— Esperaba una reacción más alegre de tu parte, pero supongo que tal vez estoy pidiendo demasiado. — Comentaba el imponente guerrero de seis pares de ojos. — Y veo que traes compañía. Interesante sin lugar a dudas. —

— Ella es Bretta-san, una vieja amiga. —

La joven estaba asustada ante la presencia de la colosal criatura. Su altura casi la duplicaba, haciendo que sentirse intimidado no fuese una sorpresa para nadie. Aún así, la joven se mantuvo mirándolo a los ojos sin siquiera pestañar, aún cuando su cuerpo no paraba de temblar ante el miedo.

El cazador se fijó en ella con sumo detalle. Como experto que era, podía reconocerla como una presa fácil. Aún así, el hecho que no apartada la mirada de su escalofriante presencia era toda una proeza. Una proeza que el cazador asimiló con satisfacción.

— Ya veo. Tienes bueno ojo mi pupilo. — Comentó el imponente ser tras dejar escapar una sonrisa, provocando en la joven un enrojecimiento notorio, aunque la expresión vacía del fantasma no se inmutaba en lo absoluto.

— Estamos de paso. La llevaré al Sendero Verde. Allí podrá recuperar la vida que perdió por culpa de mis acciones. —

— Ghost-kun, ya te dije que lo que pasó no fue tu culpa. —

— Lo siento, Bretta-san. Pero por mucho que agradezca que me digas esas palabras, simplemente no pudo ignorar las consecuencias de mis actos. Es lo menos que puedo hacer por tí. —

Una situación difícil de mirar sin lugar a dudas. El cazador se mantenía callado, viendo a esos dos jóvenes de tal manera. Conocía a Ghost mejor que nadie, y sabía que no descansaría hasta hacer lo que él considerada correcto. Si en su mente había formulado un pacto o una promesa, la cumpliría sin importar el método o las consecuencia. O lo crió para que así fuese después de todo.

Sin embargo, ver la tristeza de la joven tampoco era para ignorar. Ella trataba de alivianar la culpa de los hombros de Ghost, en un acto para tratar de calmar su atormentada mente y afligido corazón. Pobre criatura inocente. Sus intenciones eran demasiado puras... Pero lo que desconocía, era que el alma de Ghost hacía ya mucho tiempo no podía ser salvada.

— Entonces, tienes pensado llevarla con la Senda Verde — Entonces, tienes pensado llevarla con la Senda Verde... Y dime... ¿Crees que la van a aceptar tan fácilmente? —

Las palabras del maestro sacaron a ambos de sus aflicciones. Bretta alzó la mirada, temerosa de sus palabras. Ella era consciente de las disputas entre reinos, y era posible que alguien provenientes de Ciudad de Lágrimas no fuese vista con buenos ojos. De ser rechazada, de seguro quedaría desamparada. Aunque... Si eso significaba acompañar a Ghost y apoyarlo de alguna forma, era una idea que no le resultaba nada desagradable. Sin embargo...

— No temo por eso. Además... Es un buen momento para saldar una deuda. — Comentó el fantasma.

— Mmmm... ¿Usará un favor para tal cometido?... A de ser muy importante entonces. —

Ghost no dijo nada, aunque los presentes hubiesen esperado que si lo hiciera. Su rostro solo se dejó caer levemente, como si su interior estuviese batallando entre su pensar lógico y su tristeza. Una batalla que pudiese durar para siempre. Un estado sombría muy propio de un lama rota.

— Muy bien, mi aprendiz. Sigue tu camino. Pero cuando termines esta tarea que te has autoimpuesto, iré a buscarte. Hay algo de vita importancia que debo decirte. Sabes que te encontraré. —

— Si, maestro. Que la luz y la sombra guíen su camino por igual. —

— Que la luz y las sombras guíen su camino por igual, joven alumno. Lo mismo para usted, señorita Bretta-san. —

— Lo... Lo mismo digo... señor. —

Y así, el imponente ser siguió su camino, hasta que su oscura figura poco a poco se fue desvaneciendo entre la maleza y las sombras. Y en apenas unos segundos, su presencia había desaparecido por completo. Como si jamás hubiese estado en ese lugar. Ni siquiera un aroma, o un rastro dejados por sus pies. El acechador perfecto.

