Cap 65: profecías
Una vez que el dios del sueño dejó de hablar dio inicio la batalla. O, mejor dicho, la tortura. Pues más temprano que tarde, el santo de piscis se dio cuenta que su veneno no era tan potente como debería serlo. Al principio estuvo conteniéndose por temor a matar a Argus accidentalmente. No obstante, comenzó a notar lo débil que estaban siendo sus ataques. El aire era sofocante incluso para él. Alguien acostumbrado al veneno. Por lo cual dedujo que sus dificultades no se trataban de eso. No era puramente su deseo de contenerse, literalmente no podría hacer más poderoso su veneno sin perder el control.
Aun así, Adonis no tenía tiempo que perder. Hizo lo mejor posible por atraer la atención de Hypnos y llevar la batalla lejos de donde yacía el inconsciente Argus. Pero era más fácil pensarlo que hacerlo, pues el Dios del sueño estaba evitando entrar en contacto directo con su veneno, —además de no querer ensuciarse las manos tocando el cuerpo de una ramera—, por lo cual no era capaz de asestarle algunos golpes que lograran hacerlo retroceder para así ubicarlo donde quisiera. El santo venenoso pensó en arrojarle su sangre directamente al cuerpo en un intento de debilitarlo al menos, mas la distancia entre ellos hacía imposible cumplir su cometido. Si lo hacía descuidadamente sólo conseguiría ponerlo en sobre aviso de sus intenciones y perdería el factor sorpresa.
—¡Adonis! —exclamó horrorizado Argus al ver la sangre adornando el cuerpo del rubio.
Había recuperado la consciencia y aunque la cabeza aun le dolía, tenía lo suficientemente clara la situación peligrosa en la que se encontraba. La prioridad actual era escapar del dios del sueño. Los golpes de Hypnos al rubio fueron hechos con cosmos, pero dañaba tanto o peor que cualquier corte hecho por una espada. El santo de piscis luchaba por mantenerse en pie. Incluso ese simple acto causaba demasiado dolor y esfuerzo. Se sintió insignificante. La deidad no había siquiera movido un dedo y se limitaba a observarlo retorcerse luchando hasta para respirar. Doblegando su cuerpo sólo con su cosmos.
—¡Busca a Pólux! —ordenó el santo venenoso al ver al aspirante despierto—. ¡Escapa rápido! —gritó desesperado.
Hipnos fijo su mirada en el mortal más joven y detectó que había energía residual en él proveniente de las almas de personas fallecidas. Supo entonces que se trataba de esos humanos inferiores que se creían con el poder de usarse a sí mismos para hacer puentes con las almas de los fallecidos. Violando el orden natural del ciclo de la vida. Creyéndose con el mismo derecho del que sólo el señor del inframundo gozaba. Le repugnaba como estas personas eran de las que pregonaban conocer los misterios de la muerte como si de deidades se trataran.
—Humanos incautos que quieren construir puentes en territorios que no son los suyos, y que pertenecen al señor Hades —dijo con agravio observando a Argus.
Lo que Hipnos odiaba de los humanos era precisamente eso: Su arrogancia. El cómo terminaban metiéndose en situaciones que no les correspondían; Adonis siendo amante de diosas, Argus canalizando almas que debieron ser juzgadas y que no pertenecían al mundo de los vivos. Hipnos había cambiado el objetivo original de su odio apuntando ahora al médium. A Adonis no le quedó de otra más que proteger con su cuerpo a Argus, esperando que su armadura lo protegiera del veneno de su cuerpo. Empero, el menor sabía que la situación era algo imposible de sobrellevar sólo por el santo de piscis.
—Hey, ustedes —llamó Argus a algunas almas cercanas—. Por favor ayúdennos —pidió suplicante esperando alguna respuesta.
Hypnos negó con la cabeza, lleno de decepción. Incluso en esa situación, Argus siguió mostrando desprecio por el orden establecido pues cuando se dio cuenta de las personas que caminaban al Yomotsu estaban volando por los aires intentó contactar con ellos para solicitar su ayuda siendo un fracaso rotundo. No obstante, independientemente de su fallido intento, no dejaba de ser eso: un intento. Delante de uno de los dioses del inframundo se atrevía a socavar su autoridad dándole órdenes a las almas allí en su presencia. Era inaceptable. Le causó un poco de risa ver los pobres intentos del santo de piscis colocando su maltrecho cuerpo delante del aspirante como si con eso pudiera protegerlo de su poder.
—Ellos ya aceptaron su destino, no son como esos insensatos que habitan en el santuario de Atena —explicó Hypnos con claro resentimiento hacia ellos—. Si son "heridos" se levantarán y volverán a la fila como debe ser —dijo orgulloso por la dulce sumisión que traía aparejada la muerte—. No van a ir en contra de su destino como pretendes incitarles.
—Esto no está bien —susurró Argus viendo su mayor miedo manifestado delante de ellos.
