Ranma 1/2 no me pertenece. Todos los derechos están reservados a su autor original, Rumiko Takahashi. Esta obra es escrita sin fines de lucro. One shot para participar en la Fiesta de Halloween de Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma con el tema #Leyenda. Relato basado en la leyenda mexicana de La planchada.
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Cuida a tu esposa.
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—¿Cómo se siente, señor Saotome?— Preguntó la amable enfermera que atendía al hombre de la camilla del hospital, administrándole su medicamento correspondiente por vía intravenosa. Consideraba una pena que estuviera internado desde hacía unos dos días, y que justo mañana fuera el día de su aniversario de bodas. Esa si era demasiada mala suerte.
—Mucho mejor. Pensé que el medicamento no me haría efecto.— Respondió con su voz un poco apagada gracias al cansancio acumulado de la noche anterior.
Su esposa estaba sentada a un lado de él. Sostenía la fuerte mano masculina, preocupada y sumamente agobiada. La madrugada se les había presentado algo pesada, porque el hombre al que más amaba en el mundo sufrió un cuadro de fiebre un poco intenso. Y lo peor, es que ella no pudo estar presente debido a las políticas estrictas del hospital. Buen momento para haberlo internado en una clínica privado.
Akane Tendo, o mejor dicho, Saotome, consideraba los hospitales un poco aterradores. No le gustaba escuchar sobre la muerte, ni ser testigo de la sangre y las desgarradoras enfermedades que asediaban al ser humano en cualquier momento de su vida. Tal vez se debía a la prematura muerte de su madre cuando ella era tan solo una pequeña niña de seis años. Y claro, como broma cruel del destino, su esposo terminó enfermándose gracias a una maldita neumonía, teniendo que internarse por unas noches en ese lugar.
—Ranma, ¿De verdad te sientes mejor?— Preguntó Akane con demasiada angustia impregnada en su voz.
Ranma era fuerte. Desde niño siempre lo había sido. Su padre, Genma Saotome, se encargó de entrenarlo bajo una rutina bastante dedicada a superar sus sentidos de artista marcial. Ahora, con veinticuatro años, y siendo un campeón de renombre, le resultaba bastante increíble el hecho de haberse enfermado y ser internado en el hospital gracias a un cuadro de neumonía severo. Odiaba verse vulnerable ante Akane, su esposa, porque ella era testigo de la fortaleza que el emanaba. Pero claro, ahora el destino le jugó bastante pesado, llevándolo a perderse de unas buenas vacaciones en las que celebrarían su aniversario de bodas.
—Si. Estoy bien, descuida.— Sonrió débilmente, apretujando aún más la mano de su esposa.
La enfermera pudo ver claramente que su presencia ya no era requerida. Guardó los enseres que trajo consigo, y se dirigió a la esposa del hombre. —Señora Saotome, recuerde que queda media hora para que las visitas se vayan.
Akane asintió, y cuando la enfermera se fue, ambos se sumieron en un silencio un poco tenso. La situación que los había llevado hasta ahí era, por no decir menos, absurda.
Ranma carraspeó, tratando de alejar el evidente nudo en su garganta. —Hum... y... ¿Cómo está?
—¿Cómo está quien?— Preguntó Akane hostil. No quería que nombrara a esa persona nuevamente. Es más, no deseaba hablar del tema. Solo quería dejarlo zanjado.
—Ya sabes... Shinnosuke...— Pronunciar ese nombre nuevamente le parecía demasiado amargo. Como no lo iba a ser, si ese personaje lo había hecho pasar por un suplicio años atrás.
Ahora, parece que la vida deseaba que, de nuevo, Shinnosuke le hiciera las cosas imposibles.
Hacía unas dos semanas que Akane volvió a tener contacto con ese joven guardabosques, que ahora había crecido y se había convertido en un hombre apuesto y varonil.
Si, como no. Varonil.
