Abraza la manada

13

Malcolm

La iglesia del pueblo estaba adornada de flores de temporada y su aroma sorprendía a todos los que entraban. El viejo órgano tocaba una suave melodía mientras los invitados llegaban y buscaban sus lugares. Las primeras tres filas de cada lado eran las únicas apartadas para las familias de la pareja. De un lado, los padres, padrinos, amigos, primos y tíos de Sandra charlaban en voz baja, ya fuera poniéndose al día o admirando el bello decorado del templo que la madre de la novia se encargaba de presumir. Del lado opuesto, una mujer de mediana edad, una monja, una hermosa rubia y una azorada castaña, que acaba de llegar, se encargaban de que su fila de niños se comportara y no pusiera en ridículo al novio. El padre de Tom, de pie en el altar, junto a su hijo, intentaba tranquilizarlo y lo reprendía por querer quitarse el perfecto moño que tanto le había costado hacer al viejo.

Sandra era una hermosa mujer, alta, esbelta, de cabello corto y castaño; sus ojos color avellana tenían un coqueto brillo que sólo se activaba cuando miraba a Tom. Al empezar su caminata por el pasillo de la iglesia del brazo de su padre, su prometido, que la esperaba en el altar, quiso echar a correr para tomarla en sus brazos; pero, al mismo tiempo, sintió que sus pies pesaban y se fundían con el piso, así que hizo lo que todo novio debía, esperar a recibirla.

El sacerdote conocía a la pareja a la perfección, los había visto crecer, enamorarse y comprometerse, así que ofició la ceremonia con gusto y afecto. Las primeras lecturas las hizo la hermana María y los cantos los lideraron los niños del Hogar, quienes se lucieron frente a los invitados. La señorita Pony recordó con cariño cuando Candy y Annie desafinaban a propósito en el coro para no ser adoptadas y las miró de reojo; ambas señoritas parecieron recordar lo mismo y se sonrieron con complicidad.

El sacerdote comenzó a leer el evangelio según san Marcos y todos prestaron solemne atención:

Pero al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer". "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos llegarán a ser uno solo". Así que ya no son dos, sino uno solo. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Las palabras retumbaron en los oídos de Candy y se guardaron en su corazón. "Así que ya no son dos, sino uno solo" memorizó la joven y sus ojos se llenaron de lágrimas al relacionarlas con las que Astrid una vez le dijera sobre las parejas de cambiantes: "uno protege al otro; si él pelea, yo peleo; si él sufre, yo sufro; si él es feliz, yo también lo soy; somos uno solo". Deseaba con todo su corazón que eso fuera real para ella y Anthony; lo amaba desde que era una niña, lo amaba ahora, siendo una mujer y, aunque ella no era cambiante y no comprendía del todo el concepto de compañera, sí que sentía un fuerte lazo que la unía a él; era algo físico, sensorial, emocional y cargado de sentimientos.

Anthony dijo que la había reconocido por medio del olfato; ella no lo sintió, pero estaba segura que había una fuerza que la atraía hacia él. También habló de atracción, euforia, deseo y amor y eso sí que lo había sentido, no inmediatamente, pero sí más pronto que si se hubiera enamorado de un humano. "Se activa en nosotros un instinto de protección, un deseo incontrolable de estar a su lado, de no dejarla ir nunca", pero ahí era donde las cosas se complicaban, Anthony le había ocultado cosas supuestamente para protegerla, pero eso la había hecho sentir excluida, incluso menospreciada porque ella había sido perfectamente capaz de ayudar; además, Anthony la había dejado ir, no intentó detenerla ni convencerla, sí, quiso ordenárselo, pero no le dio razones válidas para hacerlo. Al parecer, el deseo de estar juntos no era tan fuerte como clamaba el instinto.

—Toma, Candy— Annie le pasó su pañuelo al ver que el rostro de su hermana estaba bañado en silencioso llanto. Annie también estaba emocionada por la boda, pero por primera vez en su vida, era Candy quien lloraba más que ella.

—Gracias— dijo Candy por lo bajo y se limpió el rostro.

La ceremonia concluyó y todos los invitados vieron salir a la pareja tomados de la mano. Algunos se adelantaron a la puerta y los cubrieron de pétalos de rosas blancas. Los aplausos, felicitaciones y muestras de afecto llenaron el interior y el atrio de la iglesia y se trasladaron al rancho de Tom, donde se llevaría a cabo la recepción.

Una boda en el granero era lo común en el pueblo, pues solían ser los lugares techados más amplios de los ranchos. Así que Sandra y su madre habían pasado toda una semana decorando el lugar, ordenando que metieran o sacaran mesas, sillas; cajas con manteles vajillas, copas y cubiertos; estudiaron cuál sería el mejor lugar para los músicos; la mesa de bebidas y una especial de postres para los niños. Sandra conocía el lugar donde Tom había crecido y los visitó con frecuencia para pedirles su ayuda con el coro de la misa y organizar el transporte que los llevaría del orfanato a la iglesia, al rancho y de vuelta a casa. Su prometido la había acompañado en esas visitas y había acatado la logística de Sandra, la señorita Pony y la hermana María sin replicar demasiado.

Después del banquete, el padre de Tom y el de Sandra hicieron sus brindis en honor de la pareja; los padrinos también, y la fiesta continuó en la pista de baile. Tom rogó a la señorita Pony que bailara con él y ella accedió, cosa que alegró a todos los niños y a sus cuidadoras. Sandra charló largo rato con Candy y Annie y las hizo prometer que la considerarían una hermana más.

Annie bailó dos veces con un vaquero, vecino de Tom, y Candy huyó de todas las invitaciones poniendo como pretexto que debía ayudar a alguno de los niños con algo en particular o que debía saludar a alguna persona que "creía haber visto".

—Sólo esta pieza, por favor— suplicó el heredero de uno de los ranchos aledaños.

—No, gracias— dijo Candy por enésima vez. Estaba contenta por Tom, había disfrutado de la fiesta, pero realmente no estaba de humor para socializar y mucho menos con desconocidos.

—Vamos, señorita, sé que no ha bailado en toda la noche— el hombre la tomó del antebrazo y Candy se resistió, arrebató su brazo, pero el tipo la sujetó con más fuerza.

—¡Señorita Candy! — gritó un hombre de mediana edad a quien Candy sólo conocía de vista. El sujeto impertinente volteó a mirar al hombre. —Al fin la veo desocupada— dijo el hombre acercándose a ella. Era alto, más alto que el hombre que quería obligarla a bailar, y se veía fuerte para la edad que aparentaba. El recién llegado ni siquiera miró al joven, pero se encargó de interponerse entre Candy y él. Candy se soltó del sujeto desconocido. —Mi esposa desea saludarla y agradecerle por la consulta del otro día— agregó el hombre y Candy no supo de qué hablaba —¿me acompaña a la mesa? —pidió el hombre extendiendo su mano y dedicándole una cálida sonrisa.

—Por supuesto— asintió la joven y agradeció el rescate. —Muchas gracias, señor…

—Llámeme Oliver —sonrió el hombre— ese chico es un pesado. Necesita una lección de modales —dijo mientras avanzaban entre la gente.

—Sí…

—Le pudo romper la nariz, pero supongo que no quiso llamar la atención, ¿verdad? —Candy soltó una carcajada, la primera en días y asintió—. Lo supuse. Por cierto, mi esposa en verdad quiere conocerla, está allá sentada, ¿le parece? — preguntó.

—Claro que sí— aceptó Candy. Sabía perfectamente que Oliver había inventado que la mujer quería agradecerle una consulta porque hacía más de un mes que Candy no hacía ninguna visita médica. —Muchas gracias por su ayuda.

—Es un honor— contestó el hombre y llegaron a la mesa donde una mujer de mediana edad, pero jovial charlaba con un par de invitados que se disponían a bailar. —Cariño, la señorita Candy— la mujer ya los había visto venir y los recibió con una enorme sonrisa, como si de veras le entusiasmara conocerla, cosa que llamó la atención de Candy. —Mi esposa, Laurie.

—Un placer, señora— Candy le tendió la mano y sonrió ampliamente —su esposo me acaba de rescatar de un impertinente o a impertinente de mí, no estoy segura—. Oliver y Laurie sonrieron mientras compartían una cómplice mirada.

—Si estuviéramos en casa ni siquiera se habría atrevido a mirarte— respondió la mujer, correspondiendo al apretón de manos. —¿Tomarías algo con nosotros? — invitó la mujer ofreciéndole una silla vacía a su lado. Candy aceptó y Oliver fue por tres bebidas mientras las mujeres entablaban conversación.

Laurie y Oliver tenían una modesta propiedad en el pueblo, tenían tres hijos y ocho nietos. Vivían solos, pero mantenían comunicación con toda su familia. Fueron invitados a la boda porque eran amigos de la familia de Sandra y a Tom lo conocían poco, pero dijeron que parecía un buen hombre y Candy no pudo estar más de acuerdo.

—Es muy responsable con su familia y sus propiedades— dijo Oliver y Candy recordó, de pronto, que lo había visto en aquella reunión en el pueblo, cuando se habló por primera vez del ataque de lobos y robo de ganado. Él había negado la presencia de lobos en el territorio. —Sí, estuve en esa reunión— asintió él cuando Candy hizo el comentario.

—Hemos vivido aquí casi treinta años y conocemos los alrededores— agregó Laurie — los lobos nunca han atacado la zona.

—¡Claro que no! — consintió Candy y la pareja la miró —yo crecí aquí y nunca los he visto— añadió.

La caravana del Hogar de Pony se retiró antes de que la fiesta terminara. Los niños subieron a las carretas que Tom había dispuesto para ellos y se despidió de todos desde la entrada. Annie no se quedaría esa noche en el orfanato, su madre había dispuesto todo para que se instalara en la casa de campo y al día siguiente ella y su padre la recogerían.

