3. Primavera
Wanting/Granting
La impuntualidad era algo que detestaba. Para ella, nada denotaba un desdén e irresponsabilidad mayor que el llegar tarde a una cita. Aunque no le extrañaba que precisamente él la hiciera esperar sin siquiera mandar un mensaje para avisarle. Estaba exasperada, se había retrasado más de media hora.
Ese día, en la oficina, Anna le había enviado un mensaje detallando el santo y seña de la cita para esa noche. No era su medio de comunicación favorito, generalmente se ponían de acuerdo en persona pero ese día los asuntos de trabajo no lo habían permitido. Hao respondió de inmediato, con una simple carita sonriente que le guiñaba el ojo y ella dio por hecho de que él tenía tanto interés como ella de verse. Sin ropa de preferencia. Igual que las otras ocasiones.
Desde que enero pasó, se encontraban los fines de semana para compartir la cena y las sábanas. Eran familiares entre sí, se conocían y disfrutaban de retozar juntos, sin ningún tipo de atadura formal. Incluso habían formado una especie de rutina: se turnaban para comprar la cena o decidir en la cama de quien dormirían, a la mañana siguiente el desayuno era opcional, pero aquel que visitaba siempre se retiraba antes de medio día, sin excepción. En el trabajo, se ignoraban con maestría admirable, gruñéndose de vez en cuando y compitiendo por mantener el liderazgo del proyecto en que trabajaban juntos. En la oficina había rumores de que Kyouyama estaba saliendo con alguien, ya que había rechazado a media docena de valientes caballeros que trataron de invitarla a cenar; algunas de las compañeras trataban de descifrar quien era el galán con quien salía, sin éxito. Hao encontraba particularmente divertido escuchar esos cuchicheos en los pasillos, satisfecho de saber que era él la persona de la que hablaban; Anna, por su parte, encontraba fastidioso todo el asunto.
Tres golpes secos sonaron en la puerta. Anna se levantó del sofá y echó a andar, descalza, hasta la puerta principal. Ni siquiera se tomó la molestia de observar por la mirilla ya que sabía perfectamente bien de quien se trataba. A pesar de lo cabreada que estaba, decidió recibirlo y omitió todos los comentarios sarcásticos y rabiosos que tenía atorados en la garganta cuando vio a Hao tras de su puerta. Se maldijo a sí misma por encontrarlo atractivo incluso cuando vestía tan simple; llevaba unos jeans y una playera negra que le quedaba un poco holgada, entre el largo cabello suelto podían distinguirse el brillo plateado de los pendientes que usaba siempre. Se limitó a poner los ojos en blanco. Hao le sonrió con galantería y sostuvo en alto una bolsa plástica que cargaba en la mano derecha para que la pudiera ver bien.
—Traje la cena.
—Llegas tarde —le espetó Anna.
—Y por eso también traje que beber —dijo levantando la mano izquierda para mostrar la bolsa del konbini llena de latas.
—Cínico. No tienes remedio.
Le permitió pasar, principalmente porque no quería que los vecinos tuvieran la oportunidad de husmear en sus asuntos. Hao ensanchó su sonrisa, ladino, pasando a su lado. Dejó su carga en la mesa y se volteó. En su cara se veía la culpabilidad, esculpida al lado del desdén y un vago tono de vergüenza. Anna suspiró nuevamente y cerró la puerta, cruzándose de brazos. Algo le indicaba que no valdría la pena reclamarle nada. Ya se lo cobraría más tarde.
—Lindo atuendo —le dijo Hao, tratando de distraerla—, supongo que es porque estabas esperándome.
Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza. De golpe, Anna fue consciente de que se había puesto esa ropa teniendo en mente que Hao quizás disfrutaría la vista, pero ahora se arrepentía. Ese ingrato no se lo merecía luego de que la hizo esperar. Se miró rápidamente en el espejo que estaba colgado junto al genkan de su departamento. Los shorts cortísimos y las calcetas a medio muslo habían sido su primera opción ya que se encontraba de humor para ello; una blusa blanca fue lo que encontró a juego pero terminó por cubrirla con una sudadera negra que le quedaba demasiado grande cuando sintió la brisa fresca del atardecer de la primavera.
Si, lo había estado esperando, y la siguiente vez que quisiera arreglarse para él se aseguraría de comprarse un juego de lencería nuevo. Algo que no la delatara de inmediato.
—Por supuesto —le recalcó mordaz—, hace una hora estaba desnuda. Pero cómo llegaste tarde tuve que ponerme ropa para hacer tiempo.
—Eso se puede arreglar.
Hao respondió inocente y fingió no darse cuenta del sarcasmo de Anna, comenzó a sacar las cajas de la comida china de la bolsa. Empezó a hablar de alguna tontería de cosas que habían ocurrido en la oficina durante esa tarde, cosas que no le interesaban a ninguno de los dos. Esa charla trivial con la que mantenían una relación cordial. La rubia se acercó a la mesa, apoyándose en ella en un silencioso reclamo de atención, pero él sacó una cerveza de la bolsa del konbini para usar de pretexto y argumentar que estaba distraído.
El semblante peligroso que la rodeaba era difícil de ignorar, aunque Hao se había acostumbrado a él. Era parte de las reuniones cada vez que discrepaban en alguna de las peticiones o que él tenía la osadía de hacerla rabiar, como hizo ese día. Evitaba la mirada de ámbar de la chica, a sabiendas de que ella estaba esperando a tener su total atención antes de amenazarlo. Al ver que él buscaba salirse con la suya, se impacientó.
—Hao —le llamó. Su voz vibraba de indignación.
El muchacho ante ella no tuvo otro remedio que volver la vista, esperando la reprimenda con desdén, manteniendo esa sonrisa que la desquiciaba. A veces, Anna odiaba la actitud jovial y desinteresada que adquiría Hao cuando ella estaba a punto de perder los estribos. Y en ese instante, Anna lo odió un poco más.
—¿Si, Anna?
—Si vuelves a dejarme esperando, puedes estar seguro de que te arrepentirás.
—¿Es eso una amenaza de muerte? —Sus ojos brillaban.
—No. No soy estúpida. Matarte no es lo suficientemente cruel. Primero te torturaría —le aseguró.
Dicho esto, se sentó y tomó una de las cajitas en las que estaba servido una generosa ración de cerdo Kung Pao. Hao se sentó frente a ella, con una porción de fideos que se disponía a comer con los palillos.
—¿Torturarme? Por favor dime que sería con un látigo y un traje de vinil negro.
Anna no contestó nada, manteniendo la vista en la comida. Se recordó a sí misma que debía cuidar bien sus palabras ya que Hao era un profesional en hacer que cualquier conversación adquiriera una connotación lasciva.
—No sabía que tenías ese tipo de perversiones.
—Te puedo contar sobre todas y cada una de ellas, si prometes que las intentaremos.
—Hablas como si creyeras que eso es posible.
—¿Y no lo es?
—No si sigues llegando tarde.
Hao puso los ojos en blanco. Soltó un resoplido y bebió de la cerveza. Intentó conversar con ella cosas casuales, pero la chica se limitó a contestar con monosílabos. Si él no tenía interés en llegar temprano, bien podría mostrar indiferencia a sus palabras. Cada vez que Anna contestaba con un asentimiento de cabeza, la impaciencia de Hao iba en aumento; ella habría jurado que podía ver cómo le saltaba una vena en la sien.
—¡Está bien! Tú ganas. Lo siento —soltó con poca convicción, diciéndolo como un mero trámite.
Enseguida continuó con su comida, mirándola de reojo. La disculpa poco sentida y mal dicha era como sal en la herida. El orgullo de Anna ardió con resentimiento, detestaba sentir que disponían de ella y de su tiempo, sobre todo cuando parecía que daban por sentado que no se opondría. El insensato de Hao lo notó, podía ver que Anna parecía que estaba por explotar como una olla de presión mal cerrada. Así que se apresuró a agregar:
—De acuerdo, Anna, siento mucho hacerte esperar. Voy a compensarlo —dijo al fin, derrotado, con la mitad de la cara oculta por la caja de comida rápida, los palillos aún en su boca. Se veía patético, y eso le provocaba ganas de sonreír. Mal que bien, logró mantener el rostro ecuánime.
—¿Y cómo lo harías? —le interrogó. Una idea brilló dentro de su mirada, era una oportunidad. Su oportunidad. Ella tenía la sartén por el mango, y Hao lo sabía.
—Haré lo que me pidas —le dijo—, por esta noche. Hasta media noche.
Anna lo meditó, era la mejor oferta que le había hecho en un tiempo, tomando en cuenta todas las propuestas indecorosas que había sugerido en la cama y todas aquellas negociaciones tortuosas en la sala de juntas. Hacer que Hao se doblegara sería una diversión que quizás valdría la pena. La rubia se llevó el último bocadillo a la boca y se tomó su tiempo masticando antes de asentir con la cabeza. Estaba de acuerdo. Era un trato que ella suponía podría aprovechar al máximo.
—Harás cualquier cosa que te ordene sin peros y sin tergiversar mis palabras —le aclaró. Era su condición para la amnistía de esa noche.
—¿Me crees capaz de eso? —se burló Hao.
—Si no te agrada, podemos vernos solamente en la oficina para reuniones estrictamente laborales durante todo el siguiente mes.
El joven agachó la cabeza, fingiendo mirar dentro de su caja de comida china, rebuscando con los palillos en el fondo, pero no fue tan discreto como él creía, lo había visto borrar la sonrisa en un santiamén. Dio un trago a la cerveza desviando la mirada a un rincón de la cocina. Cuando hubo tomado su decisión, le extendió la mano.
—Tú ganas. Sólo por esta noche.
— Sólo por esta noche ¿Qué?
—Esta noche haré todo lo que me digas, sin protestar y tal cual lo ordenes —dijo, mordiendo cada palabra.
—Buen chico —le dijo Anna, estrechándole la mano—. Perfecto, ya que estamos de acuerdo... lava los platos.
Hao abrió los ojos de par en par, incrédulo.
Rápidamente, echó un vistazo a la cocina, donde estaba la gran pila de platos. Anna los había dejado en el fregadero, aplazando el momento de esa odiosa tarea, y estos se habían acumulado desde esa mañana. Varios platos, sartenes y ollas estaban apilados, con poco espacio; las encimeras tenían algunas manchas y la estufa no había sido limpiada apropiadamente. Hao recorrió la cocina, tan distinta de la propia (siempre pulcra y ordenada) antes de revisar si Anna estaba tomándole el pelo. Pero no, ella se veía impasible, mientras comenzaba a apilar los recipientes vacíos de la cena para tirarlos a la basura.
—¡¿Qué?! —reclamó.
Pero Anna lo silenció con una mirada.
Despotricó en un murmullo sin fin mientras lavaba los platos y los vasos. Lo escuchó maldecir por lo bajo mientras limpiaba las encimeras y dedicó miradas de odio a la rubia cuando embadurnó de desengrasante la estufa. Anna lo miró trabajar divertida, en su boca la sonrisa de su travesura relucía, contenta de haber matado dos pájaros con la misma piedra. Esperó pacientemente a que terminara, sentada ante la mesa de su pequeña cocina, sin un sólo gramo de remordimiento.
