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Septiembre

tick tock tick tock

—No recuerdo si dijimos que nos veríamos en la plaza o dentro del museo.

Draco sabía que Hermione hablaba sobre todo consigo misma, pero no pudo resistir el impulso de responder, un intento de resolver el problema. Cualquier cosa, en realidad, para acelerar su salida de la abarrotadísima plaza en medio del Londres muggle donde se encontraban, potencialmente esperando en el lugar equivocado para encontrarse con los padres de Hermione.

—¿No lo apuntaste en tu agenda?

Resopló molesta, claramente un no.

Intentó un enfoque diferente.

—Bueno, si no los vemos, ¿podríamos ir al museo? Hay mucha gente por aquí.

—Es un destino un poco turístico y estamos, —exhaló un suspiro, cambiando de peso mientras giraba la cabeza—, bueno, estamos en una zona muy céntrica. Oh, los veo al otro lado... sí, se dirigen al museo...

Le agarró de la mano y tiró de él a través de la multitud, cruzando los pasos de peatones, lo que se sintió un poco como engañar a la muerte por los pelos, y hacia el museo de arte donde Hermione quería pasar la tarde de su cumpleaños con sus padres.

Los espacios muggles no desorientaban a Draco tanto como solían hacerlo, pero había ocasiones, como esta, en las que la enorme cantidad de gente hacinada en un espacio público parecía imposible, o al menos improbable. Le recordaba a sus primeros días en Hogwarts; ningún conocimiento que hubiera tenido antes de ir al colegio podía prepararlo realmente para todas las complejidades de las escaleras cambiantes, las puertas trucadas y las laberínticas elecciones arquitectónicas.

Navegar entre la enorme cantidad de gente que había en el Londres muggle se parecía un poco a eso. Si ponías a Draco en un salón de baile abarrotado de una propiedad de los Sagrados Veintiocho, sabría qué escaleras podían tener peldaños falsos y qué retratos escondían pasadizos secretos. No conocía esos secretos sobre cómo funcionaba el mundo muggle.

Una vez resuelto el misterio de dónde encontrarse con los padres de Hermione, y cuando el bullicio de la plaza se desvaneció tras ellos, Draco pudo admitir que la elección de Hermione como entretenimiento vespertino no carecía de méritos.

Le gustaba el arte. La Mansión Malfoy tenía muchas obras decorando sus paredes y pasillos. Sin embargo, decidió que le gustaba más ver a Hermione disfrutar del arte que el arte en sí. Ella jadeaba mucho, se le escapaban ruiditos de los labios cuando algo le robaba literalmente el aliento. Ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía; la primera vez que él sacó el tema, ella simplemente le dio un manotazo en el brazo y le dijo que no le estaba permitido burlarse de ella en su cumpleaños.

Draco pasó buena parte de la tarde paseando con la señora Granger mientras iban detrás de Hermione y su padre.

—¿El arte no es de tu preferencia? —preguntó Draco mientras observaban a sus respectivos Grangers contemplar una obra particularmente vibrante.

—Lo disfruto tanto como el promedio de la gente, supongo. —Señaló con la cabeza a Hermione y al señor Granger—. A esos dos, sin embargo, todo les interesa. Aún no han encontrado el límite de lo que quieren aprender o de cuánto pueden amar.

La señora Granger echó un vistazo a una estatua que se alzaba cerca. Draco supuso que había sido esculpida con una habilidad excepcional, que tenía cualidades de arte, objetivamente hablando. Pero no vio nada digno de admiración más allá de una primera mirada.

—Soy más bien el tipo de persona que tiene una cosa que ama, y la ama con mucha fiereza. —Apartó la mirada de la escultura—. No amo el arte.

Draco se dio cuenta de que no podía apartar la vista de la cara de Hermione, que charlaba animadamente con su padre, seguramente analizando el cuadro que tenían delante.

—Yo tampoco, —dijo.

La señora Granger sonrió, y pareció como si entre ellos hubiera transcurrido una conversación completamente diferente y silenciosa. Una en la que el arte no tenía nada que ver con lo que se decía.

Solo toda una vida de tutores de etiqueta impidió que Draco volviera a escupir su bebida en el vaso.

