Capítulo 17
Un Juicio Cargado de Oscuridad
La tensión es palpable. Aunque todos los presentes mantienen un aire de profesionalismo, es imposible ignorar el peso del juicio que recae sobre nosotros.
Tras las palabras de Miklotov, el silencio se asienta, pero no es un silencio calmado. Es uno cargado, expectante. Mis nervios intentan delatarme, pero mi postura es firme. En esta sala, cada gesto, cada palabra, es una batalla.
Harald Costuul se mantiene de pie, imperturbable. Su rostro sereno contrasta con la gravedad de la situación. Ni siquiera Marco, a pesar de su dolor, ha dejado entrever debilidad alguna.
Sin embargo, la postura de Julián Meyer, su defensor, es la que más me inquieta. Esa leve sonrisa suya.
Es como si disfrutara el espectáculo, y aunque lo intento, no puedo evitar que un leve escalofrío recorra mi espalda.
«Es un monstruo que no le importa más que el dinero».
Miklotov, con su tono habitual, da inicio.
—Este tribunal del Reino de Lugunica se convoca hoy para enjuiciar los cargos presentados contra Marco Luz, acusado de crímenes de guerra conforme a las Leyes de Conducta en Conflicto Bélico, específicamente el Edicto de Lugunica sobre Humanidad en la Guerra, artículo tercero —explica Miklotov con voz firme, sin emoción alguna—. El demandante, Harald Costuul, presenta esta acusación.
El eco de su voz resuena en el amplio salón. Si fallamos en este juicio, la sentencia no solo afectará a Marco, sino a todo Irlam.
Julián se pone de pie con una precisión estudiada.
Sus movimientos llenan la sala de una tensión insoportable. Su traje negro lo hace parecer un cuervo acechando a su presa. Cuando habla, lo hace con la seguridad de quien ya se siente ganador.
—El día veinte del mes de Oxfol, se declaró la guerra entre las ciudades de Irlam y Costuul —comienza con un tono solemne, calculado sus movimientos para captar la atención de todos—. Durante este conflicto, se violaron flagrantemente los Principios de Honor Militar establecidos en el Tratado de Protección y Justicia en Tiempos de Guerra, que regula el uso de armamento en conflicto. Se utilizaron armas que no permiten defensa alguna, ni siquiera a través de la armadura encantada aprobada por los códigos de guerra.
Siento un nudo en el estómago, pero mantengo mi expresión controlada. Julián extiende un brazo y los guardias traen una armadura destrozada, ensangrentada, con un agujero imposible de ignorar.
Es de una bala de cañón, por lo que lo único que se ve es un gran agujero por ambos lados.
Es una imagen impactante, y no puedo evitar notar las reacciones del jurado. Algunos incluso apartan la vista.
—Aquí tienen una prueba fehaciente —continúa, elevando la voz—. Una armadura mágica, inutilizada por proyectiles diseñados únicamente para masacrar, violando además la Cláusula de Guerra Justa del Acuerdo de Reinos Aliados. No se les permitió rendirse, ni siquiera hacer prisioneros. No hubo clemencia.
La acusación es clara, y si bien tienen algo de razón, no pueden clasificarlo de esa forma.
«No hay de que temer hasta ahora».
Marco se mantiene inmóvil, pero noto una pequeña contracción en su mandíbula. Sabe lo que está en juego, y yo también. No puedo dejar que sigan con esta narrativa distorsionada.
—Sus armas no solo fueron crueles, fueron desproporcionadamente destructivas. Más de dos mil almas se perdieron, sin dejar rastro para enterrarlas. Ni siquiera cuerpos. —Julián aprieta los puños, y su mirada afilada se clava en nosotros—. Estas no fueron bajas de guerra, señores del jurado y jueces, fueron masacres ocasionadas en conjunto con culto de la bruja por parte del acusado.
«¿Qué?»
El golpe es devastador, pero no puedo quedarme callada. Mis manos se cierran en puños sobre la mesa.
La presión en mi pecho es intensa, pero no puedo permitirme mostrar debilidad ahora.
—¡Objeción! —Me pongo de pie, golpeando la madera con suficiente fuerza para que todos me miren. Mi voz resuena en la sala con más firmeza de la que esperaba—. Las acusaciones vertidas aquí carecen de fundamento probatorio. Exijo que se retiren las afirmaciones sin evidencia.
Mi mirada se cruza con la de Julián. Su sonrisa no desaparece, pero sé que lo he hecho retroceder un paso. Miklotov asiente tras un breve silencio.
—Tiene razón la defensora Crusch Karsten —afirma Miklotov con su tono habitual—. Las afirmaciones sin evidencia serán desestimadas hasta que se presenten pruebas concretas.
Julián asiente, inclinándose levemente, pero su sonrisa arrogante no desaparece. Sabe que sigue teniendo la atención del jurado, pero yo también lo sé. Este juicio será una guerra de palabras, de percepciones, y cada pequeño avance cuenta.
«El hecho de que aumente la gravedad solo nos beneficia».
—Como estaba diciendo —continúa Julián, sin perder su compostura—, los crímenes de guerra cometidos por las fuerzas de Irlam violan las Leyes de Conducta en Conflicto Bélico, asi como la Cláusula de Guerra Justa del Acuerdo de Reinos Aliados. Una vez que un soldado ha caído en combate, es considerado no combatiente y, como tal, debe ser socorrido sin distinción de bando. Irlam no mostró esa piedad.
Mis puños se aprietan, la injusticia de sus palabras me abruma, pero mantengo mi rostro sereno. No puedo permitir que vea mi frustración.
—Adicionalmente acusamos a Marco Luz de asociarse con fuerzas ilegales, específicamente del culto de la Bruja, como se sugirió en informes previos a la guerra —concluye Julián, dejando un aire de duda en la sala antes de sentarse con la misma calma que había mostrado desde el principio. Eso es todo.
Miklotov me mira cuando Julián se inclina. Una vez este se sienta este me dirige la palabra.
—Defensora Crusch, puede proseguir con la defensa del acusado.
El peso de sus palabras sigue flotando en el ambiente cuando Miklotov me concede la palabra. Mi mente corre a toda velocidad, pero por fuera me mantengo impecable, sabiendo que cualquier señal de duda sería devastadora.
Camino hacia el centro de la sala con pasos seguros.
—Honorable tribunal, estimados jueces y jurados —comienzo, mi voz proyectando una calma que, en el fondo, siento como una fachada frágil—. La acusación presentada por el duque Harald Costuul es infundada y debe ser examinada bajo la luz de la verdad y la evidencia tangible.