— Sigamos. La ciudad Concordia no está lejos. —

Tan pronto el rastro de su maestro se disipó en la espesura de la vegetación, Ghost se dió la vuelta y siguió su camino. Bretta tuvo que apresurarse un poco para alcanzarlo, pues no se esperaba una despedida tan fría por parte de ambos. Aunque al parecer, había muchas más cosas que ella ignoraba.

La maleza del Sendero Verde era por mucho, más tupida que cualquier otra zona de Hallownest. Si no tomabas las vías principales, es posible que tuvieses que abrirte paso entre la vegetación a base de cortes. De hecho, se había esparcido el rumor que la vegetación de este lugar jamás cesaba de crecer, a un ritmo ligeramente más rápido que el resto de zonas. Aunque todos ignoraban el porqué. Y era en una de esa grutas tan alejadas, donde Ghost lideraba el camino, usando sus armas para abrirse paso y sus instintos para no perderse.

— ¿Qué significaba esa frase que tu y tu maestro se dedicaron antes de despedirse? —

— ¿Cual exactamente? —

— ¨Que la sombra y la luz guíen su camino¨... o algo similar. —

— Que la luz y la sombra guíen su camino por igual. —

— Exacto... ¿Qué significa? —

— Es solo un precepto antiguo. Uno que brinda equilibrio en nuestro que hacer. —

— ¿Qué tipo de equilibrio? —

— Uno abstracto. Uno que indica buscar la sabiduría en las decisiones. No dejarse llevar por la oscuridad o por la luz pues, tanto la una como la otra, pueden cegarnos de igual forma. —

Bretta miró al fantasma con preocupación. Desde que se topó con su maestro, había estado más decaído, menos vivo. Y por cada cosa que recordaba, su oscuridad parecía salir a flote. Irónico, teniendo en cuenta lo que recién había dicho. Aunque lo más probable era, que el propio Ghost tuviese mucho que reflexionar todavía.

Finalmente, ambos llegaron a los caminos centrales del reino. Un modesto sendero de piedras, bajo el cual la verde hierba parecía ser recortada con regularidad. Uno que conectaban los Cruces Olvidados con el propio corazón del Sendero Verde. Uno, en donde encontraron un punto de control fronterizo de inmediato.

Una modesta muralla se alzaba desde el lecho rocoso hasta el techo de rocas. Pasar por allí a escondidas sería imposible, pues la constante vigilancia nunca cesaba. La Senda Verde era un culto pacifista, pero no por eso indiferente a los problemas de Hallownest. Cuando estallaron los conflictos se aislaron en su reino, donde la fertilidad de la naturaleza les brindaba del alimento suficiente para toda una eternidad. Sus tropas estaban especializadas en los combater defensivos de asedios, y cada uno de los conducto que conectaban al Sendero Verder con el resto de zonas, estaba asegurado por una muralla de igual magnitud que la que ahora impedía el pazo de Ghost, Bretta, y el resto de Transeuntes.

Ser un mercader errante o un viajero sin tierra en una zona en guerra no es prudente, pero tampoco impensable, y al menos unos diez insectos formados en fila, esperaban que el guardia fronterizo Musgoso les tomara sus datos, así como las intensiones del motivo de su llegada al reino.

Ghost ya había estado aquí antes, y sabía que no sería prudente llamar la atención en vano, pues justo detrás de esa muralla, se escondía una guarnición de al menos unos cien centinelas que era mejor no querer enfrentar. Eso sin contar la decenas de arqueros apostados en el interior de los muros, los cuales llenarían la parte frontal de flechas, disparando por las pequeñas aperturas que la roca sólida presentaba.

