La Caída del Héroe
La pantalla se ilumina con fuerza. Allí lo puedo ver de nuevo, Marco se encuentra depilándose su barba.
No sé cuándo tiempo ha pasado, pero, sus ojos…
El reflejo en el espejo muestra a Marco, pero no al Marco que conocí. Sus gestos están cuidadosamente ensayados, su sonrisa forzada. Pero lo más impactante son sus ojos, vacíos, sin vida, como si el brillo que solían tener se hubiera extinguido para siempre.
—Está bien así —murmura, aunque sé que no lo está. Marco se arregla, se perfuma, pero su apariencia pulcra no puede ocultar el abismo que hay dentro de él.
Una máscara de simpatía cubre su rostro, ocultando la profunda oscuridad que lo consume por dentro.
Cuando sale del baño, el entorno ha cambiado, ahora lujoso y opulento. Marco parece ajeno a todo, perdido en sus propios pensamientos. Un ligero aroma a sangre lo sigue, un recordatorio constante de su pasado oscuro.
«Bueno, vamos a ver a quien entrevistaremos hoy» Marco mira su collar, haciéndome abrir los ojos con fuerza.
El collar que lleva puesto me provoca un escalofrío, pues reconozco el cristal púrpura que adorna su cuello. Aquel cristal que parece una gota, aquel cristal que Roswaal le regaló en su cumpleaños.
Ese cristal donde se encuentra Betty.
«¿Cómo llegó allí?»
Marco avanza con una alegría fingida, como si tratara de convencerse a sí mismo de que todo está bien. Pero yo sé que no es así. Sus palabras, sus acciones, todo grita desesperación.
«Ya quiero ver las noticias sobre el pequeño golpe que hicimos. Todo fue por amor, por amor hacía las personas que ya no puedo ver.»
—Buenos días —saluda con una sonrisa, pero sus ojos no reflejan ninguna emoción genuina. Son solo sombras de lo que solían ser, un eco de un pasado que ya no existe.
Mi corazón se retuerce ante la imagen de Marco, atrapado en un mundo de ilusiones y mentiras. Quisiera poder salvarlo, sacarlo de ese abismo en el que se encuentra, pero sé que no puedo hacerlo sola.
Marco debe encontrar la luz por sí mismo, y yo estaré aquí, esperando en las sombras, lista para apoyarlo en su camino hacia la redención.
Entonces avanza hasta ingresar a una habitación donde diviso a dos personas.
—Parece que el plato principal está aquí —anuncia mientras escucho una voz desconocida.
Al observar con detenimiento, una sensación de confusión se apodera de mí, como si algo estuviera fuera de lugar en mi percepción.
—¿Por qué no puedo ver su rostro? —pregunto, dirigiendo mi mirada hacia Echidna, quien, con los ojos bien abiertos, se inclina sorprendida.
—Esto es... —Echidna pausa brevemente, sumida en sus pensamientos, antes de continuar con una sonrisa—. Interesante.
El rostro de esa persona está velado por una bruma purpúrea. No puedo distinguir sus rasgos, y lo curioso es que Marco debería estar experimentando lo mismo.
—Parece un hechizo diseñado para ocultar su identidad —afirma Echidna con profundo interés.
Oscar, el líder de ese siniestro grupo, mantiene una sonrisa mientras sirve bebidas alcohólicas. A diferencia de lo que Marco solía beber en el ejército, esto parece increíblemente lujoso, incluso supera a las botellas que Roswaal tiene en la mansión.
—Deberíamos celebrar, después de todo, ese golpe seguramente sacudió al gobierno JAJAJAJA. —Oscar reparte los tragos, siendo su risa lo único que se escucha en la sala.
—Según el noticiero, el edificio fue completamente destruido, colapsando casi al instante. —Marco revisa su celular, donde se muestra claramente la noticia.
Aunque no comprendo su idioma, puedo captar lo que Marco está leyendo en su mente.
«Mueren más de cien personas en atentado terrorista, una explosión en el edificio de inteligencia del ejército nacional. Se estima que las muertes ascienden a más de cien personas, los heridos están siendo llevados a urgencia.»
«El gobierno de los Estados Unidos solicita intervención inmediata ante la posible amenaza.» «Se piensa que está asociado al terrorista y narcotraficante Marco Luz, junto al cabecilla Oscar Núñez.»