«¿Qué estará haciendo Fourier ahora?»
«Ni siquiera vino al juicio».
Mi mirada recorre la sala, asegurándome de capturar la atención de cada uno.
—El Tratado de Protección y Justicia en Tiempos de Guerra establece los Principios de Honor Militar que casi todos los reinos deben respetar en sus conflictos. Entre ellos se incluye la preservación de la vida de combatientes desarmados y civiles. Sin embargo, debo subrayar que en este caso no se han violado flagrantemente dichos principios, como aquí se ha insinuado.
Hago una pausa breve, siento que cada palabra retumba en la sala en completo silencio. Me detengo un instante, ordenando mis pensamientos antes de continuar.
«Es ahora, cuando cambiamos la situación».
—Es fundamental entender que los soldados que enfrentamos fueron transformados deliberadamente en criaturas sin consciencia, en monstruos controlados por la bruja de la envidia. Según la evidencia que hemos presentado y lo estipulado en el inciso catorce del tratado, un ser que pierde su racionalidad y se convierte en una bestia que ataca indiscriminadamente deja de ser considerado humano.
«Añadir ese nombre; el tabú de la bruja de la envidia le dará la seriedad que merece».
Dirijo mi mirada hacia Harald y Julián, quienes no pueden ocultar el leve brillo de nerviosismo en sus ojos.
—Para la ley y para los principios que todos defendemos aquí, no enfrentábamos a personas, sino a armas vivas, a criaturas despojadas de alma y voluntad. Nuestros esfuerzos fueron, en todo momento, enfocados en la defensa legítima y en la preservación de la vida humana ante esa amenaza. No hubo transgresión a los principios de protección humana. Mi defendido, Marco Luz, respetó las normas de honor hasta el último aliento.
Alsten entra en la sala, con el frasco negro en sus manos. El miasma dentro de ese frasco es lo suficientemente peligroso, y puedo ver cómo algunos miembros del jurado se estremecen ligeramente.
«La señorita Echidna dijo que las afectaciones varían con cada persona, dependiendo de su fuerza mental».
«Marco solo me dijo que no lo tocara».
Lo señalo con firmeza.
—Aquí presentamos lo que el señor Julián Meyer ha omitido: el uso de un elemento tabú por parte del bando de Costuul. Este frasco contiene los restos de un soldado transformado en una bestia de la bruja de la envidia; aún no hay un nombre claro.
—¡Objeción! ¡No hay pruebas de ello! —exclama de la misma forma que yo lo hice, sin embargo, los jueces al verlo permiten que continue.
Hace una pequeña mueca, lo que me hace sonreír internamente.
Miro al jurado, intentando transmitir la gravedad de la situación sin perder el control.
«Esto ya no es por nosotros. Cuando descubrí algo sobre el miasma, su existencia y la forma en la que existe, pude reconocer el peligro»
—El Edicto de Lugunica sobre Humanidad en la Guerra permite el uso de fuerza letal contra criaturas corrompidas y criaturas no humanas, una ley que el Reino de Lugunica implementó tras el desastre ocurrido durante la guerra demihumana. Nuestras acciones fueron legítimas, necesarias para preservar vidas.
Mi corazón late con fuerza, pero mi voz permanece firme.
Este es mi momento para cambiar el curso de este juicio.
«Para cumplir con nuestros objetivos».
—Asimismo, solicito que Reinhard Van Astrea, un hombre cuyo honor es inquebrantable y cuyas palabras no pueden ser puestas en duda, testifique ante este tribunal.
El silencio en la sala es absoluto. Cada palabra parece caer como una sentencia, y sé que lo que venga a continuación determinará el curso del juicio.
El aire en la sala se vuelve denso, cargado con una mezcla de incredulidad y tensión contenida. Nadie se atreve a hablar en alto, pero las miradas lo dicen todo. Nadie sabía lo que el miasma era realmente hasta hoy, mucho menos que pudiera ser algo tan tangible, tan peligroso.
«Nadie sabía que se encondía un peligro tan grande».
El descubrimiento que estamos revelando no solo afecta a este juicio, sino al Reino entero.
Reinhard hace su entrada por la puerta principal, y por un momento, la tensión parece disiparse ligeramente. Su sola presencia es imponente, y todos confían en él, el Santo de la Espada, un hombre cuya autoridad es incuestionable.
Cuando sus ojos azules recorren la sala, casi puedo ver cómo cada individuo es analizado bajo su aguda mirada.
Pero algo cambia en su expresión. Es un sutil movimiento de sus labios, un ligero fruncir el ceño. Lo conozco lo suficiente como para saber lo que significa.
«Está molesto».
Reinhard no se permite mostrar debilidad, pero su incomodidad es innegable. Su paso es rápido, aunque no nervioso, y cuando llega al centro del tribunal, la sala entera lo sigue con la mirada.
Felt y Garfield deberían estar en camino, lo que significa que tenemos que alargar el juicio hasta que lleguen a la mansión de Bordeaux.
«Debemos ganar tiempo».
«Para ello, un poco de la verdad que oculta este mundo».
«Una verdad de la que apenas me estoy enterando».
Me dirijo al tribunal, mi voz cargada de seriedad:
—He traído al Santo de la Espada a este juicio para que, de manera imparcial, certifique la veracidad de nuestras acciones. Reinhard Van Astrea, el hombre cuyo honor nadie se atrevería a cuestionar, está aquí para evaluar las pruebas.
El ambiente en la sala cambia. Si alguien tenía dudas sobre la legitimidad de mis palabras, ahora se sienten obligados a escucharlas.
Alsten avanza lentamente hacia el centro, con el frasco negro en sus manos. Todos los ojos están sobre él, y el miasma que contiene parece pesar en el aire mismo. Lo coloca con cuidado en el suelo; luego, saca un pequeño ratón de una bolsa de cuero.
—Este líquido que ven —comienzo, con un tono solemne—, está relacionado con el culto de la bruja. Para los que no estén familiarizados, esto es miasma; maná en un estado de putrefacción. Cambia su naturaleza a algo completamente diferente: una energía corrupta, peligrosa para toda forma de vida.
El murmullo del público es audible. Nadie había visto el miasma antes, y muchos ni siquiera sabían que algo así existía.
«Hasta ahora era mi primera vez».
«En cambio para Marco, que viene de otro mundo, fue tan normal que hasta sabía al respecto».