Candy, la hermana María y la señorita Pony se ocuparon de llevar a todos a sus camas tan pronto como llegaron. Despertaron a todos y llevaron en brazos a los más pequeños.

—Están exhaustos— dijo contenta la hermana María cuando cerró la puerta del último dormitorio.

—Dejemos que mañana duerman un poco más, es domingo— propuso la señorita Pony y sus interlocutoras aceptaron, tal vez ellas también podrían dormir un poco más.


Eran las siete de la mañana del domingo cuando Candy ya estaba levantada y vestida. Salió a revisar el establo y cepilló a Canela, le prometió un paseo y la sacó a pastar en los alrededores. Entró a la casa a ver si alguien había despertado y la voz de la hermana María la llamó desde la oficina.

—¡Buenos días! — saludó. Había dormido bien, más por el cansancio del día anterior que porque estuviera mejor después de todo lo ocurrido con Anthony.

—Cierra la puerta, Candy— dijo la señorita Pony. Estaba sentada en el sofá de su oficina y tenía una tetera lista con tres tazas al lado —¿té? — ofreció y Candy asintió tras obedecer.

—¿Me van a regañar? — preguntó dudosa y se transportó en el tiempo a cuando la llamaban para retarla por alguna travesura.

—¿Hiciste algo malo? — preguntó la monja, sentándose en una silla, al lado de la señorita Pony.

—Creo que no…— respondió y se fue a sentar en el sofá.

La señorita Pony le sirvió el té y se lo preparó como a ella le gustaba. La hermana María le acercó galletas y Candy empezó a comer.

Primero hablaron de la boda de Tom, de lo orgullosas que estaban de verlo hecho un hombre y formando una familia; después elogiaron a los niños que se habían comportado muy bien durante la misa y la fiesta.

—Es algo que nunca olvidarán— dijo la hermana María, limpiando su regazo de migajas de galleta.

—Debería haber bodas más seguido— agregó la señorita Pony y miró a Candy sobre el cristal de sus lentes. Candy tosió, sorprendida por el comentario, que no sabía de dónde venía. —¿No lo crees, Candy? — preguntó la mujer.

—No son celebraciones baratas— respondió Candy, solo por decir algo.

—Tienes razón— asintió la mujer y cambió el tema. —Por cierto, ¿cuándo volverás al trabajo en el aserradero?, no te has presentado en toda la semana.

Candy se puso nerviosa y dejó la taza sobre la mesilla. Se frotó las manos y miró su regazo, no tenía una respuesta para eso; no tenía ni una mentira ni la verdad.

—¿Tuviste algún problema? —preguntó la hermana María y el intercambio de miradas entre ella y la señorita Pony pasó desapercibido para Candy.

Candy guardó silencio, pero negó con la cabeza. Estaba pensando qué inventar, aunque no se le ocurría nada y eso la puso más nerviosa. Ambas mujeres esperaron la respuesta de su pequeña rubia, pero al no obtenerla y comunicarse nuevamente con la mirada, la señorita Pony habló después de inhalar con profundidad.

—Candy, ¿te topaste con un cambiante? —preguntó la señorita Pony, y Candy volteó a mirarla abruptamente. La temperatura de su cuerpo se desestabilizó y sintió cómo sus manos perdían fuerza. ¿Cómo era posible que…? No, no era cierto.

—¿Qué? — preguntó con voz chillona, se aclaró la garganta y alternó su mirada entre la primera mujer y la monja.

—Te encontraste con los lobos cambiantes del bosque— la voz de la señorita Pony ya no era interrogativa, sino afirmativa.

—Yo no…— tragó saliva. No podía decir nada a nadie, lo sabía bien. —No sé de qué habla, ¿cómo que lobos cambiantes? —tomó su taza y bebió, debía desviar la conversación, no profundizar en el tema.

—Entiendo— la señorita Pony suspiró y dejó su taza en la mesilla. Miró a la hermana María y ella asintió. —Entonces déjame contarte una historia. Hermana, ¿me ayuda? — Se quitó los anteojos que colgaban de una cadena y los puso también en la mesa. La monja se levantó de su silla y se acercó a la mujer para ayudarla a desabotonar el cuello de su vestido. Candy no sabía qué pasaba, así que se dedicó a observar. —Con eso es suficiente— dijo cuando sintió el vestido lo suficientemente suelto, aflojó el cuello y tiró de la tela hasta que su hombro izquierdo quedó descubierto.

Como atraída a la luz, Candy se acercó hasta la señorita Pony y vio con claridad una vieja cicatriz que simulaba una mordida, pero no la simulaba, era una mordida. Candy ahogó un grito y se llevó la mano al cuello, a la misma altura donde Anthony casi la marcara en el bosque.

—¿Usted tiene un compañero? — preguntó con la adrenalina apoderándose de su cerebro.

—Tenía— respondió la mujer y sonrió con tristeza —murió hace muchos años— agregó y a Candy se le hizo un nudo en la garganta. —¿Quieres que te cuente? — preguntó y Candy asintió en repetidas ocasiones —pero primero, dime, aunque ya lo hiciste, si te encontraste con los cambiantes— Candy volvió a asentir y de inmediato se sintió liberada de una presión de semanas enteras.

La hermana María, que sólo había escuchado la conversación salió de la oficina y cerró la puerta tras de sí, dejando a la señorita Pony y a Candy solas.

—Ya sabes que yo nací en Texas— Candy asintió —vivía con mis padres en un rancho…

«Nuestro rancho era sencillo, pero hubo una época en la que mi padre no se daba abasto con el trabajo, así que contrató unos cuantos hombres para sacar el trabajo adelante. Entre esos hombres llegó un joven llamado Malcolm, era cuatro años mayor que yo y más fuerte que todos los demás trabajadores. Siempre era el primero en llegar y el último en irse. Se ganó la confianza de mi padre y el respeto de los demás y pronto se volvió la mano derecha de mi padre. Se mudó parcialmente a nuestro rancho y yo empecé a tratarlo con más frecuencia.

«Yo ayudaba a mi madre con las tareas de la casa y la alimentación de los trabajadores. Les llevaba el almuerzo y los llamaba todos los días, a las tres de la tarde a comer. Un día, el calor era insoportable y, por iniciativa propia, les preparé limonada. Yo era un poco torpe, pero me las arreglé para llevar la limonada y suficientes vasos en un solo viaje hasta el establo donde todos deberían estar; solo que, cuando llegué no había nadie, sólo Malcolm, que estaba cambiando la herradura a un caballo.

«Habíamos hablado poco, pero ese día estaba más hablador que otros días, así que me quedé un rato con él. Me contó de sus padres y sus hermanos. Ellos vivían en uno de los ranchos aledaños, el más grande del pueblo donde había varias familias; tantas que parecía un pueblo aparte. Ahí había trabajo de sobra, así que no tenía sentido que hubiera ido a trabajar con nosotros, se lo dije, pero sólo me respondió que le gustaba estar ahí.

«Desde ese día, nuestras conversaciones se hicieron más frecuentes. A veces nos llevaba a mi madre y a mí al pueblo a cumplir con algún encargo, otras, nos ayudaba en la casa con cualquier cosa que se le ocurriera arreglar o que mi madre le pidiera mover, pero siempre procuraba que yo lo viera y yo también lo buscaba. Éramos como un par de imanes que en todo momento buscaban estar juntos.

«Una semana antes de que yo cumpliera diecinueve años, hubo una horrible tormenta desde la tarde hasta la mañana siguiente. Un rayo cayó cerca del establo y los caballos, asustados, rompieron la puerta y salieron desbocados. En el rancho solo estábamos mis padres y yo, así que él y yo salimos a recuperarlos.

«Devolvimos a todos al establo, solo uno estaba perdido y yo salí a buscarlo. La lluvia se había intensificado, pero salí de todos modos y encontré al último caballo, solo que estaba demasiado asustado y, al verme querer atraparlo, se espantó más y me tiró cuando logré enlazarlo; perdí el control y estuvo a nada de aplastarme con sus patas y romperme la espalda, pero Malcolm llegó y se interpuso entre el caballo y yo. Malcolm recibió los golpes y creí que lo había matado; lo tenía encima de mí, tirado, y vi cómo el animal arremetía contra su espalda, pero no lo mató.

«Estaba aterrada, no tanto por el ataque del caballo, sino por el hecho de que Malcolm estaba herido. Me dio pavor pensar que algo malo le pasara que no me pregunté por qué no tenía ni un rasguño. Se levantó y me dio la mano. Cuando estuve de pie me abrazó con tanta fuerza que casi me deja sin aire, pero tampoco me importó; estaba demasiado asustada y solo pude abrazarlo de vuelta. Empezó a decir cosas sobre perderme y volverse loco que no entendí en ese momento.

«Cuando todo acabó, hice que mi padre lo dejara dormir en la casa con el pretexto de que necesitaríamos su ayuda, pero yo solo quería asegurarme de que estaba bien y de saber por qué no estaba con la columna destrozada, pero esa noche no obtuve ninguna respuesta.

«Yo era muy joven, estaba intrigada y cautivada por Malcolm, así que no lo dejé en paz los días siguientes con el firme propósito de que me dijera por qué y cómo había salido ileso del ataque. Él evadía las preguntas hasta que lo amenacé con contarle a mis padres lo que había visto, lo que no había hecho, y su única respuesta fue besarme.

«El canalla me convenció de no decirles nada, confiar en él y esperar a que, con el tiempo, me pudiera explicar —una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer al llamarlo canalla—. Yo acepté, de alguna extraña forma confiaba en Malcolm y esperé a que me contara cómo había salido ileso de entre las patas del caballo, cómo es que era más fuerte y rápido que los demás trabajadores y, sobre todo, por qué estaba interesado en mí; cosa que ya había dejado clara en varias ocasiones.

—Malcolm era un cambiante— afirmó Candy y la señorita Pony asintió.