—Thanatos y yo les hacemos el favor de darles muertes tranquilas —reclamó el Dios del sueño mostrándose molesto—. Sin embargo, algunos se niegan a irse y se aferran por culpa de gente como tú —señaló a Argus con su dedo índice—. Eres un error que no debería existir en ningún mundo —afirmó deseando borrarlo de la existencia misma.
Hipnos odiaba a la gente que usaba su don para darles cierres a almas como también a los que las usaban para rituales. Porque al momento de fenecer pasaban a ser propiedad de Hades y sólo él tenía el derecho de hacer lo que quisiera con ellas. Eso definitivamente incluía el alma de Sísifo, la cual intentaban desesperadamente recuperar. Y eso no podía ser. Por suerte, el médium estaba justo delante suyo. Una vez que él muriera no habría nada ni nadie capaz de salvar el alma del estafador. Todo se estaba desarrollando según los planes del dios Hades y él como su súbdito se aseguraría que todo saliera acorde a sus deseos.
—No cabe dudas que fue un gran error permitir la resurrección de Sísifo —opinó Hypnos con molestia—. Ahora hasta sucios mortales como ustedes se creen con el derecho de invadir los dominios del señor Hades y hacer su voluntad con sus súbditos —expresó con remarcado odio antes de volver a atacar al santo de piscis.
Los repetidos ataques de parte del Dios del sueño a Adonis habían terminado rompiendo la tela en la muñeca del santo dorado, así como su articulación misma. Empero, a piscis le preocupaba más haber perdido la conexión con la diosa Atena que el daño físico. Su cuerpo no resistiría mucho tiempo y era consciente de que su duración no se debía únicamente a su propia resistencia. Era el Dios del sueño quien deliberadamente estaba jugando con él, disfrutando de infringirle daño no letal. Mas cuando se cansará de esos juegos lo mataría a él y Argus en un abrir y cerrar de ojos. Él no era el único consciente del aprieto en el cual se hallaban. Sintiendo el peligro aumentar Argus, contra todo buen juicio, en lugar de escapar se acercó más intentando llamar la atención del Dios sobre él para que se desviará del santo de las rosas.
—Vaya —dijo la deidad rubia con burla al ver al menor parándose delante de Adonis—. Ya tienes nuevo amante —afirmó con un tono de burla en su voz—. Y uno bastante estúpido si piensa desafiar a un dios por una sucia ramera usada como tú —agregó con remarcado asco.
—No hables así de Adonis —ordenó el aspirante ofendido de que se tratara de esa manera al rubio.
—Vete de aquí, Argus —pidió el santo venenoso sosteniendo una rosa en la mano preparándose para lanzar un ataque que abriera la posibilidad de huida—. No eres rival para él —insistió.
—No puedo dejarte solo contra él —afirmó el menor viendo con rabia al dios del sueño.
—¿Y quién dijo que lo dejaría huir de todos modos? —preguntó Hipnos usando su cosmos para aplastar el cuerpo de Argus como hizo con Adonis—. Un médium se vuelve inútil sin su anclaje —comentó rompiendo su muñeca, así como hizo con Adonis—. Te habría cortado ese trapo junto con tu mano, pero puede que más tarde me apetezca arrancarles los dedos uno por uno —comentó despreocupado—. Y será más largo y doloroso arrancar diez dedos que una simple mano —mencionó mostrando un rostro impasible contrario a sus sádicas intenciones.
Ambos mortales se vieron las muñecas con gran preocupación. Incluso si conseguían sobrevivir a la batalla con Hipnos no serían capaces de escapar del Yomotsu sin la ayuda de la diosa Atena. Y su único medio de comunicación con ella había sido destruido. "Pero aún es pronto para rendirse". Pensó Argus decidido. Él no le temía a la muerte, sólo a caer en manos de los dioses del inframundo. Por lo cual, mientras logrará la supervivencia de Adonis todo lo demás no importaba. Si para asegurar su bienestar debía sacrificar su propia vida lo haría sin cuestionarlo siquiera.
—Qué ustedes arrogantes mortales sirvan de ejemplo para otros acerca de lo inútil que es desafiar la muerte —habló Hypnos concentrando su cosmos en la mano preparándose para atacarlos.
Mientras ellos luchaban contra el Dios del sueño, su gemelo Thanatos se estaba divirtiendo con el semidiós. Estaba especialmente interesado en hacerse cargo personalmente para enviar el mensaje de que ni los hijos favoritos de Zeus podían socavar la autoridad del gobernante de los muertos. No era la primera vez que uno de esos bastardos venía a hacer lo que quería al dominio de Hades. Hércules se vanaglorió de haber robado el perro de Hades y liberar a sus prisioneros sin castigo alguno. Mas, Zeus dejó claro lo poco que le importaba ese asunto. Actualmente podían enmendar su pasado con el hijo de Prometeo. Suficientes problemas habían tenido con el estafador de dioses como para sumarle ahora que su discípulo siguiera sus pasos y les desafiara.
