Abraza la manada

20

Separados

Segunda parte

El jefe Rodrick esperaba la llegada de sus hijos con impaciencia. De pie frente al ventanal de su oficina y con un vaso de whisky en la mano, observaba parte de su territorio y cómo sus lobos iban de un lado para otro cumpliendo con sus tareas. Su mirada se fijó en una cambiante que pasaba muy cerca de su ventana con una canasta de trigo. Caminaba erguida y segura. A pesar de los años, la mujer no perdía su altanería.

"¡Como si tuviera la oportunidad de huir!" Pensó con arrogancia.

Tocó el cristal con los dedos y la cambiante volteó a verlo. Sus ojos color miel que parecían ámbar todo el tiempo se clavaron en él. El jefe Rodrick le hizo una señal con el dedo para que entrara a su despacho. La cambiante asintió y apretó la mandíbula, pero no tenía más opción que obedecer; así que dejó el canasto en la entrada de la cocina y fue deprisa al encuentro del jefe.

—Mis hijos volverán pronto —dijo tan pronto como la cambiante entró a su oficina—. Encárgate de que sus habitaciones estén limpias, deben estar cansados.

—¿Algo más? —preguntó la cambiante sin disimular el desagrado que sentía por el cambiante.

El jefe Rodrick, que hasta entonces le había dado la espalda, se volteó para mirarla y, reprimiendo sin éxito una sonrisa burlona y de superioridad, negó con la cabeza.

La cambiante salió de la oficina del jefe y se dirigió sin prisa a la cocina a seguir con sus deberes. En otros tiempos el inesperado llamado del jefe Rodrick la habría confundido, pero después de tantos años bajo su "servicio", ya nada de él le sorprendía, mucho menos sus caprichos de hacerla abandonar sus tareas asignadas por cumplir otras que no le correspondían y después, castigarla por no cumplir las primeras.

—Héctor y Aquiles volverán pronto —dijo en cuanto cruzó la entrada de la cocina.

Varios ojos se posaron en ella. Algunos cambiantes asintieron sin expresión alguna y otros torcieron el gesto en señal de molestia.

—Revisen que sus habitaciones estén listas —dijo probando los guisos que estaban en el fuego.

—Lo están —contestó una joven cambiante con molestia.

—Lo sé, sólo finjan que las vuelven a revisar para evitar problemas.

—¿Cuándo regresan? —preguntó otro cambiante.

—No sé, sólo me dijeron que pronto.

—¡Pobre Ray! —exclamó el mismo cambiante, un joven que no pasaba de los veinte años.

—¿Yo qué hice? —se escuchó una tranquila voz que entraba a la cocina desde la puerta exterior. Llevaba en las manos el canasto de trigo que la primera cambiante había dejado.

—Aquiles ya viene de regreso —contestó el chico.

El rostro de Ray se descompuso al instante. Dejó el canasto sobre la mesa y se puso un mandil para trabajar en la cocina, pero no dijo nada a sus compañeros.

—Ray debería revisar sus habitaciones —dijo la cambiante que había asegurado que las recámaras estaban en orden—. Después de todo, ella conoce sus gustos —dijo enarcando una ceja.

—¡Emma! —gritó el chico.

—Calma, John —dijo Ray con tranquilidad—. Lia y yo lo haremos —dijo mirando con cariño a la cambiante que había dado la orden y que era la de mayor edad en el grupo presente.

Lia asintió y con una sonrisa angelical le tendió la mano a Ray para demostrarle su apoyo. Emma rodó los ojos y salió de la cocina.

—¿Por qué todo lo que dice tiene que ser hiriente? —preguntó John mirando la puerta que Emma había atravesado.

—Está sufriendo, John, debes entenderla —dijo Ray alborotando los cabellos del chico en un gesto de cariño.

—¿Y nosotros no? —refutó él con coraje—. Además, no debería tratarte así. Juro que si vuelve a hacer otro comentario sobre ti y Aquiles le diré que…

Ray le tapó la boca con violencia y negó con la cabeza. Sus ojos marrones se clavaron en John y empezó a decir:

—Nunca, óyeme bien, nunca le diremos; lo juramos y no faltarás a tu palabra.

Ray buscó el apoyo de Lia con la mirada y la cambiante se acercó a ellos para hablar sin ser escuchada.

