuando salió de la tienda con la cabeza erguida y agarrando la varita con firmeza, Harry sintió por ella una especie de afecto que no había sentido antes.

Se quedaron solos él y Krum, en lados opuestos de la tienda, evitando mirarse. Se repitió el mismo proceso.

–¡Ah, no estoy muy seguro de que eso fuera una buena idea! –oyeron gritar a Bagman, siempre con entusiasmo–. ¡Ah... casi! Cuidado ahora... ¡Dios mío, creí que lo iba a tomar!

Diez minutos después Harry oyó que la multitud volvía a aplaudir con fuerza. También Fleur debía de haberlo logrado. Se hizo una pausa mientras se mostraban las puntuaciones de Fleur. Hubo más aplausos y luego, por tercera vez, sonó el silbato.

–¡Y aquí aparece el señor Krum! –anunció Bagman cuando salía Krum con su aire desgarbado, dejando a Harry completamente solo.

Se sentía mucho más consciente de su cuerpo de lo que era habitual: notaba con claridad la rapidez ala que le bombeaba el corazón, el hormigueo que el miedo le producía en los dedos... Y al mismo tiempo le parecía hallarse fuera de él: veía las paredes de la tienda y oía a la multitud como si estuvieran sumamente lejos...

–¡Muy osado! –gritaba Bagman, y Harry oyó al bola de fuego chino proferir un bramido espantoso, mientras la multitud contenía la respiración, como si fueran uno solo–. ¡La verdad es que está mostrando valor y, sí señores, acaba de tomar el huevo!

El aplauso resquebrajó el aire invernal como si fuera una copa de cristal fino. Krum había acabado, y aquél sería el turno de Harry. Se levantó, notando apenas que las piernas parecían de merengue. Aguardó. Y luego oyó el silbato. Salió de la tienda, sintiendo cómo el pánico se apoderaba rápidamente de todo su cuerpo. Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos.

La multitud gritaba muchísimo, pero Harry ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente, en lo que constituía su única posibilidad. Levantó la varita.

–¡Accio Saeta de Fuego! –gritó. Aguardó, confiando y rogando con todo su ser. Si no funcionaba, si la escoba no acudía... mientras esperaba colocó en su ropa y cabeza en el encantamiento antiincedios que aprendió de Charlie y Ginny... Y entonces la oyó atravesando el aire tras él.

Se volvió y vio la Saeta de Fuego volar hacia allí por el borde del bosque, descender hasta el cercado y detenerse en el aire, a su lado, esperando que la montara. La multitud alborotaba aún más... Bagman gritaba algo... pero los oídos de Harry ya no funcionaban bien, porque oír no era importante... Pasó una pierna por encima del palo de la escoba y dio una patada en el suelo para elevarse.

Un segundo más tarde sucedió algo milagroso. Al elevarse y sentir el azote del aire en la cara, al convertirse los rostros de los espectadores en puntas de alfiler de color carne y al encogerse el colacuerno hasta adquirir el tamaño de un perro, comprendió que allá abajo no había dejado únicamente la tierra, sino también el aturdimiento: por fin estaba en su elemento.

Aquello era sólo otro partido de quidditch... nada más, y el colacuerno era simplemente el equipo enemigo... Miró la nidada, y vio el huevo de oro brillando en medio de los demás huevos de color cemento, bien protegidos entre las patas delanteras del dragón.

"Bien —se dijo Harry a sí mismo—, tácticas de distracción. Adelante."

Descendió en picado. El colacuerno lo siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frenó su descenso y se elevó en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar en que se habría encontrado si no hubiera dado un viraje en el último instante... pero a Harry no le preocupó: era lo mismo que esquivar una bludger.

–¡Cielo santo, vaya manera de volar! –vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud–. ¿Ha visto eso, señor Krum?

Harry se elevó en círculos. El colacuerno seguía siempre su recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego.

Harry se lanzó hacia abajo justo cuando el dragón lanzaba su cola, pero esta vez tuvo menos suerte. Esquivó la cola de la bestia, y al virar a la izquierda fue alcanzado por las llamas, afortunadamente fue un contacto corto y su encantamiento hizo que solo sintiera un cosquilleo y nada se quemó. La multitud gritaba, pero se calmaron cuando vieron que no había resultado herido. Sobrevoló la espalda del colacuerno y se le ocurrió una posibilidad... El dragón no parecía dispuesto a moverse del sitio: tenía demasiado afán por proteger los huevos, era evidente que temía apartarse demasiado de sus crías.