Resulta que ella se fue a Ryugenzawa para ayudarle con un asunto importante y secreto. Claro que a Ranma no le agradó esto para nada, y aunque la dejó ir sola, su propia mente le jugó malas pasadas. Todas las noches en las que Akane estuvo fuera de casa, sus celos se descontrolaban, haciendo que no pudiera descansar como era debido. Por supuesto que esto bajó sus defensas, y un día en el que no aguantó la desesperación salió de casa para ir por ella. Desgraciadamente, cuando lo hizo no llevaba nada con que cubrirse. Llovía demasiado, así que llegó al bosque mojado y siendo un desastre, convertido en la misma chica de trenza que siempre estaba destinado a ser.
Y, bueno, cuando arribó al lugar, se desató un gran lío.
En resumidas cuentas, le hizo una escena de celos tremenda, solo para descubrir que la misión importante de ese guardabosque se trataba de nada más ni nada menos que preparar una pedida de matrimonio. Al parecer, Shinnosuke quería comprometerse con una jovencita de un pueblo cercano que no lograba olvidar, y como tampoco lograba olvidar a Akane decidió pedirle su ayuda.
Todo aquello condujo a una separación palpable entre el matrimonio Saotome, ya que Akane se sentía herida por no ser considerada fiel ante Ranma. La fidelidad era un asunto serio, algo que no debía tomarse a la ligera. Ella confiaba en él, y le pareció de muy mal gusto que no fuera recíproco.
Akane tenía todo el derecho de sentirse enojada, aunque eso se le olvidaba teniendo a su esposo enfermo y hospitalizado. Durante los días anteriores, nunca trató de discutir sobre el tema. Le preocupaba muchísimo más que la fiebre no le bajara del todo a su esposo, que lo sucedido antes. —Está bien. Al menos ya no recuerda nada de la escena que armaste frente a su prometida.— Dijo, tratando de aligerar la carga pesada de la atmósfera.
Frunció el ceño, porque se lo mencionó más como un reclamo, que como una frase simple y común. No tenía las suficientes fuerzas como para discutir, pero ella le sacaba de quicio. —Ya me disculpé mil veces contigo por ello.
—¿Y crees que eso es suficiente? Ranma, desconfiaste de mi. Después de varios años te atreviste a creer que yo te sería infiel. ¿Qué crees que es lo que siento con respecto a eso?— Preguntó con sinceridad. No deseaba pelear en ese momento, pero de verdad que seguía resentida.
—Bueno, si a eso vamos, tú también lo has creído. Y muchas más veces que yo.— Recalcó con mal humor. —¿O acaso olvidaste la vez que casi terminas el compromiso porque pensabas que había elegido a Shampoo? ¡Y solo porque me encontraste con ella abrazándome, y sin mi consentimiento!
—Te recuerdo que eso fue hace demasiado tiempo, antes de que decidieras decirme lo que sentías por mí.
—También me dolía, maldición. ¿De verdad piensas que no era así?
La mujer de pelos cortos rodó los ojos, fastidiada. —Pues si a esas vamos, muchas veces tu me hacías sentir dolor con tu indecisión y tu falta de acción.
—¡Con Shinnosuke sufrí demasiado gracias a tu falta de comunicación conmigo!
—¡Y yo con todas las demás! ¡¿O acaso olvidas como lloraba después de lo ocurrido en Jusenkyo?! ¿No recuerdas cuantas veces pensé que amabas a otra de las chicas?
—¡Pero ya no estamos en esas épocas! ¡Tú bien sabes que te amo!
Cerró los ojos con fuerza. Los recuerdos de lo ocurrido meses antes volvieron a golpearle, dándole la mayor de las bofetadas. —¡Bueno, sí! Pero hace unos meses...
—Hace unos meses tú dudaste de mí. ¿Y ahora yo no puedo dudar de ti?
—¡No se trata de eso! Además, no te hice una escena de celos frente a Hitomi. ¡No como tú la hiciste con Shinnosuke!— Hace unos meses Akane pensó, de forma errónea, que una de sus alumnas en el dojo y Ranma sostenían una relación sentimental. Es decir, que él le estaba siendo infiel. Al final de cuentas, nunca lo fue. Si, ella se había disculpado lo suficiente con su esposo, pero parece que este argumento encajaba a la perfección en los reproches de su ahora discusión.
—Es increíble.— Jadeó incrédulo. —¿Tú si puedes sentirte herida, pero yo no? ¿Qué clase de broma es esa?
