ADVERTENCIA DE CONTENIDO: Este capítulo aborda temas sensibles que podrían resultar perturbadores para algunos lectores. Recomiendo discreción y cuidado al leer. Si el tema te afecta personalmente, considera saltarte esa parte o leerla cuando te sientas preparado.
18 "Nuevos secretos"
Play with Fire – Sam Tinnesz, Yacht Money
Ubicación: Nueva Asgard, fiordo de Hardanger. Hordaland, Noruega.
Espacio: Sagrada Línea Temporal
Tiempo: 10 de julio de 2024.
Para Loki, aquella noche transcurrió de manera muy diferente. Las horas anteriores a la velada entre chicas, la había hecho suya de forma reiterada, una manera de formalizar que habían hecho las paces y también de celebrar el embarazo de Sigyn a pesar del sino catastrófico que les aguardaba. El dios, que desde el primer encuentro sexual había ido incrementando la intensidad del coito, fue más delicado que nunca, temeroso a que su voracidad carnal fuera a dañar la vida gestándose en el interior de Sigyn. Sabía que el cuerpo asgardiano era lo suficientemente fuerte como para proteger a los bebés de manera que el humano era incapaz, que hacía falta mucho más que un mal golpe para que la vida de madre e hijos se viera comprometida. Con todo, la preocupación de que sufriera un segundo aborto lo abrumaba hasta el punto de haberse planteado abstenerse o interrumpir el acto.
Al comprobar que todo iba bien, que la intimidad durante el embarazo era posible y natural, se había atrevido a aumentar un poco la profundidad, llegando a sentir un lazo afectivo tan estrecho que, en este punto, resultaba ya sofocante. Pero antes de todo eso, la realidad había reclamado la atención de ambos. No podían postergar la visita a la curandera, una asgardiana que había aprovechado los últimos años en la Tierra para ofrecer un servicio más elevado y adecuado a los de su especie. Loki, siempre escéptico y receloso de cualquier cosa que proviniera de Midgard, no ocultaba su desdén hacia estos métodos tan aparentemente viscerales, tan distintos a los suyos y tan desconsiderados con la mujer. Muchos de esos utensilios partían del deseo perverso de los antiguos médicos mortales, que justificaron la forma fálica de sus máquinas afirmando que aliviaría la histeria femenina.
El consultorio de la curandera era una curiosa mezcla de lo arcano y lo moderno. En las paredes, se podían ver runas antiguas, símbolos de protección y sanación, junto a máquinas de apariencia moderna, iluminadas con luces tenues. Loki observaba todo con una mirada crítica, sus ojos recorriendo cada detalle mientras buscaban algo, cualquier cosa, que justificara su desconfianza. Pero nada parecía fuera de lugar, al menos no lo suficiente para que pudiera negarse a escuchar lo que tuviera que decir.
Sigyn se tumbó en la camilla con la naturalidad de quien ya había pasado por eso antes. La curandera conocida como Eir, una joven de mirada aguda y gesto sereno, le pidió que se tumbara sobre la camilla y se relajara mientras preparaba la máquina de ecografías, que, aunque rudimentaria, demostraría ser efectiva. Se trataba de una joven de más o menos la misma edad que Sigyn, delgada, pálida y de cabello chocolateado recogido en una cola de caballo improvisada. Sus ojos marrones destellaban con calidez y perspicacia, rasgo que se complementaba con su sonrisa afable, siempre presente, lo que le daba un aire de seguridad capaz de tranquilizar a todos sus pacientes.
Sin embargo, bajo esa apariencia risueña, había una profesional experimentada y respetada, una eminencia en la medicina. Tanto era así, que la gente la llamaba la Diosa de la Sanación y comentaba que era capaz de resucitar a los muertos. Eir había pasado años perfeccionando sus habilidades, tanto en Asgard como en Midgard, y era conocida por su capacidad para combinar la sabiduría ancestral con los avances tecnológicos más recientes. Todo el mundo sabía que su disciplina favorita era la obstetricia, por lo que las embarazadas de Asgard acudían tranquilas a su consulta, aquella que había abierto hace relativamente poco, sabiendo que estaban en las mejores manos.
Al entrar en la habitación, la sanadora había notado de inmediato a Loki, quien, con su mirada penetrante y curiosa, inspeccionaba cada rincón de la consulta. Estanterías llenas de antiguos volúmenes sobre sanación, frascos con hierbas medicinales rescatadas de la antigua Asgard, y aparatos modernos que emitían un leve zumbido en un rincón, todo captaba su atención. El príncipe parecía estar evaluando cada objeto, buscando algo que justificara la aprensión a su praxis.
—Bueno, Sigyn —saludó Eir de forma casual—. Hace un año ya que no nos vemos. ¿Qué tal va todo?
Sigyn se encogió de hombros, una respuesta simple a una pregunta cuanto menos complicada. Sabía que no podía ofrecer respuestas sinceras. La guerra que se avecinaba contra los griegos no debía divulgarse, al menos no hasta que fuera inevitable. Había sido arrastrada a ese conflicto que amenazaba con consumirlos a todos, y antes de eso, había descubierto verdades que habían sacudido completamente su mundo: la existencia de la AVT, los viajes en el espacio-tiempo, o la aceptación de que el Loki que había conocido antaño sí estaba muerto. Había visitado dos inframundos en la Tierra, había vuelto a su hogar en Asgard solo para enfrentarse a horrores que casi la destruyen, y todo eso había dejado una marca imborrable en su interior. Pero, en lugar de revelar estos tormentos, se vio obligada a responder de forma poco precisa.
—Bien, supongo. No sé qué responder.
La sanadora, con su habitual intuición, no se dejó engañar por la respuesta escueta de Sigyn. Conocía el ambiente en el que vivía y la información fluía libremente, sobre todo cuando se trataba de figuras públicas como ellos.
—No te ofendas, pero en este pueblo todo se sabe. Más aún cuando se trata de alguien tan conocido como tú. Venga, inténtalo de nuevo: tu trabajo es particularmente estresante, ¿qué tal has manejado tu situación últimamente?
Sigyn era consciente de que no podía seguir evadiendo la verdad. Con una sinceridad mayor que antes, aunque todavía sin revelar demasiado, respondió:
—Intento que no me afecte. Tengo otras preocupaciones en mente.
Mientras hablaba, su cabeza comenzó a divagar hacia esos problemas que superaban con creces cualquier colisión política. Sin embargo, no podía negar que su reputación, ahora mancillada, también suponía una carga sutil en su mochila emocional. La sanadora le lanzó una mirada sospechosa, también a Loki, que se había sentado en un taburete junto a su pareja, mostrándose igual de reservado. Era evidente que ambos guardaban secretos.
—Ya —dijo simplemente, antes de continuar con su indagación—. Como bien sabes, el embarazo puede ser una montaña rusa de emociones, y es importante que te sientas apoyada. ¿Cómo estás últimamente de espíritu?
Sigyn dudó un momento, intentando encontrar las palabras adecuadas. No estaba convencida de poder ser completamente honesta. Con todo, respondió lo mejor que pudo:
—A diferencia de la última vez, podría decirse que estoy bien.
A pesar de su intento de mostrar tranquilidad, no pudo evitar que su mente volviera a la dolorosa realidad de que Loki la abandonaría pronto. Era algo que habían aceptado con resignación, aunque seguía pareciéndole una tragedia. Aun así, había encontrado cierto consuelo en el hecho de que Loki ya no le ocultaba nada, y añadió con un tono algo más optimista:
—Mejor ahora, si cabe.
La sanadora notó un ápice de melancolía en sus palabras, pero decidió no profundizar más en ese tema. Tras unos instantes de silencio, pasó a cuestiones más rutinarias:
—Conociéndote, sé que tus hábitos de vida son saludables, por lo general. Con todo, asumo que habrás dejado las sustancias nocivas. Hidromiel, y esas cosas.
—Sí, sí —respondió ella rápidamente, como si aquello fuera lo más obvio del mundo. Sin embargo, cuando la sanadora le preguntó si descansaba lo suficiente, no pudo evitar que la verdad se viera reflejada en su rostro. Con un obvio arrepentimiento, reconoció que no.
—¿Hay algo que te impida dormir bien? —inquirió la diosa curandera, preocupada.
Pero, antes de que Sigyn pudiera responder, Loki intervino con esa mezcla característica de humor y seriedad. Ese tipo de reacción con la que siempre trataba de suavizar las situaciones más tensas:
—¿Además del hecho de que en esta tierra nunca se pone el sol?
La sanadora sonrió ante la ocurrencia de Loki, su expresión afable intacta desde el principio. La ligera risa que soltó fue suficiente para disipar la tensión que se había acumulado en la sala. Sigyn, al verla responder así, sintió que habían escapado de lo que ya se presentaba como una encrucijada. Aun así, la realidad seguía ahí, con problemas más serios que requerían su atención, mucho más allá de lo que el trabajo cotidiano pudiera suponer.
Eir, retomando su rol sin renunciar a la calidez de siempre, prosiguió con un tono ahora más informativo:
—Dado que estáis esperando mellizos, es posible que necesitemos monitorear el crecimiento y desarrollo de cada bebé con mayor frecuencia. ¿Tenéis alguna pregunta sobre esto?
Loki y Sigyn se observaron mutuamente, un intercambio de miradas que revelaba su mutua incomprensión sobre el tipo de preguntas que podrían hacer. No eran expertos en esto, solo unos padres preocupados porque todo saliera bien, confiando en la experiencia de los profesionales para guiarlos. Eir, notando la confusión en sus rostros, giró el taburete para enfrentarse a ambos. Colocó los pies en la barra del asiento y unió las manos en un gesto de plegaria, un hábito que le daba una apariencia calmada, aunque su ceño ligeramente fruncido delataba la preocupación que sentía:
—Sigyn, majestad. Es importante que entendáis esto: tienes antecedentes de un embarazo múltiple que acabó mal, por no mencionar la incompatibilidad de vuestros grupos sanguíneos. Tu anterior embarazo se dio en unas circunstancias cuanto menos indeseables, en un momento en el que tu salud mental era frágil. Todos nosotros tenemos que hacer lo imposible para evitar que esto vuelva a repetirse, lo cual incluye una buena alimentación, un óptimo descanso, la cantidad necesaria de horas de sueño, ejercicio ligero, y, por supuesto, nada de disgustos o estrés. ¿Creéis que será posible?
Sigyn escuchó las palabras con una sensación de inevitabilidad en el pecho. Todo lo que la sanadora acababa de mencionar parecía ser imposible de cumplir. Aunque no lo expresó en voz alta, la sanadora, con su aguda intuición, le advirtió:
—Sigyn, si estás metida en problemas poco habituales, será mejor que te hagas a un lado. Que sean otros los que salven el mundo. Tú no debes. Y olvídate de la magia en tu estado. Necesitas toda la energía dentro de ti.
Sus palabras los afectaron profundamente. Loki tragó saliva, compartiendo en silencio los mismos pensamientos que su prometida. Ambos sabían que una guerra se avecinaba, una de la que Loki deseaba desesperadamente mantener a Sigyn completamente alejada, ahora más que nunca, aunque una parte de él sospechaba ya que esto sería imposible. Durante eones, había oído de mujeres embarazadas participar en contiendas mucho más severas que la que estaba por venir, ignorando las contraindicaciones. Cuando se trataba de proteger el mismo mundo, lo más preciado para el conjunto de la sociedad, las prioridades cambiaban. Sigyn podría pecar de lo mismo, pues acostumbraba a poner el bienestar de los demás por encima del suyo.
—Loki, ¿cómo te sientes tú respecto al embarazo? ¿Hay algo que te preocupe o que quieras entender mejor? —preguntó la sanadora en una inesperada muestra de preocupación. El apuesto dios bajó la cabeza, incapaz de mirar a ninguna de las mujeres mientras los latidos de sus hijos resonaban en la consulta, amplificados por la máquina de ecografías. Por un breve instante, lanzó una mirada fugaz hacia la pantalla, donde las sombras blancas y negras apenas delineaban formas, demasiado tempranas para distinguirse como humanoides. Sin embargo, reconoció a sus vástagos en ellas.