Así pues, tenía que persuadirlo de que lo hiciera, o de lo contrario nunca podría apoderarse del huevo de oro. El truco estaba en hacerlo con cuidado, poco a poco. Empezó a volar, primero por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándose todo lo necesario para asegurarse de que la bestia no le quitaba los ojos de encima. La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos...

Remontó un poco el vuelo. La cabeza del dragón se elevó con él, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador. Harry se elevó un par de metros más, y el dragón soltó un bramido de exasperación. Harry era como una mosca para él, una mosca que ansiaba aplastar. Volvió a azotar con la cola, pero Harry estaba demasiado alto para alcanzarlo. Abriendo las fauces, echó una bocanada de fuego... que él consiguió esquivar.

–¡Vamos! –lo retó Harry en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo—. ¡Vamos, ven a atraparme...! Levántate, vamos...

La enorme bestia se alzó al fin y Harry se lanzó en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que Harry estaba haciendo ni dónde se había metido, éste iba hacia el suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos.

Soltó las manos de la Saeta de Fuego... y cogió el huevo de oro. Y escapó acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo su brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegó a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales.

–¡Miren eso! –gritó Bagman–. ¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestro amigo Potter! Harry vio a los cuidadores de los dragones apresurándose para reducir al colacuerno; y a la profesora McGonagall, el profesor Moody y Hagrid, que iban a toda prisa a su encuentro desde la puerta del cercado, haciéndole señas para que se acercara. Aun desde la distancia distinguía claramente sus sonrisas. Voló sobre las gradas, con el ruido de la multitud retumbándole en los tímpanos, y aterrizó con suavidad, con una felicidad que no había sentido desde su golpiza. Había pasado la primera prueba, estaba vivo...

–¡Excelente, Potter! —dijo bien alto la profesora McGonagall cuando bajó de la Saeta de Fuego. —Tienes que ir a ver a la señora Pomfrey antes de que los jueces muestren la puntuación... Por ahí, ya está terminando con Diggory.

–¡Lo conseguiste, Harry! –dijo Hagrid con voz ronca

–Gracias, Hagrid – dijo Harry

El profesor Moody también parecía encantado. El ojo mágico no paraba de dar vueltas.

–Lo mejor, sencillo y bien, Potter —sentenció.

–Muy bien, Potter. Ve a la tienda de primeros auxilios, por favor –le dijo la profesora McGonagall.

Harry salió del cercado aún jadeando y vio a la entrada de la segunda tienda a la señora Pomfrey, que parecía preocupada.

–¡Dragones! –exclamó en tono de indignación, tirando de Harry hacia dentro. La tienda estaba dividida en cubículos.

La señora Pomfrey examinó a Harry, rezongando todo el tiempo. —El año pasado dementores, este año dragones... ¿Qué traerán al colegio el año que viene? Has tenido mucha suerte: no te has hecho daño. ¿quién te golpeó Potter? A pesar de la poción que tomaste alcanzo a ver los moretones de tu cara.

–Fue un accidente– Mascullo Harry, no deseando hablar de eso.

–Bien, ahora quédate sentado y quieto durante un minuto. ¡Sentado! Luego podrás ir a ver tu puntuación. —Salió aprisa del cubículo.

Harry no podía quedarse quieto: estaba aún demasiado cargado de adrenalina. Se puso de pie para asomarse a la puerta, pero antes de que llegara a ella entraron dos personas a toda prisa: Hermione e, inmediatamente detrás de ella, Ron.

–¡Harry, has estado genial! –le dijo Hermione con voz chillona. Tenía marcas de uñas en la cara, donde se había apretado del miedo–. ¡Alucinante! ¡De verdad!

Pero Harry miraba a Ron, que estaba muy blanco y miraba a su vez a Harry como si éste fuera un fantasma.

–Harry —dijo Ron muy serio–, quienquiera que pusiera tu nombre en el cáliz de fuego, creo que quería matarte.

Fue como si las últimas semanas no hubieran existido, como si Harry viera a Ron por primera vez después de haber sido elegido campeón.

–Lo has comprendido, ¿eh? –contestó Harry fríamente–. Te ha costado trabajo.

Hermione estaba entre ellos, nerviosa, paseando la mirada de uno a otro. Ron abrió la boca con aire vacilante. Harry se dio cuenta de que quería disculparse y comprendió que no necesitaba oír las excusas.