—Cuando me lo demostró casi pierdo la razón, verlo transformarse en un enorme lobo gris me hizo dudar de todo lo que sabía del mundo, que no era mucho, pero mi concepción del entorno cambió drásticamente. Me explicó lo que era, me dijo que en el rancho de donde él venía, todos eran cambiantes y que él había venido a trabajar al de mi familia porque yo era su compañera. Lo supo cuando me vio en el pueblo un día cualquiera y, poco después, mi padre empezó a buscar gente para trabajar en el rancho. Le dijo al líder de su manada que me había hallado y él lo dejó ir.

—¿No tuvo miedo? — preguntó Candy.

—¿De Malcolm? Nunca— respondió la mujer —Me costó trabajo entender su naturaleza, guardar el secreto y dejar atrás las convenciones sociales, si sabes a lo que me refiero—, Candy asintió —pero nunca le tuve miedo. En términos "humanos" me enamoré de él y en los suyos, sentí el vínculo de compañeros que nos unía. Hacíamos lo posible por pasar la mayor parte del tiempo juntos, nos hicimos expertos buscando pretextos para salir al pueblo o a campo abierto. Montar una enfermería, por ejemplo, habría sido un buen motivo para poder estar a solas.

—¡La enfermería existe, se lo juro! — se defendió Candy al sentir el reproche directo de haber mentido o, al menos, haber ocultado la verdad de sus salidas.

—Te creo— respondió la señorita Pony con una sonrisa. Ver nerviosa a su pequeña revoltosa y defendiendo a capa y espada el secreto de los cambiantes que ella misma había guardado toda su vida, la enorgullecía y entusiasmaba. Candy había encontrado a su verdadera alma gemela y la señorita Pony no podía estar más feliz y tranquila de que, al fin, la joven sería feliz al lado de alguien merecedor de su cariño y su bondad. Sólo tenía que averiguar de qué clase de compañero se trataba y por qué Candy había tenido problemas con él, situación que resultaba evidente para la mujer de mayor edad y experiencia.

La señorita Pony continuó su relato una vez que Candy le repitió al menos tres veces más que la enfermería era un proyecto real.

—Malcolm y yo estábamos realmente enamorados y en poco tiempo mis padres se dieron cuenta de nuestra relación. Mi compañero, en lugar de tomar las cosas con calma, me propuso matrimonio humano y… —se llevó una mano hasta su marca y sonrió con melancolía, con la vista perdida en el suelo, recordando cómo había sido ese momento.

—No entiendo lo de la marca— aceptó Candy —¿significa que una se vuelve de su propiedad?

—¡No, por supuesto que no!, ¿eso te dijeron? — preguntó la señorita Pony frunciendo el ceño e imaginando que el compañero de Candy era un salvaje.

—No, no dijeron eso, pero… ¿qué significa?

—Es la manera en la que las parejas de cambiantes se unen para toda la vida— resumió la mujer—. Cuando encuentran a su pareja vuelcan toda su vida en el bienestar de esta; los hombres se vuelven… sobreprotectores, por decir lo menos; se encargan de proveer a su compañera de todo lo que necesite, de protegerla de los peligros que puedan acechar a la manada y hasta de los más simples hechos de la vida cotidiana, como la comida, por ejemplo, odian saber que su compañera está hambrienta —la señorita Pony volvió a sonreír, un recuerdo feliz se presentó, pero no lo compartió—. Ella hace otro tanto, se ocupa de sus emociones, de mantenerlo sereno, darle consejo y apoyo en sus responsabilidades y decisiones. La madre de Malcolm me dijo una vez que las hembras son el cerebro de las manadas y los machos la fuerza bruta; creo que es un tanto extremista porque ambos tienen las mismas capacidades, pero es una manera simple de entenderlo, sobre todo para las que no somos como ellos, pero somos parte de la manada.

—Pero, la marca…

—¡Claro, claro! La marca es su forma de sellar todo lo que te acabo de explicar, de comprometerse y unirse de por vida. Cuando ambos son cambiantes, se marcan mutuamente y eso evita que otros se acerquen, significa que ese cambiante ya tiene a su alma gemela y que no necesita ni aceptará que otro se acerque. En mi caso, sólo Malcolm podía marcarme, pero el principio es el mismo. Mi pobre gruñón temía volverse loco si no lo hacía pronto, por eso no dudó en que nos casáramos bajo las leyes humanas. Si hubiéramos esperado más tiempo habría perdido toda su humanidad y habría permanecido como lobo toda su vida.

—¿QUÉ? —gritó Candy poniéndose de pie, agitada por los nervios.

—¿No lo sabías? —Candy negó con la cabeza y la señorita Pony tuvo una mejor impresión del desconocido compañero de Candy; pues si no le había hablado del peligro que él corría al tardar en marcarla, significaba que estaba pensando en ella, dándole tiempo para reconocer el nuevo mundo que se le presentaba, tal como Malcolm había hecho con ella.

—Los sentimientos, emociones e instintos de los cambiantes se aceleran e intensifican cuando encuentran a su pareja. Su cuerpo les exige reforzar el vínculo con la marca tan pronto como la encuentran. Pueden resistir un tiempo, pero entre más tarden, más erráticos e impulsivos se vuelven y, si nunca lo hacen, su lobo los domina por completo y nunca vuelven a su forma humana. Aunque es muy extraño que eso llegue a ocurrir porque…

—¡Anthony no puede terminar así!, ¡no por mi culpa! —gritó Candy entre sollozos. Su pecho había empezado a doler desde que la señorita Pony empezó a hablar, pero en ese momento sentía que iba a romperse. La simple idea de que Anthony perdiera su humanidad por culpa de Candy revolvió todo su ser; ella no permitiría que algo así le pasara.

—¿Así se llama? —preguntó la señorita Pony tomando a Candy de los hombros para tranquilizarla. Candy la tomó de los brazos para obtener fuerza y asintió—. ¿Quieres contarme de él?

Candy se limpió la cara con el dorso de la mano y asintió con nerviosismo —¡Oh, señorita Pony, fue un milagro! —expresó conteniendo el llanto y empezando a reír al recordar cómo había encontrado a Anthony y cómo lo había reconocido— ¡se trata de Anthony, Anthony Brower!

—¡El joven Andley! —exclamó la mujer antes de cubrirse la boca con una mano— ¿cómo es posible?, pero si él…

—No murió en ese accidente de caballo —se apresuró a decir Candy— No es algo de lo que haya querido hablarme todavía, dice que no lo recuerda bien, pero con base en lo que he leído y aprendido con ellos, mi suposición es que su lobo lo salvó al transformarse en el momento justo del accidente, o un instante después para curar sus heridas.

La hipótesis había rondado el cerebro de Candy desde hacía varios días, incluso desde antes de leer los diarios y libros, y quería hablar de ello con Víctor, sólo que no había tenido la oportunidad.

—Es lo más seguro— afirmó la mujer —¿y él es tu compañero? — preguntó ilusionada, como una mujer que comparte con una gran amiga confidencias del corazón; y también aliviada de poder compartir con alguien lo mejor que le había pasado en la vida.

—Sí— afirmó Candy y le contó cómo fue que llegó al bosque y que Anthony era el líder de la manada.

—Igual que su abuelo— la sonrisa de la señorita Pony no tenía precio; era como si hubiera rejuvenecido al menos quince años y redescubriera un mundo maravilloso—el señor Clinton Andley.

—¿Cómo…? — las preguntas se quedaban a medias en esa conversación porque ambas mujeres sabían exactamente lo que la otra quería escuchar.

—Cuando me establecí aquí, el jefe Clinton me ayudó y me ofreció su protección— los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y Candy sintió cómo un nudo en su pecho la oprimía y evitaba que preguntara por la continuación de la historia entre Malcolm y la señorita Pony.

—¿A usted y a Malcolm? — preguntó por fin.

La señorita Pony negó —sólo a mí…— dejó caer todo su peso en el sillón y guardó silencio, mismo que Candy respetó al ofrecerle su mano —Malcolm y yo vivimos seis años juntos como compañeros. Nos quedamos en el rancho de mi familia y él se volvió el administrador, dándole tiempo a mi padre de descansar hasta el día de su muerte. Después sólo fuimos nosotros dos con mi madre. Yo era la mujer más feliz de Texas, tenía un compañero maravilloso que me amaba y me cuidaba, teníamos un hogar y una manada que no nos perdía de vista; pero todo cambió cuando… —su voz se quebró y empezó a llorar como Candy nunca la había visto. Ver a una madre llorando es lo más angustiante y desgarrador que una hija puede presenciar. —Una manada fronteriza atacó a la de Malcolm. Eran salvajes, sanguinarios y parecían desorganizados, pero sabían bien lo que hacían y acabaron con todos los miembros de la manada, incluido mi Malcolm— se limpió el rostro con el pañuelo —en cuanto supo del ataque fue a pelear al lado de su manada, pero no pudieron hacer nada. Fui en contra de sus órdenes y lo busqué en el rancho… lo que vi ahí fue horrible, una verdadera masacre… —se cubrió los ojos y sacudió la cabeza, como si con ellos pudiera borrar el recuerdo —encontré a Malcolm agonizando en su forma de lobo; en cuanto me vio se transformó y…

—¡Lo lamento mucho! — lloró Candy abrazando con fuerza a la mujer, dándole todo el cariño y consuelo del que era capaz.

—Me hizo prometer que me iría de Texas, la manada invasora se establecería ahí y yo corría peligro si me descubrían. Hay algunas manadas que rechazan a los compañeros humanos. Dijo que buscara al jefe Clinton de Chicago o al jefe Marcus de Indiana, que ellos me ayudarían…

—¿En serio acabaron con todos? — preguntó Candy horrorizada y dolida —los cachorros…— preguntó a media voz.

—Si alguien sobrevivió, no lo sé, pero lo más probable es que sí… mataron a todos— la señorita Pony bebió un trago de té que, para esa hora, ya estaba helado —quemaron el rancho y lo hicieron parecer un accidente; después el jefe de esa manada compró el terreno y se adueñó de todo.