Pólux gracias a su condición de semidiós logró mantenerse consciente cuando fue transportado a otro sitio. En sí todo el Yomotsu se veía igual. A diferencia de los infiernos personalizados acorde al pecado que estaban castigando, la colina de los muertos era árida y llena de almas a lo largo y ancho. Todo lo que podía ver era a esos malditos muertos. No obstante, no perdió demasiado tiempo admirando el paisaje a su alrededor para poder centrarse en el enemigo que tenía delante de sus ojos. El rubio se sabía en cierta ventaja debido a que era inmortal y que si algo le sucedía, su padre el gran rey de los dioses, intervendría a su favor. Y si no era él todavía contaba con sus medio hermanos; Atena y el par de pervertidos que querían acostarse con él.
—¿Dónde están los demás? —demandó saber Pólux observando a Thanatos fijamente con claro desafío.
—¿No crees que deberías preocuparte más por ti mismo? —interrogó el Dios de la muerte con una mueca de diversión. Ansiando atormentarlo.
—¿Debería? —cuestionó el semidiós con total confianza en sí mismo—. Soy uno de los hijos favoritos de Zeus y un dios de segunda categoría como tú no podría ponerme un sólo dedo encima sin consecuencias —le recordó con una media sonrisa llena de arrogancia.
Hades podía ser el hermano del Dios del rayo, pero incluso así no era rival. Zeus era temido y respetado por todos los demás dioses. Ni siquiera las reinas del Olimpo, —tanto la antigua como la nueva—, iban en contra de sus designios y temían su ira. Se suponía que siendo sus esposas ocupaban un lugar a su lado como gobernantes del Olimpo, pero eran mujeres. Así que su padre no las tomaba mucho en cuenta cuando se trataba de que fueran símbolos de poder y autoridad. Les permitía ejercer autoridad y atormentar a quien quisieran siempre y cuando no fuera en su contra. En ese sentido el rey de los dioses no toleraba ningún tipo de desafío a su autoridad. La diosa Hera incluso toleró al copero de los dioses debido a su temor al castigo que pudiera caer sobre ella tras su fallida rebelión.
Para su suerte eso jugaba a su favor. Siendo uno de sus hijos más consentido, ser herido por un dios de nivel más bajo que el de Zeus sería visto como un crimen. Tal y como sucedió cuando Ares asesinó al hijo de Poseidón. Aunque existía la posibilidad de que se llevara a cabo un juicio y Thanatos se librará de consecuencias, la posibilidad de que siquiera se le permitiera un juicio era muy escasa. El dios del rayo era sumamente caprichoso y hacía cumplir su voluntad siempre que se le daba la gana sin importarle demasiado si era justo o si otros dioses no tuvieron la misma oportunidad que él. Según su lógica siendo el rey de los dioses, él establecía las normas que debían de cumplirse y su palabra era mandato para todos los demás.
—Pero estás invadiendo los dominios del señor Hades —señaló el Dios de la muerte pacífica—. Atacarte sería sólo un acto de defensa propia —se excusó viéndolo con suficiencia.
—No tengo tiempo para esto —afirmó Pólux antes de reunir su cosmos en su puño y atacarlo liberando su poder al extender su brazo hacia él.
—Parece que no entiendes la diferencia entre un dios y un semidiós —mencionó el dios de la muerte antes de aplastar aquel ataque con su cosmos—. ¿Eso es todo? —preguntó esperándolo.
—Te arrepentirás de intervenir en mi camino –advirtió el aspirante de géminis.
El semidiós dio unos saltos hacia atrás para crear espacio entre su oponente y él para estudiar mejor el terreno. Entre las cosas aprendidas de Sísifo estaba aprovechar cualquier ventaja. Una frase muy acorde a un estafador como él, pero funcional a muchos niveles. Se podía usar en estrategias militares, combates uno a uno, alianzas, estafas menores, incluso en el amor, aunque su maestro nunca hubiera explorado esa posibilidad. Mas, Pólux sí que veía aplicable al amor usar cualquier ventaja que tu objeto de deseo te diera. Como fuera. Volvió a centrarse en el terreno donde luchaban.
Analizando rápidamente sus alrededores no llegó a ninguna conclusión nueva. Todo estaba tal cual como lo vio desde que llegó. Era un páramo donde lo poco con lo que podía contar eran algunas rocas y almas. Intentar ocultarse era imposible. Su única forma de sobrevivir sería un ataque rápido y sorpresivo que le diera la oportunidad de avanzar. Debía encontrar a Sísifo cuanto antes. Quién sabía qué estaría haciendo con su esposa en esos momentos. Reunió su cosmos en sus puños y lanzó repetidos y consecutivos puñetazos contra el Dios de la muerte pacífica.
—Eres mucho más débil que Hércules —mencionó Thanatos queriendo molestarlo—. Si fueras como tu hermano estaría un poco más preocupado, pero siendo sólo tú...—dijo antes de repeler el ataque del semidiós usando su cosmos para evitar ser tocado.
