Ya no queda Nada


La oscuridad del estrecho túnel envuelve a Marco y a John, mientras sus pasos se ven interrumpidos por la súbita revelación de la traición.

Marco detiene sus pasos, desconcertado ante las palabras de John. La estrechez del lugar y la tierra a su alrededor crean una atmósfera asfixiante.

Un gemido escapa de John, y la sangre brota de su costado, dibujando un cuadro macabro de resignación en su mirada. Las acusaciones de John parecen infundadas, palabras sin base que acusan a María, la única persona que mostró apoyo a Marco junto a él.

Una bala le ha atravesado el vientre.

—Ella sabía todo, y planificó la muerte de tus padres —afirma John, mientras la sangre mancha sus palabras.

Palabras sin sentido.

«María, la que ama a Marco, no sería capaz de tal traición.»

John saca su celular, mirando hacía Marco mientras este no puede entender lo que está sucediendo. Ni siquiera puede reaccionar a la herida de John. En mi corazón no hay más que confusión.

—Él debe ser solo mío. —A través del teléfono, se escucha claramente la voz distorsionada de María.

La risa de María suena como una traición, pero algo en mi interior me dice que no puede ser cierto.

«Debieron engañarlos a ambos. No puede ser que ella no te ame después de todo lo que has hecho por ella», pienso, tratando de encontrar sentido en la traición.

De repente, un estruendo ensordecedor corta el aire. La mejilla de Marco se quiebra bajo el impacto de una bala. El dolor es insoportable, y tras ello de unas entradas del túnel aparecen soldados.

—¡Quietos, ejercito nacional! —Gritan los soldados mientras apuntan desde un lado del tules, acercándose cada vez más.

Ambos toman cobertura desde un lado, disparando y reteniendo a los soldados. La herida en su vientre es clara, y cada vez su rostro se palidece más y más. John sigue disparando, sin embargo, sus balas no logran dar a ningún objetivo.

—Corre, no mires atrás —le insta John, sacrificándose por la seguridad de su amigo.

Los pensamientos de Marco se entremezclan con el miedo y la incredulidad.

Para cuando se da cuenta, se encuentra a varios metros de John.

«Hui»

Corre con desesperación, el frío del túnel y la confusión atormentando su mente.

«Hui»

«Lo siento»

La disculpa interior de Marco resuena, pero la determinación se apodera de él.

«No lo debo abandonar, debo actuar ahora y ayudar a mi amigo»

Las palabras de Marco revelan su voluntad de enfrentar lo desconocido, aunque el terror y la confusión se reflejen en sus ojos.

«¡Dejen de moverse!»

Las piernas de Marco no se detienen, casi como si tuviesen conciencia propia, su deseo de salvar su vida sigue persistiendo.

«Hui»

Las revelaciones sobre María lo sumergen en una espiral de emociones turbulentas.

«Lo siento»

Las paredes del túnel parecen cerrarse, y la realidad se desdibuja en un mar de incertidumbre.

«Hui»

La disculpa mental de Marco se repite, pero la mente de él ya no tiene espacio para el razonamiento. Puedo sentirlo, en el corazón de Marco solo hay un sentimiento.

Odio.

¡Boom! Un estruendo final retumba, marcando el inicio de una carrera contra el destino incierto.

El túnel retumba y los escombros caen, indicando el fin de los disparos. Marco, con el corazón lleno de odio, sale de los túneles y se adentra en la selva. Saca unas granadas de un orificio escondido y termina por derrumbar el túnel.

«John...» resuena en su mente, un eco de pesar que se mezcla con la ardiente llama del odio.

Después de horas de correr, Marco llega a una casa imponente en medio de la selva, oculta por su oscuro tono verde. Guardias lo apuntan brevemente, notando la herida en su oreja, secuela del enfrentamiento.

Marco, con una mirada decidida, es conducido hacia Oscar.

Los guardias toman sus pertenencias mientras uno le brinda apoyo para caminar. En la habitación, Marco encuentra a Oscar con un vendaje en el brazo, señal de que también ha sufrido heridas.