Al poco tiempo se encontraron en medio de la fila. Al frente, un escarabajo anciano tiraba de un carrito con varios artículos en su interior. La mayoría, artesanía de vidrio y algunos artículos de metal. Y a sus espadas, un grillo solitario, que parecía estar perdido en sus pensamientos.

Ghost se mantenía en vigilia constante, algo que no era capaz de evitar. Mientras, Bretta se encontraba bastante nerviosa, pues la situación la asustaba bastante. Pues era su primera vez en tierras extranjeras, y la primera vez que se enfrentaría en una entrevista de esta índole. Así que lo mejor sería respirar tranquilamente, responder las cosas que le preguntasen con calma y no decir nada extraño. La joven ya estaba lista, cuando la voz del guardia musgoso se dirigió a ellos.

— ¿Identificación? —

— Bre... —

— Llame al capitán Yamato. Dígale que el Fantasma desea verlo. —

La voz de Ghost opacó a la de Bretta de inmediato, cosa que la irritó bastante, aunque el fantasma ni siquiera se diese cuenta de eso. De hecho, Ghost permanecía mirando fijamente al guardia, quien no tardó en alzar la mirada, solo para enforcar su indiferente rostro en el encapuchado que parecía exigir algo que no le correspondía.

— El capitán Yamato está muy ocupado con asuntos más importantes. No creo que pueda perder el tiempo con alguien que ni siquiera se presenta por su nombre. —

La joven Bretta se estremeció al escucharlo. Sobre todo, porque los dos guardias que estaban a espaldas del interrogador parecían enfocarse en ella y en Ghost, mientras el fantasma movía las manos bajo su capa. ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso tenía planeado enfrentarse a todos esos guardias por su cuenta? Eso sería una locura. Sin embargo, Ghost solamente sacó un peculiar objeto, el cual colocó frente al entrevistador.

Se trataba de una pequeña hoja Se trataba de una pequeña hoja. Una hoja dorada muy hermosa. Bretta no sabía lo que significaba, pero por la forma en que los guardias abrieron los ojos, supuso que no sería nada insignificante. Sobre todo, porque el tono del musgoso que los estaba entrevistando cabió abruptamente.

— Eh... Si señor. Llamaremos al capitán lo antes posible. Pase y siéntese en la sala de espera mientras llega. —

— Esperaremos fuera. —

Fue lo único que dijo el fantasma, antes de darse vuelta a un lado y apartarse del camino para no entorpecer el tráfico de transeuntes. Ghost dió unos pasos, y se sentó sobre la hierba a un lado del camino, lo suficientemente lejos para que nadie lo molestara. Piernas cruzadas y pose encorvada, con su capa cubriendo todo su cuerpo. Y tras unos segundos, Bretta se sentó a su lado.

— Yamato podrá ayudarte. Una vez dentro, podrás tener una vida más tranquila. — Comentó Ghost, pero no recibió respuesta alguna. — ¿Bretta? —

El fantasma no se había percatado hasta este momento, cuando giró su mirada hacia la joven, solo para verla de brazos cruzados y el seño fruncido. Estaba molesta, eso er obvio, aunque Ghost ni siquiera podía imaginar por qué.

— ¿Vas a seguir tomando decisiones por mi? — Comentó la enojada joven.