—Además de la posibilidad de perderlos, me preocupa si saldrán sanos. Y me refiero a mi genética jotun.
Aquella fue una consulta que la sanadora no había anticipado. Su expresión reveló una leve sorpresa, como si no esperara aquella confesión indirecta. Era fácil comprender el porqué de ese asombro. El otro Loki, aquel al que técnicamente estaba suplantando, había revelado su origen jotun ante la corte, cuando usurpó el trono de Odín antes del resurgir de Hela. Y Eir no era una diosa noble, por lo que, de saber algo, le habría llegado en forma de rumores indiscretos o simplemente no habría tenido constancia de ello.
—La combinación de la genética jotun con la Æsir no tiene por qué conllevar una catástrofe. Generalmente, son rasgos biológicos concordantes, que se adaptan bien el uno al otro. Por supuesto, siempre pueden darse anomalías, pero eso puede pasar, incluso, entre seres de la misma especie, así que yo no perdería el tiempo poniéndome en lo peor. ¿Alguna otra pregunta?
Loki sintió que cada palabra que formulaba era más pesada que la anterior, cargada con un miedo que apenas podía contener. Miró a la sanadora, luchando por encontrar la manera correcta de expresar sus preocupaciones sin la inmensa inseguridad que lo consumía. Finalmente, con la voz temblorosa, preguntó:
—Saldrán… ¿normales?
Eir, siempre atenta a las sutilezas, detectó la creciente incomodidad en Loki.
—Combinarán rasgos de una especie y la otra, pero no puedo anticipar cómo se verán, si es lo que me estás preguntando —respondió con una sonrisa profesional y mucha cautela.
El temor de Loki se expandió, pasando de la apariencia de sus hijos a un escenario aún más aterrador. Pensó en el parto, en la fragilidad de Sigyn y en la posibilidad de perderla en ese proceso, un momento que iba a suceder mientras él no estaba. Recordó las historias de mujeres asgardianas que habían muerto al dar a luz, y aunque sabía que la tecnología terrenal había avanzado, no podía desterrar la imagen de Sigyn sufriendo, desgarrándose en el intento de traer a sus hijos al mundo.
—Y ella, ¿podrá soportarlo? —quiso saber, con una voz balbuceante.
La sanadora, confundida por la vaga pregunta, lo miró fijamente.
—¿Te refieres al parto?
Loki asintió con dificultad, aclarando su temor:
—Los jotun son gigantes del hielo, seres colosales. Puede que su tamaño sea considerable, a pesar del factor Æsir. Y Sigyn es… tan menuda.
Loki le dedicó una mirada fugaz a su prometida, pero le costaba mantener el contacto visual, como si fuera consciente de su aterrada expresión. Sigyn, conmovida por la naturaleza de sus inquietudes, extendió la mano desde la camilla, ofreciéndole un gesto de consuelo. Él se la tomó, esbozando una sonrisa incómoda antes de volver a mirar a la sanadora Eir con el mismo nerviosismo. Esta trató de tranquilizarlo, aunque no con palabras vacías:
—El tamaño de la madre y de los bebés puede influir en las complicaciones durante el parto, pero podrían evitarse con una cesárea. Con todo, el asunto que te preocupa está más relacionado con la anchura y la forma de la pelvis. A simple vista, Sigyn tiene una anatomía un poco estrecha, pero que el tema no os agobie. Además, esta vez, no la atenderá un equipo médico humano. Estamos mejor preparados.
Loki seguía sin estar convencido del todo, a pesar de los esfuerzos de la sanadora por reconfortarlo. Sin embargo, en esta ocasión decidió no dejarlo ver, ocultando su incertidumbre tras una máscara de calma. Sabía que cualquier señal de duda podría angustiar a Sigyn, y eso era lo último que deseaba. Así que, con una sonrisa tenue y un apretón firme en la mano de su prometida, fingió que todo estaba bien, incluso cuando en su interior el miedo seguía creciendo. Entretanto, la sanadora pasaba a comentar otros asuntos:
—Ahora, antes de plantearnos dónde y cómo os gustaría dar a luz, tengo que haceros un análisis. Así, elaboraré un tratamiento personalizado para solventar las discrepancias entre vuestra sangre. Se trata de medicina avanzada, una versión perfeccionada de la química de los humanos, completamente segura para los nuestros.
Tanto Loki como Sigyn asintieron con la cabeza, comprendiendo, aunque inseguros por todo lo que aquello implicaba. La joven continuó, volviendo a dirigirse a Loki con un tono más solemne.
—El embarazo puede ser un momento de gran cambio emocional y físico para la madre. Estar presente, escucharla y ofrecerle apoyo es fundamental, majestad. Sobre todo, en ausencia del servicio y las matronas reales, algo de lo que ya no dispone. Hablar sobre el parto, los planes de crianza, y cómo manejaréis los cambios que vendrán puede ayudar a reducir la incertidumbre y la ansiedad. Aunque el enfoque está en la madre y en los bebés, es importante que también cuides de tu bienestar emocional. Hablar sobre tus sentimientos y preocupaciones es tan válido como estar ahí para tu pareja. Al fin y al cabo, la vida cambiará de manera significativa para ambos. Hablar sobre cómo manejaréis las nuevas responsabilidades y ajustarse a la paternidad es crucial para garantizar…
Con cada palabra que la sanadora pronunciaba, Loki se sentía más abrumado. Cada vez le resultaba más difícil concentrarse en lo que ella decía, y un sentimiento de impotencia comenzó a apoderarse de él hasta que, eventualmente, dejó de escuchar. Su mente estaba atrapada en la dura realidad de que se perdería el nacimiento y la crianza de sus hijos. Todo lo que había ocurrido en aquella sala, todo lo que la sanadora había dicho, se desvaneció como un espejismo de desilusión, hasta el punto en el que, cuando Sigyn estacionó su auto en casa, ella tuvo que chasquear los dedos para sacarlo de su ensimismamiento. Lo que vino después fue ese coito reconfortante que hizo que se evadiera un poco de toda esta responsabilidad a la que no podría amoldarse.
Mientras Sigyn se preparaba para la velada de esa noche, y aunque quedarse solo no fuera algo que molestara a Loki, no le había hecho gracia que saliera por ahí y se expusiera a la mirada lasciva de los hombres, después de lo que había sucedido en Asgard. Ahora, además, tenía no solo una, sino tres vidas que proteger.
―Ese atuendo… ¿no es demasiado revelador? ―cuestionó desde el descalzador en el que estaba sentado. Su tono incluía, además de preocupación, un cierto matiz receloso y posesivo que Sigyn quiso ignorar de inmediato. Aunque su conjunto no era precisamente atrevido, el vestido ceñido que llevaba invitaba a que un hombre cumpliera sus fantasías más íntimas, perdiéndose en la sensualidad ubicada entre sus tersas piernas―. No, no sé si recogerse el pelo soluciona el problema de toda la exposición gratuita de tu piel. Casi es mejor que lo lleves suelto.
A pesar del silencio de la asgardiana, Loki continuó haciendo comentarios que fácilmente podrían haberle minado la moral a cualquiera, nada más lejos de su intención en aquellos precisos instantes.
―En tu cita con ese jotun no ibas mostrando tanto el cuerpo, a Odín gracias. ¿Por qué no te pones ese mismo traje? Ya sabes, ¿el que llevaste cuando nos reunimos en la AVT?
A decir verdad, ni siquiera aquello le parecía tan buena idea, y es que Loki la encontraba particularmente atractiva cuando vestía de traje. A medio camino de recogerse el pelo, frustrada por las críticas incesantes de Loki, Sigyn dejó caer los brazos, deshaciendo el improvisado moño. Como si autocontrolarse fuera una tarea muy difícil, cerró los ojos unos instantes. Después, giró sobre sus propios pies y tomó asiento junto al dios.
―Loki, ¿te das cuenta de que no todo se reduce a lo que enseño o dejo de enseñar de mi cuerpo?
―¿Te das cuenta tú de que hay mucho depravado por ahí suelto? Como esos cerdos del Bosque del Ocaso… ―le rebatió, colocando dulcemente uno de sus mechones platino tras la oreja y revelando un precioso pendiente en forma de cristal cuadrado. A continuación, la instó a colocar la frente sobre la suya. Ahí, en ese cercano cruce de miradas, ambos se tranquilizaron un poco.
―Efectivamente, ellos me atacaron cuando más tapada iba. Además, todo el mundo en Nueva Asgard sabe que estoy contigo. Créeme, nadie se atrevería a volver a acercarse a mí si no quisiera conocer una muerte lenta y dolorosa ―bromeó ella, cediendo a los encantos de Loki y restregando la punta de su nariz con la de este.
―¿Volver a acercarse? ¿A quién tengo que matar, decías? ―enfatizó el audaz dios, entrecerrando los ojos. Seguro que había tenido que quitarse de encima a muchos pretendientes en el pasado. Ya lo había dejado caer alguna vez al explicarle la imposibilidad de pasar página todos estos años. Diosa de la Fidelidad, la había llamado Khonshu. Cuánto había acertado, el buitre gruñón.
―La gente de este pueblo es buena gente ―le recordó, poniendo especial énfasis en aquel adjetivo mientras acunaba el rostro de Loki entre sus manos―. El índice de criminalidad aquí es prácticamente inexistente.
―Pero recibís visitantes, ¿no? Los humanos son una basura indigerible cuando se trata del cortejo a las féminas. Dejaron la cortesía atrás hace ya siglos ―razonó el implacable dios.
―Aunque algún humano quisiera cortejarme, le diría muy amablemente que solo tengo interés para mi prometido. Es lo que he hecho siempre, estoy acostumbrada ―recordó Sigyn, levantándose del descalzador para lanzarse una última mirada a través del espejo y preguntar―: Francamente, Loki. ¿Es que no te gusta cómo voy vestida?
Siendo honestos, para tratarse de ropa humana, decir que le encantaba sería quedarse corto. Sigyn elevaba la moda a tal nivel que hacía que hasta lo más feo se viese bello. Además, ella per se era irresistible. La ropa solo la hacía más… tentadora. He ahí el problema. Con todo, sabía que tendría que asumir que acabaría haciendo lo que le diera la gana. Si bien en el pasado había soñado con desposar a una mujer sumisa, obediente y servicial, a Loki le encantaba lo incorregible y testaruda que era.
Tal y como había previsto, Sigyn no se cambió de atuendo, incluso aunque Valkiria y Sif llevaran algo totalmente distinto a ella. Habiendo cenado de forma apresurada, no tardó en largarse en el momento en el que las guerreras llamaron al timbre. Sif vestía vaqueros, camiseta negra básica, cazadora de cuero roja, su precioso cabello de cuervo recogido en una cola de caballo. ¿Se la habría hecho ella solita? ¿Con una sola mano? Valkiria no iba muy diferente, aunque su color predominante era el gris azulado. Llamaba la atención por su recogido anudado de trenzas y rastas.
Acostar a Love le supuso horrores a Thor. La niña había explotado en una increíble casqueta por querer acompañar a las chicas en su noche de "billares y cotilleos". A falta de hidromiel, los Odinson se sirvieron un poco de güisqui en un vaso con hielo y terminaron la sobremesa en el jardín trasero donde habían cenado. El mítico Thor, el hombre que en su día terminaba todas las fiestas y festines, fue el primero de ambos en retirarse al descanso. ¡Ja! Se hacían viejos, pensó Loki ante lo irremediable de la madurez. De nuevo, solo. El Todopoderoso Thor se había ido a la cama temprano, poco después que su niña de diez años. Y, para qué engañarse, Loki los envidiaba. Pero estaba intranquilo por la ausencia de Sigyn.
