Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, eso es mérito de la gran Rumiko Takahashi.
El Cazador Nocturno.
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Era una noche tranquila en Nerima, pero Ryoga Hibiki no dormía. Desde hacía días, los rumores sobre un "cazador de prendas" habían estado circulando por el vecindario, y todas las pruebas apuntaban a una serie de "robos" nocturnos que inquietaban a las jóvenes de la zona. El chico de la pañoleta amarilla sabía que el viejo y libidinoso maestro Happosai era el culpable, siempre empeñado en robar ropa íntima femenina y causar problemas. Aun recordaba como el asqueroso anciano intentaba propasarse con Akane, haciéndole hervir la sangre.
"Esta noche, pondré fin a sus fechorías," pensó Ryoga, decidido, con su sentido del honor desbordando, mientras su aura guerrera lo envolvía. En realidad, la idea de capturar a Happosai también le daba una excusa para acercarse a Akane y probar que era un héroe, tal vez pensando que Akane podría considerarlo, algún día, algo más que un amigo. Sus mejillas se sonrojaron ante la idea.
Espero desde el atardecer. Al fin, al filo de la medianoche pudo divisar su pequeña silueta.
Happosai saltaba de azotea en azotea, con una velocidad y destreza impresionante para alguien de su longeva edad. A sus espaldas se podía ver una enorme bolsa, el triple de su tamaño al menos, con la "recolección" de esa noche. El anciano incluso cantaba ante sus "proezas". Sin embargo, no contaba con que Ryoga lo estuviera siguiendo. En un momento de descuido, Happosai se encontró cara a cara con el joven eternamente perdido.
—¡Ya basta, anciano! —exclamó Ryoga, poniéndose en posición de combate—. Esta noche no te dejaré escapar.
Happosai, lejos de sentirse intimidado, soltó una carcajada. Sin decir una palabra, se lanzó al ataque, esquivando los golpes de Ryoga con facilidad. Tras un breve y caótico enfrentamiento, Happosai logró tumbar a Ryoga, y luego utilizo su técnica secreta el Happo Daikarin provocando una explosión que hizo volar unos metros a Ryoga. El viejo aprovecho el estruendo y escapó… dejando accidentalmente su bolsa llena de "prendas de colección" en el suelo, junto a Ryoga, que apenas recobraba la conciencia.
—¡Maldito viejo! —murmuró Ryoga, intentando ponerse en pie, mientras observaba la bolsa que había dejado Happosai—. ¿Qué es esto…?
Justo en ese momento, una patrulla policial, alertada por los vecinos, apareció en la escena. Al ver a Ryoga con la bolsa de "evidencia", los oficiales no tardaron en asumir lo peor.
—¡Ajá! ¡Así que tú eres el infame "cazador de prendas"! —exclamó uno de los policías, apuntando a Ryoga.
—¿Q-qué? ¡No, no es lo que parece! —se defendió Ryoga, mientras trataba de explicarse.
—¡Es lo que todos dicen! —escupió la otra policía, una joven mujer —. Eres un muchacho muy perturbado.
—¡Yo no hice nada malo! ¡Les juro que esto no es mío, me apareció de repente!
La oficial gruño ante la patética explicación.
—¡Silencio, cerdo! —gritó la oficial —. Iremos a la comisaría. Vas a estar un buen rato tras las rejas, pervertido.
Ryoga no opuso más resistencia. Que la oficial le dijera "cerdo" le estremeció, como si también conociera su secreto. Por supuesto, la connotación de esa palabra era diferente, pero él no lo comprendió en su momento.
Happosai, desde una esquina oculta, no podía contener la risa al ver cómo Ryoga se convertía en el chivo expiatorio de sus travesuras.
—Eso te pasa por meterte en mis asuntos, muchacho tonto —un ligero suspiro apareció cuando vio que los policías se llevaban su "cacería" de esa noche como evidencia—. ¡Ah, mis trofeos! Bueno, creo que tendré que dejarlo por un rato. Pero cuando regrese a la acción, ¡tendré una colección aún más grande! —rio el anciano pervertido, escapando una vez más de las consecuencias.
Y mientras tanto, en una celda, Ryoga juraba que algún día limpiaría su nombre y pondría fin a la infame carrera de Happosai, sin darse cuenta de que quizás estaba destinado a seguir siendo la víctima de las bromas del anciano.
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Al día siguiente, el rumor de que Ryoga Hibiki era el "cazador de prendas" se había extendido por todo Nerima como reguero de pólvora.