—¡Que no! Maldición. ¿Sabes que? Ahora mismo estoy frustrada.
—¡Yo también! ¡Maldita sea! ¡Y se te ocurre ir a ayudarle a Shinnosuke semanas antes de nuestro aniversario!— Tosió con fuerza debido a la exaltación que sufrió en ese momento. No estaba en condiciones de pelear, y definitivamente no debía hacerlo.
Al notar que todo se estaba convirtiendo en una competencia de quien sufrió más, Akane decidió dejar el tema en paz. Tomó la sábana de Ranma y lo cobijó. Aunque a veces se comportara como un imbécil, seguía siendo su esposo y la persona a la que más amaba en el mundo. Ranma no reprochó nada, simplemente se dejó hacer, soltando un gruñido en voz baja.
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Ya eran alrededor de las tres y media de la madrugada, una hora poco común en la que las enfermeras a veces solían pasar a revisar a los pacientes y verificar que todo estuviera bien. Ranma, para su desgracia, fue despertado de su sueño gracias a un pequeño dolor en el brazo. Frotó sus ojos con el dorso de su mano izquierda, mientras agachaba la vista. La vía intravenosa que tenía colocada en su otra mano parecía estar atascada. Incluso, le había hecho sangrar un poco. Se había movido, y por lo tanto, la vía se desacomodó.
Trató de colocar la jeringa en su lugar, pero esto empeoró la situación. Su sangre se regó un poco en la maguera. —Maldición.— Susurró.
Estaba a punto de quitar sus propias sábanas para levantarse e ir por ayuda, pero no hizo falta.
La puerta de su habitación se abrió con cautela, y de ella, apareció una enfermera a la que nunca vio durante los días que había estado internado ahí. Portaba un uniforme un poco diferente y pulcro, de color blanco, sin ninguna arruga en la falda amplia ni en la camisa de color azul que la complementaba. Lo que le llamó la atención de dicha enfermera fue el cabello. Era corto, casi idéntico al estilo que llevaba Akane. De hecho, su apariencia resultaba similar a la de su esposa, porque los ojos avellana de la mujer transmitían la misma amabilidad y compasión que la de su mujer. La observó caminar hacia él, con una sonrisa cálida en su rostro. Realmente era como tener a una segunda Akane a su lado, aunque con unos cuantos años encima.
—Buenas noches. Soy la enfermera Ushida. Vengo a ver si necesita algo.— Pronunció en un tono calmado. El gorrito que llevaba en su pelo le llamó la atención. Ninguna enfermera llevaba esa indumentaria, así que todo le estaba pareciendo extraño. Podía jurar que el uniforme era de una época distinta a la actual, como si fuese de hace unas cuantas décadas.
—Buenas noches. Ahm... yo, bueno...— Levantó su brazo, mostrando la vía desacomodada y con un poco de sangre en ella. La joven mujer sonrió de forma tierna. ¡Diablos! Se parecía tanto a Akane, que no pudo evitar sentir un cierto escalofrió recorrerle su piel. Algo había escuchado sobre un fenómeno parecido a este. Al parecer, le decían doppelganger, o algo por el estilo.
La joven mujer encendió el interruptor de la habitación, se acercó a él, y tomó el brazo de Ranma con mucho cuidado. Comenzó a acomodar la vía y a retirar la sangre que le había salido, teniendo especial atención con no cometer algún movimiento en falso. —Vaya, parece que se mueve mucho, señor. ¿Ha tenido una pesadilla?
El de trenza pareció pensar un poco, y finalmente recordó algo. —Creo que si. Tengo algo borroso en la mente.— Soltó una carcajada cargada de mofa hacia el mismo. —Es tonto que un adulto de mi edad tenga pesadillas, ¿No cree?
—No se preocupe. Las pesadillas las he tenido yo todo el tiempo. A decir verdad, hay ocasiones en las que no me dejan de perseguir. Pero, a fin de cuentas son solo eso. Pesadillas. No son reales.
Con ese tono tan jovial, a Ranma se le quitó la desconfianza y timidez. Decidió comentarle lo que había soñado, tal vez un poco de perspectiva femenina le ayudaría a calmar su mente. —Verá... es que he soñado que mi esposa me dejaba por alguien más. Que me era... infiel.