—Es decisión de Ray —dijo— y si ella no quiere decirle a Emma lo que pasó esa noche, entonces ni tú ni yo lo haremos.

—No es justo —se quejó John en cuanto Ray liberó su boca—. Debe saber que todo lo que has sufrido con Aquiles le pudo pasar a ella.

Los ojos de Ray se llenaron de lágrimas, intentó ahuyentarlas, pero los brazos de Lia le dieron el refugio necesario para poder llorar. John también la abrazó.

—Lo siento, Ray —dijo en repetidas ocasiones—. Te di mi palabra y nunca diré nada.

Ray abrazó a sus dos amigos que eran prácticamente su familia y esbozó una sonrisa.

—Ahora, vamos a revisar esas malditas habitaciones.


***C & A***

Anthony y su escolta llevaban varios días de camino y Héctor aseguraba que ya le llevaban la ventaja a su hermano y que llegarían a Oregon antes que él y que tendrían tiempo de sobra de advertir a su padre.

El grupo se detuvo a descansar a la orilla de un camino donde el tránsito era nulo y la espesura de los árboles los cubría.

—¿Tu hermano tiene aliados en tu manada? —preguntó Anthony—, ¿hay alguien más que piense cazar a los atacantes?

—Abiertamente no, pero hay muchos inconformes con los ataques que podrían ser fácilmente convencidos —contestó Héctor.

—¿Suficientes para una pelea? —preguntó Ian.

—Por desgracia.

—Pero tú los entrenaste —terció Anthony—. Dinos sus estrategias y puntos débiles.

Héctor lo miró con desconfianza.

—Lo haré si nos vemos en la necesidad de pelear. No revelaré secretos de mi manada —contestó con firmeza.

Anthony asintió y, por primera vez, desde que conocía a Héctor, vio cierto honor en sus acciones. A pesar del peligro en que estaban, protegía los secretos de su manada.

—Anthony —Lucille lo vinculó—, sigo sin poder llamar a Harmony. La operadora dice que hay un problema de comunicación en toda la zona.

—Intentaremos mañana al llegar al otro condado.

—De acuerdo. También contacté a Derek. Le dejé un recado en el hotel en que se hospedó. Le di las coordenadas para que nos encuentre.

—Bien. Vuelve y descansemos. Saldremos antes del amanecer.


C & A

En la casa de la manada todos estaban preocupados por Aaron, quien no mostraba señales de mejora. Marianne y Lydia habían analizado el ajenjo que había ingerido y descubrieron las hierbas con las que estaba mezclado y los efectos en el organismo, pero ninguno explicaba realmente por qué Aaron estaba en coma.

Por su parte, Candy lo revisaba basada en sus conocimientos médicos y hacía lo mejor para mantenerlo estable, aunque sabía que no había mucho que pudiera hacer. Necesitaban un remedio de cambiantes y ella no sabía dónde buscarlo.

—Hola, Odette —saludó Candy con una tranquilizadora sonrisa al entrar a la habitación de Aaron.

—Buen día —respondió Odette, quien no se separaba de su primo más que para cumplir con sus tareas básicas.

Gabriel la había excusado de su administración de la biblioteca y de las clases que daba a los cachorros. Lo único que Odette no dejaba de realizar era su entrenamiento y una que otra patrulla.

—¿Algo? —preguntó la cambiante en cuanto Candy terminó de revisar los signos de Aaron.

La rubia negó con la cabeza y releyó el historial del paciente. Frunció el ceño y empezó a pasar página tras página del registro.

—¿Será posible? —murmuró y Odette la escuchó con claridad.

—¿Qué pasa?

Candy levantó la vista del registro. No podía ser tan evidente, pero debía verificarlo.

—Debo ir a la enfermería a revisar unos registros, ¿puedes enlazar a Sofía para que me vea allá?

La enfermera salió deprisa de la habitación de Aaron y bajó corriendo en dirección a la enfermería. Abrió con la misma velocidad y fue hasta los registros de Gabriel. Puso la bitácora de Aaron al lado y comparó la información. Los números que Gabriel había presentado cuando fue herido eran muy parecidos a los que Aaron había mantenido en los últimos días. Revisó la velocidad con la que habían sanado las heridas del primero y se dio cuenta de que Aaron no lo hacía igual.