Se sirvió una segunda, tercera y cuarta copa de güisqui para remediar su ansiedad y su increíble sueño. Maldito sol de medianoche. No recordaba eso de sus antiguas expediciones a la Escandinavia del medievo, puede que porque realmente no había vagado tanto tiempo por la Tierra sin aburrirse y regresar a Asgard de inmediato. Aquello era honestamente horrible, así que pasó el resto de las horas bebiendo hasta que le pesasen tanto los párpados que no pudiera resistirse al mullido colchón que ahora también le pertenecía. Por desgracia, ningún alcohol le afectaba demasiado dada su naturaleza jotun. Aunque todo dependía de la cantidad, claro. Después de haberse pimplado la botella prácticamente él solo, solo entonces, comenzó a percibir los primeros indicios de la embriaguez. Durante unos instantes, tirado en el sofá del porche libro en mano, le pareció estar alucinando cuando vio a Sigyn volver a casa tan temprano. Apenas hacía un par de horas que se había marchado. ¿Es que ya había tenido suficiente?
Había algo inusual en su prometida, pensó durante unos instantes. Alcanzó a percibirlo en la forma en la que caminaba como deslizándose mientras sonreía de forma gatuna bajo ese velo de misterio y embaucadoras intenciones ocultas. Demonios, a riesgo de sonar repetitivo, se veía más hermosa que nunca. Loki la escudriñó con la mirada, pasando sus ojos de arriba abajo varias veces y sorprendiéndose al pensar cómo, de pronto, aquella ropa que antes había criticado ahora le parecía la más mojigata del mundo. Y cómo ardía por desgarrársela.
―¿Sigyn? ―el dios observó fascinado a la mujer de ojos brillantes que inspiraban aquella astucia tan propia de los zorros. Ahora apenas estaba a un par de metros de distancia―. ¿Tan aburrida era esa fiesta?
―Qué va, con amigas las fiestas siempre son entretenidas ―confesó ella, ampliando un poco más su sonrisa tan impropiamente endiablada y acotando el poco espacio que los separaba, hasta el punto de sentarse sobre su regazo en una actitud extremadamente déspota y empalagosa a la vez―. Pero, después de lo que estamos viviendo últimamente, mi vida… He pensado que sería mejor divertirnos juntos y aliviar tensiones.
Las palabras de Sigyn sonaban aterciopeladas, probablemente tan rasgadas y suaves como solía sonar él cuando intentaba impresionarla. Morir ahogado en la sensualidad de su voz era, muy probablemente, la mejor forma de irse. Pero algo dentro de Loki le decía que mantuviera la mente sobria, que dejase de pensar en sexo y muerte ya que, cuando perdía todo raciocinio, tendía a meter estrepitosamente la pata, sobre todo si esas cartas estaban sobre la mesa.
―Querida, nada me complacería más que tomarte aquí mismo, pero… ¿Otra vez? ¿Estás segura? ¿En la calle? ¿Bajo el pleno sol de medianoche? ¿No decías que no te iban ese tipo de inmundicias? ―la detuvo Loki, apartándose lo suficiente como para que Sigyn se quedara a medio camino de rozar sus labios de sirena contra los de este. El tono en la voz de Loki había sido bromista, juguetón, aunque su cuerpo había reaccionado de forma completamente diferente. De forma cautelosa, rígida incluso, a pesar de que la tuviera ya rodeada por las caderas.
―Las inmundicias siempre me gustan si son contigo ―respondió la mujer siseando y arrastrando cada palabra, mientras se mostraba como hipnotizada y ansiosa por fundir mucho más que los labios de ambos. Sigyn le acarició la mejilla con la punta de su nariz respingona y después jadeó la siguiente propuesta indecente contra su oído, haciendo que Loki se estremeciera y dejase escapar un profundo suspiro de deseo contenido. Estaría soñando, seguro. ¡Y menudo sueño era ese!―. Me he perdido en el lamento todos estos años, Loki, olvidando no solo mi propia identidad, sino en lo que consiste el placer de dos cuerpos vinculándose el uno con el otro. Vuelve a recordármelo, anda…
Dicho esto, Sigyn volvió a observarlo de forma ladina y despreocupada, desorbitadamente segura de sí misma. Entonces, lo instó a tumbarse en el sofá y con ello comenzó a serpentear hasta descender a su entrepierna. Si bien era cierto que cada día mostraba mayor confianza por el apuesto dios, tanto fuera como dentro de la cama, Loki nunca había visto esa faceta tan degenerada de la flamante diosa. Resultaba delicioso. Ajeno a la trama que se tejía a su alrededor, volvió a ignorar aquella casi imperceptible señal de alarma en su cabeza y se dedicó a pensar en lo especialmente magnética que se veía su futura esposa en esos momentos.
―El destino nos ha dado una oportunidad que no quiero desaprovechar ―continuó esta mientras desabrochaba su cinturón y con ello todo lo necesario para liberar la ya casi presta y dispuesta erección de sus pantalones―. Ansío más, no puedo seguir conteniendo a duras penas el frenético anhelo de sentir tu sedosa piel resbalarse por mi húmeda garganta…
Loki dejó caer la cabeza sobre el reposabrazos del sofá, volviendo a exhalar esta vez de satisfacción e incredulidad. Tampoco era como si fuera la primera vez que Sigyn lo sorprendía con un movimiento como este, solo que en aquella ocasión se sentía extrañamente diferente, aunque no por ello desagradable. Se sentía embrujado, incapaz de sostener sordos gruñidos de placer. Sigyn había introducido su parte más sensible entre los labios, incluso había colocado la mano de Loki en su cabeza, suplicando que tomase un rol más activo y la penetrase con brusquedad. Obedientemente, Loki no dudó en continuar con la inercia del movimiento, regocijándose en la idea de que anduviera corta de oxígeno todo por hacerle disfrutar.
―¿Qué mosca te ha picado? ―alcanzó a decir de forma un tanto quebrada y ahogada, alzando la vista de nuevo para deleitarse con la picante, sucia y siniestra escena. Por supuesto, Sigyn no podía responderle. Estaba demasiado concentrada en devorar lo más íntimo de él. Incluso llegó a hincarle el diente sin ejercer demasiada presión, aunque sí la suficiente como para producirle algún que otro escalofrío. De pronto, los ojos de la asgardiana relampaguearon y algo en Loki le obligó a detenerse… detenerla, más bien. La asía muy fuertemente de las muñecas ahora, incluso había hecho que se reincorporase lo suficiente como para que le diera la cara.
―¿Tan raro es que exija un poco de atención de mi prometido? ―cuestionó ella, llevándose como buenamente podía los dedos a la boca en un intento de retirar toda secreción de su mentón. Aunque no había terminado todavía, probablemente se tratara de los primeros indicios del orgasmo entremezclados con su saliva. Antes de que pudiera balbucear siquiera, la mujer se sentó sobre su rígido miembro, soltando un placentero soplo de satisfacción.
Aquello fue suficiente para volver a despojarlo de todo raciocinio. En lugar de pensar, Loki dejó escapar un bufido pasmado. Dicho de otro modo, atrapado entre el engaño y el deseo, se dejó llevar. Ella sabía cómo moverse, cómo tocarlo, cómo hacerlo olvidar todo menos el placer que le ofrecía. Todavía presa del agarre de Loki, Sigyn lo cabalgaba con tremenda fiereza sin que él hiciera prácticamente nada, salvo sentirse completamente aturdido. Sus movimientos eran marcados y violentos, incluso, se mordía el labio no con la ternura de siempre, sino con absoluta inhumanidad y bestialidad.
―No, eso no es raro… ―Loki volvió a suspirar, esta vez, con el ceño fruncido. Su rostro no era del todo indicador de la aflorante sospecha que sentía, pero ahí estaba, ansiosa por manifestarse. Algo más sobrio, la zarandeó con excesiva rudeza, su rostro ensombrecido por aquella versión de él mismo que creía prácticamente sepultada… el monstruo―. Lo raro es que Sigyn actúe de forma tan desbocada, a pesar de los turbadores hechos de últimamente. Sus ojos no son tan obscenos, ni su voz tan pérfidamente sobreactuada. Si te hubieras molestado en informarte tan solo un poco mejor, habrías sabido que aborda con gracia sus impulsos más animales. Al contrario que tú, giganta.
Como si le hubieran aguado la fiesta, "Sigyn" infló los carrillos y dejó caer los hombros por la decepción, no antes de deshacer el hechizo que ocultaba su verdadero rostro.
―Menos mal, esta fachada angelical me estaba empezando a producir arcadas. Casi no podía concentrarme ―confesó Angrboða, esbozando una sonrisa que lejos de atractiva se le antojaba pútrida y repugnante, tan asquerosa como recordar que estaba dentro de ella.
Loki arrugó la nariz, deseando abofetearla, lanzarla al suelo y vejarla de todas las maneras posibles antes de culminar, eventualmente, en lo que sería la más tortuosa de las muertes. Se dijo que, en esta ocasión al menos, aunque tarde, había sido capaz de ver más allá de lo falsedad de la tentación. Con todo, el maestro del engaño había sido engañado, forzado, agredido… violado, término inconcebible e inaplicable a los hombres de su cultura. Al ser el sexo algo tan común en la sociedad asgardiana más reciente, situaciones como aquellas habían llegado a normalizarse sin más, como si de una chiquillada se tratase (confundiéndolo incluso con el adulterio, la poligamia o la infidelidad). Tristemente, Loki no pensaba diferente a eso, pues es lo que había mamado desde siempre. La mujer, advirtiendo el silencio del dios, volvió a mover sus caderas para dar continuidad a aquella desenfrenada jornada sexual en la que, ahora, esperaba que Loki tomara un papel mucho más activo y dominante. No se marcharía sin terminar lo que había empezado.
―Apártate ―espetó, a duras penas y con los ojos cerrados con suma fuerza, como si le estuviera costando horrores concentrarse mientras decidía cuál sería el castigo más inclemente para aquella zorra inmunda.
―Tu cuerpo me suplica lo contrario a apartarme. Eres incapaz de resistirte, ¿verdad? En realidad, estás disfrutando con esto. Tu parte más retorcida deseó tomarme en el momento que me vio ―nuevamente, Angrboða le incitaba tal que así contra el oído, su voz ya no tan acaramelada, sino mucho más retorcida que antes―. Este eres en realidad, Loki el primitivo, el carente de empatía, el egoísta. Si no, hace ya rato que te habrías separado tú solito. Pero tranquilo, te entiendo. Así soy yo también, puede que por eso seamos tan compatibles en el sexo. Por lo que veo, tu querida es bastante más rígida en ese aspecto. No sé cómo lo aguantas.
Loki seguía prácticamente inmóvil, intentando digerir que Angrboða lo había estado utilizando todo este tiempo. Desesperadamente, trató de contener ese injustificable apetito primario por sucumbir a lo carnal y olvidarse de los términos que habían cruzado su mente segundos antes: engañado, forzado, agredido, violado, adúltero, polígamo… infiel. Infidelidad sería lo que vendría después, pero ¡cómo disfrutaría sometiendo a la insolente Angrboða con sus propias técnicas! Si tan solo se hubiera parado a pensar dos segundos antes de ceder a las provocaciones de la sucia jotun…
―Dime, Loki, ¿qué va a ser? ¿Vas a huir despavorido como perro apaleado o vas a observar mi verdadero rostro mientras te follo? No me hagas volver a parecerme a ella… ―dicho esto, aunque momentáneamente, Angrboða volvió a tomar la apariencia de Sigyn, lo cual fue el detonante de todo. O puede que el detonante fuera la descarada imagen de verla desternillarse por haber caído en su inclemente ardid.
Sin poder contenerse más, Loki la sujetó con una agresividad colosal que la lanzó contra el suelo del porche. Seguidamente, se situó encima y la inmovilizó por completo, como si no fuera más que un harapo asqueroso. Ahora sí podría deleitarse con la exquisita estampa de ver a Angrboða sometida, cuya cabeza desprendía un hilo de sangre causado por la caída. La tenía sujeta del cuello, prácticamente subyugada por la exponencial asfixia que esperó le infundiera auténtico terror. Tan exponencial como aquel agarre fueron sus estocadas, cada cual más profunda y violenta. Esperaba, incluso, hacerla sangrar por dentro. Ante los sonidos ahogados de la giganta, Loki soltaba una serie de gruñidos animales, bárbaros y salvajes, desprovistos de toda humanidad. Puede que aquel se tratase de su mecanismo de defensa para aceptar el hecho de que, por primera vez, una mujer hubiera abusado de él.