— ¿Qué? —

— Escucha Ghost, te he hecho caso desde que llegamos a Páramos Fúngicos. Pero ya estoy cansada de que ignores lo que digo. Puedo defenderme sola... ¿Sabes? —

— ¿Ignorarte? Yo no lo he hecho. —

— Lo has hecho. A todo el mundo. No era necesario que tratases al guardia de esa manera. Ni que me impidieses decir nada. O la forma en que trataste a las mantis o a tu maestro. —

— Yo... Solo lo hice para terminar lo antes posible. Para no perder tiempo. —

— No todo puedes solucionarlo a tu manera, Ghost... —

El fantasma no podía entender el por qué de la actitud de la joven. Todo lo que había hecho, era para llegar al Sendero Verde lo antes posible. En su mente, creía no haber hecho nada malo. Las mantis son demasiado orgullosas para escuchar a otros insectos. Su maestro siempre estaba perdiendo el tiempo con comentarios innecesarios y cosas sin sentido. Los musgoso no la dejarían pasar, a menos que él usara sus privilegios para hablar con el capitán personalmente. ¿Qué es lo que había hecho mal? ¿Acaso había sido grosero? Él solo hizo lo que la lógica en su mente le decía. Aunque a decir verdad, Ghost olvidó por completo como ser una persona sociable.

Ahora, ambos incestos estaban sentados juntos, esperando. Para Bretta esto no podía ser más incómodo. Sobre todo porque Ghost simplemente abandonó la conversación y se resguardó en sus pensamientos tras su regaño. Algo propio de alguien que no sabe como tratar con otros. Eso le creaba una mescla de enojo y dolor por igual a la joven. Aunque para Ghost, esto era como una de las cientos de veces que se queda perdido en sus pensamientos en el día.

— Ghost-sama. —

La voz del musgoso que custodiaba la puerta llamó a ambos por igual. Bretta alzó la mirada como cualquier otro hubiese hecho, pero la mirada de Ghost fue mucho más lenta. Más sombría. Más intimidante. Algo que hacía ya involuntariamente como parte de su propia personalidad, pero que provocó un escalofríos en el pobre musgoso que lo había llamado. Sobre todo, porque detestaba que lo llamara ¨sama,¨ o con cualquier otro tipo de respeto.

Aún titubeante, el musgoso les indicó que lo siguiera, y tanto la joven como el fantasma se pusieron de pie y lo siguieron. Bretta, siempre mirando a todo con una mezcla de curiosidad y miedo. Ghost, con su mirada inamovible al frente, pero con sus sentidos atentos en todas direcciones. Y una vez cruzaron el umbral que dividía Senderos Verdes del resto del mundo, lo vieron.

Se trataba de un musgoso algo mayor, y la capa de vegetación que crecía sobre su cuello y espalda era prueba fehaciente de eso. Su antena izquierda estaba amputada, una clara muestra de la crueldad de los combates en los que había participado. Su armadura verde era inconfundible, y portaba dos aguijones atados a la correa de su cintura. Pero a pesar de su veterano rostro, alzó la mano y saludó al par tan pronto vió al grandullón encapuchado.

— Valla, valla... Jamás pensé que uno de los subordinados me llamaría por algún asunto relacionado contigo, Ghost-san. — Su voz grave mostraba un toque de sabiduría y paciencia.

— Lamento haberlo interrumpido de sus actividades, Yamato-sama. Pero esta vez necesito pedirle un favor. —

— Ja. Eso está de más muchacho. Y dime. ¿En que puedo ayudarte? —

El fantasma no respondió de inmediato. Hurgó entre sus cosas, y de abajo de su capa, sacó la misma hoja dorada que había mostrado al guardia para poder ingresar al reino sin problemas. Ya Bretta tenía la necesidad de saber por qué este objeto era yan importante para los musgosos, y por qué el capitán se impresionó al verla en la mano del fantasma.

— Valla. Ha de ser algo muy importante entonces. Dime. Qué puedo hacer por tí. Pídelo y haré lo que esté en mi poder para ayudarte. — Ghost asintió agradecido, y luego habló.

— Ella es Bretta. Una amiga. Necesita refugio, y pensé que podrías ayudarla. —

Por un momento, la situación se tornó bastante serie. El capitán Yamato se quedó mirando a Ghost por unos segundos, como si estuviese reconsiderando sus palabras, cosa que puso a la joven bastante nerviosa. Lo que Bretta desconodía, era el verdedaro motivo del asombro del musgoso.