—¡Cómo no me di cuenta antes! —exclamó golpeando la mesa.

Fue hasta el estante de medicamentos y buscó entre los frascos.

—¿Candy? —Sofía la llamó desde la puerta y entró a la enfermería—, ¿me buscabas?

—¡Es plata! —exclamó Candy sin más y Sofía frunció el ceño—. Aaron fue envenenado con plata.

Candy siguió buscando en el estante mientras explicaba.

—Sus signos son los mismos o… muy similares a los que presentó Gabriel cuando fue herido con las balas de plata, mira los números —señaló con la mano su escritorio y Sofía obedeció—. Sus lesiones sanaron rápidamente en cuanto le administramos el antídoto, pero las de Aaron aún no sanan por lo mismo. Su cuerpo está envenenado desde el interior y su sistema no le permite cicatrizar, por eso tuve que curar sus heridas como si de un humano se tratara. En cuanto le administremos el antídoto, tendría que mejorar.

—Pero… —Sofía comparaba los registros y veía las similitudes—. Nunca había visto que un cambiante cayera en coma por la plata, si la ingerimos solo… morimos en cuestión de minutos u horas…

—Sí, pero creo que es por la combinación con las otras hierbas que los síntomas se disfrazaron. Tomaré una muestra de sangre para que Marianne la analice en busca de plata y comprobemos lo que creo. Mientras tanto, creo que podemos intentar administrarle el antídoto —dijo cuando ya tenía todo listo en una bandeja.

Candy y Sofía fueron directo a la habitación de Aaron donde su prima estaba más nerviosa a cuando la rubia había salido del lugar. Preguntó qué pasaba y Sofía le explicaba la hipótesis de Candy mientras ella administraba el antídoto. Marianne entró unos minutos después dispuesta a analizar la sangre y otra vez la bebida para buscar la plata.

—Dame dos horas para analizarlo —dijo Marianne tomando la muestra desapareciendo de inmediato.

—Espero que tengas razón, Candy —dijo Sofía tomando las manos de la enfermera.

—También yo… —respondió mirando primero a Aaron y después a Odette que sostenía la mano de su primo y, en silencio, suplicaba por su recuperación.


***C & A***

La confirmación de la presencia de plata en la bebida que Aquiles había ofrecido a Aaron y Gabriel explicó que, en cuestión de horas, los signos del cambiante en coma mejoraran. Todavía no despertaba, pues su cuerpo tenía mucho que combatir todavía, pero sus heridas físicas empezaron a cicatrizar y Odette juró que el color de sus mejillas empezaba a notarse.

—¿Por qué no detectaron la plata en el primer análisis? —preguntó Gabriel a Marianne y Lydia cuando presentaron sus resultados.

—Es polvo de plata —contestó una—, es mucho más ligero que la plata en estado líquido o sólido y casi imperceptible. Si Candy no nos hubiera dicho qué buscar, no la habríamos detectado en los análisis y mucho menos al olfato, pues no tiene olor alguno.

—¿Y el antídoto? —preguntó a la enfermera.

—Se lo empezamos a administrar y ya tengo la dosis exacta, pero no tenemos suficiente —contestó Candy—. Debemos conseguir más.

—Pensilvania —dijo Gabriel de inmediato—, ellos nos pueden proporcionar todo el antídoto que necesitemos. Escribiré de inmediato.

—¿Sigue sin funcionar el teléfono? —preguntó Candy.

—Sí, los postes cayeron y no saben cuánto tardarán en levantarlos de nuevo.

—¿Y Anthony? —preguntó Candy con preocupación.

—Encontrará la manera de contactarnos. Debe estar bien y si siguieron el itinerario previsto ya deben estar en Idaho, ahí tenemos aliados que no dudarán en ayudarlo si necesita algo.

Candy asintió, aunque no estaría tranquila hasta no tener a Anthony otra vez frente a sí.

—¿Y Víctor?, ¿cuándo volverá?, ¿pudo hablar con Albert? —preguntó.

—Su último mensaje fue que se encargaría de unos cambiantes que…

Gabriel interrumpió sus palabras, pues hasta el momento no había dicho a Candy que había cambiantes persiguiendo a William. Creyó que era una buena idea para no preocuparla, pero él no era una persona acostumbrada a guardar secretos.