―Valiente ramera, estabas en lo cierto al pensar que esta sería la única vía para obtener algún tipo de atención de mí. Confieso que he caído rendido a tus falsos encantos, que me has nublado la mente de un deseo fogoso, aunque artificial, que juro pagarás. Puede que no ahora, puede que no mañana. Aún no lo he decidido, pero te garantizo que seré yo quien ejecute tu muerte algún día, ¿me has oído, furcia inmunda? Ese día, penetraré tu cuerpo inerte y cumpliré mi venganza.
Por un momento, Loki se vio sorprendido por cuán excitado estaba realmente. De hecho, sintió la progresiva desesperación de explotar en cuanto la falta de oxígeno hiciera expirar a Angrboða. No hizo falta, no llegó a alcanzar el orgasmo, pues se vio arruinado y mancillado por la degenerada sonrisa de esta. Aquella sonrisa, irónicamente, le salvaría la vida. Algo más consciente de lo que estaba haciendo (aunque aún furioso y desencantado porque ella lo estuviera disfrutando), Loki deshizo el agarre para dar un paso atrás.
Estaba loca, demente, pensó al observar a la jotun retorcerse en el suelo de la risa y del placer. No se había fijado, pero, al igual que el espejismo de Sigyn, ella también llevaba vestido, aunque convenientemente ni medias, ni ropa interior, lo cual había facilitado toda aquella escena. Sintiéndose sucio, ni siquiera reparó en la niña que los había estado espiando desde su habitación (el sueño de Thor era demasiado profundo como para haberse inmutado de nada). Simplemente, se apresuró a abrocharse pantalones y cinturón. Resultaba curioso, pero el elocuente Dios del Engaño se había quedado sin palabras.
―Lo sabía, tu parte más salvaje sigue estando ahí, y es una delicia ―reconoció Angrboða, quien sí había advertido la tímida presencia de Love en la ventana. De hecho, su maquiavélica sonrisa (acompañada de un intenso contacto visual) había hecho que la niña se ocultara tras las cortinas, visiblemente conmovida y despavorida―. Una pena que no hayas podido correrte dentro de mí, seguro que nuestros hijos habrían sido preciosas criaturas salvajadas.
En este punto, Angrboða había recuperado su porte habitual. Asimismo, su mente seguía cantando victoria por el lunático coito que acababa de tener con su personalidad favorita de Loki. Menos mal, porque ese cuento de "ahora soy un hombre mejor" no la convencía al cien por cien.
―Ha sido un placer, Laufeyson. Aguardaré pacientemente al "día de tu venganza" o, dicho de otro modo, al día en el que vuelvas a meterte dentro de mí. ―Como si la amenaza previa de Loki le hubiera resultado completamente insustancial, Angrboða se marchó como había llegado: casi sin él darse cuenta y dejando abierta la posibilidad de que volvieran a acostarse.
El dios, presa de una creciente sensación de pánico, se llevó las manos a la cabeza y aprovechó para adecentarse el pelo mientras asimilaba lo que acababa de suceder. Lo que acababa de hacer. Se relamió los labios, sintiéndose abismalmente contrariado y perturbado. De hecho, necesitó unos largos instantes para recomponerse mientras tiraba la copa de güisqui al suelo en un arrebato de profunda rabia. Pensaba que había controlado al monstruo dentro de él hace ya tiempo, más concretamente cuando la AVT le había propinado aquel golpe de realidad que tanto necesitaba para deconstruirse. ¿En qué momento había perdido la batalla a su alter ego más malvado?
Se dio cuenta, con un escalofrío, de que el monstruo en él nunca había desaparecido del todo, solo había estado dormido, agazapado en las profundidades de su ser, esperando el momento propicio para emerger. Lo había sentido antes, esa oscura presencia que surgía cuando se sentía amenazado, como con Angrboða. Lo había sentido con más fuerza cuando el peligro acechaba a Sigyn. En momentos como ese, el monstruo florecía dentro de él, alimentado por el miedo y la desesperación, listo para hacer lo que fuera necesario para protegerse tanto a sí mismo, como a todo lo que amaba, aunque eso significara perderse en el proceso.
Loki se llevó la mano a la barbilla, masajeándola como tratando de autorregularse. Pasaron posiblemente alrededor de cuarenta minutos en los que no hizo más que tratar de desanudar aquel lazo en su estómago, en vano. Tembloroso, sacó la tempad de su bolsillo y miró al cielo, sin saber muy bien el consuelo de quién estaba buscando. Entonces, con una idea obsesiva en la cabeza, marcó unas coordenadas y decidió huir a un lugar mejor para serenarse.
Ubicación: De vuelta a Asgard, concretamente, al palacio real…
Espacio: …solo que en una línea temporal alternativa.
Tiempo: Hace muchos, muchos siglos.
Loki no supo por qué, de entre todos los espacios y tiempos posibles, había decidido aventurarse en aquella rama. De hecho, no sabía por qué había tenido la imperiosa necesidad de huir de la suya, solo sabía que pocas épocas y mundos podían reconfortarlo en aquellos instantes. Y que pocas de ellas tenían el objeto que estaba buscando.
El ostentoso palacio que un día habitó le produjo una mezcla de nostalgia y rechazo, sensación que no hizo más que acentuar aquella vocecita susurrante que le decía que aquello era una pésima idea, bastante peor que haber copulado con Angrboða. Recordándose que no había nada que hubiera hecho peor que eso, proyectó la imagen de su antigua armadura para mezclarse con el entorno sin levantar sospechas. Además, este era un reino alternativo, por lo que tendría que andar con cuidado de coincidir consigo mismo, o de todo lo que dijera e hiciera en presencia de los demás.
Se encontraba, más concretamente, en lo que antaño había sido el jardín de la reina. No se había aventurado a materializarse en sus antiguos aposentos o en su biblioteca privada por miedo a toparse con su variante. Ahí mismo, Sif lo había abofeteado una vez por haberle rapado el pelo, que ya no volvería a crecer dorado como antes. Aunque ya no tuviera que esperar mucho, ahora, más que nunca, sentía la urgencia de desposar a Sigyn. No por el miedo de que fuera a echarse para atrás si se enteraba de su infidelidad con Angrboða, que también, sino porque el matrimonio haría que fuera más reacia a abandonarlo por ello. Estando casados, no se atrevería a abandonarlo, ¿verdad? Ya no lo tenía tan claro. Sigyn se había humanizado bastante, y los humanos no tenían reparo en divorciarse si era lo que deseaban. En cualquier caso, debía casarse con ella, ante todo, porque nunca querría estar con ninguna otra. Si bien ya había pensado esto desde un principio, lo sucedido con la jotun solo había intensificado aún más esta certeza.
Caminó vacilante hasta la sala de curas. Recordaba haber visto ahí a su prometida, cuando todavía ocupaba el solitario trono del Yggdrasil. Justo así había sabido de su existencia, y justo entonces había comenzado a perderle la pista. Siguió avanzando por los pasillos, dejando atrás silenciosos guardias reales en los que no se había fijado nunca, ni en los que empezaría a fijarse ahora, dada su condición de príncipe. Abrió la puerta, esperando encontrarse con una Sigyn descansando plácidamente. En realidad, el escenario más idóneo era aquel en el que nadie lo descubriese (ni tan siquiera ella), ya que había acudido hasta allí obsesionado por un objetivo.
Ahí estaba, el objetivo. Perfectamente colocado en su mano, el anillo de compromiso no solo hermoso por lo estético, sino por el encantamiento que había salvado la vida a su prometida de aquella realidad alternativa. Claro, ahora su Sigyn tenía la armadura de Khonshu, lo cual era mucho más valioso y efectivo que cualquier sortija, aunque no era eso por lo que querría arrebatársela. Llevaba tiempo lamentando no poder obsequiar a su prometida con una joya a la altura de su grandeza. Uno, por su falta de recursos. ¿Quién diría que antaño había sido el más acaudalado príncipe de los nueve reinos? Dos, porque Asgard ya no existía, y, por tanto, tampoco los maestros enanos que habían manufacturado aquel ejemplar. Además, los Brokk y Sindri de la Sagrada Línea Temporal no le prestarían más favores.
Acercándose a la cama donde Sigyn descansaba de forma perezosa, Loki se dijo que no había anillo que ella mereciera más que ese… Casi parecía el mismísimo hombre del saco, dirigiéndose sigilosamente a ella con intenciones en absoluto íntegras y ortodoxas, casi volvía a sentirse ese monstruo que hacía cosas estúpidas cuando… se movió un poco. Sigyn se había movido sutilmente como si, semiinconsciente, hubiera advertido su presencia. El caso es que Loki se quedó inmóvil, aturdido durante unos instantes ante la estampa de su amada recuperándose bajo el campo de sanación, y entonces recordó lo que la había llevado hasta allí. Las artimañas de otro Loki, cómo no. Todos ellos la lastimaban de una manera u otra, directa o indirectamente, queriendo o sin querer. Inquieto, se sentó a los pies de su cama y la observó muy detenidamente, poco antes de que esta despertase de su (como siempre) tan ligero sueño.
―Loki ―susurró entre asombrada y cohibida porque la viera en aquel estado, ojerosa y algo decrépita por el uso desmesurado de la magia que la había llevado al desfallecimiento. La forma en la que la asgardiana susurró su nombre lo hizo sentir aún más culpable, si eso era posible. Además, esta Sigyn era mucho más joven, por lo que rezumaba la candidez propia de la edad. Su apariencia era esencialmente la misma a falta de esa aura de madurez que tan loco le volvía.
Instintivamente, le tomó las manos, observando el aspecto caduco de dedos y uñas. A pesar de largas, se veían un poco sucias y quebradizas, en absoluto semejantes a las de la Sigyn de la Sagrada Línea Temporal, que siempre las lucía esmaltadas e impolutas. Se vio tentado a arrebatarle el anillo ahí mismo. Era tan hábil en el arte del sigilo que tampoco se habría dado cuenta. Pero, en lugar de eso, Loki sintió que se ablandaba, que se dejaba llevar por la ternura. Esta Sigyn ya iba a sufrir bastante si su otro yo seguía adelante con sus planes de supremacía y aniquilación.
―Sigue descansando, querida. Como si no estuviera aquí ―aconsejó, casi ordenó, aunque de forma muy calmada y aterciopelada. Ella esbozó una sonrisa algo triste como respuesta, estrechando el afectuoso gesto con toda la fuerza que encontró… más bien poca. Después, llevó la mano libre a su cara. Como antaño, como cuando había invadido Nueva York, Loki estaba sudoroso, fruto de esas cosas que lo carcomían por dentro. Sigyn apenas paró a reparar en su aspecto, pero sí advirtió otras cosas, mientras lo miraba con fascinación y acariciaba su sedoso pelo azabache.
―¿Y esa armadura? ¿Tanto te ha crecido el pelo en dos semanas? ―bromeó la asgardiana, haciendo que Loki cerrara los ojos de lo confortable de aquella caricia.
Sabía que Sigyn no era una ingenua. Puede que a veces no se diera cuenta de ciertas cosas porque era, ciertamente, un poco crédula en lo que a la gente se refería. Pero no era tan inocente o tan poco observadora como parecía. Ante todo, era una persona muy intuitiva. Por supuesto que acabaría dándose cuenta de todos esos detalles que lo diferenciaban del otro Loki, ¿no? Con todo, la doncella estaba exhausta. Había tenido suficiente tras lo acontecido recientemente en Jotunheim. Loki quiso aprovecharse de esto y, recordando que no podría mantener una conversación demasiado profunda con nadie, se relamió los labios y empezó a mentir, eso que tan bien se le había dado siempre.