Durante todo el rato, ocupó su mente en imaginar qué tipo de cosas podría hacer para hacerlo sufrir. Se le ocurrieron algunas cuantas al ver los músculos de esos brazos haciendo el trabajo que le habían encomendado. No podía evitar comérselo con la mirada. La forma en que los pantalones le quedaban y como al estirarse alcanzaba a ver sus abdominales marcados en la parte baja de su vientre, despertaba en ella ciertas expectativas.
Sí. Definitivamente esa noche ella se iba a divertir.
Al terminar de lavar, Hao se secó las manos y trató de llamar la atención de Anna con algunos comentarios sarcásticos, pero los intentos fueron infructuosos. Ella había sacado el celular para revisar algunas notificaciones antes de apagar el aparato por el resto de la noche. Fastidiado, dejó la toalla de cocina sobre el teléfono que tenía en las manos, ante lo cual ella levantó la vista, para encontrar que Hao se había plantado frente a ella con los brazos cruzados.
—¿Qué pasa? —le dijo, indiferente. Procuró que la satisfacción que sentía no fuera tan evidente.
—Cuando dije que haría lo que me pidieras, no me refería precisamente a eso.
—Cuando acepté, yo me refería exactamente a esto —le contestó, mirándolo por el rabillo del ojo.
—Eso es ruin, Anna, hasta para tus estándares —le dijo con un puchero, como si se tratara de un niño al que le habían prohibido comer postre por no terminarse todo lo de la cena. Era extraño ver a Hao así, pero era justamente lo que quería; que fuera él quien perdiera los estribos para variar.
—Dijimos que no ibas a protestar —le advirtió.
Con su dedo señaló la puerta principal del departamento, dejando en claro que ésta era bastante ancha. Se giró en su silla, cruzando las piernas y apoyando un codo en el respaldo de la misma y el otro brazo en la mesa. Arqueó la ceja, para demostrarle que estaba pisando terreno peligroso. Hao bien podría echar espuma por la boca en cualquier momento, aunque logró contenerse, mordiéndose la lengua para no decir una palabra más.
Anna recorrió su departamento con la mirada. Era pequeño y acogedor, con las paredes pintadas de color neutro y los pisos de duela de bambú. La distribución tipo loft le era muy conveniente y le hacía sentir que era espaciosa. Notó que Hao estaba de pie junto al sofá, específicamente, a un costado, a meros centímetros del descansabrazos.
Perfecto.
—Además no veo por qué estás tan inquieto el día de hoy —continuó la rubia con voz neutra.
—¿Qué no…? ¿Qué estoy …? —respondió. Hao se llevó la mano a la cara —¡Cómo no voy a estarlo cuando me dejaste tus bragas en mi bolsillo durante la reunión con los Oyamada y mi jefe!
—Ah eso ¿Qué hay con eso? –dijo Anna fingiendo indiferencia. Levantó la mano y se miró las uñas, despreocupadamente.
El peligro destelló como una chispa que tornó los ojos castaños de Hao en un curioso color rojizo que pocas veces percibía. El semblante que adoptó su rival despertó sensaciones dentro de ella, sentimientos de atracción se hicieron presentes, pulsando en su cuerpo. Una sensación que solamente podía definir como provocativa.
Hao se llevó la mano a la entrepierna.
—¿Por qué no vienes y compruebas que hay con eso? —le retó.
Anna levantó la mirada al escuchar el desafío, se puso en pie quedando a menos de dos palmos de distancia. Alcanzaba a notar que en su pantalón había un bulto grande y pudo imaginar de qué se trataba. Hao, por su parte, se mantenía firme en la misma posición. Al sentirla tan cerca se levantó la camisa hasta llevar el borde a su boca y poder sostenerla con los dientes, dejando que el abdomen bien trabajado y pecho musculoso quedarán a la vista. Luego, se abrió la bragueta y el cierre del pantalón, haciendo un ademán con la mano que significaba que en su entrepierna estaba la evidencia que tan generosamente le invitaba a comprobar.
Ella no dudó ni un segundo, jamás se dejaría amedrentar por ese tipo. Dio un paso al frente y hundió la mano dentro de la ropa interior, percibiendo la dureza tibia de su verga. Ella rodeó su miembro con la mano derecha palpando el grosor que conocía y disfrutaba cada vez que se veían, lo acarició un poco, incitándolo.
Seguramente había sido muy incómodo para él haber pasado el día así, pero se lo merecía. Esa semana tomó ventaja de su puesto para hacer que ella tuviera el doble de trabajo y quedarse hasta tarde varias noches seguidas. Seguro, él le acompañó esas noches, con sus manos dentro del sostén y su lengua recorriendo su piel ahí donde era más sensible… pero ese no era el punto... Él se merecía esa incomodidad y le debía, con creces. ¿Quién se creía que era para orquestar esas trampas y disponer de su tiempo?
— Vaya, vaya —le dijo Anna—, parece que tuviste un día muy duro.
Moviendo un poco la mano, para sentir ese miembro, trataba de descifrar la expresión del rostro de su rival. Con la mano libre, tentó el abdomen cincelado de Hao, acariciando sus costados y pecho. Hao mantenía los ojos fijos en ella, su respiración controlada, pero soltó la camiseta cuando un gemido escapó de su boca. Ella podía sentir como el corazón de su invitado se había acelerado.
Con ambas manos rodeó el cuello del castaño y actuó como si buscará su boca. Él le correspondió de inmediato, amoldándose a su cuerpo, rodeándola con los brazos fuertes e inclinándose para alcanzar su altura. Sin embargo, ella giró su rostro antes de que sus labios hicieran contacto. Hao parecía confundido al no entender el fulgor que irradiaba su mirada. La chica dejó entrever su maquiavélica sonrisa antes de empujarlo contra el sofá, donde Hao trastabilló y cayó de espaldas. Aterrizó con una postura cómica, una pierna sobre el descansabrazos y la otra haciendo contacto en el piso y el resto del cuerpo aferrándose de los dos cojines color turquesa que decoraban la estancia.
—¿Qué te pasa? —masculló Hao frunciendo el ceño— ¿En qué estás pensando?
—En que vas a hacer lo que yo te diga.
—¿Cómo? —La confusión de Hao crecía. Se acomodó en el sillón, sentándose lo mejor que podía.
—Cállate y quítate la camisa —le ordenó Anna.
La rubia caminó hasta que se quedó frente a él. Cruzada de brazos, con la sudadera escondiendo su cintura. Sin entender muy bien, pero excitado, Hao terminó por obedecer. Una vez que lo hizo, ella le imitó deshaciéndose de la sudadera. Abajo solamente llevaba una playera blanca de manga corta que le quedaba demasiado grande, hecha con una tela tan delgada que podía adivinarse la forma de sus pechos, incluso distinguir el color de sus pezones que estaban erectos. Hao abrió los ojos como platos cuando comprendió que no usaba sostén.
La luz del entendimiento le iluminó. Ahora entendía el porqué de la rabia de Anna y sus comentarios hasta el momento. En verdad, ella le había estado aguardando, y se había hartado de tener que seguir esperándolo cuando vio que no llegaba a tiempo. Pero, lejos de asimilar el agravio y reconocer que había errado, su ego de por sí enorme, se hinchó más ante la idea de que Anna Kyouyama estaba esperándolo con un solo objetivo en mente.
Al ser consciente de esto, su verga palpitó dentro de sus pantalones. Estaba duro y caliente.
—Vas a obedecerme —le advirtió gravemente Anna—, en el momento en que desacates, esto se acaba ¿entendido?
—¿Obedecer? —preguntó. Su voz sonó débil, casi ausente.
El joven se enderezó, tratando de levantarse del asiento, pero Anna levantó la mano derecha y moviendo el dedo índice de un lado a otro, le indicó que ponerse de pie no estaba entre sus planes. Entonces esperó a que ella hablará, apoyando los codos en las rodillas y levantando el rostro hacia donde estaba ella. El largo cabello castaño cubría su espalda y caía por sus hombros. Anna pensó que se veía bastante bien, era una delicia poder verlo así. El primer capricho de la noche. Se mojó los labios con la lengua para recuperar algo de sensatez antes de hablar.
—Así es. ¿Crees poder hacerlo? —le dijo.
El tono de voz se volvía afilado, dominante, que no dejaba lugar a ninguna duda. Los ojos de Hao la estudiaban, procurando leer lo que ella pretendía, sin éxito. Dentro de él había una lucha interna, su ego se negaba a someterse.
—Primero dime que… —comenzó a decir Hao.
Pero la frase quedo en el aire, ya que una de las piernas de Anna, enfundada en la calceta negra, se posó sobre su hombro y lo empujó hasta que su espalda descansó en el asiento. Hao perdió el habla de manera instantánea, asombrado por el gesto y absorto en la forma de los muslos de Anna, y como el diminuto short era lo único que le impedía echar un buen vistazo. Lo tenía en sus garras.
Anna bajó la pierna y se quedó de pie ante él, considerando cuál sería su siguiente movimiento, balanceando su peso de una pierna a la otra, girando un poco la cintura mientras meditaba. Hao permanecía estático, con los ojos siguiéndola sin perder rastro de nada. Ese hombre cuyo portento poderoso lo dejaba dirigir la oficina completa, estaba en silencio, hipnotizado por su cadera, dominado por sus palabras. Le gustaba que estuviera así. Le gustaba la idea de tener el control y el poder.
Un calor comenzaba a formarse dentro de su bajo vientre al mismo tiempo que sentía su pecho colmado de una satisfacción inusitada. Un cosquilleó agradable se extendía debajo de su piel.
Se inclinó doblando su cintura, para alcanzarlo y besarlo en los labios. Un ligero temblor los recorrió a ambos al tener ese contacto. Debía reconocerlo, los besos de Hao eran deliciosos, húmedos y suaves. Causaban una descarga eléctrica por su cuerpo. Él trató de rodearla con sus brazos para traerla pero ella le detuvo.
Con la punta de los dedos, lo empujó para que se reclinara en el sofá. Algo en el color ámbar de sus ojos le decía que no había lugar para las dudas o protestas, sin más remedio, Hao decidió honrar su promesa y asintió con la cabeza una vez.
—Sin tocar —le indicó Anna.
Hao dejó escapar el aire que tenía en los pulmones, con dificultad. Le dijo en un murmullo que lo estaba torturando con esa forma de hablarle, pero extendió los brazos a lo largo del respaldo del sofá con despreocupado talante, torció la sonrisa imaginando que Anna perdería el interés al ver que no se dejaba intimidar.
Nada más alejado de la realidad. Con la rodilla derecha, la chica lo obligó a abrir las piernas, para posicionarse ahí, entre ellas. Débil, derrotado por el embrujo que había puesto sobre él, dejó que hiciera lo que quiso. Con la mano derecha, Anna acarició su entrepierna. La gruesa tela de mezclilla ocultaba parcialmente su erección, pero no evitaba que sintiera el modo en que la chica le acariciaba, tragó saliva para apaciguar sus impulsos.
—¿Qué vas a hacer? —susurró Hao.
—Bájate el pantalón.
No había contestado su pregunta.