—¡Es horrible! — chilló Candy —¿por qué lo harían?

—Por poder— resumió la mujer —el jefe Clinton supo que era una manada que se había formado con renegados provenientes del sur y de la costa oeste; la manada de Malcolm no fue la primera ni la última destruida por ellos.

—¿Alguien los detuvo? — preguntó Candy esperando que existiera la justicia en el mundo de los cambiantes.

—No lo sé— contestó la señorita Pony. —Después de la muerte de Malcolm vendí el rancho; mi madre se instaló en Iowa, con una hermana suya y yo seguí mi camino hasta Chicago— se aclaró la garganta y prosiguió con el relato de su vida —¿alguna vez les contamos cómo nos conocimos la hermana María y yo? — preguntó con una media sonrisa, como si no acabara de contar lo más doloroso que le había pasado en la vida, perder a su compañero. Candy dijo que no, por lo bajo. —El orfanato era parte de un convento, estaba en el pueblo cuando yo llegué aquí; para ese entonces la arquidiócesis estaba por cerrar el orfanato e iban a mudar el convento; pero una monja que recién había tomado los hábitos se negó a que les quitaran a los niños —la señorita Pony sonrió ampliamente—. Hizo todo lo que pudo para evitarlo, habló con el alcalde del pueblo, con el comisario, con las familias ricas de la zona, le escribió al arzobispo y a nada estuvo de presentarse en casa del gobernador—. Candy no podía imaginar a una hermana María joven y rebelde; ella era el claro ejemplo de la obediencia y la disciplina, pero no pudo evitar sonreír con cariño hacia la monja, su madre también. —El problema era el dinero, la arquidiócesis debía cerrar el orfanato porque no había suficientes fondos y las monjas serían reacomodadas en diferentes conventos porque no había recursos para mantener la orden. Fue ahí cuando yo serví de algo; yo tenía el dinero suficiente en ese entonces para mantener el orfanato. Malcolm y yo no pudimos tener hijos, pero a él le encantaban los niños y siempre dijo que formaríamos una gran familia; así que hice lo que pude para cumplir su sueño y negocié con la arquidiócesis para quedarme con el orfanato y nos instalamos en este terreno. La hermana María, que para entonces era ya mi mejor amiga, se quedó para dirigirlo a mi lado y después de tantos años, míranos aquí; hemos criado a un sinfín de niños maravillosos como tú, como Tom, Jimmy, Annie, John.

Sin decir palabra alguna, Candy abrazó a la señorita Pony y lloró en sus brazos, lloraba por agradecimiento hacia la mujer, lloraba por el dolor que había soportado, lloraba por la manada asesinada, lloraba por Malcolm y su futuro truncado, lloraba porque todo lo que había aprendido de boca de la señorita Pony sobre los cambiantes la había asustado y no quería que Anthony, por su indecisión, corriera el riesgo de perder su forma humana o que alguien, como ya había pasado con Gabriel, lo hiriera y terminara perdiéndolo nuevamente y de forma definitiva, como había ocurrido con la señorita Pony.

—¿Cómo lo supo? — preguntó Candy cuando el llanto, por parte de ambas mujeres, había cesado —¿Cómo supo que había encontrado a la manada?

—Porque estuve en tu lugar cuando era joven —contestó la mujer acomodando los rebeldes rizos de Candy —nunca habrías dejado tus actividades aquí si no hubiera algo realmente importante allá afuera para ti— Candy bajó la mirada —no es algo malo, al contrario; estoy muy feliz de que hayas encontrado a tu compañero. También noté que cuando salías, te dirigías al bosque y no a la colina, el tiempo que tardabas en ir y venir, tu manera de defender a los lobos que supuestamente roban ganado; además, los días que Annie estuvo aquí, entré a tu habitación a dejar toallas y vi la figura de madera en tu mesa de noche y el contrato del Aserradero Clinton terminó por darme la razón.

—No quise engañarlas— se disculpó Candy —pero no podía decir nada, es un secreto que no me correspondía rebelar.

—Te entiendo, Candy, no tienes que disculparte— la consoló la mujer — yo también tuve que guardar el secreto, sé la enorme responsabilidad que es.

—¿La hermana María lo sabe? — preguntó la joven.

—Sí— asintió la señorita Pony —cuando llegué aquí estaba destrozada y ella fue el único hombro en el que pude llorar y contarle lo que había vivido, pero no te preocupes, ella no diría nada a nadie; nuestro secreto está a salvo con ella, lo ha estado por años.

—Me siento mejor al saber que lo sabe, no quiero ocultarles las cosas ni mentirles, nunca más— prometió Candy. —Pero tengo tantas dudas, ¿cómo conoció al abuelo de Anthony?, ¿conoció a su mamá?, ¿aún…?

—Calma, calma, Candy— la detuvo la señorita Pony —esos detalles te los contaré después; ahora, lo que me interesa es saber qué problema tuvieron Anthony y tú— Candy frunció la boca —y no se te ocurra negarlo, dime, ¿tiene algo que ver con lo que pasó con Jimmy?

—Sí— aceptó Candy y le contó todo lo que había pasado: el nacimiento de Isaac, sus visitas a la manada, la instalación de la enfermería, el hecho de ser la compañera de Anthony, el ataque a Gabriel y la participación de Jimmy en los eventos, así como la discusión que se había desatado por la misma razón.

La señorita Pony escuchaba atentamente, hacía preguntas breves e incitaba a Candy a que le contara más y lo que sentía al respecto. Le enorgulleció que ayudara en el parto, que estuviera aprendiendo sobre su modo de vida y, sobre todo, que fuera Anthony Brower su compañero; aunque, su instinto maternal se activó y deseó tener frente a sí a dicho compañero para saber qué tipo de jefe era y, sobre todo, cuál era su plan de vida con su Candy.

—Me molestó e hirió que me descartara para ayudar a descubrir qué había pasado— dijo Candy —y… me asustó que consideraran hacerle daño a Jimmy…

—Ya veo…— asintió la mujer —¿y ya saben quién es el responsable?

—No lo sé— contestó Candy —no he vuelto desde ese día…

—Mmm— bramó la señorita Pony —¿y si el responsable hubiera estado en casa de Jimmy, qué habrías hecho? — preguntó la mujer en un tono que Candy sabía a la perfección que significaba regaño.

—Puedo defenderme— se atrevió a decir.

—¿De un cambiante?— preguntó y Candy negó —¿de una persona que sabe de su existencia y que no dudaría en dañar a la compañera del líder de la manada?— volvió a preguntar y la joven negó nuevamente —me parece que Anthony hacía lo correcto en no dejarte ir— sentenció la mujer y Candy estuvo a punto de replicar —aunque tampoco estoy de acuerdo con su plan original y, tienes razón, no debió descartar la ayuda que tú podías brindarles —el rostro de Candy se iluminó —¡pero sí fue muy imprudente de tu parte ir sola a la casa de Jimmy!— la reprendió y Candy no replicó —te pusiste en peligro y nadie soportaría que algo malo te pasara— la señorita Pony atrajo a la joven hacia sí y la abrazó maternalmente —debes tener cuidado Candy, eres una humana en un mundo desconocido; debes aprender sobre sus costumbres y sus leyes, así como de su forma de arreglar las cosas. Si aceptarás a Anthony como tu compañero, debes entender todo eso.

Candy entendió que no se trataba de un cuento de hadas, sino de una realidad diferente y que, aunque la manada y Anthony vivieran en el bosque, no estaban aislados del mundo; en cualquier momento podría llegar alguien a perturbar su paz, como ya había pasado, y poner a todos en peligro. Se imaginó el horror que vivieron los miembros de la manada de Malcolm y el miedo capturó sus sentidos. Debía hablar con Anthony, le debía una disculpa por actuar por su cuenta, pero también debía establecer su lugar y su valía en su manada y en su vida y, sobre todo, debía hablar con él sobre la marca… sobre el compromiso que significaba y el peligro que había si no lo hacían.

—Debo hablar con Anthony— dijo al levantarse de su asiento, agitada por la euforia.

La puerta del despacho de la señorita Pony se abrió y entró la hermana María. Candy la miró con otros ojos, se la imaginó peleando por mantener el orfanato y corrió a abrazarla y besarla.

—Gracias, gracias, gracias— decía tras cada beso que le daba —gracias por luchar por el orfanato— dijo tras un último beso y la hermana María se tambaleó sobre su eje, pero aceptó con gusto las muestras de afecto, —y perdón por ocultarle la verdad… yo…

—No tienes que pedir perdón— la calmó la monja —sólo cuéntenme qué ha pasado aquí; los niños ya terminaron de desayunar y preguntan por ustedes.

—Bueno… pues… — Candy iba a empezar a hablar, pero tenía bastante prisa por salir y dirigirse al bosque. Miró a la señorita Pony y esta empezó a reír.

—¡Vete! — ordenó con un ademán —yo le contaré todo a la hermana María.


Candy salió corriendo del despacho de la señorita Pony y saludó con un sonoro ¡buenos días! a los niños que seguían sentados en el comedor y fue directo a la puerta principal, donde montó a Canela con su característica agilidad y emprendió la carrera hacia el bosque. Tenía muchas cosas en las que pensar; debía asimilar la historia de la señorita Pony y contársela a Anthony, pero lo primero que tenía que hacer era volver a verlo, volver a abrazarlo y besarlo. La urgencia que sentía en ese momento no tenía manera de describirse y por un segundo, Candy se preguntó si ella también terminaría por perder su humanidad si no volvía al lado de Anthony.

—¿Fue lo que pensaba, señorita Pony? — preguntó la hermana María mirando desde la ventana cómo Candy se alejaba cabalgando.

—Y más de lo que pensaba, hermana— respondió la señorita Pony con una sonrisa que pronto se convirtió en risa, y la invitó a sentarse a su lado para contarle en qué se había metido su revoltosa Candy.