Terminó de acomodar la vía, y observó al joven. La palabra infiel le llamó la atención. Se le notaba con pesar, por lo que decidió hablar con él. —Suena a una pesadilla cruel.
Suspiró. —Hace dos semanas ella visitó a alguien que en el pasado casi nos separa. Si me dijo que iría a verlo, pero la verdad es que fue una etapa difícil que me marcó mucho. No es que no confié en mi esposa, pero... creo que el miedo me gana la batalla.— Sus ojos azules mostraban lo que sentía. Miedo. Terror. Solo había dos cosas que le quitaban el aliento y le aceleraban el pulso, para bien o para mal. La primera, los gatos. Y la segunda, Akane. Si le quitaban a su amor, él no se sentiría completo.
Aquella extraña comprendió todo. —El miedo es nuestro peor enemigo. ¿Sabe algo? Muy pocas veces he visto el amor en la mirada de los pacientes varones a los que he atendido. La ama demasiado. Tanto que le da temor perderla para siempre, pero eso no pasará a menos que no cuide a su esposa.
—Lo hago. De verdad la cuido, aunque, creo que a veces soy demasiado torpe al hacerlo. Lo soy menos que antes, pero en ocasiones nuestras discusiones son algo infantiles, y creo que la termino lastimando un poco. Además... antes de la estupidez que cometí, hubo un incidente que le afectó.
—¿Un incidente?
Carraspeó. —Ambos damos clases de artes marciales en el dojo. Una de nuestras alumnas tuvo un problema en casa, y confiaba tanto en mi que me ofrecí a ayudarle. Pero me dijo que no debía de hablar sobre eso con nadie más, porque se sentía avergonzada. En fin, mi esposa creyó que le fui infiel con esa chica.
Al escuchar esa confesión, los ojos de la mujer se tornaron un poco vacíos. —¿Realmente lo fue?
Jadeó. —No, nunca me interesó mi alumna. Después de una gran discusión, le confesé a mi esposa todo lo que ocurría.
—¿Y ya le ha pedido perdón por el malentendido?
—Muchas veces.— Soltó una risa irónica. —¿A usted no le ha pasado?
—¿Qué me pidan perdón?
—Que le sean infiel. O que haya sospechado de que le eran infiel.
La mujer terminó de acomodar la vía, y apartó sus manos. Luego, con un deje de melancolía, agachó la mirada unos segundos. Después de aquello, levantó el rostro, y sonrío nuevamente. —Sí. Una vez, con...— Se interrumpió en seco. —Bueno, no tiene importancia.
—No se preocupe, entiendo que no sea fácil de hablar. Aunque, después de todo, no somos los únicos que hemos pasado por aquello.— Guardó silencio por un momento. Luego, suspiró. —Amo mucho a Akane. Y la verdad, es que jamás me atrevería a serle infiel. Muchas chicas, incluso más jóvenes que yo, se me han insinuado. Me han hecho propuestas de un estilo... particular. Pero nunca se me cruzó por la cabeza llevarlas a cabo.
La enfermera miró a Ranma de forma extraña. —¿De verdad nunca le ha sido infiel a su esposa?
—Lo juro. Y no concibo a los hombres que lo hacen. Deben estar locos como para engañar a las mujeres que más aman.
—¿Le gustaría que le cuente una historia?— Preguntó tranquilamente, sorprendiendo a Ranma por el cambio tan brusco de su personalidad.
El tono tan sereno le inspiró curiosidad, por lo que asintió. —Adelante.
—Hace un tiempo, tuve una compañera enfermera que cayó perdidamente enamorada de uno de los doctores del hospital. El doctor la pretendía, regalándole flores hermosas, y comportándose como un caballero con ella. Parecía que todo iba a acabar en una boda entre ambos, porque siempre que los veíamos juntos, el aura que emanaban era romántica. Sin embargo, el doctor estaba comprometido con alguien más, y por eso nunca avanzó más allá del coqueteo con ella. Mi amiga se enteró el mismo día de la boda del doctor, gracias a que ella recibió el ticket de la tintorería donde ese miserable encargó el traje. Entonces, ella...— Desvió sus ojo avellanas hacia la ventana del cuarto, poniendo atención al exterior tranquilo.