La mirada molesta de Oscar mientras toma notas en su cuaderno trae un atisbo de satisfacción a Marco.

—¿Cómo supieron nuestra ubicación? —pregunta Marco, creyendo que sabe que la traición proviene de alguien cercano.

A pesar de la sospecha, Oscar sonríe y le da una mirada significativa. Marco espera pacientemente a que hable.

—Tenía un contacto en el gobierno. Nos aseguraba que no habría equipos de búsqueda donde operamos —explica Oscar, dejando que las palabras floten en el aire.

«Sus palabras no acusan directamente, pero la sospecha es evidente.» Marco sabe que, aunque le contó a María sobre su ubicación, fue un descuido inocente.

Oscar, con una sonrisa, continúa hablando. Marco, imperturbable, espera la revelación completa.

—¿Por tu recompensa y la mía? Dudo que alguien lo haga por eso. Al final, se gana más con el negocio de la droga —comenta Marco, evaluando las posibilidades.

El gesto negativo de Oscar confirma que el traidor no fue motivado por intereses económicos típicos.

—Tu no lo comprendes porque no eres parte de nosotros. Para un criminal, traicionar significa poder seguir en el poder, u obtener un nuevo poder —explica Oscar, intentando hacer entender a Marco la complejidad de las motivaciones detrás de la traición.

A pesar de las explicaciones, Marco no parece convencido. En lugar de insistir, pasa a informar a Oscar sobre el paradero de la máquina, omitiendo mencionar a John, consciente de que a Oscar no le interesa.

Como respuesta, Oscar señala hacia arriba, insinuando que hay más en juego de lo que Marco podría comprender.

—Pude rescatar a la chica, pero sus padres...

La sangre comienza a correr por sus venas, densa y profunda, un sentimiento que consume toda capacidad de pensar.

Ira, una emoción que ciega de toda capacidad de razonar.

Y yo, debo contenerlo por su bien. Debo soportarlo si quiero salir adelante. «¡Debes aguantar! Su ira, su intención asesina.»

Este no es el Marco que yo conozco.

«No me gusta este Marco.»

Marco deja a Oscar y sale de la habitación.

Toma la pistola, y sube a toda velocidad. Abre la puerta, jadeando por el cansancio. No le importa su estado, no le importa si no ha descansado, si está herido.

Los ojos inyectados con sangre de Marco son todo lo que puedo ver.

La visión en la habitación tampoco es esperanzadora. Mis manos tiemblan, pero mi corazón ya no tiene cabida para el miedo ni la tristeza.

Odio a este Marco.

¿Lo odio?

¿Por sucumbir ante la debilidad?

«Yo...»

—¡Yo no! ¡Yo lo hice! ¡No! —María se encuentra en el suelo, agarrándose la cabeza con fuerza—. ¡Yo lo quería! ¡Por eso yo!

María mira a todos lados, desesperada, con uñas comidas y sangrantes, su cabello parcialmente arrancado. De alguna forma, la visión de la mujer que fue un pilar en la vida de Marco, aquella que era la única que podía salvarlo, ha desaparecido por completo.

Aquella mujer fuerte ya no existe.

—¡Bienvenido! ¡Mi amor! —María corre hacia Marco para abrazarlo, lo rodea con sus brazos, pero Marco no siente más que asco.

No es su culpa; ella es solo una víctima.

Pero Marco no parece verlo.

María, una vez fuerte, ahora está quebrada en mil pedazos.

—¡Te extrañé! ¡Mis padres! —sus lágrimas brotan, pero Marco detecta algo en el ambiente. Una pequeña niebla purpúrea.

El ambiente se tensa, una oscura sensación envuelve la habitación. Echidna, con una mirada penetrante, sabe que es lo que se desencadena. Ella mira la pantalla con una sonrisa, mientras yo aprieto mis manos con fuerza.