—Cien personas... —miro directamente a Marco, con los ojos bien abiertos.
Sus ojos vacíos se limitan a observar la pantalla. Marco aprieta con fuerza el celular, el cristal en su pecho brilla levemente.
Marco está siendo consumido por el miasma.
«Lo que se merecen esos bastardos.»
Sus pensamientos amenazan con perturbar mi corazón, pero no permitiré que eso suceda. El Marco que tengo ante mí no es el mismo Marco que conozco.
El verdadero Marco no acabaría con la vida de personas inocentes de esa manera.
A pesar de... durante la guerra.
—Sí, fue un golpe magistral. —Marco sonríe, desatando la risa de Oscar—. Ellos creyeron que dejamos esa máquina durante nuestra huida, la cantidad de lamicta que almacenamos estaba lista para la ignición.
«No era mucho lamicta, solo estaba potenciado con cristales piroxeno».
Al parecer, Marco ahora domina con mayor destreza el uso de los lamicta, quizás debido al miasma o a alguna otra razón.
—Es lamentable que hayamos perdido la veta antigua de cristales. —La persona con el rostro cubierto consulta su celular.
—Contigo aquí, seguramente podremos descubrir mejores yacimientos. Sin duda, el gobierno ahora sabe que aún poseemos lamicta. —Oscar se toma un gran trago—. ¡Puf! Sin duda, las vidas de esas personas serán un escarmiento para aquellos que intenten enfrentarnos.
«Debo seguir matando, en su honor, en nombre de lo que me fue arrebatado».
El lugar se asemeja a la casa de un monarca; nunca había contemplado tantos objetos lujosos. El televisor gigante, las peceras, las decoraciones exquisitas, las pinturas monumentales, los muros recubiertos de oro y otros objetos que me resultan desconocidos.
—Con la inclusión de los lamicta, también hemos mejorado la pólvora de nitrato. Ninguna de nuestras armas tiene comparación con las que utiliza el gobierno. —Marco dirige su mirada hacia la ventana, donde se abre un vasto patio repleto de flores y estatuas—. El gobierno no tendrá más opción que ceder a nuestras demandas.
Marco alza la vista al cielo, oscurecido por nubes plomizas. El cielo refleja su estado de ánimo en este momento. Ha optado por abrazar su faceta monstruosa, ha renunciado a luchar contra sus propias emociones negativas.
El miasma solo ha agravado su condición.
Sin embargo, un pensamiento inesperado invade mi mente.
«Debo visitar a mi padre».
Cubro mi boca con las manos, un nudo se forma en mi garganta. Trato de mantener la compostura, pero las lágrimas comienzan a empañar mi visión.
«Esta pesadilla llegará a su fin pronto».
—¿Estás seguro de que lo tienen en Estados Unidos? —Marco se voltea para encarar a la persona con el rostro cubierto.
Este asiente, luego encoge los hombros.
—Sí, pero no hay forma de que puedas ingresar a ese lugar. Según mi informante, lo tienen retenido en el Pentágono. —Este se encoge de hombros—. Es imposible que vuelvas a verlo.
Un fuego comienza a arder en mi estómago, la ira de Marco impregna el ambiente. Todos lo observan, pero Marco continúa mostrando esa sonrisa imperturbable.
«Los monstruos no sienten nada, los monstruos no sienten nada».
—Tú me dijiste que había una forma de entrar, ¿verdad? —Marco señala al hombre con el rostro cubierto, y este se encoge de hombros.
—La hay, pero no te aseguro que puedas salir con vida. —El hombre señala a Marco y desliza su dedo por su garganta—. Morirás, sin duda alguna.
Marco asiente, su mirada ya desprovista de toda esperanza de vida.
—No planeo seguir viviendo, así que no es un problema. —Su respuesta es clara, pero mi mano temblante me reconforta.
Aún hay algo en él, algo en lo más profundo del monstruo actual.
«Solo acabaré con todas mis responsabilidades en este mundo. Es la última muestra de amor».
—Quiero ir, pero primero tengo que matarlo. —Marco mira una foto con odio en su celular.
«El científico Luis Ramírez, miembro del ejército, planea sentarse a hablar con el presidente de la república en una semana. La transición a un nuevo tipo de energía que se quiere obtener».