―Yo… He querido elevar mi estilo, aunque no me convence del todo. Seguramente me cambie a mi armadura habitual. De hecho, lo haré de inmediato, en cuanto me vaya de aquí. Y, no te preocupes, ya he mandado que me lo corten ―casi como si hubiera cogido carrerilla, el dios respiró profundamente por la nariz cuando terminó de decir todo aquello, no antes de sonreír inocentemente ante su prometida, cuyos dedos seguía acariciando atentamente mientras la abrazaba con la mirada.
―Una lástima, te queda mejor así. Te da un toque más maduro. Y esa armadura es magnífica, aunque no te convenza ―acabó confesando Sigyn, al cabo de un rato. Mentalmente, el Dios del Engaño suspiraba aliviado. Menos mal que se lo había tragado, pensó, o habría estallado por dentro. Ella lo miraba estúpidamente enamorada, acariciando su largo pelo como si del suave plumaje de un cuervo se tratase―. No sé si es el aturdimiento lo que me hace decir esto, pero estás más guapo que nunca. Cosa difícil, porque siempre lo estás.
Sigyn siempre había tenido esa facilidad de cohibir fácilmente a Loki. Ella, aunque no tan elocuente como este otro, siempre encontraba maneras sutiles, sencillas, directas o indirectas de hacerlo sentir así con su casual flirteo. Puede que le viniera bien, pensó el dios. Era justamente lo que necesitaba para evadirse un poco de lo que acababa de acontecerse en su línea temporal con Angrboða.
―¿Ah, sí? ―incidió este de forma juguetona, inclinándose un poco hacia la asgardiana a pesar del fino velo de sanación sobre la cama.
―Respecto a lo que pasó en Utgard… ―musitó, haciendo que Loki se detuviera a medio camino de robarle un cándido beso.
Ah, cierto, esta variante estaba muy preocupada por eso. ¿Lo habría estado también "su Sigyn" de haber estado ahí para presenciar todos los atentados de Loki contra la Tierra, contra su propia familia? De pronto, parecía inquieta e intranquila, casi como si esperase una merecida reprimenda por su parte.
―Sé que he sido irresponsable y temeraria. Estaba muy enfadada tanto por el comportamiento irracional de Thor, como por tu frívola indiferencia, pero tienes que entenderme: no podemos arriesgarnos a iniciar una cruzada contra Jotunheim. Ninguna guerra trae nada bueno. Como hija de Tyr, de eso entiendo un rato ―al poco, la asgardiana retomó sus caricias, habiendo deslizado la mano a su mejilla esta vez. Como el hechizo sensual de Angrboða (no, mejor), las caricias de Sigyn era todo lo que este necesitaba para olvidarse de sus más profundas penas―. Lo siento, he tenido que asustarte bastante. No te culparía si estuvieras enfurecido conmigo. ¿Ya duermes algo? ¿Sigues comiendo las manzanas de Iðunn? Parece que hayas envejecido de golpe.
Aquello lo hizo sonreír de forma irónica, apenas la sutil curvatura de sus comisuras.
―Será la falta de sueño, como dices, causada por mi profunda preocupación por ti. Ahora que estás bien, dormiré más tranquilo ―aseguró Loki, aprovechando su labia para salir lo más ileso que podía de aquel tercer grado.
―Laufey dijo que la casa de Odín estaba llena de traidores. ¿Lo has… investigado? ―dudó Sigyn, temerosa de saber la respuesta siquiera. A Loki todo aquello le quedaba muy lejano. Es más, nunca se vio en la necesidad de dar explicaciones o tratar de convencer a nadie una vez Odín cayó en uno de sus sueños.
―Lo que dijo Laufey no es relevante ahora. Solo importa tu recuperación ―respondió de forma arisca―. Hablaremos cuando te den el alta.
El lenguaje corporal de Sigyn era ciertamente tenso, advirtió Loki, quien de inmediato relajó el estrés acumulado en sus hombros y dulcificó el tono de su voz. Si bien siempre había deseado infundir terror en los demás, no soportaba amedrentar así a su amada. Esbozó una sonrisa mucho más pacificadora, recordando que debía pasar desapercibido en todo momento.
―Te veo un tanto apagada, Sigyn. Es culpa mía, lo lamento. Estoy muy nervioso. Me gustaría que la próxima vez que hablásemos lo hiciéramos como si esta conversación no se hubiera dado antes.
Sigyn se abrazó las piernas, soltando las manos de Loki para hacerse un ovillo en la cama. Aquello no le pareció una petición normal, pero tampoco se lo hizo saber. No hizo falta, él podía leerla como un libro abierto.
―Solo quiero verte más alegre ―razonó Loki un tanto insistente, acariciando con afecto las piernas encogidas de su prometida y acaramelando aún más su tono de voz―. Vamos, dame tu palabra. Prométeme que harás como si nada. Yo también juro que todo será mucho más azucarado por mi parte.
―Escucha, Loki… ―murmuró Sigyn, dispuesta a pasar al próximo tema. Por su parte, el apuesto dios la miró con evidente expectación, habiendo olvidado incluso el dato que estaba a punto de serle revelado―: Estoy encinta. De mellizos, creo. O mellizas, quién sabe.
Loki ya conocía esa realidad, pues la había visto desde el Yggdrasil y, recientemente, la había vivido en otro tiempo y espacio. Con todo, el anuncio de que la Sigyn frente a él estaba embarazada lo desencajó completamente. Lo había olvidado, y él era un lerdo por ello. Se sintió atrapado en una paradoja, sabiendo algo tan crucial sobre su amada mientras ella lo miraba con esos ojos expectantes, ajena a la relación que mantenía con una de sus variantes.
―Si no te dije nada, fue porque tenía miedo de tu reacción ―confesó la joven diosa. Había pasado de su postura anterior a arrodillarse frente a él, suplicante por un poco de comprensión―. Iban a coronar a tu hermano y estabas tan… dolido por ello. Era un momento de lo más inoportuno para decirte nada. Además, todavía no estamos casados. Temía la represalia de la corte o, peor aún, la de tus padres. Estaba aterrada. De hecho, sigo estándolo.
De repente, su mente lo arrastró al recuerdo del aborto de su prometida, un dolor que aún escocía como una herida abierta. El miedo lo invadió al pensar que esta corría el mismo peligro, una amenaza latente que ahora parecía más real que nunca.
―Hazme el favor de cuidarte, ¿sí? ―suplicó Loki. Volvía a sostener las pequeñas manos de Sigyn entre las suyas, tan grandes y frías. Pero, por dentro, Loki se sentía igual de pequeñito. Esta Sigyn debía correr mejor suerte, pensó de inmediato.
―Claro, no volveré a ser tan descuidada ―prometió ella, recordando su acto kamikaze en Utgard. Aun sabiendo su estado, había estado dispuesta a morir con tal de evitar una escalada bélica. Hasta el punto en el que había sido capaz de contener el martillo de Thor, sin saber muy bien todavía cómo.
―Y asegúrate de comer y descansar bien, ¿vale? ―se apresuró a añadir, terriblemente preocupado y apenas consciente de lo que estaba soltando por la boca―. De mantenerte fuerte y protegerte de lo que está por venir. Sería una desgracia que perdieras a nuestros hijos, y con ello te perdieras a ti misma.
Tras el estupor inicial, la asgardiana pasó a mostrarse visiblemente decepcionada. Puede que fueran las hormonas, quiso pensar, ignorando aquella vocecilla que le decía que su prometido estaba perdiendo el norte. Ni siquiera se había alegrado.
―No esperaba que reaccionases así cuando te dijera que estaba embarazada. Es casi como si ya te hubieran revelado la noticia.
Loki se irguió un poco casi de inmediato, aunque de forma (esperaba) no demasiado obvia para el ojo común. El dios intensificó su sonrisa, llegando a apoyar la frente sobre la de ella. Pero la asgardiana, como una niña dolida, musitó:
―Como decía, no es el mejor momento para haberse quedado embarazada y, para el colmo… Mi cuerpo, nuestra vida, todo va a cambiar en adelante. Es…
―Es emocionante ―se apresuró a responder, esperando apaciguarla. Es lo que sentía, y le debía reiterar a su prometida en la Sagrada Línea Temporal―. Tienes razón, lo siento, nada me hace más feliz que vayas a convertirme en padre y, te lo aseguro, todo saldrá bien. Aun así, no olvides mencionarme lo del embarazo de nuevo la próxima vez que nos veamos, ¿vale? Intentaré reaccionar con mucho más entusiasmo.
O eso esperaba. Por lo poco que había visto de su variante, todavía le quedaba un mínimo de buen juicio como para sentir alegría por aquella noticia.
―Estás muy raro ―reconoció Sigyn al fin, y, aunque había bajado la mirada, se recordó que Loki no había reaccionado tan mal a su embarazo, al fin y al cabo. Con esto en mente, esbozó una sonrisa más risueña.
―Ya lo hemos hablado, llevo días sin dormir bien. Haz tú lo mismo, ¿vale? Descansa un poco ―dicho esto, Loki le besó la frente sintiendo el amor desenfrenado agarrotarle los pulmones. Tenía que irse, ser rápido, volver a su realidad. Enfrentarse a "su Sigyn". Le fuera o no le fuera sincero, volver a presentarse ante ella sin venirse abajo ya sería lo suficientemente duro de por sí.
―No, no te vayas ―lo detuvo, implorante y mimosa. En este punto, tiraba de su capa, incluso procedía a reincorporarse del todo―. Estoy harta de esta cama. Necesito… Paseemos.
―Ni se te ocurra moverte ―a pesar de la severidad de aquellas palabras, el dios mantuvo un tono adecuado y la instó a volver a tumbarse―. Cuando el sanador real dé el visto bueno, entonces podrás retomar paseos y ejercicio. Sin venirte arriba, por favor. Nos conocemos.
―Bueno, vale, pero quédate un ratito, ¿o es que no quieres estar conmigo? ―espetó ella, cruzada de brazos.
Hacía tiempo que Loki, fingiendo ser otro Loki, había dejado de fingir. Movido por el sentimentalismo del momento, procedió a recostarse en junto a ella. Inmediatamente, ella se acurrucó contra él mientras este le acariciaba su precioso pelo platino y se perdía en su fragancia natural.
―Por favor, que no te ciegue el poder del trono ―rogó Sigyn, achacando el comportamiento extraño de Loki a eso que tanto lo corrompió una vez, eso que tanto corrompería al otro Loki en adelante―. Odín acabará despertando y, cuando lo haga, incluso aunque Thor vuelva de Midgard y sea coronado, tú seguirás siendo el más afortunado de los dos hermanos. Tendrás oportunidad de vivir una vida tranquila y normal en la que no te falte amor y reconocimiento. Lo que estamos gestando es mucho más valioso que el honor de ser rey. Además, seguro que harás a tu padre muy feliz cuando sepa que va a ser abuelo. Incluso podrías ejercer de consejero real y reinar en equipo con Thor. Él siempre ha puesto el físico, pero tú el intelecto. Y yo… Yo te quiero…
Deseando que alguien le hubiera dicho algo remotamente parecido en aquel punto de su vida, Loki cerró los ojos un momento al notar que se le empezaban a inundar los lagrimales. Sigyn había dicho todo aquello con una voz paulatinamente agotada, somnolienta, consecuencia directa de su hechizo. Había aprovechado la postura para inducirle el sueño sin que se diera cuenta. Por suerte, alcanzó a escuchar aquella confesión de amor del final… tan casta, tan honesta. Ahí sí que no había podido seguir conteniendo las lágrimas.
Loki alzó la mano inconsciente de Sigyn, aquella que portaba el anillo que le había salvado la vida, también a sus futuros hijos. O los que iban a serlo. Tragó saliva, tratando de consolarse con la idea de que robar no era el pecado más serio que hubiera cometido recientemente. Entonces, le arrebató la joya y, sin mirar atrás, abandonó la sala de curas…
…solo para encontrarse con un fantasma del pasado.
―Loki ―lo detuvo una voz familiar.