—El concepto fue teorizado por eruditos en libros cientos de años atrás, pero nunca había sido mostrado de manera tan evidente. El cuerpo de los cultistas, como se ha descubierto, contiene este miasma en mayor o menor medida, pero no es un sello de pertenencia al culto de la bruja por sí solo —continúo, mostrando seguridad en mis palabras mientras mantengo mi postura—. Sin embargo, su presencia desestabiliza a cualquier ser vivo, alterando su capacidad de autocontrol e incluso su propio cuerpo.
El ratón, ahora suelto en el suelo, se aproxima al frasco de miasma. La sala contiene el aliento, todos los ojos fijos en lo que está a punto de ocurrir. El pequeño animal se acerca lentamente, movido por una curiosidad instintiva.
Huele el miasma líquido, y en ese preciso instante, el caos se desata.
—¡Por el dragón! —grita alguien en la audiencia, mientras los murmullos se convierten en gritos sofocados de horror.
El ratón comienza a morderse a sí mismo, desgarrando su propio cuerpo con violencia, su pequeño cuerpo contorsionándose de maneras imposibles. Se abalanza hacia Alsten, quien lo detiene con un ágil movimiento, tomándolo por la cola.
Pero incluso en el aire, el animal se retuerce frenéticamente, moviéndose con una velocidad antinatural.
—La capacidad mutagénica de este líquido transforma a cualquier ser vivo en una futura mabestia —explico con firmeza, dirigiendo mi voz al jurado—. Jueces y jurado, esto no es un simple asunto legal. Este líquido es un peligro mortal, un veneno que amenaza con extenderse más allá de este juicio, un peligro público que podría destruirnos a todos.
Alsten suelta al ratón, y cuando el pequeño cuerpo toca el suelo, un cuerno negro comienza a surgir de su cabeza. El aire se vuelve denso con una energía ominosa, y un aura de terror envuelve a todos los presentes.
La pequeña criatura crece rápidamente, hasta alcanzar la mitad del tamaño de una persona, sus ojos llenos de una furia irracional.
—¡Has traído un monstruo a este recinto sagrado! —grita Julián, levantándose de su asiento—. ¡Jueces, detengan esta locura!
Pero antes de que los jueces puedan reaccionar, July Cariana se pone de pie. Su rostro es serio, su postura firme. Su autoridad en la sala es indiscutible.
—Esto va más allá de la dignidad de este recinto —declara con voz firme—. Si lo que dice la defensora Crusch Karsten es cierto, estamos ante un peligro sin precedentes. Este asunto debe tomarse con la mayor seriedad.
Alsten se posiciona frente a la mabestia, que sigue creciendo y retorciéndose, y con un movimiento rápido, saca su pistola.
—¡Bang!
El disparo resuena en la sala, y la criatura chilla de dolor, pero sigue moviéndose, su sangre negra manchando el suelo. Reinhard avanza rápidamente hacia la bestia, sus manos desnudas deteniéndola en seco con una fuerza que solo él posee.
Pero incluso él, un hombre que ha enfrentado a innumerables mabestias, parece sorprendido por la velocidad y la fuerza de la transformación.
La sala está en estado de shock, los rostros llenos de horror mientras observan el desenlace de esta extraña batalla. Alsten, con una sonrisa inquietante, cambia el cargador de su arma.
—Lo que ven ante ustedes no es una simple arma —digo, mostrando el dispositivo—. Es un arco y flecha compactado en forma de pistola, diseñado para eliminar a sus enemigos de forma rápida y eficiente. No causa sufrimiento innecesario, no prolonga la agonía. Una muerte rápida y limpia.
Algunos en la audiencia lo miran con codicia, viendo el poder que estas armas ofrecen.
—Pero esto no es todo —añado, antes de que Alsten dispare nuevamente—. Provoca un gran dolor a cualquiera que posee el miasma en su cuerpo.
El sonido del disparo es diferente esta vez, más agudo, y la boca del arma emite un brillo rojo. La mabestia chilla nuevamente, esta vez con un dolor desgarrador. Su cuerpo se retuerce, como si estuviera siendo consumido desde adentro.
En cuestión de segundos, deja de moverse.
Muerta.
Incluso Reinhard, con toda su experiencia, parece ligeramente sorprendido.
No por su muerte, si no por la facilidad de esta.
El silencio se apodera de la sala tras el disparo de Alsten. Todos observan con asombro cómo la mabestia, una criatura frenética y violenta, cae finalmente, inmóvil en el suelo. No fue un disparo dirigido a su cabeza ni a un órgano vital, pero el proyectil fue suficiente para terminar con su vida.
La sorpresa en los rostros es clara.
—Balas Yang, desarrolladas en Irlam —explico, mi tono ahora más formal, casi didáctico—. Estas balas están diseñadas para dispersar el miasma contenido en los cuerpos, debilitando su resistencia y capacidad de recuperación.
El aire en la sala parece volverse aún más denso. Los jueces y el jurado observan el arma con detenimiento, reconociendo que están ante un avance sin precedentes; tener un arma especializada para el culto es un golpe demasiado grande.
Mientras que durante el combate de Marco se mostró un rifle grande, difícil de ocultar, aunque letal. Ahora mostramos una pistola, un arma pequeña que se puede ocultar en cualquier parte del cuerpo.
Y a su vez un arma letal, una que cualquiera puede usar.
—Desarrollamos estas armas tras los constantes ataques del culto de la bruja. Hasta ahora, nuestra única defensa era entrenar caballeros de élite, pero con estas armas, cualquier ciudadano común, incluso aquellos que jamás han empuñado una espada, puede defenderse. Ya no somos indefensos.
Una pausa cargada de significado se despliega en la sala. El concepto de la defensa universal es una idea que choca con las tradiciones de Lugunica, donde los caballeros han sido siempre los protectores del pueblo.
—Aunque no me enorgullezca del todo —continúo, con un leve tono de nostalgia en mi voz—, el camino de la espada siempre ha sido mi honor y mi corazón. Pero ahora, ese agricultor que trabaja bajo el sol, ese herrero que forja nuestras armas; tendrá la posibilidad de defenderse. Esa es la verdadera razón de estas armas.
La criatura que yace en el suelo comienza a descomponerse rápidamente, su piel cayéndose a pedazos, mientras un líquido negro, el miasma, empieza a gotear y extenderse por el suelo.
—El miasma en forma líquida es más peligroso aún —advierto con un tono grave, pues es importante que escuchen bien—. Se multiplica con la muerte de cualquier ser vivo, y puede extenderse sin control. Sin embargo, no afecta a los muertos; necesita que el cuerpo esté vivo para expandirse.