—Llevo esperando más de un año por esto. —Marco presiona el botón de apagado, apagando su celular—. Estamos listos, ¿verdad?
Oscar asiente, su mirada arrogante indicando la presencia de un plan macabro. Un verdadero monstruo, alguien que no siente la mínima responsabilidad o empatía.
Marco ya piensa que es un monstruo, así que no habrá forma de que salga de ahí.
—Sí, todos los gobiernos están distraídos por la existencia del material. Se sienten aires de una guerra fría por el dominio tecnológico de los cristales, pero con este golpe se tomará más en serio.
«Medio kilo potenciado con los piroxenos fue capaz de causar tal destrucción, ¿cómo sería si se usara una tonelada?» La mente de Marco parece extasiada solo con saber lo que tiene en su poder.
Al parecer, empezaron a aparecer en otras partes de su mundo, eso significa que la teoría de Echidna es correcta.
—Es posible que el maná se expanda a grandes velocidades, incluso, es posible que siempre estuviese allí. —Echidna mira con una sonrisa curiosa—. Su mundo es inmensamente más grande que el nuestro, por lo que el maná debe ser bastante denso; de hecho, tal generación en solo un año lo comprueba.
—¿Quién fue el que hizo eso? —lo único que llega a mi mente es ese hombre, ese hombre cuyo rostro no puedo ver.
Marco vuelve a sonreír, su mirada fija en la ventana, como si estuviera disfrutando de todo el caos que está sucediendo.
No tengo claro muchas cosas, pero lo que sí tengo claro es que una guerra en su mundo no traerá unos cuantos muertos.
Serían millones, como Marco me ha contado.
Al final, lograron adquirir tanto poder entre las grandes potencias que pudieron forjar la paz.
Sin embargo, el dilema persiste: "siempre han tenido la intención de desequilibrar esa armonía, y ahora esa posibilidad es tangible." Esto es lo que Marco siempre me ha transmitido; sin embargo, sinceramente, no comprendo del todo por qué se debe segar tantas vidas.
Al fin y al cabo, tanto tú como los demás sufrirán; una guerra solo traerá consigo la muerte, como ocurrió con Irlam y Costuul.
Oscar asiente, su sonrisa brillante pero teñida de malicia.
—Cuando llegue a ser presidente, o mejor aún un dictador. —Oscar se encoge de hombros con arrogancia—, deberé saldar muchos favores, pero al final, todo se reduce al poder.
Se levanta, extiende el brazo hacia el cielo, como si brindara con un ente invisible.
—Planeamos llevar a cabo un golpe de estado, y quién sabe —Oscar toma otro sorbo de su bebida—, tal vez dentro de varios años se inicie una tercera guerra mundial. Por eso nos aliaremos con los gobiernos vecinos; ya he estado estableciendo contactos a través de la oposición y formaremos una alianza que impida que las potencias tomen medidas en su contra.
Es un plan que no tiene en cuenta todas las vidas que serán arrasadas, un plan que solo busca el poder.
—Quizás desencadenemos una tercera guerra mundial ¡JAJAJAJAJAJA! —Oscar deja caer su copa, sin importarle nada—. Estableceré mi propio país y luego conquistaré el mundo.
Se voltea rápidamente, señalando a Marco.
—Todo será gracias a ti, gracias a las armas que has creado —Oscar se acerca a Marco y lo abraza con un solo brazo—. Quién iba a imaginar que la magia existiría, el prodigio de la magia, Marco Luz. ¿O debería llamarte... ingeniero mágico?
Marco simplemente observa a Oscar sin cambiar su expresión.
—Solo soy un hombre que busca devolver el amor que el mundo le ha dado; ese es mi único propósito. —Marco sonríe—. Sé que causarás el caos como nadie más, así como sé que también devuelves tus favores.
Pongo mi mano sobre mi pecho, sintiéndome confundida. Quiero odiarlo, quiero odiar al Marco que estoy viendo, pero no estoy segura de sí puedo. Sé que ha sido responsable de muchas muertes, pero...
«¿Es porque no son de mi mundo?»
Es como si fuera solo una fantasía; quiero odiarlo, pero no siento ese mismo odio que siento por las muertes en la batalla contra Costuul.