Ya Betty y Marco me explicaron, no me dieron detalles, pero si me contaron de que se trata. Algo que Marco posee en grandes cantidades, algo que consume su fuerza y tiene que contener.

Algo con lo que me relación a mí, algo que viene de la bruja de la envidia:

—Miasma.

Mi respiración se agita, mi corazón late con fuerza, y mis manos se clavan en sí mismas, las uñas perforando la piel. Fue en mi mundo donde alguien desató la perdición, la bruja con la que me comparan.

Marco entra, cierra la puerta, tratando de descifrar el origen de esta ominosa sensación. Es la primera vez que la veo, y este Marco, parece ser que también es su primera vez.

Marco me había comentado que no podía verlo, pero este Marco es diferente; se ve tan claro que incluso yo estoy sorprendida.

¿Por qué Marco puede verlo y yo no?

Una máquina emite un líquido espeso que se evapora en el aire. Marco intenta apagarla, pero no encuentra una fuente de energía, solo un cristal oscuro y purpúreo.

Su mano se dirige hacia el cristal.

—¡No lo detengas! ¡No lo apagues! —María, impulsada por una fuerza desconocida, empuja con todas sus fuerzas a Marco. Sin embargo, él se recompone, la reduce y la deja en el suelo de un golpe que resuena en la habitación.

El corazón de Marco, mi corazón.

Solo puedo sentir odio.

Marco destruye el dispositivo al instante, guardando el cristal en su bolsillo. Entonces, mi visión se nubla.

—¡Agh! —Marco agarra su cabeza, cayendo al suelo.

«¡Mátala!».

El pensamiento que Marco había intentado ocultar emerge con fuerza.

«¡Mátala!». «¡Mátala!». «¡Mátala!». «¡Mátala!».

Sus deseos, sus intenciones. El oscuro abismo se revela.

—Qué interesante, de verdad, muy interesante. —Miro la sonrisa de Echidna, pero de repente me encuentro encima de ella.

No puedo detenerme.

—¡Te odio! ¡Tú me hiciste ver esto! —clavo mi puño en su rostro.

«¡Mátala!».

Mi cabeza empieza a doler, pero no puedo evitarlo. La odio, la detesto con cada fibra de mi ser.

Echidna sonríe, pero mis golpes lentamente borran esa sonrisa.

—¡Te odio! ¡Te odio!

«¡Mataste a mis padres!».

El pensamiento de Marco me devuelve a la realidad.

Miro a Echidna mientras mi mano y ropa se empapan de su sangre. Lucha por respirar, pero a pesar de todo, su sonrisa persiste. Caigo al suelo, contemplando lo que he hecho.

Agarro mi cabeza, solo intentando detener este torrente de odio.

—Yo... Yo no quería. —Miro hacia la pantalla, donde Marco está sobre María, al igual que yo, parece que se ha dejado llevar—. Yo no soy así, esta no soy yo.

Agarro mi cabeza y la golpeo contra el suelo.

No siento dolor, pero este sentimiento en mí no deja de fluir.

Todo es culpa de Marco, si él no hubiera hecho eso.

—¿Por qué lo hiciste? —Marco le pregunta, y María, entre sonrisas, parece no estar verdaderamente consciente de las intenciones de Marco.

Pero, a pesar de todo, él no es capaz de golpearla.

¿Cómo puede soportarlo? Yo no pude, yo...

Miro mis manos y luego giro la cabeza hacia Echidna.

Echidna se levanta y se vuelve a sentar, como si no le importara lo sucedido. Su rostro lleno de sangre y moretones se empieza a limpiar lentamente, revelando de nuevo su sonrisa llena de alegría.

«Yo no puedo, no puedo seguir viendo.» Agarro mi cabeza, sintiendo la desesperación en mi corazón, el odio, las ganas de matar. Aprieto con fuerza, intentando llegar a mi cerebro y acabar con esto.

Miro la pantalla, intentando buscar una salida. No quiero ver, no quiero seguir sufriendo, contiendo sus emociones.

—¿Yo? Lo hice porque te amo.