—¿No te gusta? —Hermione lo miró con cara de auténtica decepción. Su elección de la pequeña tienda de bocadillos para almorzar después del museo parecía prometedora, pero ahora Draco tenía nuevas dudas sobre si disfrutaría de la comida.

—Tiene gas. Como una cerveza.

—Sí, ya te lo dije. Es una gaseosa.

—Es dulce. Más dulce que el zumo de calabaza. Dioses, Hermione, ¿cómo puedes soportar esto?

Al otro lado de la mesa, los padres de Hermione se rieron.

—Bueno, te estás ganando una excelente simpatía de mis padres, hablando así.

Enarcó las cejas.

—¿Oh?

—Es horrible para los dientes, —dijo la señora Granger.

Draco se giró hacia Hermione.

—¿Te sometes a esta pesadilla destructora de dientes porque...?

—Solo se me permitía una en mi cumpleaños. Pensé que, ya que estábamos aquí, podría darme el gusto. No los tengo normalmente...

—Una elección inteligente, cariño, —interrumpió el señor Granger. Cambió su atención hacia Draco—. ¿Te gustó la exposición?

Desde su periferia, Draco habría jurado que vio la boca de la señora Granger torcerse, solo un poco, hacia una sonrisa.

—La cantidad de arte es impresionante. Tener tanto arte en un solo lugar, ¿de dónde viene todo? —preguntó.

Varios encogimientos de hombros giraron alrededor de la mesa.

—Donaciones, creo, —dijo Hermione—. Testamentos de haciendas, guerras. Cosas así.

—No puedo imaginar que la mayoría de las viejas familias de magos quisieran regalar su preciado arte. Qué raro.

Hermione intervino, con la cabeza ladeada y la boca convertida en una sonrisa pensativa, mientras recogía los hilos de su pensamiento y continuaba con ellos.

—Supongo que ahora que lo pienso, la mayoría de las fincas antiguas son su propia clase de museos. La Mansión Malfoy sin duda lo es.

No fue necesariamente que alguien dijera algo, o que hubiera una respiración agitada, o cualquier otra indicación típica de sorpresa. Pero Draco vio que la postura en la mesa cambiaba, apenas, cuando los padres de Hermione oyeron, entendieron y reaccionaron a lo que ella acababa de decir.

Draco miró al otro lado de la mesa y encontró las cejas del señor Granger levantadas por encima de la montura de sus gafas.

—¿Una mansión? —preguntó, con una sonrisa burlona en el rostro—. ¿Tu familia tiene una mansión?

Draco se aclaró la garganta. Nunca, en toda su vida, se había sentido incómodo por ese hecho. Lo más cerca que había estado de ello habían sido las veces en que Hermione y él habían luchado por encontrar un equilibrio entre el deseo de ella de contribuir económicamente a su situación y el total desinterés de él por recibir dinero de ella, ya que siempre había tenido suficiente. Pero había algo en su mesa poco espaciosa de un restaurante abarrotado que hacía que ese estatus, esa parte inextricable de lo que él era, se sintiera juzgada.

—Ah... sí. Así es. Somos una familia de magos muy antigua, como puedes, —miró a Hermione, que movió la cabeza lo suficiente como para que él supiera que lo hacía como un gesto negativo—, o puedes no saberlo. —Intentó reprimir la tensión en el pecho, dividido entre el impulso de presumir de que probablemente podría comprar todo el maldito restaurante si quisiera, y gritar que no podía evitarlo, no podía. Había nacido en la familia en la que había nacido.

El dinero era a la vez un regalo y una carga, según el día.

La madre de Hermione soltó una breve carcajada.

—Supongo que eso explica los modales...

—Y la postura, —añadió el Sr. Granger.

Draco parpadeó al sentir que estaba siendo inspeccionado.

—¿Yo... qué?

—Bueno, eres muy elegante, ¿no?

—¿Sí?

Ellos no podrían decirlo, basándose en la repentina incapacidad de Draco para decir una frase sin tropezar con sus palabras.

Hermione se limitó a asentir con la cabeza, mientras se reía en su asquerosamente dulce y efervescente bebida. La tensión en el pecho de Draco se transformó, pasando del juicio a la broma.