Alsten tira una rata muerta al charco de miasma, pero esta simplemente desaparece, sin multiplicar el miasma.
—Cabe resaltar que el miasma es una fuente inolora e incolora, por lo que realmente no sabemos quién o cuando se presenta. Solo de forma líquida es visible.
«Con esto expliqué lo poco que me dijeron Marco y la señorita Echidna».
«¿Desde hace cuánto Marco sabe sobre ello?»
«La bruja de la codicia, la señorita Echidna debe saber incluso más detalles.»
«Si el culto está relacionado con Fourier, entonces debo aprender mucho más».
El pánico entre los presentes se incrementa. Aunque el miasma ya ha sido introducido, nadie en esta sala puede ver el residuo del miasma, lo que aumenta la sensación de vulnerabilidad.
Solo Rem, quien no está presente, tiene la capacidad de percibirlo, pero incluso eso sería insuficiente para calmar los ánimos.
En ese momento, Reinhard da un paso al frente.
Su sola presencia parece detener cualquier murmullo que estuviese comenzando a levantarse. Su expresión es solemne; sabe que lo que está a punto de decir cambiará el curso de los acontecimientos.
—Yo, Reinhard Van Astrea, como miembro de la familia Astrea, certifico que toda la información proporcionada en este tribunal es correcta. No solo eso, doy mi palabra como testigo directo de las acciones del conde Marco y pongo en juego mi título como Santo de la Espada si es necesario. Sus acciones han sido por el bien de este reino.
El impacto de sus palabras es inmediato. Los ojos de todos se abren en señal de asombro y respeto. El Santo de la Espada no es alguien que hable a la ligera, y su título es uno de los más altos honores en el Reino de Lugunica.
Con esta declaración, Reinhard no solo valida las pruebas presentadas, sino que marca este juicio como un evento que trasciende lo legal. Esto ya no es un simple conflicto entre dos ciudades o facciones; el futuro del reino… no, del mundo entero está en juego.
Un murmullo reverbera en la sala, una mezcla de miedo, respeto y sorpresa. Lo que Reinhard acaba de hacer es un punto de no retorno.
La estructura del poder en el reino cambiará, y las decisiones que se tomen aquí definirán el futuro de todos.
Finalmente, el juez principal, Miklotov, se pone de pie, rompiendo el tenso silencio que ha llenado la sala.
—Tomaremos un breve receso —anuncia con voz firme—. Mientras tanto, se procederá a limpiar la sala. Les pido a todos los presentes que regresen al sonar de las tres campanas.
Con ese anuncio, un grupo de sirvientes ingresa al recinto. Cada uno sostiene cristales Yang, los mismos que fueron mencionados antes como parte de la tecnología para contener el miasma.
Claro, estos son nuestros propios sirvientes.
La tensión se mantiene en el aire mientras los presentes se retiran momentáneamente, sabiendo que el segundo tiempo del juicio será aún más crítico.
Doy media vuelta, pero antes de dar el primer paso veo cómo la mirada de Marco está perdida, desconectada de todo lo que lo rodea.
«¡Se desmayó!»
Algo en mí se tensa; antes de darme cuenta, corro hacia él, guiada por un impulso que no puedo detener. Sin embargo, Emilia llega primero. En un instante, ella coloca sus manos sobre su rostro y comienza a curarlo, con una suavidad y devoción que me dejan en silencio, observando a la distancia.
«¿Qué se supone que haría yo? Ella es la sanadora…»
—Defensora Crusch. —La voz de Marcus me saca de mi trance. Su tono, bajo y firme, me devuelve a la realidad.
Él me hace una señal, y voy junto a él hasta un lugar apartado, manteniendo el control sobre mi expresión, aunque el interior esté revuelto. Lo miro con extrañeza, sin saber qué podría requerir de mí en este momento.
—¿Capitán Marcus? —pregunto, aunque la seriedad en su rostro responde antes de que él pronuncie palabra alguna.
—Quieren matar a Marco Luz.
Esas palabras son como una fría corriente de alivio. Si bien Marco siempre me aseguró que Marcus estaba de nuestro lado, el manto de incertidumbre se ha vuelto tan espeso que desconfío de mis propios recuerdos.
«¿Cómo confiar en ellos?, cuando la persona que una vez consideré un aliado ha resurgido de la muerte para convertirse en mi mayor enemigo»
—No he escuchado eso de usted —murmuro, la voz impregnada de una determinación que resiste al miedo—, pero cuidaré de él con mi propia vida; lo juro por mi nombre.
Antes de que pueda responderme, me alejo, aunque un pensamiento rápido me tienta a quedarme, a hablarle más.
Pero hay algo que me impulsa, algo que me consume y me obliga a seguir adelante.
«Fourier».
Ahora tengo que verlo; necesito verlo. A pesar de todo, a pesar del peso que me aplasta el pecho, me doy cuenta de que estoy buscando una razón… cualquier razón para creer que aún queda algo en él, algo que lo haga real, tangible.
«Algo que justifique todo lo que ha hecho».
Empiezo a trotar, sintiendo cómo mi respiración se acelera, cómo el peso de los recuerdos se arremolina en mi mente, buscando un resquicio en mi voluntad.
«Quizas está luchando a su modo».
Necesito saber qué planea, qué está buscando, por qué ha vuelto. Tal vez… tal vez hay algo mayor en esto, algo que no alcanzo a entender.
«Al final, parece que no sé nada».
Este lugar, vacío y silencioso, donde solíamos encontrarnos, donde nuestros pasos resonaban con complicidad, parece ahora un desierto de sombras que se burlan de mi soledad.
El palacio está lleno de recuerdos, de momentos de inmensa alegría que ahora me pesan, como si se convirtieran en cadenas de nostalgia que me atan a una historia rota.
«El palacio solía ser un lugar colorido».
Siento el dolor en el pecho, un peso que hace que mis piernas se vuelvan pesadas, pero continúo, ignorando el grito de mi cuerpo.
Empiezo a correr.
El aire parece insuficiente, mis pulmones queman, pero no me detengo. Cada paso retumba como un eco de mi propia desesperación, como si mi alma quisiera liberarse de un peso invisible.
Hace tanto que no veo a mi padre, ni siquiera cuando debería haber estado en el juicio; su ausencia es un dolor constante, un ancla que me mantiene en una prisión sin rejas. Y, mientras corro, me pregunto si él también ha sido parte de esta pérdida, de este dolor tan inexplicable.