–Está bien– dijo, antes de que Ron hablara–. Olvídalo.

Ron seguía culpándose cuando Ginny entró y se dirigió a Harry corriendo, se lanzó a sus brazos y llenó de besos su cara mientras le decía lo feliz que estaba de que no hubiera salido dañado, mientras le seguía pidiendo perdón.

Harry la abrazó con fuerza, sintiendo que podía respirar de nuevo después de varios días, la había extrañado tanto. Comenzaron a besarse hasta quedar sin aliento hasta que sus amigos los interrumpieron.

–Vamos, Harry, están a punto de darte la puntuación.

Tomando el huevo de oro y la Saeta de Fuego, más eufórico de lo hubiera creído posible, Harry salió de la tienda.

–Has sido el mejor, ni punto de comparación. Cedric hizo una cosa bastante rara: transformó una roca en un perro labrador, para que el dragón atacara al perro y se olvidara de él. La transformación estuvo bastante bien, y al final funcionó, porque consiguió coger el huevo, pero también se llevó una buena quemadura porque el dragón cambió de opinión de repente y decidió que le interesaba más Diggory que el labrador. Escapó por los pelos. Y Fleur intentó un tipo de encantamiento... Creo que quería ponerlo en trance, o algo así. El caso es que funcionó, se quedó como dormido, pero de repente roncó y echó un buen chorro de fuego. Se le prendió la falda. La apagó echando agua por la varita. Y en cuanto a Krum... no lo vas a creer, pero no se le ocurrió la posibilidad de volar. Sin embargo, creo que después de ti es el que mejor lo ha hecho. Utilizó algún tipo de embrujo que le lanzó a los ojos. El problema fue que el dragón empezó a tambalearse y aplastó la mitad de los huevos de verdad. Le han quitado puntos por eso, porque se suponía que no tenía que causar ningún daño.

—Cada uno da una puntuación sobre diez—le explicó Ron.

Entornando los ojos, Harry vio a Madame Máxime, la primera del tribunal, levantar la varita, de la que salió lo que parecía una larga cinta de plata que se retorcía formando un ocho.

–¡Eso es injusto! —dijo Hermione mientras la multitud aplaudía—. No tuviste errores.

A continuación, le tocó al señor Crouch, que proyectó en el aire un diez.

–¡Qué bien! –gritó Ron, dándole a Harry un golpecito en la espalda. Luego le tocaba a Dumbledore. También él proyectó un diez, y la multitud vitoreó más fuerte que antes. Ludo Bagman: un diez.

Y entonces Karkarov levantó la varita. Se detuvo un momento, y luego proyectó en el aire otro número: un 6.

–¿Qué? –chilló Ron furioso–. ¿Un seis? ¡Cerdo partidista y piojoso, a Krum le diste un diez!

Pero a Harry no le importaba. No le hubiera importado, aunque Karkarov le hubiera dado un cero.

–¡Están empatados en el primer puesto, Harry! ¡Krum y tú! —le dijo Charlie Weasley, precipitándose a su encuentro cuando volvían para el colegio—. Me voy corriendo. Tengo que llegar para enviarle una lechuza a mamá; le prometí que le contaría lo que había sucedido. ¡Pero es que ha sido increíble!

o-o-o-o

Los días que siguieron fueron los mejores. Harry disfrutaba la atención de una manera nueva, se sentía desinhibido, feliz, entusiasta por el futuro. Se sentía como en un sueño todo el tiempo.

Cundo la irritada voz de la profesora McGonagall restalló como un látigo en la clase de Transformaciones del jueves, tanto Harry como Ron se sobresaltaron. La clase estaba acabando. Habían terminado el trabajo: las gallinas de Guinea que habían estado transformando en conejillos de Indias estaban guardadas en una jaula grande colocada sobre la mesa de la profesora McGonagall

La campana iba a sonar de un momento a otro. Cuando Harry y Ron, que habían estado luchando con dos de las varitas de pega de Fred y George a modo de espadas, levantaron la vista, Ron sujetaba un loro de hojalata, y Harry, una merluza de goma.

–Ahora que Potter y Weasley tendrán la amabilidad de comportarse de acuerdo con su edad –dijo la profesora McGonagall dirigiéndoles a los dos una mirada de enfado cuando la cabeza de la merluza de Harry cayó al suelo (súbitamente cortada por el pico del loro de hojalata de Ron) –, tengo que decirles algo.

