Capítulo 9: Mi Despedida

Bolt fue jalado de golpe al pensarrápido. A diferencia de otras veces, no sintió el tiempo volverse más lento paulatinamente hasta que todo se volviera estrellas; no flotó con lentitud hasta aterrizar sobre el gigantesco reloj de arena; no escuchó el tenue "tic-toc" volverse más sonoro hasta encontrarse con Atenea. No; esta vez, para el can se sintió como si lo hubieran jalado de golpe bajo el agua, un choque frío y brusco. Las estrellas en la distancia brillaban con intensidad casi agresiva, y el reloj de arena sobre el que Bolt cayó estaba duro y frío. Tras incorporarse y sacudirse de la zambullida astral, el can volteó alrededor, encontrando a Atenea casi de inmediato. La lechuza estaba de espaldas a él, su plumaje moviéndose al son del ligero viento del lugar.

–Eres imprudente –Sentenció sin más, dándose la vuelta para encarar a Bolt, ceño fruncido–. Sentimental, en el mejor de los casos. Te has ablandado; y tus amigos muertos pueden testificar—

–¡Ey! –Gruñó Bolt, interrumpiendo a la lechuza.

–¡Deja tus emociones de lado! –Atenea alzó la voz y erizó sus plumas, haciendo a Bolt retroceder un paso instintivamente. A la lechuza le tomó un momento respirar profundo y voltear a ver a Bolt de nuevo, su mirada seria–. Eres un guerrero, uno supuesto para guiar a los demás. No sé en dónde me equivoqué; pero te lo advertí, cachorro. Te dije que no me decepcionaras, y me fallaste. Me desobedeciste; me ignoraste. Si tan poco vale mi consejo para ti, entonces hasta aquí llegamos.

Bolt intentó abrir la boca para responder, pero la sorpresa de semejante decisión lo dejó aturdido por unos momentos, en los cuáles apenas y pudo negar con la cabeza para intentar aterrizar sus pensamientos en algo coherente. Como el can no contestó, Atenea siguió con su discurso:

–De esta forma, te quedará claro tu lugar; de esta forma, no puedes cruzar la línea otra vez –Los ojos de la lechuza expresaban pura decepción mientras miraba a Bolt fijamente–. Así, no puedes decepcionarme; así, no me harás perder el tiempo. Te quedas con lo tuyo, me quedo con lo mío. De esta forma, cachorro, te cierro la puerta. Considera esto como mi despedida.

–¡¿Qué?! –Bolt finalmente resopló ante el discurso de la diosa–; te he seguido, obedecido, y atendido desde que enviaste al jabalí, desde mucho antes de que partiéramos a Ilio*, desde antes de la guerra, y por una ocasión, una discrepancia, ¿ahora me vas a abandonar? –A Bolt comenzó a hervirle la sangre con enojo–. Que soberbia. Que orgullosa. ¡Qué egoísta! –Atenea abrió el pico para intentar responder, pero Bolt la silenció con un ladrido–. ¡No!, te he escuchado y obedecido desde que te conocí; ¡ahora tú me vas a escuchar!

El can se tomó un respiro y comenzó a soltar toda la frustración e ira que se le había acumulado desde que entró con sus hombres a la cueva del cíclope:

–A diferencia de ti, cuándo mis hombres mueren, yo tengo que quedarme a dar la cara; a levantar morales, y a hacer tumbas y funerales. Dime, ¿de qué rayos me va a servir el título que una diosa me pudiera conceder?, ¿qué gano yo con ser un "guerrero de la mente", si todo lo que tuve que hacer para conseguirlo me deja incapaz de descansar por las noches? No lo vale; ¿y sabes qué? Te recuerdo que yo te consideraba una amiga. Pero si tanto insistes, si al primer fallo nada de esto vale la pena para ti, entonces ¡perfecto! De esta forma, no estarás en mi cabeza constantemente; de esta forma, no vas a plagar mi vida –Bolt dio un paso hacia la lechuza con fuerza, mostrando los colmillos mientras gruñía–. Así, te llevas lo que tanto quieres; así, te puedes ahorrar tu tan preciado tiempo. Quédate con lo tuyo y déjame con lo mío. ¡Cierra la puerta y llévate tu maldita despedida!