Ranma, inquieto, volteó en la misma dirección donde la mujer fijó su vista. No observó nada, salvo la luna llena y las estrellas brillantes. De repente, sintió frío. Mucho. Era como si la temperatura del lugar hubiese descendido de forma abrupta al mismo nivel de un congelador, lo cual era extraño, ya que el invierno se estaba alejando. Comenzó a temblar, y a sentir sus dedos de las manos helados. —Disculpe... ¿Podría cerrar la ventana, por favor?— Suplicó con total desasosiego.
La enfermera asintió, yendo hacia la abertura y cerrándola por completo, cubriendo la vista de la oscura noche para el paciente. —¿Se encuentra bien?
Negó. —Tengo mucho frío. Creo que me quiere dar fiebre de nuevo.
—Entiendo. En uno de los cajones hay medicamento para bajar su fiebre.
Frunció el ceño, mientras su mandíbula castañeaba gracias a lo que sentía. —Pensé que los medicamentos los tenían guardados en un almacén, y no en las habitaciones.
Se quedó muda por unos momentos, aunque luego de ello, una sonrisa enigmática se posó en sus labios pintados de color rojo.—Mis compañeras me lo dejaron ahí, en caso de emergencia.— Se encaminó hacia el mueble donde se encontraba el termómetro, y del cajón extrajo una especie de medicamento en caja. Abrió el contenido, mostrando una ampolleta con un líquido extraño. Buscó una jeringa, y procedió a llenarla con el medicamento. Luego, se dirigió hacia la vía, e inyectó el contenido sin pedirle permiso al chico.
Ranma no entendía que sucedía con él. Ni siquiera la explicación vaga de la enfermera le sirvió para apaciguar su ansiedad.
De repente, la amena plática que sostenían se había visto interrumpida por algún motivo inusual. Su piel se erizó al notar la sonrisa de aquella mujer. Ya no veía a Akane reflejada en ella, más bien, era una extraña más. Con la voz algo afectada por el temblor al que su cuerpo había sucumbido, le preguntó por lo que estaba contando. Necesitaba, desesperadamente, saber que había sucedido con la amiga de aquella mujer. Como si fuese de suma importancia el asunto para él. —¿Qué fue lo que sucedió con su amiga?
Le correspondió la mirada. Una tristeza avasallante cubrió a Ranma, notando como esa mujer parecía sufrir al contarle todo. —Ella comenzó a sentirse mal. Siempre cuidaba bien de las personas, era una excelente enfermera. Dedicada fielmente al servicio que demanda nuestra profesión. Gracias al engaño del embustero doctor, dejó de atender a cada paciente que se le asignaba. Solía ir bien arreglada, y después de un tiempo, comenzó a descuidar su imagen. Poco a poco se fue apagando su luz. Finalmente, ella no pudo soportarlo más. Se enfermó gravemente, y tuvo que internarse en este mismo hospital. No sobrevivió.
—Lo lamento mucho. Debió ser una muy buena amiga.
Sonrió débilmente. —Lo fue.
Ranma tomó la mano de aquella enfermera, con demasiado cuidado. Estaba temblando aún, pero quería transmitirle algo de alivio a su pobre alma. —Ese doctor debió ser sincero. No entiendo como pudo haber engañado a la pobre de su amiga. Si yo hubiera sido aquél medico, no la habría hecho pasar por todo ese infierno.
Sus ojos se oscurecieron con destellos de rencor. Un aire pareció mover los cortos cabellos de la mujer. Extrañamente, la ventana estaba cerrada ya, por lo que no había forma de que eso pasara. Y la luz de la habitación hacía corto circuito, apagando y encendiendo su incandescencia de forma intermitente. —Todos los hombres dicen eso. Pero, ¿Cuántos lo cumplen realmente?
—Yo.— Dijo firme, aunque sus labios no dejaban de castañear por el frío que sentía.