Oscar golpea la espalda de Marco con fuerza.
—¡Por supuesto! Obtendrás lo que deseas; eliminaremos a ese tal profesor y luego podrás ir a sacrificarte en el Pentágono —Oscar suelta a Marco, para luego dirigirse a una caja dorada. Al abrirla, su forma me recuerda a algo.
Oscar saca un encendedor y lo enciende, y en ese momento recuerdo lo que Marco ha inventado.
Un cigarro.
El humo se esparce por la habitación, y la única persona que ha permanecido en silencio es aquella a la que no puedo verle el rostro.
—Es lamentable perder a un amigo así, pero me aseguraré de erigirte una estatua en tu honor —Oscar continúa riendo, aparentemente indiferente—. Lo que has logrado supera con creces cualquier tipo de arma convencional; ya estoy ansioso por ver las expresiones de sorpresa.
«Supongo que se refiere a las armas con lamicta», pienso mientras Marco se encoge de hombros y suspira como si estuviera fatigado.
Hay cosas que aun no comprendo, palabras que escapan a mi entendimiento. Parece que Marco ha estado trabajando en algún tipo de arma.
El mundo de Marco parece estar en la calma antes de la tormenta.
Cualquier movimiento podría desencadenar un gran conflicto. No lo entiendo, no puedo entender la guerra. No comprendo por qué matar cuando existen otras formas de resolver las cosas, no entiendo por qué todos tienen que estar en conflicto.
No... quizás simplemente no lo acepto.
Después de todo, soy de la misma clase que aquellos que eligen enviar a la gente a morir.
He enviado a muchos jóvenes, adultos, personas con sus familias que solo trataban de salir adelante. Todos murieron para proteger a Irlam, sí, pero no era necesario de esa manera. Sé que existía otra opción.
Quizás simplemente no lo pensé lo suficiente.
Marco no dice nada, simplemente sale de la habitación. Al ver a todos trabajando, cambia su rumbo y observa el lugar entero, sintiendo una satisfacción al ver todos los lujos.
«Los monstruos como yo deben disfrutar de sus lujos, después de todo, están manchados de sangre.»
Marco tararea durante un rato mientras camina por la inmensa mansión.
Nunca lo había considerado tanto como ahora, pero las personas que hacen el mal llevan este tipo de vida, personas que han matado y causado mucho daño. El mundo no hace nada, simplemente por tener poder.
Qué injusto es el mundo.
Marco me contó que este tipo de vida solo conduce a una muerte prematura, que no hay nada bueno en ello.
Sin embargo, la persona pudo disfrutar de sus riquezas. Alguien que muere de hambre, alguien que muere por una enfermedad.
Una puerta grande de metal se alza ante nosotros, pareciera ocultar algo de gran valor tras su sellado. Marco se ajusta una máscara antigás con destreza, introduciendo una contraseña que abre la puerta con un siseo. Una ráfaga de gas escapa al abrirse la compuerta, envolviéndonos en una bruma inquietante que penetra hasta lo más profundo de mi ser.
«Es como tener rabia y a la vez estar emocionada», reflexiono, antes de dirigir mi mirada hacia Echidna.
En el interior, un cristal gigante, casi del doble del tamaño de Marco, domina el espacio. Su grosor imponente está conectado a varias placas de metal, con cables que serpentean hasta una secuencia de lámparas de fuego que titilan con regularidad.
De vez en cuando, una descarga de agua se vierte sobre los cristales, provocando pequeñas fracturas que generan un sonido sordo y un estallido visual fascinante. Los residuos resultantes caen sobre una plataforma móvil, donde son transportados por una banda hacia un destino desconocido.
—Mi linda fábrica, una máquina de crear una nueva pólvora —declara Marco con una sonrisa, observando a los trabajadores que inspeccionan la maquinaria—. Buenos días, caballeros.
Los trabajadores se detienen y saludan a Marco con respeto antes de retomar sus labores. Marco avanza con paso seguro, atravesando otra puerta.
Al otro lado, se quita la máscara y es recibido por una mujer.
—Señor Marco, es un placer —le dice ella, entregándole unos guantes que él se coloca sin titubear.
Marco le devuelve la sonrisa, aunque sus ojos no reflejan emoción alguna.