—¿Qué pasa? —Candy pidió explicaciones con voz firme.

Gabriel dudó…

—Dime.

—Unos cambiantes atacaron a Víctor en Chicago y hay otros tras los pasos de William Andley, pero ya se está ocupando de ellos.

—¡Albert está en peligro! —exclamó asustada y molesta—, ¡no debiste ocultarme esa información!

—Lo sé, lo siento pero… creí que era lo mejor hasta solucionar el problema. Además, él está bajo la protección de la manada y te aseguro que Víctor no dejará que nada malo le pase.

—Dime todo lo que sepas —ordenó Candy a Gabriel sin hacer caso a sus disculpas.


***C & A***

Víctor entró muy de mañana a la mansión Andley en Chicago donde Albert ya lo esperaba. El joven patriarca había pasado una noche terrible ignorando la batalla que se luchaba en las afueras e imaginando el peor desenlace para su primo. Él mismo le abrió la puerta y le cogió del brazo para hacer entrar.

—Cuidado con mi brazo —se quejó Víctor.

—Disculpa, primo…

—Ja, ja, ja ¡No tengo nada! —se burló el mayor y movió el brazo para que Albert viera que estaba sano y salvo.

La broma no le agradó a Albert y lo miró con mala cara, pero no dijo nada y condujo a su primo al interior de la casa. Hizo una seña a Benjamin y Josh, que se habían quedado en la reja principal, para que entraran también.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó Albert una vez que los tres cambiantes entraron a la sala de estar que usaba con frecuencia y que estaba apartado de la vista de los sirvientes.

—Nos deshicimos de los que te seguían —contestó Víctor sirviéndose de la jarra de café que había dispuesta para todos.

—¿Quiénes eran? —preguntó de nuevo Albert, al tiempo que internamente se reprendía por interesarse en problemas de cambiantes.

Benjamín y Josh bebieron del café que Víctor les había servido y guardaron silencio.

—No hubo tiempo de preguntarles —contestó Víctor con su habitual tranquilidad después de beber su café—. Basta con saber que no volverán a molestarte.

—¿Los mataron? —preguntó—. ¡No, no quiero saber más! —agregó de inmediato.

—Será lo mejor.

—Sólo dime que esto se acabó y que no habrá más cambiantes cruzándose en mi camino.

Víctor sonrió, esta vez con pesar, pues por unas horas recuperó a su primo Albert, pero todo debía volver a la normalidad: Víctor con su manada, guardando el secreto de la vida de Anthony y Albert en Chicago con su vida normal… humana.

—Se acabó —dijo con seguridad y, tras una seña, se levantó, seguido de sus acompañantes—. Y ahora, será mejor que nos vayamos. Debo volver a casa.

Benjamin y Josh se despidieron con un escueto gesto y salieron delante de Víctor. Albert caminó detrás de éste hasta la puerta para despedirlo.

—Gracias por todo, Albert —dijo Víctor tendiéndole la mano.

—Cuídense y… nada… este jefe Rodrick…

—Una vez que aclare las cosas con él y, si tú lo permites, hablaremos con calma sobre lo que ha pasado. Por favor, por unos días acepta que uno de ellos dos te vigile. —Pidió señalando a sus acompañantes y Albert asintió.

Salieron hasta la puerta principal.

—Te juro que el legado de tu hermana está a salvo. —Fue lo último que dijo Víctor a su primo y dio alcance a sus compañeros que lo esperaban para doblar la esquina.


***C & A***

Candy y Gabriel se habían instalado en una de las salas de estar de la casa para trabajar. La rubia intentó convencerlo de que ocupara el despacho de Anthony, pero Gabriel se negó diciendo que no se sentía cómodo en ese lugar, pues no era de él.

—Aquí es más cómodo —dijo terminando de revisar las órdenes de compra del aserradero.

—Como quieras.

—¿Has encontrado algo en los diarios de la mamá de Anthony?

—No menciona al jefe Rodrick más que para decir que recibió una oferta de alianza con él, que se reunieron en un punto medio entre Oregon y Michigan, pero que no llegaron a ningún acuerdo. Víctor y otros dos cambiantes que no conozco la acompañaron.