«Si mi padre esta conscientes de las acciones de Fourier, si su existencia ha cambiado al padre que una vez conocí».
Llego finalmente a los baños.
El lugar parece abandonado, y me doy cuenta de que está desierto, como si él hubiera previsto todo, calculado cada detalle para que, en este instante, fuera solo yo quien lo viera.
«Si es un enemigo, o si tiene salvación».
Un extraño temblor recorre mi cuerpo.
Al entrar, mi mirada se posa en su figura… Y ahí está él, Fourier, con su traje parecido al mío, una imagen distorsionada, un reflejo que me devuelve una visión macabra del pasado.
Su cabello verde cae, largo y cuidado, y sus ojos… uno dorado y otro rojo, me observan con una intensidad que me hace contener el aliento. Un ojo que alguna vez simbolizó esperanza, y otro, ahora, un abismo que no alcanzo a descifrar.
—Te traje una rosa, mi querida amiga. Mejor dicho, te traje una rosa, mi antiguo amor.
Su voz es suave, como un susurro entre serpientes, y su expresión, un intento de calidez que no engaña a nadie. En su mano, una rosa blanca, pálida, que parece marchitarse en su toque venenoso.
Me lanza una sonrisa vacía, llena de una falsa dulzura que me perfora como espinas.
Su sonrisa es una máscara, un telón detrás del cual solo hay vacío, una parodia de lo que alguna vez fue.
Y me doy cuenta, con dolor, que ese Fourier que yo conocí, aquel con quien compartí mis días más felices, ya no existe.
La flor en su mano se convierte en un recordatorio de nuestra ruina, un símbolo de algo que murió hace mucho, y que, sin embargo, él parece decidido a hacerme recordar, una y otra vez, como si quisiera que yo también pereciera en esa memoria.
«Se fuerte, Crusch Karsten».
«Esta persona te lo ha quitado casi todo».
Contengo el grito que se aferra a mi pecho, contengo las lágrimas que buscan traicionarme, y, en cambio, lo observo.
«No puedes dejarte caer por el pasado».
Este es el rostro de mi enemigo.
Y aun así… aun así, no puedo evitar añorar lo que alguna vez fue.
—Guarda tus actos, Fourier Lugunica. Te he conocido durante mucho tiempo… o, más bien, te conocí. —Mantengo mi mirada fija en él, fría, pero sin avanzar ni un paso más.
No puedo evitar retroceder en mi mente, ver la distancia insalvable que ahora se ha instalado entre nosotros.
Él sonríe con esa mueca que me hiela, como si mis palabras le causaran algún placer.
—Es un símbolo, Crusch, nada más. Yo también soy un ser humano —me dice con una sonrisa ladeada, una leve inclinación de cabeza, y un guiño condescendiente. Pero en sus ojos no hay ni rastro del Fourier que una vez conocí.
Su mirada es hueca, un vacío envolvente, como un abismo del cual no puedo escapar, aunque lo desee.
«¿Es esto realmente Fourier?» Mis pensamientos se enredan en la duda y en la rabia, pero mi expresión permanece inmóvil.
Sé que está aquí porque tiene un plan.
Cada vez que logramos algo, cada pequeña victoria que obtenemos, él la convierte en una pieza más de su propio juego. Ha conseguido que lo aclamen, que lo sigan sin cuestionar, mientras a nosotros apenas nos permiten avanzar un paso antes de que él vuelva a arrebatarnos el suelo.
Si él sigue tomando y tomando de nuestras victorias…
Mis ojos se abren en un destello de comprensión dolorosa. «¿Cuándo los alcanzaremos?», y, de repente, noto el peso de mi propia desesperanza.
«¿Por qué pienso así?» «¿Desde cuándo acepté esta vida y olvidé lo que era?» Yo soy Crusch Karsten, yo debería estar al frente, luchando por mis sueños, por el futuro que alguna vez imaginé, logrando mi sueño y mi objetivo de ser gobernante.
«No ser la general de un ejército».
«Tenía a mi gente, yo…».
—Quería decirte que pronto tendrás tu primera misión —anuncia con un tono seco, cortante, como si no hubiese emoción alguna en sus palabras, solo un comando.
Observo cómo se quita un guante, su mano deslizándose con lentitud mientras me observa.
No puedo evitar tensarme, y él lo nota, disfrutando del efecto que su presencia tiene en mí. Extiende la mano, un gesto que habría tomado sin dudar en otro tiempo, pero ahora solo quiero apartarme.
Levanto mi brazo para bloquearlo, apenas conteniendo la furia que arde en mi interior. Pero él suspira, saca una carta y la deja caer en el aire entre nosotros, como si no tuviera peso.
—Tu padre está en una misión hacia Vollachia —comienza, y me cuesta respirar al escucharle hablar de mi padre—. Parece que tiene planes para hacer nuevos contactos. Un hombre maravilloso, ¿no? Pero, Crusch, si no me tratas bien, si no…
Mi pecho se enciende en un dolor que lucha con el orgullo, y aunque siento cada palabra como una afrenta, no puedo contenerme.
—Puedes intentar callarme, Fourier, pero jamás podrás quitarme la dignidad. Soy Crusch Karsten, y mi padre…
—No es solo tu padre, querida. Es todo lo que lleva el nombre Karsten —me interrumpe, y me basta ver su mirada burlona para sentir que mi piel se crispa—. Puedo destruirlo todo, lo sabes. Si tu orgullo vale más que las vidas de los inocentes, adelante, sigue hablando.
La amenaza queda colgando en el aire, tan pesada que apenas puedo respirar. Sus dedos tocan mi mentón, forzando mi rostro a levantarme, a encontrarme con sus ojos que un día iluminaron mis sueños y ahora son un recordatorio de todo lo que he perdido.
Sus ojos, uno rojo y otro dorado, que antes me infundían valor, ahora me producen repulsión, como si estuviera viendo en él todo lo que nunca quise.
«Tengo que enfrentarlo». La frase retumba en mi mente, pero mi cuerpo se siente débil, exhausto ante su presencia, y me doy cuenta de que no sé si soy capaz de resistir.
—Te diré la misión cuando sea el momento, pero prepárate —anuncia con una sonrisa que me perfora. Y su mirada parece compadecerme, como si él fuese el único que entiende la tragedia de lo que he perdido.
Él está en control.
—Crusch Karsten siempre cumple con su palabra, al final —susurra en un tono que no parece tener otra intención que herirme una vez más—. Eres la persona que más he amado en toda mi vida.