Atenea extendió las alas amenazadoramente, su armadura titilando en la luz estelar mientras le bufaba a Bolt con molestia.

–¡No te interesa tener una mentora!, ¡y a mí nunca me interesó tu amistad! ¡Nunca fuimos amigos, Bolt! Te estaba entrenando, ¡nada más!, porque te confundí por un general. Que enorme desperdicio de esfuerzo y potencial.

–¡Al menos yo sé por qué peleo! –La molestia de Bolt ya era demasiada. Había perdido a su mejor amigo, a varios de sus hombres, y ahora al parecer estaba por perder a su mentora, por culpa de una sola decisión–, ¡mientras tú sigues peleando por ser reconocida entre las demás deidades! ¿Sabes qué?, si según eres tan sabia, ¡¿por qué tu vida entera está repleta de soledad?! ¡Estás sola, no tienes a nadie!

Atenea, que estaba abriendo el pico para replicarle, retrocedió como si Bolt la hubiera golpeado. Por el más breve de los momentos, el can pudo notar que la había herido; en los ojos sabios y estelares de la lechuza se llegó a ver una enorme tristeza, similar a la de un padre que discutía con su cachorro y recibe un insulto, aunque solo intenta ayudar.

–Algún día… algún día me escucharás –Murmuró la deidad, su voz ligeramente temblorosa–. Algún día, tal vez entiendas. Algún día… pero no el día de hoy, ¿verdad? Después de todo –Atenea lo miró, alzando la vista de nuevo—, eres solo un can.

Bolt iba a abrir la boca para disculparse por su osadía y falta de respeto, pero la forma en la que la lechuza se refirió a él—reduciéndolo a un simple mortal, sin gracia ni virtud–lo dejó sin aliento. Además, para cuándo el can pudo enfocarse en los ojos de Atenea, no quedaba rastro del dolor que le había causado. Se había convertido en molestia y seriedad nuevamente.

–El día de hoy, cachorro, te has cortado su propia cabeza; el día de hoy, perdiste mi favor –Atenea se erizó nuevamente, dándole una apariencia más imponente–. ¡El día de hoy, Bolt, lo has perdido todo! Vete de aquí, y llévate mi despedida contigo. Es toda tuya.

Con un fuerte aleteo, Atenea desprendió una fuerte ráfaga de viento que lanzó a Bolt fuera de la superficie del gigantesco reloj de arena dónde toda la discusión había tomado lugar. Mientras el can caía hacia el vacío, rodeado de estrellas por doquier, la voz de Atenea aún le llegaba a los oídos.

"¡Si tan seguro estás de tu valía, entonces veamos cómo te va sin mi ayuda!"

"¡No volverás a saber de mí, si tanto te molesta!"

"¡Nunca fuimos amigos, Bolt! Era tu mentora, ¡y nada más que eso!"

"¡Considera esto como mi despedida oficial!"


Bolt abrió los ojos de regreso en el barco, y sacudió la cabeza. Su corazón saltaba agitado en su pecho, y no era de emoción. Tratando de calmarse con una serie de respiraciones profundas, el pastor suizo volteó alrededor. Los barcos aun estaban navegando, aun se dirigían a casa. El can terminó de centrarse, y se hizo un juramento silencioso.

Yo le enseñaré. Le enseñaré que no la necesito. Su ayuda era muy útil, pero ella no hacía todo el trabajo; ni siquiera la mitad de él. Ya verá. Le enseñaré.

Cuando Bolt terminó de mentalizarse y pudo prestar atención a sus alrededores, notó que, en la distancia, hacia dónde se dirigían, el cielo comenzaba a ponerse gris, y las olas del océano a mecerse peligrosamente. Ya estaban cerca de casa, pero el trayecto aun no había terminado.

Le enseñaré.


Y hasta aquí tenemos este nuevo capítulo. Muchas gracias por venir a leerlo; un enorme agradecimiento a Ana Karen por seguir comentando la historia. Con este capítulo terminamos la saga del Cíclope del musical de Epic. La canción que le corresponde a este lleva por título original "My Goodbye", que se traduce tal cuál el título del cap.

*Ilio es otro nombre para la ciudad de Troya. Por eso la novela previa a la Odisea se conoce como "La Iliada"