Canela cabalgó tan rápido como sus patas se lo permitían y, en menos tiempo del habitual, Candy visualizó la entrada del bosque. Su corazón latía con la rapidez de un colibrí y tiró de las riendas para que la yegua se detuviera cuando vio una figura que avanzaba en medio del campo abierto. Reconoció de quién se trataba a metros de distancia y lágrimas de emoción llenaron sus verdes ojos.

Anthony la reconoció de inmediato y, tal como la primera vez, quedó maravillado de su porte al montar. Por un segundo, se quedó quieto, pero de inmediato comenzó a avanzar hacia ella. ¡Después de tantos días la volvía a ver! La vio desmontar y echar a correr en su dirección, como si ella fuera más rápida que un caballo. Él también corrió hacia ella y escuchó claramente cómo gritaba su nombre.

—¡Anthony— gritó otra vez cuando lo tuvo a un metro de distancia. Le faltaba el aire, pero no se detuvo, no en el último palmo de distancia que los separaba, y se arrojó a sus brazos. Anthony la recibió con el corazón desbocado y la fundió en su cuerpo, no la dejaría ir nunca, de eso estaba seguro.

Candy rodeó el cuello de Anthony con sus brazos y aceptó con gusto el calor de su cuerpo y la fuerza con la que él la sujetaba de la espalda y la cintura. Sintió cómo él hundía su nariz en su cuello e inhalaba su aroma, sabía que eso lo calmaba y se juró no volver a dejarlo.

Tan pronto como la sintió en sus brazos, Anthony se juró a sí mismo no volver a ser tan necio ni impulsivo cuando se tratara de tomar decisiones que incluyeran a Candy. Los últimos días sin verla habían sido un verdadero infierno, sabía que ella estaba a salvo, pero lo mataba no verla, no oírla, no olerla, no tener la oportunidad de hablarle y pedirle perdón por todo. Su desesperación lo había convencido de ir a buscarla ese mismo día. Iba ya en camino hacia el orfanato cuando sintió su presencia y la vio. ¡Estaba de vuelta! Justo en ese momento la tenía de nuevo en sus brazos. Tenía tanto que decirle, pero en ese momento sólo podía sentirla y calmar su desbocado corazón.

—¡Anthony!— dijo ella muy cerca de su oído y él sintió cómo su cuerpo volvía a la Tierra. Candy separó un poco su cuerpo para poder verlo y frunció el ceño al verlo tan pálido. —No has dormido— dijo preocupada.

—Y tú has llorado— respondió Anthony acariciando las mejillas de Candy.

—Lo siento— dijeron al unísono y rieron por la sincronicidad de sus palabras.

—Lamentó haberme ido— dijo Candy —no quería hacerte daño, lo juro— tomó el rostro de Anthony entre sus manos y lo miró fija e intensamente —no vas a sufrir por mi culpa, lo juro.

—Perdón por ocultarte las cosas— dijo Anthony recuperando el agarre de su cintura —no volverá a pasar. De ahora en adelante, tomaremos las decisiones juntos, te lo juro.

Anthony no resistió más el impulso y besó a Candy, sujetaba con fuerza su delicado cuerpo y ella se aferraba a él. Su boca se abrió para él y lo recibió con gusto e impaciencia, atrapando su lengua, envolviéndolo en su sabor y su pasión contenida que, de inmediato se fundió con la de Anthony. Exploraron sus bocas sin soltar el agarre de sus cuerpos. Nunca se habían besado con esa pasión, con ese desenfreno ni con esa impaciencia por sentir al otro tan cerca como fuera posible.

—Te quiero— dijeron al unísono nuevamente y estallaron en risas.

Candy acarició el rostro cansado de Anthony y este cerró los ojos ante el contacto. La calidez de la femenina mano le daba tranquilidad y le aseguraba que el momento era real. Frotó su mejilla en la palma de Candy y se la besó; ella sonrió y le devolvió el beso en los labios. Seguían abrazados y no parecía que tuvieran deseos de despegarse ni un centímetro. Candy chocó su frente en la de Anthony y permanecieron así unos segundos hasta que ella habló.

—Tengo muchas cosas que contarte.

—También yo— asintió Anthony al momento de abrir los ojos. Esos profundos ojos azules que Candy adoraba.

Aflojaron el abrazo que los envolvía y, mirando a todos lados, Candy decidió sentarse ahí mismo, en la hierba y a campo abierto. Anthony hizo lo mismo, y quedaron frente a frente y de rodillas. Con las manos entrelazadas, Anthony se sentó en la hierba y ahuecó sus piernas para que Candy se acomodara entre ellas; así lo hizo la rubia y fue rodeada por los brazos de Anthony mientras su espalda se apoyaba en su pecho. Era una posición bastante cómoda, pero no podían verse a la cara, así que Candy se acomodó de manera que quedaran frente a frente; miró de reojo a Canela, que pastaba cerca de ellos y ya no se preocupó por ella.

—No sé ni por dónde comenzar— dijo Candy jugando con los dedos de Anthony entre los suyos —no nos hemos visto en días y siento que han pasado meses— él apretó su mano y sus miradas se cruzaron.

—Hagámoslo fácil, ¿Cómo estás? — preguntó él con una ligera sonrisa.

—Ahora estoy bien, ¿y tú?

—Mis días acaban de mejorar— respondió Anthony besando las manos de Candy. —Candy, yo quiero pedirte perdón por la manera en la que han sucedido las cosas; a veces olvido que este mundo, mi mundo, es nuevo para ti y doy ciertas cosas por sentado o actúo de manera inapropiada para ti— Candy lo miró fijamente y lo dejó hablar —también lamento mucho haber perdido tu confianza cuando oíste lo que planeábamos hacer con tu amigo Jimmy. Sé que para ti no era correcto, pero quiero que entiendas que para nosotros es crucial mantener nuestro secreto. Hemos aprendido a lo largo de la Historia que los humanos no reciben bien a quienes son diferentes a ellos y nosotros no les tememos, pero tampoco queremos hacerles daño—. La expresión de Candy era serena, gentil y atenta, lo que dio confianza a Anthony para seguir. —Pero lo que más lamento, y te juro que enmendaré, es la idea errónea que ahora tienes de lo que significa ser compañeros— se acercó unos centímetros más a ella, y le acarició la mejilla y el cuello. Ante el contacto, Candy se estremeció y cerró los ojos. —Te demostraré que se trata de ser iguales, tú nunca, nunca, serás un accesorio en mi vida ni un desahogue físico, no soy un cavernícola— Candy sonrió. —Te demostraré que eres y siempre serás lo más importante de mi vida, la luz que guíe mis acciones, mi razón para pelear y para no hacerlo—. Besó sus manos y sintió cómo ella apretaba el agarre. —Candy, encontrarte, reencontrarte, ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida y no lo echaré a perder. Me esforzaré para ser digno de tu perdón.

—Anthony— un beso fugaz tocó los labios de él —no necesitas mi perdón, ya quedó todo atrás, yo he comprendido que nos estabas protegiendo, que pudo haber un peligro real, para todos y que tienes que tomar decisiones por el bien de todos— volvió a besarlo —sólo que ahora no tienes que cargar con todo tú solo; yo estoy aquí y nunca pondré en peligro a tu manada, a mí, y mucho menos a ti. Te lo juro.

Candy se acercó todavía más a él y lo besó larga y profundamente. Si los besos de compromiso existían, ese era uno de ellos.

Siguieron besándose, recuperando los días que habían estado separados y haciendo crecer la promesa de que, de ahora en adelante, los problemas los encontrarían juntos, pero no los separarían.


—¿Cómo está tu amigo Jimmy? — preguntó Anthony largo rato después. Seguían en campo abierto, acostados uno junto al otro y fundidos en un abrazo.

—Tiene el corazón roto— contestó Candy tras un largo suspiro; se sentía tan cómoda en los brazos de Anthony que, si él se quedaba callado, en cualquier momento caería dormida — los síntomas de lo que le dieron, el canto de sirena, desaparecieron, pero no sabe nada de esa mujer… ¿ustedes?

—No pudimos encontrarla— respondió Anthony enredando su índice en un rebelde rizo de la rubia. —Aaron y Derek la buscaron en la taberna, pero dejó el pueblo— Candy se enderezó para verlo a la cara —la hemos rastreado, pero sea quien sea, sabe cómo desaparecer sin dejar mucho rastro— Candy frunció el ceño —no te preocupes; la encontraremos. Pedí ayuda al líder de la manada de Indiana, es un amigo y estoy por escribirle a algunos otros. Tenemos la pista que nos diste del correo, creemos que escribió a Colorado, pero nos tomará tiempo investigar más.

—¿Hay cambiantes en Colorado? — preguntó Candy.

—Sí, pero no tengo contacto con ellos, así que no puedo pedir su ayuda ni tampoco mandar a alguien así nada más, parecería una invasión a su territorio y no causaremos problemas.

El rostro de Candy se contrajo y Anthony lo notó; ella recordó lo que había pasado con la manada de Malcolm, el compañero de la señorita Pony.

—¿Qué pasa? —preguntó Anthony con voz grave.

—Tengo que contarte algo muy importante— Anthony frunció el ceño —no sobre lo que pasó con Jimmy, es otra cosa— respiró profundo —la razón por la que vine hoy es porque entendí más sobre la forma de vida de los cambiantes.

—¿Ah, sí?, ¿cómo?

—La señorita Pony sabe que existen— en un destello, los ojos azules de Anthony se volvieron ámbar —¡no te enojes!, no hay ningún peligro con ella— lo detuvo poniendo las manos en su pecho —ella lo sabe desde mucho antes de que tú y yo naciéramos. Ella tuvo un compañero…

Candy le contó a Anthony todo lo que la señorita Pony le había dicho por la mañana y no pudo evitar llorar cuando le narró cómo había muerto Malcolm y cómo la señorita Pony había tenido que abandonar su hogar y prácticamente huir hasta Chicago, donde conoció al jefe Clinton, el abuelo de Anthony y se hizo cargo del orfanato.