Entre nostálgico y aterrado, Loki se giró sobre sus propios pies y se enfrentó a la desconocida figura.
―Madre ―suspiró, parpadeando rápidamente del nerviosismo y la conmoción. Instintivamente, se llevó el brazo a los ojos con urgencia en un desesperado intento de ocultar que había estado llorando. Pero Frigga era más perspicaz que eso y, aunque se acercó a él con actitud compasiva, se mostraba inflexible y firme.
―No entiendo qué necesidad tienes para haber venido desde tan lejos.
―¿Madre? ―repitió Loki, haciéndose el sueco como buenamente podía mientras se llevaba el puño a la espalda con disimulo.
―Vamos, Loki, sabes que a mí no se me engaña fácilmente. Cierto, a menudo lo consigues, pero te aseguro que hoy no será otra de esas veces ―dicho esto, Frigga dio un paso adelante, todavía seria e imperturbable―. Aunque aún eres joven y sin duda muy apuesto, el rostro de mi hijo no está marcado por las primeras arrugas de la edad adulta. Sé que no perteneces aquí, a este tiempo. Lo he sabido al percibir esa mirada nostálgica que te traes. Exacto, esa. Sé lo que llevas ahí, pero te daré la oportunidad de mostrármelo tú mismo y ser sincero conmigo.
Frigga alzó las cejas, llegando a cabecear sutilmente como instándolo a confesar mientras lo regañaba con la mirada. Por su parte, Loki dejó escapar una de sus embaucadoras sonrisas cargadas de falsa inocencia. Sabía que no colaría, pero tenía que intentarlo. Ante la intensa e insistente mirada de la reina, dejó escapar un sonido molesto y abrió la mano en la que portaba el anillo de Sigyn. No hizo nada más que quedarse quieto. De hecho, esperaba que su madre se lo arrebatase como lo había hecho antaño cuando le había pillado robando algo que no debía, siendo niño.
―No lo entiendo, ¿por qué irías a venir hasta aquí a por un anillo? ¿Este anillo? ¿Es que lo has extraviado, perdido? ―lejos de quitárselo, su madre se dedicó a pedir explicaciones. Para haber descubierto que este Loki no era exactamente su hijo, parecía inquietamente tranquila. Así era Frigga, nada impresionable por las fuerzas mayores del universo. Tan sabia, tan experimentada. No era de extrañar, considerando su pasado como hechicera―. Podrías encargar uno exactamente igual y se acabó la historia. Estoy segura de que Brokk y Sindri fabricarían una réplica idéntica para ti. Siempre has sido muy generoso con el trabajo de esos enanos.
"Puede que en esta realidad", se dijo Loki. Si Frigga supiera de su relación con Brokk y Sindri, no estaría tan segura de las cosas ahora mismo. Pero, dicho aquello, Loki le devolvió una mirada significativa que pareció bastar para que su madre comprendiera lo más importante de la situación. La reina, como si hubiera tenido una revelación, alzó las cejas como diciendo: "Oh, no puedes, ¿verdad? ¿Por qué no?".
―No podemos volver a Asgard ―acabó cediendo, aunque no se esmeró demasiado por compartir los detalles. De todos modos, Frigga ya se sabría la mayoría de ellos.
―Ya veo, el Ragnarök se cumple allá de donde procedes. Tú mismo lo desencadenaste, ¿no es así? ―aunque era más complicado que todo eso, Loki asintió. No importaba que hubiera sido su variante quien había invocado a Surtr a petición de Thor, empleando la Llama Eterna―. El Oráculo me lo profetizó cuando no eras más que un bebé. Pero tu presencia me tranquiliza. Significa que, a pesar de todo, estaremos bien.
Loki cerró los ojos con fuerza, lo cual bastó para que la reina comprendiera que, al contrario, ni ella ni Odín acabarían bien. Maldito Oráculo, eso no se lo había contado, ¿verdad? Le había cargado el muerto a él.
―Entiendo ―continuó Frigga, esta vez ciertamente más aturdida―. ¿Está tu hermano vivo, al menos?
―Sí, más que vivo. Es padre ahora ―respondió Loki, sin querer alargar mucho más el tormentoso interrogatorio.
―Cuánto me alegro. ¿Y qué hay de ti?
―No, yo no lo soy… aún. Sigyn sufrió un aborto una vez ―comunicó como si nada. Pero Loki no podía mostrarse indiferente ante aquella historia tan desgraciada, porque todo lo que tuviera que ver con su prometida le afectaba terriblemente. Con todo, se percató que había alarmado a la reina, por lo que se apresuró a incidir―: Lo cual no quiere decir que ella también vaya a correr la misma suerte, claro. De hecho, mi Sigyn vuelve a estar embarazada. Asegúrate de que no los pierda, por favor. Sufriría demasiado.
―Seremos prudentes, por si acaso ―prometió Frigga, esbozando una sonrisa rebosante de empatía―. Entonces, seguís juntos.
―Bueno, Sigyn y yo no estábamos destinados a encontrarnos hasta hace poco. Yo… Esto todo… Para mí nunca ocurrió así ―confesó, volviendo a cerrar el puño alrededor de aquella sortija. Conociendo esta información, Frigga no pudo evitar sentir una especie de paramnesia. Ahora las cosas eran un poco más lógicas.
―Por eso estás aquí, robando el mejor anillo de compromiso para ella, porque no lo puedes encargar tú mismo, así como hizo mi hijo cuando llegó a la misma conclusión que tú: que la amaba. La verdad es que te luciste con esta joya. Le ha salvado la vida, ¿lo sabías?
Por supuesto que Loki estaba al tanto. Por eso, agachó la cabeza inmediatamente, arrepentido de sus propios actos.
―Salvado la vida, ¿eh? No puedo hacerlo. Toma, asegúrate de devolvérselo. Es suyo y puede que le venga bien más adelante, aunque espero que no llegue a necesitarlo jamás de nuevo ―Loki le entregó la lujosa sortija de oro rosado. Había tomado la mano de su madre, depositado la joya sobre ella y, después, había hecho que cerrara los dedos. Entonces, simplemente cambió de tema, como si fuera a arrepentirse en cualquier momento―. ¿Dónde estoy yo ahora?
No hizo falta que contestara. Se acordó de repente dónde estaba su variante. No del lugar exacto, claro, pero sí del lugar más probable, el trono. Lo estaría cuidando tras el destierro de Thor, lo que lo llevaba al siguiente asunto…
―Madre, he de advertirte de algo. Tan solo unos años después de esto…
―No, no quiero saberlo, hijo ―la detuvo Frigga, a pesar de las insistencias de Loki por revelarle los detalles del fatídico día de su muerte, de modo que así pudiera sortearla―. Que tenga lo que tenga que suceder cuando tenga que suceder sin yo saberlo. Es mejor así.
Loki no podía evitar castigarse o responsabilizarse de algo que ni siquiera había causado porque no había llegado a vivir la invasión de Malekith y los elfos oscuros. Resignado, se abalanzó sobre ella para estrecharla en un firme abrazo. Aunque al principio se mostró algo rígido, enseguida, se disolvió bajo el ala de su madre.
―Te quiero, madre ―confesó, habiéndose apartado lo suficiente como para observar la reacción de Frigga, siempre tan amorosa y sentimental―. Creo que nunca te lo dije tan francamente. Y no creo que mi otro yo esté pensando en sentimentalismos ahora mismo.
Qué va, su variante estaría demasiado ocupado manteniendo dementes discusiones en su cabeza, debatiéndose entre el bien y el mal, entre su prometida y la grandeza de ser rey, conquistar o no otras civilizaciones, obsesionándose con martirizar a su hermano, a quien hace tiempo había llegado a comprender quería con locura. Tanto como a su madre, tanto como a su padre.
―Loki ―añadió la reina poco después, muy seria. No había otro motivo más que su amor por Sigyn para estar ahí, ¿verdad?―. No actúes como un necio, ¿vale? Ella está hecha para ti.
―Descuida, trataré de no cometer ninguna estupidez ―balbuceó Loki, soltándola por completo mientras se corregía mentalmente: "No cometeré ninguna otra estupidez"―: Respecto a mi otro yo, no estoy tan seguro…
―Ya me encargaré de eso yo también ―prometió ella.
A pesar del impulso de quedarse colgado de las faldas de su madre eternamente, Loki ya había retrocedido sus primeros pasos dispuesto a largarse pitando de ahí.
―Limítate a cuidarla, ¿sí? No creo que en este momento te vaya a hacer mucho caso en nada de lo que me digas. Seguro que no me hace especial gracia que te entrometas en mi relación.
―Nunca te hizo especial gracia que me entrometiera en tu vida amorosa, no. Cuídate tú también, querido ―se había despedido. Pero, entonces, a medio camino de darse la vuelta hacia la sala de curación, Loki creyó recordar algo muy importante. No quería marcharse dejando cosas que decir en el tintero.
―Por cierto, cuando padre despierte… No sé si tendrás intención de contarle nada de esto, pero, si lo haces… ―vaciló. Frigga sabía lo complicada que había sido siempre su relación con Odín, y, además, estaba aterrorizada de que no fuera a despertar. Con todo, había dicho "cuando despierte", y no "si despierta", así que se sintió visiblemente aliviada―. Dile que, en el fondo, a él también lo he querido siempre. Aunque ahora no lo parezca, lo quiero, lo admiro y todo lo que estoy haciendo lo estoy haciendo para que vea que puede sentirse orgulloso.
―Me aseguraré de que lo sepa. Ah, y Loki…
La reina sorprendió a Loki quitándose su propia sortija de compromiso. Aunque no dijo nada, enseguida supo lo que pretendía.
―No, madre, es tuyo. Sé lo mucho que significa para ti. ―Así era, pensó la reina, que siempre se había sentido afortunada por su unión sincera a Odín.
―Quiero que lo tengas tú ―rebatió ella con esa voz tan característica de las madres, esa que amenazaba con nada bueno en caso de que su hijo se atreviera a discutirle. Finalmente, entregó la joya a Loki.
Esta sortija se veía bien diferente a la otra. Aunque la banda de oro era sencilla y sobria, en la parte superior, había una piedra preciosa oscura de forma ovalada que, bajo la luz, brillaba con colores cambiantes: azules profundos y destellos dorados. En los laterales, pequeños diamantes blancos en conjunto formaban el diseño de una hoja. El misterioso anillo parecía provenir de las mismísimas minas de obsidiana de Nidallevir, fuente de innumerables riquezas en aquel mundo tan aparentemente austero.
―Me alegré mucho al saber que te habías enamorado de ella... Precisamente tú, hijo. Sabía que Thor se encapricharía al instante, aunque no esperaba mucho más de él. De ti… En fin, a pesar de vuestra indudable compatibilidad, lo cierto es que tampoco preveía el más mínimo interés. Por eso, me maravilla haber errado tanto en mis presuposiciones, y que en tu universo hayas vuelto a escoger así de bien ―confesó la reina, enterneciendo profundamente a Loki.
Por primera vez ante Frigga, Loki mostró su actual apariencia, la de su uniforme de la AVT. Sintió la tentación de volver a rechazar aquella ofrenda, incluso ya la tendía en su dirección, dispuesto a devolvérsela, pero ella insistió. Entonces, la reina le hizo el favor de marcharse, ya que él era incapaz de hacerlo. Pero volvería, Loki volvería a la Sagrada Línea Temporal, decidido a "no seguir metiendo la pata" y enmendar las cosas con la sortija de compromiso de su difunta madre. Entre otras cosas, tenía que mantener una conversación sincera con Sigyn.
Ubicación: Nueva Asgard, fiordo de Hardanger. Hordaland, Noruega.
Espacio: Sagrada Línea Temporal.
Tiempo: Horas después de haberse largado. No sé, ¿las cuatro o cinco de la mañana?