Pese a que había hecho su mejor esfuerzo por darle un fuerte golpe en la cara terminó siendo arrojado varios metros lejos. Aun así, no tenía daños. Sólo fue como un simple empujón. Uno que le recordaba al que León usaba cuando aplicaba a Caesar. Ante su propia comparación se sintió indignado. Esa deidad lo estaba tratando como a una bestia sin cerebro. No podía entender por qué no estaba atacándolo con más ahínco. Si el propio Thanatos dijo que podría escudarse aludiendo que estaba invadiendo los dominios de Hades y siendo que su motivación era rescatar al estafador de dioses, el inframundo tenía buenas oportunidades de poner a Zeus en su contra. Tuvo el presentimiento que no se debía precisamente al temor por provocar la ira de Zeus. Entonces lo entendió todo. Pólux se dio cuenta de que el dios estaba haciendo tiempo porque había estado repitiendo los mismos juegos desde hacía más de cinco minutos. Y ante sus ataques Thanatos solamente lo esquivaba.
—¿Te estas burlando de mí? —interrogó Pólux de manera directa frunciendo el ceño–. ¿Qué pretendes, maldito? —demandó saber harto de los juegos a los que estaba sometido.
—Nada —respondió con fingida inocencia el dios—. Solamente no quiero ser irrespetuoso al atacar a un hijo de Zeus —dijo con clara burla fingiendo respeto.
—Cómo si alguien pudiera creerse eso —bufó el aspirante de géminis aprovechando la charla para reunir su cosmos.
La cantidad de ataques consecutivos usados hasta el momento habían menguado sus fuerzas. Gracias a sus entrenamientos con el arquero aún era capaz de sostenerse en pie. En el pasado habría quemado por completo su cosmos en un único ataque grande y vistoso, pero al hacerlo habría quedado totalmente indefenso. Aún no había acabado ni con la mitad de sus propias fuerzas, pero si pretendía lanzar un gran ataque para lograr una apertura en su defensa, no le alcanzaría. Por lo mismo, usaría esa excesiva confianza del Dios como oportunidad de prepararse e idear algo mejor. Por lo pronto acumularía su cosmos distrayéndolo con una conversación que lo hiciera ver frustrado.
—No entiendo por qué uno de los amados hijos de Zeus vendría a rescatar al estafador de dioses —comentó casualmente Thanatos.
—Son asuntos privados que no te conciernen —reprendió el rubio.
—Puede que seas muy joven para saberlo, pero Sísifo engañó a tu padre. Pobre de ti, tan pequeño e ignorante como un simple mortal —dijo Thanatos con menosprecio—. Ni siquiera por llevar la sangre del gran dios Zeus puedes negar tu ignorancia y debilidad. Eres indigno de ser descendiente del rey del Olimpo —acusó queriendo herir su orgullo el cual sabía era demasiado grande.
—No soy débil ni ignorante —replicó Pólux frunciendo el ceño.
—¿No lo eres? —interrogó viéndolo con diversión—. Entonces aun consciente de todos los pecados de Sísifo, ¿elegiste someterte a él y convertirte en su aprendiz? —interrogó de manera venenosa—. O quizás algo más que su aprendiz —dijo meditando sus propias palabras—. Oh por el Olimpo —exclamó con su rostro iluminándose en entendimiento—. ¿Estás enamorado de él? —interrogó soltando una gran carcajada—. Qué horribles gustos tienes.
—A diferencia de mí, ustedes los dioses del inframundo parecen más obsesionados con él —argumentó Pólux—. Es mi tío quien no deja de pensar y acosar a mi maestro —afirmó con sorna provocando la ira del dios.
El dios de la muerte pacífica sólo buscaba retrasar al semidiós para que Sísifo comiera la granada. Ellos ya tenían todo planeado para que ocurriera. Ahora que el molesto grupo de rescate había sido dividido, nadie podría ayudar al estafador ni evitar que consumiera esa fruta. Incluso si dejaba ir a Pólux, si Sísifo ya se comió la fruta no podrían hacer nada para sacarlo de allí. Thanatos sabía que en poder divino le ganaba a Pólux, pero temía a lo que Zeus pudiera hacer luego en represalia. Porque para el Dios del rayo sus hijos nunca se metían en problemas. Siempre encontraba la manera de justificarlos y excusar su comportamiento. No obstante, esta vez había ido demasiado lejos faltándole el respeto a su señor.
—¡Retráctate! —gritó el dios de la muerte liberando su cosmos con gran fuerza mandando a volar al semidiós.
—Oh tengo razón —dijo Pólux a pesar de sentir que estaba siendo aplastado por el cosmos de la deidad, aun podía ponerse de pie, pero prefirió fingir no ser capaz de hacerlo para buscar una oportunidad de atacar—. Comienzo a creer que el motivo de querer a Sísifo aquí es para ser la nueva reina del inframundo.