Una ventisca aún más fuerte se aproximó, moviendo por completo los pelos de ambos. El frío ya estaba intensificado al máximo, pero curiosamente, a Ranma no le hacía sentir intranquilidad. Todo lo contrario, era como si estuviera experimentando una paz agradable. Tal vez se debía a que estaba comprendiendo sus errores y los de Akane. Ambos no eran perfectos, y aunque los matrimonios sufrieran crisis como las que ellos tuvieron, por nada del mundo cambiaría a su mujer. Ni ella sería capaz de hacerle tal acto de traición.
La enfermera siguió con la mirada ensombrecida, pareciendo mucho más misteriosa que antes. —En algún momento lo serás.
—No es así.
—La carne es débil.
—Yo jamás le haría eso a Akane. Mi esposa es importante para mí.— Agachó la mirada, con arrepentimiento. —La lastimé, pensando en que ella me haría eso. Además, traicioné su confianza ocultándole cosas. Y no supe ver que ambos hemos cometido errores. Soy un tonto.— Volvió a observar a la enfermera, sonriendo pacíficamente. —Yo... cuando me recupere, le pediré perdón de forma sincera. Además, le prometo a usted que nunca seré infiel. Por Akane, le puedo jurar que en mi vida haré tal cosa.
Debido a la afirmación que salió de la boca del chico de ojos azules, la atmósfera del lugar cambió por completo. La ventisca trepidante se tornó en un suave vaivén de aire cálido. Además, la luminaria dejó de parpadear, y en esta ocasión, la luz se mantuvo fija.
Poco a poco regresó la vitalidad de la enfermera a su rostro. Acercó su mano a la cara del de trenza, acariciando su mejilla. —Entonces, si lo prometes, tendrás mucha suerte para toda tu vida. Ambos cosecharán salud y prosperidad.
Sus ojos empezaron a pesarle, y el frío cedía ante la inyección que le colocaron antes. Los temblores desaparecieron, permitiendo que dejara de moverse bruscamente. Se recargó suavemente en su almohada, y sintió como la mujer le arropaba con cariño. Por un instante, pudo sentir como ella, en realidad, era Akane. Sonrió agradecido ante el suave gesto, entrecerrando los ojos. —Gracias.
Ella se apartó, dirigiéndose hacia la salida de la habitación. Abrió ligeramente la puerta, pero antes de siquiera dar un paso hacia enfrente, giró su cuerpo. —Ranma Saotome...
Ranma le miró con mucha dificultad. Sus parpados se estaban convirtiendo en hierro fundido, imposibilitando ver de forma adecuada a la mujer. Incluso, pudo jurar que, en realidad, no tenía pies, y flotaba. Además, sus sentidos comenzaban a adormecerse, por lo que a duras penas escuchó como pronunció su nombre. —¿Si?
—Cuida a tu esposa. Y no permitas que le ocurra lo mismo.
Entonces, las luces se apagaron.
Y él, cerró los ojos para abandonarse al sueño profundo.
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—Buenos días, señor Saotome.— Pronunció suavemente una de las enfermeras, revisado la bolsita de suero.
Ranma comenzó a enfocar nuevamente su visión. Se frotó los ojos con la mano libre, y comprobó que ya era de día. La ventana se encontraba abierta, volviendo a mostrar el paisaje ameno del jardín del hospital. —Buenos días.— Dijo con suavidad.
—¿Cómo se siente el día de hoy?
Se tomó el tiempo de inspeccionarse a si mismo. La garganta no dolía. Ni los pulmones. No había rastros de tos, ni mucho menos fiebre. En realidad, solo sentía un hambre inquietante. Cuando estuvo enfermo, ni siquiera tenía apetito para comer. Pero ahora mismo parecía que podía comerse dos raciones de un desayuno completo. —Creo que me siento bien.
Ante eso, la enfermera procedió a tomarle la temperatura con un termómetro digital. Tomó su pulso y su presión, constatando que, en efecto, se había recuperado por fin. —Bien, los signos vitales están en perfecto orden. Le avisaré al médico para que lo revise a profundidad, y ver si le podemos dar el alta hoy.
—¿De verdad? ¡Gracias! Eso sería estupendo.
—Descuide. Después de todo, hoy es su aniversario de bodas, ¿No?
Su aniversario. Era verdad. —Cierto...