Pero... tengo que hacerlo.

«No, no tengo que; es por su estúpida apuesta.»

El temblor de Marco sacude la habitación, mientras mi propio corazón late con una intensidad que amenaza con arrastrarme de nuevo al abismo. Marco apunta su pistola hacia María, quien sigue sonriendo como si no pudiera ver el arma apuntándole directamente.

«¿Está alucinando?» Betty nunca me habló de los efectos del miasma, pero si todos los afectados terminan convirtiéndose en monstruos, entonces...

—¿¡Por qué mataste a mis padres!? —el grito de Marco resuena en la habitación. María abre los ojos y extiende los brazos hacia él.

Marco la mira como si viera a un monstruo. No ve a un ser humano; este sentimiento, este remolino, me marea. Mi visión se torna borrosa, y mi mente divaga mientras mira la pantalla.

—¡Te amo! ¡Marco Luz! ¡Te amo! —María solo puede repetir esas palabras mientras Marco intenta encontrar una razón.

Marco comienza a caminar en círculos, observa la pistola y luego mira a María, quien sigue repitiendo "Te amo" con una sonrisa.

Marco respira con fuerza, y yo contengo la respiración. Toma su cabeza, mirando lo que alguna vez fue el amor de su vida. Sus dientes se aprietan hasta el punto de parecer romperse. Sus uñas se clavan en su cabeza, al igual que yo.

«¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?» «¿¡Por qué!?»

«¿¡POR QUÉ!?»

Tapo mis oídos, intentando dejar de escuchar, pero sus pensamientos atraviesan mi alma como espadas de un frío metal, destruyendo mi ser en el proceso.

—¡Yo! ¡Yo te amo!

—¡DÍMELO O TE DISPARO! —Marco apunta a María, su arma y cuerpo temblando mientras observa lo que alguna vez fue su amada.

—No lo hagas... —extiendo mi mano, intentando evitar caer en el abismo.

Al final, no puedo negar que comprendo el sentimiento de Marco. A Pandora, a quien debo poner fin a su vida.

Este odio...

«¿Es esto realmente de Marco? ¿O acaso yo también soy un monstruo?»

—¡Te amo! —María sonríe, con los brazos extendidos, incapaz de decir más.

Marco, con el dedo en el gatillo, se enfrenta a la cruel realidad que ha desencadenado. Su voz, llena de dolor y desesperación, perfora el aire.

—¿¡POR QUÉ LOS MATASTE!?

María, arrodillada y desgarrada, se arrastra hacia Marco con la esperanza efímera de detener la tragedia. Mis palabras, un débil intento por calmar la tormenta que se desata en el alma de Marco.

—No lo hagas, Marco luz.

Pero Marco, sumido en una espiral de ira y odio, parece incapaz de reconocerla como un ser humano. Sus labios temblorosos pronuncian palabras de amor, pero están atrapadas en un torbellino de destrucción.

—Te amo, con todo mi corazón, por siempre y para...

La mirada llena de odio de Marco toma mis ojos, mientras sus dedos se mueven lentamente hacía el gatillo, inclino con rapidez mi mano hacía él. Intento hacer algo, tomarlo, pero no puedo cambiar lo que ya sucedió.

—¡NO!

¡Bang!

Corro hacia la pantalla con desesperación, pero el destino ya ha sellado su veredicto.

¡Bang!

Dos disparos, dos ecos de la perdición, resuenan con una fuerza inmisericorde. Marco cierra los ojos ante la realidad que ha forjado.

Mis temblores sacuden mi cuerpo mientras siento que me desintegro. Estoy paralizada, incapaz de hacer nada mientras observo el horror que se desarrolla frente a mí. Marco, con las manos temblorosas, refleja la tormenta interna que lo consume.

La sangre de María se esparce por el suelo, creando una imagen macabra de su final, acabada a manos de la persona que más ama. Marco abre los ojos y la realidad se despliega ante él.

—Yo... —Marco mira lo que ha hecho, lo mira mientras los choques de sus dientes son el único sonido audible en esa habitación.