— Ay, ay, ay. ¿Pero qué voy a hacer contigo? — Mencionó el capitán algo divertido. — No tienes que usar el Favor de la Vida para una petición así, Ghost-san. —

— Debo hacerlo. Es lo correcto. Un favor por otro. Nada más y nada menos. —

— Ghost-san. En serio no es necesario. —

— Insisto, Yamato-sama. —

El capitán se quedó mirando al joven, y a su mano extendida con el artefacto entre los dedos. Yamato ya lo conocía, y sabía que hacerlo cambiar de parecer sería imposible. Era un tonto cabezadura, pero en su mente estaba haciendo lo que consideraba justo. Y no podía amonestarlo por eso. Después de todo, de no haber sido por un infante Ghost, él hubiese muerto a manos de un miembro del Culto del Alma hace siete años.

Yamato solo suspiró derrotado, antes de tomar la hoja dorada entre sus propios dedos. El capitán la contempló por unos segundos, pero no se veía muy alegre de tener algo tan hermoso entre sus dedos. De hecho, se veía algo triste. Aunque trataba de disimularlo lo mejor que podía.

— Esta bien, mocoso. Cumpliré por tu petición, por el pacto sagrado y palabra de la santa Natura. —

Esta vez, el capitán no titubeó. Su rostro cambió de pronto, y mostró una determinación inquebrantable, mientras adquiría una forma firme. Piernas juntas, mano izquierda junto a su cuerpo, y el puño derecho cerrado apoyado sobre su pecho, justo encima de su corazón. Una clara muestra convicción. Y el saludo oficial de los miembros de la Guardia Verde. Un saludo que demostraba respeto y lealtad.

— La dejo en sus manos, capitán. Aquí estarás a salvo. Podrás ser... feliz. —

El caballero le dedicó unas últimas palabras a Bretta, la cual reaccionó sorprendida ante lo dicho, mucho más cuando Ghost se dió la vuelta para dirigirse hacia la salida del reino. ¿Acaso ya pensaba irse? ¿Tan pronto? Al menos pudiese haberse quedado. Al menos pudiese haberse tomado un reposo. ¿Por qué debía ser así? ¿Por qué?

— Ghost-kun, espera. —

Bretta lo llamó involuntariamente, pero cuando Ghost se detuvo y se dió la vuelta, las palabras ya no salieron de su boca. ¿Qué iba a decirle? ¿Que se quedara? Ella ni siquiera tenía un techo donde dormir. ¿Qué abandonase su causa? ¿Cómo tendría el valor de pedirle algo así?

— Está bien, Bretta-san. Todo estará bien a partir de ahora. Ya no... ya no tienes que preocuparte por nada. —

Y una vez más, Ghost se dió la vuelta, y regresó a su camino. Para Bretta, verlo alejarse hacia la salida del reino fue como un puñal clavado en su corazón. Después de siete años, había visto un rostro conocido, aunque el espíritu de dicha persona no fuese el mismo. Pero aún así, había escapado de su encierro. había huido de la mugrienta ciudad que tanto detestaba. Y ahora tenía la posibilidad de comenzar de cero. no importa que fuese como una mera campesina. Cualquier cosa era mejor que soportar su antigua vida.

Ghost la había ayudado mucho más que lo que el caballero sería jamás incapaz de imaginar. y sin embargo, ella no podía ayudarlo de ninguna forma. Nadie podía hacerlo. Nadie puede ayudar un alma rota. Y ese sentimiento de impotencia, provocó que una lágrima cayese de su ojo, cuando finalmente vió a Ghost abandonar el reino. Tal vez para siempre.