—Solo estamos bromeando contigo, cariño, —dijo la señora Granger. Por un momento, sonó igual que Narcissa: el mismo término cariñoso y todo eso. Pero por los ojos marrones, la piel aceitunada y el pelo castaño, toda la frase tenía otro color—. No es que Hermione no haya tenido una vida cómoda.

—Nos ha ido bien, —dijo el Sr. Granger—. No muy bien como para una mansión, pero a ella no le ha faltado de nada.

Draco no estaba seguro de cuándo la mano de Hermione había encontrado la suya debajo de la mesa, pero la apretó con tanta fuerza que empezó a preocuparle que pudiera romperse un hueso. Tardó varios segundos en comprender por qué, mientras veía a sus padres sonreír, desprevenidos, al otro lado de la mesa.

Había anhelado mucho durante el tiempo que pasó sin ellos. Se preguntó si lo sabrían, si tendrían alguna idea de cómo había sido su vida cuando literalmente buscaba comida mientras luchaba en una maldita guerra. Tragó saliva, con la garganta apretada por una ira creciente que no tenía un objetivo real.

Sabía una cosa con certeza: acababa de tomar las riendas de la conversación. Hermione necesitaría un minuto.

—Ya veo, —dijo, ofreciendo un pulso de presión a la mano de Hermione por debajo de la mesa—. Creo que prefiero ese tipo de bromas a las amenazas de usar tus herramientas conmigo, esos taladros y cosas así. Nunca sé si lo dices en broma.

El señor Granger soltó una gran carcajada, una carcajada franca, el tipo de carcajada que llamaba la atención de los extraños por su repentino volumen. La señora Granger hizo un magro intento por contenerlo.

—No te preocupes, hijo, —dijo, lanzando a Draco su propio uso del cariño, uno con implicaciones que se aferraron como enredaderas a la piel de Draco y luego se le metieron en los huesos—. Ese es el tipo de cosas que solo pediríamos a la familia. —La risa del señor Granger se había aplacado, sustituida en su lugar por un despreocupado pero punzante levantamiento de cejas, lo suficiente para que su afirmación se convirtiera en una pregunta si uno decidía leerla de ese modo.

Draco pensó en el anillo que una vez más había sacado de la caja fuerte de su familia. En el traslador que había hecho crear a Theo y que le llevaría a pasar un fin de semana en Italia para celebrar el cumpleaños de Hermione. Y luego, con suerte, para celebrar mucho más.

La mano de Hermione se había aflojado lo suficiente como para que Draco pudiera sentir de nuevo las yemas de sus dedos. Sin embargo, no miró a ninguno de ellos, de repente bastante interesada en su bebida.

—Algún día, entonces, —dijo Draco.

La señora Granger sonrió, su marido dijo muy poco y Hermione continuó fascinada con su bebida.

Después de comer, tras adorar a trompicones las exposiciones que habían visto y mantener conversaciones informales sobre sus respectivos planes para la noche, se despidieron en el ajetreado sendero que salía del restaurante.

—Deberías pensar en comprarte un móvil, cariño. Te facilitaría mucho la coordinación, —sugirió la señora Granger al final de un abrazo con Hermione.

A Hermione se le iluminó la cara, más emocionada de lo que había parecido durante gran parte de la comida.

—Debería... sí. Podría conseguir uno para Draco, también.

No entendía por qué iba a necesitar uno, y así lo expresó mientras caminaban hacia su punto de aparición.

—Bueno, estaría bien no tener que enviar un Patronus si necesito contactar contigo rápidamente.

—¿Pero es una cosa? ¿Que tendría que llevar conmigo? —Sus cejas se fruncieron, intentando comprender por qué demonios pensaba ella que llevar una cajita de tecnología muggle conseguiría para él algo que su varita no podía lograr.

Ella sonrió mientras él los conducía a un callejón y hacia el punto de aparición. Cuando se detuvieron, se puso de puntillas y le besó la mejilla.

—Probablemente voy a conseguirte uno de todos modos.

Resistió el impulso de poner los ojos en blanco. Ella lo había dicho como si con eso estuviera todo dicho.

—Hoy lo he pasado bien, —dijo—. ¿Disfrutaste de tu tarde de cumpleaños con tus padres?

Se mordió el labio, pero asintió.

—Ha estado bien, en general. Cada día es un poco mejor, ¿sabes? Toda esta tarde parecía muy normal.