Molesto, Hao desvió la mirada, tratando de encontrar algún punto de la estancia donde concentrar su atención, pero no lo halló. Terminó por volver la vista hacia Anna, descubriendo que en su breve distracción ella se despojó de los shorts, de tal modo que ahora lucía unas primorosas bragas de encaje azul marino, diminutas y evidentemente húmedas. La luz encendida del apartamento le dejaba ver todas las curvas de Anna, haciendo un juego de claroscuro con su piel de marfil. Primero la playera delgadísima que traslucía su torso, ahora esas bragas diminutas que adoraban su cadera.
Los ojos claros de la chica miraron de arriba abajo a su víctima. Sonrió maliciosa mientras esperaba a que él hiciera lo que indicó. Hao no hizo nada, solamente paseaba los ojos de un extremo a otro de su cuerpo, lo vio apretar el puño sosteniendo el respaldo del sillón. Era obvio que a ese hombre le costaba recibir órdenes y más aún seguirlas, no le sorprendió, era parte de su naturaleza. Sin embargo, ella había recibido una promesa y demandaba que se cumpliera. Sus encantos deberían ser suficientes para amansarlo.
Colocó la rodilla derecha a un costado de Hao para tener un mejor apoyo al inclinarse hacia donde estaba él. La tela de la blusa colgó, aumentando el tamaño del escote.
—¿Vas a seguir haciendo preguntas? —le dijo en un tono de voz glacial que contrastaba con su lenguaje corporal candente y sensual —¿O vas a hacer lo que te pedí?
La cordura regresó a Hao, que respiró profundamente sin perder pista de lo que ella hacía. Con la forma en que estaba inclinada podía ver el nacimiento de sus pechos a través del cuello de la playera que utilizaba, el cabello rubio caía por los costados de su rostro, dándole un halo de misterio y autoridad que encontraba irresistible. Nada le excitaba tanto como una mujer dominante como ella, que sabe lo que quiere y no toma un no por respuesta.
—Haré lo que ordenes, Anna —le dijo en un susurró, perdido en el color de sus ojos.
La sonrisa de la chica se ensanchó, regodeándose en su victoria. Ella le besó delicadamente en los labios, apenas haciendo contacto y se enderezó. De un movimiento se quitó la playera, dejando su torso al descubierto, confirmando que efectivamente ese día no se había molestado en utilizar un sostén. Hao creyó que al tener la luz encendida, ella actuaría con un atisbo de pudor, pero no. Ella mostraba, sin una pizca de vergüenza, las curvas con que había sido bendecida. De forma automática, Hao comenzó a bajarse los pantalones, dejando que quedarán a la altura de las rodillas. Con señas, Anna le indicó que debía deshacerse de ellos. Así lo hizo.
—No te muevas.
Hao quedo desarmado, incapaz de evitar sonreír al escuchar esa frase, idéntica a la suya, cuando hace unos meses atrás la tuvo en la barra de su cocina. Lo volvía loco.
La rubia se hincó entre sus piernas y con la palma de la mano acarició la entrepierna de Hao, reconociendo el prominente miembro que exigía sus atenciones. Con dedos curiosos que recorrían sus piernas y su abdomen bajó hasta que llegó a su verga. Él cerró los ojos ante la expectativa, dolorosamente consciente de la forma en que esos dedos se abrían paso entre la ropa, encontrando alivio en el instante mismo en que percibió como rozaba su miembro aprisionándolo con un firme agarre. Era consciente de que estaba completamente desnudo en el sillón de Anna, con ella usando únicamente esas bragas tan coquetas, mientras le acariciaba. Anna inició un movimiento de subida y bajada con la mano derecha.
—Vaya, vaya —dijo en un tono burlón—, parece que alguien está contento de verme.
Hao gruñó como réplica, se había quedado sin aliento al sentir como ella lo acariciaba. La chica no le dio importancia a su intento de respuesta, lo sujetó firmemente con ambas manos, poniéndose cómoda con el miembro entre sus dedos, subió y bajó a buen ritmo, masturbándolo. Concentrada en lo que hacía con las manos, mientras observaba las expresiones que Hao luchaba por suprimir. Era un duelo de miradas, en el que Hao sabía que perdería sin remedio alguno. Ella le gustaba tanto, en todos los sentidos. Desde su apariencia angelical hasta su carácter endemoniado, y desde aquella noche de otoño en que la había tenido tendida en su cama, no había vuelto a experimentar un placer así. Su deseo por ella era irrefrenable.
La actitud dominante, la fuerza de sus manos, y ese modo seductor en que lo observaba. Estaba a su merced, aun y cuando era ella quien estaba hincada en el suelo a sus pies.
La rubia sacó la lengua, y con la punta probó su miembro. Con el primer contacto, Hao exhaló, complacido. La lengua tibia y húmeda le regaló unas pocas lamidas, tímidas, bordando en la inocencia; como si fuera la primera vez que hacía algo así. Pero luego de un minuto, le quedó claro que tenía más experiencia de la que aparentaba con esa expresión dulce en sus ojos de miel, ya que con sus labios rodeó su miembro, y comenzó a succionar, lamer y chuparlo, sin separar la mirada de sus ojos castaños. Hao no podía dejar de verla, esa visión sensual donde ella abría la boca para recibir su verga, completa. Sujetó uno de los cojines del sillón ya que Anna aún no le había dicho que podía tocarla y no se arriesgaría a que ella diera por terminado el juego justo en ese momento. Ella lamió con mayor intensidad y cuando lo recorrió desde la base a la punta, cerró los ojos ante el placer de sentir ese calor húmedo en su verga.
¡Carajo! ¡Había perdido!
Pero su mente no dedicó más de una fracción de segundo a esa idea. El intenso deseo que recorrió sus venas no dejaba lugar a nada. Tenía la mente en blanco, consumido por esa sensación placentera que nacía en esos labios rosas y lo ponía al borde. ¿Quién tenía tiempo para pensar cuando ella estaba chupándosela con tanto ahínco? Con gusto le daría todo lo que tenía, le entregaría su orgullo en bandeja de plata si con eso conseguía que no parara nunca.
Ella succionaba, creando un ligero vacío con su boca que era más que satisfactorio, la veía subiendo y bajando la cabeza, recorriendo con la lengua toda la longitud. Colocó un mechón de cabello detrás de su oreja para que no le estorbara en su tarea. Dedicaba tiempo a todo su miembro, desde la cabeza a la base, recorriéndolo con la lengua y los labios, siguiendo la forma que tenía, succionando la punta con devoción. De vez en cuando, reemplazaba el trabajo que hacía su boca con un delicioso movimiento de manos, acariciando sus bolas y manteniendo un ritmo de muñeca que le daba bastante placer. Se preguntó cómo había podido vivir tanto tiempo sin saber que Anna tenía esta clase de habilidades.
Mientras le chupaba, Anna dejaba vagar sus manos, por el abdomen, recorriendo los músculos resultado de sus horas de gimnasio, a veces pasaba por sus oblicuos o buscaba sus nalgas para apretarlas. Ella también se estaba divirtiendo con la situación.
Al aumentar el ritmo, Anna cerró los ojos y se concentró en su tarea, afanándose por conseguir un resultado al que no pudiera resistirse. Su cabello rubio caía a sus costados, ocultando su rostro. Hao por su parte, dejó caer su cabeza hacia atrás, respirando agitadamente. Decir que sentía el corazón palpitando con fuerza dentro de su pecho se quedaba corto. Todo él vibraba desde su centro, con un cosquilleo que iba aumentando el calor de su cuerpo, estaba ardiendo, y sus dedos se hundían en el sillón, suprimiendo el deseo de mantener a Anna en posición, de sostenerla por la nuca y ayudarla en el ritmo que llevaba. Su verga pulsaba, caliente y dura, contra la boca y lengua de la rubia. Hacía acopio de toda su fuerza de voluntad para evitar venirse, aunque ella parecía empeñada en conseguir exactamente eso. Cuando Anna engullía su miembro hasta la base, él dejaba escapar un gemido de placer que era bien recibido por ella.
—¿Qué ocurre? ¿Es demasiado para ti? —le dijo Anna, murmurando con los labios pegados a la longitud del miembro. Paso la lengua de la base a la punta—. Córrete, si eso quieres.
Así que, tal y como le había prometido que haría, le obedecería en todo lo que ella le pidiera esa noche. Se dejó venir en la boca de la chica, su miembro palpitando fuertemente, corriéndose como había llegado a imaginar en sus más locas fantasías donde la salpicaba completa, en la boca y en el pecho. Ella siguió masturbándolo, mientras recibía toda su simiente. Tenía la boca llena.
Hao pensó que iba a desfallecer, en pocas ocasiones había tenido un orgasmo así. Respiraba agitadamente, luchando por abrir los ojos, únicamente para ir a encontrarse a Anna frente a él, con su rostro a unos centímetros y observar en primera fila como tragaba todo lo que había eyaculado en ella. Con verla, su verga volvió a reaccionar, haciendo que se sintiera duro una vez más.
—Anna —la nombró, tenía la voz rasposa y sentía la cabeza ligera. Pero ella se veía bastante decidida.
La mujer frente a él, taimada y deseosa, se sentó sobre su pelvis y meció la cadera para dejarle saber lo que estaba esperando a continuación. A Hao solamente le quedó una opción, y fue seguirle la corriente. La rodeó con el brazo izquierdo, sosteniéndola por la cintura, y buscó dentro de sus panties que estaban empapadas, hizo a un lado la prenda, y la penetró. Ella se quedó sentada en él, exhalando un suspiro al sentir que estaba completamente dentro de ella, sintiendo lo duro que estaba. La excitación hacía que su cuerpo estuviera tenso, y su vagina estrecha, apretándolo.
—¡Así! —le dijo, apremiante, rodeando su cuello con ambos brazos, de tal manera que la cara de Hao quedó entre sus senos.
Anna subía y bajaba rítmicamente, moviendo la pelvis en formas circulares. Hao le ayudaba, sujetándola por la cadera, apretando sus nalgas para hacer que el movimiento fuera más fluido y sencillo para ella. Era claro que le encantaba el modo en que sus senos y pezones rozaban su rostro, la forma redonda de sus nalgas en sus manos, la cintura estrecha.
—No sabía que fueras tan atrevida —le dijo Hao.
—No me subestimes —le dijo Anna, deteniéndose por completo y mirándolo a los ojos, le retiró el cabello de la cara.
—Para nada —le respondió—, jamás me atrevería a pensar que la gran Anna Kyouyama no tenía algunas cartas bajo la manga.
Anna le besó como respuesta, introduciendo su lengua dentro de él. Pudo saborear el amargor de la cerveza que bebió en su boca y por alguna razón eso hizo que se excitara aún más. Apretó sus nalgas y sin pensarlo terminó por darle una nalgada, extasiado por la textura firme que tenía. Con una nota de sorpresa, se dio cuenta de que había hecho algo que ella no le había pedido o le había dicho que disfrutara. La miró con los ojos como platos, imaginando que tendría menos de un minuto para recoger su ropa.
Pero la expresión de la rubia era de completa lascivia, con las mejillas sonrojadas. Anna siguió como estaba, manteniendo el ritmo que llevaba mientras lo cabalgaba. Se inclinó para morderle la oreja y susurrar en su oído:
—Puntos por creatividad, pero esas las voy a cobrar caro.
—De verdad espero que todo lo que me cobres sea con un traje de vinilo con unas botas al muslo —dijo sin pensar.