— Pobre chico. La carga sobre su corazón ha destruido su felicidad por completo. — Comentó el capitán, tratando de entablar una conversación, pero al ver a la joven tan afligida, supo que no fue la mejor manera. — ¿Te llamas Bretta, no es así? —

Un enfoque diferente tal vez sería mejor. Y dió resultado, pues Bretta fue capaz de respirar profundamente, cercar su rostro con su mano, y darse la vuelta para encararlo, y dejar de mirar una entrada por la cual Ghost no volvería. Y con una calma y un toque de pena, le respondió al capitán.

— Si, Yamato-dono. Soy Bretta, para servirle. —

— Venga. No sea tan formal. Me hace parecer más viejo de lo que soy. — Un comentario que sacó algunas risas, y alivió un poco la tristeza del lugar. Este musgoso no parecía ser mal insecto. — Y dime... ¿De donde eres, Bretta-san? —

— Provengo de Ciudad de Lágrimas. De una zona no... muy agradable que digamos. —

— Ya veo. He escuchado que las doctrinas del Culto del Alma son muy tentadoras. ¿Alguna vez ha practicado la fe? —

Esta era una pregunta muy bien pensada. El Culto del Alma era el principal motivo por el cual los musgosos decidieron cortar las relaciones con el Corazón de Hallonest. Sus doctrinas racistas y xenofóbicas que intentaron imponer tras la muerte del Emperador Wyrm, se ganaron el rechazo inmediato de los seguidores de la Senda Verde. Por ende, sus miembros no eran muy bien vistos.

—¿La fe? Dudo mucho que esos hipócritas grises sepan lo que realmente la fe significa. Solo usan sus... artimañas y palabras bonitas para engatusar a los que más desesperados están. Su mera existencia me da asco. Aprovecharse de los débiles de mente y su sufrimiento. Una fe así... es solo una falsa. —

Bretta no se percató de su hablar, pero por cada palabra referente al Culto del Alma, más su rabia y desprecio salía a flor de piel. EL propio capitán Yamato se sorprendió ante esto, pues si bien añoraba una respuesta negativa, jamás esperó tal nivel de rechazo. AL menos no tenía que preocuparse que sus ideales le causaran problemas con el resto de habitantes del reino. Un gran peso que se quitó de los hombros.

— Me alegro escucharlo. Bueno, lo mejor será ir al registro civil. Si piensas quedarte, el Reino Verde está dispuesto a aceptarte como su ciudadana. Gozarás de los privilegios que nuestra emperatriz nos aporta, así como sus responsabilidades. —

— Estoy dispuesta ha hacer lo que sea necesario. He trabajado por más de siete años, así que eso no será un problema para mi. —

— Ja. Es bueno escucharlo. Entonces no creo que halla... — De pronto, el rostro afable y alegre del musgoso se tornó sorprendido y preocupado, como si se hubiese percatado de algo muy importante. — ¿Trabajo por siete años? ¿Pero si era muy joven? ¿Qué edad tienes? ¿Veinte? ¿Veintiuno? —

— Dieciocho años. — Respondió algo abatida.

— Once años tuviste entonces... Cuando empezar a trabajar... Eso es demasiado cruel. No sabía que esos grises obligasen a sus ciudadanos a algo tan abusivo. —

— Bueno. En realidad, yo no soy ciudadana de Ciudad de Lágrimas. Nunca lo fui. —

— Oh... Ya veo... Entonces fuiste... Una... una esclava. —

— Si señor. Espero que eso no sea un inconveniente. —

— En lo absoluto. La Senda Verde desprecia la esclavitud, tanto como yo a los grises. Esos malditos bastardos, han olvidado cualquier rastro de honor... Y dime, pequeña. ¿De donde vienes? —

— Yo... Yo nací en Bocamatsu. —

Bastó con escuchar ese nombre, para que el capitán dejase escapar un suspiro pesado, a la par que rascaba su sien con sus manos. Todo Hollownest conocía de la tragedia. Pero no todos sabía de las consecuencias y crímenes posteriores. Yamato alzó la mirada, tratando de brindar algo de compasión, pero lo único que encontró en el rostro de Bretta fue serenidad. Una serenidad impuesta, para reprimir todo el dolor que sentía realmente.