—¿Y esa parte durante la comida? —Entrelazó sus dedos con los de ella, un recordatorio del ataque que ella había lanzado contra sus falanges.

—No lo saben.

—¿Lo sabrán alguna vez?

Sacudió la cabeza.

Apareció por ellos. Ella manejaba mucho, él podía manejar la magia.

El búho real de los Malfoy llegó en mitad de la noche. Era el primer día oficial del otoño, horas antes de que se activara el traslador sorpresa de Draco para llevar a Hermione a Italia. Draco había pasado la tarde anterior preparando varias pociones estándar para acumular existencias para la tienda que él y Blaise podrían o no acabar alquilando a las afueras del callejón Knockturn. Draco estaba casi seguro de que por fin había convencido a Blaise de que un modelo de negocio de pedidos de lechuzas podía funcionar, hasta que Blaise entró en su despacho con un contrato de alquiler y un recordatorio tácito sobre quién de los dos tenía un historial de negocios más exitoso.

Hermione se sentó con él mientras preparaba la infusión, leyendo una revista de herbología que incluía el trabajo que Longbottom había estado haciendo con el díctamo. Leía los pasajes más interesantes y le rascaba distraídamente las orejas a Crookshanks mientras Draco picaba, troceaba, trituraba y mezclaba los ingredientes.

Más tarde, con sus pociones bajo un amuleto de estasis, la estrechó contra uno de los bancos de trabajo, con los cuerpos sellados de pies a cabeza. Ella fingió estar preocupada por sus pociones, igual que él había fingido preocuparse por los últimos y mejores descubrimientos en injertos de plantas.

Se la folló sobre la mesa, con los bordes de madera mordiéndole la parte posterior de los muslos, que curó con un ungüento que había preparado horas antes. Le dejó arañazos en la nuca, con las uñas romas clavadas en la nuca; esos no los curó.

Así que, horas más tarde, cuando la lechuza llegó mucho después de que hubiera encontrado un sueño tranquilo, Draco se despertó con el corazón golpeándole detrás de las costillas, al ritmo de los golpecitos en la ventana de su dormitorio. La confusión le nubló el cerebro, una serie abrasadora de preguntas de qué y por qué y quién y dónde mientras sus pensamientos daban vueltas, sacados de la inconsciencia demasiado deprisa.

Los dedos helados de Hermione, la única parte de ella que se enfriaba mientras dormía, se clavaron en su espalda baja, empujándolo hacia el borde de la cama, obligándolo a levantarse, despierto, para hacer frente a los golpes en la ventana. Podría haberse reído de lo adorablemente adormilada que parecía, empujándole fuera de la cama mientras ella estaba casi dormida, pero se le cayó el estómago cuando la situación se agolpó en su cerebro nublado por el sueño.

Un búho real de los Malfoy esperaba en su ventana, trayendo consigo una inmediata sensación de presentimiento.

Draco se levantó de un salto y las sábanas se le engancharon entre las piernas, haciéndole tropezar al intentar quitárselas de encima. Hermione se incorporó, alerta ante su repentino movimiento. Abrió la ventana y se le puso la piel de gallina al sentir el ligero frío otoñal en el aire. Apenas registró la llegada de Hermione a su lado, cerrando la ventana tras la lechuza que se posaba en uno de los postes de su cama, claramente esperando un pago o una respuesta.

—¿Qué pasa? —preguntó Hermione, sosteniendo su varita sobre el pergamino, ofreciéndole un lumos. Había estado tan atrapado por la fría preocupación que le recorría la espina dorsal que había pretendido luchar contra la oscuridad para leer. Ella siguió su lumos con un tempus, alertándole de la hora exacta a la que le habían enviado la carta, fuera lo que fuese: las dos y media de la madrugada.

Unas espinas diminutas y feroces le pinchaban la piel, punzadas de miedo que se registraban como dolor.

—Mi padre, —dijo Draco. Se obligó a tragar saliva por el nudo que se le había hecho en la garganta. Intentó dar más detalles, decir algo más, pero la garganta se le cerró, las palabras se escurrieron, líquidas y resbalaron hasta su estómago, donde se cuajaron.