Honestamente Pólux no dijo nada de lo anterior porque así lo creyera. Sólo había estado buscando molestar al dios de la muerte tranquila. Obligarlo a descuidarse y darle la oportunidad para ir a buscar a los demás. Le gustaría darle una buena paliza, pero con su nivel sólo podría sobrevivir. Y eso, siendo sumamente optimistas. A estas alturas tenía problemas viendo la victoria. Thanatos se volvió loco por la ira debido a la aberrante falta de respeto hacia Hades por la insinuación de tener interés en ese sucio estafador, era demasiado para su paciencia. Se acercó completamente furioso listo para asfixiar a ese semidiós. Quería infringirle un daño lento y prolongado. Al verlo de rodillas debido a la presión de su cosmos caminó con lentitud hacia él.
—¡Te tengo! —exclamó Pólux cuando lo tuvo lo suficientemente cerca de su cuerpo—. Vuelve a decirme débil —dijo mientras lo golpeaba directamente en el rostro con su puño cargado de cosmos.
—¡Pagarás por eso! —replicó Thanatos sujetándolo de la muñeca donde estaba la tela que les dio Atena quemándola con su cosmos mientras lo mandaba a volar por los aires.
El semidiós se sorprendió por la rápida recuperación que tuvo esa deidad ante su ataque. Empero, su mayor preocupación estaba en la tela mugrosa que le había dado su media hermana. Maldijo por lo bajo debido a que esa cosa era lo que podría devolverlo al santuario. Ahora sin ese estúpido trapo, ¿cómo lo haría para regresar? Se recuperó rápidamente tras haber sido lanzado. La caída no fue tan mala gracias a que consiguió hacer una voltereta que redujo la velocidad de su caída o pudo haber sido mucho peor para él. Aun así, se sentía bastante golpeado por culpa de ese maldito dios. Sólo agradecía que el entrenamiento de Sísifo fuera justamente replicando los patrones de la deidad. Sabía exactamente cómo usar su propio cosmos para aminorar el daño.
—¿Sabes que es irónico? —preguntó repentinamente Thanatos extasiado por haber golpeado al molesto semidiós queriendo repetirlo—. Mientras tú estás aquí desperdiciando tu inmortalidad, tu amante debe estar renunciando por voluntad propia a escapar del inframundo —se burló.
—Buen intento —habló el semidiós con suficiencia—. Yo entrené con Sísifo, el ser más odiado de toda la maldita creación —dijo subiendo el volumen de su voz—. Nada de lo que digas podría sacarme de quicio como lo hace él a diario.
Los entrenamientos impartidos por Sísifo nunca estuvieron libres de insultos o burlas. Si bien Pólux no se quejaba de las heridas infringidas porque el enano se encargaba personalmente de curarlo, los sobrenombres eran una cuestión aparte. No obstante, estaba gozando de los beneficios de los métodos que alguna vez llamó cuestionables.
—¿Es necesario que me insultes a cada momento mientras entrenamos? —preguntó el rubio observando a sagitario.
—Además de tu falta de auto control para regular tu cosmos el otro problema que tienes es tu temperamento —señaló el arquero viéndole con una mueca de arrogancia—. Escucha, ¿recuerdas cómo te humillé cuando nos conocimos? —preguntó con una sonrisa orgullosa.
—¿Cómo olvidar ese día? —interrogó Pólux rechinando los dientes.
No aceptaba haber sido humillado, pero tampoco era capaz de negarlo precisamente. Y menos cuando todos en el santuario habían hablado alguna vez sobre cómo el ángel de Atena sometió al semidiós. Algún día se encargaría de revertir esa imagen que tenían de él. El día en que derrotara de la forma más vergonzosa posible al arquero delante de todos y cada uno de esos idiotas. Ya ansiaba el momento de reclamar la armadura de géminis y erguirse como el santo dorado más poderoso de todos los tiempos. Ese día sería Sísifo quien estaría de rodillas delante de él.
—Una de las formas más sencillas de tomar el control de una batalla es irritando a tu oponente —explicó Sísifo ajeno a sus pensamientos acerca de él—. Personas como tú que carecen de paciencia y son tan sensibles son fáciles de guiar —explicó con un tono de voz falsamente meloso.
—No soy fácil —replicó ofendido el hijo de Zeus.
—Lo eres —ratificó Sísifo con una sonrisa—. Tu patético y frágil ego no soporta unas cuantas verdades —mencionó antes de esquivar un ataque de parte de Pólux.
—¡Cállate! —ordenó furioso lanzándose contra él.
—Oblígame —retó sagitario sonriendo.
El semidiós continúo atacando a sagitario sin lograr atinar en los golpes. El niño sin demasiado esfuerzo podía esquivarlo. Al carecer de una estrategia estaba atacando a donde lo viera detenerse. Al arquero le bastaba con moverse al último momento para quedar ileso. Y eso no hacía más que aumentar su frustración, haciéndolo caer en un círculo vicioso. Donde él atacaba, fallaba, se frustraba, atacaba con más ahínco y fallaba aún peor. Cuando Pólux se vio forzado a detenerse por el cansancio, tuvo al arquero detrás suyo golpeando sus rodillas para obligarlo a arrodillarse ante él.