Yamato entendió que Bretta no necesitaba compasión. A pesar de su joven figura y su aparente amabilidad, ya había sufrido suficiente por el pasado. Estaba dispuesta a seguir adelante, y él solo la ayudaría a empezar su nuevo camino. Así que este se dispuso a guiarla hacia las oficinas del Registro Civil.

— Y cuéntame. ¿Sabes labrar la tierra o... Alguna vez has ordeñado a un Gru? —

— No. Nunca siquiera he visto a alguien hacerlo. Pero puedo aprender de ser necesario. —

— Bueno... ¿Y en qué trabajabas en Ciudad de Lágrimas exactamente? —

— Era la sirvienta de una casa noble. Pasé la mitad de mi vida como tal. —

— ¿En serio? Bueno... Eso puede cambiar un poco las cosas. ¿Qué más sabes hacer? —

— Bueno. En la mansión solía cocinar, limpiar, entre muchos actividades domesticas. Además, se de aritmética y contabilidad. —

— ¿En serio? — Preguntó asombrado.

— Si. Mi antiguo señor era un... problema... Y tenía que encargarme de mucha de sus responsabilidades de administración. Equivocarme solía propinarme un gran castigo. —

— Ya veo... Siento escucharlo. —

— Esta bien. Eso ya quedó en el pasado. Yamato-san... ¿Puedo hacerle una pregunta? —

— Claro. Siempre y cuando conozca la respuesta. —

— Ese artículo, El Favor de la Vida... ¿Qué es exactamente? —

— ¿Te refieres a esto? — El capitán mostró la hoja dorada, a lo que Bretta asintió con la cabeza. — Es un obsequio. A aquellos que han servido a la causa de la Senda Verde. Fue un regala que le hice a Ghost-sama por salvarme la vida. —

— Veo que lo trata con respeto cuando no esta presente. —

— Jamás le gustó que lo tratasen con respeto. Siempre se negó a eso. Pero jamás pensé que usaría este favor para algo como esto. —

— ¿Tan importante es? — Yamato solo dejó escapar una sonrisa, pues no sabía si la respuesta sería algo para lo que Bretta estaba preparada para escuchar.

— El Favor de la Vida, son obsequios dados por la misma Emperatriz. Son objetos únicos, y cuenta la leyenda, que aquel que no sea digno de portarlo, hará que la hoja se marchite y muera. Todos los miembros de la Senda Verde, veneran estas Sacras Hojas como la voluntad propia de la Madre Natura, y prestarán su fuerza a aquel que las porta... En otras palabras... Ghost-sama hubiese sido capaz de convocar a todo el pueblo musgoso a una guerra, y nosotros responderíamos sin siquiera oponernos. Solo la propia palabra de la Emperatriz, hubiese podido invalidar su llamado. —

Yamato estaba en lo cierto. Bretta no estaba preparada para escuchar eso. El hecho que Ghost hubiese gastado una reliquia de tal valor para ayudarla, solo hizo que ese sentimiento de impotencia creciera en ella, y su estado anímico se desplomó una vez más. Ya habían sido demasiados golpes a su moral, y parecía estar a punto de derrumbarse. De momento, solo quería estar sola para desahogarse de algun modo. Aun así...

— Entonces... Mencionaste que eras buena en contabilidad... ¿No es así? — Mencionó Yamato, tratando de desviar la atención de la joven con un tema más animado.

— Un... un poco. —

— Bueno... tengo una idea. Mi esposa es contadora de la Casa de la Moneda de Ciudad Concordia, y al menos tres de los cinco días de trabajo semanales, suele estar saturada de trabajo. ¿Qué me dices? ¿Quieres intentarlo? —