Y así, se da la vuelta y se aleja, dejándome sola con sus palabras resonando en mi pecho como una condena.
Cuando cierro los ojos, siento que mis piernas ceden, y mis rodillas tocan el suelo.
«Soy una fracasada».
Apenas puedo sostenerme, y mi cuerpo tiembla mientras intento contener el dolor que se acumula en mi pecho.
«Esta no soy yo».
«Esta no es la Crusch Karsten que una vez fui».
—¿Desde cuándo cambié tanto? ¿Desde cuándo empecé a darle tanta importancia?
El nudo en mi garganta es tan fuerte que apenas puedo tragar.
Quiero llorar, pero ni siquiera eso parece estar permitido. Uso un leve toque de magia de viento para secar las lágrimas antes de que caigan, para borrar cualquier evidencia de esta vulnerabilidad que siento.
Pero en mi corazón, el dolor sigue ahí, palpitante, como una herida abierta que jamás sana.
Me obligo a recordar.
Recuerdo el pasado, la vida como duquesa, las amistades, las lealtades, los sueños compartidos. Félix, Wilhelm, mi padre e incluso mis sirvientes… a cada uno de ellos los veo en mi mente, junto a mí, con la esperanza de que todo esto tenía un propósito.
Y ahora, eso parece un espejismo lejano.
La persona que he deseado tanto volver a ver, la persona que fue la razón de mi lucha y de mi valor, ha regresado solo para arrebatarme todo.
Mi nombre, mis ambiciones, mis sueños.
Cada día me recuerda que soy su sombra, un eco vacío de lo que una vez fui.
No me siento infeliz con lo que tengo ahora, no. He conocido personas valiosas, he aprendido cosas que me han hecho más fuerte. Pero ese vacío… esa pérdida… es un peso que me ahoga.
Y entonces, en un susurro apenas audible, dejo escapar lo que mi corazón anhela confesar al viento.
—Era mi vida… era mi camino. Un camino lleno de dificultades, pero mío. Era el que había elegido, el que estaba dispuesta a enfrentar, sin importar el costo.
Mi rostro se cubre entre mis manos, tratando de reunir la fortaleza que sé que debo tener. Porque aún hay un juicio que debo enfrentar, aún hay personas que dependen de mí.
—Era mi familia, mi gente… y yo misma.
Mis deseos, mis objetivos… se sienten tan lejanos que casi no puedo recordarlos. Han pasado tantas cosas que es como si yo ya no fuera Crusch Karsten, como si el regreso a quien fui alguna vez ya no fuera posible.
Siento cómo el anhelo, ese que alguna vez atesoré en mi pecho, se desvanece lentamente, disipándose entre los latidos de mi propio corazón.
Pero, en algún rincón de mi mente, aparece una imagen. Ahora más que nunca, esos recuerdos y sueños se vuelven tan vívidos, tan reales, que casi puedo tocarlos.
Cierro los ojos y me permito sentir por un instante el calor de esa vida que imaginé, una vida sencilla y tranquila junto a esas personas. Los deseos que alguna vez tuve, los momentos que pude haber vivido, me envuelven, como si mi mente no quisiera dejarme ir de ese espejismo.
Me viene a la mente un pensamiento fugaz: si ese Fourier, el Fourier que recuerdo, el verdadero Fourier… hubiera conocido a Marco. «Se habrían hecho amigos de inmediato», pienso, y no puedo evitar una sonrisa triste.
Me imagino sus risas, sus ideas descabelladas, cada una más disparatada que la anterior, sumergidos en sus propias aventuras sin importarles nada más.
Incluso, en un mundo en el que estuviera sola, sin Emilia, sin Luan ni Alsten, imagino una vida donde solo existiéramos nosotros tres: Félix, Fourier y yo.
Puedo vernos sentados bajo un gran árbol, conversando sobre cualquier cosa, riendo con una ligereza que hoy me resulta imposible. Es una escena sencilla, sin las complejidades del presente, sin las sombras que ahora oscurecen mi camino.
Puedo sentir el sol filtrándose entre las hojas, el aroma fresco de la hierba, y por un momento, casi siento que es real.
«Mi misión».
«Mi visión».
Esas palabras resuenan en mi interior, en una voz que casi no reconozco como propia.
Porque, aunque sé que no puedo recuperar lo perdido, aunque entiendo que esos días quedaron atrás, en este instante, el simple acto de soñar se siente tan real, tan vivo, que parece un alivio… una fuga temporal de la realidad que tanto duele.
En mi mente, imagino que, tras haber pasado un largo rato juntos, nosotros tres terminamos dormidos bajo ese árbol, los cuerpos acurrucados en un abrazo sin palabras.
Un momento de paz que no va a existir, pero que, en este instante, me parece tan real como el aire que respiro.
Y, con eso, las lágrimas encuentran su salida.
Mis heridas comienzan a cerrarse lentamente bajo el toque cálido de su magia. La respiración se me hace más ligera, sin embargo, una leve agitación se queda en mi pecho. Emilia no me ha dicho ni una sola palabra, pero la sensación de su magia y su presencia me bastan.
Su cercanía parece calmar cualquier ruido en mi mente, hasta que lo único que escucho es el latido sordo de mi corazón.
—¿Emilia? —murmuro en voz baja.
—¡Shh! —me detiene enseguida, con una expresión seria que le da un aire de dulzura particular.
Cierro la boca, obediente, y la observo trabajar con una concentración que me resulta hermosa. Cada movimiento, cada pequeño gesto de sus manos, me deja atrapado en un silencio lleno de admiración.
Cuando termino de sanar, me incorporo despacio.
Debo pensar en la siguiente jugada; aún queda una trampa por plantar. Mis ojos se desvían hacia un par de cristales lamicta de fuego. Son pequeños, apenas visibles, pero son una pieza clave en la estrategia.
Analizo los rostros de los jueces, sus reacciones, cada ligera variación en su postura.
Hasta ahora, la situación ha escalado más allá de lo que esperaba. Si logramos llevar esto a su punto máximo, podría convertirse en un asunto de interés para los cuatro reinos.
Una ventaja invaluable que...
—¿Te duele? —Su voz suave me saca del laberinto de mis pensamientos, arrastrándome de vuelta a su presencia.
—No, ni un poco. —Le sonrío y noto cómo ella también lo hace, con un leve resplandor en su rostro que logra que mi mente quede en blanco.