―¿Dónde has estado? ―bramó un Thor desprovisto de camiseta en cuanto le abrió la puerta de casa, que ahora estaba, al parecer, cerrada a cal y canto. Vestía pantalones de chándal gris, de estética similar a gran parte de su ropa humana, aquella que Loki no había tenido más remedio que tomar prestada alguna vez―. Si supieras lo que acaba de pasarle a tu novia…
Perplejo por semejante recibimiento, Loki dejó caer los hombros no por el alivio, sino por el repentino terror de que algo malo hubiera sucedido. Lo sabía. Había tenido el presentimiento de que algo malo se avecinaba. En su mirada, aquella pregunta: "¿Qué ha pasado?". Pero Thor, después de haber lanzado la bomba atómica, se limitó a seguir berreando, sin tranquilizarse hasta que observó aquel anillo tan familiar en su mano.
―¿Qué traes ahí? ¿Has…? ¿Has visto a madre? ―la voz del Dios del Trueno, ahora, sonaba mucho más relajada. De hecho, casi pudo advertir el instintivo anhelo de Thor por arrebatarle la sortija de Frigga. Loki no dudó en aferrarse más a ella, por si acaso.
―Se alegra mucho por ti y Love. No le he hablado de tu humana, pero seguro que me habría encargado darte el pésame de su parte. Lo siento ―confesó, recordando que nunca le había dado las condolencias por la muerte de Jane Foster, no oficialmente. Hasta ahora, se había limitado a soltar algún comentario que desviase un poco el tema.
El semblante de Thor pareció dulcificarse al instante. Ya no estaba tan enfadado. De hecho, y aunque solo estuviera pensando en Jane, estaba encantado de haber recuperado al fin la relación amistosa que había tenido siempre con Loki antes de que este se volviera majareta.
―¿Has tratado de salvar a madre? ―masculló, recordando inevitablemente aquella vez en la que, junto con los Vengadores, había viajado al pasado utilizando la energía del reino cuántico. En aquella aventura, Thor había retrocedido hasta la invasión de los elfos oscuros para recuperar una de las Gemas del Infinito y revertir el efecto del chasquido de Thanos. Allí, de vuelta en su hogar, se había encontrado con su madre, que tampoco había querido saber nada de lo que le esperaba―. Entiendo, no importa ―comprendió el Dios del Trueno―. Supongo que es algo que, simplemente, no se debe hacer. En fin, han atacado a tu prometida, pero ya está bien.
¿Cómo?, se preguntó Loki, iracundo.
Thor cerró la puerta, sabiendo que su hermano estaba muy probablemente furioso por dentro ante la idea de que alguien (más concretamente, un hombre), se hubiera atrevido a tocar un solo pelo de la cabeza de su cuñada.
―Antes de que digas nada, que sepas que ha sido el jotun ese quien la ha sacado del aprieto. ¿Dónde estabas tú mientras tanto? ―replicó con dureza, con esa actitud paternal que pronto se incrementaría cuando Love pasase a la adolescencia. Pero, por ahora, Thor seguiría tratándolo a él como a un adolescente irresponsable. Al fin y al cabo, no dejaba de ser su hermano menor, aquel que tantos dolores y problemas le había causado―. Ah, es verdad, lanzándote borracho a los brazos de la nostalgia, casi lo olvidaba. No sé por qué, pero me pregunto si es algo que haces a menudo. Viajar a Asgard con ese aparato tuyo del demonio.
Pese haberle explicado el tema del multiverso y la AVT, para Thor todo se reducía a eso. Lo contrario habría sido pensar (con esa mente tan básica, limitada y marcada por lo folclórico) que había ido al mismísimo infierno. Y, en parte, ahí era donde había estado, pensó de inmediato. Traicionando a Sigyn con Angrboða, follándose a la sucia jotun, estafado por su burdo y obvio espejismo. Engañado él, el mismísimo Dios del Engaño.
―¿En serio te has ido al pasado por un anillo? La joyería del pueblo era demasiado mediocre para ti, ¿o qué? ―continuó criticando el Dios del Trueno, mientras su hermano lo ignoraba y lo pasaba de largo.
Al final del pasillo, en el piso de arriba, Love observaba indiscretamente por el estrecho hueco de la puerta entrecerrada, presencia que nuevamente Loki no advertiría. De lo que sí se dio cuenta fue que la habitación de Sigyn estaba vacía, y el baño privado, abierto. Lo habitual es que siempre estuviera cerrado por cuestiones de decoro, hubiera o no alguien usándolo. Temeroso de lo que fuera a encontrarse, caminó muy lentamente hasta el umbral, rebosándolo con una cierta timidez.
Sigyn estaba metida en la bañera, pero no dándose un relajante baño de espuma, precisamente. La pobre tenía una pinta horrible, entre el maquillaje corrido y aquella piel tan ¿azul? La estampa lo estremeció. Abrazándose las piernas, la asgardiana miraba al frente en silencio. Ni tan siquiera conservaba aquel escandaloso conjunto de braguitas y sujetador rosa palo, pues colgaba del borde de la bañera. Aunque no emitía ningún ruido, tiritaba. Podía apreciarse en todo su cuerpo, y de forma más llamativa, en su barbilla.
―Dioses, ¿estás bien? ―susurró Loki, arrodillándose a su lado. Siempre había sabido que Sigyn podía defenderse sola. Aun así, siempre había formas de doblegar a los dioses. Había fallado protegiéndola, otra vez. Esta vez más estrepitosamente, de hecho.
―¿Dónde estabas? ―preguntó, no pretendiendo atacarle o echarle nada en cara. Qué va, estaba ocupada llorando. Aquello no era mucho mejor que discutir, pero le haría bien, pensó Loki, llevándose la sortija de Frigga al bolsillo y metiendo la mano en el agua solo para comprobar que ya se había enfriado. Sin reparar a esa voz maligna que lo llamaba "felón", "ingrato" o "chusma" como poco, destaponó la bañera, vaciándola lo suficiente como para volver a añadir más agua, solo que una más templada. Tendría que ir aumentando la temperatura sin pasar directamente al agua caliente, de lo contrario, la mataría del contraste.
―Viajando a otra rama temporal… por asuntos de la AVT ―explicó con fingida calma, alargando cada pausa y cada palabra. No le estaba resultando nada fácil mentirle tan descaradamente, no con todos esos flashbacks de su frenético sexo con Angrboða atormentándolo―. Perdona, no esperaba que fuera a suceder nada así de… dramático.
―¿Has viajado con la tempad defectuosa? ―fue todo lo que Sigyn le increpó, lo que le recordó los horrores que habían vivido con tal de repararla y poder volver de Asgard a la Tierra. Loki apretó los labios, reconociendo su torpeza.
―Lo sé, una pésima idea. Escribiré a Mobius para que se la lleve y me traiga una nueva.
Sigyn asintió lentamente con la cabeza y después tragó saliva.
―Apenas puedo hablar, Loki. No puedo ni moverme.
Loki le templó un poco la cara con algo de agua, aprovechando para limpiársela de todo rastro de maquillaje. Si bien estaba desesperado por saber lo que había pasado, de pronto solo pensaba en que ella sola no podría haberse metido ahí, ¿verdad?
―¿Quién te ha…?
"Desnudado", terminó mentalmente.
Sigyn pareció pensárselo dos veces antes de compartir la verdad con él. Resultó que habían sido su hermano y ese tal Ægir. Aunque quiso evitar la imagen, Loki imaginó a los dos hombres despojándola de toda su ropa, ahí en ese mismo sitio. Pero así no habían sucedido las cosas realmente. Cuando el jotun la había llevado a casa, ella ya estaba prácticamente en bragas y sujetador, solo que cubierta por una manta, y el cálido abrigo de este. Era Thor quien había rematado la faena, al parecer. Si bien aquello era como para encolerizase como poco, ahora, era lo de menos. Debía saber lo que había sucedido realmente. Si estaba… intacta. Y sus hijos, a salvo.
―Tranquilízate, los dos han sido muy respetuosos. Tu hermano ni siquiera podía mirarme a la cara mientras me traía en volandas hasta aquí y me quitaba lo poco que me quedaba de ropa ―reconoció Sigyn, bufando con cierta sorna para quitarle un poco de hierro al asunto. Pero no tenía gracia, ni tan siquiera un poco. Todo lo que la asgardiana decía, lo decía tras numerosas pausas debido al frío, como si estuviera desprovista de energía.
"Ah, pero el otro sí habría mirado, ¿no?", pensó Loki.
―Lo siento ―se esforzó en decir―. ¿Vas a explicarme lo que ha sucedido?
Sigyn contó, pausando mucho su discurso, que se había ausentado del bar para hacer las paces con Ægir cuando apareció un tipo con nombre de ogro. Aunque de ogro, no tenía nada. ¿Otro dios? Con ese alias, parecía ser el avatar de uno o quizás un mutante aficionado con aires de grandeza y cualidades casi divinas. O las dos cosas. El atacante de Sigyn afirmaba llamarse K'uk'ulkan. Este sabía que andaban faltos de alianzas, así que, a cambio de la suya, demandaba las manzanas de Iðunn. Obviamente, Sigyn se había negado.
K'uk'ulkan era un ser submarino. Al parecer, el propio Ægir también lo era y se encargaba de proteger el Mar del Norte. Le gustaba llamarlo "su territorio". Por otro lado, el forastero había surcado el Océano Atlántico desde el Golfo de México, solo para encontrarse con una Sigyn dispuesta a frustrar sus esperanzas de hacer negocios. La había arrastrado por las gélidas aguas hasta una oquedad bajo el monte Kjeåsen. Pero ¿dónde estaba eso? Según Sigyn, lo suficientemente lejos como para haberse ahogado. De hecho, todavía no sabía cómo no lo había hecho.
―Incluso llegué a pensar que estaba alucinando cuando vi ese basilisco enorme habitando el fiordo ―concluyó Sigyn lo más sustancial de la historia. Así, con un dato fascinante. ¿Basilisco? ¿Podría ser Jörmungandr? ¿Sería real la mítica Serpiente de Midgard? ¿Una de las tantas criaturas temibles con la que las madres atemorizaban a los niños para que se fueran a dormir? A pesar de todas estas incógnitas, y su desesperación por saber más, Loki salió de su ensimismamiento al escuchar un débil sollozo de Sigyn―. Soy una inútil. Ni siquiera tuve tiempo de invocar el traje de Khonshu.
―No vuelvas a decir eso y cuéntame, ¿qué ha pasado en esa cueva?
―Pues que me enfrenté a él, o quise. No llegué a nada de eso porque estaba aturdida por el frío. Él se dedicó a hablar de sí mismo y amenazar hasta que llegó Ægir con su mascota poco después.
―Así que el jotun te ha ayudado. Qué… conveniente todo ―musitó al cabo de un rato, casi sin darse cuenta de que había verbalizado sus pensamientos. Solo podía pensar en el mojado cuerpo de aquel extraño levantándola del suelo y cargándola como un héroe de vuelta a casa. No podía ser una coincidencia que mientras Angrboða lo engañaba, él se hacía el salvador con su prometida.
―¿Qué dices? Loki, no se conocían de nada ―respondió Sigyn casi ladrando, y, aunque se dijo que no discutiría con ella, no pudo evitar arrugar el labio y responder con cierto desdén:
―De esos jotnar es lo mínimo que me espero.
―Claramente, no todos son iguales. Mírate a ti.
Loki dejó escapar un bufido sarcástico. En el pasado, más aún en el pasado reciente, había probado ser tan infame como ellos. Pero Ægir, al parecer, se había tomado muchas molestias por ponerla a salvo, asegurándose de que su cuerpo se mantuviera caliente mientras aclimataba su auto. Claro, antes de eso, habría tenido que meterla en el agua de nuevo, algo no muy apetecible para ningún ser de sangre caliente. La nieve aún caía derretida al mar. Ni siquiera los noruegos, con lo osados que eran, se zambullían en el agua durante más de diez minutos.
―Pudo haberse aprovechado y haberme llevado a cualquier otro lado, como a su propia casa, por ejemplo. Pero no lo hizo. En lugar de eso, acudió a vosotros, solo que tú no estabas aquí ―insistió ella, un poco harta de enemistades y egos masculinos―. Olvídalo ya y alégrate de que no me haya pasado lo que casi me pasa en Asgard. Y por favor envía un mensaje a Valkiria y a Sif. No se habrán enterado de nada. De hecho, pensarán cosas que no son. Diles que estoy… de vuelta, contigo. Decirles que estoy bien sería una burda mentira.