—¿Y después?

—No lo vuelve a mencionar, pero creo que falta un diario… el último que escribió.

—Sus últimos días los pasó en la mansión de Lakewood…

—Sí, pudo haber escrito algo ahí, pero no es seguro porque nadie ahí sabía de la existencia de los cambiantes y cualquiera, en un descuido, pudo haber tomado el diario y enterarse.

—Algo que ella no permitiría.

—Correcto.

—Volviendo al punto, el que no lo mencione en sus diarios significa que nada de lo que dijo Héctor es cierto.

—Ojalá pudiéramos decírselo a Anthony —se lamentó la rubia—. Eso lo haría volver a casa.

—No lo creo. Anthony tiene que oír de la boca de ese sujeto las palabras para desmentirlas.

Candy guardó silencio. Tenía tanto miedo de corroborar sus suposiciones.

—No lo hará de una manera pacífica, ¿verdad?

Gabriel sonrió de medio lado.

—No.

—Debió llevar a más cambiantes consigo.

—Lucille e Ian son bastante capaces de cubrir sus espaldas y en el camino se reunirán con Derek. Además, si llegan antes de que Aquiles intente matarlo y Anthony le salve el pellejo, el jefe Rodrick tendrá una deuda con él y puede pagarla diciendo la verdad; así que, tal vez sí lo resuelva de manera pacífica.

Gabriel intentó convencer a Candy y ella fingió que lo lograba.

—Hay otra cosa que quiero preguntarte —dijo Candy tras un breve silencio.

—Dime.

—¿Qué es "la última fuerza"?

Gabriel tosió.

—¿Dónde oíste eso?

—Lo leí en el diario de la mamá de Anthony. Tiene algo que ver con el vínculo y la marca, pero no explica qué es.

—¿Qué decía al respecto?

—Decía que le causaba inquietud hablarle de eso a su compañero, pero que él había recibido muy bien la idea de la marca, así que tenía fe en él, porque ese era el último paso para completar el vínculo… Lo que significa que mi vínculo con Anthony aún no está completo, pero no sé qué más falta.

Gabriel se frotó el cuello con evidente inquietud. ¿Cómo se suponía que debía explicar esa parte y peor, por qué Anthony no estaba para explicárselo a su propia compañera?

—La última fuerza es un eufemismo —dijo pausadamente y Candy frunció el ceño—. Ya sabes para el… la… —Hizo un ademán que no le dijo nada a la rubia, que esperaba una respuesta—. ¡Matrimonio!, claro… mis padres lo comparaban con el proceso humano para simplificarlo: el vínculo es el "enamoramiento", el "flechazo"; la marca es el matrimonio y la última fuerza es… la consumación del matrimonio.

Dijo las últimas palabras tan rápido que Candy tardó en entenderlas, pero en cuanto lo hizo, su rostro se volvió tan rojo que sintió que la sangre le saldría por las orejas. Se llevó las manos a la cara realmente avergonzada de tener que hablar de eso con Gabriel y se lamentó no habérselo preguntado a una mujer.

Gabriel siguió hablando cuando notó que Candy sabía de qué hablaba. ¡Por qué era tan difícil hablar sobre apareamiento con los humanos!

—La última fuerza se refiere al momento en que el vínculo entre compañeros se afianza, se convierten en uno solo y reciben una última dosis de fuerza física, al igual que sus habilidades que se agudizan un poco más.

—¿Se vuelven más fuertes? —preguntó Candy.

—Sí… antes era una noción romántica; ya sabes, "el poder del amor" y otras frases parecidas, pero desde hace unas décadas algunos cambiantes médicos han concluido que al… consumar… hay alguna especie de intercambio entre los cuerpos que potencia las habilidades del otro, como encontrar realmente a tu "otra mitad" —Gabriel sonrió con ironía—. ¡Otro eufemismo!

—¿También ocurre cuando tu compañera es humana? —preguntó Candy.

—Siempre.

Candy asintió lentamente y recordó cómo la noche que Aquiles y su hermano habían escapado, ella y Anthony estaban a punto de consumar su vínculo.

—Disculpa que te haya preguntado —dijo ella al cabo de un rato—. De haber tenido una idea yo…

—Sí… no te preocupes —la calmó Gabriel queriendo dejar el tema.