"Se acerca el baile de Navidad: constituye una parte tradicional del Torneo de los tres magos y es al mismo tiempo una buena oportunidad para relacionarnos con nuestros invitados extranjeros. Al baile sólo irán los alumnos de cuarto en adelante, aunque si lo desean pueden invitar a un estudiante más joven...

Lavender Brown dejó escapar una risita estridente. Parvati Patil le dio un codazo en las costillas, haciendo un duro esfuerzo por no reírse también, y las dos miraron a Harry.

La profesora McGonagall no les hizo caso, lo cual le pareció injusto a Harry, ya que a Ron y a él sí que los había regañado.

–Será obligatoria la túnica de gala –prosiguió la profesora McGonagall–. El baile tendrá lugar en el Gran Comedor, comenzará a las ocho en punto del día de Navidad y terminará a medianoche. Ahora bien... –La profesora McGonagall recorrió la clase muy despacio con la mirada–. El baile de Navidad es por supuesto una oportunidad para que todos nos divirtamos —dijo, en tono de desaprobación.

Lavender se rió más fuerte, poniéndose la mano en la boca para ahogar el sonido. Harry comprendió dónde estaba aquella vez lo divertido: la profesora McGonagall, que llevaba el pelo recogido en un moño muy apretado, no parecía divertirse, en ningún sentido.

–Pero eso no quiere decir –prosiguió la profesora McGonagall– que vayamos a exigir menos del comportamiento que esperamos de los alumnos de Hogwarts. Me disgustaré muy seriamente si algún alumno de Gryffindor deja en mal lugar al colegio.

Sonó la campana, y se formó el habitual revuelo mientras recogían las cosas y se echaban las mochilas al hombro.

La profesora McGonagall llamó por encima del alboroto: –Potter, por favor, quiero hablar contigo. Dando por supuesto que aquello tenía algo que ver con su merluza de goma descabezada, Harry se acercó a la mesa de la profesora con expresión sombría.

La profesora McGonagall esperó a que se hubiera ido el resto de la clase, y luego le dijo: –Potter, seguramente Ginevra te debe haber dicho...

–¿Ginevra? —preguntó Harry, perdido de repente por el nombre.

La profesora McGonagall lo miró recelosa, como si pensara que intentaba tomarle el pelo. –La señorita Weasley, Potter –dijo con frialdad–. Seguramente te dijo ya que irán en pareja.

Harry sintió que se le encogían las tripas. –¿Parejas de baile? –Notó cómo se ponía rojo–. Yo no bailo –se apresuró a decir.

–Sí, claro que bailas –replicó algo irritada la profesora McGonagall–. Eso era lo que quería decirte. Es tradición que los campeones y sus parejas abran el baile.

Harry se imaginó de repente a sí mismo con una vestimenta ridícula, pisando los pies de Ginny.

–Yo no bailo –insistió.

–Es la tradición –declaró con firmeza la profesora McGonagall–. Tú eres campeón de Hogwarts, y harás lo que se espera de ti como representante del colegio. Además, no querrás decepcionar a Ginevra.

Harry no se atrevió a responderle nada ante la última frase. No quería decepcionarla. Durante los siguientes días pasaron cosas muy extrañas.

Una chica de Hufflepuff con el pelo rizado que iba a tercero y con la que Harry no había hablado jamás le pidió que fuera al baile con ella. Harry se quedó tan sorprendido que dijo que no antes de saber qué pasaba. La chica se fue bastante dolida, y Harry tuvo que soportar durante toda la clase de Historia de la Magia las burlas de Dean, Seamus y Ron a propósito de ella. Al día siguiente se lo pidieron otras dos, una de segundo y (para horror de Harry) otra de quinto que daba la impresión de que podría pegarle si se negaba.

–¿Es que no saben que tienes novia? – Hermione seguía sin ser amiga de Ginny, sin embargo, no pudo evitar defender su posición. –Tienen muy poca vergüenza para atreverse a pedírtelo.

Harry estaba de acuerdo con ella, su relación era bien conocida, y bastante pública después de que Rita Skeeter publicara un artículo escabroso sobre como Ginny era una adivina maligna que había atrapado en sus redes a un inocente huérfano sabiendo que tendría un futuro exitoso.

–Amigo es una suerte que Ginny no se haya enterado. –Dijo Ron mientras se sobaba la cabeza, recordando los golpes que le había dado su hermana para hacerlo entrar en razón cuando se distanció de Harry. –Está loca y sería capaz de arrancarles el cabello.