—Qué esto sea una lección para ti —dijo Sísifo jalando los rubios cabellos con fuerza—. Siempre debes mantener el corazón ardiendo y la mente fría sin importar la circunstancia. Consigue que tu oponente tenga la mente caliente y el corazón frío y habrás vencido.
—¿Eso que quiere decir? —interrogó sin entender esa frase.
—Lo aprenderás con la experiencia —resolvió sagitario antes de soltar su cabello—. Ahora de pie y retomemos, pollito —ordenó con aquella molesta sonrisa—. A menos que ya le estés tomando gusto a arrodillarte ante mí.
—¡Voy a cerrar esa maldita boca tuya! —amenaza el semidiós.
—Veamos si eres capaz de cumplir esa amenaza —se burló Sísifo encogiéndose de hombros.
Gracias a su enfrentamiento contra Hércules y ahora Thanatos, entendía hacia donde apuntaban las enseñanzas del estafador. Un corazón ardiendo con la resolución de triunfar y una mente fría para analizar y crear estrategias. Podía criticar muchos aspectos del mentiroso maestro que eligió, pero su preparación y cuidado hacia él era genuino como le prometió. Sería una vergüenza para sí mismo y para sagitario que se dejara llevar por provocaciones tan vagas y superfluas como las proferidas por Thanatos. Admitía que tenía su carácter y que en varias ocasiones perdió los nervios por cosas insignificantes, pero sus niveles de paciencia habían crecido quedando pocas cosas capaces de romper su concentración.
—La ramera de Adonis y ese blasfemo qué esconde almas en su cuerpo tampoco aguantaran mucho con mi hermano —dijo Thanatos cambiando el enfoque de sus palabras.
–Uy qué pena... —afirmó Pólux despreocupadamente.
—Esperemos entonces —dijo con calma el Dios de la muerte pacífica—. Tengo mucho tiempo para hacer esto, en cambio Sísifo... —habló antes relamerse los labios con anticipación por la dulce venganza—. Hmn digamos que no tanto.
El hijo de Zeus luchaba por mantener una cara estoica ante sus palabras. Y la lucha no hacía más que complicarse cuando quería mantener su mente fría y analítica. Puede que sus otros acompañantes no le preocuparan tanto, pero a Sísifo sí. Si los perdía a ellos y al caballo enano, regresaría derrotado al santuario como un verdadero fracaso. ¿Cómo podría mirar de frente a todas las personas que confiaron en él cuando dijo que volverían a salvo? Ya había fallado en la montaña Jandara llevando un Miles medio muerto y un fracaso con el agua de la vida. Esta era su última oportunidad de recuperar a Sísifo. Debía encontrar una solución para escapar de la deidad y reunirse con los demás a como diera lugar.
En otro sitio, Anticlea abría los ojos confundida acerca de lo que había sucedido. La joven de cabellos castaños se tocó la cabeza sintiéndose un poco adolorida, así como mareada. A su alrededor se extendía un largo campo lleno de flores de todo tipo de colores y formas. Un lugar tan hermoso en el inframundo sólo podía ser los campos elíseos, pero ¿cómo? Ese lugar se encontraba luego de cruzar el muro de los lamentos. El sitio de descanso de los bienaventurados era igual de profundo que cualquier otro infierno. ¿Habían sido arrojados a través del pozo de la muerte cuando perdieron la conciencia?
—¡Sísifo! —gritó la ex reina de Corintos preocupada por la situación de su marido—. ¡Sísifo! —gritó nuevamente llamando a su amado al mismo tiempo que comenzaba a correr a través de los campos de flores en su busca.
Al otro lado del campo de flores el santo de sagitario abría los ojos confundidos viendo el extenso campo de flores delante suyo. Al ver la flora llegó a una conclusión similar a la de su esposa.
—No puede ser cierto... —susurró horrorizado y temeroso de confirmar sus sospechas.
Los campos elíseos. Un sitio que invadió sin permiso cuando era un alma. Aquel pedacito de paraíso al que solamente Hades y los gemelos a su servicio podían acceder. Cuando recordó los últimos eventos antes de perder el conocimiento, dejó de prestarle atención a las flores y comenzó a buscar desesperadamente a su esposa.
—¡Antíclea! —gritó corriendo hacia el sitio del que venía el grito—. ¡Antíclea! —pronunció más alto oyendo el eco distante de sus voces fusionándose.
