El calor de la tarde subía del andén de cemento de la estación de autobuses y le rozaban las pantorrillas. Las costuras de la tira de la mochila se le clavaban en el hombro quemado por el sol. Los recuerdos del día anterior parecían un sueño lejano, una experiencia de otra persona, un fragmento de una película nueva. Un estremecimiento le recorrió la espalda a pesar de que la temperatura se mantenía a unos encomiables 35 grados. El muchacho en el andén, una solitaria figura recortada contra el atardecer que bañaba de luz aquel rincón, sacó del bolsillo del pantalón corto el teléfono móvil. Su mirada oliva encontró una decepcionante falta de mensajes. Un suspiro trémulo escapó entre sus labios mientras lo guardaba y trataba de alejar con ello también sus pensamientos.

El petardeo del autobús, que se adentraba en la explanada y maniobraba para estacionarse en su correspondiente hueco en el andén, le devolvió al presente. Una marea de personas descendió. Se amontonaron frente a las compuertas del maletero para recuperar sus pertenencias. El aire acondicionado del autobús le acarició los tobillos y le obligó a mirar hacia el conductor, que apuntaba algo en una libreta arrugada, como si se hubiera mojado.

—¿Vas a entrar? —le preguntó cuando terminó.

El chico entreabrió los labios y se detuvo. Se pasó una mano por los cabellos castaños cortos, despeinados. Su mirada recorrió el perfil de la estación una vez antes de asentir. Recuperó la entrada en su teléfono, el conductor la escaneó y de inmediato cerró la puerta. La visión del autobús vacío le dejó una sensación de vértigo. Su idea de sentarse al fondo se vio disuadida por un pensamiento miserable, una esperanza apaleada que todavía se negaba a morir. Se acomodó en primera fila, pegado a la ventana, y apoyó el codo en el marco. Todavía podía aparecer.

En cinco minutos, el ronroneo del motor pasó a ser un rugido. Mientras dejaban la estación y la costa atrás, sintió que los ojos se le humedecían. Notó la mirada del conductor a través del enorme retrovisor. No, no podía dejar que lo viera llorar. Así que apretó la mandíbula para contener el dolor en el pecho.

Y es que siete días de soleado junio habían sido suficientes para romper el corazón de Antonio.


La idea de este fanfic surgió de una canción de Jamiroquai. Vagó por mi cabeza durante mucho tiempo, hasta que al final me lancé a escribirla. Ahora que termina el verano, nada como una historia veraniega para recordarlo.