Anna sonrió. A veces, los comentarios honestos y sin filtro de Hao le terminaban por causar mucha gracia. Los muslos comenzaban a arderle, adoloridos por el esfuerzo, pero aún no estaba satisfecha. Quería más, quería sentirlo por completo, hasta el fondo. Se detuvo por un par de segundos y se separó de él para acomodarse en el sofá, hincándose en el asiento y descansando sus brazos en el respaldo. Lo hizo muy ágil, para que fuera solo el tiempo que necesitaba para cambiar de posición. No quería desperdiciar segundos valiosos en palabrerías. Le miró por encima del hombro, invitándole a continuar y que la tomara por detrás.
Él entendió fácilmente su instrucción, se acomodó tras de ella y sosteniéndola por la cadera la penetró. La posición le permitió hundir su miembro hasta la base, por completo. Rápidamente inició el movimiento, adentrándose en ella cada vez con mayor rapidez. Dejó que el instinto entra en el juego, y su cadera se movió de forma autónoma, perdido en el delicioso calor de su coño. Entrando y saliendo, la humedad que manaba de ella comenzaba a mojar sus muslos. La voz de Anna salía por su garganta sin pudor; esa noche estaba completamente desinhibida, correspondiendo a cada embestida con sus caderas, buscando que le diera más, que lo hiciera más rápido, más fuerte, más intenso.
—Hao, sí, así —gimió. Su voz había perdido cualquier migaja de decoro que le quedaba.
Hao se inclinó un poco, sosteniendo la cadera de ella con la izquierda, mientras que con la derecha buscó su clítoris. Quería devolverle el favor, quería hacerle sentir un placer infinito, quería sentir como se corría, como su coño se estremecía mientras el continuaba cogiéndosela. Con el dedo medio encontró el pequeño punto en su pubis, y tocó. Sintió como se estrechaba con cada embestida, apretando su miembro. Estaba cerca, sabía que ella terminaría pronto. ¿Y quién era él para privarla de ese capricho?
Mantuvo el ritmo que llevaba, continuando con su tarea hasta que ella comenzó a gemir, balbuceando su nombre y pidiéndole que no parara. En su miembro sentía las contracciones de clímax de la rubia, la sinuosa cadera se estremecía mientras se agarraba fuertemente del sillón. Cuando percibió que la chica dejaba caer su torso en el respaldo, recuperando el aliento con dificultad, se inclinó para poder besar su hombro.
—¿Quieres que continúe? —le preguntó con dulzura, y lamió su hombro hasta llegar a su cuello, probando ese sabor salado que tenía su piel.
— Si.
—¿Cómo quieres que lo haga? – preguntó. Buscó el reloj de la pared, donde indicaba que eran las 11:15 pm.
—No importa, sólo hazlo. Y no te atrevas a detenerte.
Era la única indicación que necesitaba. Con torpeza, la acomodó en el sillón, colocando los cojines turquesa en su cuello y espalda. Sujetó las bragas y se las quitó. Estaban tan mojadas. Deseaba probar ese coño, pero, ya tendría el resto de la noche para eso. En ese momento, Anna le había pedido que no se detuviera y él había hecho una promesa. No podía negarle nada a esa mujer. Hao siempre mantenía su palabra.
Ambos habían terminado por derrumbarse en el sofá, exhaustos y sudados, pasada la medianoche. Hao se había recostado en el sillón, cuan largo era y dejó que el tibio cuerpo de Anna descansara sobre su pecho. La rodeaba con ambos brazos para evitar que fuera a caer y con algo de esfuerzo logró estirarse para alcanzar una mantita, suave y mullida, con la cual cubrirla. Cerró los ojos y dormitó un rato esperando a que ella recobrara la fuerza, ansioso por repetir la actividad.
Luego de un rato, Anna abrió los ojos, placenteramente entumida, sentía como si sus articulaciones se hubieran aflojado y no había rastro de tensión en ninguna parte del cuerpo. Los brazos de Hao la protegían del frescor que la noche primaveral trajo consigo. Se enderezó, apoyándose en los hombros de Hao, quedando su cara al mismo nivel que la de él.
Se miraron a los ojos por un momento. En esas breves pausas que tenían, donde el silencio no estaba colmado de deseo sino de sosiego, Hao le resultaba indescifrable. ¿Qué era lo que pensaba? ¿Qué era lo que quería? A veces, se daba cuenta de que realmente no lo conocía y solamente sabía cosas superficiales acerca de él.
La boca de Hao se curvó en una sonrisa suave y gentil, una sonrisa que podría derretir a cualquier chica, incluyéndola. Y así fue, apartó la mirada, sonrojándose.
—Vaya, parece que el pudor regresó con su dueña —se burló—. Quien diría que te sonrojarías con algo tan inocente, cuando hace rato no tenías el menor reparo haciendo cosas tan indecentes.
Y ahí estaba de nuevo, ese estúpido boquiflojo que siempre encontraba el modo de matar cualquier fragmento de buen humor que tuviera con esa clase de comentarios. Justo cuando creía que valía la pena pasar de rivales a colegas, ese idiota le recordaba que no era una buena idea. Le pellizcó una tetilla en reprimenda y él se rindió en un segundo. Anna se sentó en el sofá, enredándose en la mantita para cubrir su cuerpo, estaba segura de que esa noche él se había dado gusto al verla hacer y decir cosas obscenas.
Sabiendo de que se lo merecía, Hao se levantó para ir a buscar algo en la cocina, abrió la puerta de la nevera, revisando las cervezas que había puesto horas antes. Reconsideró la idea, luego de pensar en que no quería tener una resaca al día siguiente, optó por tomar un vaso de agua. Se quedó de pie, junto a la mesa cuando vio un cojín dirigiéndose hacia su cabeza, que alcanzó a esquivar derramando el contenido de su bebida.
—¡Vístete! —le gritó Anna.
—¡Tú también estas desnuda!
—Pero no estoy paseándome por la casa así. Ten un gramo de dignidad y cúbrete.
Hao rodó los ojos y fue a la sala para ponerse el pantalón a regañadientes, sin ropa interior. Después señaló con un movimiento de cabeza que había hecho lo que ella quería. Regresó a la mesa donde se sentó con el vaso en mano. Echó una mirada a todo el lugar. Le gustaban las decoraciones sobrias que tenía. Anna se quejaba continuamente de la limpieza del lugar y como odiaba hacerla, pero, fuera de lo negligente que podía ser con la higiene de la cocina, el lugar siempre estaba en orden. La sala tenía tapicería de color beige, y los muebles iban a juego luciendo un color madera oscuro, frente a él un televisor de buen tamaño, en la pared contigua estaba el ventanal que daba lugar a un balcón pequeño cuya vista no lucia mucho ya que era apenas el segundo piso.
Notó que los objetos del lugar eran neutros, apenas y había cosas que parecían pertenecerle a Anna: un montón de portarretratos con imágenes de Aomori, una figurilla de barro (un dogū), novelas ligeras expuestas en una repisa, un lindo florero; también había una repisa que estaba vacía por completo, un anaquel del librero donde no había más que polvo, un pedazo de pared donde se podía ver la marca de un rectángulo donde la pintura había envejecido alrededor. Ocurría lo mismo con el resto de la casa. En sus múltiples visitas, Hao había notado como en el genkan había espacio de sobra y que su armario lucía un tanto vacío. Siempre estaba esa sensación de que algo faltaba. O quizás era su imaginación…
—Es un lindo departamento —comentó casualmente, a donde se encontraba ella—, se nota que tú fuerte es la decoración, tienes muy buen gusto.
Anna agradeció el cumplido con un murmullo, su voz se notaba cansada. Se arrellanó en el descansabrazos del sillón. Hao estaba extrañamente silencioso observando la pared.
—¿Qué era lo que estaba ahí? —preguntó, señalando el espacio junto a una repisa.
Anna se mordió el labio al ver a lo que se refería. Se trataba de la sombra de lugar donde en algún momento estuvo ese horrible afiche de Bob Soul que Yoh adoraba, en el que ese cantante salía con ese traje como de unicornio espacial y que de alguna manera su ex se las había ingeniado para que se lo autografiaran. Era un poster que a sus ojos era ridículo, opinión que jamás le mencionó a Yoh. Odiaba esa música y podía reconocerla en cualquier lado, e invariablemente pensaba en Yoh cuando eso ocurría en su trayecto al trabajo.
Sintió la grieta en su corazón hundirse un poco más, pero al menos ya no le dolía de esa manera tan atroz como antes. El tiempo y los cerca de nueve meses que habían transcurrido desde la última vez que lo vio fueron curando las heridas. Rara vez pensaba en él ahora. Eso se decía a sí misma.
—No es nada importante. Solo algo que se rompió.
Hao detectó algo en su tono de voz, no era el mismo de siempre, displicente y atrevido. Tenía una nota de melancolía. Era algo más que un simple cuadro. La idea de fingir que no lo había notado cruzó su mente pero su boca no le obedeció.
—Debió ser importante, para que durara tanto tiempo en ese lugar.
—Si, eso creí yo también —respondió Anna, colocándose un mechón de cabello tras la oreja, su rostro quedó despejado. Ahí estaba esa tristeza marcada en sus ojos—, pero no era para tanto.
El semblante de la chica se ensombreció. Hao dejo de preguntar presintiendo que en caso de hacer otro cuestionamiento terminaría en el pasillo del edificio y era demasiado tarde para eso. El silencio se cernió en el departamento y la atmósfera del lugar se tornó densa. Era fácil ver que los dos pensaban en ese espacio en la pared, en la pintura desconchada. Anna procuraba no pensar en nada así o que le recordara la persona con quién había compartido ese departamento. Sacudió el recuerdo de esa sonrisa dulce y cálida de su mente.
Exhausta, Anna se acurrucó en el sofá y se cubrió con la manta, dispuesta a dormir en ese mismo lugar. Su acompañante se fijó en ese detalle, en la forma de sus ojos, en el ademán lleno de nostalgia. Una mueca se acomodó en su cara, revisó el reloj de la pared, que marcaba la 1:20 am.
—Suficiente descanso —anunció.
Se puso en pie y antes de que Anna tuviera oportunidad de replicar algo, la sujetó en brazos, asegurándose de olvidar la manta en el sillón, y con un poco de esfuerzo logró acomodarla sobre su hombro izquierdo, rodeando su cintura con ese mismo brazo y con la otra le sostenía las piernas para evitar que fuera a caer.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltame! ¿Qué te crees que puedes hacer lo que quieras? —protestó Anna, golpeando su espalda y pataleando.
Hao se reía por lo bajo, divertido de la actitud alebrestada de ella. Besó su cadera ya que era lo que estaba a la altura de su boca, y se dirigió hacia la habitación de Anna. Depositó a su anfitriona en la cama con una expresión traviesa.
—Mi contrato verbal expiró hace una hora, Anna —le dijo—. Es mi turno de jugar bajo mis reglas.