Luego de correr varios metros finalmente fueron capaces de verse el uno al otro. Los ojos de sagitario se iluminaron llenos de amor al ver a su reina corriendo hacia él rodeada de pétalos de flores. Se sintió estúpido al darse cuenta de que tardó quinientos años en notar lo bonita que podía ser. Ella le sonrió tan hermosamente como el día que huyeron juntos de Corintos. El arquero la sujetó por la cintura y la alzó dándole vueltas en el aire. Eufórico por verla y tenerla de nuevo entre sus brazos. Las palabras se le escapaban de la boca sin saber qué decirle. ¿Disculparse por tardarse tanto en volver a ella? ¿Decirle lo mucho que la extrañaba? ¿Declarar cuanto la seguía amando como el primer día? Sin embargo, no tuvo oportunidad de elegir alguna de las opciones debido a un tercero en discordia. Hades en persona se manifestó delante de los antiguos reyes de Corintos.
—Qué reencuentro tan romántico —dijo Hades viendo a ambos amantes—. Lástima que no durará mucho —afirmó sonriendo al ver a la mujer ser colocada detrás de la espalda de su marido.
—¡No te permitiré tocar a mi esposa! —gritó Sísifo antes de lanzarse al ataque.
—¡Sísifo no! —gritó el Dios Apolo con horror.
Sacudió su cabeza dándose cuenta de que seguía en su propio palacio en compañía de su gemela. No tenía idea de en qué momento había comenzado a recibir visiones proféticas, pero al hacerlo perdió la noción de todo lo que tenía a su alrededor. Demasiado sumergido en imágenes inconexas y algo incoherentes, pues no lograba darles sentido.
—¿Qué sucede, hermano? —preguntó la diosa de la luna acercándose a él.
—Sísifo... —fue todo lo que pudo decir antes de desconectarse de la realidad de nuevo viéndose sumergido en diversas visiones proféticas.
Vio a Atena cortándose el cabello para entregárselo a la bruja Hécate.
—¡¿Por qué quieres salvar la vida de ese humano?! —preguntó furiosa Artemisa—. ¡Son sólo escoria!
El santuario siendo destruido y los santos siendo desaparecidos por un haz de luz.
—Mi pobre hermana terminó enamorándose de un humano sin saber la desgracia que le espera por eso —dijo Artemisa llorando de manera desconsolada.
León muerto en el campo de batalla mientras sonreía tirado en el suelo cubierto de sangre y tierra.
Rosas negras apareciendo en el jardín de Adonis de piscis.
—Vas a despertar la ira de Zeus y vas a ser degrada de diosa a humana —advirtió la diosa de la luna a su hermana.
Pólux tratando de matar a una Atena bebé siendo detenido por Sísifo, para luego escapar con la bebé siendo llamado traidor.
Una vasija a la cual se le aparecía una grieta.
—¡Sísifo! —sollozaba Atena con una mueca llena de dolor y el rostro cubierto de lágrimas—. ¡Maldito traidor! ¡Lo prometiste! —gritaba mientras se sujetaba su propio pecho con las manos llenas de sangre.
Hades estaba parado en las escaleras del santuario con la cabeza de un hombre a su izquierda y a su derecha la cabeza de Atena.
Pólux se encontraba abrazando el cuerpo de una persona mientras lloraba y gemía de dolor. A su alrededor se podían observar varias plumas doradas manchadas de sangre.
La diosa de la luna observó pacientemente a su hermano menor. Esto era común en él cada vez que recibía alguna profecía. Sólo podía quedarse allí esperando a que volviera a la normalidad y le contara acerca de lo que había visto. Las profecías de su hermano solían ser siempre correctas y para empeorar las cosas, muchas veces trágicas. Agradecían su capacidad de saber del peligro antes de que se volviera realidad, pero en ocasiones era motivo de ansiedad. Especialmente cuando lo único que el dios del sol decía a veces era que había visto algunos objetos simbólicos. Mismos que pasada alguna tragedia eran capaces de interpretar, aunque fuera demasiado tarde. Cuando al fin vio a su gemelo parpadear, la rubia supo que había terminado.
—¿Qué has visto en tu profecía, hermano? —preguntó la diosa de la luna con calma.
—Debemos ir al santuario ahora mismo —dijo Apolo sin siquiera responder la pregunta que le había hecho.
—¿Olvidas que Atena y yo nos peleamos? –interrogó la diosa cazadora cruzándose de brazos—. Dudo mucho que quiera recibirnos con los brazos abiertos luego de una pelea como esa —añadió antes de fruncir el ceño.
—Debemos irnos cuanto antes, esto es peligroso —dijo nervioso el pelirrojo—. En mis visiones te vi llorando desconsolada por Atena.
—¿Yo? ¿Llorando desconsolada como una frágil mujer? —interrogó sonriendo con burla—. Profecía o no, nunca se cumplirá esa visión tuya, hermano.
—Debemos irnos —avisó Apolo sujetando a su hermana para alzarla en brazos como una princesa moviéndose a la velocidad de la luz rumbo al santuario—. Atena hará algo realmente estúpido por salvar a un mortal. La humanidad será destruida y ella será decapitada por nuestro tío.