—Cada manada se maneja de formas diferentes— dijo Anthony tras escuchar el relato y consolar a Candy. Él también estaba conmovido y sorprendido por la trágica historia, pero mantuvo la calma para transmitírsela a ella. —Hay unas más salvajes que otras y cuando crean problemas, deben ser detenidas.

—Tu abuelo le dijo que habían atacado más manadas después de acabar con la de Texas.

—No lo dudo y no sé qué pasó, pero puedo investigarlo; seguro mi tío Víctor y otros de los miembros de más edad lo pueden recordar.

—Tal vez le sirva de algo saber que alguien detuvo sus masacres— respondió Candy.

—Lo buscaré— le besó la frente y Candy le agradeció con otro beso.

Anthony rio por lo bajo y negó ligeramente con la cabeza, sus pensamientos se agolpaban en su cerebro.

—¿Qué? — preguntó Candy.

—Es que no deja de sorprenderme el destino— contestó Anthony —la mujer que te crio sabe de nosotros, es una de nosotros y está tan cerca de aquí.

—Somos muy afortunados— agregó Candy —de no ser por ella yo… habría tardado más en volver— bajó la mirada y pasó el dedo sobre el pecho de Anthony —ella también me habló de la marca— se señaló el cuello —y me explicó qué pasaría si no…

La gama de expresiones en el rostro de Anthony era larga; pasó de la duda, la expectativa, y la emoción hasta la preocupación y el agradecimiento hacia la mujer de quien sabía tanto y no conocía en persona.

—Anthony— dijo Candy a media voz, procurando no llorar más —no quiero que por mi culpa te conviertas para siempre en lobo y pierdas tu vida— Anthony iba a hablar, pero Candy fue más rápida en sus argumentos —así que, estoy lista— movió su cabello hacia un solo lado y lo sostuvo, ofreciendo su cuello a Anthony.

Él la miraba y oía atentamente, cuando le ofreció su cuello no pudo hacer otra cosa más que sonreír y tomarla por la cintura hasta acomodarla de espaldas sobre la hierba; la cubrió con su cuerpo sin perder el contacto visual y besó sus labios lentamente. Candy cerró los ojos, estaba tan nerviosa que no sintió el beso, pero confiaba en Anthony. Sintió después cómo él dejaba un camino de besos desde sus labios hasta su cuello y besaba este con más intensidad.

—Gracias— murmuró Anthony con voz ronca y descansó su frente en el hombro de Candy —gracias por confiar en mí— agregó— pero no lo haremos hoy— levantó la cabeza y rio al ver la cara de confusión de Candy —no lo haré hasta que sepas todo lo que debes y no hasta que sepas, hasta que te demuestre, cómo es la vida de los compañeros— le besó la punta de la nariz —te lo juré y no faltaré a mi palabra.

—Anthony— lo tomó de las mejillas —no quiero ponerte en peligro.

—No corro peligro, hermosa— dijo con la voz más dulce que jamás había usado —no voy a perder el control de mi lobo ni a transformarme en una bestia.

—Pero… la señorita Pony dijo…

—Entiendo lo que te dijo y que eso te asustara— la interrumpió —pero no es mi destino, porque para que eso suceda tiene que pasar mucho tiempo, años incluso y te aseguro que yo no esperaré años para tenerte a mi lado. Esperar un poco más no nos hará daño, te lo aseguro.

Candy enredó sus dedos en el cabello de Anthony y él se acercó para besarla, pero ella lo detuvo, —¿lo prometes?

—Lo prometo— dijo solemnemente y sólo así, Candy permitió que volviera a besarla.


—¿Cómo está Gabriel? — preguntó Candy después de que acordaran esperar para que Anthony la marcara.

—Hambriento— contestó Anthony —Astrid y Víctor han seguido al pie de la letra tus instrucciones y no come nada más que lo prescrito.

—No debí dejarlo— se lamentó Candy —¿puedo ir a verlo?

—¡Cuando quieras!, pero no te preocupes, él está bien. Lo movimos a su habitación y ya no hay plata en su sistema. Lo salvaste.

—Pero abandoné mi trabajo y no debí hacer eso.

—Basta de lamentos, tú misma dijiste que todo quedó atrás, ¿no es así? — Candy asintió —Ahora sólo hay que pensar en nuestro futuro— besó sus manos —y hay algo que me gustaría hacer pronto— Candy lo interrogó con la mirada —quiero conocer a la señorita Pony y la hermana María— los verdes ojos de la joven se iluminaron, llenos de sorpresa y nervios —ellas ya saben de mí, así que creo que es lo correcto.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio, además, lo hablamos antes, ¿no?

—Sí…

—¿Te sentirías cómoda si voy al Hogar de Pony a presentarme con tus madres?— preguntó Anthony.

—Claro que sí, me encantaría que las conocieras.

—Entonces, vamos.

—¿Ahora?

—Estoy dispuesto— la confiada sonrisa de Anthony se acercaba a la arrogancia y Candy no podía creerlo.

—Sí, pero es muy improvisado, ¿qué tal mañana? Déjame prepararlas— lo detuvo poniendo una mano en su pecho.

—De acuerdo, ¿a qué hora? — preguntó Anthony igual de impaciente.

—A las tres de la tarde.

—Ahí estaré.


Era lunes, y faltaban veinte minutos para que dieran las tres de la tarde. El Hogar de Pony llevaba a cabo su rutina de manera normal. Los niños habían terminado sus clases y después de terminar de comer, tenían tiempo libre para jugar afuera de la casa; así que ninguno pasó por alto el automóvil que se detuvo en la entrada principal del orfanato y el hombre de traje que bajaba de este. Era muy alto, rubio, de espalda ancha y torso musculoso; tenía un porte elegante y un paso seguro y ligero.

Los niños se acercaron lentamente, atraídos por la presencia del visitante; cuchichearon entre ellos, pero no se atrevieron a llamar la atención del hombre. Uno de los niños reconoció el automóvil y supo que era el mismo en que Candy había sido llevada y traída días atrás, cuando cuidó del recién nacido y empezó su trabajo en la enfermería del aserradero.

Candy abrió la puerta de la casa en cuanto oyó que el auto se detenía y esperó en el umbral. Llevaba un vestido azul cielo que resaltaba su esbelta figura y tenía un elegante escote en V; de su cuello colgaba una cadena de oro con un dije en forma de corazón. Sonrió al notar que su vestido combinaba con la camisa de Anthony.

Este había dormido poco durante la noche debido a los nervios de presentarse en el orfanato donde Candy había crecido. Era cierto que, el hecho de que la señorita Pony supiera de su naturaleza allanaba parte del camino porque así podrían hablar con más confianza sobre el futuro que planeaba con Candy; pero, de todas maneras, los nervios persistían pues todo se resumía, en términos humanos, a presentarse en casa de su novia para conocer a los padres de esta y pedir su mano.

—Hola, Candy— saludó Anthony en cuanto estuvo cerca de ella. Le tomó la mano y la besó.

—Hola, Anthony— el rubor en sus mejillas fue el accesorio perfecto para su atuendo —llegas temprano.

—Me gusta ser puntual —le guiñó el ojo y la rubia estuvo a punto de derretirse sobre el tapete de bienvenida.

—Bienvenido, —entrelazó su mano con la de él— entra.

Anthony cruzó la puerta y la emoción de conocer el hogar de su compañera se intensificó. Era una casa acogedora, sencilla y cálida. Su olor estaba impregnado en cada rincón y Anthony se preguntó cómo sería su habitación. Candy le dio un breve recorrido por la planta baja; desde el recibidor, el comedor y el salón de juegos. Se detuvieron en la sala de estar donde la joven presumió la pared de donde colgaban los recuerdos de todos los niños que habían pasado por el Hogar de Pony; le habló de aquellos a quienes conocía y pasó por alto su diploma de enfermera, sin embargo, Anthony no lo hizo.

—Me gustaría a mí tener ese marco en casa— señaló su diploma.

—Lo siento, pero no regalan copias como si fueran periódicos— respondió Candy intentando controlar el nerviosismo.

—¡Qué lástima! —se encogió de hombros

—Tendrás que conformarme con la enfermera en carne y hueso— agregó Candy muy cerca de su oído.

—Será suficiente— Anthony la rodeó de la cintura y le besó la comisura de los labios. —¿Te he dicho lo orgulloso que estoy de ti y de lo que has logrado hacer con tu vida?

El sonrojo de Candy alcanzó el límite, su brazo, que rodeaba el cuello de Anthony, se crispó y bajó la mirada. Después de todo, era un ser humano y le gustaba ser reconocida por sus capacidades, pero que Anthony lo hiciera, eso la cohibía, al tiempo que la emocionaba. Anthony notó cuán nerviosa la había puesto y pidió que le mostrara el resto de la casa. Así que reanudaron el recorrido hasta llegar a las aulas y al despacho de la señorita Pony.

—¿Estás listo? —preguntó Candy cuando se detuvieron frente a la puerta cerrada.

Anthony se irguió y respiró con tranquilidad, tomó las manos de Candy entre las suyas y sin perder el contacto visual, las besó. Evitó a toda cosa besarla en la boca porque no quería perder la compostura y el autocontrol para presentarse con las directoras del orfanato.

—Cuando tú quieras— respondió Anthony, y Candy llamó a la puerta.

—¡Adelante! — se escuchó una voz femenina desde el interior que Anthony no conocía. Candy abrió la puerta y entró seguida de él.

—Señorita Pony, hermana María— habló Candy con voz firme y gentil —quiero presentarles a Anthony Brower— dio un paso a un lado y lo dejó pasar.

Anthony atravesó la puerta y saludó con un asentimiento de cabeza, después tendió su mano a ambas mujeres.