Hermione tomó la carta de sus manos, escaneándola rápidamente. Soltó un fuerte suspiro, haciendo que un rizo flotara entre ellos por un momento. Él vio cómo se elevaba, impulsado por su aliento, y cómo volvía a caer sobre su cara. Él la miró.

—Vamos a vestirnos, —dijo.

Y lo hicieron.

El mes pasado había visitado San Mungo por un motivo maravilloso: un nacimiento, una vida, una génesis.

Ahora, lo visitaba sin saber si su padre ya había encontrado su fin.

El ascensor hasta el pabellón de daños por hechizos casi hizo perder a Draco la compostura que apenas podía mantener. Sus nervios aumentaban a medida que el ascensor se detenía en casi todos los malditos pisos.

—¿Por qué mamá esperó tanto para enviar un mensaje? —preguntó Draco a la reja de latón que cruzaba las puertas del ascensor—. Si ocurrió después de cenar... —se interrumpió, sacando el reloj de bolsillo: eran casi las tres de la madrugada.

Hermione no contestó; no podía. Pero su mano encontró el espacio entre los omóplatos de él, rozándolo con movimientos lentos y tranquilizadores hacia arriba y hacia abajo. Sabía que aquello debería haberle relajado, reconfortado, pero lo único que consiguió fue irritarse.

Debió de sentir la tensión: sobre él, a su alrededor, convertida en él.

—A lo mejor estaban pasando muchas cosas, o no podían localizarte, o...

—Para, —espetó—. Si hubiera estado en la mansión...

—Eso no es pensamiento productivo...

—¿Qué coño importa la productividad si es verdad? —Se acercó a la rejilla del ascensor, fuera de su alcance.

—Si hubiera ocurrido mientras cenaban fuera, que vivieras en la mansión no habría cambiado nada. No sé por qué es lo primero que piensas...

—No estás ayudando.

Inspiró. Aguantó la respiración. Lo dejó salir.

Oyó a Hermione detrás de él. Su voz vaciló, sonando confusa.

—Lo sé.

—Lo siento. —Se pellizcó el puente de la nariz.

—Lo sé.

El ascensor se abrió y los liberó.

Draco dejó que Hermione hablara con la enfermera, preguntando por la habitación de su padre. La culpa había tomado su lengua como rehén, golpeado su corazón, convertido en un intruso inexplicable y no identificado en su hogar. ¿Por qué se sentía tan culpable por algo en lo que no había tenido nada que ver? Entendía el miedo. La inquietud, la preocupación, la fría y punzante anticipación. Pero la culpa consumía todo lo demás, anulando su capacidad de sentir cualquier otra cosa.

Se detuvieron ante la puerta de su padre. Un nuevo cosquilleo de ansiedad le recorrió la piel; Draco miró a Hermione.

Le dedicó una sonrisa tensa y cansada.

—Estaré aquí fuera. —Señaló con la cabeza una sala de espera atestada de sillas de aspecto incómodo y tapicería raída y manchada.

—No sé cuánto tiempo estaré...

—Estaré aquí el tiempo que haga falta.

Ella le había estado sujetando la mano. Él ni siquiera se había dado cuenta. Ella apretó una vez y se volvió hacia la sala de espera.

Draco encontró a su madre al lado de su padre, anormalmente erguida en una silla junto a su cama, con la mano entrelazada. Tenía varios mechones de pelo que se le escapaban del moño, sombras que empezaban a formarse bajo los ojos y una mancha de algo que se parecía muchísimo a sangre seca justo por encima del escote, subiendo por el cuello.

Draco sintió el doble de culpa cuando ella levantó la vista, con los ojos desorbitados, se abalanzó sobre él y le ofreció el abrazo más abierto y genuino que habían compartido en años. Pero él sabía cómo interpretar ese papel, lo había aprendido hacía muy poco. Consolar a su madre en lugar de ser consolado.

Draco observaba a su padre por encima de la cabeza de Narcissa. Dormía, tan pálido que su piel casi hacía juego con su pelo, el pelo de Draco, con una manta fina y de aspecto rasposo que lo cubría hasta el pecho.

—Lo mantienen inconsciente, —dijo su madre contra su torso antes de alejarse finalmente, volviendo a su vigilia. Draco se quedó de pie a los pies de la cama, sintiéndose demasiado fuera de lugar para encontrar asiento.