―Y a ti no te gustan las mentiras ―observó Loki, nuevamente pensando en voz alta.
Extrañada por aquella afirmación, Sigyn alzó una ceja y se giró un poco hacia él. Desde que habían visitado al Oráculo, sabía que Loki seguía siendo capaz de guardarse ciertas cosas. Ahora que le había puesto la conversación sobre una bandeja de oro, le lanzó una mirada significativa que decía algo así como: "¿Acaso me has mentido otra vez, Loki?". Atrapado en esa vorágine de falsedades, Loki se debatió entre desahogarse o quedarse callado.
Optó por esto segundo. El disgusto no le convenía, dado su estado, motivo de más por lo que confesarse resultaba cada vez menos inteligente. Con esto en mente, Loki se palpó el bolsillo y sacó el anillo de su madre, lo cual cambió el semblante de Sigyn casi al instante. Esperaba que su rostro se iluminase de la alegría, pero se mostró completamente imperturbable.
―Lo siento, la idea de que ese jotun te haya visto semidesnuda hace que sienta unos celos incontrolables. La verdad es que no me he ausentado por cuestiones de la AVT. Siento mucho que hayas tenido que pasar por esto mientras… regresaba a Asgard.
Contar parte de la verdad hizo que se sintiera un poco mejor, solo un poco. Aquello hacía su compromiso con Sigyn más real, más palpable, a la par que disolvía cualquier sentimiento de sospecha por su parte. Estaba tan empeñado en la idea del anillo, que por un momento creyó que aquello anularía su infidelidad con Angrboða.
―¿Por… ese anillo? ―preguntó Sigyn, aún temblorosa por la hipotermia.
―Sí y no. En realidad, estaba buscando un anillo diferente, pero… Es difícil de explicar ―se limitó a contestar.
―Hasta ahora, no he necesitado ningún anillo para querer casarme contigo. ¿Qué cable se te ha cruzado de repente? ―respondió ella muy sosegadamente, observando la sonrisa de Loki desvanecerse durante unos instantes.
―El mismo que se te debió cruzar a ti, cuando pediste a mi hermano que nos casara de inmediato. Acéptalo, por favor, era de mi madre ―frustrado por la espera, alcanzó el dedo índice de su querida, aunque ella no se moviese o modificase la postura lo más mínimo. Lo cierto es que estaba tan fría, que el dios llegó a estremecerse de la impresión, y eso que él era un gigante de hielo. De hecho, le estiró el dedo muy difícilmente.
Sigyn se sintió abrumada ante la revelación de que aquel anillo pertenecía a la reina de Asgard, ni más ni menos. Con todo, correspondió el apasionado beso de Loki, que la sujetaba firmemente de la nuca. Fue un gesto frustrado, agobiado y desesperado que confundió con pura pasión. Pero, en realidad, se debió a que Loki estaba completamente desmoralizado, y que solo se consolaba con la certeza de que pronto, Sigyn sería ya su esposa.
Al separarse, Sigyn bajó la mirada durante unos instantes, y retomó el llanto, cohibiéndolo completamente. Loki no estaba acostumbrado a verla tan vulnerable y desbordada por las emociones.
―Cuando el Oráculo me dijo que estaba embarazada, y que tu ausencia no sería causada por la muerte, sentí una rabia infinita. Lo fácil habría sido dejarte, Loki. Pero, si quise adelantar el casamiento, fue porque no quería un final agrio para nosotros.
―Lo sé, querida ―suspiró el dios, manteniendo la mano en la nuca de esta y apoyando la frente contra la suya. La miró con absoluta ternura, aunque también con una evidente inquietud―. Pero ¿por qué lloras ahora?
―Porque te quiero y había organizado todo para dentro de dos días ―sollozó, y, aunque supiera que aquello sonaba como un motivo absurdo para llorar desconsoladamente, sintió una amargura enorme―. Pero ahora no puedo ni moverme.
―Si te he esperado siglos, Sigyn, podré esperar unos días más ―prometió Loki con su característica voz aterciopelada.
Sin pensarlo dos veces, decidió hacer algo inesperado. Con una determinación silenciosa, se metió en la bañera tras ella, sin molestarse en quitarse el traje que llevaba puesto. El agua tibia se coló entre las telas, empapándolo, pero no le importó. Se acercó lentamente y la abrazó con firmeza, envolviéndola con sus brazos, como si quisiera protegerla de todo el dolor que la rodeaba. Sigyn se desvaneció en el agarre, su cuerpo temblando suavemente mientras Loki la sostenía. Sus llantos, aunque más controlados ahora, no cesaban del todo y resonaban en la quietud de la habitación.
―¿Cómo te sientes? ―susurró Loki con suavidad. De pronto, su altercado con Angrboða había pasado a un segundo plano. Ahora, todo lo que importaba era ella.
Sigyn, al escuchar la pregunta, comprendió de inmediato a qué se refería. Su mente fue a los pequeños seres que llevaba dentro, sus hijos.
―Fatal, pero, si te refieres a los niños, no he advertido nada inusual.
Loki asintió, aliviado, pero entonces recordó que los riesgos que se avecinaban eran demasiado grandes para ella, y que ya se había enfrentado a demasiadas situaciones que podrían haberles hecho perder a su prole. Algo en él se tensó de repente, y no pudo evitar decirle, en un tono que no daba lugar a discusiones:
―No puedo permitir que luches con nosotros. Lo entiendes, ¿verdad?
Sigyn se quedó callada unos instantes, todavía respirando con dificultad mientras se pasaba la parte más próxima a la muñeca por nariz y ojos, como queriendo zafarse de la pena.
―Y no lucharía, pero estamos juntos en esto.
Loki frunció el ceño, consolidando ese silencio tenso entre ambos mientras pensaba en una manera suave de convencerla, y no saltar al enfado inmediatamente.
―No hay juntos que valga si acabas muerta.
Sigyn dejó escapar un bufido estoico, como si hubiera una falla en la lógica de Loki.
―Estaré bien. Con la armadura de Khonshu, no puedo morir ―insistió, con una voz todavía débil, aunque ligeramente más firme que antes.
Loki apretó los dientes, luchando por mantener la calma. Inmediatamente, recordó cómo su parte más siniestra se había manifestado poco antes, sin haberse marchado del todo. No podía mostrársela a ella. No podía darle rienda suelta, de lo contrario, acabaría siendo no solo descortés con Sigyn, sino probablemente estremecedor y absolutamente despótico. Ella era incapaz de verlo, pero una sombra ya había empezado a oscurecerle el semblante.
―Es un recurso ventajoso, sin duda, pero no sabemos si será capaz de proteger a los niños, Sigyn. ¿Y si te atraviesan con una espada o lanza, como ya consiguió Atenea? ¿Y si, esta vez, en lugar de atravesarte el pecho te atraviesa el vientre? ―Loki formuló la pregunta con una frialdad que se extendía como el hielo, su mirada fija en un punto vacío, evitando cruzarse con los ojos de su prometida.
―Eso no sucederá ―respondió ella, ajena a todo lo que le había sucedido a su prometido y, por ende, lo tenía tan atormentado.
―Eso espero ―murmuró Loki, su tono apenas audible, cargado de una amenaza implícita.
Loki sintió que la oscuridad dentro de él crecía, se alimentaba de sus miedos, de su ira. No podía dejar que esa sombra se apoderara de él, no frente a Sigyn. Sin embargo, sabía que esa parte de él siempre estaba al acecho, dispuesta a tomar el control en el momento menos esperado. Con un esfuerzo casi sobrehumano, Loki reprimió el impulso de dejar que su lado más oscuro tomara las riendas. Apretó su abrazo en torno a Sigyn, buscando consuelo en su suave piel, intentando que la oscuridad retrocediera por un momento. Pero en el fondo, sabía que la batalla más peligrosa no se libraría en el campo de batalla, sino dentro de él mismo.
Nota de la autora: Lo siento, siento la tardanza, y también haberos engañado con esa escena sexual, pero era necesario que Loki y Angrboða se acostasen, y no contemplé en ningún momento un posible triángulo amoroso en el que Loki mostrara interés por la giganta. No me gusta ese tipo de tramas.
Sobre las actualizaciones, simplemente he de comentaros que estoy hasta el cuello de trabajo, pero espero poder avanzar pronto. Tengo prácticamente casi todo escrito hasta el final de la historia, todo salvo el enfrentamiento con los griegos, que necesita de horas de planificación y redacción. Tened paciencia, por favor. A cambio, haré lo que esté en mi mano para subir un nuevo capítulo entre el 31 de octubre y la primera semana de noviembre.
Como ya comentamos alguna vez, en la mitología, Loki mantuvo una relación con la jotun y engendró a tres hijos de naturaleza inquietante, muy diferentes a los hijos que tendría con Sigyn. Los hijos de Loki con Angrboða, se supone, representan las fuerzas caóticas y destructivas del universo, en contraste con Narfi y Vali, que son más bien víctimas de las circunstancias y de los actos de su padre. Creo que esto último está quedando bien plasmado, el hecho de que todos ellos se vean afectados por el caos que rodea a nuestro protagonista.
Con todo, quiero recordaros que es imposible que Fenrir, Jormungandr y Hela sean los vástagos de Loki en mi historia, al estar basada en el UCM. Pero, fiel a ese deseo de establecer conexiones entre Marvel y el folklore antiguo, Loki y Angrboða han terminado acostándose, un acto que quería que fuera lo más obsceno y oscuro posible para reflejar la rudeza del sexo no consentido y también para contrastar las diferencias entre Sigyn y Angrboða. Y porque echo de menos al lunático de Loki, el malvado lobo feroz; una faceta que, en algún momento, quería que hiciera acto de presencia en mi historia.
Personalmente, pienso que, mientras haya consentimiento, cualquier cosa puede hacerse en la cama, por depravada que sea. Por supuesto, no es el caso entre Loki y Angrboða. Él no ha accedido a nada en ningún momento, incluso, aunque haya acabado "rematando la faena". La giganta ha abusado de él, y esa es la realidad, aunque él prefiera achacarlo a una infidelidad banal. Si asimilar una agresión ya es duro para una mujer, pienso que debe ser igual de difícil o más para un hombre. El sistema no es solo crudo con las mujeres, también les afecta a ellos.
¿Llegará a descubrirlo Sigyn? En realidad, lo hará pronto. Pero todavía no. Veremos cómo se traduce el suceso para ambos más adelante. Entretanto, Loki acude a Asgard en lo que será su último viaje al hogar. Esta vez, con una idea obsesiva, irracional, pero reconfortante en la cabeza, se sale de la Sagrada Línea Temporal para visitar a la Sigyn de los capítulos iniciales. También se encuentra con Frigga, la que siempre ha sido su pilar, por mucho que este se comportase como un monstruo.
Este monstruo, como Loki lo llama, ya ha hecho amago de aparecer antes, pero no se ha dejado ver hasta ahora. Recientemente, repasando ese primer encuentro entre los gigantes y Loki, he visto que no quedó muy claro. Se supone que Loki se vio ligeramente atraído por ella, aunque no lo suficiente para sucumbir a la tentación. En esta entrega, explico que personajes como Angrboða y demás situaciones de peligro son los principales detonantes para que el monstruo despierte y salga de su guarida. Sé que se supone que este Loki es el mismo que el de Disney (una versión que siempre me ha parecido muy vanilla). No obstante, siendo el Loki del 2012 mi favorito, tenía que rescatar esa parte oscura de alguna manera y hacer énfasis en la idea de que las personas somos una escala de grises, que no todo se reduce a "lo bueno y lo malo" y que no podemos "estar bien" eternamente.
Todo se está ya encauzando hacia la batalla final, pasando por unas nupcias que serán inevitables. Entretanto, decidme, ¿qué opináis?