Mi corazón late con fuerza, buscando respuestas que parecen escaparse. De repente, un vómito incontrolable emerge de mi boca, luchando por mantener la respiración en medio del caos.

—No... puedo... rendirme. —Mis ojos permanecen fijos en la pantalla, captando cada detalle de lo que está sucediendo.

Mi visión se nubla y mi garganta se inflama, dificultándome la respiración. Marco, perdido en su abismo personal, contempla el cuerpo de María con una sonrisa macabra en su rostro, mientras la sangre sigue fluyendo.

—La maté —repite Marco en un susurro macabro que resuena en la habitación. Sus piernas titubean, amenazando con ceder bajo la presión emocional, pero una fuerza interior lo obliga a mantenerse erguido.

Sujetando mi cabeza con desesperación, intento contener el maremoto emocional que me invade.

—¡DETÉN ESTO! —grito con desesperación, tratando de frenar la avalancha de emociones que nos envuelve.

Marco avanza hacia María, el penetrante olor a sangre impregna el aire, el charco de vida que se extiende. Su mirada, desprovista de emociones, se posa sobre ella.

—Al final... —Marco se agacha—. Siempre fui un monstruo.

Del cuerpo de María, Marco extrae su celular con una frialdad que hiela mis entrañas. Con su mano manchada de culpa, desbloquea el dispositivo y comienza a buscar pistas. Me esfuerzo por mirar, pero la carga emocional me abruma.

«¿Es esto lo que se siente al cumplir con la venganza?»

Echidna, perpetuando su sonrisa arrogante, parece hallar placer en el sufrimiento. Pero yo, perdida en este torbellino, no logro comprenderlo.

«¿Será así cuando me enfrente a Pandora?»

Entonces, una gélida corriente me envuelve, como si hubiera perdido hasta la última gota de mi sangre.

—No...

Marco descubre un video en el celular, su dedo tembloroso se desliza para pulsar el botón. La pantalla revela a María, una sonrisa plasmada en su rostro.

—Sé que lo hemos intentado mucho.

Ella dirige una sonrisa a la cámara, grabándose a sí misma.

—Sé que lo haces por mí, sé que también quieres verme feliz. —María, avergonzada, desvía la mirada—. Me recomendaron algo para poder hacerlo, y fíjate que funcionó.

Un líquido purpúreo, similar al cristal que contenía el miasma, adorna la imagen. Marco, con el teléfono en mano, observa cómo su amada parece recobrar su esencia.

—Me lo recomendaron, ya que, debido al estrés, no pudimos tenerlo. —María lanza un beso a la pantalla—. Y, aunque me cause ciertos dolores de cabeza, puedo soportarlo.

Los ojos de María se iluminan con un pequeño destello violeta.

«Mi mundo destruyó el suyo, y acabó con todo lo que él amaba.»

Marco sigue mirando, con una expresión cadavérica.

La sangre, el aroma a hierro. La sonrisa de María en la pantalla refleja la misma que en su presente cuerpo.

—¡Ta-dá! —María exhibe un termómetro, aparentemente en buen estado.

El corazón que creí inexistente se quiebra nuevamente. Todo mi ser se despoja de su fuerza, como si mi alma hubiera capitulado ante la desolación.

—Una prueba de embarazo... —Marco fija la mirada en la pantalla, sus labios temblorosos lo dicen todo.

Mis manos se depositan en mi boca, comprendiendo sus palabras al instante.

Cae al suelo, el manto de la sangre de María cubriéndolo. Los dientes de Marco, ahora el único sonido en la habitación, retumban. Su mirada perdida, como si intentara descifrar algo incomprensible.

—Te daremos una sorpresa. —La mirada cálida de María no logra disipar el frío que se cierne alrededor.

Mi visión se desdibuja, mi cuerpo se vuelve insensible, incapaz de moverse.

A pesar de que estoy así, el...

Ni siquiera puede derramar lágrimas.