Ella aprieta mis manos en las suyas, mirándome con una firmeza serena, y siento una calidez especial en su toque.
Su magia ha mejorado; puedo sentir que se ha vuelto más rápida y eficiente, usando menos de su energía pero logrando el mismo efecto. No puedo evitar mirarla, absorbido por cada detalle de su expresión, como si en su mirada estuviera escondido un mundo que quisiera conocer.
—Me alegra oír eso —dice finalmente, y su sonrisa brilla con una sinceridad tan pura que me resulta imposible apartar la vista. Acaricia mis manos y me observa con dulzura—. ¿Pensaste que me iba a enojar?
Asiento, algo torpe.
La preocupación en sus ojos me resulta tan clara como el agua, tan evidente que me deja sin palabras.
—Lo estoy, pero no contigo… sino con quien te hizo esto —responde, y antes de que me dé cuenta, me abraza con fuerza. Siento el calor de su pecho y mi respiración se detiene.
Este momento, este breve instante en el que sus brazos me rodean, hace que toda preocupación desaparezca.
—Es solo el resultado de la injusticia —digo en voz baja, correspondiendo su abrazo, sintiendo su presencia.
—Del mundo que debemos cambiar, ¿no es asi? —susurra cerca de mí, dándome un suave beso en la frente. Su piel se sonroja al contacto, y sus mejillas y orejas se tiñen de un rojo encantador.
«Tan linda…», pienso, sin poder evitar la sonrisa que se me escapa.
—Te ves como un tomate —comento, con una sonrisa ligera, viendo cómo baja la mirada mientras aprieta mis manos un poco más fuerte.
Emilia da media vuelta, sin pronunciar una palabra más, pero su sonrisa llena mi pecho de una calidez indescriptible. En medio de este caos, donde las estrategias lo son todo para nosotros, ella se convierte en mi único refugio, donde el tiempo parece detenerse.
—¡Tonto Marco! ¡Hmpf! —exclama, cruzándose de brazos mientras dirige su mirada hacia la puerta.
Sé que en cualquier momento Garfield y Felt deberían estar llegando a la mansión de Bordeaux.
Infiltrarse en la mansión de Bordeaux será un desafío monumental; un lugar regido por un sabio corrupto siempre está más resguardado que cualquier otro.
Quien oculta lo peor es quien más se asegura.
—Pronto vendrán nuestros aliados, algunos nobles que quieren tener una pequeña reunión. Julius y Anastasia estarán también, así que debes estar atenta —le digo, sonriendo.
Su sorpresa es evidente.
—¿Ellos también? —pregunta, reflexionando por un momento—. ¿Es para utilizar su gremio mercader como garantía?
Asiento, mi sonrisa se amplía al ver su interés.
—La Emilia de ahora piensa bien, me gusta.
—¡No soy una tonta!
Sin previo aviso, se acerca a toda velocidad, subiéndose a mis piernas y comenzando a golpearme suavemente la cabeza con sus puños, pasando de un toque ligero a uno más fuerte.
—¡Espera, ay! —la interrumpo, sujetando sus brazos mientras la miro de cerca.
—Tonto, yo siempre he sido inteligente —responde con un destello de orgullo en sus ojos.
Es verdad, aunque a veces puede ser muy despistada.
—Eres como una bestia en el combate y la sanación, pero una pequeña hormiga para el negocio y la política.
—Para eso tengo a mi Marco, además he aprendido bastante —sonríe, y sus palabras me llegan al corazón, como un suave abrazo en medio del desorden.
—¿Tu Marco? —pregunto, disfrutando de su reacción y buscando hacerla sonrojar aún más. Ella abre los ojos como platos, cubriéndose la cara con las manos en un intento de ocultar su vergüenza.
Doy un suspiro, mirándola con una sonrisa que me resulta difícil de contener.
—Tienes razón, soy tu Marco, mi Emilia.
Ella da un pequeño salto, alejándose de mis piernas y mirando hacia otro lado, intentando disimular su sonrojo. La observo sonriendo, disfrutando de su reacción mientras sus orejas se caen, traicionando su vergüenza.
—Tu Emilia… —murmura, y en ese instante, me doy cuenta de que he disfrutado lo suficiente de su incomodidad.
El simple intercambio entre nosotros logra desvanecer cualquier preocupación, recordándome que hay momentos que valen más que cualquier estrategia o plan.
Ahora que he calmado mi corazón, puedo seguir.
—Tengo que hablar con Crusch, ¿la has visto? —pregunto, y Emilia niega.
—Honestamente la perdí de vista cuando estaba concentrada contigo, Alsten debe estar buscando al testigo para la segunda parte, pero realmente no la he visto. ¿A dónde habrá ido?
—Yo vi que Marcus se la llevó a algún lugar antes de desmayarme totalmente.
Toc, toc
La puerta se abre, y de inmediato reconozco quién es. Su figura destaca entre la multitud, su cabellera verde revoloteando como una bandera en el viento.
—¿Dónde estuviste? ¿Estás bien? —pregunta Emilia de inmediato, su voz llena de preocupación.
Con un gesto delicado, se acomoda el cabello que se había desordenado. Sin embargo, su mirada parece perdida, como si estuviera atrapada en pensamientos que no quiere compartir.
—Estoy bien —responde, sonriendo levemente—. Solo un poco cansada.
Emilia, sin pensarlo, intenta usar magia sanadora para aliviar su fatiga, pero Crusch la detiene con un gesto suave.
—Estoy bien, tranquila.
La expresión de Emilia se torna inquieta al ver cómo Crusch se acerca hacia mí, su rostro reflejando una preocupación que me hace sentir aún más inquieto.
—No te ves bien —digo, observando cómo Crusch hace una pequeña mueca de dolor.
En ese momento, me doy cuenta de que algo debió suceder.
«Solo una persona puede tener tal efecto en ella».
Me inclino hacia Emilia, y con solo mirarla, le transmito mi intención: «Voy a hablar con Crusch en privado».
Sus ojos, cargados de interrogantes, responden: «¿Vas a ayudarla?».
Asiento, y una sonrisa de alivio cruza su rostro.
—Estaré entreteniendo a los invitados —dice, saliendo de la habitación con una energía renovada.
El ambiente se siente pesado, pero no puedo evitar asombrarme.
Esta es la primera vez que veo a Crusch en un estado así, vulnerable y expuesta, pero a la vez difusa. Intento discernir qué le pasa, pero la multitud en la mansión hace que el maná se sienta espeso, dificultando mi visión.
Aún no controlo bien este poder, lo que complica la tarea.