—¡Que buen milagro se les concedió!— Con alegría, caminó hacia la salida. —A propósito, en un rato se le traerá el desayuno.— Dijo, abriendo la puerta y abandonando la estancia.
Ranma comenzó a recordar ciertas cosas de la noche anterior. Olvidó preguntarle a la enfermera por la identidad de la mujer que le atendió durante la madrugada. Solo sabía su apellido. Ushida. Decidió que, en cuanto viniera el doctor a verle, le interrogaría para poder agradecerle a aquella persona que le atendió.
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—Abra bien la boca, por favor.— Pidió el médico con calma. El de trenza le obedeció sin rechistar. —Todo en orden. Ya que he escuchado sus pulmones y revisado su garganta, déjeme informarle que está en perfecto estado. Hoy se le dará de alta.
Ranma sonrió con alivio. —Muchas gracias, doctor. Antes de que se retire, quiero preguntarle por la enfermera Ushida.
El doctor, extrañado, frunció el ceño. —¿La enfermera Ushida?
—Si, ella me acomodó la vía por la madrugada. Además me bajó la fiebre con un medicamento que había en un cajón del mueble.
—Lo lamento, señor Saotome. Pero aquí no trabaja ninguna enfermera con ese apellido. Además, es imposible que hubiera medicamentos en los cajones. Nunca se dejan ahí.
Esto lo extrañó profundamente. —Pero, yo...— Rascó su cabeza, razonando que, en efecto. No debería de haber ningún fármaco ahí. Eso sería una práctica poco ética y profesional de la institución de salud.
—Seguramente debido al cansancio se confundió.
—Si. Seguramente...
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Salió del baño, ya sin la vía en la mano, vistiendo su pijama del hospital. Había decidido darse una pequeña ducha, y por suerte, las enfermeras le proporcionaron un par de toallas para que pudiera secarse. Aún seguía pensando en lo que le dijo el doctor. No podía creer que no hubiese una enfermera con el apellido Ushida. Además, podía jurar que lo que vivió por la madrugada era real. La plática, el frío, el medicamento, todo se sintió verdadero. —O tal vez fue por la fiebre.— Murmuró. Escuchó como tocaron la puerta de la habitación con un poco de timidez. —Adelante.
No pasaron siquiera unos segundos que pudo observar a Akane entrando y corriendo en su dirección. Iba cargando una mochila, la cuál terminó en el suelo gracias a que fue lanzada por ella. Los brazos femeninos prontamente le cobijaron, y entonces, él sintió la humedad extenderse en su pijama.
—Perdón. Ranma, de verdad perdóname.— Sollozaba con el arrepentimiento más puro. —No debí desconfiar de ti. Solo te lastimé...
El corazón de Ranma se estrujó. No le gustaba verla tan triste. Apretó a Akane en un abrazo cargado de muchas emociones, y acarició su cabeza con mimo. —No. Perdóname tu a mi. Soy yo quien no debí de suponer cosas con respecto a Shinnosuke.
Akane apartó su rostro de él, y lo miró directamente a los ojos. Le tocó las mejillas, y le propinó un beso lleno de mucha ternura y cariño, limando la asperezas de su relación.
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Mientras Akane estaba resolviendo las cuestiones relacionadas con el papeleo del hospital, Ranma se encontraba sentado en uno de los asientos de la sala de espera. Había poca gente ese día, por lo que el ambiente era tranquilo y demasiado ameno.
O al menos, eso parecía. Hasta que escuchó la conversación de dos enfermeras que estaban en uno de los consultorios cercanos a él.
—¿Te enteraste del paciente de la habitación sesenta y seis?
—¡Oh si! Era el paciente con el que tuvimos un problema la semana pasada, ¿No?
—¿De que paciente hablan?
—De señor Hashimoto. Estaba internado desde hacia meses, y la semana pasada vino su esposa con su hija. Pero, en ese mismo lugar, ellas se encontraron con la amante.
—¿Enserio?
—¡No bromeo! Hoy amaneció muerto. Su recuperación iba bien hasta ayer, pero de la nada le dio un ataque al corazón.
—En su mesa de noche encontraron una nota. Iba dirigida a Akane Ushida, y prometía que ya nunca sería infiel.