—Fue una maldición muy fea, —dijo acariciando la muñeca de Lucius, a lo largo del pulgar, antes de estrecharle la mano con la suya—. Le hizo cosas terribles, —hizo una pausa, miró el torso de Lucius y volvió a intentarlo—, por dentro. Pero ya está casi curado. Solo descansa, para evitar complicaciones.

Sus pensamientos se desconectaron al final, fragmentos de significado que Draco supuso que tenían sentido en su cabeza, pero que se perdieron en algún lugar entre la creación y la entrega.

La culpa volvió a asomar la cabeza.

Allí tumbado, Lucius parecía tan frustrantemente humano. Una persona infalible anulada por una manta raída.

Narcissa debió ver algo en la apreciación de Draco.

—Ya he intentado conseguir una habitación en un pabellón privado... como si se hubieran olvidado de que hemos hecho importantes donaciones a estas instalaciones en el pasado...

—Madre, es... ¿sabes por qué alguien lo maldijo?

Dejó de enumerar las diversas donaciones específicas que la familia Malfoy había hecho al hospital a lo largo de lo que parecían los últimos veinte años.

—Estábamos cenando. Caminando hacia un punto de aparición, cariño. —Una mirada distante y oscura le robó su belleza, deformando sus rasgos en el espacio de un parpadeo—. Dudo que hubiera otra razón que no fuera el odio hacia nosotros. Los aurores han abierto una investigación. Sospecho que pondrán tanto empeño en este caso como el Wizengamot puso en las apelaciones de Lucius.

Mantenía los ojos fijos en su marido, con una expresión que oscilaba entre la angustia y la adoración. Draco se sintió como un desafortunado voyeur.

Y a pesar de todo, a pesar de las amenazas, los ultimátums, el sentimiento general de inutilidad, la verdad permanecía. El padre de Draco seguía siendo su padre: yacía inconsciente en una cama de hospital, habiendo escapado por poco de la muerte.

No era la primera vez que Draco se preocupaba por perder a su padre. Y no se sentía diferente a como se había sentido antes.

¿Había algo tan malo en querer que Lucius estuviera sano? ¿Vivo? ¿A pesar de todo lo demás?

Con un suspiro parecido a la resignación, Draco se sentó en una silla en la esquina de la habitación y esperó.

La culpa le quemaba, le hacía sudar. Desesperado, Draco ocluyó. Hacía mucho tiempo, más de un año, por lo menos, que no recurría a esa magia mental. Lo recibió con frialdad, pero con la calidez de un viejo amigo, una forma confiable de sobrellevar la situación.

¿Qué otra cosa podía hacer? Draco se quedó mirando a su padre, una gran parte de esta pequeña familia, mientras yacía en una cama de hospital. Parecía tan quebradizo, tan humano. Y Draco no sabía cómo manejar eso. No algo tan grande, tan pequeño.

Tal vez de ahí provenía la culpa. Después de esforzarse tanto por convencerse de que no era así, Draco no podía negar que lo único que deseaba, aunque el hielo le inundara las venas y se lo quitara todo, era amar a su padre y ser amado a cambio.

Los sueños de toda una vida como ese no morían de la noche a la mañana. Morían en pedazos. En habitaciones de hospital. En mesas de comedor. Sobre contratos matrimoniales. En la guerra. Y si no morían del todo, incluso los fragmentos más pequeños que quedaban bajo la piel, supuraban.

Draco no había planeado volver a comer en la Mansión Malfoy hasta dentro de una semana, pero no podía soportar la idea de ver a su madre sentada en aquella casa obscenamente enorme, comiendo sola. Hermione insistió en que fuera. Siempre tan gentil y amable, insistió en que no necesitaba seguir disculpándose por haberle gritado cuando estaba enfadado. O por haberla hecho esperar casi tres horas sentado con su madre, pensando que, si se quedaba un minuto más, tal vez Lucius se despertaría y lo vería allí, el hijo devoto que siempre había estado destinado a ser.

Pero Lucius no se despertó, ni le dieron el alta al día siguiente.

Ligeras complicaciones con el Crecehuesos en las costillas.