—Quieren matarte, eso me dijo Marcus —dice, mirando hacia el suelo.
Sin embargo, sé que ese no es el verdadero motivo de su estado.
—Eso no importa ahora —respondo, tratando de restarle importancia.
—¿No le temes a que te maten? —su voz es apenas un susurro.
—Le temo más a lo que te pasa —confieso, y su mirada se desvía, llenándose de tristeza.
—Fourier se acercó nuevamente. Tuve unos pequeños problemas con él, pero es solo el dolor —su voz se quiebra, y eso me duele.
—Debe ser duro para ti —digo, levantándome y tratando de acercarme a ella.
En este momento, Crusch es mi pilar de confianza; he puesto toda mi fe en ella para mantener el equilibrio en medio del caos. Ella es mi amiga, alguien con quien puedo combatir lado a lado.
Quiero ayudarla, pero siento que oculta algo importante.
—Dime lo que está sucediendo, solo así puedo ayudarte —insisto, tomando sus hombros con suavidad.
Ella me da la espalda, y con un impulso, la vuelvo hacia mí, mirándola fijamente.
—Somos un equipo. Además, eres mi abogada; lo que sea que hablemos será confidencial entre nosotros —sonrío, y aunque ella intenta corresponderme, su sonrisa no llega a sus ojos.
A decir verdad, quien más ha cambiado es ella. Aún tiene destellos de la Crusch que fue, pero en algún momento parece haber olvidado quién era. Eso, en parte, es consecuencia de lo que el cuerpo humano hace; todos nos adaptamos a nuestro entorno, cambiamos según lo que vemos y sentimos a diario.
Es cierto que luchamos por nuestros ideales, pero tarde o temprano, el cuerpo nos traiciona.
Las altas responsabilidades y las situaciones que hemos vivido han moldeado a Crusch en alguien que difiere de la que era.
Eso es normal; todos cambiamos.
Pero el verdadero problema surge cuando se rechazan esos cambios, cuando se intenta aferrar a un pasado que ya no existe.
Crusch me mira fijamente, y sus ojos, levemente hinchados, delatan que ha estado llorando. Intento sostener su mirada, buscar algo en su interior, pero es como si hubiera una barrera invisible entre nosotros.
—Creo que es Fourier quien intentará matarte, por eso estoy asustada —confiesa, su voz temblando con cada palabra.
La confusión se refleja en su expresión. Es evidente que el Fourier actual no es la persona que ella recuerda, pero, a la vez, es él. En cuerpo y en alma, posee todo lo que alguna vez fue.
La esencia permanece, pero también ha cambiado; es como un eco distante de quien fue.
«Es confuso».
—¿Te dijo algo para que me dejaras solo con él? —pregunto, tratando de entender su inquietud.
—No lo sé, no me dijo nada realmente —responde, desviando la mirada antes de darle la espalda—. Solo estoy uniendo cabos. Estoy segura de que intentarán matarte durante o después de la segunda confrontación.
—Tenemos la trampa, todo saldrá bien —le digo, sonriendo mientras me esfuerzo por acercarme.
Siento la distancia que ella está creando, y aunque no creo que sea lo correcto, también reconozco que debo ser cauteloso. No puedo actuar sin considerar la información que me ha proporcionado.
—Gracias por decírmelo —le digo, dándole la espalda para pensar con claridad en cómo descubrir lo que está tramando Fourier.
Si ha aparecido, seguramente es para buscar una manera de aprovecharse de la situación, de llevarse el crédito por nuestro logro. Garfield y Felt ya deben estar en camino, y nosotros debemos demostrar con más contundencia lo grave que es esta amenaza.
La presión aumenta al pensar en todos quienes conocen la importancia de encontrar un culpable.
La situación es delicada, y la estrategia debe ser precisa.
—Una vez que Erick hable, podré...
¡Bang!
El sonido del disparo resuena como un trueno en mis oídos. Mi cuerpo tiembla, y un ardor punzante surge en mi vientre, una ola de calor que se expande como un fuego voraz.
—¿Eh? —Miro hacia abajo y el horror me paraliza: un agujero oscuro se abre en mi abdomen, un chorro de sangre escapa y empapa la tela de mi ropa.
¡Bang!
—¡Muere! —La voz de Crusch retumba, distorsionada y a la vez clara, llena de rabia y dolor. Mi corazón late con fuerza, como un tambor de guerra, mientras el pánico se apodera de mí.
Intento girarme, pero mis piernas son solo peso muerto.
Caigo al suelo.
«No puedo moverlas».
Arrastro mi cuerpo hacia la puerta, la superficie fría del suelo me recuerda que estoy en un lugar real, pero cada centímetro que avanzo se siente como una lucha titánica.
—¡Muere! ¡Muere por todo lo que has hecho!
¡Bang!
El tercer disparo atraviesa el aire, y el mundo a mi alrededor comienza a desvanecerse. Las sombras se deslizan, y los ecos de recuerdos olvidados se mezclan con el sonido de su voz.
Los pasos se desvanecen, pero los gritos de Crusch son claros y penetrantes.
—¡Son balas Yang! ¡Hechas para matar a los monstruos que han caído a manos de la bruja! ¡Sabía que no eras normal! ¡Había una razón!
Miro el collar a mi lado, ensangrentado.
«Betty».
Veo a mi hija riendo, su risa como música en mis oídos.
Recuerdos de tardes pasadas con Emilia y Crusch, todos juntos, compartiendo bocadillos y sueños. La luz del sol entrando por la ventana, la calidez del momento; esos momentos se sienten tan vívidos que puedo casi tocarlos.
Sigo arrastrándome, cada movimiento se convierte en un esfuerzo monumental. El dolor en mi abdomen es solo una parte del sufrimiento; mi alma se siente pesada, atrapada entre el dolor de la traición y el anhelo de aquellos días felices.
—¡Debí hacer esto desde el momento en que te vi! ¡Tú, monstruo!
Aunque mi corazón quiera quebrarse, aun asi me preocupo.
—Crusch… ¿por… qué? —mi voz es apenas un susurro, un hilo de desesperación.
¡Bang!
La oscuridad me envuelve, pesada y fría, y siento que mi última vida se escapa, como un susurro en la brisa. Cada latido de mi corazón se vuelve más lento, y en medio de la penumbra, solo queda un profundo dolor.
«Qué cruel…»
La oscuridad me consume, llevándose mis pensamientos, mis recuerdos, y dejando solo un eco vacío en su lugar.