—¡Te amamos! Por eso te haré caso y me iré, porque sé que, aunque sientas que lo has perdido todo. —María muestra una foto de los padres de Marco—. Aunque ellos ya no estén.

Las lágrimas de María fluyen, consciente de que Marco es quien ha sacrificado todo.

Sus manos tiemblan, sus labios tiemblan. Marco observa su propia mano, contemplando lo irreparable. Ha sido traicionado de nuevo, alguien ha jugado con él. Y ahora, se ha transformado en un monstruo.

María saca una foto impresa, ambos besándose en la cima de una montaña al atardecer.

—Siempre podrás comenzar de nuevo, conocer a nuevas personas. Tus padres son las personas que más respeto junto a los míos. —Ella coloca la foto en su corazón—. Aunque duela no verlos, aunque me pese en el alma, sé que siempre estarán observándonos.

María besa la prueba de embarazo.

—Deberías ver este video cuando ya esté en Rusia, pero, desde aquí... —María lanza otro beso—. Te esperaremos por toda la eternidad, esperaremos a que papá regrese a nuestros brazos, sonriendo.

Marco deja caer el celular. El video se congela, y Marco se queda temblando. Coloca las manos en el suelo, pero solo encuentra la sangre.

Marco se aferra la cabeza, sintiendo un dolor abrumador.

—¡AH!

Marco observa el suelo, el rostro de María ante él. Lenta y cuidadosamente, toma a María entre sus brazos, acercándola. La abraza con fuerza, presenciando las consecuencias de sus actos.

Marco la aparta un poco, observando su semblante. Ya no brillará, ya no iluminará más.

El rostro de María resplandece como una flor marchita.

—¡AHH!

Marco mira, horrorizado por lo que ha hecho, sus ojos bien abiertos mientras deja caer a María al suelo. Trata de contener la sangre, intentando en vano deshacer lo que ha provocado.

—¡No!

«Debo resistir, debo resistir, si quiero poner fin a esto. Si quiero evitar seguir presenciando esta tragedia.»

Debo soportarlo.

—¡No! —Marco se inclina sobre su pecho, pero no veo lágrimas, ni siquiera logra articular una palabra.

«Debo morir, debo morir, merezco morir»

Marco observa cómo la niebla purpúrea comienza a disiparse.

—Marco... —Miro hacia la pantalla, intentando alcanzarlo.

«Todo lo que quería era verla vivir.»

Marco intenta hacer algo, y una luz comienza a emanar de sus manos.

Mi sorpresa crece, pero esa luz se desvanece rápidamente.

—No quería hacerlo, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento.

Marco sigue abrazándola, mientras todo lo que queda es la desesperación absoluta. Apenas alcanzo a ver, apenas alcanzo a sentir.

Marco coloca su mano en el vientre de María.

«Estoy muerta, adormecida.»

Siento frío, un frío que no es más que absoluto.

Pero entonces, cuando pensé que vendría dolor. Una llama ardiente toma mi cuerpo, una llama ardiente que no me pertenece. Marco mira hacía el techo con odio, sus ojos llenos del mismo odio con el que vino.

«Mataré a todos los que hicieron que esto sucediera, mataré a cada uno sin temor alguno.»

El odio empieza a corroer mi alma, y todo lo que queda es una esfera de odio.

«Los mataré y luego me suicidaré para poner fin a esto.»

—¡AGGGGHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! —Gritamos con toda nuestra fuerza, tratando de liberar esa esfera de desesperación. Me siento atrapada, como si no pudiera respirar.

Extiendo mi mano, intentando reunir fuerzas para atraparlo.

Marco acerca su rostro al de María, mientras yo caigo lentamente. Sus labios se encuentran, y siento el suelo golpear mi rostro. Mi vista de nubla, mi cuerpo me deja de responder. Todo el frio suelo, sintiendo como ya no puedo procesar nada.

Intento decir algo, y, como si alguien controlase mi boca, digo unas últimas palabras:

—Ahora, ya no queda nada.