La cueva de los lobos se encontraba oscura, apenas iluminada por un poco de luz de luna. Koga se despertó, y al palpar a su lado, se dió cuenta de que su esposa no estaba. Se levantó del suelo, e intentó buscarla por el olfato. El olor lo guió hasta el fondo de la caverna, donde había una fogata que mantenía calientes a todos los niños pequeños de la manada.

Ayame se hallaba agachada junto a una camada de tres recién nacidos, a los cuales acariciaba las mejillas con ternura. Koga hizo silencio, y trató de acercarse de la forma más lenta posible. Notó la expresión de angustia en el rostro de su pareja. Se sentó al lado de ella.

– ¿Estás bien? – susurró, tratando de no perturbar el sueño de los pequeños.

– Tuve una pesadilla. – confesó Ayame, con una voz temblorosa. – Soñé que alguien quería dañar a estos cachorros, y yo no podía hacer nada por ellos.

Tras esas palabras, Koga comprobó que ella seguía algo afectada por la muerte de la mamá de los lobeznos hace unos días atrás. Había intentado salvarla del ataque de otro demonio, pero había fracasado. Ahora los pequeños eran huérfanos, y Ayame se sentía culpable por eso. En ella surgió cierto instinto maternal, un deseo ardiente de protegerlos que no le permitía dormir tranquila.

– Van a estar bien. Son fuertes, y toda la manada está aquí para protegerlos. – dijo él, mientras acariciaba el cabello de su esposa.

– Prométeme que así será. – pidió ella, manteniendo su tono de angustia.

Él asintió. La tomó de la mano, y la volvió a llevar a dormir.

Mientras miraba el techo de la cueva, la mirada de Ayame se mantenía perdida. El líder de los lobos se mantuvo abrazándola, para que se sintiera protegida.

– Koga... – susurró ella. – ¿Crees que yo podría ser una buena madre para ellos?

– Claro que podrías, ¿Quieres adoptarlos?

Ella asintió con la cabeza.

– No son nuestros pero son tan lindos, y quiero que estén bien. Deseo darles todo el cariño que su madre nunca podrá.

– Si eso quieres está bien. – respondió él, con una sonrisa.

Ayame quedó contagiada por la sonrisa.

– Se oye bien, ¿Verdad?, Ahora eres padre de tres cachorros.

– Sí, ¿Estaré soñándolo? – se preguntó, mientras pellizcaba su propia mejilla. – No, no sueño.

Su esposa continuó riéndose.

– Descuida, y el número quizás pueda crecer.

Koga sintió cierta intriga.

– ¿Estás embarazada?

– No, pero... podría estarlo algún día. Cuando quieras. – contestó, luego de hacerle un guiño con el ojo. – Una camada de verdad, necesita de seis pequeños por lo menos.

– Estás loca. – susurró el líder de los lobos.

Entre risas y sueños extraños, ambos se quedaron dormidos.