—El placer es mío —responde él, ajustándose los guantes. A simple vista parecen unos guantes de cuero ordinarios, pero emiten un brillo singular.
Echidna se levanta de su asiento, ahora visiblemente sorprendida.
—¿Crear polvo de cristales piroxeno en solo un año? —pregunta ella, llevándose una mano a la cabeza—. Su mundo parece tener conceptos que se adaptan al nuestro, interesante, realmente…
Echidna sonríe de forma desagradable, mirando con pasión hacía la pantalla, con una sed de conocimiento que me hace temblar por dentro. Mientras, yo me quedo boquiabierta por su cambio repentino de actitud.
Al notar mi reacción, ella suspira.
—Es evidente que alguien tan incompetente como tú no podrá apreciarlo —comenta con sarcasmo—. En serio, ¿qué ve él en alguien como tú?
Echidna se encoge de hombros antes de continuar con tono burlón:
—Si bien es posible manejar los cristales lamicta con herramientas sin maná, un cristal piroxeno es una fuente propia de maná. Puedes quebrarlos, pero al hacerlo reduces su eficiencia; un polvo de cristal no serviría como herramienta mágica.
—¿Y qué hay de las espadas y armas mágicas? —mi voz resuena de forma que parece deleitarla, aunque su sonrisa se desvanece rápidamente, tal vez al notar mi presencia.
No entiendo por qué Echidna me odia con tanta intensidad.
—Sí, pero ninguna de esas armas utiliza polvo de cristal piroxeno. Normalmente se inserta un catalizador en el mango junto con un cristal de cierto tamaño para transmitir la energía al hechizo —Echidna desvía de nuevo su atención a la pantalla—. Si pudieras hacer que el polvo tuviera ese efecto, podrías crear un arma de un poder notable.
—¿Cómo pudo Marco idear eso? Ni siquiera es de este mundo; parece que ya sabía todo sobre la magia, como si supiera de forma instintiva cómo hacerlo.
Echidna se sienta y sonríe, mirando a la pantalla con deleite.
—Su alma es especial, eso es todo —responde Echidna, dejándome con más preguntas que respuestas.
Marco irrumpe en otra sala, donde dos hombres lo miran con expresión de terror. Es una habitación completamente blanca, las sillas, la mesa, todo es blanco. Lo único que hay son dos hombres, de píe, pegados al otro lado de la habitación.
Miran a Marco con terror, temblando y mirándose entre sí.
Marco sigue sonriendo como si nada, arregla las mangas de su traje negro con desdén, preparándose para actuar.
Se toca las manos ligeramente antes de clavar su mirada en la de ambos.
—Me llevó un poco más de un año, pero finalmente los encontré —Marco señala a uno de ellos, quien desata un torrente de lágrimas—. Tú fuiste el hijo de puta que vendió la ruta de escape.
De su bolsillo saca una bolsa que contiene un poco de polvo blanco. Reconozco lo que es sin dudarlo, después de todo, Marco es quien lo produce a gran escala.
—¡No, no fui yo! ¡Te lo juro, no fui yo! —el pobre hombre suplica mientras trata de acercarse a Marco, quien le da una patada que lo hace tambalear.
Marco inhala rápidamente parte de ese polvo, y su cuerpo empieza a sentir cosquilleos. Este empieza a temblar, a la vez que hace muecas con su rostro.
«Debe morir, debe morir», un caótico vendaval de emociones me atraviesa, con claridad y oscuridad luchando en mi mente de una manera que me resulta incomprensible.
Marco agarra al hombre y lo golpea con una violencia descarnada.
De su bolsillo saca un lamicta de fuego y lo clava en el estómago del hombre. El hombre intenta golpearlo de reflejo, pero de un salto Marco se aparta, manteniendo su sonrisa.
—¡AHHHH! —el hombre grita mientras Marco señala el cristal desde la distancia, sus guantes empiezan a brillar y el lamicta de fuego hace que la piel del hombre comience a quemarse.
Los alaridos del hombre resuenan en mis oídos como el lamento de un alma condenada al infierno.
—¡AYÚDAME! ¡NO MÁS! —el hombre suplica mientras el vapor carmesí y su carne empiezan a hacer sonidos grotescos. Su camisa se empieza a quemar, el blanco se convierte en negro y la sangre surge en respuesta.