Un incómodo silencio vino después de esa charla, pero ninguno encontraba una excusa para retirarse.

—Debo ir al aserradero —dijo al fin Gabriel.

—Revisaré a Aaron —dijo Candy levantándose de su asiento y encaminándose a la puerta de la sala.

—¡Espera! —la detuvo Gabriel— Víctor regresó.

En efecto, en ese instante Víctor atravesaba el bosque después de avisar a la patrulla que había llegado y que esta le informara a Gabriel.

Candy y Gabriel lo esperaron con impaciencia en la puerta de la casa y en cuanto la rubia lo tuvo frente a sí le dio un fuerte abrazo que Víctor recibió con gusto. Gabriel le dio una palmada en el brazo y los tres entraron a la casa mientras lo llenaban de preguntas sobre lo que había ocurrido en Chicago.

—Les contaré todo, pero primero díganme qué pasó con el maldito teléfono.

—Los postes se cayeron y no hay línea en tres pueblos —respondió Gabriel.

—¿Se cayeron?

—Eso dicen, ¿por qué?

—Porque es muy conveniente —dijo al momento en que se dejaba caer en un sofá.

Candy y Gabriel se miraron confundidos y esperaron a que Víctor les contara a detalle todo lo que había vivido en Chicago.

El relato se extendió varias horas, pues cada evento era analizado y cuestionado por el trío que cada vez reafirmaba la idea de que la relación de Rosemary Andley con Rodrick Bennett era una mentira y, por lo tanto, una distracción para que Anthony abandonara la manada y la dejara expuesta al ataque de un antiguo enemigo.

—Pero ¿por qué ahora? —preguntó Candy.

—Me parece que el intento de Albert de expandir sus negocios tiene que ver en esto —respondió Víctor.

—¿Qué dices?

—Sí, si Andley & Co extiende su territorio comercial, para otras manadas significa que Anthony hará lo mismo con su territorio y la manada, como se encargaron de puntualizarlo Héctor y Aquiles. Ahora, ¿a quién no le conviene que los Andley hagan eso?

—A los Bennett —contestó Candy.

—Entonces… Rodrick se alía con los que hace años atacaron la manada y mataron a la jefa Rose, nos atacan, al mismo tiempo atacan a William y nos sacan a todos del camino. Los Bennett mantienen el control económico y la manada obtiene su venganza —resumió Gabriel.

—¡Exacto!

—Pero esta manada, ¿quiénes son? —preguntó Candy.

—Nunca lo supimos, como te conté una vez y, seguro ya leíste —dijo Víctor reconociendo los diarios de su prima en la mesa—, parecían lobos solitarios, hasta que se conformaron como una manada y atacaron con fuerza. Los que quedaron vivos debieron reagruparse y esperaron a conseguir un buen aliado para acabarnos.

—No podemos permitir eso —dijo Candy deseando que su voz sonara segura y no reflejara el pánico que sentía, pues el relato de la señorita Pony sobre el ataque a la manada de Malcolm se hizo presente en su cabeza.

—Nos prepararemos para un ataque —dijo Gabriel con voz firme, aunque sentía que las piernas le fallarían en cualquier momento, pues los recuerdos de su adolescencia de cuando su familia fue atacada se pusieron en primera fila en su mente.

—Debemos encontrar la manera de alertar a Anthony —dijo Candy con angustia.

Gabriel y Víctor se miraron. Ellos también querían hacerlo, pero no había manera de recorrer medio país buscándolo y tampoco tenían tiempo si en verdad serían atacados.

—No podemos —dijo Víctor y Candy lo miró horrorizada, aunque ya se temía esa respuesta—. Él y los demás están por su cuenta y… lo único que nosotros podemos hacer ahora es defendernos.


Gracias por leer a:

Cla1969: Hola, aquí un par de capítulos más. Espero que te entretengan un rato. Saludos.

GeoMtzR: Hola, espero haber resuelto tus dudas respecto a la marca, sí funciona y es necesaria también cuando la cambiante es la mujer. El padre de Anthony la tenía. Muchas gracias por tu lectura. Espero que sigas en esta aventura. Te mando un abrazo.

Mayely Leon: Hola, gracias por tu lectura, espero que estés bien.

Saludos

Luna