Nabiki Tendo no tardo en lucrar con el incidente, vendiendo fotos del chico de la pañoleta, como una curiosidad del "infame criminal" que tanto había aterrorizado a las mujeres del distrito en general.
Ignorante de todo, Ryoga estaba en una pequeña celda de la comisaría, con una expresión de pura frustración. Por más que intentaba explicar que él no era el "cazador de prendas," las pruebas y el testimonio de los vecinos eran suficientes para que la policía decidiera mantenerlo encerrado.
No mucho después de ser arrestado, comenzó a recibir visitas... de los últimos que habría deseado ver en esta situación.
Ranma fue el primero en aparecer, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Vaya, Hibiki! —exclamó con fingida sorpresa—. ¿Así que finalmente has encontrado una nueva vocación? ¡No pensé que te gustara tanto meterte en líos!
Ryoga se sonrojó, furioso, mientras se aferraba a los barrotes de la celda.
—¡Ranma, te juro que cuando salga de aquí, te voy a...!
—¿Qué, robarme la ropa también, puerco? —respondió Ranma con tono burlón, recalcando el último insulto, mientras esquivaba con facilidad el golpe que Ryoga trató de lanzarle entre los barrotes—. Vamos, admite que esta vez sí te pasaste.
Antes de que la situación escalara, apareció Ukyo, quien no pudo evitar reír al ver a Ryoga tras las rejas.
—Ryoga, en serio… de todas las cosas que podrías hacer, ¿esto? —Ukyo negó con la cabeza—. Sabía que estabas perdido, pero no tan perdido.
Ryoga, enrojecido de vergüenza, intentaba justificarse.
—¡Esto es un malentendido! ¡Es el viejo Happosai, no yo!
Ukyo y Ranma intercambiaron una mirada, y luego rieron al unísono. Justo en ese momento, llegó Mousse, quien ajustaba sus gafas para ver a Ryoga.
—Así que este es el gran guerrero que se atrevió a rivalizar conmigo por Shampoo… ¡y termina en la cárcel por algo tan bajo como robar ropa interior! —dijo Mousse con una sonrisa sarcástica—. Realmente eres un tonto.
—¡Ese es Ranma, imbécil, a mi Shampoo me importa un carajo! —respondió Ryoga, en colera. Ya solo le faltaba que ahora lo hicieran pretendiente de Shampoo.
—Mousse, le estás hablando a una máquina expendedora —señalo Ranma al ver al muchacho de anteojos enfrente de la máquina.
—Espera, ¿por qué hay una máquina expendedora fuera de una celda? —preguntó un confundido Ryoga, mientras Ranma y Ukyo se encogían de hombros y Mousse seguía hablándole al objeto.
—Oye Ryoga, se ve que has estado haciendo ejercicio, ¡pareces un ropero! — dijo el muchacho de anteojos tomando la expendedora por los lados.
Hastiado, Ranma mando a volar a Mousse de un puño por los aires, atravesando el techo de la comisaría. Ukyo no pudo evitar reírse ante lo absurdo de la escena.
—Los problemas en los que te metes, P-chan —añadió Ranma, suspirando al ver la mala suerte de su rival.
Ryoga estaba a punto de explotar cuando una figura familiar apareció en la puerta de la comisaría: Akane. Al verla, Ryoga se calmó un poco, y aunque todavía estaba avergonzado, algo de esperanza brilló en sus ojos.
—Akane... yo... yo no soy el culpable, de verdad —dijo Ryoga, con un tono de súplica que rara vez usaba.
Akane sonrió y le puso una mano en el hombro a través de los barrotes.
—No te preocupes, Ryoga. Sé que tú no fuiste, y también sé quién es el verdadero culpable —dijo, lanzando una mirada significativa a Ranma.
—¡Eh! No me mires así, yo tampoco fui. Aunque debo admitir que es divertido verte así, Hibiki —contestó Ranma.
Akane sacudió la cabeza y le dio un suave golpe en la cabeza a Ranma.
—¡Ya basta, Ranma! —reprimió a su prometido, antes de volver su atención a Ryoga—. No te preocupes, hablaré con la policía y explicaré todo. Estoy segura de que, si encuentran al viejo Happosai y sus cosas, te dejarán salir.
Mientras Akane intentaba calmarlo, los demás seguían lanzando bromas al pobre Ryoga. Pero en el fondo, saber que Akane confiaba en él fue suficiente para que el joven guerrero aguantara la vergüenza de aquella noche en la comisaría. Y aunque la situación era humillante, no podía evitar sentirse agradecido de que, al menos una persona, creyera en su inocencia.