No quiero ver, no quiero ver, pero no puedo apartar la mirada.
Todo lo que Marco hizo, todo lo que siente que es su culpa. Él no sabe que fue a causa del miasma, desconoce que está siendo manipulado y arrastrado hacia las adicciones. Quizás haya sufrido, pero el Marco que conozco no mataría gente inocente por ello.
No haría atentados terroristas sabiendo que morirían inocentes.
Con una brutal patada, Marco destroza el cristal, haciendo que el hombre emita un aullido desgarrador antes de caer inconsciente. El otro hombre, aturdido y tembloroso, solo puede quedarse mirando, sus lágrimas recorriendo su rostro mientras se acorrala contra la pared.
Al encontrarse con la mirada de Marco, el hombre logra esbozar una sonrisa nerviosa, intentando apaciguar al depredador que tiene frente a él.
—Esto es por lo que le pasó a tu familia, ¿verdad? —La sonrisa cómplice del hombre parece querer decir cualquier cosa para salvar su vida.
Marco deja de sonreír, apretando los puños con furia. «Los monstruos no muestran emociones, esto no me duele, no me duele.»
—Interesante. —Marco vuelve a sonreír de manera siniestra, acercándose al hombre con paso lento y calculado. Cuando están cara a cara, pregunta—: ¿Cuéntame más?
El hombre, presa del pánico, comienza a hablar rápidamente, y parece improbable que esté mintiendo.
Mis lágrimas no cesan de caer, y todo lo que puedo hacer es seguir mirando. Ahora lo sé, no fueron solo sus padres; Marco perdió absolutamente todo.
Sus familiares fueron desapareciendo uno a uno ante sus infructuosos intentos de protegerlos. Nadie sabe qué sucedió con ellos, ni dónde se encuentran. Algunos fueron encontrados muertos, otros simplemente desaparecieron. Al parecer, sospechaban si tenían alguna información sobre la máquina, y así intentaron usarlos para convencer a Marco de entregar los planos.
Marco creía que alguien estaba informando cuando él iba a hacer una operación para rescatarlos, así que empezó a sospechar. Al final, parece que descubrió al informante.
—Jaja… —Marco pone su mano en su rostro—. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
«No hay nada mejor para un monstruo que su maldición, y no hay mejor maldición que la existencia.»
Marco sigue riendo en carcajadas, su risa solo aterroriza más al hombre frente a él. Rabia, tristeza, todo tipo de emociones intentan invadirme. Y, aunque no debería, solo puedo sentir pena al ver a Marco en esa situación.
¿Son justificables sus acciones?
No lo son. Marco ha acabado con la vida de personas inocentes y culpables por igual, parece estar decidido a exterminar a todos los relacionados con el proyecto, quizás como una forma de redención.
Parece haber perdido la cordura hace mucho tiempo.
Pues ya no le queda nada.
Sus ojos destellan con un púrpura oscuro, similar al brillo que vi cuando luchaba contra aquel caballero en el bosque, aquel que fue víctima de la malicia de otros. No sé qué sentir, no sé qué decir.
«¿Es moralmente correcto matar al malvado? ¿Deberíamos ayudar a aquellos que muestran arrepentimiento por sus acciones, incluso si son horrendas?»
No lo sé. Siento que todas las vidas importan, que todos merecen perdón. Pero luego recuerdo a Pandora, recuerdo a esos cultistas.
Me veo a mí misma como una hipócrita, pero supongo que eso me hace más "humana", como diría Marco.
—Hay alguien, hay alguien de tu familia que sigue vivo, tu prima… —intenta decir el hombre, su cuerpo temblando y sus ojos moviéndose de un lado a otro. La forma en la que sus manos se empiezan a colocar, suplicando por su vida.
Marco deja de reír, su expresión se vuelve una mirada de odio hacia el hombre.
—¿Hay alguien que sigue con vida?
Nota: Bueno, como lo prometido es deuda ya acabé todo. Mi tesis salió bien, todo perfecto en ese sentido. De alguna forma todo salió como era de esperar, ya estoy pronto a graduarme y ahora iniciaré practicas académicas.
Ahora, continuaré escribiendo y traduciendo, asi que, hasta la próxima.
Gracias por leer y gracias por estar acá.