—Señorita Pony, hermana María— repitió Anthony —es un placer conocerlas al fin; muchas gracias por recibirme con tan poca anticipación.

—Bienvenido, jefe Anthony —dijo la señorita Pony al estrechar su mano. A primera vista, era un hombre agradable, con buena presencia, aunque muy joven para ser el líder de la manada de cambiantes.

—Sólo Anthony, por favor— pidió el joven y su amplia sonrisa conquistó a ambas mujeres, aunque no lo demostrarían tan pronto.

—Nos alegra conocerlo al fin— agregó la hermana María —después de tantos años. —Para la monja importaba más el hecho de que fuera realmente un buen hombre para Candy y que su relación no se basara en el enamoramiento de niños de años atrás. La parte sobrenatural se la dejaba a la señorita Pony, que era la que sabía del tema.

—Más vale tarde que nunca— intervino Candy con una sonrisa mientras acortaba la distancia entre ella y Anthony y lo tomaba del brazo.

—En eso tienes razón, Candy— respondió la señorita Pony —tomen asiento.

En la pequeña mesa junto al sofá, había ya preparada una bandeja con bocadillos que la hermana María se había esmerado en preparar y una botella de vino de una cosecha mejor a la que la señorita Pony tomaba cada noche, después de la cena.

Frente a la mesa había dos sillas, una para Candy y otra para Anthony. La pareja se sentó y la señorita Pony sirvió el vino. Las directoras se sentaron juntas en el sofá. Primero se enfocaron en una charla casual, Anthony elogió la propiedad y se dijo contento de poder conocerlo después de todas las maravillas que había oído sobre este; hablaron del clima y de cómo la temporada de lluvias aún no terminaba; mencionaron las actividades de Candy en el hogar y lo mucho que los niños la querían; Anthony les contó sobre sus esfuerzos en montar la enfermería y cómo los miembros de su manada ya la adoraban. A cada reconocimiento que recibía, Candy bebía un sorbo de vino, víctima de la pena, hasta que la hermana María le hizo una seña para que se relajara.

—Quiero agradecerles por guardar el secreto respecto a…— Anthony dejó su copa sobre la mesilla y habló con seriedad —mi naturaleza— la conversación empezaba a tornarse seria. —Sé que no es algo fácil de asimilar ni de aceptar—, miró a la hermana María en particular y ella asintió con su tranquilidad habitual — pues seguramente va en contra de todo lo que creen y sabían del mundo.

—No podemos saber, ni mucho menos, entender el propósito de la Creación de Dios, así que tampoco podemos cuestionarla, solo debemos aceptarla y agradecerla— dijo la hermana María.

Anthony agradeció y en su interior respiró aliviado, la monja acababa de decirle que él era parte del plan de Dios en el mundo, que era su creación y no una aberración de la naturaleza; no que él lo creyera, pero tampoco sabía qué esperar de los credos humanos, así que sus palabras le hicieron realmente bien, e incluso le dieron paz.

Candy sonrió, complacida por las palabras de la hermana María y puso su mano en el muslo de Anthony con discreción y cariño. Él puso su mano sobre la de ella y siguió charlando.

—Háblenos sobre su manada, Anthony— pidió la señorita Pony —es usted muy joven para ser ya el líder, ¿hace cuánto que lo es?

—La verdad es que no hace mucho— respondió Anthony —hace dos años que soy el líder, antes de eso tuve que completar mi entrenamiento dentro y fuera de la manada, y aprender de mi tío la administración de nuestro negocio y los demás asuntos de la manada.

—¿Estuviste fuera?— preguntó Candy sorprendida porque había cosas que ella ni siquiera se había cuestionado.

—Sí, estuve en Pensilvania con los guerreros del jefe Joshua, y en Indiana con el jefe Mac que es un gran amigo nuestro.

—La manada de Indiana siempre ha abierto sus puertas a todos— dijo la señorita Pony, recordando lo que Malcolm, en su momento, le había contado y cuando le había pedido que se fuera de Texas, a Indiana o a Chicago.

—Sí, su contacto con los humanos también es más directo que el de otras manadas— agregó Anthony —no me sorprendería que revolucionaran nuestro modo de vida—. Se sentía realmente cómodo hablando con esas mujeres.

—¿Y esas estancias en otras manadas son frecuentes? —preguntó la hermana María— ¿se irán ustedes algún día? —señaló con el dedo a ambos.

—No, para nada— se apresuró a responder Anthony —eso sólo lo hacen los próximos líderes de las manadas para crear vínculos con otras y también los guerreros para aprender nuevas técnicas de defensa— tomó un trago de vino —a veces debemos defendernos de algún peligro externo— dijo esto último deseando no remover los recuerdos de la señorita Pony.

—Sobre eso— intervino la señorita Pony —¿cómo está el muchacho que hirieron? — preguntó, refiriéndose a Gabriel —lo vimos unas cuantas veces y parece un chico agradable.

—Gabriel está muy bien, se ha recuperado casi por completo— contestó Anthony, y se apresuró a agregar —aunque tiene algunas molestias que espero puedas revisar— se dirigió a Candy y ella asintió. Anthony no veía la hora de llevarla a casa de la manada nuevamente y ella no estaba menos entusiasmada.

—Me gustaría que fuera completamente honesto con lo que voy a preguntarle ahora— dijo la señorita Pony con un serio tono de voz que Candy y la hermana María reconocieron de inmediato. Era el tono de autoridad con el que trataba a los niños cuando había un tema serio del que hablar. Anthony la miró con atención. —¿Qué peligro corre su manada en este momento?, comprenderá que no podemos quedarnos tranquilas sabiendo que Candy corre riesgo estando con ustedes.

Las palabras de la mujer eran directas y severas. La monja no se sorprendió, pues juntas habían acordado hacer esa pregunta. Anthony la recibió con tranquilidad, también; sólo Candy se inquietó, pero Anthony la tranquilizó con un apretón de manos.

—Señorita Pony, hermana María— las miró a ambas y su voz mantuvo el tono de líder, sereno y confiado —lo que pasó hace unos días fue desafortunado, pero nos hemos ocupado de ello, y reforzado nuestra seguridad. Les puedo garantizar que mi territorio es seguro y que no sólo nosotros estamos a salvo, el pueblo y ustedes también están bajo constante vigilancia y no corren peligro alguno—. Las mujeres recibieron la respuesta sin hacer gesto alguno, no lo tomaban por mentiroso, pero tampoco eran tan jóvenes y crédulas para aceptar solo palabras. —Miembros de mi manada viven en el pueblo y su trabajo es patrullarlo, si se presentara algún problema, ellos se encargarían de resolverlo y de informarme si es algo de lo que tendría que encargarme en persona.

Candy se había vuelto una mera espectadora de la conversación, admiraba la tranquilidad de Anthony y el hecho de que tuviera una respuesta a cada pregunta. Estaba intrigada por saber quién en el pueblo era miembro de la manada y si ella lo conocía; y también quería saber sobre otras manadas.

—Sé bien que mis palabras son sólo eso, palabras— prosiguió Anthony —pero creo, Señorita Pony, que usted sabe que la palabra de un cambiante tiene valor— la mujer asintió —así que, no desconfíen cuando les digo que mi prioridad siempre será Candy y que dedicaré mi vida para hacerla feliz y mantenerla a salvo.

La azul mirada de Anthony saltaba de la señorita Pony a la hermana María, pero las últimas palabras fueron dichas directamente a Candy. Ella las recibió con un nudo de emoción en la garganta y apretó el agarre de su mano, Anthony hizo otro tanto y sonrió de medio lado. Sus miradas, al encontrarse, decidieron no separarse y entonces, las espectadoras fueron la monja y la compañera de Malcolm.

—Eso era lo que necesitábamos escuchar— la señorita Pony interrumpió el viaje que la pareja ya estaba emprendiendo al sostenerse la mirada —y ahora, Candy —los rubios enfocaron la vista en la mujer —permítenos unas palabras a solas con Anthony.

—¡¿Qué?! — exclamó Candy perdiendo toda la compostura que tanto le había costado mantener por los nervios de la reunión.

—Hazlo, Candy— repitió la mujer.

Anthony se aclaró la garganta y se puso de pie, tomando la mano de Candy, invitándola a hacer lo mismo.

—Pero…— la rubia no sabía qué hacer y ni siquiera sintió cuando se levantó de la silla.

—Candy, el recreo de los niños está por terminar y deben terminar sus tareas antes de la cena— intervino la hermana María —encárgate de ellos, mientras la señorita Pony y yo hablamos con Anthony.

—Sí, pero sobre qué— preguntó Candy frotándose las manos.

—Sobre sus intenciones contigo y sus planes a futuro— respondió la señorita Pony y el rostro de Anthony, por una fracción de segundo, palideció, pero recuperó el semblante y tras un asentimiento de cabeza, abrió la puerta del despacho.

La hermana María condujo a Candy hacia la salida y, al pasar al lado de Anthony, este le regaló una mirada llena de confianza y una sonrisa que procuraba tranquilizarla. La puerta se cerró y lo último que la rubia vio fue a Anthony encarar a la señorita Pony y hacerle un gesto a la monja para que volviera a sentarse.

Candy salió de la casa y tocó la campana que indicaba el final del recreo vespertino y el ejército de niños entró corriendo. La joven los guio uno a uno para que se lavaran las manos y fueran al aula más grande para hacer sus deberes. En ese momento del día se sentaban donde querían y, a su ritmo, trabajaban en sus tareas. Candy estaba en el marco de la puerta y daba nerviosos pasos entre el pasillo y el salón, asomándose a la puerta del despacho, esperando a que se abriera.

—Candy— la llamó uno de los niños más pequeños después de un buen rato.

—¿Sí, Max? — Candy se agachó hasta estar a la altura del niño.