La luz de la luna se colaba por la ventana, iluminando la mitad de la habitación. Podía verlo en esa pálida luz. Se abrió el cierre del pantalón nuevamente y la prenda quedo colgada a su cadera, debajo de las crestas iliacas de la pelvis. Anna se deleitó en la vista, la forma en que los músculos del abdomen y el pecho se marcaban, como se resaltaban sus bíceps al flexionarse mientras se recogía el cabello en una cola de caballo. Sin más preámbulo, se posicionó sobre ella, ambos brazos a los lados de la cabeza, y ambas piernas a los lados de sus muslos. Los ojos cafés, la veían con intensidad y Anna se perdió en ellos.
Hao recorrió su costado con una mano, hasta que llegó a sus pechos, y los apretó. Anna cerró los ojos. Podía darse cuenta de que Hao estaba listo para un segundo round, en esta ocasión bajo sus propios términos. Seguro sería divertido. Le empezó a besar el rostro.
—¿Sabes lo que me he escuchado en los pasillos de la oficina últimamente? —comenzó a decir el joven sin darle oportunidad de responder—, que parece ser que destrozaste el corazón de ese chico, Umemiya-san, en la cafetería el otro día.
—Se lo merecía. Ni siquiera lo conozco y estaba arrodillándose con un ramo de flores pidiéndome ser su novia. ¡Qué desubicado! —dijo Anna orgullosa, ignorando con maestría la forma en que Hao frotaba sus pezones.
—Ha quedado desconsolado —se rio Hao. Luego se inclinó para besar su cuello y dejar un rastro de saliva por toda su clavícula hasta llegar a su hombro—, dicen que ha estado deprimido desde entonces.
—Es un dramático —declaró Anna. Instintivamente, se llevó las manos a los pechos, tratando de cubrirlos.
Hao se enderezó, para poder verla bien a la luz de la luna, y sus ojos color chocolate pasearon por la piel pálida de la rubia. Se hincó sobre el colchón, y de manera rápida levantó las piernas torneadas de la chica, y las acomodó a ambos lados de su propia cadera. La expresión lasciva de ella le daba a entender que podía hacer lo que se le ocurriera, con el pasar de los meses había aprendido a leer sus expresiones y reconocer que era lo que deseaba. Y él encontraba tanto placer en satisfacerla.
—Las chicas de la oficina dicen que eres despiadada. —Hao ensanchó la sonrisa, acarició con ambas manos la cara interna de sus muslos, percibiendo como el deseo inflamaba un fuego en su interior—. Y los chicos se preguntan sobre eso.
—¿Qué se preguntan? —dijo Anna irguiéndose sobre sus codos, para poder ver que era lo que Hao estaba haciendo.
—Quieren saber porque estás soltera siendo tan linda.
—No les debería de importar. Ni a ti tampoco te debería interesar lo que digan en los pasillos.
—Entonces, ¿En qué cosas debería fijar mi atención, según tú?
La voz seductora de Hao sonaba como un ronroneo, suave e invitador. Ella podía ver la erección que poseía y como la acercaba a su centro que ya lo esperaba.
—En este momento, solo deberías preocuparte por dejarme satisfecha —le dijo Anna, viéndolo a los ojos y mordiéndose el labio inferior.
Hao sonrió de medio lado justo antes de entrar en ella por completo.
Se levantó tarde, como usualmente hacía en domingo, el único día libre que tenía en esa infernal oficina. A veces se maldecía por necesitar dinero y querer mantener un buen nivel de vida; en el fondo de su cabeza, paseaba de cuando en cuando, un vago arrepentimiento por haber firmado ese contrato en el que pagaban muy bien. Jodidamente bien. Miró por última vez a la cama, donde estaba su amante, acostado boca abajo, la trenza sobre su espalda casi desecha, desnudo y con un hilo de baba cayendo de la comisura de su boca manchando su almohada limpia. Tan estúpido como atractivo.
Se dirigió a la cocina para poner a calentar agua en una tetera. Aún era un poco analógica en ese aspecto; dado a que prefería el té, jamás había considerado una necesidad el comprar una cafetera. Pero esa opinión iba quedando atrás. A veces, cuando se levantaba para poner el agua a hervir, se lamentaba de no tener una de las máquinas modernas que incluso podían programarse para que fuera el olor de café recién preparado lo que te despertara por la mañana. Pero no iba a gastar en eso, él tendría que conformarse con café instantáneo. Así había sido desde la primera vez que él le visitó. Ya podía imaginarse sus quejas por su desayuno escueto con café soluble. Se rio para sí misma.
No había muchas cosas distintas en el departamento. Las paredes aun necesitaban una mano de pintura, aún tenía los mismos utensilios de cocina y el mobiliario era el mismo de siempre. Pero, en las repisas ya no estaban las fotografías cursis, algunos adornos habían sido reemplazados y otros fueron guardados en una caja de cartón con todos los recuerdos que contenían, escondiéndola en el fondo del armario. Trató de no darle importancia, ya se había familiarizado con los espacios huecos en su decoración y rara vez les dedicaba un fragmento de sus pensamientos; pero anoche Hao había removido las aguas con sus preguntas. Y aún sentía como se arremolinaban en el fondo de su pecho.
Tomó asiento en una silla de su pequeño comedor, para revisar sus redes sociales. A veces, todavía sentía la nefasta necesidad por investigar, meterse en los asuntos de los demás y saber que había ocurrido con ese hombre, reconocer que él también había avanzado con su vida, y confirmar que lo mejor había sido separarse. Aunque, secretamente, también deseaba confirmar que se lamentaba de haberla dejado y que se arrepentía profundamente, admitiendo el error que había cometido cuando la dejó. ¡Que idea tan egoísta!
Meditó sobre tocar el ícono de la pequeña lupa y escribir ese nombre: "Yoh". Sus dedos actuaron de forma autónoma tecleándolo, las letras resaltaban dolorosamente en la pantalla. Se mordió el labio. Dudas y más dudas.
El sonido de unos cuantos golpes en la puerta sonaron, también algunos cuantos pasos. Frunció la boca, en una mueca de disgusto. Y borró los kanjis del buscador. ¿Quién en su sano juicio vendría a tocar a su puerta a la malsana hora de … las 11:39 am? Bueno, no era exactamente la madrugada pero, sí era algo inesperado. Se acercó al recibidor, repasando mentalmente todos los vecinos que compartían el mismo piso. ¿Por qué estarían molestando ahora? Se había asegurado de guardar silencio la noche anterior aunque en ocasiones era difícil cuando él ponía tanto empeño.
Por debajo de la puerta alcanzaba a distinguir la sombra de dos pies, que permanecían ahí, inmóviles. Definitivamente venían a protestar por el ruido. Era la última vez que lo dejaba pasar la noche, estaba harta de que sus vecinos pusieran el grito en el cielo cada vez que lo invitaba a quedarse. Tres golpes en la puerta, otra vez. Abrió de un tirón, poniendo cara de pocos amigos, pero su expresión no se mantuvo cuando vio quien estaba ahí; el gesto en su cara se quebró.
Alto, delgado y con el sedoso cabello castaño llegando hasta sus hombros, Yoh Asakura permanecía frente a su puerta. Los incrédulos ojos de Anna lo recorrieron de pies a cabeza, solo para confirmar que era él, el mismo de siempre, el que había conocido durante toda su vida, que siempre la trato con una dulzura y paciencia sin igual, y que le había roto el corazón despiadadamente el verano pasado. En el instante en que sus ojos se encontraron, se sumergió en la calidez sin igual del color castaño que tenían; sus rodillas le traicionaron, temblándole de forma irracional. Mantuvo la mano en el pomo para evitar caer de la impresión.
Él le sonrió. El maldito embustero le sonrió radiante.
—Hola Anna.
—Yoh —le dijo Anna, abriendo mucho los ojos.
— ¿Cómo has estado? —le dijo, y se tocó la mejilla, en ese gesto bobalicón que en otro tiempo le daba ternura, y que en ese preciso momento era como una cuchillada en su corazón.
Anna no respondió, ocupada en desear que Yoh desapareciera, que le diera la espalda y se marchara o que simplemente se desvaneciera en el aire, como si hubiera sido una mala broma, una trampa de un Kitsune que tomó la forma de un ser querido para hacerle ver su suerte por armar escándalo en las noches. O un sueño del que despertaría en cualquier segundo. Su lado racional reaccionó, sobreponiéndose a la parálisis que la impresión le dejo el verlo ahí en su puerta, se cruzó de brazos decidida a no contestar nada de lo que le decía. Se protegió con su coraza de hielo, armándose con la lanza de la indiferencia y el desprecio, rogando a Kami-sama porque se fuera rápidamente.
—¿Necesitas algo? —su voz sonó glacial.
La expresión de Yoh, sorprendida y triste, le infligió una llaga más a su alma.
—Ah, yo…– miró al piso, desviando la mirada de sus ojos de miel—, ¿puedo pasar?
—¿Ahora si te interesa estar aquí? ¿Por qué debería dejarte entrar?
Yoh levantó la vista, dolido. Usaba una chaqueta ligera color verde oliva, unos pantalones azules y sus estúpidas sandalias. Sobre la playera blanca estaba el collar de garras de oso que siempre usó y en su cuello los audífonos naranjas. Era como verlo en un retrato, no cambiaba. Lo que le hacía más doloroso verlo ahí. Anna se mordió la lengua, orgullosa.
¿Cuántas veces soñó con eso? ¿Cuántas veces deseo que él volviera y le dijera que quería arreglar las cosas? ¿Qué quería volver a su lado? Se preguntó si podría hacerlo, mantenerse firme. Sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar y temía siquiera decir una sola palabra, asustada de que esta temblara y delatara que dentro de ella aun había una poza sin fondo en el lugar donde alguna vez estuvo todo el amor que sintió por Yoh. Trago saliva, pasando el nudo lo suficiente para poder hablar.
—Sólo quiero saber cómo estas y no sé, quizás charlar —dijo Yoh.
—No es un buen momento.
Sin querer sus ojos se desviaron hacia el par de zapatillas deportivas de hombre que había en el genkan de su casa, y ni hablar de la cartera de cuero negro en la mesita de la entrada o la chaqueta roja que estaba en el perchero junto a la puerta. Yoh notó de inmediato esa vacilación en su respuesta. Le dedicó una sonrisa dulce y triste.
—Ah, ya veo. Yo… entonces…
—El momento para hablar fue hace mucho, nueve meses para ser exactos —le respondió Anna, recuperando su templanza, valiéndose de la rabia que tenía guardada en un cajón dentro de su alma para inyectar en sus palabras el suficiente veneno, buscando hacer que estas fueran como dagas y lastimarlo tanto como él lo había hecho con ella. El rostro de Yoh, sereno, reflejó que comprendía a la perfección lo que su ex prometida le estaba dando a entender. No había nada que hacer.
—Quizá tengas razón —dijo Yoh.
Parecía desarmado, como si hubiera perdido toda intención de hablar con ella. Anna intentó descifrar su rostro buscando un vestigio de lógica en sus acciones, pero no lo había. Tenía un nudo en la garganta.
—¿Eso es todo? ¿o necesitas algo?
—Tienes razón. Bueno, yo quería decirte… creo que… —Buscó dentro de su bolsillo, y sacó un sobre de tamaño media carta, elaborado en papel fino y cremoso de color melocotón, adornado con una cinta de color dorado atada en un precioso moño—. Vine porque quería entregarte esto.