–Deberías decirle, – Dijo Hermione, y cuando ambos chicos comenzaron a protestar por esa idea los cortó –Será peor si se entera por los rumores, ya la conoces, Ron tiene razón, es capaz de muchas cosas. Por cierto, ¿ya le pediste que sea tu pareja?

–Es mi novia, Hermione. – Le dijo Harry con burla, como si hubiera preguntado una tontería. –Es obvio que irá conmigo.

–Harry ¡no entiendes nada! Se lo tienes que pedir, cualquier chica lo espera, no importa que sea tu novia. – Le dijo enfadada por su tozudez.

Afortunadamente para él, siguió ambos consejos de Hermione, y Ginny se mostró encantada cuando la invitó al baile de manera formal. Y se alegró de haberle dicho de las invitaciones que recibió, porque apenas y pudo contenerla cuando se abalanzó sobre la chica de tercer año, incluso los gemelos tuvieron que intervenir para contenerla mientras morían de la risa.

–¿Por qué estás tan enfadada Ginny? Sólo lo invitó al baile, también lo hicieron muchas otras –dijo Ron.

–Aparta las narices, Ron, si no quieres que la suelte – le advirtió Fred moviendo la cabeza hacia su hermana, mientras seguía abrazándola a la fuerza —. Bueno... ¿ya todos tienen pareja para el baile?

–No –respondió Ron.

–Pues mejor te das prisa, o ganarán a todas las guapas –dijo Fred.

–¿Con quién vas tú? –quiso saber Ron.

–Con Angelina –contestó enseguida Fred, sin pizca de vergüenza.

–¿Qué? –exclamó Ron, sorprendido–. ¿Se lo has pedido ya?

–Buena pregunta –reconoció Fred. Volvió la cabeza y gritó–: ¡Eh, Angelina!

Angelina, que estaba charlando con Alicia Spinnet cerca del fuego, se volvió hacia él.

–¿Qué? –le preguntó.

–¿Quieres ser mi pareja de baile?

Angelina le dirigió a Fred una mirada evaluadora. –Bueno, vale –aceptó, y se volvió para seguir hablando con Alicia, con una leve sonrisa en la cara.

–Ya lo ven —les dijo Fred a Harry y sus hermanos menores–: pan comido. ¿Ya te calmaste lo suficiente Ginny?

Ginny seguía encerrada entre sus hermanos gemelos, aún furiosa, pero ya tranquila, así que sólo asintió y sus hermanos la soltaron. Por fin saliendo de la sala de Gryffindor.

En cuanto se fueron, Ron miró hacia Harry quien agarró la mano de Ginny y se negó a soltarla. —Tendríamos que hacer algo, ¿sabes? Pedírselo a alguien. Fred tiene razón: puedo acabar con un trol.

Hermione dejó escapar un bufido de indignación. –¿Un qué, perdona?

–Bueno, ya sabes –dijo Ron, encogiéndose de hombros–. Preferiría ir solo que con... con Eloise Midgen, por ejemplo.

–Su acné está mucho mejor últimamente. ¡Y es muy simpática!

–Tiene la nariz torcida –objetó Ron.

–Ya veo –exclamó Hermione enfureciéndose–. Así que, básicamente, vas a intentar ir con la chica más guapa que puedas, aunque sea un espanto como persona.

–Eh... bueno, sí, eso suena bastante bien –dijo Ron.

–Me voy a la cama –espetó Hermione, y sin decir otra palabra salió para la escalera que llevaba al dormitorio de las chicas.

Ginny sólo soltó una carcajada y se acurrucó contra su novio sonriendo, olvidando su enojo. Harry la miró sin entender qué le daba gracia, pero ella sólo le sonrió y negó con la cabeza sin molestarse en explicarle. Hermione era demasiado obtusa con respecto a los sentimientos, no comprendía que a su hermano había que explicarle las cosas con palitos y bolitas, sino no la entendería nunca.

En cuanto al acertijo del huevo… fue para Harry sorprendente que Ginny comenzara a ayudarlo realmente y de manera activa. Ella le dijo lo que tenía que hacer para descifrar el huevo y lo ayudó a interpretar el mensaje. Si en algo podía facilitarle la vida, lo haría.

Desde ese momento a ella ya no le importaban las reglas, la moral ni el honor.


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