—El hombre que vino— señaló hacia el despacho —¿viene a adoptarte? — preguntó con inocencia. Candy sonrió llena de ternura y cargó al pequeño en sus brazos, este se aferró al cuerpo de la joven y esperó su respuesta.

—No, no viene a adoptarme— respondió, aunque eso parecía —pero es una persona muy especial para mí.

—¿Es tu novio? — preguntó Kate acercándose a Candy. Los demás niños levantaron la vista de sus deberes, expectantes de la respuesta.

—Pues sí— afirmó Candy y miró a cada uno de los niños. Sus expresiones variaban entre el asombro y la emoción, y pronto los cuchicheos se convirtieron en alboroto.

—¡Candy tiene novio! — decían unos en tono de burla y otros emocionados, pues la boda de Tom y Sandra les había metido en la cabeza que todas las personas debían tener un novio o una novia.

—¡Shh! — les pidió Candy llevándose un dedo a los labios —la señorita Pony y la hermana María están hablando con él y no debemos hacer escándalo.

—¿Y de qué hablan? — preguntó Lizzy, otra de las pequeñas.

—No lo sé— contestó Candy volviendo a mirar hacia la puerta.

—¿Quieres que vayamos a espiar? — sugirió Tyler, uno de los mayores al levantarse de su asiento más rápido que un saltamontes.

—¡No, espera! —lo detuvo Candy cuando el chico ya estaba a medio pasillo. La puerta del despacho se abrió en ese momento y de él salieron tres personas riendo con bastante confianza.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la hermana María llamando al orden mientras aplaudía un par de veces para acallar el barullo de los niños. Todos guardaron silencio al instante, pero no por las palmas de la monja, sino por la curiosidad que despertaba el novio de Candy.

—Anthony, —dijo la señorita Pony cuando los tres llegaron a la puerta del aula— estos son nuestros niños —todos fueron a pararse al lado de Candy y miraron al hombre con curiosidad—. Niños, saluden —ordenó y un coro de "buenas tardes" inundó el aula y el pasillo.

Max seguía en los brazos de Candy, así que estaba casi a la altura de Anthony y era quien estaba más cerca de él; por lo mismo, se atrevió a hablar antes de que él respondiera el saludo, aunque su amable sonrisa seguía estampada en su rostro —¿eres el novio de Candy? — preguntó sólo para corroborar la información.

—Lo soy— contestó Anthony mirando a Candy con complicidad, ella le devolvió el gesto.

—¿Y te la vas a llevar? — preguntó frunciendo el ceño al tiempo que apretaba el abrazo que daba a Candy.

El grupo de niños se puso serio y miró a Candy con preocupación, pues en eso no habían pensado. Separarse de Candy no formaba parte de su imaginario.

—Bueno— Anthony eligió con cuidado sus palabras y aunque no se consideraba bueno con los niños, les habló con gentileza —yo quiero mucho a Candy— empezó —y me gustaría que pasara una temporada en mi casa para conocer a mi familia— miró a Candy, pues era a ella quien hablaba —pero no se preocupen, yo no voy a quitárselas— dijo sabiendo que ese era el temor de los niños —además, ella siempre estará cuando la necesiten, ¿verdad? —preguntó a Candy y todos los ojos se posaron en ella.

—Así es —contestó— siempre me tendrán.

—¿Y vives muy lejos? —preguntó otro niño, quitando toda melancolía de la entrevista.

—No, hacia el sur, a unos minutos de aquí —señaló Anthony la dirección con su mano.

—¿Cómo te llamas? —preguntó una chiquilla.

—Anthony.

—¿Te casarás con Candy? —preguntó otro y ahí fueron detenidos por las directoras.

—¡Basta de preguntas! —dijo la monja— ¿qué formas son esas de tratar a los invitados? —los niños bajaron la mirada e hicieron pucheros.

—Le estamos quitando el tiempo a Anthony y él debe irse ya— agregó la señorita Pony y esta vez fue Candy quien hizo pucheros.

—Todos, —habló la hermana María— despídanse y vuelvan a sus tareas. —Los niños obedecieron y poco a poco volvieron a sus lugares. Candy bajó a Max también. —Por aquí— señaló el camino hacia la salida —Candy, vamos— la rubia asintió y Anthony le ofreció su brazo después de darles el paso a las otras dos mujeres.

—¿Cómo te fue? — preguntó Candy por lo bajo cuando caminaban detrás de las directoras.

—Bastante bien— respondió Anthony en un susurro y Candy respiró aliviada, aunque todavía deseaba saber de qué habían hablado sin ella.

—¿Qué te dijeron? — preguntó cuando salían de la casa.

—¿Qué no? — contestó Anthony con cierta fatiga —pero descuida, todo está bien.

Llegaron hasta el automóvil de Anthony y este se adelantó para abrir la puerta del acompañante. Sacó dos cajas de regalo y le dio una a la señorita Pony y otra a la hermana María.

—Candy me habló un poco de sus gustos y les traje esto— dijo al entregar cada caja —espero que les guste.

—¡Claro que sí, hijo! — exclamó la hermana María —¡muchas gracias!

—Los dejamos para que se despidan— dijo la señorita Pony —y gracias.

Ambas mujeres entraron a la casa sin mirar la vista atrás y la pareja se quedó sola en la entrada. Anthony las vio desaparecer y resopló, miró a Candy y…

—¿Qué pasa? — preguntó al verla de brazos cruzados y una seria expresión aderezada con una ceja enarcada.

—¿Hijo? — dijo con molestia—. Anthony rio y tomó a Candy por los hombros, atrayéndola hacia él; ella se resistió un poco, pero al fin cedió, y sostuvo sus manos en el pecho de él. —Yo siempre he sido Candy ¿y tú ya eres "hijo"?

La risa de Anthony se quedó atrapada en el poco espacio que había entre ambos; besó la mejilla de Candy y le habló al oído —¿celosa? — ella se estremeció por el cosquilleo de su aliento —¿mmmh? — pasó su nariz por su oreja y la besó. Candy apretó las solapas del saco de Anthony y lo miró a través de sus largas pestañas; negó con la cabeza y buscó su boca. Anthony rozó sus labios y ella tomó la iniciativa, abriéndose paso con sus finos labios logró entrar en su boca, degustó su sabor a vino y se topó con su lengua. Un ligero gruñido salió del cuerpo de Anthony y fue el turno de Candy de reír.

—Estás perdonado— dijo ella con un toque divertido en su voz al separarse de un beso largo y profundo.

—Eres muy amable— Anthony la rodeaba con sus brazos —entonces, ¿no te molesta que seamos familia? — Candy se tensó en su abrazo y Anthony le frotó la espalda para calmarla —porque eso es lo que quiero que seamos.

—¡Anthony! —exclamó ella emocionada.

—No quiero presionarte y no lo haré— jugó con sus rizos entre sus dedos —sólo quiero que sepas que deseo estar a tu lado, formar parte de tu vida aquí— señaló el orfanato —y que formes parte de la mía. Por eso deseaba tanto venir, porque quiero asegurarte que eres lo más importante para mí y que quiero comprometerme contigo de toda forma posible, humana y cambiante.

Candy volvió a besarlo, profundizando el contacto al enredar sus dedos en el cabello de él, atrayéndolo más hacia ella —te quiero, Anthony, y estoy dispuesta a comprometerme contigo de toda forma posible, humana y cambiante— repitió las palabras de él como si de votos matrimoniales se tratara.

—Entonces, ¿te gustaría pasar unos días conmigo? — preguntó Anthony —¿con nosotros, en la casa?

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio—, contestó —La verdad es que cada vez me cuesta más trabajo dejarte ir— reacomodó sus brazos alrededor de ella como si ese fuera su lugar en el mundo —y…— sonrió con arrogancia —le recuerdo, enfermera Candy, que tiene un trabajo que hacer en mi territorio, ¿no pensará dejarlo botado?

—¡No, claro que no!— contestó Candy ajustando su voz para sonar profesional.

—¿Entonces?— Anthony la miró con seriedad y esperó su respuesta.

—¡Me encantaría ir contigo!— dijo Candy de inmediato y en ese preciso momento se pusieron de acuerdo para que Candy pasara una temporada en la casa de la manada, con sus días y sus noches.


¡Hola a todas!, ¿cómo están?, ¿qué les pareció este capítulo?, Espero que ya todas estemos más tranquilas con esta reconciliación. Una vez me acusaron de tener corazón de pollo porque no hago sufrir mucho a los personajes, así que no podía alargar la separación de este par, ya bastante sufrieron en la serie original como para causarles más dolor, ¿no creen? Aún así, el drama se necesita en la trama.

Gracias por su tiempo al leer este capítulo que, espero les haya gustado, ¿qué piensan de la historia de la señorita Pony? Necesitábamos que alguien cercano a Candy le explicara las cosas y quién mejor que una de sus madres, ¿no?

Como siempre, quiero agradecer a quienes leen y comentan de forma anónima y en particular a:

Mayely León: Mil gracias por siempre leer y comentar, bendiciones a ti también.

GeoMtzR: Antes que nada, mis disculpas por el capítulo anterior, no quería hacer sufrir a nadie (risa maliciosa); segundo, me hiciste reír mucho con que las peleas de pareja no te afectan (ni con la tuya), pero sí con este par (necesito introducir muchos emojis de risa en esta línea); por último, TIENES TODA LA RAZÓN, a Anthony se le revive para que sea feliz al lado de Candy; una vez leí un fic en el que regresaba, pero al final Candy terminaba con Terry y pues… ¡no! Muchas gracias por tus hermosas palabras y espero que este capítulo haya sido de tu agrado.

Mia Brower Graham de Andrew: Gracias por tu comentario, espero te siga gustando la historia y gracias por comentar en el minific de Tregua. ¡Saludos!

Cla1969: Hola, sé que son muchas incógnitas, pero prometo que se resolverán poco a poco y para bien de la pareja. Te mando un saludo.

Saludos

Luna Andry