—No es posible... —susurró Artemisa mientras seguía siendo llevada por su hermano en brazos—. Llegar tan lejos por una figura de barro...
—En mi visión, tú decías que se debía a que se había enamorado —mencionó el pelirrojo deteniéndose delante de la barrera—. Con la maldición de Eros podría ser posible. No debemos descartar esa posibilidad —mencionó haciendo sentir su cosmos para que Atena acudiera a atenderlos.
En los bosques del santuario se encontraba jugando Caesar. El pequeño león se sentía muy solo y dejado de lado. Le habría gustado permanecer cerca de Sísifo, pero luego del susto que se llevó por parte de León cuando lo hizo, tuvo miedo de siquiera acercarse. Había estado practicando cazar para poder alimentarse. Perseguía aves y ardillas intentando calmar su hambre. León no le había estado dando de comer y tampoco confiaba en las personas del santuario. Hubo varios que se alejaban de él o lo echaban sin darle nada de comer. Así que no podía conseguir fácilmente comida a sus horas esperadas. Su pelaje también estaba reseco y opaco. Tenía suerte de que el agua en el río estuviera a su disponible, pero debía hacer una larga caminata desde la quinta casa hasta allá.
Habiendo sentido el cosmos del Dios del sol corrió enseguida a su encuentro. Pocos eran los que podían o querían acariciarlo, y el pelirrojo sin dudas era una de las personas favoritas para mimarlo. Corrió a toda velocidad y salió de la barrera de la diosa Atena para acercarse a los gemelos. Maulló alegremente cuando los vio y Apolo no pudo evitar sonreír cuando vio al leoncito tirando de sus túnicas con la boca instándolo a entrar.
—Hola, Caesar —saludó alzándolo en brazos—. Ha pasado tiempo desde que nos vimos —dijo triste por el estado del pequeño.
—Ese mortal no ha cuidado bien de tu regalo —se quejó la diosa de la luna acercándose para acariciar la cabeza del felino—. Tan magnífica criatura siendo descuidada de esta manera —suspiró continuando con los mimos al felino.
Artemisa sentía pena por el leoncito. Lo había visto en ocasiones anteriores junto a su discípulo y siempre estaba en buena forma; rellenito sin estar gordo y con un pelaje brillante. Ahora su aspecto estaba bastante desmejorado. Aunque viendo el estado en el cual se encontraba el propio León, habría sido pedir demasiado que el cachorro estuviera mejor. Aún le parecía irresponsable descuidar de esa manera a tan noble criatura y más cuando recordaba que su hermano le había contado el trato que el guardián de la quinta casa le dio solo por querer permanecer cerca de sagitario.
En la enfermería la diosa Atena batallaba por mantenerse impasible. En otros tiempos habría liberado su cosmos y destruido lo que tenía a su alrededor, pero ahora tenía a sus santos y alguno que otro aspirante allí con ella. De manera repentina dejó de sentir la conexión que estableció anteriormente con sus santos. Gracias a esos pedazos de tela sucios ella era capaz de percibir perfectamente a los tres enviados al inframundo. Fue tal y como dijo Hermes. El problema vino cuando dejó de percibirlos. Si por alguna razón habían perdido esas telas, no sabía cómo podría hacerlos volver. Eso si el motivo de no poder contactarlos era por haber sido atrapados por los dioses del inframundo.
—¿Sucede algo, diosa Atena? —preguntó León nervioso aun sujetando con fuerza la mano de su hijo.
—Nada —respondió la deidad enseguida—. Sólo me molesta la ineficiencia. Están tardando demasiado, tendré que castigarlos cuando vuelvan —mintió mordiéndose las uñas.
El guardián de la quinta casa supo de inmediato que algo iba mal. Atena no era tan hábil mintiendo cuando estaba frustrada. Y actualmente luego de un largo periodo de no saber si Sísifo viviría o no, de pelearse con sus familiares e intentar idear como salvarlo comenzaban a pasarle factura. Mas, eligió no comentar nada. Había percibido el cosmos de los dioses gemelos cerca de la barrera y eso sólo podía significar problemas. Lógicamente la diosa también notó su presencia "lo que me faltaba". Pensó molesta decidiendo verlos en persona para ordenarles abandonar su santuario de inmediato. No estaba de humor y carecía de la paciencia necesaria para soportar sus sermones en estos momentos.
—¿Qué hacen en mi santuario? —preguntó la diosa Atena manifestándose delante de sus hermanos, pero permaneciendo dentro de su barrera—. Si vienen a decirme que deberíamos matar a Sísifo yo...
—Sí sigues con tus planes el santuario, no, toda la humanidad y tú misma serán destruidas —interrumpió Apolo con urgencia.
La diosa de la guerra lo miró teniendo un mal presentimiento. Esta no parecía ser una frase dicha de forma subjetiva. Una opinión o sugerencia. Había gran ansiedad en su voz generalmente calmada, eso sólo podía significar una cosa.
—Tuviste una profecía —susurró Atena.
CONTINUARÁ…