Anna extendió la mano antes de pensar bien lo que estaba haciendo. Sujetó el sobre y lo revisó por la parte de atrás donde estaban escritos, en una hermosa caligrafía garigoleada, el nombre de Yoh y otra chica, enlazados con un corazón. Una invitación.
La invitación a la boda de Yoh.
—Yo… quería que… tener un momento para…
—Gracias —respondió con frialdad. Fingiendo que no se enteraba de que era aquel sobre. Se cruzó de brazos, escondiendo la mano con el sobre bajo el codo, y estrujando la cinta dorada con rabia para mantener su pose imperturbable.
—Me encantaría si pudieras asistir.
—Claro —le respondió sin pensar realmente en lo que estaba diciendo, reprimiendo el impulso de romperla y lanzársela en la cara. Pero temía que su armadura de desprecio se desmoronara en cualquier momento—. Gracias por venir.
—Yo…
Yoh alzó la mano, extendiéndola temblorosa hacia donde estaba ella, pero Anna ya estaba sujetando la orilla de la puerta de madera.
—Que tengas un buen día, Yoh Asakura.
Y con esto zanjó la conversación, para cerrar la puerta y poner la aldaba. Asegurándose así de que el inoportuno hombre que quedó en el pasillo fuera a invadir su espacio.
Luego de un par de segundos, escuchó como su ex avanzó por el pasillo con pasos pesados. Cuando por fin las pisadas se desvanecieron y el sonido del elevador cerrándose tras de él terminó, se permitió desmoronarse en el piso. Cayó de rodillas con el sobre entre las manos.
En un segundo, todo había cambiado.
Paso de ser una mujer feliz y satisfecha con la vida que trabajaba para sí misma, a ser una mujer que temblaba de pies a cabeza con lágrimas anegando sus ojos y un nudo en la garganta que no la dejaba hablar. Hacia un rato, el día era un apacible domingo en el que su mayor preocupación era averiguar si valdría la pena comprar una cafetera automática. Sintió que todo su mundo se derrumbaba por dentro, desgajándose, desmoronándose centímetro a centímetro. Con esa visita, él la había desgarrado una vez más. ¿Por qué seguía teniendo ese poder sobre ella?
Dejó la carta sobre el mueble del recibidor, junto al teléfono fijo y el florero con rosas artificiales que decoraba su estancia. La ocultó entre los recibos de los servicios barajándola para no verla directamente. Le temblaban demasiado las manos como para poder romperla y era incapaz de tirarla a la basura.
¿Por qué? ¿Por qué decidió traerle esa infame invitación? ¿Por qué se empeñaba en herirla así? ¿Es que no estaría satisfecho hasta que la viera desecha a sus pies?
Durante ese infame día de septiembre, se rehusó a derramar una sola lágrima en su presencia. Él le había dicho que había dejado de amarla, que ya no la necesitaba en su vida, y que estaba cansado de sus maneras hostiles y temperamento volátil; que no podía vivir con ella un momento más. Le pidió perdón por no haber dicho nada sobre todo eso hasta ese momento de quiebre, le dijo que esperaba pudiera darse cuenta de que no eran compatibles como habían pensado en un inicio. Mientras le decía esto Yoh uso un tono de voz dulce, comprensivo y determinado. La suavidad de sus palabras lo hacía intolerable. Y aunque en su pecho se formaba una grieta profunda y ancha de negrura y dolor, ella se rehusó a reconocer su existencia mientras se formaba. Su ex parecía esperar una debacle y que ella se desmoronara en su presencia. Pero no. Ni una sola lágrima salió mientras él estuvo en ese departamento. Alguien que no la amaba, no se merecía ver una sola de sus lágrimas.
Se quedó ahí en el vestíbulo de su departamento, en el piso, mientras su mente trataba de procesar lo que significaba ese primoroso sobre.
Una boda. La boda de Yoh, su ex-prometido.
Anna pensó con amargura en todos los años que desperdició al lado del menor de los Asakura. Se conocieron cuando ella apenas tenía veinte, después de meses en que se veían siempre en el tren y descendían en la misma estación. Yoh tomó la incitaba y la invitó a salir, se enamoraron de inmediato, aunque paso todo un año antes de que la presentara formalmente como su novia (esa fatídica cena con desnudo de Hao incluido), otro año más para que comenzaran a vivir juntos y otro más antes de que pusiera un anillo de brillantes en su dedo. Sin embargo, esa promesa que le hizo arrodillado frente a ella terminó por alargarse, hasta convertirse en un compromiso de dos años por lo menos; dos años que seguramente hubieran continuado de forma indefinida si él no le hubiera puesto fin.
Tanto tiempo, tantas vivencias juntos, tantas experiencias y primeras veces que experimentaron valieron poco. Al parecer no tenía la determinación necesaria para desposarla, nunca le interesó nada sobre la boda. Esa debió haber sido su primer señal, pero cegada por el amor, hizo caso omiso; exactamente de la misma manera en que ignoró los pretextos variados hasta que pasaron 24 meses sin que nada se concretara para celebrar las esperadas nupcias.
En cambio, ahora, menos de un año desde que la abandonó ya estaba comprometido en todo sentido. Había invitaciones, un lugar, una chica (sea quien sea), una fecha.
Una chispa en el pedernal de las ideas encendió su entendimiento, sublevando una serie de preguntas que solamente valieron para devenir en un voraz incendio de odio, rabia y resentimiento. Cada cuestionamiento se acumulaba en ella con mayor lastre y sufrimiento, ¿Qué tenía esa chica que no tenía ella? ¿Qué era lo que Yoh había visto? ¿Es que ella nunca fue suficiente para Yoh Asakura? ¿acaso no era "material de esposa"? ¿La susodicha era mejor que ella?
Cada incógnita se fue acrecentando, proliferando en su mente. Escuchó el familiar silbido de que el agua estaba hirviendo. Era como una alarma que le recordaba que no tenía tiempo para hundirse en los lamentos.
Apagó la tetera y se dirigió al baño, donde se quitó la ropa dispuesta a tomar una ducha. Eso calmaría sus nervios y le permitiría pensar claramente y en privado, sin interrupciones. Por lo menos, le permitiría ganar tiempo hasta que terminara el desayuno y pudiera sacar a su acompañante de la casa. Abrió la regadera y el agua caliente inundó el pequeño cuarto de baño con vapor, se desvistió apesadumbrada para después adentrarse en el chorro de agua caliente. El agua hizo lo mejor que pudo para aliviar esa pena, el calor comenzó a relajarla, dejándole derramar el llanto de forma disimulada. Agua y lágrimas bañaron su cuerpo.
Había comenzado a enjabonarse cuando unas manos que conocía bien tocaron su espalda, avisándole que su ducha no sería más un evento privado. Se alegró de que el agua le había limpiado el rostro y que sus manos recuperaran la estabilidad.
Las manos masculinas recorrieron su espalda, su cintura y sus muslos, luego la abrazaron fuertemente por la cintura. Él acurrucó su cabeza en su hombro en un gesto tierno, que perdió la dulzura una vez que su mano izquierda alcanzó su pecho y la otra acarició su vientre.
—¿Te importa si me uno? —le dijo seductoramente al oído.
Anna titubeó un momento, considerando si debería correrlo de su casa de una buena vez o si debería fingir que no había ocurrido nada malo. Pensar no era su fuerte en ese momento. Inesperadamente los besos que sentía en su cuello la calmaban, relajando sus hombros, los dedos pellizcando sus pezones callaban cualquier voz dentro de su mente, y la deliciosa sensación de ese pecho de roca contra su espalda la distraía por completo. Decidió que eso era justo lo que necesitaba: algo que le proporcionara el alivio que el agua por sí misma no había podido darle, un paliativo. Hao seguramente cooperaría con ello. Entrelazó sus manos con las de él para dirigirlas a su sexo.
—Claro, si te portas bien.
Se giró y lo rodeó con los brazos, quedando de puntitas para tratar de besarle. Él rápidamente entendió de que iba y buscó su boca, devorándola en cuestión de segundos. La abrazó fuertemente por la cintura, para ayudar a que se mantuviera en equilibrio, pegando su cadera a la de ella. El agua caliente corría entre ambos, cubriéndolos, empapando sus cuerpos. Hao la llevó contra la pared de azulejos fríos que estaba tras ella y la levantó, sosteniéndola por las nalgas. Con sus manos encontró su entrada y la acarició un poco, comprobando la humedad. Anna sentía como si le faltase la respiración, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Vació su mente de toda idea, despojándola de cualquier sensación que no fuese provocada por su amante, dejando que ese fuego que Hao transmitía cada vez que sus dedos recorrían su piel se colara dentro de su cuerpo. Él le besaba el cuello, deteniéndose en su clavícula y recorriéndola con la lengua, dejando un rastro que el agua tibia iba borrando.
Hao era bastante fuerte, los músculos que tenía no eran solo un atractivo visual, él podía sostenerla entre sus brazos con facilidad. Y en ese momento volvió a comprobar esa fuerza. La levantó contra la pared y la penetró de una sola embestida. Anna exhaló un suspiro al sentir todo su miembro dentro de ella.
Ella no sentía vergüenza alguna, el pudor se iba junto con el agua por la coladera, y se permitió desinhibirse. Rodeó la cadera que la penetraba con sus piernas, entrelazadas a la altura de los tobillos y se abrazó al cuello de Hao. Con cada embestida su cuerpo subía y bajaba, y sus senos rozaban el pecho de Hao. Él le sostenía de las nalgas solamente para mantenerla en posición, aumentando el ritmo, yendo más rápido, hundiéndose profundamente en ella. Cada vez más húmeda, más estrecha, sentía la verga de Hao llegando muy profundo, y a medida que la velocidad aumentaba, sus gemidos subían de volumen.
Le mordió el lóbulo de la oreja, murmurándole cuánto quería que se la cogiera hasta que la dejara temblando. Hao gruñó al escuchar sus instrucciones, embargado por el placer. Anna estiró las manos hacia arriba, dejando que sus senos rebotaran cada vez que el entraba en ella, hasta el fondo con fuerza. Embelesado por el color de sus pezones, le besaba el pecho.
Anna sentía el calor de la excitación extendiéndose por todo su cuerpo, ardiendo, dejándola en un estado febril en el que no podía contener más tiempo su voz ni sus deseos. Trató de amordazarse cerrando bien la boca escondiendo su rostro en el cuello de Hao, ocultándose tras el mojado cabello castaño que se le pegaba a la espalda musculosa. Hao continuó, manteniendo el compás que la volvía loca, lo sentía respirar rápidamente, y alcanzaba a distinguir el latido acelerado de su corazón. Anna movió la cadera, hacia el frente, tratando de acelerar el ritmo, apreciando todo ese placer en cada fibra de su cuerpo.
Hao atrapó su boca, haciéndose espacio en ella, frotando sus lenguas. Un minuto más tarde, ella estaba abrazándole fuertemente.
—No pares —jadeó con la voz entrecortada—, por tu propio bien, no pares.
Hao sonrió. Incluso en esas situaciones, ella no podía dejar de ordenarle o amenazarlo. Tan Anna.
—No podría aunque quisiera —dijo.