—¡Que miedo! Volvió a hacer de las suyas.
Al escuchar el apellido de la enfermera, Ranma sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Akane Ushida. Así se llamaba la enfermera. Y encima, la promesa de no ser infiel era como lo que él recordaba. Se levantó para preguntarle al grupo de enfermeras por lo sucedido, aunque no lo logró, porque todas se dirigieron a una de las alas del hospital, presurosas. Iba a rendirse, cuando chocó con la joven que le había estado cuidando durante todo ese tiempo que se mantuvo internado.
—Oh, lo lamento, señor Saotome. No me fijé por donde iba.— Se disculpó a modo de reverencia.
—No se preocupe. Quería preguntarle por la enfermera Akane Ushida. Necesito agradecerle por cuidarme durante la madrugada. Le he preguntado al doctor sobre ella, pero me dijo que no trabaja en este hospital.
La joven enfermera palideció por completo. Se acercó a él, y en voz baja, le contestó algo que le dejaría completamente helado. —Hay una leyenda que dice que una enfermera llamada Akane Ushida se les aparece a los pacientes y los cura. Se dice que fue engañada por un médico durante la década de los años cuarenta, antes de la segunda guerra mundial. Es por eso que, a quienes son infieles o mienten, les mata. No es ético ni profesional lo que le voy a decir, pero el paciente de la habitación sesenta y seis parece que fue asesinado por ella porque le fue infiel a su esposa.— Alejó su cuerpo, y acomodó los expedientes del paciente que llevaba en brazos. —Considérese afortunado.— Luego, se retiró, caminando un poco apresurada.
Entonces, todo tuvo conexión.
El frío. La luz parpadeando. La medicina para la fiebre.
Akane Ushida se le apareció, y le contó su propia historia para advertirle que no hiciera nada de lo que se pudiese arrepentir.
—Ranma.— Akane llegó a su lado. Ahora, cuando vio el rostro de Akane, no pudo evitar que el escalofrío le recorriera el cuerpo entero. Debía controlarse, ella era Akane Saotome. No era Akane Ushida. —Ya está listo. Podemos irnos.
Ella le tomó del brazo, y comenzaron a caminar hacia la salida del hospital.
Ahora, en vez de sentirse en paz, la inquietud se le aferraba al estómago, y las ganas de salir de ese hospital eran enormes. Cuando por fin atravesaron la salida, Ranma miró por última vez hacia la fachada.
En la habitación donde él estaba internado, distinguió por la ventana la silueta de una mujer con un traje de enfermera de los años cuarenta. Pulcro y sin ninguna imperfección, como él recordaba haber visto. Akane Ushida le estaba vigilando por última vez.
Agradeció por dentro el que le haya curado, aunque, prefirió no volver nunca a ese hospital.
Una cosa si estaba clara. Nunca olvidó la frase que ella le dijo por última vez.
Cuida a tu esposa.
¡Hola a todos!
Esta es mi segunda participación en la dinámica de Halloween de la página Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma. En esta ocasión, es un one shot con el tema leyenda. Está basada en la leyenda de La Planchada, una enfermera llamada Eulalia que trabajaba en el Hospital Juárez de la Ciudad de México, y quien se enamoró de un doctor que, aparentemente, estaba comprometido con alguien más. Debido a la depresión de la decepción, descuidó a sus pacientes, y al poco tiempo enfermó y pereció. Le dicen planchada porque su uniforme siempre solía estar planchado y pulcro.
Algunas versiones difieren de la que les conté, y hay dos variaciones en cuanto a lo que hace. Algunos dicen que ella se aparece para curar a los enfermos, ya que la culpabilidad por descuidar a sus pacientes no la deja descansar en paz. Otros sugieren que, en realidad, mata a lo pacientes o se lleva a los que ya les toca partir de este mundo. Yo modifiqué algunas cosas de la historia, pero la esencia es la misma.
La verdad, el horror no es mi fuerte, así que perdonen si no quedó bien el terror. Aún con todo eso, espero que les haya agradado el one shot.
Muchas gracias por su atención y su apoyo. Aprecio mucho eso.
¡Que tengan un gran día!
Con amor, Sandy.