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Pese a los intentos de Akane por liberarlo, las "pruebas" contra Hibiki parecían contundentes para la ley. Ahora el muchacho había sido trasladado a una oficina para encarar a dos elementos de la policía.
Ryoga, sudando, estaba incómodamente sentando en la sala de interrogatorio. Frente a él, una oficial de policía lo miraba con una expresión de asco y desaprobación, mientras el detective a su lado leía los "delitos" que presuntamente había cometido.
—Entonces, señor Hibiki —comenzó la oficial, ajustándose los guantes como si estar en la misma habitación con él fuera una tortura—, ¿me está diciendo que no tiene idea de cómo llegó esa bolsa llena de ropa interior... femenina... a sus manos?
Ryoga balbuceaba, avergonzado y desesperado.
—¡Lo juro! ¡No es mía! ¡Es del viejo Happosai! ¡Él es el culpable, no yo!
La oficial levantó una ceja, claramente incrédula.
—¿Así que ahora está culpando a un anciano? Qué conveniente. —Miró su archivo y sonrió sarcásticamente—. Y por si fuera poco, también tiene antecedentes de "desorientación constante," y "escándalo en la vía pública", según informes locales. Sin contar el hoyo que hizo en el techo de nuestras instalaciones. Dígame, ¿cómo espera que le creamos cuando parece atraer los problemas, muchacho?
Ryoga trató de protestar —¡lo del hoyo era culpa de Ranma! — pero en ese momento, el detective intervino, moviendo la cabeza con una mezcla de lástima y burla.
—Mira, chico, te lo voy a poner fácil. Solo dinos la verdad, y te dejaremos con una advertencia. Nadie quiere tener un expediente de "cazador de prendas" a tan joven edad.
Justo cuando parecía que Ryoga se hundiría más en el hoyo de su propia desesperación, un sonido de pasos apresurados se escuchó en el pasillo. De repente, su fiel perra, Shirokuro, entra corriendo en la sala de interrogatorio. En su hocico tenía un sobre. Los policías se miraron sorprendidos, mientras el perro dejaba el sobre en la mesa frente a ellos.
El detective abrió el sobre y, para sorpresa de todos, encontró un montón de billetes. La oficial, atónita, revisó el contenido.
—¿Es esto... suficiente para pagar la fianza? —preguntó el detective, aún sin poder creer que el perro hubiera llegado con el dinero.
La oficial miró a Ryoga, ahora con una sonrisa burlona.
—Parece que tu perro tiene más cerebro que tú, Hibiki. Al menos él sabe cómo mantenerte fuera de problemas... aunque sea momentáneamente.
Ryoga, aún atónito, sonrió tímidamente mientras acariciaba la cabeza de su fiel amiga.
—Gracias, Shirokuro. Sabía que podía contar contigo...
Los policías lo miraron extrañados, nunca se hubieran esperado que un animal de compañía libraría al muchacho de sus consecuencias. Pero no lo dejarían ir sin un último comentario de advertencia.
—Mantente fuera de problemas, chico. No queremos verte por aquí en un buen tiempo o lo vas a lamentar, ¿entendido?
Ryoga asintió, mientras acariciaba a su fiel acompañante, que movía la cola complacida.
—Solo un consejo, Hibiki —advirtió la policía, con un tono burlón —. Deja que tu perro te guíe a casa. Parece ser el único que sabe cómo llegar a los lugares correctos.
Ryoga se retiró de la comisaría, humillado pero agradecido. Por lo menos, gracias a su fiel Shirokuro, estaba libre. Pero en sus pensamientos solo ardía un sentimiento de venganza ante el anciano Happosai, lo que hizo que perdiera su sentido de orientación. Porque sí, una vez más tomó el camino equivocado al dojo Tendo... pese a que la comisaría estaba a dos calles.
Ranma, observándolo desde el tejado, no pudo evitar llevarse una mano a su rostro.
—Ahí va de nuevo ese tonto.
Horas después, con un suspiro de derrota, Ryoga mira alrededor, rascándose la cabeza:
—¿Eh? Juraría que el dojo estaba... por aquí…
Mientras tanto, Shirokoru, con una mezcla de paciencia y cansancio, simplemente se sienta a su lado, como si ya hubiera aceptado que su dueño nunca llegará a destino sin un milagro.
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Una aventura absurda cortesía de Ryoga Hibiki. Espero les haya agradado.