Tenía esa manera de arrastrar las palabras, dándole un timbre grave a su voz. Sus palabras permearon dentro de ella, inundando su mente y dejando fuera cualquier pensamiento que no fuera esa verga entrando y saliendo de ella. Hao la volvió a besar, y entonces lo sintió; percibió esas oleadas que vibraban dentro de ella, que iban intensificándose, cortándole la respiración y ensordeciéndola. Por un momento, sus gemidos resonaron con eco en las paredes de azulejo blanco. Hao respiró hondo, gimoteando contra sus senos, tratando de contenerse; sin embargo cada pulsación en su miembro era demasiado intensa para ignorarla. La besó nuevamente al tiempo que se dejaba venir dentro de ella, llenándola.
El agua seguía cayendo entre ellos, cuando le ayudó a ponerse de pie en la regadera. Anna le abrazó, acomodando la cabeza en su pecho mientras recuperaba el aliento, en tanto Hao le acarició el cabello.
—¿Estas bien? —le preguntó.
Al principio pensó que había sido un tanto rudo con ella y estaba actuando como una chica fuerte y seria, pero había algo que no cuadraba con eso. Anna no tenía ningún empacho en darle voz a sus demandas o quejas y lo habría reprendido con toda seguridad si algo que hizo fue demasiado para su gusto; además de cobrárselo con creces. Esperó su respuesta como aguardando a que un tigre le diera un zarpazo mortal que no llegó nunca.
—Estoy cansada —le aseguró sin entrar en mucho detalle.
Eso era todo lo que necesitaba escuchar Hao para saber que algo definitivamente no estaba en orden. Anna se soltó de su abrazo para continuar con la rutina, secando su cuerpo, en tanto que la mente de Hao fue invadida por un sinfín de ideas de cosas que podía haber salido mal en esos tres meses que llevaban viéndose. Se imaginó lo peor.
—¿De verdad? ¿Estas segura? —Su voz sonaba distinta, con un dejo de inseguridad que era atípico en Hao—. ¿No has tenido problemas con… los anticonceptivos? —inquirió con suavidad.
Anna lo fulminó con la mirada. Y en esta ocasión, sí le sermoneó.
Una hora después, ambos estaban en la mesa de la cocina, terminando el desayuno. Hao no tuvo más remedio que cocinar a manera de disculpa por su insinuación: huevos revueltos y pan tostado, café instantáneo para él y té verde para ella.
—De verdad no sé cómo haces para seguir bebiendo esta cosa —se quejó Hao luego de echar una cucharada de crema en polvo y revolver. Dio otro sorbo al café con un puchero de niño berrinchudo en los labios.
—Porque yo no la bebo. A mí me gusta el té.
Hao revisó el empaque rojo juzgando la calidad del producto por su descripción. Luego miró en la taza como si con la vista pudiera determinar que lo que el producto ofrecía era lo mismo que recibía.
—Por lo menos apiádate de mí y compra una marca diferente.
—Cómpralo tú, y si quieres, puedes dejarlo aquí.
— Eso haré. Realmente no sabes lo malí... —Hao se detuvo a mitad de frase notando como el humor de Anna no mejoraba, recapacitó acerca de lo que criticar sus decisiones de compras podría traer como consecuencia— …maravilloso que es que estas abierta a las posibilidades.
—El café lo compré para ti. Así que eres libre de traer el que tú quieras.
Guardaron silencio un rato más. El sol del medio día se levantaba con pereza, esa primavera, los días habían discurrido lentamente sin importar el lugar en que se encontraran. Anna miró el reloj y se dio cuenta de que habían pasado el límite, ya pasaba de la una de la tarde. Era agradable tener compañía en esos momentos, tanto, que casi se mordió la lengua cuando le dijo que era hora de que se marchara.
—Ya es un poco tarde. Si quieres, me puedo quedar para ayudarte con los platos.
Últimamente esta clase de ofrecimientos se presentaban con mayor frecuencia. Hacía unas semanas, Hao comenzó a hablar sobre quedarse todo el fin de semana, en ocasiones incluso lograba organizar que se vieran una noche entre semana si no se lograba concretar una cita en forma, también la seducía para tener encuentros furtivos en la oficina cuando ésta estaba vacía. Y aunque no se quejaba de que él fuera un hombre dispuesto a todo, Anna no pretendía cruzar la línea que definía su relación, y eso incluía que él no se quedaría todo el día siguiente, mucho menos pasarían dos noches juntos. Quizás fue un poco abrupta en la manera en que demandó que se fuera, pero no pediría perdón por ello.
—Debes ir a tu casa —dijo Anna, manteniéndose firme.
Hao se inclinó sobre la mesa, y probó su suerte acariciando su hombro hasta llegar a su antebrazo, le besó el hombro en un intento por disuadirla de su determinación, pero los ojos de Anna permanecían mudos.
—Vamos —insistió él—, podemos divertirnos otro rato, o si estas cansada, podemos hacernos compañía un momento. Ver una película, o algo.
—Gracias, pero no. Tú y yo tenemos un trato. Nada de cosas cursis o románticas.
—Nunca dije nada de romance —rezongó Hao, tratando de rodear su cintura con su mano.
Anna silenció con la mirada, zanjando la discusión. Hao levantó las manos como pidiendo una tregua. Aceptó su derrota y comenzó a recoger sus cosas, vistiéndose apropiadamente y buscando las llaves de su coche en algún lugar de la casa. Se tardaba más de lo normal, parecía como si estuviera buscando una manera de hacer tiempo agarrándose de cualquier pretexto; Anna carecía de la entereza necesaria para lidiarlo en ese momento. Aun podía sentir que su pecho punzaba y cuando cerraba los ojos podía volver a ver el rostro de Yoh, tan suave y gentil, entregándole de forma pueril ese sobre maldito. Quería, no, necesitaba que Hao se fuera de una buena vez.
Finalmente, Hao logró encontrar las llaves, sin más remedió se colocó una chaqueta deportiva roja que había dejado olvidada en el perchero unas semanas atrás. El castaño de sus ojos la miraba con suspicacia, como tratando de leerla con ese don del que gozaba para interpretar el lenguaje corporal de las personas a su alrededor con tanta eficacia. Temiendo que pudiera descifrar lo que ocultaba, lo apuró, casi empujándolo para lograr que llegara hasta la puerta principal. Y cuando no había más espacio en el lugar, paró.
Ese era el momento de la despedida, siempre igual, denso e incómodo, nunca se hacía más fácil. Hao se acercó a ella, rodeándola por la cintura con el brazo izquierdo en tanto que con la mano derecha buscó su mejilla para acariciarla con el pulgar. Intentó besarla, pero ella se lo impidió girando la cabeza a tiempo. Detestaba esa parte, Hao lo veía normal (una simple despedida), sin embargo ella odiaba la idea de que los besos de "hasta mañana" se abrieran paso en su atípica rutina.
—Ya te dije que sin…
—Sí, sí, ya entendí —le dijo a media voz—. Sin besos de despedida.
Mascullando su protesta, el joven alcanzó su cartera de la mesita del recibidor. Metió ambas manos en los bolsillos justo a tiempo para notar que su celular aún faltaba, aunque borró su sonrisa cuando Anna se lo entregó en la mano. Refunfuñando le dio las gracias de mala gana. Aún no se calzaba los zapatos cuando abrió la puerta de tan malos modos (era su forma de ventilar que no le agradaba que lo hubieran corrido de la casa) que en su rabieta terminó golpeándose en el dedo chiquito del pie con el filo de madera. Aullando de dolor, tropezó contra la mesita. Las cosas que tenía encima se desparramaron por el piso.
—Torpe —le reprendió Anna.
—Ya sé, ya sé, disculpa.
El tono de voz dejaba en claro que estaba molesto. Nunca había sido tan insistente en quedarse y ella nunca había estado tan decidida a echarlo de su casa como esa mañana. Hao recogió las cosas, juntando los recibos y papeles que se habían caído. Anna se hincó junto a él, recolectando los pequeños objetos, monedas, aretes, una pulsera, un bloc de notas. Distraída buscó su pulsera de cuentas azules, su favorita desde que era una adolescente, pero no la encontraba. Escaneó el área hasta que la vio brillar junto al pie de Hao.
Sólo entonces fue cuando notó que él permanecía estático y los pocos papeles que sostenía en la mano se cayeron al piso desperdigándose por el vestíbulo nuevamente. En sus manos, un sobre rosa con una coqueta cinta de seda formando un moño.
La invitación.
En las manos de Hao.
Hao la miró con los ojos como platos. La volteó en las manos y se la mostró
—¿Qué es esto?
La voz de Hao era inflexible, dura, desprovista de toda emoción. Una neutralidad en ella que rara vez había atestiguado. Anna enmudeció; percibía cómo si algo en Hao estuviera calcinándose. De entre todas las cosas que podían pasar, jamás imaginó que Hao terminaría viendo eso.
—Una estupidez —respondió con un nudo en la garganta que hizo que su voz sonara rasposa—. Algo sin importancia.
Amagó arrebatarle la invitación de la mano, pero él le superó en agilidad, levantándola por encima de su cabeza para alejarla de sus dedos. La cara de su rival era difícil de leer, insegura sobre si se trataba de rabia, traición o simple y llana conmoción. Hao se sentó, reclinando la espalda en la puerta principal, empuñó la tarjeta en la mano y la revisó. Retiró el lazo y leyó el contenido, algo que Anna no había podido hacer.
—Vaya, parece que mi hermanito se casa. Creo que debó llamarle para felicitarlo —dijo Hao, sonando sarcástico—. Es bueno saber que al menos a ti te invitó.
— Lo que haga o deje de hacer Yoh Asakura no me interesa en lo más mínimo —le soltó Anna.
Probablemente le habría dado un buen golpe en la mejilla, algo con lo que pudiera dejarle el ojo morado ante su impertinencia; de no ser porque vio el semblante de Hao ensombrecer. La chica se mantuvo hincada entretenida en recoger las cosas del suelo.
—Bueno, supongo que hay que brindar por él —murmuró el hombre y enfiló hacia la cocina, pasando junto a Anna.
Ella le escuchó mover algunos trastos dentro de la alacena. Dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la cocina para averiguar qué era lo que su acompañante buscaba inquieto en su cocina. Lo vio abrir una puerta para sacar dos vasos pequeños y anchos que ella usaba generalmente para servirse jugo. Luego, del fondo de la alacena más alta, sacó una botella de Whiskey nuevo que ella jamás había comprado.
—¿Por qué demonios hay whiskey en mi casa? —cuestionó Anna, con amargura.
—Lo compré una noche y pensé en tenerlo aquí, por si acaso. —Se encogió de hombros—. Sobre todo porque nunca hay nada más fuerte que el té verde.
Anna puso los ojos en blanco, se cruzó de brazos mientras lo veía servirse unos hielos y verter el alcohol generosamente dentro de los recipientes de cristal. Hao bebió uno de golpe sin hacer una sola mueca pese al amargor que tenía esa bebida, tan sólo cerró los ojos mientras pasaba por su garganta. Luego, se sirvió nuevamente y en esta ocasión le ofreció uno de los vasos, a lo que ella negó con la cabeza. No presionó y se llevó ambos vasos al sofá, colocándolos sobre la mesita baja frente a este. Se reclinó en su asiento.