Nada de lo que Draco debiera preocuparse, según Narcissa. Solo significaba que lo mantuvieron inconsciente más tiempo del previsto, en el hospital más tiempo del esperado. Narcissa solo regresó a la mansión para comer con Draco cuando los sanadores insistieron en que Lucius no despertaría hasta la mañana siguiente, después de una nueva ronda de Crecehuesos, y que ella debía marcharse y cuidar de sí misma. Draco lo sabía porque había estado allí, demorándose en un pasillo del hospital en lugar de llevarse a Hermione a Italia con la intención de declararse.

Mientras Lucius yacía inconsciente, Narcissa revoloteaba a su lado. Draco merodeaba y Hermione esperaba cerca. Todo aquello tenía un extraño aire retrógrado que le hizo preguntarse cómo habían llegado hasta allí, piezas del juego en las casillas equivocadas, sin desempeñar correctamente sus papeles.

Aquella noche, Draco cenó con su madre en el comedor más pequeño, una mesa en la que solo cabían seis personas como máximo. El menú se había reducido a tres platos, y solo Tilly entraba y salía, repartiendo y retirando la comida. Aun así, fue una buena comida, por muy limitado que fuera el servicio. La persistente culpa, el miedo y la confusión de Draco agriaron sus papilas gustativas, convirtiendo lo que podría haber sido una encantadora sopa de otoño en algo más parecido a la bilis.

—Estoy haciendo que Topsy limpie una de las habitaciones libres de nuestra ala, —dijo Narcissa, con los ojos puestos en su copa de vino—. Tiene mejor sol de mañana, bueno para la convalecencia de Lucius.

Draco carraspeó, se tragó su malestar y apartó el plato de sopa.

—¿Y cuánto tiempo creen los sanadores que necesitará?

—No mucho. Pero me gustaría que fuera lo más agradable posible. Lucius prefiere las mañanas, así que un poco de luz matutina. Estoy moviendo las ventanas para asegurar un sol óptimo.

—Moviendo las ventanas, por supuesto.

La mano de Narcissa, que había estado apoyada en el mantel, se deslizó por el borde y desapareció de su vista. Por la forma en que movía los brazos y los hombros, Draco tuvo la sensación de que su madre había juntado las manos en el regazo: un movimiento cuidadoso y medido siempre que tenía algo que decir, pero no quería soltar demasiado.

—Saco esto a colación para decirte que he encontrado algunas cosas que pensé que te gustaría tener, —una pausa, un parpadeo de los apliques que ensombrecían casi tanta luz como la que producían—, ahora que has decidido vivir por tu cuenta.

Sinceramente, Draco no podía saber si con sus palabras pretendía excluir intencionadamente a Hermione de su convivencia, o simplemente enfatizar que ya no vivía con ellos en la mansión. En vista del reciente estrés de Narcissa, pintado con sombras azuladas bajo los ojos, Draco optó por concederle el beneficio de la duda.

—¿Qué tipo de cosas? —preguntó con cuidado, la sospecha apoderándose de él.

—Fotos, sobre todo. De tu infancia.

—Oh... gracias. Estaría bien tenerlas.

Narcissa sonrió, los labios cerrados estirando la cara, las cejas fruncidas mientras sus expresiones luchaban entre sí. Murmuro un reconocimiento y bebió un sorbo de vino, con sus bonitas uñas pintadas golpeando el cristal en un momento de ausencia, mientras dejaba la copa en la mesa. Sus ojos se desviaron hacia el sonido como si solo entonces se diera cuenta de que lo había hecho.

Su mano volvió a retirarse bajo el tablero de la mesa.

—¿Le diré a Topsy que las envíe?

Draco sacudió la cabeza, probablemente demasiado rápido, para declinar la oferta.

—Las llevaré conmigo, si no te importa. —No pudo evitar la confusa inclinación de cabeza de Narcissa—. Tengo nuevas protecciones. No están preparadas para los elfos. No hemos recurrido a Topsy en los últimos meses.

Vio cómo la confusión de Narcissa se convertía en ceño fruncido, en decepción.

—¿Nuevas protecciones? —preguntó.

—Sí. Hermione las preparó con Theo.