Anna extravió la vista en su departamento, identificando todos esos rincones de donde había expulsado a Yoh: el retrato que se tomaron cuando fueron al parque de diversiones, el pedestal donde alguna vez reposó Harusame, el gabinete que guardó los CD y el viejo tocadiscos de su padre. Si, había empezado a tirar sus cosas, rompiéndolas en pedazos como él lo había hecho con su corazón. Pese a todos sus intentos, mantenía algunos en el rincón del armario de trebejos viejos.
—Así que ¿Yoh se casa pero tú no?
Hao tenía una forma muy retorcida de preguntar qué era lo que había ocurrido entre Yoh y ella. Debía reconocerlo, Hao jamás la había hostigado para saber que había ocurrido entre Yoh y ella, si bien era consciente de que su relación terminó luego de que notara la ausencia de su anillo de compromiso, él nunca preguntó nada al respecto.
—¿Qué? ¿Acaso no lo sabías?
—Ese bastardo no me habla desde hace más de un año —puntualizó Hao, apoyó el tobillo sobre su rodilla, y extendió ambos brazos sobre el respaldo del sofá. La vista fija en el recuadro descolorido y vacío de la pared—. Siendo sincero, me tomó por sorpresa. Al menos, los Asakura procuraban invitarme las reuniones importantes… hasta ahora.
—Pues parece que en esta ocasión querían que la invitación fuera sorpresa.
Anna reblandeció su actitud al ver que Hao parecía igual de pensativo y sacudido por la noticia como ella. Se sentó en el sofá, al otro extremo, procurando mantener su distancia de Hao, le parecía que era lo prudente. Permanecieron en silencio por un buen rato, un cuarto de hora o más, quien sabe. Ambos estaban inmersos en sus propios pensamientos.
—¿Cuándo?
La pregunta brotó de su boca suavemente, casi imperceptible, de un modo que a la rubia le hizo creer que se había escapado de igual manera que le sucede a cualquier persona cuando está pensando en voz alta. Sin embargo, supo que no había sido un cuestionamiento al aire o por error, ya que sus ojos marrones se posaron sobre ella obstinadamente. Anna suspiró, de algún modo, Hao se había ganado su confianza. Inhaló profundamente antes de contestar.
—A finales de septiembre.
—¿Cómo?
Anna subió las piernas al sillón, como protegiéndose de la triste verdad que se empeñaba en fingir que no existía.
—Parecía un día cualquiera, no lo vi venir. Volví a casa después de trabajar. Al entrar a la casa lo encontré sentado en el sillón, tenía las maletas hechas junto a él. Se veía serio y cuando le pregunté que era todo eso, é. —Se formó un nudo en la garganta de Anna, que se dio cuenta que en esos nueve meses nunca había dicho una palabra sobre lo que había ocurrido—. Él me dijo que se iba a marchar. Al principio no entendí bien, creí que era un viaje de trabajo, pero no. Se levantó, me miró a los ojos y… —Sus ojos se habían anegado de lágrimas que se negaban a ser derramadas, pero no podía mirar a Hao—… me abrazó. Me enfurecí y le pedí una explicación. Él se negó, fue por las maletas y se fue. Recuerdo que le lancé un zapato luego de que se marchó y cerró la puerta.
—No dijo porque —afirmó el chico.
Se encogió de hombros. No era que no quisiera ahondar en eso o darle explicaciones, se había dado cuenta de que necesitaba decirlo en voz alta, aunque, extrañamente fallaba en seleccionar las palabras apropiadas.
—Supongo que no podía soportar mi carácter un minuto más —bufó dirigiendo la vista al balcón—. O tal vez yo ya no era importante para él. Mencionó algo sobre ser infeliz y que esta vida que llevábamos juntos no era lo que él quería.
Hao dejo el vaso de whiskey en la mesa, dudando sobre abrazarla o no. La mano derecha se abrió y cerró varias veces, indecisa. Al verla ahí, con ambas piernas sobre el sillón, no podía evitar compararla con un ave herida, colmada de una tristeza que se negaba a someterse a su orgullo y temple férreo. Aun así, con los ojos vidriosos, ella permanecía entera, firme y fuerte. No dejaba de sorprenderle. Echó una ojeada a la invitación que estaba en la mesa de la cocina abierta y ominosa. Antes de formular su pregunta, Anna la respondió.
—Él vino, Yoh —mencionó la rubia–. Él mismo trajo la invitación, esta mañana.
Luego de decirlo, Anna imitó a Hao y se bebió el alcohol de un solo trago. El sabor amargo se coló por su garganta, dándole una sensación de sopor y calidez dentro del estómago. Algo que necesitaba con urgencia, ya que el abismo que había dejado Yoh con su partida parecía exhalar una capa de hielo dentro de su alma.
—Cretino —fue lo único que respondió Hao.
El tic toc del único reloj en todo el departamento era desquiciante, haciéndola perder la paciencia con cada segundo. Cada instante que pasaba resonaba en sus oídos como la confirmación del agravio. ¿En qué clase de malnacido se había convertido su ex? Sin un atisbo de dignidad y peor aún ¿Como se atrevió a invitarla a esa ceremonia? Esa que debió haber ocurrido muchos años atrás entre ellos dos, no con esa extraña idiota que seguramente no tenía un pelo de atractiva encima.
Se cruzó de brazos y piernas, los dedos apretando sus costillas. Su faz se encargaba de expresar lo que sentía con el ceño fruncido y la boca en una mueca.
Los minutos pasaron. Y la pregunta en su mente se transformó de un "¿Porque lo hizo?" lastimero y patético que surgía del dolor en su corazón, a un "¿Como se atreve?", ponzoñoso y peligroso que avivaba ese fuego del odio que hace unos meses se había adormecido en su interior.
Fue entonces consciente de que aquel último fragmento de cariño que sentía por Yoh, y al cual se aferraba con uñas y dientes en lo recóndito de su corazón, se hizo añicos más allá de cualquier reparación, pulverizado. En su lugar se instalaba una rabia ciega que amenazaba con desatar a demonios y maldiciones en la persona que osara poner un dedo sobre su persona. Odiaba a Yoh Asakura y esperaba de todo corazón no volver a verlo jamás.
Dolida, se dirigió hacia el balconcito, tratando de dejar que la brisa fresca y primaveral, despejara el fuego violento que deflagraba su alma. Abajo, todo corría con tediosa normalidad, los autos iban y venían, las personas caminaban, alcanzaba a distinguir el parque, a un par de cuadras de distancia, teñido de un suave color rosado por los árboles de sakura que lo adornaban. Tan apacible y precioso, tan alejado del arrebato que la calcinaba.
Atrapada entre los muros de la que llamaba su casa, apretaba la barandilla furiosa. Quería destruir el mundo hasta su cimiento, incluido ese intolerable departamento en que cohabitó con ese miserable que jugó con sus sentimientos sin un atisbo de remordimiento. El coraje que sentía amenazaba con explotar en su pecho. Temblaba de pies a cabeza, un temblor que la ira causaba.
Necesitaba hacer algo para recobrar el dominio de su vida. De tres zancadas funestas llegó hasta el armario en el fondo del pasillo donde estaba arrinconado todo lo que no necesitaba por el momento y sacó la caja de cartón donde había acomodado todas sus cosas, y que dejó olvidadas en su partida. Seguramente, eran la razón de que había pedido pasar a su casa, ese idiota descarado, holgazán y patético. Con la caja en brazos salió al balcón, para dejar salir un poco del vapor de sus acaloradas ideas, para darle libertad a todos esos objetos.
Mientras recolectaba todo, Hao la veía impasible, pero abandonó la actitud reservada cuando vio lo que planeaba. La detuvo justo a tiempo antes de que lanzara a la calle con un lanzamiento de beisbolista uno de los mangas que Yoh atesoraba. Se lo quitó de las manos, arriesgándose a sufrir los embates de la furia de la chica en su lugar.
—No seas idiota —le dijo a Hao tratando de arrebatarle el tomo de butzu zone que tenía en las manos
—Esto no tiene nada que ver contigo —le dijo alzando la voz mas de lo que pretendía.
Hao sonrió.
—Hay una mejor forma de desquitarse, en la que no te van a poner una maldita multa - le dijo con una sonrisa petulante a centímetros de su cara.
—No me interesa eso. Si el imbécil quiere sus cosas, éste es el único modo en que se las regresaré. —Se volteó para tomar otra cosa de la caja.
—Dudo que haya venido a buscar sus cosas —le dijo sujetándola del codo—, y en todo caso, se me ocurre algo mejor que solo destruirlas sin que él se entere.
Al fondo de la caja observó el poster de Bob Soul, sus manos ardían por hacerla trocitos, pero las palabras de Hao resonaron con lo que sentía. Esa forma particular de hablar con la que enunciaba su idea le advirtió que era momento de escuchar, poner pausa a su rabieta por un segundo. Y es que, ahora conocía a Hao y lo retorcida que podía ser su mente cuando se trataba de conseguir salirse con la suya. Lo miró a los ojos. Y vio reflejado en ellos una rabia idéntica a la propia.
Respiró hondo, disminuyendo así el aturdimiento que sentía en su cabeza, dejó los mangas en la caja y se cruzó de brazos, esperando a que hablara. Pero en su lugar Hao recargó ambos brazos en la barandilla del balcón, con la cabeza le indicó que se acercara. Fastidiada, Anna le imitó.
—Te escucho
Hao parecía buscar las palabras correctas, la forma apropiada de expresar su idea. Suspiró audiblemente.
—Simple, solo hay que devolverle el favor de su visita con algo igual.
—¡No voy a buscarlo! rugió la rubia.
—No —contradijo Hao—. No es necesario. Aun puedes vengarte de Yoh, si eso quieres. Te puedo ayudar incluso. Solamente hay que aceptar su invitación. Vamos a la boda de Yoh.
Su interlocutora arqueó una ceja, intrigada. Sus ojos destellaron con malicia. Anna conocía esa mirada, tenía ese brillo de cuando planeaba algo terrible. Algo que la intrigaba y despertaba su interés. Había pasado nueve meses donde se concentró en salir adelante, en levantarse a sí misma del lodo, sacudirse y abrirse paso hacia el éxito; no volvió a mirar atrás una vez que Yoh se fue, aunque en muchas ocasiones quiso llamar para saber cómo estaba. No valía la pena rebajarse para darle una probada de sufrimiento a su ex prometido.
Mordiendo su labio inferior, trato de entender qué diablos era lo que Hao le quería decir. Pero él se limitaba a sonreír y girar la invitación en la mano. En el fondo de su cabeza, una voz contundente le dijo a Anna que lo hiciera.
— Sí.
Hola! Hola!
Qué bueno saber que siguieron leyendo la historia.
Bien, aquí esta, el mejor intento de plot que se me ocurrió; ahora ya mas o menos te podras imaginar de que ira el último capítulo de esta historia.
Quiero dar agradecimiento especial a Isabel, que me ayuda a corregir y que siempre tiene las preguntas correctar para darle sentido a mis ideas inconexas. Tambien a todos los que han leido y que me han dejado un comentario:Annasak2, Guest, , Xriss, Soy LPA, Tuinebitableanto, Miris, Mari, Lili. Ha sido muy grato saber que disfrutan la historia, de verdad muchas gracias. Todo comentario es bienvenido y recibido con una gran sonrisa.
En fin, pondré todo mi empeño en actualizar lo más pronto posible.
¡Nos vemos pronto!