En el momento de silencio que siguió, en una mesa para seis, en un comedor oscuro y poco frecuentado, Draco se preguntó si era la primera vez que mencionaba directamente a Hermione por su nombre. Realmente no lo recordaba. Todas las cosas que debía decir sobre ella, preguntar por ella, hablarles de ella, se habían confundido y mezclado en las tumbas de buenas intenciones que seguía cavando con sus malas decisiones.

Narcissa no dijo nada al respecto. Su mano volvió a aparecer, alcanzó su vino, bebió un sorbo, devolvió la copa a la mesa y desapareció. Draco no pudo evitar la sensación de que ella había considerado y descartado varias posibles respuestas en el espacio de aquella única y suave acción.

—Fui a Gringotts a principios de este mes, —dijo ella, sorprendiéndolo con un tema de conversación que él no había esperado en lo más mínimo—. Ahora que se acercaba nuestra gala de Halloween, quería seleccionar entre algunas joyas menos usadas de la colección familiar.

Draco se encontró buscando su propio vino, retraso y distracción todo en uno.

—Los duendes mencionaron que has ido a visitar las bóvedas de las reliquias más de una vez este año.

Ella no le miró, sino que se fijó en su oreja izquierda, o justo por encima de su hombro izquierdo. Vio cómo se le tensaba la mandíbula y se le cerraba la boca al respirar por la nariz. Él no sabía qué decir.

—¿Lo hiciste? —preguntó ella, y podría haber significado varias cosas. Él lo interpretó como lo más insignificante. ¿Visitó la bóveda?

—Sí, madre. Lo hice.

Sus ojos recorrieron la corta distancia que los separaba del espacio justo al lado de su cabeza para encontrar los suyos. La luz de la chimenea del comedor se reflejaba en los suyos, oscureciendo su azul con un naranja acuoso. No estaba seguro de lo que haría si su madre empezaba a llorar.

—¿Tienes, —se le escapó la voz, una grieta en la fachada por un momento—, algo importante que quieras compartir conmigo?

Si le había pedido a Hermione que se casara con él y no se lo había contado, quiso decir.

—Todavía no, madre.

Casi parecía aliviada, y era una conversación terrible en la que estar metido. Sinceramente, había pensado que sería mejor no tener a Lucius amenazante y silencioso al final de la mesa. Draco se había sentido extrañamente, culpablemente optimista, al pensar que una comida compartida solo con su madre podría resultar en algo un poco más relajado, un poco menos tenso.

Casi no la oyó cuando le hizo la siguiente pregunta.

—¿Eres feliz?

Draco levantó la vista de donde había estado considerando seriamente si podía o no discernir a simple vista el número de hilos del mantel. Se dio cuenta de que no sabía con certeza si ella se lo había preguntado directamente alguna vez en su vida adulta.

Si realmente lo pensaba, se lo había preguntado en la escuela, aunque no tan directamente. ¿Disfrutas de las clases? ¿Haces amigos? ¿Te diviertes con el Quidditch? Todas formas de preguntar por su felicidad sin llegar a hacerlo, supuso. Pero esto era directo. Y parecía sincero. Genuino.

Así que respondió tan claramente como le habían preguntado.

—Más de lo que nunca he sido. Creo que algún día tendrás que decidir cuánto significa eso para ti.

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Nota de la autora:

Con mucho cariño y aprecio a mis queridas icepower55, Endless_musings y persephone_stone por todo su apoyo alfa/beta. Este capítulo también marca el final de la participación de icepower55 en calidad de beta, aunque su generoso apoyo moral y su influencia literaria sin duda permanecerán. (Y menos mal que por fin he descubierto cómo dejar de abusar tanto de las frases preparatorias, porque si no tendríamos problemas sin ella xD) No puedo agradecerle lo suficiente todo el tiempo y la energía que ha dedicado a discutir conmigo sobre la historia, a hacer de beta, a gritarme por mis frases largas y a ser una amiga excepcional en general.

Y muchísimas gracias, como siempre (¿estamos cansados ya de mi efusividad?) a cada una de las personas que leen esta historia. Me impresiona ver los comentarios tan atentos, las preguntas tan divertidas e interesantes y todo el entusiasmo que despierta esta historia monstruosa, que se acerca rápidamente a las 200.000 palabras. ¡Muchas gracias por leer! ¡Me alegra muchísimo saber que a la gente le sigue gustando! ¡Nos vemos el lunes!